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Carolina Trivelli

Javier Escobal

Bruno Revesz

DESARROLLO RURAL

EN LA SIERRA

Aportes para el debate

IEP

Instituto de Estudios Peruanos

CONLACOLABORACIÓNDE

:

Miguel Abramonte / Denice Cavero / Xabier Etxeberria / Ludwig Huber / Oscar Madalengoitia / Raphael Saldaña /

Víctor Vich / Johanna Yancari /

© CIES CONSORCIODE INVESTIGACIÓN ECONÓMICAY SOCIAL Antero Aspíllaga 584, El Olivar, Lima 27, Perú Telefax [51-1] 421-2278

Serie: Diagnóstico y Propuesta 44 <www.cies.org.pe>

© CIPCA CENTRODE INVESTIGACIÓNY PROMOCIÓNDEL CAMPESINADO San Ignacio de Loyola 300, Urb. Miraflores, Piura Telf. [51-73] 34-5573, 34-2860, Fax [51-73] 34-2965 <www.cipca.org.pe>

© GRADE GRUPODE ANÁLISISPARAEL DESARROLLO Av. Del Ejército 1870, Lima 27, Perú

Telf. [51-1] 264-1780, 264-1701, Fax [51-1] 264-1882 <www.grade.org.pe>

© IEP INSTITUTODE ESTUDIOS PERUANOS Horacio Urteaga 694, Lima 11

Telf. [51-1] 332-6194, Fax [51-1] 332-6173 Serie: Estudios de la Sociedad Rural 37 <www.iep.org.pe>

ISSN: 1019-4517 ISBN: 978-9972-51-245-2

Lima, junio de 2009 TIRAJE: 1000 ejemplares

CORRECCIÓN, DISEÑOYDIAGRAMACIÓN: Mónica Ávila Paulette Foto de carátula: Rafael Nova (Mercado de verduras en Ocongate) Impresión: Bellido Ediciones E.I.R.L.

Hecho el depósito legal

en la Biblioteca Nacional: N.º 2009-07692

Registro del proyecto editorial

en la Biblioteca Nacional: N.º 11501130900422

Este documento es resultado de la Red Desarrollo Rural para la Sierra: aprovechando Sierra Expor-tadora para promover una estrategia integral de desarrollo, elaborada en el marco del sistema de concursos del CIES, con el auspicio de la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional (ACDI) y el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC).

CIES, CIPCA, GRADE e IEP no comparten necesariamente las opiniones vertidas en el presente libro, que son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Desarrollo rural en la sierra: aportes para el debate. Carolina Trivelli, Javier Escobal y Bruno Revesz. Lima, CIPCA, GRADE, IEP, CIES, 2009.

(Estudios de la Sociedad Rural, 37; Diagnóstico y Propuesta, 44) W/14.04.02/E/8

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CAPÍTULO 3

El discurso sobre la sierra: la fantasía del atraso

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LA PREGUNTA ACERCA DE POR QUÉ la sierra peruana ha sido histórica-mente marginada en distintos proyectos de desarrollo puede contestarse de muchas maneras. Es posible enfatizar, por ejemplo, razones políticas, económicas o culturales. Este ensayo se concentra en las últimas y sostie-ne que la relación de la costa con la sierra está obstruida por la presencia de un imaginario que bloquea sistemáticamente un nuevo posicionamiento ante su realidad. Me refiero a que hay un discurso externo que ha definido a la sierra estereotipadamente y aquello ha tenido —y tiene— consecuen-cias políticas muy concretas.

Por tanto, me he propuesto comentar aquí los sentidos comunes que cir-culan sobre la sierra del Perú, es decir, cartografiar el lugar que ella ocupa en el imaginario nacional. La hipótesis sostiene que la sierra no es sólo un espacio geográfico sino también una “realidad discursiva”, vale decir, un conjunto de imágenes sobre las cuales la sociedad peruana ha depositado sus fantasías, sus miedos y sus anhelos.

