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72 Daniela Santonocito

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Academic year: 2022

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2018 72

Daniela Santonocito

Gonzalo Argote de Molina como editor de textos medievales. El conde Lucanor

Departamento

Director/es

Filología Española

LACARRA DUCAY, MARÍA JESÚS

LALOMIA, GAETANO

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© Universidad de Zaragoza Servicio de Publicaciones ISSN 2254-7606

Reconocimiento – NoComercial – SinObraDerivada (by-nc-nd): No se permite un uso comercial de la obra original ni la generación de obras derivadas.

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Daniela Santonocito

GONZALO ARGOTE DE MOLINA COMO EDITOR DE TEXTOS

MEDIEVALES. EL CONDE LUCANOR

Director/es

Filología Española

LACARRA DUCAY, MARÍA JESÚS LALOMIA, GAETANO

Tesis Doctoral

Autor

2018

UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

Repositorio de la Universidad de Zaragoza – Zaguan http://zaguan.unizar.es

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TESIS DOCTORAL

G ONZALO A RGOTE DE M OLINA COMO EDITOR DE TEXTOS MEDIEVALES . E L

CONDE L UCANOR (S EVILLA : H ERNANDO D ÍAZ , 1575)

D ANIELA S ANTONOCITO

D

IRECTORES

M

ARÍA

J

ESÚS

L

ACARRA

D

UCAY

(Universidad de Zaragoza) G

AETANO

L

ALOMIA

(Università degli Studi di Catania)

F

ACULTAD DE

F

ILOSOFÍA Y

L

ETRAS

D

EPARTAMENTO DE

F

ILOLOGÍA

E

SPAÑOLA

(L

ITERATURAS

E

SPAÑOLA E

H

ISPÁNICAS

)

2018

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A mis padres

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ÍNDICE

Abstract 5

Resumen 7

Introducción 9

Capítulo 1 EL HUMANISMO SEVILLANO EN TIEMPOS DE GONZALO ARGOTE DE MOLINA: COLECCIONISMO Y DIFUSIÓN DEL LIBRO 19

1. El contexto cultural sevillano 21

2. El Humanismo sevillano 24

3. Los lugares de conocimientos: bibliotecas, academia y museos humanistas 27

3.1. Las bibliotecas 29

3.2. Las academias 32

3.3. Los museos 36

4. El coleccionismo como hecho social e histórico 38

5. La imprenta y el comercio del libro en la Sevilla del siglo XVI 46

5.1. Las dos caras de la imprenta sevillana del siglo XVI: un puente entre dos mundos 50

5.2. Los documentos notariales como fuente de información 55

5.3. El comercio de libros: impresores, libreros y mercaderes de libros 60

5.4. El control de la producción y del comercio de libros 67

6. Los lectores de la sociedad sevillana del siglo XVI 73

7. Tendencias generales de publicación 81

8. Las lecturas que circulan en las bibliotecas sevillanas 89

Capítulo 2 GONZALO ARGOTE DE MOLINA, ENTRE LAS ARMAS Y LAS LETRAS 91

1. Algunas noticias sobre la vida de Gonzalo Argote de Molina 93

1.1 Hombre de pluma y espada 96

1.2 Los últimos años de vida: el casamiento y la muerte 99

2. El museo del humanista sevillano 102

3. La importancia de la biblioteca de Gonzalo Argote de Molina 107

3.1. La procedencia y la dispersión de su biblioteca 108

3.2. Los inventarios de su biblioteca 112

3.3. Los intereses literarios del erudito sevillano 123

4. Gonzalo Argote de Molina, historiador y genealogista 138

4.1. Nobleza del Andaluzía 140

4.2. Obras manuscritas: el Aparato para la historia de Sevilla y los Elogios de los conquistadores de Sevilla 145

5. Gonzalo Argote de Molina, poeta y teórico de la poesía 147

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Capítulo 3

EL CONDE LUCANOR (SEVILLA: HERNANDO DÍAZ, 1575) 151

1. Los manuscritos utilizados por el editor 154

2. La primera edición impresa de El conde Lucanor: los paratextos y los bloques 160

3. Las intervenciones editoriales 165

3.1. Las intervenciones en la macroestructura 166

3.1.1. El «Discurso sobre la poesía castellana» 177

3.2. Las intervenciones en la mise en page 189

4. Cambios textuales 199

4.1. Cambios en algunos fragmentos textuales 202

4.2. Cambios en los «viessos» 205

4.2.1. Cambios morfo-sintácticos 205

4.2.2. Cambios léxico-semánticos 209

4.2.3. Otros cambios 214

5. Cuatro ediciones y un ejemplar 'manipulado' 218

6. La importancia del impreso sevillano: difusión y lectura 227

Capítulo 4 LA DIFUSIÓN DEL CONDE LUCANOR EN EUROPA 243

1. El conde Lucanor en Alemania 244

2. El conde Lucanor en Francia 247

3. El conde Lucanor en Reino Unido 251

4. El conde Lucanor en Italia 257

5. Análisis y cotejo de fragmentos textuales 267

Capítulo 5 LA EMBAJADA A TAMORLÁN (SEVILLA: ANDREA PESCIONI, 1582) 287

1. Los manuscritos utilizados por el editor 293

2. La primera edición impresa de la Embajada a Tamorlán: los paratextos y los bloques 295

3. Las intervenciones editoriales 298

3.1. Las intervenciones en la macroestructura 298

3.1.1. El «Discurso sobre el itinerario de Ruy González de Clavijo» 301

3.1.2. Las noticias complementarias de Pero Mexía 305

3.1.3. Las noticias complementarias de Paulo Jovio 310

3.2. Las intervenciones en la mise en page 318

4. Cambios textuales 322

5. Las ediciones de la Embajada a Tamorlán 327

6. La importancia de la príncipe: difusión, lectura y fortuna 331

Capítulo 6 EL LIBRO DE LA MONTERÍA (SEVILLA: ANDREA PESCIONI, 1582) 343

1. Los manuscritos utilizados por el editor 345

2. La primera edición impresa del Libro de la montería: los paratextos y los bloques 348

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3. Las intervenciones editoriales 351

3.1. Las intervenciones en la macroestructura 352

3.1.1. El «Discurso sobre el Libro de la montería» 355

3.2. Las intervenciones en la mise en page 361

3.2.1. Los grabados del Libro de la montería: fuentes, análisis y grabador 369

4. Cambios textuales 397

5. Las ediciones del Libro de la montería 400

6. La importancia de la príncipe: difusión, lectura y fortuna 402

Conclusiones 409

Conclusions 413

Criterios de edición 417

Edición de El conde Lucanor (Sevilla: Hernando Díaz, 1575) 421

Apéndice A 669

Apéndice B 673

Apéndice C 703

Bibliografía 707

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ABSTRACT

The aim of this thesis is to study the work of Gonzalo Argote de Molina (1548-1596) as editor of medieval texts in Seville in the second half of the 16th century: El conde Lucanor, the Embajada a Tamorlán and the Libro de la montería. His personality has been studied, but in partial works that analyse only one facet of the intellectual (historian, genealogist, collector, theorist of poetry, etc.). Hence the need to provide a global study of the author, since those partial views distort his work and blur his profile.

