• No se han encontrado resultados

Carlos García Gual - Historia, novela y tragedia

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Carlos García Gual - Historia, novela y tragedia"

Copied!
271
0
0

Texto completo

(1)
(2)

« «

s

i en %u «Introducción a la mitología grie­

ga· CH 4102), CARLOS GARCÍA CUAL k m u oomo

objetivo tacilitar h aproximación a los antiguos rela­

to* que Li integran y ofrecer jlgurns reflexione» pre

vUa a ui lectura o rcleitura, HISTORIA, NOVELA Y

TRAGEDIA invita a releer y repensar tic forma uige*

renle

y

original algunos texto» c Lia ico·

y

otro· que

acaso no hayan akan /ado o ía categoría pero que

merecen atención por

m i*

eco· en la literatura posie-

rio#. El desarrollo de la narrativa hutórtca griega (con

un interesante capitulo dedicado a Jenofonte I, d d d

género novelesco -y notoriamente el ungular papel

desempeñado en ambo* por la figura de Alejandro

Magno-,

y

por último uno* uigcrentes capitulo*

dedicado· al h*roe trágico

y

a Euripidei y

m is

ultiman

tragedias son los tres grandes núcleo* en torno a los

cuales gira el volumen.

El libro de bolsillo

1 Her a t u r a

(3)

Carlos García Gual

Historia, novela

y tragedia

El libro de bolsillo

Ensayo

Alianza Editorial

(4)
(5)

Diseño de cubierta: Alianza Editorial

Ilustración: P clikéática de figuras rojas. Berlín, Staatliche Musern n i Berlin. Antikenmuseun

O Carlos García Ciual, 2006

ffi Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2006 Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid 'telefono 9 1 3938888

wmv.alianzaeditorial.es ISBN: 84-206-6008-6

Depósito legal: M. 49.779-2005

l:otocomposición e impresión: Fernández Ciudad, S, L. Coto de Doñana, 10.28320 Pinto (Madrid)

(6)

Prólogo

Los antiguos griegos no sólo inventaron todos los géneros de nuestra tradición literaria, sino que al crear sus prime­ ros modelos orientaron de manera decisiva el curso de esa tradición. Está muy claro que la producción de esas obras pioneras, situadas en los albores de la literatura por su cro­ nología y también por su propia calidad narrativa, com ­ puestas unas en verso y otras en prosa, precedió a todas las preceptivas literarias. Cuando, unos siglos más tarde, Aristóteles en su Poética analizó los géneros más clásicos de esa tradición (es decir, fundamentalmente la épica ar­ caica y la tragedia clásica), lo hizo analizando los textos ya paradigmáticos, como eran los poemas homéricos y las tragedias de Sófocles. A partir de los textos ejemplares ya existentes se forjó la teoría. En cambio, el Estagirita se ocu­ pó poco (por lo que sabemos por sus obras conservadas) de otros géneros escritos en prosa, como las obras filosófi­ cas y las históricas, y tampoco pudo tratar, claro está, de un género que tardaría en aparecer cerca de tres siglos des­ pués de su muerte: la novela, ese relato largo de ficción sin mitos cuyo tema era el amor y las aventuras de los jóvenes amantes.

(7)

«

<:λ κ ι ο ν( ;λ ι« Ιλ( ,γ'λ ι

'l'ambién aquí nuestra tradición literaria encuentra sus orígenes y paradigmas en admirables textos griegos, que, en ciertos campos, como os el caso de la Filosofía y la Historio­ grafía, suministraron los ejemplos destinados a convertirse en textos canónicos para una larga posteridad. Y, desde lue­ go, no sólo en la tradición griega, sino a continuación en la romana, y luego en la europea desde el Renacimiento. De otro modo sucedió con la novela, el último género inventa­ do por los griegos, ya en una época tardía, casi en el cre­ púsculo de su cultura, muy avanzado el período helenístico. Ni siquiera dieron nombre al género. Y, aunque la novela griega fuera un género de producción prolífica y popular, quedó al margen del canon de los grandes modelos clásicos. I >e hecho, sólo tenemos cinco novelas conservadas por ente­ ro, pero sabemos, por algunos fragmentos papiráceos y por algunas citas y resúmenes, que hubo muchísimas novelas, y probablemente mucho más variadas de lo que sugiere esa breve selección.

lin todo caso, tanto el relato histórico como el novelesco están escritos en prosa, y no tienen un trasfondo mítico, como lo tuvieron los géneros más clásicos (la epopeya, la tragedia y, en buena medida, la lírica arcaica). Historiografía y novela se refieren a un mundo sin mitos y sin musas, pues tanto el historiador como el novelista construyen sus relatos a partir de sus experiencias o sus propias imaginaciones. Tienen una nueva libertad, condicionada en el caso del his­ toriador por su anhelo de atenerse a la verdad bien investi­ gada, y en el del novelista por mantener una ficción verosí­ mil. (Cierto es que el criterio de lo verosímil no parece ser el mismo que tenemos nosotros y que en algunas novelas grie­ gas aún aparecen en el trasfondo los dioses, pero unos dio­ ses más bien distantes y de perfil distinto a los de la épica y la tragedia.) F.n uno y otro caso, sin que hubiera una precepti­ va previa con unas claras normas, esos primeros textos sir­ vieron de modelos y pautas a los siguientes, pero siempre

(8)

I M t O I O U ! 9

con un gran margen para las variaciones tanto de enfoque como de eslilo (como puede verseen el contraste entre He­ ródoto y Tucídides, y entre Caritón y Longo y Heliodoro, por ejemplo).

En los ensayos recogidos en este libro he tratado de anali­ zar y comentar cómo fueron desarrollándose esos géneros que avanzaron en su trayectoria sin un esquema programá­ tico previo, pero lo hicieron contando desde muy pronto con una tradición y jugando con ella (ya sea historiográfica o novelística). I:s muy interesante observar cómo los histo­ riadores griegos quisieron dar la imagen de una historia continuada, en línea unos tras otros, aunque fuera con esti­ los y enfoques divergentes. Por otra parte, los novelistas ma­ nejaban toda una serie de tópicos que demuestran que ya habían leído otras novelas al construir su nueva ficción de- amor y aventuras, lis decir, siempre se compone teniendo en cuenta relatos precedentes. listo es lo normal en cualquier tradición literaria, pues siempre se escribe a partir de lo ya escrito antes por otros. Pero el interés de los ejemplos grie­ gos estriba en gran medida en que esos textos inauguran una larga tradición, y los griegos fueron los pioneros en la transmisión de la literatura occidental.

He querido también destacar cómo se define, frente a esos esquemas, algún subgénero narrativo, como es la bio­ grafía en el terreno de la historiografía, o cómo conviene distinguir entre tipos de ficción de diverso origen y compo­ sición divergente, como es el caso, en general y desde luego en el ámbito griego, de la novela breve frente a la larga, de in­ tención sentimental, que quizás podríamos llamar prerro­ mántica, con su entramado un tanto tópico de escenas de amor y aventura. Hn fin, estas páginas son apuntes para in­ vitar al lector a la reflexión y la rclectura de textos clásicos o textos que, como esas antiguas novelas, merecerían mayor atención por sus ecos en la literatura posterior (ya en la bizantina y en la novela barroca). No son ensayos de corte

(9)

to C A K I.O M iA K t:lA liU A l.

formalista, sino que siempre sitúan los relatos en precisos contextos. E insisten en la importancia que a menudo tienen el contexto histórico y el entorno cultural en la evolución del género. Por ejemplo en cómo, en el caso de la figura de Ale­ jandro Magno, el aura mítica del personaje produjo la des viación de su Vida hacia una fantástica y fabulosa/Fcr/riu de singulares ecos en la literatura novelesca medieval.

Al final, como un punto de contraste con las reflexiones anteriores sobre los comienzos y caminos de la historiogra­ fía, la biografía y la novela, he querido recoger unas páginas acerca del teatro de Kurípides y sus últimas tragedias (que son, en definitiva, el final de la tragedia clásica). También en esos finales del tratamiento dramático del mito, ya en el cre­ púsculo del teatro ático, podemos subrayar cómo la tradi­ ción se gasta y se recompone y renueva deslizándose hacia formas literarias más modernas y menos clásicas (más deca­ dentes, según Míetzsche), como el melodrama o la comedia con tintes novelescos.

He reunido este grupo de ensayos, redactados en ocasio­ nes diversas» algunos publicados en libros ya agotados o en revistas de hace algunos años, con la idea de que quizás si­ gan conservando su atractivo para los lectores interesados en el mundo antiguo y la gran tradición de la literatura eu­ ropea que comienza en (¡recia. No pretenden ser lecciones académicas, sino sólo unas cuantas sugerencias y perspecti­ vas, surgidas de una lectura atenta de los espléndidos textos griegos.

