EN LA OBRA DE DON JUAN MANUEL
Leonardo Funes UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES. SECRIT-CONICET La obra de don Juan Manuel nos enfrenta a un problema del que normalmente la literatura medieval nos exime: la cuestión biográfica. Mientras la gran mayoría de los textos nos han llegado intencionada, programática o accidentalmente anó-nimos, en su caso no sólo conocemos la identidad del autor sino que además conservamos información inusitadamente detallada de sus avatares biográficos -y aún versiones antagónicas de la agitada vida pública de quien fuera uno de los principales actores de la escena política castellana durante la primera mitad del siglo XIV.
Por otro lado, una serie de rasgos fácilmente relevables en sus obras, tales como el recurso a las autocitas, la interferencia del propio don Juan en los rela-tos, el borramiento de las fuentes en su trabajo intertextual, la preocupación por la pureza de sus textos, la preocupación lingüística por encontrar un nivel de discurso ideal, todos ellos son síntomas inequívocos de una conciencia y de una voluntad de autoría.
Dado que don Juan hace de su experiencia personal, real o ficticia, un com-ponente fundamental de la materia narrativa de sus textos principales, voluntad de autoría y cuestión biográfica resultan aspectos de una misma problemática, cuyo carácter paradojal intento ilustrar aquí.
La crítica ha estudiado la relación entre la circunstancia histórica y vital del autor y la producción de sus textos con dispar fortuna. A las dificultades de la tarea no es ajena la fascinación que ejerce una personalidad tan poderosa, multi-facética y -en más de un sentido- excéntrica como la de don Juan Manuel. Un ejemplo elocuente dentro de la última crítica es el libro de Reinaldo Ayerbe-Chaux, en el que se vuelca en clave autobiográfica toda la información docu-mental y literaria disponible y se arma un relato sostenido en la primera persona y en la recreación imaginaria de una subjetividad, recortada con la exactitud que proveen las convenciones de la ficción.' La fidelidad del libro a la figura de don Juan Manuel-autor estaría en la realización puntual de todas las virtualidades que la escritura manuelina contiene: el relato seudo-autobiográfico recorre
sen-' Reinaldo Ayerbe-Chaux, Yo, don Juan Manuel: Apología de una vida, Madison: The Híspanic Seminaryof Medieval Studies, 1993.
deros que el propio don Juan Manuel señaló en sus textos y que conducen a la imagen ideal que pretendió dejar de sí a sus contemporáneos y a la posteridad.
Ya Germán Orduna puso en claro los términos de la autobiografía expresa y ocasional que don Juan desperdigó en toda su obra; pero más importante aún, subrayó -sorteando los riesgos de la interpretación psicologista- las motiva-ciones, intencionalidades y pautas de esta sutil estrategia político-literaria.2 En
cambio, y a pesar del rechazo explícito del biografismo tradicional, los presu-puestos teóricos del estudio biográfico de Ayerbe-Chaux no están muy lejos de la postura de un Giménez Soler, para quien era indudable que don Juan se personificaba en el conde Lucanor y que los casos planteados a Patronio eran directamente biográficos y reproducían conflictos y problemas de su con-ciencia.3
Magnetismo del personaje, distorsiones del enfoque biografista: tales son los riesgos de esta tarea. Pero es la propia naturaleza de los textos, impregnada por la subjetividad de su autor, la que nos impone de modo ineludible esta cuestión. Doy solo un ejemplo.