For this reason, it is necessary to know the Sevillian socio-cultural context (the collecting mentality, the humanistic museums, libraries and academies, as well as the contribution of the printing that stimulate the exchange of books and favour the contacts among the intellectual elites). Furthermore, a bio-bibliographical profile of the humanist is drawn, highlighting his complete dedication to arms, letters and the creation of his famous museum-library, where he collected books and curiosities throughout his life.

His editorial work and his editions are carefully analysed as a whole which includes texts and paratexts: all the interventions carried out at the macro-structural level, the mise en page (capitular letters, marginal notes, etc.) and the text, are studied, in order to understand the reasons that led him to choose from his library these works, and not others, and to introduce his own or someone else’s additions. Besides, a chart about the spread of El conde Lucanor in Europe is reconstructed through the study of the German, French, English and Italian translations to verify if it was really the Sevillian intellectual who allowed the circulation of the work outside Spain. Finally, a complete transcription of the work is presented, because, except for the facsimile editions (1978, 1979, 2008), no modern edition of the whole has appeared since 1853.

Key words: Gonzalo Argote de Molina, Seville, humanism, printing, El conde Lucanor, Embajada a Tamorlán, Libro de la montería.

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RESUMEN

El propósito de esta tesis es estudiar la labor de Gonzalo Argote de Molina (1548-1596) como editor de textos medievales en la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVI: El conde Lucanor, la Embajada a Tamorlán y el Libro de la montería. Su personalidad ha sido estudiada, pero en trabajos parciales que analizan solo una faceta del intelectual (historiador, genealogista, coleccionista, teórico de la poesía, etc.). De ahí la necesidad de proporcionar un estudio global del autor, ya que las visiones parciales desvirtúan su labor y difuminan su perfil. Para ello, es necesario conocer el contexto socio-cultural sevillano (la mentalidad coleccionística, los museos, las bibliotecas y las academias humanistas, así como la aportación de la imprenta que estimulan el intercambio librario y favorecen los contactos entre las élites intelectuales). Después, se traza un perfil bio- bibliográfico del humanista poniendo de relieve su completa dedicación a las armas, a las letras y a la constitución de su famoso museo-biblioteca, donde fue coleccionando libros y objetos curiosos a lo largo de toda su vida. Para abordar su labor editorial, se analizan detenidamente sus impresos como conjunto de textos y paratextos: se estudian todas las intervenciones realizadas a nivel de la macroestructura, de la mise en page (letras capitulares, apostillas marginales, etc.) y del texto, con el fin de entender las razones que le llevaron a escoger estas obras, y no otras, de su biblioteca, y a introducir unas ampliaciones propias o ajenas. Además, se reconstruye un cuadro sobre la difusión de El conde Lucanor en Europa a través del estudio de las traducciones alemanas, francesas, inglesas e italianas para comprobar si fue realmente el erudito sevillano quien permitió la circulación de la obra fuera de España. Finalmente, se presenta una transcripción completa de la obra, puesto que, salvo las ediciones facsímiles (1978, 1979, 2008), desde 1853 no existe una edición moderna del conjunto.

Palabras clave: Gonzalo Argote de Molina, Sevilla, humanismo, imprenta, El conde Lucanor, Embajada a Tamorlán, Libro de la montería.

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INTRODUCCIÓN

Esta tesis doctoral parte de una primera investigación iniciada en el año 2012 en ocasión de la realización del trabajo final del Máster en Estudios Hispánicos: Lengua y Literatura en la Universidad de Zaragoza, que constituyó el paso previo de formación para poder acceder al Programa de Doctorado en Literaturas Hispánicas1. Este proyecto de investigación se ha llevado a cabo gracias a una ayuda de cuatro años para la contratación laboral de personal investigador en formación, otorgada por el Ministerio de Economía y Competitividad de España. La beca me ha permitido desarrollar varias actividades intelectuales: en concreto, desde el 4 de febrero de 2014 hasta el 3 de febrero de 2018, colaboré como contratada predoctoral en el Departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza, formando parte del Grupo de investigación Clarisel2, integrado por profesores del mismo departamento especializados en el estudio de la literatura medieval española y del siglo XVI, y obligación principal de la ayuda, fue la vinculación a un proyecto de investigación, concretamente el I+D FFI2012-32259 (Reescrituras y relecturas: hacia un catálogo de obras medievales impresas en castellano hasta 1600 (COMEDIC). La responsable del proyecto es la Dra. María Jesús Lacarra de la misma Universidad, directora de esta tesis, junto con el Dr. Gaetano Lalomia, Profesor titular de Filología Románica de la Università degli Studi di Catania.

El objetivo principal de este proyecto es la realización de un catálogo de obras impresas en o traducidas al castellano antes de 1600, para descubrir cuál fue la circulación, la transmisión y la recepción de la literatura medieval en la época renacentista a través del estudio de los impresos procedentes de los distintos talleres de imprenta situados por toda España3. El proyecto sigue en marcha bajo un continuo proceso de actualización y creación de fichas, gracias también a una nueva financiación del Ministerio de Economía y Competitividad: FFI2016-75396-P (Catálogo de obras medievales impresas en castellano (1475-1601): nuevas investigaciones).

Complementariamente a la ayuda para la contratación, esta tesis no habría podido llevarse a cabo sin la concesión por parte del mismo Ministerio de becas para tres

1 El trabajo fin de máster, titulado Argote de Molina y El conde Lucanor: la transmisión de la cultura medieval en la época renacentista, fue presentado en septiembre de 2012, bajo la dirección de la Dra.

María Jesús Lacarra y obtuvo la calificación de sobresaliente.

2 Véase la página web del grupo: <http://grupoclarisel.unizar.es>.

3 Para más detalles sobre el catálogo COMEDIC, consúltense Daniela SANTONOCITO, «Reescrituras y relecturas: hacia un catálogo de obras medievales impresas en castellano hasta 1600 (COMEDIC)», Le forme e la storia, I (2013), pp.175-187 y <http://comedic.unizar.es>.

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breves estancias de investigación respectivamente en la Université Paris Ouest Nanterre La Défense de París4, en la Queen Mary University of London de Londres5 y en la Universidad de Sevilla6. Cada una de ellas, y de forma distinta, ha resultado indudablemente muy provechosa y enriquecedora para mi formación y el seguimiento de esta tesis, ya que he podido contar con el apoyo de unos tutores y sus grupos de investigación, que me han permitido conocer el funcionamiento de unos sistemas universitarios extranjeros, en el caso del francés y del inglés, pero, especialmente, me han facilitado la consulta de los fondos bibliotecarios orientando mis investigaciones y búsquedas bibliográficas.