Hay, por supuesto, una realidad material, una sierra material, pero el pro-blema es que, en buena medida, esa materialidad se define desde

discur-1. Este capítulo ha sido escrito por Víctor Vich y se trata de un resumen del documen-to “La idea de la sierra” preparado por encargo de la Red de Investigación sobre Desarrollo Rural de la Sierra.

sos y las palabras (Mignolo 2007). Es decir, la “realidad” nunca se nos presenta como algo independiente del lenguaje; más bien, son las imáge-nes —configuradas como representacioimáge-nes sociales— las que determinan las maneras que tenemos de acercarnos a la realidad. No se trata, por tanto, de un conjunto de representaciones sin relevancia política sino más bien de “juicios de valor” asociados a formas de control social y planes de desarrollo.2 En lo que sigue voy a comentar los principales discursos

existentes sobre la sierra del Perú.

El primer imaginario figura a la sierra como un lugar “estático”, resistente a la noción de cambio o de modernidad. La sierra ha sido siempre fanta-seada como lo opuesto al mundo moderno y se ha terminado por situarla en un orden temporal diferente. Ante los ojos del observador externo se trata de una realidad fundamentalmente “estancada” y “precaria”. A ini-cios de la violencia política, el informe de la Comisión Uchuraccay lo pro-puso de la siguiente manera:

Para estos hombres y mujeres, analfabetos en su mayoría, condenados a sobrevivir con una dieta exigua de habas y papas, la lucha por la exis-tencia ha sido algo tradicionalmente muy duro, un cotidiano desafío en el que la muerte por el hambre, enfermedad, inanición o catástrofe na-tural acechaba a cada paso. La misma noción de superación o progreso

debe de ser difícil de concebir —o adoptar un orden patético— para comunidades que, desde que sus miembros tienen memoria, no han ex-perimentado mejora alguna en sus condiciones de vida sino más bien, un prolongado estancamiento con periódicos retrocesos. (Vargas Llosa 1990: 111).

De hecho, estudios como los de Del Pino (2003) demostraron que los iquichanos lejos estaban de no conocer el mundo moderno; es más, nego-ciaban constantemente con él mediante diversas costumbres cotidianas. En efecto, en el Uchuraccay de 1983 había radios, tocadiscos y diversos

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III./ ELDISCURSOSOBRELASIERRA: LAFANTASÍADELATRASO

productos modernos (además de dinero, por supuesto). Sin embrago, los comisionados no consiguieron ver aquello: es decir, sólo miraron (o se die-ron cuenta) de “lo tradicional” y figuradie-ron a los campesinos como aquellos “otros” sin modernidad, donde “la misma noción de superación o progreso debe de ser difícil de concebir”.

Desde este paradigma, la sierra peruana nunca ha sido descrita como un presente sino más bien como inscrita en una monotonía ritual que se re-pite en el tiempo. Es decir, el presente de la sierra ha sido una especie de pasado y el futuro casi nunca ha aparecido porque siempre ha terminado colonizado por el peso de la tradición.

Esta imagen estática sigue reconfigurándose en el Perú a partir del dis-curso turístico que muchas veces produce una fuerte exotización de la historia nacional. Actualmente, la sierra peruana está siendo utilizada para performar una identidad exótica donde son justamente los grupos

más excluidos los encargados de nombrar —hacia fuera— la riqueza de lo nacional mientras que el Estado peruano —hacia adentro— no le interesa invertir en ellos, y sigue sin tener un verdadero plan de desarrollo rural y menos aún, una política cultural coherente.

El segundo imaginario sostiene que la modernidad peruana inventó a la sierra como una realidad degradada y abyecta. La sierra ha sido entendi-da como el lugar de la “barbarie” de una cultura inferior a la de la costa; una cultura que en el mejor de los casos había que “educar” tutelarmente. Desde ahí se la excluyó sistemáticamente de toda participación política.