C. G. G. Madrid, octubre, 2005

(10)

La narrativa histórica griega

i

Estas breves páginas quieren sólo invitar a reflexionar so­ bre el carácter determinante que tuvo el enfoque de los dos primeros historiadores griegos en la constitución de la historia occidental como un género literario específico, ajustado a un relato polémico y político. La narración historiográfica fue un invento griego, condicionado por su propio contexto histórico (la ilustración ateniense, la imparcialidad del viajero exiliado, la óptica democrática, etcétera) y cultural (la distancia frente a la épica, la forma abierta en prosa, la sofística, etc.), pero por encima de es­ tos condicionantes la diversa personalidad de Heródoto y de Tucídides orientó sus investigaciones sobre los hechos historiables en dos sentidos un tanto opuestos. Por lo me­ nos, en cuanto a la perspectiva fundamental, Tucídides quiso corregirla óptica y el programa de su precursor.

De todos modos, estos apuntes son sólo unos cuantos com entarios abiertos e inconclusos, y, por otro lado, no demasiado originales. Podrían verse com o un sencillo

(11)

12 O N K IX IS ÍJ A R C fA G U A l.

com entario a unas páginas de A. Momigliano» o a unos pocos párrafos, com o estos que citaré a continuación, procedentes de ia selección recogida en A. Momigliano, Lti historiografía griega (trad. esp.*, J. M artínez Gázquez, Barcelona, lid. Crítica, 1984).

Tenemos ahora en castellano algunas nuevas traduc­ ciones de Tucídides, nada menos que cuatro, y tres de Heródoto, además de la admirable versión anotada de C. Schrader (en «Biblioteca Clásica Credos», en cinco tomos). listas notas son sugerencias para su lectura.

Señala, pues, A. Momigliano:

lintre Heródoto y las crónicas orientales se levantan tres dife­ rencias:

1. Las crónicas orientales son más bien monótonas en los motivos de las guerras. Usté o aquel pueblo han cometido al­ gún delito típico -traición, conspiración, rechazo del pago de algún tributo- y han sido castigados.

2. La guerra es valorada casi exclusivamente desde el punto de vista deJ vencedor. Las derrotas se disimulan. No conozco historia análoga a la de los espartanos en las lermópilas.

3. I*.l rey vencedor identifica automáticamente la causa pro­ pia con la causa de sus dioses y presenta la victoria como un jui­ cio divino a su favor.

Podemos decir con certeza al menos que, por lo que sabemos, Heródoto fue el primero que organizó una vasta investigación sobre una guerra y sus causas. Ésta es de hecho la herencia deja­ da por Heródoto a la historiografía europea, una herencia envi­ diable (o. c., pág. 155).

Es hasta demasiado obvio que 'Incididos determinó en definiti va el veredicto de la Antigüedad sobre su predecesor. Leyó (o escuchó) atentamente su Heródoto y decidió que la forma liero- dotea de afrontar la historia era peligrosa. Para escribir historia en serio era necesario ser contemporáneo délos hechos en dis­ cusión y conseguir comprender lo que decía la gente. La

(12)

histo-W NARRATIVA HIVIOKU !A t.KtllC.A

ria seria, según Tucídides, no sc ocupaba del pasado, sino sólo del presente; no podía ocuparse de países lejanos, sino sólo de lugares en los que vivía el historiador y de personas cuyos pen­ sam ientos podía exponer sin dificultad con palabras propias. Tucídides n o creía que el intento herodoteo ele escribir hechos que el autor no había vivido y de narrar la historie) de hombres de los que n o entendía la lengua pudiese tener futuro (o. t\, pág. 137).

Kn algunos bustos antiguos, bifrontes com o el dios Jano, aparecen los rostros de Heródoto y Tucídides en la misma cabeza, mirando cada uno en sentido opuesto. De un lado, ese apareamiento indica una continuidad; del otro, una divergencia. 'Tucídides continúa a Heródoto, sin decirlo expresamente, pero dándolo a entender cuan­ do relata esquem áticam ente la Pentecontecia como un «espacio abandonado» ( l , 97), es decir los cincuenta años que van desde el final de las Guerras Médicas al co­ mienzo de la Cíuerra del Peloponeso, tema de su gran re­ lato. Heródoto, «padre de la historia», inicia una narra­ ción que encuentra su continuación en la obra de T\icídides. Jenofonte en sus Helénicas y Teoponipo (en sus Helénicas y luego en sus Filípicas) comienzan su rela­ to declaradamente «donde se interrumpe Tucídides». Se forma a una historia perpetua en la que el historiador parle del lugar en que acaba la narración de su predece­ sor. Polibio afirma que continúa la narración de Timeo y de Arato; y en Posidonio y en Kstrabón encontram os la misma idea: proseguir la historia ya comenzada, avanzar el relato recogiendo la antorcha, com a el corredor de la carrera de relevos. Notemos que, al aceptar esa continua­ ción, estos historiadores aceptan también la óptica de su predecesor, es decir, fundamentalmente, la de 'Tucídides, mientras que ent re éste y el fundador de la serie, I

(13)

leródo-«'.Ακι.ι >s( ;a u c i a<;i'm

to, las divergencias son mucho más notables on cuanto ai enfoque y a la técnica narrativa. (Cf. L. Canfora, Letturc critiche, Milán, 1975.)

Dos rasgos para subrayar: Heródoto inaugura ese gé­ nero narrativo, pero Tucídides reajusta el objetivo dejan­ do una impronta imborrable en la tradición historiográ- fica posterior, más adicta a él que a su predecesor. (Frente al ciclo épico surge la cadena historiográllca.)

En esa historia continuada prevalece -co n la excepción tal vez de la obra de Posidonio, que conocem os m al- la orientación tucididea de la historia política y pragmática, descartando la panorámica más amplia, cultural, antro­ pológica, que ofrecía la obra de Heródoto, en su enfoque inicial. Los sucesivos historiadores griegos, que com ien­ zan por darnos su nombre y el de su ciudad, actúan como testigos y relatores críticos de un tiempo próximo, aten­ tos a los sucesos de relevancia bélica y política, expresan­ do en su escueta prosa la lección de los acontecimientos que consideran útil para un juicio sóbrela época y de una perenne valide/, en su significación moral.

Para la construcción de sus relatos los historiadores griegos se fundan primordialmente en la propia observa­ ción de los hechos. Lo m ejor es la propia experiencia di­ recta, la visión inmediata de las batallas y de las actuacio­ nes políticas, pero a falta de ella la referencia a testigos inmediatos. Sólo secundariamente a documentos y a in­ form aciones de tercera mano. Lo fundamental es la au ­ topsia* la visión propia, y luego el análisis de esa autopsia de los datos en frío.

Antes de I leródoto están las narraciones del epos y las

periegesis y peripios, de carácter local, m onográfico, y

las historias locales basadas en tradiciones menores, a menudo ligadas a mitos. Frente a ello -c o n algunos

(14)

pre-U NARRATIVA IIIVlORKjpre-Uimi.OA J5 ccdcntes com o Hecateo, por ejem p lo-, la obra de Heró­ doto supone un enorme avance. Puede ser considerado el «creador de la Historia» com o Esquilo lo es de la Trage­ dia, no porque no tuviera predecesores, sino porque su obra supone el logro definitivo en la consolidación de un género literario y un hito clásico, de un vigor ejemplar e insuperable.

Es también Heródoto quien introduce la palabra histo­

rie para designar ese género en prosa. Una palabra que en griego tiene el sentido de «investigación», «encuesta», muy próxim o al actual de «reportaje». (Todavía Aristóte­ les escribe una historia de los animales y Teofrasto una

historia de las plantas, con ese mismo sentido tie «inves­

tigación» personal, en unos campos en que la historia en el sentido posterior apenas existe.)

La historia se opone al mythos en cuanto supone una

experiencia personal, una constatación de hechos, un testimonio directo, de lo real y verdadero, frente a lo na­ rrado por otros y referido a tiempos lejanos, sucesos fa­ bulosos que nadie ha visto. Como el mito, la historia es una narración, pero su forma es significativamente la prosa, frente al artilugio de la forma poética, del verso so­ lemne y tradicional, ligado al mundo de la oralidad. La oposición entre historie y tnythos es aún más radical que la de mythos y lógos, ya en Heródoto y sobre todo a partir de Tucídides. Mientras que el mito está ligado siempre a una tradición inmemorial, la historia surge con la escri­ tura, es testim onio escrito, reconstrucción literaria (en el mejor sentido del término, que no incluye la subjetividad y la retórica, que también se introducen en el relato histó­ rico, a pesar de la intención de objetividad del historia­ dor). (Cf. J. Lozano, Hl discurso histórico, Madrid, 1987, págs. 1 13ysigs.,cap. Ill: «La Historia como narración».)