Ahora bien, dentro de esta línea de investigación se enmarca esta tesis, cuyo objetivo principal es un estudio muy parcial de la difusión de la literatura medieval en los Siglos de Oro, a partir de la reconstrucción de la figura polifacética del intelectual renacentista Gonzalo Argote de Molina (1548-1596), una personalidad de relieve vinculada con la nobleza y las élites culturales de la vida sevillana de sus tiempos. Las relaciones entre la literatura medieval y la de los Siglos de Oro han suscitado enfoques contradictorios: según algunos críticos se puede hablar de continuidad entre las dos épocas, mientras que otros perciben una ruptura entre ellas. Esta diversidad de opiniones depende, por supuesto, de la perspectiva adoptada, del arco temporal examinado, de los géneros, las obras y los autores analizados. Dicho de otra forma, la pluralidad de opiniones es, evidentemente, el resultado de visiones parciales y fragmentarias. Por lo tanto, la figura del editor renacentista y sus impresiones constituirían uno de los principales puntos de partida para sentar unas bases que permitan estudiar, en una línea más general, la difusión, evolución, transformación y

4 La estancia en París (EEBB-I-15-10038) fue realizada del 11 de abril al 11 de junio de 2015, bajo la tutoría del Dr. Bernard Darbord y del Dr. César García De Lucas del Département d’Espagnol de la UFR Langues et Cultures Étrangères de la Université Paris Ouest Nanterre La Défense de París, así como del grupo investigador de ámbito románico, Linguistique et Moyen Âge del EA369 Études Romanes, dedicado al estudio de la tipología de las formas breves.

5 La estancia en Londres (EEBB-I-16-11477) fue llevada a cabo del 28 de abril al 29 de junio de 2016, bajo la tutoría de la Dra. Rosa Vidal Doval del Iberian and Latin American Studies Department de la School of Languages, Linguistics and Film de la Queen Mary University of London, y del Medieval Hispanic Research Seminar. Sin embargo, cabe destacar la inmensa disponibilidad y ayuda del Dr. Barry Taylor, responsable de las Colecciones Hispánicas de la British Library.

6 La estancia en Sevilla (EEBB-I-17-12326) fue realizada del 10 de mayo al 8 de julio de 2017, bajo la tutoría del Dr. Juan Montero Delgado, Catedrático de la Universidad de Sevilla y responsable del proyecto de investigación PASO (Poesía andaluza del Siglo de Oro), así como de la Dra. Carmen Álvarez Márquez, entonces Catedrática aún no jubilada de la misma Universidad. Las indicaciones y orientaciones de ambos profesores respectivamente sobre el contexto socio-cultural y el mundo librario de la Sevilla del siglo XVI, han sido deslumbrantes y, en particular, el material proporcionado sobre la figura de Gonzalo Argote de Molina, en términos de fuentes archivísticas y de contactos con libreros e impresores, ha sido indispensable.

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recepción de la literatura medieval en los Siglos de Oro. En concreto, será posible observar en sus ediciones la habilidad del erudito sevillano por atender los gustos de los receptores y saber remozar las viejas creaciones, los diferentes significados que adquieren las obras medievales en los nuevos contextos desde los que deben ser leídas.

Pese a que Gonzalo Argote de Molina pueda considerarse desde una perspectiva filológica como el primer editor de obras antiguas gracias a sus impresiones de El conde Lucanor 7, la Embajada a Tamorlán8 y el Libro de la montería9, su figura, salvo el estudio de Celestino López Martínez y Antonio Palma Chaguaceda, todavía no ha sido suficientemente abordada y valorada, ya que los trabajos existentes sobre el humanista analizan una de las facetas del intelectual, es decir, Argote de Molina como historiador, genealogista, teórico de la poesía, bibliófilo, etc., pero el resultado es que todos ellos difuminan su perfil y desvirtúan su labor. De ahí la necesidad de estudiar su personalidad polifacética desde las distintas perspectivas y analizar su labor editorial a la luz de sus intereses y del público receptor. Sentado eso, resulta evidente, por tanto, que su actividad requiere de un análisis pormenorizado de acuerdo con nuevos criterios metodológicos.

Ahora bien, la tesis ha quedado estructurada en dos bloques bien diferenciados: un estudio preliminar y la edición de la príncipe sevillana. El estudio introductorio está integrado por seis capítulos, con sus respectivos epígrafes y subepígrafes. El primer capítulo, titulado «El humanismo sevillano en tiempos de Gonzalo Argote de Molina:

coleccionismo y difusión del libro», se propone contextualizar, geográfica y cronológicamente, la vida socio-cultural donde se movió nuestro erudito, o sea, la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVI. En primer lugar, ofrecerá un panorama social y cultural, porque la ciudad del Betis no se caracterizaba solo por un evidente esplendor económico, sino también por el desarrollo de instituciones educativas, así como de actividades culturales e intelectuales que reflejan un humanismo que llegó con cierto

7 Don Juan MANUEL, El conde Lucanor, compuesto por el excelentíssimo príncipe don Juan Manuel, hijo del infante don Manuel y nieto del sancto rey don Fernando. Dirigido por Gonçalo Argote de Molina al muy ilustre señor don Pedro Manuel, gentilhombre de la cámara de Su Magestad y de su Consejo, Sevilla, Hernando Díaz, 1575.

8 Ruy GONZÁLEZ DE CLAVIJO, Historia del gran Tamorlán e itinerario y enarración del viage, y relación de la embajada que Ruy Gonçález de Clavijo le hizo, por mandado del muy poderoso señor rey don Henrique el tercero de Castilla. Y un breve discurso fecho por Gonçalo Argote de Molina, para mayor inteligencia d’este libro, dirigido al muy ilustre señor Antonio Pérez del Consejo de Su Magestad y su secretario del Estado, Sevilla, Andrea Pescioni, 1582.

9 ALFONSO XI, Libro de la montería que mandó escrevir el muy alto y poderoso rey don Alonso de Castilla y de León, último d’este nombre. Acrecentado por Gonçalo Argote de Molina. Dirigido a la S. C.

R. M. del rey don Philipe segundo, nuestro señor, Sevilla, Andrea Pescioni, 1582.

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retraso a la Península, a diferencia de lo que ocurrió en Italia, por las distintas condiciones económica y sociales. De la relación entre el desarrollo económico y la cultura emergente, aparecen unos lugares de conocimientos compartidos, como las bibliotecas, las academias y los museos humanistas, donde unos literatos sevillanos, entre otros nuestro Gonzalo Argote de Molina, crearon una identidad colectiva a través de unas prácticas intelectuales. De ahí asistimos a los albores de una nueva mentalidad, especialmente coleccionística, que se convierte en un hecho social e histórico: la condición privilegiada de la ciudad hizo que en Sevilla surgiera un gran número de museos y colecciones de antigüedades, estampas, pinturas, monedas, medallas y otras curiosidades. En ese contexto, imprescindible será la aportación de la imprenta sevillana, si bien en la Península Ibérica no se dieron las mismas circunstancias que determinaron el desarrollo de las empresas editoriales europeas, piénsese, por ejemplo, en ciudades como Amberes, Lyon, París, Venecia, que garantizaron la transmisión de las literaturas clásicas a la posteridad. A pesar de que la industria española no fuera capaz de aprovisionar un mercado en expansión como el americano, gracias a la instalación de otros impresores europeos, Sevilla constituyó el eje central que dio lugar a una red comercial en toda Andalucía. Por lo que concierne a la imprenta sevillana, imprescindibles resultarán los deslumbrantes trabajos de Carmen Álvarez Márquez y Natalia Maillard Álvarez, cuyas aportaciones han resultado fundamentales a la hora de reconstruir los contactos entre editores, mercaderes y libreros, así como definir, en la medida de lo posible, los tipos de lecturas y las categorías de lectores que accedían a la cultura escrita.