En el Libro de los estados, obra compuesta entre los años 1327 y 1332, se nos cuenta que el infante Joas, una vez recibida la instrucción religiosa del sabio Julio, decide convertirse al cristianismo:
Estonce bateólo Julio al infante et a Turín en el nonbre del Padre, et del Fijo, et del Spirito Sancto. Et fue en sábado, día de Sancta Mana, dies días del mes de octubre, era del mili et trezientos et sesenta et seis annos. Et porque Johan quiere dezir 'Gra§ia de Dios' et esto vino por gracia de Dios, púsol nonbre Johan.4
Poco después el rey Moraban recibe la doctrina cristiana y también se convierte: Et fue bateado el rrey diez siete días de octubre, era de mil et trezientos et se-senta et seis annos, et siete días después que el infante su fijo et su ayo fueron ba-teados. [...] [QJuando Julio bateó al rrey, mudól el nonbre quel dizían, Moraban, et púsol nonbre Manuel, que quiere dezir 'Dios es conusco' (ed. cit., pág. 80). La instancia de la conversión religiosa de los personajes es crucial en el argu-mento tanto del relato base que utiliza don Juan Manuel (el Barlaam e Josafat) como en el propio Libro de los estados, pero aquí el autor elige subrayar esa
" Germán Orduna, «La autobiografía literaria de don Juan Manuel», Don Juan Manuel. Vil Cente-nario, Murcia: Universidad y Academia Alfonso X el Sabio, 1982, págs. 245-58.
Andrés Giménez Soler, Don Juan Manuel: biografía y estudio crítico, Zaragoza: Tip. La Aca-démica, 1932, pág. 190. Otros casos de «autobiografismo simplista» -como califica Ayerbe-Chaux en su edición del Libro del Conde Lucanor (Madrid, Alhambra, 1983, pág.. 109)- son: Mana Remedios Prieto, «Rasgos autobiográficos en el exemplo V de El Conde Lucanor y estu-dio particular del apólogo», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 77 (1974), 627-63 y, en menor grado, José Romera Castillo, Estudios sobre «El Conde Lucanor», Madrid, UNED,
1980, págs. 19-20 y 23.
4 Don Juan Manuel, Libro de los estados, ed. R. B. Tate y I. R. Macpherson, Oxford, Clarendon,
relevancia mediante un recurso inusitado: la intromisión del tiempo histórico real en el tiempo narrativo del universo ficcional y la asignación de su propio nombre (con toda la carga simbólica que el gesto conlleva) a los agentes de ese universo. ¿Qué otro efecto pudo buscar aquí don Juan que no fuera el cruce de las dimensiones de lo histórico y de lo ficcional en la recepción de su obra? Pero hay más: como Tate y Macpherson señalan en su edición, el 10 de octubre de 1328 no fue un sábado sino un lunes (y así también el 17 de octubre). Haciendo reserva de la posibilidad de una deturpación en la transmisión textual de la obra, los datos conservados nos indican otra vuelta de tuerca en la estrategia juan-manuelina: la historicidad concreta ingresa al texto por la vía del simulacro (re-cordemos que el valor simbólico del día sábado como fiesta conmemorativa de la Virgen María es un tema central de la apertura del texto, según señalé en otro lugar).5 A Don Juan Manuel le interesa inscribir la pura y dura corporeidad de
su persona y de su tiempo vital en el texto, pero no rehuye señalar (y aprove-char) la naturaleza discursiva de esta inscripción. Sea como fuere, este pasaje del Libro de los estados nos impone la problemática de la función autor y de la relación entre autor concreto y obra como una instancia ineludible en la tarea de interpretación del texto.
El abordaje de esta tarea exige, en principio, superar a la vez la sacralización decimonónica y la condena post-estructuralista de la categoría autorial. La fe-cundidad de este estudio dependerá de la concepción de sujeto que la sustente: no, por cierto, el sujeto cartesiano del entendimiento y de la voluntad, sino un sujeto escindido y plurideterminado, punto de cruce de una conciencia, un ima-ginario, una práctica discursiva y un conjunto de condiciones culturales, socia-les e históricas concretas.
La crítica ha señalado que la aparente contradicción ética entre la vida política de don Juan y los principios morales y religiosos proclamados en su obra puede explicarse por dos hechos concurrentes: por un lado, los principios que rigieron tanto la vida como la obra de don Juan fueron los propios de la ética estamental de la nobleza, y no los de una ética universal; por otro lado, la mayor parte de su obra coincide con el período más turbulento de su vida pú-blica, por lo que la literatura pasa a funcionar como una continuación de la lu-cha política por otros medios. La crítica también ha planteado que la conciencia de autoría de don Juan Manuel no responde a un gesto individualista, sino a una conciencia nobiliaria de la que emanaría la autoridad del nombre que sostiene la escritura,6 aunque más exacto sería decir que procede del interjuego de una
con-ciencia estamental y de una voluntad personal.7
5 Leonardo Funes, «El trabajo intertextual de Don Juan Manuel y la apertura del relato en el Libro
de los estados», Journal ofHispanic Philology, 12:2 (1988), págs. 103-112.