(15)

<:a k u).s<;a k c(a( ;u a i.

Es muy interesante subrayar que Tucídides no emplea el térm ino de historia, sino que para referirse a su obra u( iliza el de syggraphé. Syggrapheús es el escriba que da fe de un determinado aclo, sea jurídico o histórico. Pero junto al hecho de escribir, grdphd, está también el de se­ leccionar y juntar determinados hechos en una composi­ ción cuyo sentido depende de esa misma estructura de composición y selección previa. El prefijo griego syn alu­ de a esa trabazón de lo histórico, que no está tanto en la realidad como en la misma concepción crítica y en la vi­ sión personal del autor del relato histórico.

El hecho de que Tucídides se presente como el que sy-

ttégrapse tdn pólenton de los peloponesios y los atenien­

ses es muy revelador. Resulta un poco forzado el hacer de

la guerra el complemento directo de ese verbo que según

I.. Edmunds tendría un significado de «atestiguar». Syn­

grapho es com poner un testimonio escrito de, acentuando

el com poner junto al mero testimoniar. También de la obra histórica de su contemporáneo Helánico de Mitile- ne habla 'tucídides com o syggraphé (!. 97).

2

Que tanto uno como otro térm ino, historie y syggraphé, se utilizaban sin un sentido técnico podemos verlo clara­ mente en un curioso fragmento de Heráclito (129 DK):

«Pythagórés Mnesdrchou historien éskesen anthropón mdlista prfntón. Ka) ekiexdm enos taútas tds syggraphás epoiésato heóutou: sophfén, polym athfén, kakotechníén».

Trad, de Λ. García Calvo: «Pitágoras el de Mnesarco se ejercitó en la investigación más que ninguno de los hom ­ bres todos. Y también, escogiendo (de sus resultados), se

(16)

U NARRATIVA HISTORICA « R U T ,A / 7

preparó estos libros a su propio nombre: “Inteligencia, Plurisciencia, Malamaña”». (Cf. com entario interesante

en Razón común, Madrid, 1985, págs. 88-89.)

Otra versión dice: «Pitágoras, el hijo de Mnesar- co, practicó la investigación más que ninguno de los hombres; pero, haciendo su propia selección, estos es­ critos compuso a su nombre: Sabiduría, Erudición, Es­ tafa».

Otro fragmento de lleráclito -3 5 I)K - afirma: «De muchas cosas han de ser investigadores los hombres filó­ sofos».

«Oiré g()r nidia pollón hístorasphilosophous cinai,» Kse investigar de muchas cosas no tiene que ver con la

poiym athíe, «erudición» tan denostada por Heráclito,

sino con la búsqueda de la verdad, la alétheia, que es difí­ cil de descubrir.

Y hablando de «investigar», no olvidemos una frase de Neráclito, esa que afirma que «malos testigos son ojos y oídos para los hombres que tienen almas bárbaras» (frag­ mento 107 DK).

«Kako) mdrtyres anthropoisin ophthahno) ka) óta, bar-bdrous psychds echóntón.»

Vengamos a examinar el comienzo, muy comentado ya, de la Historia de I leródoto, que explícita sus objetivos y su intención, el horizonte de su investigación y su temática.

·</lerodótou ¡{atikarnasséos histories apódexis héde, os mété tágenóm ena exanthrópán tói chrónóiexítélagénétai, mete érga megála te ka) thómasta, tit men Hellési, tü dé bar-baroisi apodechthénta, akleá génétai, tá te (illa ka\ di* hén aitíén epolémésan allcloisi.»

junto a historie aparece el térm ino apódexis, que resul­ ta muy relevante (luego vendrá a significar «dem ostra­ ción», incluso en lógica y matemáticas). Tomo unas líneas

(17)

¡H C A K I.O S ÍiA K Ü ÍA C .U A l·

de K. A. Havelock, en su Cultura órale e civiltíí delta scri-tura (trad. ital. de Preface to Plato), Bari, 1973, pág. 269» nota 8 al cap. III:

Kl térm ino apódexis contenido en el proemio de Heródoto im­

plica sin dudas la publicación oral (Pearson, Early Ionian Histo­

rians, pág. 8, es de o tra opinión), a la manera tradicional del

epos, para servir a la finalidad épica definida en el resto de la

frase (ya que la última proposición, que introduce los aítia, pa­

rafrasea la Ufada 1,8 ). Per contra, el consciente contraste traza­

do por Tbcídides (I 22,4) entre su κ τή μ α έ ς α ίε ί y el α γώ ν ισ ­ μα έ ς τ ό π α ρ α χρ ή μ α ά κού ειν de sus precursores identifica sin dudas el influjo perm anente de un m anuscrito compuesto estilísticam ente para unos lectores, en contraste con los efectos más efím eros de una com posición destinada a la recitación en una «com petición» oral, interpretación reforzada por la penúl­ tima frase: κ α ί έ ς μέν άκρόασιν ίσ ω ς το μή μυθώ δες αύτών ά τ ερ π έ σ τερ υ ν φ α ν ε ί τ ε . («Quizás para una audición la lalla de m itos la haga parecer menos atractiva.») Pero confróntese el modo com o Turner trata la cuestión entera, que a mi parecer trastorna la lógica histórica: H eródoto,afirm a 'lúrner, adopta «la nueva técnica publicist ica», mientras que la concepción que Tucídides tiene del propio valor es más «arcaica». Protágoras publicó oralmente (l)ióg enes Laercio, IX 54) y esta práctica fue

continuada por Isócrates (c(.Antid. init.).

(Hl libro aludido de E. G. Turner es Athenian Books in

the Fifth an d Fourth Centuries B. C„ 1952.)

La traducción de C. Schrader de este proem io dice así: «fota es la exposición del resultado de las investigacio­ nes de I leródoto de Halicarnaso para evitar que, con el t iempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectiva­ mente, por griegos y bárbaros -y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentam iento-queden sin realce».

(18)

Ι Λ Ν Λ Κ Κ Α '1 'IV A HI.S'I O R IC A < ίΚ ΙΗ · Α 19

Hn esta ver.sión lan cuidadosa quedan tal vez poco de relieve las resonancias épicas del adjetivo akleá. Kl histo­ riador vela por que los grandes y admirables hechos -crga ntegáUi te ka) thom astd- no carezcan de kléo$> la gloria que buscaban los héroes y las hazañas épicas. Hay, por otro lado, un claro paralelismo entre ía genóm em t y ta

érga; el primer término se referiría a los acontecimientos

y sucesos humanos en general, mientras que el segundo se aju staría más específicam ente a las hazañas bélicas de griegos y bárbaros. Esta división de la humanidad entre griegos y bárbaros, esencial en la concepción helé­ nica del mundo, es a la vez muy significativa de la pers­ pectiva de 1 leródolo, un jon io a caballo entre dos conti­ nentes. Frente a él Tucídides se centra en un conflicto entre griegos, y desprecia a los bárbaros, con un heleno- cent rism o que muestra, en comparación con el horizonte de Heródoto, un fuerte tono ático.

La traducción de Schrader, buscando un mejor efecto retórico, ha introducido «el motivo de su mutuo enfren­ tamiento» en el párrafo anterior, mientras que el texto griego deja al final la frase «y especialmente por qué cau­ sa guerrearon unos contra otros», muy de acuerdo con el plan general de la obra.

3

Kl retórico Máximo de Tiro opone la modestia de Home­ ro a la importancia que se dan a sí mismos los historiado­ res, que inician su narración dando su nombre al co­ mienzo. Pero ese afán de firm ar el relato tiene un doble motivo: el historiador es un testigo que nos presenta su propio testimonio y debe comenzar por presentarse y, en

(19)

20 < 'A K I.O S t ·ΛΗ< :fA («ti'AI.

segundo lugar, es un autor muy consciente de que su pro­ pia posición y personalidad avala lo relatado. También es sintomático que nos dé el nombre de su ciudad: no escri­ be tan sólo para sus conciudadanos, sino que publica un texto que está destinado a una amplia difusión. Heródoto de Halicarnaso o de Turios es ya una referencia a una perspectiva personal clara.

Kn ese sentido, aunque sepamos que el ilustrado jonio dio una resonante lectura de sus investigaciones en Atenas, y obtuvo un buen premio por su obra -com o un reputado sofista podía lograr con sus discursos de aparato y sus lecciones-, no hay que olvidar que ya i leródoto pretende ante todo legar una obra escrita. Antes de él ya lo hizo Hecateo. Y es muy ilustrativo recordar las primeras líneas de su texto (pronto perdido):

«Hekataios Milesios h ad e mytheitai. Tdde grdph()> hos inoi d okei alcthéa cinai. Hoi gar Helletwn lógoi pollo) ka) gelotoi, hósen w fphaín on tai> eisín».