Bajo el título «Gonzalo Argote de Molina, entre las armas y las letras», el segundo capítulo da a conocer cabalmente la figura del humanista a partir de su perfil biográfico y bibliográfico. Después de una breve aproximación a su vida, el capítulo permitirá adentrarnos en su labor de erudito, que presenta múltiples facetas, puesto que no podemos relacionarla con y / o reducirla a las susodichas ediciones. Muestra de ello, como veremos, es también su museo-biblioteca, donde, a lo largo de toda su vida, adquiere libros y manuscritos, curiosidades y objetos raros, tanto artísticos como arqueológicos. Desde una perspectiva meramente bibliográfica, la última parte analizará el intelectual como historiador y genealogista por un lado, y literato y poeta, por otro.

Su obra monumental Nobleza del Andaluzía y, en menor tamaño, Aparato para la historia de Sevilla y Elogios de los conquistadores de Sevilla, muestran el uso abundante que hace de la documentación. En cambio, su índole de literato y,

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especialmente, poeta queda reflejada en la voluntad de recuperar unos textos medievales y difundirlos adicionados con unos discursos redactados por él. Asimismo, su producción lírica no va más allá de unos elogios a sus amigos (Pedro de Aguilar, Nicolás Monardes, Ambrosio de Morales, etc.) y a los reyes (Fernando III y Alfonso X).

A partir del tercer capítulo, la investigación abordará la labor editorial de Gonzalo Argote de Molina, centrándonos en cada una de sus impresiones. A pesar de que utilizaremos el término ‘editor’ en su acepción moderna, no hay que olvidar que, aun interviniendo en el proceso de transmisión de las obras del manuscrito a la imprenta y colaborando con algunos impresores, como muestran muchos documentos procedentes de los fondos de la sección de Protocolos del Archivo Histórico Provincial de Sevilla, estudiados por Carmen Álvarez Márquez, el erudito era especialmente el responsable de la venta y de la distribución de los ejemplares, como leemos también en su intercambio de cartas con el cronista aragonés Jerónimo Zurita. Objetos del tercer, quinto y sexto capítulos serán respectivamente las príncipes sevillanas del Conde Lucanor, de la Embajada a Tamorlán y del Libro de la montería, que salieron a la luz en 1575 del taller de Hernano Díaz la primera, y en 1582 de la casa de Andrea Pescioni, la segunda y la tercera. Los tres impresos constituyen el corpus fundamental de esta tesis que analizaremos como conjunto de textos y paratextos (legales, socio-literarios y editoriales, según las definiciones de Fermín de los Reyes), con el propósito de investigar sobre las intervenciones llevadas a cabo en la macroestructura, en la mise en page (apostillas marginales, letras capitulares, grabados, etc.) y a nivel textual:

basándonos en unos fundamentos de bibliografía textual, cada impreso será cotejado con algunos de los testimonios manuscritos para definir los añadidos y los cambios adoptados por el editor en consonancia con sus intereses y el contexto de su recepción.

Después, cada capítulo terminará con la importancia que tuvo cada impreso para la difusión de la obra tanto en la Península Ibérica como en resto de Europa, y contará con un estudio de los testimonios de lectura para ver su circulación y recepción, y conocer, al mismo tiempo, el perfil de sus poseedores.

Concretamente, el tercer capítulo, «El conde Lucanor (Sevilla: Hernando Díaz, 1575)», proporcionará un análisis de la princeps del Conde Lucanor: se trata de una edición, la única, que no contiene textos ajenos, sino procedentes solamente de la mano de Gonzalo Argote de Molina (un tratado genealógico sobre los Manueles, un discurso sobre la poesía antigua castellana y un vocabulario de términos antiguos que facilitan la lectura de la obra). Tales paratextos insertados muestran claramente el interés del

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humanista tanto por la poesía como por la genealogía.

Relacionado con el tercer capítulo será el cuarto, titulado «La difusión del Conde Lucanor en Europa», que ofrece la difusión de la obra manuelina en Europa, concretamente, en Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, a partir del estudio de sus respectivas traducciones. La metodología empleada se basará en unos puntos clave: el cotejo de los índices para ver las partes traducidas, el número y el orden de los ejemplos, señales imprescindibles para identificar el texto de partida utilizado y, evidentemente, comprobar si fue realmente el humanista quien permitió la difusión de la obra fuera de la Península Ibérica. La fecha de publicación será también un dato relevante, ya que, en el año 1860, cuando apareció en España la edición completa de la obra basada en un manuscrito que contenía los cincuenta y un ejemplos de la primera parte más las cuatro restantes, ya se habían publicado las primeras traducciones alemanas y francesas, respectivamente en 1840 y 1854.

El quinto capítulo, bajo el título de «La Embajada a Tamorlán (Sevilla: Andrea Pescioni, 1582)», pone de relieve la voluntad del editor para crear una gran historia sobre ese personaje oriental que se ha convertido en una figura muy popular de tinte entre lo maravilloso y lo mágico. Para ello, no solo nos ofrece una descripción del viaje emprendido por los embajadores, sino que complementa la información sobre Tamorlán con un discurso suyo y unas noticias complementarias procedentes de otros autores: el capítulo XXVIII de la segunda parte de la Silva de varia lección de Pero Mexía y el elogio del humanista italiano Paolo Jovio, traducido al castellano por Gaspar de Baeza.

En el sexto y último capítulo, «El Libro de la montería (Sevilla: Andrea Pescioni, 1582)», tiene como objeto una obra que constituye un verdadero manual para ser un buen montero. El editor, añadiendo un discurso sobre la montería redactado por él –en el que incluye en el último capítulo una égloga de don Gómez de Tapia Granadino–

completa la información proporcionada por el relato del rey atribuido a Alfonso XI y consigue una obra de carácter didáctico y enciclopédico. Hablando en términos editoriales, obtiene en el taller de Andrea Pescioni un 'producto', indudablemente, más vendible y acertado, gracias a la inserción de treinta y cinco grabados que, por un lado, adornan la presentación textual y, por otro, aseguran la comprensión y hacen que la lectura sea más agradable y entretenida hasta el día de hoy.

Acompañan los capítulos mencionados unas conclusiones finales sobre la importancia de una figura polifacética como la de Gonzalo Argote de Molina y de su labor editorial para la transmisión, si bien parcial, de la literatura medieval en la época

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renacentista. También será inevitable reflexionar sobre la elección de las tres obras entre una multitud de manuscritos conservado en su famoso museo-biblioteca, como muestran los cinco inventarios que nos informan sobre su contenido y que se transcriben en el apéndice final junto con el elogio que Francisco Pacheco hace al humanista en su Libro de los retratos.

La segunda parte de esta tesis contiene la transcripción de la príncipe sevillana del Conde Lucanor, precedida por unos criterios de edición que tendrán que ser comunes para el núcleo principal, o sea, los ejemplos de don Juan Manuel, y los añadidos ante narrationem y post narrationes, ya que tenemos que considerar la transmisión de obras procedentes de siglos distintos, el XIV y el XVI. Carecemos de una edición moderna del texto de Gonzalo Argote de Molina, puesto que la preparada por Enrique Miralles en 1978 fue un facsímil con valiosa introducción10. La importancia de la labor del humanista sevillano y su valor como eslabón imprescindible para difundir la obra juanmanuelina en Inglaterra, Francia o Alemania exigían este trabajo.

