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METAPSICOLOGÍA DESAFIOS HOY

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METAPSICOLOGÍA

DESAFIOS HOY

Myrta Casas de Pereda1

2001

A modo de introducción para un intercambio a realizar sobre el tema, desearía dejar planteado antes de toda posible discusión, que la metapsicología no pretende avalar ninguna indiferencia sobre el objetivo de la cura, en el sentido de un cambio buscado y esperado; solo intenta una y otra vez adentrarse en lo enigmático (real) y capturar cada tanto un nuevo instrumento que favorezca la praxis.

Por ello, voy a proponer una provisoria definición del acto analítico, que nos

proporciona diversos elementos a ser desarrollados y en cuya pormenorización pueden converger diversidades conceptuales:

El acto analítico comprende un decir del paciente que real-iza un perfil de repetición pulsional, a través del significante y su producción de sentidos y afectos, dirigido a otro que sostiene la transferencia y habilita la experiencia con un objeto; Allí el analista se presta para encarnarlo y habla desde los efectos de tal función, que tienen como meta la deconstrucción de la ilusión.

Paso entonces a ocuparme someramente de los elementos que integran esta propuesta.

Sobre el nombre, acto analítico, tomo solo el título con que Lacan nomina todo un seminario en 1967-68,

(Sobre el acto analítico).

Remito tal nominación, a la “puesta en escena” freudiana del inconciente para jerarquizar la “presencia”, presentificación, actualización de la estructura de un sujeto instaurándose por la transferencia analítica.

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Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay. Rivera 2516 - 11300 Montevideo – e-mail: [email protected]

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De este modo se abre un derrotero teórico que transcurre hacia la impugnación de una vieja formulación cual es la de “hacer consciente lo inconciente”, así como, también pone en entredicho conceptos como “superficial” y “profundo” que suelen adjetivas diversos momentos del trabajo analítico.

Cuando incluyo real-iza, me estoy remitiendo a la impronta de dar “cuerpo” a un fantasma que en su despliegue (verbal, lúdico u onírico), muestra en gerundio, un deseo realizado. Dicha realización, siempre virtual como lo ejemplifica con elocuencia el sueño, reclama la “carnalidad” de la imagen, o de un objeto referencial -abstracto o fáctico- (imaginario o simbólico), que apuntale dicho despliegue realizativo.2

Es a través del discurso que se hacen presente afectos y efectos de sentido que convocan la respuesta en el analista.

De la repetición pulsional, solo puntuaré, el perfil de insistencia y fuerza que no deja nunca de mover, promover, cuerpo erógeno y síntoma.

Si solo contamos con la representación, para inteligir la pulsion (ni conciente ni inconciente) y aceptamos que en el encuentro transferencial se pone en escena la trama singular del sujeto, en busca de un “ saber” otro que lo alivie, es que partimos de un supuesto acerca de que el acto analítico, contiene y sostiene una presentificación, actualización del drama. La pulsion insiste repitiendo todo el tiempo

(Drang-Verdrangung). No se trata entonces de un problema que atañe al conocimiento, de ahí

las comillas en saber.

Utilizo significante y no representación, pues entiendo se trata de un interesante lugar de controversia que se mantiene como un desafío sin resolución compartida, y donde insisto en torno a la conceptualización del significante psicoanalítico (no lingüístico). Sin duda todos podemos coincidir en que la palabra hace hacer, hace aparecer, otorga, quita, prohíbe, o se convierte en objeto y sin duda siempre, pone en escena.

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Reunimos entonces, palabra, acto y objeto, donde el sujeto se real-iza, ello implica la escucha de efectos metafóricos y metonímicos, de sustituciones y articulaciones que también recurren a la figurabilidad, que a su vez siempre convocan efectos de sentido. Modos relevantes del funcionamiento del proceso primario, así como del lenguaje

El problema del sentido es sin duda una encrucijada compleja para nuestra escucha analítica, es a través de él, o de sus sucesivas puestas en escena que también podemos reconocer a un sujeto de deseo, que ignora lo que dice.

Es esa materialidad significante, sostenida y sosteniendo deseo inconsciente, la que es capaz de hacer despertar de angustia (una caída al vacío por ejemplo), o de placer en medio de un goce orgásmico.

Transferencia y contratransferencia abren espacios de reflexión y cuestionamientos constantes, donde inciden propuestas tales como, “nuevas patologías” o las huellas harto evidentes de nuestra contemporaneidad en la configuración y estructuración subjetiva.

Paciente y analista, tan solo una dupla humana abocada a una tarea, que sostiene la cura analítica, y que esta impregnada de los referentes simbólicos que prevalecen en cada tiempo que nos toca vivir.