6 Vid. Reinado Ayerbe-Chaux, «Don Juan Manuel y la conciencia de su propia autoría», La
Co-ránica, 10(1981-82), págs. 186-90.
7 Véanse los trabajos de Leonardo Funes, «Didactismo y narratividad en Don Juan Manuel:
Sirva lo dicho para ilustrar hasta qué punto la complejidad del problema de la voluntad de autoría y su manifestación en los textos manuelinos escapa a cualquier hipótesis que pretenda reducirla a un principio explicatorio único.
Una de las razones por las que esta cuestión resulta tan elusiva radica en la excentricidad de don Juan Manuel. Me refiero con este término al descentra-miento de la figura y la conducta de don Juan Manuel con respecto a los cáno-nes establecidos, tanto en el ámbito de lo político como en el de lo cultural: baste mencionar su dedicación a las letras (al menos en discutible relación con sus deberes estamentales), sus desplantes y la insolencia de algunas de sus ac-ciones políticas, su obsesión con la condición regia (que lo ubicaba en una posi-ción descentrada con respecto al lugar del poder ambicionado). Pero sobre todo fue su curiosidad y su inventiva las que marcaron siempre una diferencia frente al perfil común a todo miembro de la alta nobleza. Trátese de un ungüento pro-pio para curar heridas de halcones, una «maestría» para defender los muros de un castillo asediado, como de una vuelta de tuerca en el recurso a un artificio narrativo, la capacidad de invención de don Juan Manuel es una marca de indi-vidualidad y de originalidad inusitadas para su tiempo que atraviesa su voluntad de autoría y su voluntad de poder, como caras de una misma moneda.8 Desde
otro ángulo, y para completar la idea de excentricidad, tenemos el hecho de que parte de su obra -claramente el Libro de las armas- está escrita desde una posi-ción periférica con respecto a las formas dominantes del género respectivo (el historiográfico, en el caso del Libro de las armas).9 Este descentramiento en la
conducta social y política y en la práctica literaria está en la base del carácter paradójico que manifiesta la conciencia literaria de don Juan Manuel. Y preci-samente, dedicaré el resto de esta comunicación a algunas de esas paradojas.
Ancilaridad y autonomía de lo literario
Don Juan Manuel posee una clara concepción ancilar de la literatura. A tal punto llega su utilización de la escritura como un instrumento perfectamente adecuable para otros fines que el conjunto de su obra responde al diseño de un
103-28 y Fernando Gómez Redondo, «Don Juan Manuel», cap. III de su La Prosa del Siglo XIV, Madrid: Júcar, 1994, págs. 319-407.
1 Dice el narrador en el Libro de la caza: «Otrosí, quando [los halcones] an alguna ferida de garca o
de grúa [...] dévenle mesar las pénnolas derredor de la llaga; et ponerle del ungüento blanco que faze don Johan; et luego será sano et guarido» (Juan Manuel, Cinco Tratados, ed. Reinaldo Ayerbe-Chaux, Madison, The Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1989, pág. 223). Dice Julio en el Libro de los estados, hablando de la defensa del castillo asediado: «Otrosí que en las torres del muro que estén y muchas piedras et grandes cantos para dexar caer al pie. Et en el muro entre torre et torre que aya y muy grandes cantos colgados en cuerdas, segund la manera que don Johan, aquel mi amigo, falló; que es la mejor maestría del mundo para que ninguna cosa non pueda llegar al pie del muro para cavar nin poner gata nin escalera nin cosa que les pueda enpecer» (Libro de los estados, ed. cit., pág. 149).