En definitiva, claramente la príncipe del Conde Lucanor constituye solo el punto de partida de este proyecto por los problemas ecdóticos y filológicos que plantea y que aún no se han resuelto. Así pues, la importancia de los impresos sevillanos y, especialmente del Lucanor, para la difusión y la lectura de la obra en la época renacentista y en los siglos posteriores justifica la elección del tema. Este trabajo, por tanto, a través de la metodología detallada, permitirá también adentrarse someramente en dos puntos de mayor envergadura, por un lado valorar la visión que el Siglo de Oro pudo tener de la Edad Media y de su literatura, y por otro, estudiar la relación existente, en el caso de los tres impresos sevillanos, entre la cultura manuscrita y la imprenta en dicha época.

Ahora bien, me gustaría expresar mi profundo y sincero agradecimiento a todas aquellas personas que con su ayuda han colaborado en la realización de esta tesis doctoral. En primer lugar, a todos los miembros del tribunal e, incluso, a quienes han

10 La que aquí se presenta en una versión corregida de la que yo misma preparé en 2015 y 2016 para las páginas de Memorabilia. Véanse Daniela SANTONOCITO, «Edición de El conde Lucanor (Sevilla:

Hernando Díaz, 1575), al cuidado de Gonzalo Argote de Molina (1ª parte)», Memorabilia, 17 (2015), pp.

89 (<http://parnaseo.uv.es/Memorabilia/ Memorabilia17/PDFs/Santonocito.pdf>) y «Edición de El conde Lucanor (Sevilla: Hernando Díaz, 1575), al cuidado de Gonzalo Argote de Molina (2ª parte)», Memorabilia, 18 (2016), pp. 132 (<http://parnaseo.uv.es/Memorabilia/Memorabilia18/PDFs/Santonocito.

pdf>).

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aceptado formar parte del mismo como suplentes. Conozco sus múltiples ocupaciones y comprendo que, desplazarse, en esta fechas finales del curso implica un esfuerzo.

Especial reconocimiento y agradecimiento merecen mis maestros, la Dra. María Jesús Lacarra y el Dr. Gaetano Lalomia, directores de la presente investigación, por su erudición, su orientación y sus sugerencias, por el seguimiento y la supervisión continua del trabajo, por su disponibilidad, su paciencia, su generosidad y, especialmente, por sus cualidades intelectuales y morales recibidas en varias ocasiones a lo largo de estos años.

De igual modo agradezco al profesorado del Departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza, a su director, el Dr. Alberto Montaner e, indudablemente, a los miembros del Grupo Clarisel, el Dr. Juan Manuel Cacho Blecua, la Dra. Mª. Carmen Marín Pina, el Dr. José Aragüés Aldaz, el Dr. Alberto Del Río Nogueras y la Dra. María Sanz Julián, por su acogida, su amistad generosa, su ayuda, sus consejos y por la alegría y el placer que ha sido y es trabajar con todos ellos.

También quiero agradecer a algunos profesores que han contribuido a mi formación intelectual a lo largo de estos años, como la Dra. Anita Fabiani y el Dr.

Antonio Pioletti de la Università degli Studi di Catania; la Dra. María Antonia Martín Zorraquino, el Dr. José María Enguita, el Dr. Vicente Lagüéns, la Dra. Carmen Peña y la Dra. Rosa Pellicer de la Universidad de Zaragoza, que me impartieron clase en el Máster en Estudios hispánicos.

Otro sentido agradecimiento va a mis tutores de las breves estancias de investigación en París, Londres y Sevilla, el Dr. Bernard Darbord, la Dra. Rosa Vidal y el Dr. Juan Montero, así como al Dr. Barry Taylor de la British Library de Londres, el Dr. César García Lucas y la Dra. Alexandra Oddo de la Université Paris Ouest Nanterre La Défense de París, la Dra. Patricia D’Allemand de la Queen Mary University of London y la Dra. Carmen Álvarez Márquez de la Universidad de Sevilla por su sabiduría, su orientación y por facilitarme el acceso a los fondos bibliotecarios.

Asimismo, quiero agradecer a toda la plantilla de bibliotecarios de la Biblioteca María Moliner de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, de la Biblioteca Nacional de España, de la Bibliothèque Nationale de France, de la British Library de Londres y de la Universidad de Sevilla por su infinita amabilidad, así como a Valentín Cazaña y Alfredo Moreno por su inmensa ayuda y disponibilidad.

No puedo olvidar tampoco el cariño y la amistad de todos los becarios y las becarias del Departamento de Filología Española: gracias a Nuria, Diego, Noelia, Geidy, María, Diana, Ángela, Sara, Marta y Pablo.

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Finalmente, quiero agradecer a las personas a quienes dedico y regalo este trabajo con todos mis esfuerzos, mis resultados y mis dificultades. A mis padres les debo no solo un enorme agradecimiento por su amoroso apoyo, sino también unas cuantas disculpas por el tiempo que les he robado estando fuera de casa. Gracias a mi hermano Antonio y a mi cuñada Claudia, porque, a pesar de la distancia física, me han acompañado y animado en cualquier momento. A mis abuelas, siempre conmigo, gracias por haberme mandado constantemente la energía necesaria.

Por último, un agradecimiento infinito a las personas que realmente lo han visto todo y han estado presentes en todos los momentos de este camino: a mi prima Valeria, Alessia, Deborah, Enza y Laura, las hermanas que la vida me ha regalado y que han aguantado hasta el punto final. Asimismo, a Alessandro, Andrea, Angela, Manuela, David, Paquita, José Julián, Juan Pablo, Valeria, Verónica y Demelsa por su gran amistad, cariño, apoyo y comprensión.

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Capítulo 1

EL HUMANISMO SEVILLANO

EN TIEMPOS DE GONZALO ARGOTE DE MOLINA:

COLECCIONISMO Y DIFUSIÓN DEL LIBRO

Con el objetivo de investigar sobre la figura y la labor editorial del erudito sevillano Gonzalo Argote de Molina es necesario describir brevemente –puesto que no constituye el meollo central de la cuestión abordada– el panorama social y cultural de la Sevilla del siglo XVI y, en concreto, de la segunda mitad de dicho siglo. Así pues, nos limitaremos a un marco geográfico y cronológico muy definido, ya que el contexto y la época en que aparece la producción literaria y editorial del humanista sevillano son muy específicos.

Durante la Edad Media, Sevilla era una urbe híbrida, mitad castellana y mitad mora, puesto que el carácter y el habla eran castellanos, pero la topografía y el aspecto externo eran moriscos. Difícilmente se ha oído hablar de cierto 'sevillanismo' medieval ni en la Historia, ni en el Arte y ni siquiera en la Literatura. Así pues, como afirma Antonio Domínguez Ortiz, «el carácter sevillano, único, inconfundible, famoso en el mundo entero, conjunto indefinible de donosura, galantería, desprendimiento que raya en prodigalidad […] es una creación del siglo XVI»1. De hecho, a lo largo del siglo XVI, pues, Sevilla abandona su papel de capital de la Baja Andalucía para convertirse en capital económica del mayor imperio europeo del momento: «Sevilla fue un puerto intérlope, entre el Nuevo Mundo y el Viejo. Si su aduana fue garganta, la ciudad, a su vez, se alzó como garganta de Europa»2, señala Francisco Morales Padrón.