(«Hecateo de M ileto relata lo siguiente. Kscribo estas cosas según me parecen verdaderas. Porque los relatos de los griegos son muchos y ridículos, en mi opinión.»)

Ya I lecatco contrapone su propia versión de los hechos a numerosos relatos, «muchos y ridículos». Al dejar su testim onio por escrito, ofrece un testim onio personal y crítico. También I leródoto se muestra muy consciente de que el historiador debe seleccionar y discutir y rechazar anteriores testimonios, porque no es el éxito en la recita­ ción inmediata (contra lo que dice el más riguroso Tlicí- dides en la frase antes citada) lo que busca, sino el trans­ mitir una información memorable contra los embates del tiempo. Kn eso, en su empeño por luchar contra el tiempo y el olvido de los grandes hechos y hazañas, el historiador compite con el poeta (no sólo con el épico, cantor de un

(20)

L A N A R R A T I V A H I S T O R I C A « Í R I M Í A 21

pasado mítico» sino con el poeta lírico» celebrador a suel­ do de algunos nobles, pero sólo de ciertos temas y fies­ tas).

Con Tucídides se extrem a la cautela y el rigor; para consignarlos hechos con una mayor acribía, el historia­ dor delim ita más su escenario. Heródoto, viajero ilus­ trado, jon io, adm irador de las maravillas del O riente y de Egipto, observador de las costum bres extrañas, estu­ dioso de las gentes de otros países, curioso y consciente de las grandes obras de los bárbaros y de la brillantez de sus gestas y sus imperios, dedicó numerosas pesquisas y un buen m ontón de escritos a narrar la historia de li­ dies» persas, egipcios, escitas y griegos, antes de ceñirse, en la segunda parte de sus Historias, a relatar el conflicto bélico de las Guerras Médicas. Un amplio escenario y un amplio espacio temporal: casi un siglo, el espacio de tres generaciones, para concluir con las batallas y sucesos de la Segunda Guerra Médica, en el 480. Tucídides se lim i­ tará a la historia contem poránea y a un período de m e­ nos de treinta años, los de la Guerra del Peloponeso, único tema de su investigación, aunque abra un parén­ tesis para situar la Pentecontecia, rellenando así el vacío entre los com ienzos de la Guerra (430) y el final de las Guerras M edicas, es decir, para enlazar con la obra de Heródoto.

Pero esa lim itación espacio-temporal va acompañada de otra: para rI\icídides sólo los sucesos de interés político y militar, la guerra, las batallas y las repercusiones de es­ tos hechos en la escena política, son la temática seleccio­ nada para su historia. Se desinteresa de todo el resto, de la historia cultural, de las descripciones de costumbres y monumentos, de los datos antropológicos, que Heródo­ to había considerado en los primeros libros de su obra. La

(21)

22 C A R L O S G A R C Í A G U A L

historia deviene, con Tucídides y sus continuadores, crí­ tica, pragmática, política. HI asombro con que Heródoto abría sus ojos hacia el escenario pintoresco de su mundo queda a un lado, com o algo im pertinente. (Por lo que a Tucídides respecta, lodo ese aspecto admirable y extraor­ dinario del mundo, lo espectacular y cultural, puede cacr en el olvido. Le im porla sólo el carácter y el actuar políti­ co del hombre; revelar su modo de ser tal com o se m ani­ fiesta en el con flicto, ver cóm o su physis le impulsa al poder y a la catástrofecolecliva.)

«Los ojos son mejores testigos que las orejas», dice He­ ródoto (1 ,8 ,2 ), tal vez recordando un axioma de 1 lerácli- to (Frag. 101a). En efecto, la autopsia parece la m ejor ga­ rantía del saber histórico. Etim ológicam ente hístor es aquel que sabe porque «ha visto» (la raíz del término es la misma del verbo latino uideo). «Demostración», ap ód e- x is, de lo visto en la investigación es el relato histórico. Exposición de los resultados de una encuesta. El historia­ dor es un veedor y un inquisidor: observa los fenómenos y luego indaga las causas. Λ diferencia del poeta -ép ico o trágico-, no busca los fundamentos de los acontecimien­ tos más allá de lo real; prescinde del trasfondo m ítico o divino que pudiera sustentarlos. (Aunque el sagaz I leró- doto haga algunas alusiones a la actuación taimada de la divinidad, envidiosa y perturbadora de la felicidad exce­ siva, o de la Tyche que desbarata los planes humanos.)

«Autopsia más discernim iento crítico más búsqueda de

las tradiciones (prevalentemente orales) constituyen, como es sabido, la compuesta trama del método de Fleró- doto», como apunta D. Musti (La storiografia greca, Bari,

1979, pág. X III).

Está claro, sin embargo, que no puede prescindir el historiador de los oídos. Siempre ha de acudir a

(22)

tcstimo-U ΝΛΚΚΛΊ IVA HISTERIC A CiRII-tiA 23

nios ajenos, tanto para hechos del pasado como para cir­ cunstancias en las que no estuvo presente. Y también, en el caso de Heródoto» debe acudir a intérpretes al encon- 1 rarse ante documentos de otra cultura.

Kn todo caso» el historiador hace fundamental y acaso ú meamente -caso de 'Ibcfdides y Jenofonte historia con­

tem poránea. Incluso cuando tiene una intención épica, la

autopsia buscada le diferencia del poeta épico, que canta lo que no ha visto y le llega a través de una tradición larga y nebulosa. K1 historiador, como el buen testigo, debe es­ tar siempre dispuesto a aportar las pruebas objetivas de loqu e refiere.

4

Hay entre Heródoto y Tucídides una notable divergencia respecto a la finalidad de sus escritos. La pretensión del primero queda claramente expuesta en las líneas iniciales del proemio ya citado: confiar al escrito los grandes y ad­ mirables sucesos y las hazañas de los hombres, salvándo­ los del olvido y haciéndolos memorables. La admiración le lleva a intentar prolongar su gloria mediante el testim o­ nio de la historia. Frente a este objetivo,'Tucídides afirma que su historia tiene una utilidad propia: enseña a cono­ cer la naturaleza humana, recordando el com portamien­ to político de unos momentos de especial significación. Narra lospathém ata -sufrim ientos y experiencias- de los contendientes en el mayor conflicto del mundo helénico.

Hsa megfste kinesis, máxima perturbación de la humani­

dad civilizada, es decir» del mundo griego en su momento de apogeo» puede presentarse en un análisis crítico para servir a futuros políticos como una investigación sobre la

(23)

24 C A R I.O S C A R C ÍA tiU A I.

naturaleza humana. Por ello es una «adquisición para siempre, ktém a es aief».

La limitación del campo de acción va acompañada de una profundización en los motivos y síntomas de los su­ cesos. Pragmatismo acompañado de crítica. Es una his­ toria de sucesos bélicos y políticos con una orientación crítica. A modo de un médico social, Tucídides estudia los síntomas de los cambios para levantar un diagnóstico que sirva al pronóstico. A partir de los síntom as, y del co­ nocim iento de la naturaleza humana, que es siempre la misma (según él), ofrece una interpretacióji de la lucha por el poder, justificada por esa voluntad de dominio ín­ sita en la naturaleza de lo político. Phüotim fa, plconexía,

phóbos -am bición, avidez, m iedo-, son los t res impulsos

primordiales de la inm utable naturaleza del hombre (H. Strassburger). 1 lay en Tucídides influencias de la so­ fística y de la dramaturgia ateniense, p. e. en los discursos contrapuestos que reflejan y exponen las motivaciones de la acción. Hay una concepción trágica y pesimista del existir humano. (Cf. el discurso de Pericles en II, 43.) Pero ha desaparecido todo trasfondo divino en la actua­ ción de los humanos. La Tyche juega su papel, pero son los hombres quienes a solas combaten y se destruyen, im­ pulsados por su naturaleza. El ateísmo tucidídeo va uni­ do a una concepción un tanto aristocrática de la inteli­ gencia: la masa ignorante se extravía con facilidad y el lenguaje refleja en los momentos de crisis la descomposi­ ción moral de la sociedad.