El ejemplo más claro tiene que ver con sus propios idiomas: al quechua y al aymara nunca se les permitió inscribirse en la esfera pública y ambos tuvieron que limitarse a usos privados y domésticos. La independencia del Perú no fue ajeno a dicha perspectiva y radicalizó esta situación: no solo no se constituyó en el Perú un Estado nacional bilingüe —lo cual hubiera permitido la participación política del sector más grande de la población— sino que hasta la actualidad las lenguas indígenas no tienen ninguna importancia política y la educación nacional se sigue entendiendo como un proceso de franca des-indigenización cultural, vale decir, como un

DESARROLLORURALENLASIERRA. APORTESPARAELDEBATE

dispositivo encargado de dejar atrás toda la herencia cultural andina que sigue siendo entendida como “inferior”. La siguiente cita puede ayudar-nos a entender mejor este asunto. Se trata de unas “notas de campo” que una alumna de sociología tomó mientras hacía un estudio sobre la escuela rural peruana:

En el patio de la escuela una niña se me acerca con su hermanito de primer grado y le ordena que saque uno de sus cuadernos de su mochila. La niña abre el cuaderno y me dice: “enséñale, profesora”. No entiendo a qué se refiere y le pregunto: ¿qué le enseño? Lo que sabes pues pro-fesora, ¡enséñale!3

Aquí puede observarse el sentimiento de inferioridad como una caracte-rística muy interiorizada en la cultura de la sierra contemporánea. Este es muy claro a partir de dos imágenes: por un lado, la sierra es entendida como una realidad en donde no hay ningún conocimiento y, por el otro, la costa se concibe como aquel lugar que lo posee todo. Desde ahí, la sierra pasa entonces a concebirse como una especie de “pizarra vacía” en donde el poder de la costa puede escribir lo que quiera. No importa qué es lo que la costa sepa. Para esta niña lo verdaderamente relevante es que el saber de la costa se imagina como aquello único que tiene valor social. Dicho de otra manera: los niños andinos sienten que su cultura no es importante, que es inferior, que no es verdaderamente “una cultura” y que deben con-tinuar aceptando su propia colonización.

En ese sentido, hay que subrayar que si bien la oposición entre ciudad y campo ha sido fundamental en todo el mundo moderno, ella se acentúa en el Perú por la localización geográfica de Lima. Mientras que Ecuador y Bolivia situaron sus capitales en ciudades andinas, Lima es una ciudad costeña construida de espaldas a los Andes. Ello ha contribuido no sólo a reforzar la extrema concentración de poder sino también al desconoci-miento mutuo entre ambas regiones.

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Así, el Perú se constituyó como el país con el más alto grado de centralis-mo en América Latina y aunque los pueblos andinos intentaron construir ciertos espacios de autonomía, sus habitantes siempre terminaron subor-dinados y comenzaron a producir una imagen de la capital como el único lugar en donde el progreso era posible. La consecuencia —que hoy paga-mos— fue la asimilación cultural excesiva y, por lo mismo, la ausencia de una identidad indígena en el Perú.4

En ese sentido, es imposible discutir la idea moderna de la sierra sin su correlato antagónico: la costa. Entre ambas regiones siempre ha existido una relación conflictiva que ha estado marcada por el ejercicio de poder, la incomunicación y el desconocimiento mutuo.5 Históricamente la costa

se constituyó en el Perú como el lugar de la civilización, del mercado y de una modernidad que se sabía periférica pero a la que igual se convocaba con necesidad.

El tercer imaginario figura a la sierra como un territorio gigante, descono-cido y difícil de controlar. El espacio andino fue representado, por un lado, como una instancia salvaje e ingobernable y, por otro, como un territorio “virgen” y “natural” dispuesto sólo para la explotación económica. La ima-gen es muy conocida:

El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro

Atribuida a Antonio Raimondi, la frase se ha vuelto un lugar común en el imaginario nacional y aparece, a cada instante, en los debates políticos y en las conversaciones cotidianas. En dicha imagen, el país se figura como

4. ¿Por qué no existen importantes movimientos indígenas en el Perú de hoy? La res-puesta histórica ha sido más o menos consensual: el problema habría radicado en la ausencia de élites indígenas, vale decir, en el hecho de que después de la revolución de Túpac Amaru éstas hayan sido sistemáticamente destruidas y pauperizadas. Al caer las élites, lo indígena terminó asociado sólo con lo pobre, lo no poderoso y lo ignorante.