Ríos de tinta se han escrito sobre el «monopolio» mercantil sevillano a la hora de estudiar el tráfico con el Nuevo Mundo y, de hecho, es innegable su estatus por varios motivos que van desde lo más particular y cercano, Sevilla, hasta lo más general, la Corona. Como asevera el investigador Francisco Morales, «a la Corona le interesaba controlar los ingresos, vigilar la emigración y el paso de libros y armas, y concentrar la política defensiva»3. Las razones eran de varia naturaleza, entre ellas económicas,

1 Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ, Orto y ocaso de Sevilla, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1974, p. 29.

2 Francisco MORALES PADRÓN, La ciudad del Quinientos. La historia de Sevilla: III, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1977 (Colección de bolsillo, 58), p. 164.

3 Ivi, p. 175.

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políticas y estratégicas si consideramos la posición geográfica de la ciudad y la exclusividad natural de su puerto. Sevilla en el Quinientos era tanto puerto como puerta, un privilegio que le había permitido jugar un papel primordial en su proyección no solo hacia el Nuevo Mundo, sino también sobre las islas Canarias y África. Sin ningún margen de duda, la ciudad era 'dueña' de una colonia de mercaderes, tenía sus propias industrias y su propia riqueza agrícola y ganadera, hasta convertirse en representante de toda una región, la Baja Andalucía. Por otra parte, a pesar de que se considerase puerto único –evidentemente con las excepciones de Cádiz y Canarias, que a partir de 1574 constituían los puertos tolerados–, realmente la ciudad no era la única plaza industrial que proporcionaba barcos y mercaderes emigrantes o que se beneficiaba de los metales preciosos que pasaban por su Casa de la Moneda. Según el estudioso, de hecho, «otras ciudades, regiones y países, jugaron un papel decisivo en ese monopolio siendo favorecidas en algo que administrativamente y para administrar se le había otorgado a la ciudad del Betis»4.

Sin embargo, tal situación no hace más que proporcionar a la ciudad un período de gloria, así como de penas, como se señala en algunos estudios sobre las luces y las sombras de la Sevilla renacentista, los cuales nos ofrecen una visión de conjunto de la época5. La centralización en Sevilla del comercio americano era sin duda su punto fuerte, pero también la ciudad presentaba excepciones y desventajas: si por un lado, no se podían negar las notables ventajas –piénsese, por ejemplo, en el almojarifazgo–, por otro, la ciudad estaba lejos del mar, a unos ochenta y cuatro kilómetros, el fondo del río era causa de malas condiciones de navegación, era difícil obtener las provisiones para las flotas, etc. En general, como hace hincapié Francisco Morales, la política de la ciudad y de toda la región se mostró flexible: «falló Sevilla o la región que, […], tampoco fue única beneficiada del privilegio mercantil»6. Al mismo tiempo, la ciudad va creciendo y se convierte en la más poblada de España y una de las mayores de Europa7.

4 Ivi, p. 176.

5 Véanse Santiago MONTOTO, Sevilla en el Imperio, Sevilla, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla, 1976; Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ, Orto y Ocaso de Sevilla, op. cit.;

Juan Ignacio CARMONA GARCÍA, El extenso mundo de la pobreza: la otra cara de la Sevilla imperial, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 1993.

6 Francisco MORALES PADRÓN, La ciudad del Quinientos. La historia de Sevilla: III, op. cit., p. 176.

7 «De 1588, fecha en que puede fijarse el apogeo de Sevilla, es una relación remitida por el Arzobispo a Felipe II del vecindario dividido en sus 29 collaciones. En total arroja 14.282 casas, 25.986 vecinos, 121.990 personas, a las cuales habrá que añadir los transeúntes y más de 4.000 moriscos, que tal vez no estuvieran incluidos en la relación, por lo que el total debía aproximarse a las 150.000 almas. Se había

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El contacto con las Indias occidentales y su condición de puerto, evidentemente, hacen que la población sea mayoritariamente extranjera y que haya un buen porcentaje de mercaderes procedentes de otras partes de Castilla o de los demás reinos peninsulares, pero también flamencos, italianos, franceses, alemanes y otras nacionalidades más exóticas. Como señala Natalia Maillard, «este abigarrado y fluctuante conjunto, unido a los esclavos africanos, los moriscos (algunos de los cuales también eran esclavos) y la población autóctona, hacían de la ciudad del Betis una urbe agitada y cosmopolita»8. Efectivamente, rasgos destacados de la población sevillana en esta centuria eran su gran heterogeneidad y el cosmopolitismo que llamaba la atención de sus visitantes incluyendo, por tanto, moros en calidad de negociantes y negros en aquella de obreros y esclavos. A este respecto, no hay que olvidar que el comercio estaba entonces prohibido a los extranjeros y, por consecuencia, estos intentaban casarse y naturalizarse cuanto antes. En definitiva, la imagen que tenemos de la sociedad sevillana es conforme a su profesión, a su riqueza y a sus privilegios: en general, podemos decir que la nobleza, el clero y otro grupo bastante heterogéneo –formado por hombres de profesiones liberales (por ejemplo, letrados, médicos, etc.), mercaderes, artesanos y, finalmente, minorías étnicas y marginados– residían en la Sevilla del Quinientos.

1. El contexto cultural sevillano

La ciudad de Sevilla no se caracteriza solamente por su esplendor económico y su heterogénea sociedad, estos pueden considerarse, como asevera Juan Montero, «los síntomas perceptibles de una vitalidad general»9. Desde una perspectiva estrictamente cultural, y teniendo en cuenta principalmente el ámbito de las letras, cabe destacar algunos aspectos, entre ellos el desarrollo de las instituciones educativas, de varios tipos de actividades artísticas (música, artes plásticas, arquitectura) y, de primordial importancia, el contacto y los intercambios culturales entre literatos no solo de España, sino también de Europa. Todo ello constituyó el sustrato necesario para fomentar la actividad de escritores y otros artistas según el modelo italiano ya avanzado del

duplicado con exceso en poco más de medio siglo», Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ, Orto y ocaso de Sevilla, op. cit., p. 72.

8 Natalia MAILLARD ÁLVAREZ, Lectores y libros en la ciudad de Sevilla (1550-1600), Barcelona, Ediciones Rubeo, 2011, p. 11.

9 Juan MONTERO, Herrera y el Humanismo sevillano en tiempos de Felipe II (Antología de prosa herreriana en su contexto), Sevilla, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1998 (Colección Giralda, 5), p. 13.

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mecenazgo eclesiástico y civil, así como la imprenta y el consiguiente intercambio y mercado librarios, el florecimiento de bibliotecas privadas y la aparición de un asiduo público de lectores.