La visión humanista de Heródoto le lleva a una cierta concepción trágica de la historia y la naturaleza humana. «Toda la vida humana está sujeta al azar», «el hombre es pura contingencia». La Tyche domina el curso de los su­ cesos, pero también la hybris consigue atraer el castigo

(24)

Ι.Λ N A R R A T I V A H I S T O R I C A ( ¿ K IK C ÍA 25

divino. Heródoto, amigo tie Sófocles, todavía se atiene a una concepción religiosa del destino. Pero no Tucídides. Cuando éste insiste en la búsqueda de los motivos y cau­ sas del conflicto, con precisos términos -aitía, prophasis-, tan sólo piensa en los agentes humanos. No es que I leró- doto haga nunca intervenir a los dioses, sino que advierte que tras las peripecias trágicas de algunos grandes hom ­ bres se mueve oscura la actuación de la divinidad, según la falsilla de Homero. Tucídides, en cambio, es un discí­ pulo de la sofística radical.

Los dioses 110 forman parte de la realidad historiada, donde lo mítico está ausente. Tucídides sentencia la desa­ parición de tó mythódes. Con los cristianos reaparecerán las interpretaciones religiosas de la Historia. La Historia ixlesuisticdy por otro lado, es una invención cristiana; así como la interpretación cristiana de la Historia como ma­ nifestación de la voluntad divina es algo nuevo, así tam ­ bién los cristianos dejarán la historia pragmática de los antiguos a las continuaciones de los autores clásicos. (Cf. A. Momigliano.)

Autores posteriores desarrollarán la historia patética y dram ática, después de Tucídides, así com o buscarán efectos escénicos y sentimentales del gusto de la época helenística. Ya Teopompo, «el cínico» según G. Murray, colorea con su sátira los temas.

5

Hay dos pasajes donde Aristóteles se refiere a los libros de historia. En la Retórica, 1360a 33-37, recomienda a los di­ rigentes políticos que lean relatos de viajes y textos de his­ toria.

(25)

26 CARLOS <¡ARClA UUAL

«Es evidente que para los legisladores son útiles los re­ latos de viajes por el mundo, pues en ellos se pueden aprender las leyes de los pueblos, y de otra parte, para las decisiones políticas, los escritos de los que narran los su­ cesos. Mas todo esto es tema de la polít ica y no de la retó­ rica.»

Λ. Tovar traduce historíai por «escritos» con cierta fal­ ta de precisión. Aunque la misma expresión de Aristóte­ les muestra que el sustantivo no es suficiente todavía para designar los relatos de historia, y le agrega «de ios que es­ criben sobre las acciones», es decir, unas historias prag­ máticas, com o las de Tucídides y Jenofonte, mientras que H eródoto abarca am bos sentidos: historias y relatos de viajes.

El o tro texto de A ristóteles es el fam oso pasaje de la Poética, 1451 b 4· 10, en el que diferencia lo que escribe el poeta y lo que escribe el historiador:

Desde luego el poeta y el historiador no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa (pues sería posible versificar las obras de Heródoto y no serían menos historia en verso que en prosa). La diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido y otro lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más ele­ vada y filosófica que la historia; pues la poesía dice más bien lo general, y la historia lo particular. Kn general com o a qué tipo de hombres se les ocurre hacer o decir tales o cuales cosas vero­ símil o necesariamente, a eso tiende la poesía... y en particular» qué hizo o qué le sucedió a Alcibiades.

«Guerras y la administración de los asuntos públicos», dice Gibbon (c. 9), son los principales temas de historia. Ésta es una definición estrecha, aunque muchos aún la suscribirían. El hombre más responsable de la visión de la historia que la implica es un historiador que en su obra

(26)

LA NARRATIVA HISTÓRICA GRIFGA 27

nunca usa, en absoluto, las palabras «historia» o «histo­ riador» (historia e historikós), afirma S. I iornblower.

1 Icródoto usa la palabra historie en dos lugares: al co­ mienzo de su obra -e n el pasaje ya analizado-, y en V II 96: es histories lógon, un uso bastante preciso del térm i­ no: «investigación, historia».

«Caudillos locales, a los que yo no he mencionado, pues no estoy obligado necesariamente con vistas al lógos de mi historia.» (Un pasaje muy interesante porque indi­ ca que al presentar la investigación el autor la hace de acuerdo con un lógos previo y selectivo.) Lógos significa aquí «plan racional», «objetivo».

En su Poética ( 1451a 36 ysigs.) Aristóteles distingue en­ tre el poeta -poictés- y el historiador -h i s t o r i k ó sAñade luego su comentario: la poesía es más seria y filosófica que la historia porque se ocupa de lo general y lo posible, mientras que la historia se limita a registrar lo que pasó.

Dos observaciones importantes: Aristóteles traza esta distinción inventándola, no recogiéndola de autores an­ teriores. En él aparece, por primera vez en griego, el tér­ mino de «historiador», historikós. (Que se opone al de poietés, «poeta».)

En segundo lugar, al reducir la labor del historiador a la de reseñador de lo part icular y lo realmente sucedido, sin pretensiones generalizadoras, es decir, al ver al historia­ dor com o un mero syngrapheús de los hechos, Aristóteles es injusto, tanto con I leródoto como con el mismo Tucí- dides, que registra los hechos significativos y concretos, con máxima acribia, pensando que de ellos puede extra­ erse una lección política, una visión del ser humano eis

aieiy «para siempre».

Aristóteles y sus discípulos han hecho, por otra parte, una contribución importante a la labor histórica al inte­

(27)

28 CA RI OSC A RCÍA GÜAL

resarse por el desarrollo de las instituciones y las formas políticas. Por ejemplo la recolección de l ratados constitu­ cionales emprendida por Aristóteles (de la que nos que­

da La constitución d e los atenienses y com o paralelo La

constitución de los espartanos úe\ Ps. Jenofonte) aporta un

material muy importante a la reconstrucción histórica, y contrapesad interés demasiado volcado hacia la historia de las guerras y alteraciones, hacia lo dinámico y cinéti­ co, con una atención a las instituciones y a la configura­ ción social de la polis.

Dicho esto» conviene insistir, como hace Hornblower, en lo tardío de los usos documentados de la palabra «his­ toria» en sentido preciso. Aparece así en una carta de l.isí- maco (tal vez del 280 a. C.) conservada en una inscripción del Ashmolean Museum de Oxford, y en el historiador he­ lenístico Filarco, ya muy de finales del siglo m. «La conclu­ sión que conviene subrayar es que no es hasta entonces cuando las palabras historia c historikós devienen los tér­ minos absolutamente standards para lo que llamamos “Historia” e “historiador”, y que Aristóteles estaba cierta­ mente acuñando un término, no describiendo un uso es­ tablecido. No debemos pues sorprendernos al encontrar difícil categorizar a Tucídides» (Hornblower, pág. 12).

Por un lado, pues, com o hemos notado, los historiado­ res se suceden y t ratan de continuar la obra de quien con­ sideran su predecesor; por otro, no tienen ni un nombre preciso para dar título al género literario que practican. De algún modo, Tucídides resulta el continuador de He­ ródoto; pero también resulta su oponente en cuanto a la orientación diversa de su obra, que significa una desvia­ ción de los objetivos del viajero jonio. Ambos historiado­ res buscan relatar una verdad objetiva, testimoniar lo o b ­ servado y seleccionado por su grandeza, se centran en

(28)

LA NARRATIVA HISTORICA GRIEGA 29

estudiar el mayor conflicto bélico de su tiempo» y en bus­ car las causas bajo las apariencias. Pero, com o ya nota­ mos, el objetivo de Tucídides es mucho más restringido e intenta compensar esa reducción con su mayor precisión.

Al tratar de salvar del olvido y la disgregación los suce­

sos admirables dei pasado» tü genóm ena ex anthrópon y

ta erga niégala te ka i thóm astá, Heródoto en los cuatro

primeros libros de su historia había mostrado un espíritu etnográfico (al uso de un Esquilo o de algunos sofistas) al redactar sus lógoi sobre Lidia, Persia, Egipto, Escitia, in­ teresándose por cuatro elementos: la geografía, las cos­ tumbres, las maravillas locales y la historia política. Tucí­ dides tiene una decisiva influencia en la alteración de las investigaciones posteriores» que dejarán de lado todo eso, para reducirse a escribir los hechos de guerra y las con ­ vulsiones políticas de los Estados griegos. Su influjo es claramente benéfico en cuanto a reclamar una historia más crítica, y una mayor cautela en el examen de los he­ chos y testimonios, pero no es tan digna de encomio por su lim itación a estos hechos, desligados de todo el co n ­ texto cultural, que Heródoto atendía.

Sólo en historiadores helenísticos, posteriores a las conquistas de Alejandro, volveremos a encontrar esos in­ tereses et nográficos y culturales. Lo que refleja la apertu­ ra del horizonte helénico a nuevas culturas, y un renaci­ miento de aquella curiosidad que se manifestaba en el viajero jon io. Sin duda Heródoto nos resulta boy más m oderno que en otras épocas. (Hornblower subraya

cómo un libro com o el de Braudel sobre el M editerráneo

está en una línea que enlaza con esa concepción histórica herodotea.)