' Vid. Leonardo Funes y María Elena Qués, «La Historia disidente: el lugar del Libro de las armas en el discurso historiográfico del siglo XIV castellano», Atalaya, 6 (1995), págs. 71-78.
programa didáctico-político. Como ya hiciera notar Orduna, de los 14 títulos conocidos, solamente el Tratado de la asunción escapa a ese programa.10
Ahora bien, el didactismo dominante en su escritura va acompañado por una profunda y sistemática preocupación formal. En ningún otro texto es más visible esta paradoja que en el «Libro de los enxemplos» de El Conde Lucanor. Traeré a colación un solo caso: el enxemplo XI «Don Illán de Toledo y el deán de San-tiago». Se trata de uno de los apólogos más famosos de don Juan Manuel, que ha sido analizado y estudiado brillantemente por numerosos críticos. Pero hay un aspecto que ha pasado casi inadvertido y del que no se ha aquilatado su tras-cendencia: el lector resulta tan engañado como el deán de Santiago.'' En efecto, sabemos que el deán es sometido a una prueba en la cual mediante un sortilegio de don Illán cree vivir una carrera eclesiástica ascendente que lo lleva a Papa, su conducta desagradecida para con don Illán lo devuelve a su estado inicial como simple deán. Las menciones de unas perdices abren y cierran el encantamiento y establecen las fronteras de ese tiempo mágico.
Cualquier narración de sucesos que no ocurren exteriormente sino que sólo tienen lugar en la mente de un personaje supone una invasión de su interior. Muchos textos antes del CL recurren a esta suerte de narración subjetiva, pero en ellos el narrador siempre permanece visible, de modo que el aspecto subjeti-vado está mediatizado y acotado por el discurso de este narrador: el lector (u oyente) vive la aventura con el narrador, no con el personaje. La novedad que introduce don Juan Manuel es que el narrador transporta sutilmente al lector (como don Illán a su visitante) a una dimensión espacio-temporal irreal, una fic-ción en segundo grado, de modo tal que la eficacia del relato se apoya no sólo en la confusión del deán -que cree que el encantamiento es la realidad misma-sino también en el engaño paralelo que sufre el lector -que cree estar siguiendo una ficción primera. El caso es particularmente notable porque desde el punto de vista didáctico el recurso es completamente superfluo: la ingratitud del
discí-Vid. Germán Orduna, e<±, Juan Manuel, Libro del conde Lucanor et de Patronio, Buenos Aires, Huemul, 1972. Según su clasificación, tenemos que: 1) la Crónica Abreviada y la Complida (si fue un texto independiente) dan noticia y ejemplo de los hechos de los antepasados; 2) el Libro de la caballería y el Libro de los engeños instruyen sobre el arte militar y las reglas de la ca-ballería; 3) el Libro del cavallero et del escudero y el Libro de los estados son tratados de saber enciclopédico pertinente para un noble, como paradigma del caballero cristiano; 4) el Libro de los sabios provee una colección de sentencias sobre la conducta moral del noble; 5) el Libro de la caza enseña el deporte y ejercicio más calificado para el guerrero en tiempos de paz; 6) el Libro de los cantares y el Libro del arte cómo se debe trovar proporcionan conocimientos de música y poesía esenciales para el trato en la corte; 7) el Libro del Conde Lucanor y el Libro infinido transmiten un saber pragmático que auna ética caballeresca y acción política; 9) el Li-bro de las armas ofrece un compendio de lo histórico y de lo político desde el punto de vista del linaje.
También comenta este hecho tan significativo Guillermo Seres, en su reciente edición de El Conde Lucanor (Barcelona: Crítica, 1994, págs. 52-53), señalando que hay una triple grada-ción del engaño: don Illán al deán de Santiago, Patronio a Lucanor, don Juan Manuel al lector.
pulo puede ilustrarse sin necesidad de ocultar que está sometido a un encan-tamiento. Podría argumentarse que esta vuelta de tuerca graba con más fuerza en la mente del destinatario la enseñanza -y muy probablemente esta haya sido la intención de don Juan Manuel-, por lo tanto, en su forma elaborada el enxemplo alcanza mayor eficacia didáctica. Todo este razonamiento nos lleva a concluir en la paradójica condición del relato ejemplar juanmanuelino: cuanto más anci-lar, más autónomo; cuanto más atento a la forma, más eficaz en su finalidad didáctica.