5. La rígida división costa/sierra no era tan clara en la época prehispánica, donde los espacios no eran fijos y el territorio se concebía como una totalidad atravesada por un permanente flujo humano y económico. Murra, en efecto, demostró relaciones muy dinámicas entre el control vertical de territorio, la producción económica y la propia organización social y política.

dotado de una gran riqueza pero incapaz de explotarla o de hacerla pro-ducir. La frase señala que la propiedad no es garantía de riqueza ni mucho menos un agente que por sí solo promueva el desarrollo nacional. Ella alu-de a un país que alu-desconoce su propio territorio y anima a la necesidad alu-de inscribirlo en un proyecto de Estado más moderno y eficiente.

Gonzalo Portocarrero ha sostenido que esta frase figura a la sociedad como traicionada por un Estado que entiende a la riqueza como algo que se “coge” y que no es producto del trabajo humano. Se trata, por tanto, de una frase destinada a cuestionar a una clase dirigente, rentista y pa-siva, que ha sido incapaz de fomentar un proyecto nacional que beneficie a todos.

Esta imagen de un territorio cargado de riquezas ha sido central en la pro-ducción de un imaginario de corte nacionalista y patriotero. La sierra, en efecto, también ha sido entendida como lo más “profundo” y “auténtico” del país: un lugar de identificación colectiva. Curiosamente se ha asumido que los Andes son el corazón de la nación, el centro de la patria y han sido motivo de una permanente simbolización artística y cultural:

Ricas montañas/ Hermosas tierras/ Risueñas playas/ ¡Es mi Perú!/ Fértiles tierras/ Cumbres nevadas/ Ríos quebradas/ ¡Es mi Perú! 6

Como puede notarse, el territorio deja de ser naturaleza y se vuelve un simple “paisaje”, una composición estética destinada a satisfacer la mira-da de un ojo externo a esa realimira-dad. Llama la atención, sin embargo, que en este tipo de imágenes el paisaje siempre se encuentre deshabitado, es decir, que la sierra sólo pueda imaginarse como hermosa en tanto se encuentre vaciada de seres humanos y de trabajo (Flores Galindo 1994: 239).

En la historia cultural del Perú, el indigenismo fue quien se encargó de “poblar” a la sierra peruana de sujetos dotados de una dignidad cultu-ral por restaurar en el presente. Manuel Gonzáles Prada, por ejemplo,

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III./ ELDISCURSOSOBRELASIERRA: LAFANTASÍADELATRASO

sostuvo que el desastre de la guerra con Chile se debía a la sistemática exclusión del mundo indígena en la nación. Y fue José Carlos Mariátegui quien se atrevió a dejar de lado todas aquellas etéreas discusiones (del tipo “los indios necesitan educación”) para aterrizar el debate con un pun-to de vista fundamentalmente económico y culturalista: el problema del indio consistía tanto en el despojo de su tierra como en la ausencia de una representación digna de su cultura. El caos del país era causa del gamo-nalismo y de la existencia de una férrea cultura tutelar.

Por eso mismo, el siglo XX se ha visto atravesado por diferentes revuel-tas que figuran la sierra —y éste es el cuarto imaginario— como un lugar esencialmente violento y conflictivo. Se sostiene que se trata de una rea-lidad marcada por un permanente descontento político que ha tenido su punto más alto en el conflicto armado iniciado por Sendero Luminoso en la década de los 80. La sierra se entiende entonces como un lugar “atroz” e “imposible”. Una novela y una película como Pantaleón y las visitadoras

acierta en producir una buena geopolítica del territorio peruano: la cos-ta como el lugar de las decisiones políticas; la selva como el lugar de la sensualidad y el goce; y la sierra como el lugar del castigo. En efecto, es a la puna a donde mandan a Pantaleón Pantoja por haber desafiado a su propia institución. Es ahí en donde el personaje debe exorcizar sus culpas casi como si estuviera en el infierno.

El último imaginario sobre la sierra del Perú es el que la figura como un espacio donde el capitalismo y la modernidad deben ingresar a como dé lugar. Dentro de esta lógica, se afirma que la sierra debe comenzar a pare-cerse a la costa y llegar a ser como ella. Una detenida lectura del ensayo de Alan García Sierra exportadora revela la producción de un discurso

que configura a la sierra sólo como un lugar disponible ante los mandatos del mercado global. Si la tradición literaria criolla produjo un paisaje sin pobladores, hoy se trata de un discurso con cifras macroeconómicas y sin política.