Todo ello contribuye en los diseños cambiantes en torno a la causalidad psíquica.

Entiendo pertinente a este contexto, una cierta reversión de un viejo libreto psicoanalítico: no nos constituimos de dentro hacia fuera, en todo caso, no solo, ya que prioritariamente, nos constituimos desde afuera hacia dentro.

El semejante, el otro familiar y social, son parte consustancial a la subjetividad.

La captación del sujeto por la imagen no aparece como una secuela posmodernista o contemporánea de la ubicación del sujeto en la cultura, sino que constituye, el meollo de todo momento de identificación (en Freud es el “nuevo acto psíquico” que constituye el yo como narcisismo primario desde “his magesty the baby”, en Lacan el estadio del espejo, en Winnicott la mirada de la madre como espejo).

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De la experiencia con el objeto podemos imaginar un verdadero abanico de posibilidades que dan cabida a los diversos marcos conceptuales. Seguramente podremos nutrirnos mutuamente, de tal diversidad, si logramos exponer nuestras perspectivas con acierto y libertad.

El termino experiencia connota sentidos conocidos, donde su adueñamiento por la ciencia es por cierto el primero reconocible, también por el arte (John Dewy, Arte y experiencia).

Sin embargo, el psicoanálisis, en sus prerrogativas singulares, dadas sobretodo por su objeto, lo inconciente, se enriquece de los aportes que provienen de sus bordes.

Desde luego dichas incursiones no son sin consecuencias epistemológicas. Aún así, podríamos aventurar perfiles de una epistemología psicoanalítica, que calme malestares y que necesariamente despertará otros.

Respecto del objeto, y dentro del vasto panorama que él abre, entiendo que el sujeto del inconciente, o mejor que toda formación del inconciente es correlativa al objeto. Cuerpo y significante no debemos pensarlos como polarizaciones empobrecedoras, sino, como articulación imprescindible que hace a lo humano, y el objeto también se tiñe de esas imprescindibles envolturas imaginarias, que permiten todo el movimiento de unión,-separación, donde es crucial tanto el modo en que acontece dicha unión, como su desprendimiento, su pérdida.

Del objeto transicional a su pérdida y desaparición (Winnicott); de la caída del objeto

“a”, en cada borde pulsional, oral ,anal, mirada y voz (Lacan); del objeto perdido

freudiano a la pulsion buscadora de objetos; del objeto de amor, al objeto de deseo; del objeto causa del deseo al objeto inaprensible del deseo; del objeto transicional al fetiche; del otro como objeto al sujeto como objeto del otro en una definitiva alineación o en los diversos matices de gravedad que ello convoca.

De lo encarnado del destete, al uso de tal término como concepto de separación, que menta siempre al otro, asistimos desde estas y otras expresiones del objeto, diversas en la neurosis, psicosis (objeto enloquecedor) o perversión, asistimos decía a una polifonía referencial, que nos lleva a repensar la relación sujeto-objeto.

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La escena analítica donde se gestan y producen los movimientos señalados, es un ejercicio de habla -talking cure- y nuestro desafío, consiste en ubicar en ella las posibilidades de que efectivamente acontezca a su través, el deseado cambio estructural.

Cambio que necesariamente concierne a una desarticulación que reflejando la impronta ineludible del a posteriori, realza una circulación del deseo, por los fantasmas sintomáticos, que en algún instante sufren un corte, una interrupción, un desvío, hacia nuevas significaciones.

Esto abre al interesante y siempre enigmático espacio de las “nuevas inscripciones”. Pienso que del mismo modo que aceptamos sin demasiados reparos, el retorno de lo reprimido, como un acontecer habitual en nuestra praxis, podríamos movernos de ciertos conceptos transformados en puntos dogmáticos (tal vez por lo imprescindible de nuestro afán de causalidad psíquica), como lo es todo lo adjetivado con el prefijo ur. ¿Lo necesitamos para implementar todo posible cambio estructural?

Necesitamos acercarnos lo mas posible a todos los elementos que rodearon esos míticos instantes de escritura de la pulsion, que se recrean en la producción transferenecial, donde tal vez podemos incidir en deseadas articulaciones significantes, que prediquen de un modo diferente las vicisitudes de la experiencia con el objeto. Freud denomina a la representación inconciente como el predicado de un lado perdido para siempre, que llama Das Ding. Nuestra praxis, consiste entonces en acercarnos a esas coordenadas de placer y displacer con que se produjo dicha predicación, y que se puede resignificar.

“Revisitar” la metapsicología como lo propone A. Green es una causa de

obligatoriedad a la que nos empujan tanto nuestros éxitos como nuestros fracasos, tratemos entonces de hacerla posible.

Referencias

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