Como se acaba de afirmar, las instituciones educativas jugaron un papel muy relevante en el desarrollo de la vida intelectual sevillana: las artes, las ciencias y las letras florecieron «en claustros, colegios y academias, en los libros y en los púlpitos»10. La educación primaria de la población fue en general siempre deficiente y solo los clérigos, evidentemente una minoría, pasaban por los Colegios más prestigiosos y, al mismo tiempo, educaban a la gente noble y bien acomodada. El Estudio de San Miguel11 era el único centro docente mantenido por el Cabildo eclesiástico: allí estudiaban los jóvenes que asistían al Coro, pero se les educaba solo en la lengua latina y se les preparaba para ser futuros teólogos. Con el pasar del tiempo se consiguió que se ampliase el programa y que se incluyesen asignaturas como la filosofía, las artes liberales, la música, etc. Las enseñanzas tenían lugar en casa o en las capillas exteriores del Patio de los Naranjos, donde debió de explicar Antonio de Nebrija y parece que recibió su formación también fray Bartolomé de las Casas. Sin embargo, se echaban en falta estudios superiores completos y, por esa razón, estaban obligados a buscar colegios y universidades en otras ciudades.

Solamente a principios del siglo XVI, la ciudad pudo contar con una Universidad propia12, cuyo embrión fue el Colegio de Santa María de Jesús, fundado por el protonotario Rodrigo Fernández de Santaella (Carmona, 1444 – Sevilla, 1509), mejor conocido como Maese Rodrigo13. Una Bula papal del 12 de julio de 1505, siendo entonces Pontífice Julio II, autorizó el Colegio para otorgar grados de Bachiller, Licenciado, Doctor y Maestro en varias disciplinas (Artes, Filosofía, Teología, Derecho, etc.), pese a que la docencia efectiva tardaría unos años aún. El Colegio-Universidad disfrutaba los privilegios que los papas concedían a los estudios pontificios, pero carecía de los que otorgaban los reyes a aquellos.

Por lo tanto, viendo la incapacidad de obtener caudales para construir un edificio, el Ayuntamiento en 1551 cedió al Colegio los privilegios que Fernando e Isabel le habían dado a la ciudad en 1502, a cambio del título de Patrono y con evidentes consecuencias con el Colegio de Santo Tomás de Aquino, fundado en 1516 por el arzobispo Diego de Deza y dirigido por los dominicos, quienes se encargaban de la

10 Santiago MONTOTO, Sevilla en el Imperio, op. cit., p. 27.

11 Sobre el Estudio de San Miguel, véanse José SÁNCHEZ HERRERO, «El estudio de San Miguel de Sevilla durante el siglo XV», Historia, Instituciones y Documentos, 10 (1983), pp. 297-323; Antonio MORENO DE LA FUENTE, «El estudio de San Miguel en Sevilla en la primera mitad del siglo XVI», Historia, Instituciones y Documentos, 22 (1995), pp. 329-370.

12 Para más información sobre la fundación de la Universidad de Sevilla, véanse Francisco AGUILAR PIÑAL, Historia de la Universidad de Sevilla, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1991; José Antonio OLLERO PINA, La Universidad de Sevilla en los Siglos XVI y XVII, Sevilla, Fundación Fondo de Cultura de Sevilla, 1993.

13 Véase Joaquín HAZAÑAS Y LA RÚA, Maese Rodrigo Fernández de Santaella, fundador de la Universidad de Sevilla, Sevilla, Izquierdo y Compª., 1900.

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formación de los miembros de su propia orden religiosa y también de otras. Asimismo, otras personas, viendo el éxito que había alcanzado el Colegio de Maese Rodrigo, le dieron rentas, con lo cual ya en la segunda mitad del siglo, el Colegio funcionaba como la Universidad de Salamanca y había incrementado el número no solo de las materias impartidas, sino también de profesores y alumnos14. Finalmente, el reconocimiento como Universidad por parte del Cabildo municipal se remonta al año 1551 y fue la causa de una larga disputa entre el Colegio de Santa María, por una parte, y el Colegio de Santo Tomás de Aquino, por otra, por considerarse Universidad, puesto que a este último se le había concedido el mismo estatuto desde 1541, o sea, diez años antes que al primero. A pesar de que hubiese otros Colegios importantes como el jesuita de San Hermenegildo (1580), el de San Buenaventura y el de San Acacio (1593), con las resoluciones del Consejo Real en 1575 y en 1596 se aclaró la situación litigiosa entre el Colegio de Santa María de Jesús y el Colegio de Santo Tomás y le fue otorgado a este último su estatus universitario.

Otro aspecto muy importante en ese contexto cultural fue el continuo intercambio entre literatos, tanto estudiantes como maestros de España y de Europa. Como asevera Juan Montero,

la creciente importancia de la Sevilla del XVI se traduce, entre otras cosas, en el flujo de estudiantes que llegan desde las tierras limítrofes a cursar en ella estudios. Pero al tiempo, no son pocos los jóvenes hispalenses que salieron a cursarlos en otras universidades de mayor prestigio, fundamentalmente las de Salamanca, Valladolid y Alcalá (muchos los proseguían allí, en efecto, tras haberse graduado como Bachilleres en Sevilla)15.

A pesar de la abundancia de círculos de literatos, humanistas y poetas, no existían cátedras de Latín, Retórica o Poética, había una inicial inestabilidad, además de las rivalidades entre colegios que tenían sus repercusiones en la calidad de la enseñanza.

Por lo tanto, algunos tenían una muy fuerte vocación y también la posibilidad para irse a estudiar fuera como a Salamanca o Alcalá; por nombrar a algunos, Benito Arias Montano, Juan de Mal Lara, Francisco Pacheco, etc., personalidades intelectuales imprescindibles cuando nos referimos a la Sevilla del Quinientos. Como se ha podido apreciar, en el caso de aquellos que optaban por los estudios humanísticos, el traslado a otras ciudades era obligatorio, puesto que en Sevilla, después de conseguir la formación básica o media, no podían seguir con las Cátedras universitarias de Latín, Retórica o Poética. Sin embargo, como señala Juan Gil, el humanista obligado a educarse en el

14 Según los datos ofrecidos por Francisco Morales, resulta que 147 colegiales ingresaron entre 1518 y 1599, si bien en algunos años, los Ochenta, no se registra ninguna matrícula, probablemente por causa de la peste (1580-1581). Para más detalles sobre el número de matrículas y el destino que tuvieron algunos colegiales, véase Francisco MORALES PADRÓN, La ciudad del Quinientos. La historia de Sevilla: III, op.

cit., p. 288.

15 Juan MONTERO, Herrera y el Humanismo sevillano en tiempos de Felipe II (Antología de prosa herreriana en su contexto), op. cit., p. 16.

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extranjero, a la vuelta a España, se encontraba anclado en todo lo aprendido fuera de la Península, puesto que no tenía grandes posibilidades ni medios para relacionarse con los sabios de la época16.

Otra causa de ese vaivén era también la posibilidad de adquirir cargos eclesiásticos y civiles en Sevilla, así como la gran cantidad de talleres de imprenta que empezaron a destacar a partir de las primeras décadas del siglo. Todo ello, según insiste Juan Montero, explicaría fácilmente cómo la vida cultural sevillana del XVI reflejaba fielmente «las tendencias intelectuales imperantes a lo largo de la centuria en España y Europa»17. Como se verá a continuación, humanismo, poesía, pintura, coleccionismo y erudición en general se convertirán en los protagonistas del escenario sevillano del siglo

XVI hasta las primeras décadas del siglo XVII y favorecerán varios fenómenos de transmisión e intercambio de novedades, de saberes, de conocimientos, de objetos y de libros, verdaderos vehículos culturales. En el caso específico del libro, como veremos más adelante, se tratará de un objeto de inmenso valor cultural y de uso, más que de intercambio entre minorías selectas.