Es corriente relacionar a Tucídides con los médicos hi- pocráticos, en su afán de describir objetivamente los

(29)

sin-30 CARLOS GARCÍA GUAL

tomas de los procesos de enfermedad y analizar sus cau­ sas; pero también hay autores hipocráticos que están más cercanos a I Ieródoto. Así el autor de Sobre la antigua m e­

dicina está cercano a Tucídides, y también el del Pronós­

tico y los de Epidemias, pero el de Sobre los aires, aguas y

lugares está más cerca del historiador jonio. (Los médicos

hipocráticos critican a sus oponentes, y analizan bien los síntomas» pero luego elaboran teorías en extremo hipoté­ ticas.)

6

La teoría sobre el relato histórico, así com o la teoría sobre la Historia, es algo muy posterior a la aparición del géne­

ro. El ya clásico opúsculo de Luciano de Samósata, Cóm o

debe escribirse ¡a historia, es del siglo it d. C., es decir, más de quinientos años después de Tucídides. No quiero ni puedo entrar aquí a discutir o resumir la tesis de esa inte­ resantísim a obrilla; pero sí recordaré que Luciano, tras criticar algunos ensayos históricos de excesivo patetismo y pintoresquism o, dedica un par de capítulos a esbozar el tipo del historiador ideal, y su m odelo es Tucídides (caps. 41 -42).

41. He aquí cóm o debe ser, según yo, ct historiador: impávido, incorruptible, libre, amigo de la verdad y tie la palabra precisa, uno que -c o m o decía aquel có m ic o - llam a «pan» al pan y «vino» al vino, uno que jam ás por amistad o por odio es indu­ cido a conceder o negar, a conm iserarse o avergonzarse o a des­ preciar; juez ecuánim e, benévolo con todos, nunca hasta el punto de conceder a alguna parte más de lo que merece, que no tiene patria -cu an d o e scrib e - ni ciudad ni soberano; uno que no se detenga a preguntarse que5 pensará de esto tal o cual otro, sino que refiere lo que ha sucedido.

(30)

LA NARRATIVA H ISTORICA GR1M M J /

42. Fue Tucídides quien legisló todo esto, tue él quien d istin­ guió virtud y vicio en la historiografía, viendo que Heródoto era admirado hasta] tal punto que sus libros eran llamados M u­ sas. I )ice pues que va a escribir una obra que permanezca «para siempre» más que para «la com petición del momento·*; dice que no aprecia el elemento fabuloso, sino que deja a los venide­ ros un relato verídico de lo que efectivamente sucedió. H intro­ duce la consideración de lo útil, de aquello que cualquier hom ­ bre con sentido puede aceptar com o Un de la obra histórica; esto es, com o él dice, que si se representan situaciones sem ejan­ tes, uno podrá ayudarse con el relato histórico justam ente para la situación contingente (para actu aren ella).

Así en C óm o debe escribirse la historia Luciano apunta que el historiador debe ser imparcial y crítico, desarrai­ gado com o un filósofo cínico» un intelectual, com o Lucia­ no. Así podrá referir sólo lo real, sin parcialidad ni prejui­ cios, según el postulador: «decir lo que sucedió». Tal es la tarea del historiador.

«Toú dd syggraphéos érgott hós eprdchthé eipein» (Lu­

ciano, o. c .,3 9 1 ).

Tucídides le sirve de ejemplo. Ks curioso que Plutarco, en su opúsculo contra H eródoto, le acuse de «amigo de los bárbaros» y poco patriotero, una censura que debe­ mos nosotros leer, por el contrario, com o un testimonio de la imparcialidad del Padre de la Historia.

La distancia y la imparcialidad del historiador son im­ portantes. Por eso el destierro es un buen lugar para es­ cribir historia con una perspectiva no disturbada por las presiones familiares. Los historiadores griegos son indi­ viduos de una fuerte personalidad, que comienzan su obra lejos de su patria: el viajero Heródoto y el exiliado 'tticídides, el desterrado Jenofonte, son buenos ejemplos; como también Teopompo, Éforo, Tim eo o Polibio. F.l his­ toriador toma conciencia de los sucesos desde su aparta­

(31)

32 CARLOS GARCIA CUAL

miento, y su afán de investigar las causas de los hechos y los com portam ientos viene unido a esa visión próxima, pero no parcial ni partidaria; el historiador contrasta ver­ siones desde su posición marginal al conflicto. Aunque proceda de una de las ciudades combatientes -Tucídides y Jenofonte son atenienses, pero no partidarios del go­ bierno dem ocrático que dirige la g u erra-, toma sus dis­ tancias para juzgar con imparcialidad los hechos.

Como señala 1). Musti, «en el origen de la experiencia de los historiadores griegos hay desde luego un trauma respecto a la comunidad de proveniencia o de pertenencia, un momento de ruptura, que representa la ocasión biográ­ fica para un empeño de reflexión y de indagación, en una sufrida experiencia individual que vehicula reacciones que no son individuales, sino que connotan a grupos enteros y determinados niveles sociales. Una historiografía pues de desarraigados o de disidentes...» (pág. X X X V III).

Una vez más advertim os cóm o es im portante que el historiador firm e su obra al com ienzo: su personalidad garantiza la objetividad de lo narrado, una objetividad sin com prom isos patrios, aunque toda obra personal com porte una cierta subjetividad propia.

Ese distanciamiento del historiador requiere una nota­ ble personalidad propia. Al dar testim onio se da también juicio, e importa mucho que el que escribe de la guerra y las batallas sea, o pretenda ser, con buena voluntad e inte­ ligencia, objetivo. Kse trauma frente a la ciudad de origen y sus prejuicios e intereses, visto así, es un buen requisito previo a la obra. Vuelvo a citar a D. Musti:

Esto significa en sustancia que, ya en Heródoto (y e n larga m e­

dida en el m ism o H ecateo), la historiografía griega se presenta con los caracteres de la experiencia y de la expresión

(32)

«indivi-LA NARAAIIVA HIM ORICA (tRII-.OA JJ dualista», en cuanto m anifestación no sólo del espíritu jó n ico de búsqueda y de crít ica, sino también de la distancia, o del de­ sacuerdo abierto, respecto de la comunidad de pertenencia, tal com o eslá configurada históricam ente. Hste individualismo, naturalmente, no excluye de hecho solidaridad de otro tipo, por ejemplo de más específico cuño aristocrático, con particulares ambientes o grupos sociales, con los cuales la comunidad, como históricamente desarrollada y determ inada, no se identifica ya. En TUcídides se advierte tam bién en mayor medida la íntima tensión entre la dem ocracia radical ateniense y las tendencias imperialist ¡cas que caracteriza su política exterior (en contra de la mayor pretensión de verdad codificada en el m étodo); y es el historiador quien sufre la sospecha de traición y el exilio, por parte de su ciudad, después de un fracaso de una expedición militar para la que estaba revestido de responsabilidades altísi­ mas. La mayor parte de la actividad historiográfica de Jenofonte presenta todas estas connotaciones: curiosidad y atracción por

lo diverso, ya sea tie Persia o Esparla, en la Anabasis, en la Ciro

pedia, en el Agesilao; partisanería de «aristocrática laconizanlc»

en la obra histórica que se presenta com o continuación de la de

Tucídides (las Helénicas), partidismo que se ve respondido con ia

acusación de laconismo levantada por los atenienses y en ia consi­ guiente condena al exilio (D. Musti, págs. X XX V I-X XX V 1I).

Después de Tucídides algunos escritores buscaron una narración más cargada de efectismos, mimética y dramá­ tica, una historia que privilegiaba las escenas patéticas y espectaculares. Pero importa destacar que ya en el auste­ ro autor de la Guerra del Pelopotteso su sobrio estilo va acompañado de una intensa visión trágica del destino humano. Sin duda, Tucídides está influido por la drama­ turgia ateniense, tanto en su atención a ios sufrimientos de los pueblos com o en la presentación de los discursos muchas veces enfrentados en un agón, como en las trage­ dias de Eurípides (por influencia quizás de los sofistas). Kl pesimismo del historiador acerca de la naturaleza hu­

(33)

34 C A R I .» > S ( ; A K C l A < ¡ U A I ,

mana se parece al del último de los grandes tragediógra- tbs, contemporáneo suyo.

Como señala Strassburger,

entre todas las elecciones de Tucídides, la más im portante es la que lia tenido mayores consecuencias para todos los tiempos futuros: la elección de un argum ento de guerra com o tema ejemplar, y también com o el más importante asunto de historia hasta sus tiempos. I .a mol ivación de tal elección ofrecida por el historiador al com ienzo de su obra, es decir, que tal guerra ha

sido la mayor kinesis jam ás habida, ei más grande movimiento

o convulsión, no puede ser considerada en m odo alguno un simple artificio retórico; ¿se es el punto clave de la comprensión histórica de Tucídides, y queda dem ostrado por la coherencia con la que ha mantenido, en toda su obra, la negación, cond i­ cionada por aquella motivación, de la historia de la cultura, y de la preeminencia otorgada al registro de todos los m om entos d i­ námicos... (pág. 16).