Tradición y ruptura en la ideología textual
Como portavoz de la alta nobleza, don Juan Manuel es un ferviente difusor de los principios de la ideología señorial. La postura conservadora se manifiesta en el trazado de un esquema socio-político ideal, en el que el rey no es monarca sino primus ínter pares, compartiendo el pináculo de una estructura social pira-midal en la que los estamentos se organizan armónicamente según los tres órde-nes que informan el imaginario feudal desde la Alta Edad Media. También se manifiesta en su confianza en la concepción tradicional del saber, un saber esen-cialmente narrativo, en cuyas fuentes abreva para todas y cada una de sus obras.
Pero a la vez, para vehiculizar esta ideología política y textual conservadora elige una estrategia que podemos calificar de «vanguardista»: la ruptura de la re-lación tradicionalmente establecida entre relato y enseñanza y no sólo mediante la variación o el desvío, sino directamente mediante la inversión de la propia moraleja del texto. Esto es perfectamente visible en el caso de esa suerte de
anti-Barlaam y Josafat que es el Libro de los estados y en el enxemplo XXXIII de El Conde Lucanor, que trata de «Lo que contecio a vn falcon sacre que era del
in-fante don Manuel».
Individualidad e impersonalidad del texto juanmanuelino
Hemos ilustrado hasta aquí lo que constituye el primer intento sistemático de trabajar la función 'sujeto' en el discurso didáctico y literario castellano: como autor y a la vez como proyección de un paradigma de conducta. Pero también esta inscripción de lo subjetivo testimonia el aprovechamiento del doble pro-ceso por el cual la individualidad historiza el texto y textualiza la historia. Baste pensar en las narraciones tradicionales volcadas en el texto como anécdotas fa-miliares o sucesos fechados históricamente, así como en el conjunto de proce-dimientos ficcionales mediante los cuales don Juan construye una versión disi-dente de la historia del reino y de su linaje (todo ello verificable en el Libro de
las Armas). En suma, en esta temprana inscripción del sujeto en la escritura
re-conocemos un aporte fundamental de don Juan Manuel a la evolución de las letras castellanas.
Sin embargo, algunos pasajes de sus obras vuelven problemática esta valora-ción de una escritura fuertemente individual. Quiero llamar la atenvalora-ción sobre un lugar muy perturbador de la Crónica Abreviada:
Al llegar la abreviación a la sección de la Estoria alfonsí dedicada a los ván-dalos, silingos, alanos y suevos, se encuentra con una tabla de capítulos (pre-sente, según señala Menéndez Pidal en su edición de la Primera crónica
gene-ral, en testimonios de la versión regia y de la versión vulgar). Pues bien, la Crónica Abreviada consigna los títulos que integran esa tabla como si fueran
capítulos: «Desdel CCCCII capitulo fasta CCCC e XXII, non cuenta ninguna cosa, ca sson commo rubricas de los capitulos de adelante».12 Esta conducta
ines-perada se repite poco después al abreviar la sección referida al pueblo godo, donde también aparece otra tabla de capítulos: «En los CCCCXLVI capitulo fasta CCCC LXIIIF capitulo, non falla ninguna cosa, ca estos tiempos son com-mo rublicas de los capitulos de adelante» (ed. cit., pág. 653). Estos pasajes son el producto de una tarea mecánica y decididamente poco inteligente, que contra-sta con los claros criterios de selección de la materia cronística resumible.