2. El Humanismo sevillano

Antes de enfocarnos sobre el aire humanista en Sevilla, cabe destacar que, como el proceso de urbanización de la baja Edad Media no se había realizado en España de manera tan intensa como en el resto de la Europa occidental, las condiciones económicas y sociales impidieron la aparición de una burguesía urbana: mientras los italianos, que no constituían propiamente una clase social sino una categoría intermedia entre las clases, buscaban apoyo en la aristocracia cuando no lo encontraban en la burguesía capitalista, los españoles no podían conseguir lo mismo aun procediendo de un grupo social parecido. Por lo tanto, a diferencia de lo que ocurrió en Italia, donde los primeros humanistas se remontan a los siglos XIV-XV, el humanismo, como señala Joseph Pérez, «estaba bien implantado en España ya a principios del siglo XVI, antes de que se conocieran las ideas del holandés Erasmo»18. Para el autor, cuando nos referimos al humanismo, no deberíamos pensar en un término abstracto, sino más bien en una

16 Juan GIL, «Adquisición y transmisión del humanismo», en Ana María Aldama Roy (coord.), De Roma al siglo XX, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1996, 2 vols., II, pp. 621-646 (p.

626).

17 Juan MONTERO, Herrera y el Humanismo sevillano en tiempos de Felipe II (Antología de prosa herreriana en su contexto), op. cit., p. 16.

18 Joseph PÉREZ, Humanismo en el Renacimiento español, Madrid, Gadir Editorial, 2013, p. 12.

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fuerza intelectual de muy alto nivel, si bien, como ya se ha anticipado, la situación económica no favorecía a los humanistas que no podían ni enfrentarse a la nobleza ni conseguir que fuesen los nobles sus propios mecenas. Así pues, como muy bien advierte Luis Gil Fernández, los literatos de la época «carecían de unos aliados naturales a quienes pudieran dar prestigio social y apoyo teórico en sus aspiraciones a arrebatar el poder político a la nobleza y de quienes pudieran ellos a su vez recibirlo en forma de mecenazgo»19. De hecho, hubo que esperar hasta finales del siglo XVI para empezar a considerar al humanista como a un erudito universal, cuyos saberes inconexos y enciclopédicos se revelaban útiles solo a la hora de entretener las tertulias. No obstante, tenían que enfrentarse con otros problemas relacionados con los 'grandes' españoles del siglo XVI, quienes, a diferencia de los dinastas italianos, no pudieron fomentar e irradiar el humanismo, simplemente porque no eran sedentarios: a este respecto, Luis Gil Fernández afirma que «asociados a las grandes tareas de la milicia y del gobierno, en constantes desplazamientos, carecieron del tiempo y del sosiego suficientes para crear en sus residencias temporales algo parecido a las esplendorosas cortes italianas»20. Además, sus preocupaciones no se dirigían hacia la erudición, sino hacia el goce de las artes plásticas y de la creación literaria en lengua vulgar: ellos, como veremos, preferían optar por las tertulias y las academias en lugar de encerrarse en gabinetes de estudio.

Otro factor que también impidió la irradiación del humanismo, por parte de las clases sociales inferiores a la nobleza, fue la falta de formación y de recursos para involucrarse en una experiencia cultural. Los que todavía no hemos mencionado y que podían constituir los mejores patrocinadores eran la corona y el alto clero: los Reyes Católicos, por ejemplo, ejercieron una forma de mecenazgo cuando la Reina empezó a estudiar latín con el objetivo de instruir a la nobleza cortesana; con Carlos V, frente a un imperio multinacional, se decidió 'proteger', evidentemente, los lugares y las personas de mayor interés, o sea, las zonas más desarrolladas, en lugar de invertir en las áreas económicamente desfavorecidas21. En un primer momento, los humanistas intentaron estar al servicio de algún noble poderoso, pero no solo era difícil encontrarlo, sino que, según intentaron explicar otros humanistas extranjeros contemporáneos, como Paulo

19 Luis GIL FERNÁNDEZ, Panorama social del humanismo español (1500-1800), Madrid, Editorial Tecnos, 1997, p. 289.

20 Ivi, p. 290.

21 Para aportar algún ejemplo, Carlos V protegió a Erasmo, Felipe II decidió elegir la ciudad de Amberes para la edición de la Biblia regia, etc.

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Jovio o Pedro Mártir, el principal problema residía en la poca afición a las letras y al mecenazgo por una parte, y al origen militar de la nobleza, por otra.

Ahora bien, por lo que concierne a la ciudad de Sevilla, el humus socio-cultural que caracterizaba la sociedad del siglo XVI debía de ser particularmente favorable y fértil para el Humanismo y el Renacimiento de manera que se creó cierto paralelismo entre una riqueza material y el desarrollo de la ciudad: como muy bien señala Francisco Morales,

la riqueza del espíritu iba vinculada, hay que decirlo, al rico tráfico del puerto sevillano con el Mediterráneo y el Norte de Europa. Precisamente, coincidiendo con las primeras oleadas de la llamada «revolución intelectual»

y artística del Renacimiento, empiezan a llegar por el Guadalquivir el oro y la plata de América. Al entrar en el torrente circulatorio de la ciudad repercuten de un modo sensible en el nivel de vida, y dan al desarrollo cultural bases económicas hasta entonces insospechadas22.

Por lo tanto, todo lo que procedía del Nuevo Mundo pudo convertirse en una auténtica riqueza gracias a la antigua tradición intelectual sevillana: concretamente, en instituciones educativas como colegios, bibliotecas, ediciones lujosas –como veremos más adelante en los impresos al cuidado de Gonzalo Argote de Molina–, en edificios, además de formas literarias como sonetos y comedias. Sin embargo, como en todas las épocas, ese lujo se exteriorizaba y era objeto de rivalidad entre la alta burguesía y la nobleza, mientras la mayor parte de la población vivía en una pobreza absoluta.

Desde el punto de vista artístico, en Sevilla observamos distintos estilos arquitectónicos que chocan y al mismo tiempo se mezclan y se influencian entre sí: lo autóctono, como el gótico o el mudéjar, se ve afectado –en el buen sentido del término–

por las formas renacentistas gracias a artistas italianos, flamencos, alemanes y franceses que llevarán a Sevilla técnicas nuevas. Evidentemente, el contexto sevillano con su dinámica vida mercantil atraía mucho a los artistas extranjeros que llegaban a tener una formación polifacética, considerando que disciplinas como arquitectura, escultura y pintura se complementaban con otras artes menores (cerámica, carpintería, rejería, etc.).

No se puede ni siquiera olvidar la importancia musical y literaria de la Sevilla de entonces: entre los cultivadores cabe nombrar a Fernández de Castillejos, Morales, Mudarra, Guerrero, etc. La mayoría eran compositores, maestros de capilla u organistas y la música era fundamentalmente religiosa, por estar vinculada a la Catedral que se

22 Francisco MORALES PADRÓN, La ciudad del Quinientos. La historia de Sevilla: III, op. cit., p. 283.

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