... Ks pues la extraordinaria cantidad de path ém ata, de sufri­

mientos, lo que ha hecho para él esta guerra axiologótaton tón

pro$egeneménón... y esta afirmación es mucho m asque una en­

fática introducción a una reliquia formal de los orígenes épicos de la historiografía; en el curso de toda la obra, de hecho, es ju s­

tamente sobre los grandes pathém ata donde cae el acento de la

descripción: la peste de Atenas, las catástrofes de M itilene, Pla­ tea y Melos, la guerra civil de Corcira, la ruina de la armada ate­

niense en Sicilia. El modo, en verdad, en el que t ucídides descri­

bió estas culminaciones de dolor constituye un problem a por sí del que debemos aún ocuparnos, pero es ante todo importante el haber precisado en todo su significado este incontestable dato.

Como Heródoto, Tucídides está influido por Homero, pero, a diferencia de Heródoto, ha prescindido de todo aquello que no afecta al conflicto bélico -y sus anteceden­ tes próximos.

(34)

ΙΛ NARRATIVA HISTORICA GRIEGA 35

Tucídides no quiso trasponer la exposición del vivir anónim o

propio de la historia tic la civilización, del status de reposo» del

campo de las concepciones épicas al de las concepciones histo- riográficas; con esto quedaba expulsada, para casi toda la histo­ riografía antigua sucesiva, la pretensión de una valoración pa- ritétíca del cuadro cultural, ya fuera en la línea maestra de la

historia perpetua, tal decreto, propiamente hablando, no fue re­

vocado hasta Voltaire (pág. 21).

Tucídides es el responsable, cotí su influencia en la tra­ dición helénica y romana, en Polibioyen tantos otros, de que el tema de la historia antigua sea la descripción de las guerras y las agitaciones políticas. Y también de una for­ ma de narrar los hechos y de ilustrarlos por medio de los discursos en que los grandes hombres decían «lo que de­ bieron haber dicho».

ΛΙ margen de esas historias hubo, sin em bargo, otros géneros m arginales que recogieron aquello que un Heródoto habría sabido introducir en su texto: las an éc­ dotas significativas, los lógoi etnográficos, los re la ­ tos paranovelescos, ele. Los historiadores helenísticos abundaron en un patetismo que, en su origen, estaba en el enfoque de los pathéniata y desastres de la guerra que Tucídides ya ofrecía, pero con una retórica mucho más afectada. Justamente la sequedad del estilo es lo que da su singular hondura patética a las descripciones de Tu­ cídides, m ientras que el barroquism o exagerado las desvirtúa.

Sólo a partir del siglo x v i, con los historiadores de I li­ dias, volverá a ser considerado el método de investiga­ ción de Heródoto, cercano a la antropología y al reportaje de viajes, por razones entonces muy claras. Los nuevos escenarios requerían esa mirada amplia, com o bien ha anotado A. Momigliano (o.c.,p ágs. 148-150).

(35)

36 CAKI.OS(iAK<lA<aiAI.

Pero desde Tucídides hasta los historiadores romanos del Bajo Im perio la narrativa histórica que prevaleció fue la que centraba su estudio en las guerras y sus causas, en las transform aciones y conm ociones políticas, en las ha- zafias de los grandes personajes políticos, en los progra­ mas de gobierno y los discursos públicos, etc., es decir, la que cont inuaba el método de Tucídidcs. Era una histo­ ria que se proclamaba «maestra de la vida», en cuanto re­ pertorio de actitudes humanas ante determinadas situa­ ciones colectivas. Kn ese sentido era pragm ática, política y aleccionadora, y de ahí que se proclamara com o un sa­ ber útil. Polibio, Plutarco, Salustio, Tácito, y otros menos ilustres, se proclamaban historiadores con orgullo, pre­ sentándose com o herederos de ese método y ese rigor en la remem oración de la realidad, aunque fuera restringida a ese panoram a de lo político y lo bélico, enfocado con elegancia y una programada austeridad1.

(36)

Jenofonte: Aventurero y escritor

1

El aprecio por la obra de un escritor antiguo está sujeto a notables variaciones, a curiosas subidas y bajadas en su cotización literaria e histórica. Un ejemplo claro de esta obvia observación podemos encontrarlo en el hoy relati­ vamente reducido interés con que los filólogos clásicos» y probablemente tam bién muchos de los lectores no espe­ cializados en el mundo antiguo, encaran la variada obra y la singular personalidad de Jenofonte, tan excelente­ mente considerado en otros tiempos entre los grandes clásicos de la prosa ática.

¿Es que acaso la m isma sencillez de su estilo y la so ­ briedad de su prosa, que lan recom endable le hacen como lectura de iniciación para los estudiosos de las le­ tras griegas, le rebajan en la estima de los expertos en és­ tas? ¿O es que su m odo narrativo, esa manera directa de presentar los hechos y los personajes, le resta atractivo? ¿Es, tal vez, lo variado y diverso de su producción escrita lo que hace difícil que un mismo estudioso pueda

(37)

38 c;a r i x>s · ·Α ιι< :(λ < ¿í jai

sarsc por todos los aspectos de su personalidad literaria? I lace más de medio siglo, O. Gigon ya apuntaba estas cuestiones. Mucho después vuelven a insinuarlas W. K.

I ligginsy R. Nickel en dos excelentes trabajos de conjun­ to sobre nuestro autor1.

lodos estos puntos contribuyen a recortar la estima por el más fácil de entender de los escritores griegos de época clásica. Pero» además, las som bras de otros dos grandes prosistas vienen a suscitar una com paración desventajosa para Jenofonte. Tanto la Historia d e la Gue­

rra del Peloponeso de Tucídides -d e quien Jenofonte se

pretende continuador con sus H elénicas- c o m o los Diá­

logos de Platón -co n quien, de algún modo, rivaliza Jeno­

fonte en sus Recuerdos de Sócrates- proyectan un duro contraste, en su rigor intelectual y en su fondo teórico y filosófico, con las obras mayores de éste e incitan a una valoración un tanto injusta del testim onio histórico y de ia perspicacia crítica de Jenofonte'’.

Para una apreciación iná* ccuánim c de sus virtudes y defectos, hemos de tratar de enfocar su oficio y figura :al y com o se nos presentan en sí mismos, prescindiendo de esa com paración, que, ciertam ente, es difícil de evitar porque uno piensa que la lectura de Tucídides debería haber enseñado a Jenofonte una perspectiva historiográ- fica más crítica, y que el haber conversado con Sócrates y conocido una parte de la obra platónica le debía haber in­ citado a un mayor esfuerzo filosófico, a intentar calar más hondamente en las palabras del inquietante e impeniten­ te pensador.

Sin embargo, pese a todos los reparos, la personalidad de Jenofonte es la de un individuo m agnánim o, que, en una época muy revuelta, la misma que vivió Platón, se

(38)

ta-J1 .N C )H ) N I h : A V K N T l'K K H O Y K St :Κ I Γ Ο Κ 39

lantc aventurero y una visión lúcida y clara de su entorno histórico; que recordó siempre las nobles enseñanzas de Sócrates y defendió los ideales tradicionales helénicos con valor; que, com o escritor, sabe relatar sus im presio­ nes y reflexiones en un estilo sobrio y preciso, con since­ ridad, agudeza y una templada ironía. Y no deja de ser in­ teresante el hecho de que él, un hombre de ideas más bien conservadoras, haya sido en muchos aspectos un precur­ sor del helenismo: en su fuerte tendencia aJ individualis­ mo, en sus esbozos muy influyentes de nuevos géneros li­ terarios, com o la biografía (con su Agesilao) y la novela

(con su Ciropedia), en su preocupación por la pedagogía

un tanto idealizada, en sus breves tratados sobre ternas concretos, com o la equitación y la distribución de los re­ cursos económ icos. Reprocharle que no fue un teórico cabal del acontecer histórico y que, acaso, no entendió el trasfondo filosófico más profundo de las enseñanzas de Sócrates es enjuiciar con parcialidad su obra y enfocarla con prejuicio» críticos. Pero si nos acercamos a los csci itos de Jenofonte sin ellos y los leemos con atención y sobre su entorno histórico, no es difícil que descubram os en su obra aquellas virtudes que le hicieron tan estim ado en otros tiempos, desde los historiadores latinos y los grie­ gos tardíos hasta Maquiavelo y K. Gibbon '.

iiii ese sent ido de reconsiderar justam ente las obras de Jenofonte, parece muy justo constatar aquí, al comenzar estas páginas, la valiosa aportación de algunos trabajos modernos, entre los que conviene destacar el amplio y ri­

guroso artículo de H. Ureitenbach, Xenophon von Athen,

en Pauly-Wissowa, Realencycloptwdie (1966), y los libros posteriores de W. E. Higgins, X enophon the Athenian ( 1977), apologético y de un estilo excelente, y el preciso y crítico de R. Nickel, Xwm/i/ion (1979). Frente a uno y o tro

(39)

40 C A K U l M I A K C l A U M I

resulta un tanto superficial el más divulgador etc j. K. An­

derson, X enophon (1974). Son sugerentes las ágiles pá­

ginas que W. K. C. Ciuthrie dedica a Jenofonte» com o testim onio sobre Sócrates, en su H istoria d e la filo sofía griega. III (1 969, págs. 3 3 3 -348). Sobre su apasionante biografía sigue siendo el estudio más am plio el de li. l)e- lebecque, Essaisur la vie de Xénophon (1957).