Es decir, el proyecto “Sierra exportadora” destaca porque los actores im-portan muy poco y son sistemáticamente invisibilizados. En él no hay ins-tituciones locales, no hay asociaciones de campesinos y los conocimientos

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tradicionales no parecen encontrar ningún espacio al interior de esta fan-tasía modernizadora. Ni la herencia cultural ni el juego político parecen ser parte de un proyecto como éste que termina por situarse en una posición atípica al interior de los actuales debates sobre el desarrollo rural.

El gran motor del desarrollo debe ser, hoy día, la globalización de la sierra, vinculando sus productos con el mercado externo y para ello el Estado debe informar, promover, alentar a la empresa privada agro ex-portadora, capaz de establecer cadenas de comercialización para cum-plir ese papel (García 2005: 13).

Dicho de otra manera: sólo se trata de “exportación” y nunca de la cons-trucción de mercados internos ni de la articulación de redes más diná-micas entre pequeños agricultores. En ese sentido, los constantes paros agrarios de los últimos años no son sino la expresión de miles de pequeños campesinos que siguen sin tener cabida en los planes agrarios de los úl-timos gobiernos. Desde este punto de vista, la propuesta aprista puede definirse como una pura “ensoñación industrial” (Pratt 1997: 264) donde la sierra, sin actores propios, se concibe solo como un territorio que se quiere volver a conquistar.

REFLEXIONESFINALES

Las formas en las que representamos el mundo determinan la manera en que nos relacionamos con él. Un niño socializado al interior de fra-ses racistas tendrá muchas posibilidades de creer que existen diferencias “naturales” entre los seres humanos. Dicho de otra manera: las imágenes importan porque no son sólo imágenes y porque tienen consecuencias en las maneras en que los seres humanos actuamos en el mundo.

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obstá-culos que bloquean la construcción de una relación con la sierra desde un nuevo lugar.

Acusados de “bárbaros”, “irracionales” o “terroristas” o de gente que “no se da cuenta de lo que es el desarrollo” es recurrente seguir observando la profunda incapacidad del discurso oficial para entender las necesidades de esta región y para producir un diálogo horizontal. Sigue imperando, en-tonces, una cultura autoritaria: gobernantes que imponen leyes sin consul-tarlas y poblaciones locales que desconfían de los canales institucionales para expresar sus demandas.

Debemos subrayar, entonces, que cualquier proyecto de desarrollo tiene que partir tanto de la manera en la que los actores construyen imágenes sobre sí mismos como de la recuperación de saberes tradicionales que fueron excluidos por un paradigma de modernidad que hoy todos cuestio-namos. Por tanto, la reinvención de la sierra debe ser un proceso mucho más dialógico que consiga una mejor articulación entre las propias autori-dades locales y los centros de poder en el país.

En ese sentido, el gran tema sobre la sierra peruana sigue siendo el de la descolonización. No se trata, sin embargo, de una propuesta por una mayor “inclusión social” sino, fundamentalmente, de la construcción de un verdadero proyecto intercultural, vale decir, de una propuesta donde se pongan en cuestión los paradigmas hegemónicos de desarrollo y donde la legitimidad de la diferencia cultural y la mejor distribución económica ocupen un primer plano. De esta manera, resulta muy importante sostener que el desarrollo rural no puede seguir entendiéndose como un problema exclusivamente rural, sino como un asunto absolutamente relevante para el país entero (Trivelli 2006: 705).

La sierra peruana vive hoy en día un acelerado proceso de cambio climáti-co que irá transformando no solo el escenario geográficlimáti-co sino también la producción discursiva que se genera de él mismo. Dicho de otra manera: la extracción de las riquezas va teniendo un costo ecológico cada vez más grave. Las imágenes de los deshielos así como las noticias sobre la conta-minación en diversos asentamientos mineros y la deforestación en la selva

van configurando una nueva idea sobre el territorio peruano que el Minis-terio del Medio Ambiente debe comenzar a producir. Este nuevo organis-mo y los estudios que deben ir surgiendo, se convertirán —sin duda— en los principales agentes discursivos de un nuevo imaginario sobre la sierra peruana.

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