Como he señalado en otro lugar, si relacionamos estos casos tan peculiares con el modo en que la elaboración del párrafo abreviado se subordina a la frase literal de su modelo, con lo cual el resumen no siempre resulta fiel al contenido del capítulo abreviado, tenemos suficiente base para sospechar que el trabajo concreto de elaboración del texto no fue realizado directamente por don Juan Manuel sino que se trató de una tarea delegada a un amanuense, que habría tra-bajado quizá siguiendo las marcas dejadas por don Juan en la crónica que sirvió de modelo a la abreviación.13
Por otra parte, está el problema de la materia doctrinal inserta en el Libro del
cavallero et del escudero y en el Libro de los estados. Como señalara Vicente
Cantarino, si bien las cuestiones teológicas tratadas responden al elenco de te-mas presentes en todos los autores ortodoxos, la formulación concreta de esas cuestiones delata la pluma de un escritor que posee la preparación técnica de un Maestro en Teología, especialmente versado en la doctrina tomista.14 Cantarino
apoya en esta comprobación su hipótesis de una suerte de 'escritor fantasma' de estas obras atribuidas a don Juan, probablemente un fraile dominico. Por mi par-te, limito mi sospecha a las secciones de ambas obras referidas a doctrina teo-lógica y planteo la posibilidad de que tales secciones hayan estado a cargo de un miembro del scriptorium juanmanuelino, que habría seguido directivas genera-les sobre los temas a incluir. O quizás don Juan Manuel haya integrado en la es-tructura dialogística de ambas obras, mediante copia directa, materiales prepara-dos por un fraile dominico de su entorno. Sea como fuere, estos lugares de la
12 «Crónica Abreviada», en Don Juan Manuel, Obras Completas, ed. José Manuel Blecua, vol. II,
Madrid, Gredos, 1983, pág. 648.
13 Vid. Leonardo Funes, «Un lector calificado de la Estoria de Espanna alfonsí: el testimonio de la
Crónica Abreviada de don Juan Manuel», Actas de las III Jornadas de Literatura Española Medieval, Buenos Aires: Universidad Católica Argentina, 1992, págs. 42-48.
14 Vid. Vicente Cantarino, «Más allá de El Conde Lucanor: un infante desconocido», en Antonio
Torres-Alcalá, ed., Josep María Solá-Solé: Homage, homenaje, homenatge, Barcelona: Puvill, 1984,1, págs. 55-66.
Crónica Abreviada, el Libro del cavallero et del escudero y del Libro de los estados apuntan a la probable actuación de escribas subordinados a don Juan
Manuel, o, en última instancia, a la presencia en sus obras de una escritura dele-gada y, por tanto, impersonal, que convive paradójicamente en una textualidad que suele destacarse por su impronta individual.
Oralidad y escritura en los textos juanmanuelinos
La peculiar libertad con que don Juan Manuel manipula sus fuentes se ha explicado en parte por la incidencia de la oralidad en el proceso de composición de sus obras: don Juan se habría hecho leer o habría escuchado gran parte de los relatos utilizados, con lo cual el trabajo con versiones memorizadas y no con textos presentes ante sus ojos le habría llevado casi forzosamente a generar re-sultados muy alejados de sus fuentes. Al mismo tiempo, se han querido ver hue-llas de esta oralidad en las declaraciones explícitas de don Juan acerca de lo que oyó, presentes en varias obras, pero fundamentalmente en el Libro de las Armas. En este caso en particular, debemos decir que la referencia a fuentes orales es, en realidad, una elaborada estrategia por la cual don Juan remeda una práctica del discurso historiográfico, a la vez que otorga verosimilitud a historias y le-yendas familiares -y también a relatos inventados por el propio don Juan, como es el diálogo con el rey Sancho en su lecho de muerte- y toma distancia de la exactitud de lo narrado, proveyendo a su historia un halo de objetividad.
Limitándonos al tema que nos concierne aquí, digamos que este aspecto re-sulta una confirmación de la impronta paradójica de la voluntad de autoría de don Juan Manuel, pues en aquellos lugares en que se apela explícitamente a la oralidad como fuente y como pretexto, allí precisamente es donde opera con ple-nitud una estrategia de escritura.
En resumen, la obra conservada de don Juan Manuel pone de manifiesto en todos sus niveles el carácter paradojal de la voluntad de autoría que la sostiene: ancilar y autónoma, conservadora y vanguardista, individualista e impersonal, oral y escrita, la textualidad juanmanuelina extrae de sus paradojas la fuente inagotable de sentidos que la mantienen viva en nuestro tiempo.