2

La experiencia vital de Jenofonte late, en efecto, en la m a­ yoría de sus escritos. Hombre de acción, prim ero, y escri­ tor, después, Jenofonte es el testigo sensible de una época revuelta y amarga de la historia de Grecia, de una Grecia agitada por los enfrentam ientos bélicos entre ciudades hostiles, en un país empobrecido por esos com bates y por los enfrentam ientos sociales, por crisis continuas que co n m o cio n an a las p óleis celosas de su independencia difícil, y en especial a Atenas, que declina en medio de grandes inquietudes intelectuales y morales*. Los aconte­ cimientos políticos y su arrojo personal hicieron de Jeno­ fonte un soldado de fortuna; un mercenario en la aventura de los die/ mil griegos alistados por Ciro el Joven para dis­ putar el trono persa a su herm ano A rlajerjes, aventura que decidió su fortuna. 'Iras la vana victoria de Cunaxa, los Diez Mil cruzaron audazmente las vastas llanuras de Anatolia para volver a la patria, en un em peño esforzado porsalvarsus vidas,y Jenofonte estuvo al frente de esa re­ tirada. Luego se vio convertido en un exiliado que, gracias al apoyo de su amigo Agesilao, rey de Esparta, pudo gozar del dominio de Hscilunte, cerca de Olimpia, un retiro cam ­ pestre para largos años. Tras la batalla de Leuctra (371), en

(40)

ΙΚΝΟΙ ΟΝ Ι ΚιΛΥΗΝΊH H I'U O Y PM 'R IT O R Α\

donde los tebanos mandados por Epaminondas ponen Πη a la hegemonía de Esparta, se ve obligado a abandonar el predio, que recuperan los eleos. De nuevo va a buscar ol ro lugar de residencia en Corinto, donde murió después de 335 a. C). Los atenienses, reconciliados con los espartanos ante la am enaza de la supremacía tebana, cancelaron la sentencia de destierro (hacia el 368), y tal vez en esta últi­ ma etapa de su v id a -d e laque andamos mal inform ados- Jenofonte volvió a residir en Atenas.

Es en el período de su madurez, en los últimos años de Escilunte, y luego en Corinto o en Atenas, cuando escribe sus reflexiones y sus recuerdos -de sus días de marcha heroica por tierras lejanas en Persia y de sus conversacio­ nes con el extraordinario Sócrates, el más justo de los ate­ nienses, al que su ciudad condenó a muerte en 399. La Atuibasis y las M em orables, la A pología de Sócrates y el

Banquete reconstruyen, mediante apuntes personales y

algunas lecturas de otros textos, el escenario de sus an ­ danzas de juventud. Luego trata de recordar, mediante un rápido relato, los conflictos constantes y sangrientos en­ tre las póleis helénicas, en los vaivenes de una discutible hegemonía: Atenas, Esparta, Tobas y otras ciudades m e­ nores se desgarran en un horizonte do azarosas batallas y hostilidad fratricid a5. Y también da rienda suelta a su imaginación para disertar sobre la educación ideal del príncipe, de la buena adm inistración tie la casa familiar, del cuidado de los caballos y de los recursos económ icos de una ciudad, y evoca, con sentido elogio fúnebre, la si­ lueta de su adm irado am igo, ol rey Agesilao, al tiempo que reflexiona sobre la constitución de Esparta, con una admiración no exenta de críticas.

Acaso el hom bre de acción retirado se consuela así, re­ memorando el pasado y buscando en la teoría un refugio

(41)

42 CARLOS GARCÍA GUAL

más estable. I lay nostalgia en la evocación de las charlas con Sócrates, un maestro en virtud y en patriotism o, que at rajo al joven Jenofonte sin lograr hacer de <51 un buen es­ céptico ni un profundo filósofo6.

Inscrila en las peripecias de un país turbulento en la prim era mitad del siglo iv a. C ., en tiem pos «de incerti- dumbre y confusión», com o él m ism o dice en el párrafo final de las Helénicas, cobra la existencia de Jenofonte un perfil significativo, y su biografía refleja bien la inestabili­ dad de los ( iempos, que su ánim o le ayuda a vencer.

Hijo de Cirilo» <lel dem o ateniense de Krquía, de familia acom odada, Jenofonte nació en Atenas hacia 430 a. C.» com o Platón. El comienzo de las hostilidades, la muerte de Pericles, la m ortífera peste de Atenas habían trazado una línea frente a la época áurea anterior. 1 ,a dem ocracia no tendría otro estadista de la misma talla, sino que c o ­ nocería las alternativas y expectaciones de las noticias bélicas, las destempladas demagogias de los sucesores in­ dignos de Pericles y, al final de la larga guerra, la catástro­ fe de la derrota y el torpe gobierno de los Treinta Tiranos. Jenofonte, que por su fam ilia pertenecía al rango de los caballeros, no debió de sentirse muy orgulloso del desti­ no de Atenas en aquellos turbulentos años. El pronto derrocam iento de los 'treinta» seguido de una amistad ge­ neral, no logró, seguramente, borrar los enf rentados sen­ timientos, las humillaciones y los rencores de los atenien­ ses. Kl joven Jenofonte aprovechó, pues, la invitación de Próxeno para enrolarse com o otros, en contra del conse­ jo de Sócrates, en la expedición m ercenaria que partía para sostener la.*· pretensiones de C iro el Joven al trono que ocupaba su herm ano Artajerjes. Lo hacía por conse­ guir honores y la amistad del pretendiente, no sólo por la soldada. Se em barcaba en tan arriesgada aventura

(42)

lain-| l: N O K ) N I I.: A V l-N T U k h .R O V l- A MYW1R 13

bién por huir de un agobiante am biente político, el de Alenas en 401, cuando en la ciudad se restauraba la de­ mocracia.

lenía cerca de treinta años. Los acontecim ientos de la política no habían sido los más apropiados para desper­ tar en él una visión entusiasta sobre el futuro de Atenas y su dem ocracia. (¿Cóm o no recordar, al respecto, las amargas palabras de Platón, muchos años después, en su

Carta séptim a, acerca de las decepciones de su juventud?)

lardará luego más de treinta años en poder regresar a su ciudad natal. Kl exilio será para Jenofonte, com o antes para Tucídides, eJ lugar desde donde se perfila su pers­ pectiva histórica y desde donde el historiador percibe los hechos de su tiempo con una distancia crítica. Pero fue en Atenas, en aquella Atenas ilustrada y tan agitada por las nuevas ideas, donde Jenofonte recibió su formación inte­ lectual» com o H iggins y otros han señalado. Allí había encontrado a Sócrates (hacia el 410) y allí había atendido, con avidez juvenil, a las discusiones entre és:e y los sofis­ tas y discípulos de otros ilustres pensadores. Allí se repre­ sentaban las tragedias de Sófocles y Euripides, allí se po­ dían leer los libros de cierto prestigio. Era la ciudad de Tucídides, de Amístenos, de Isócrates, de Platón, de C a­ lías, de Critias, de lerám en es, de Alcibiades, de Trasibu-lo, la capital de la política y del pensamiento griegos.

Se ha discutido en qué m om ento decretaron los ate­ nienses el destierro de Jenofonte7, si en 399 -p o r partici­ par en la expedición de Ciro contra A rtajeres, siendo el rey persa aliado entonces de Atenas, y por entregar el res­ to del contingente expedicionario al espartano Tibrón, que dirigía la campaña contra los persas en Asia M enor- o si fue en 394, ai volver a Grecia y com batir en la batalla de Coronea a las órdenes de Agesilao contra sus com pa­

Referencias

Documento similar