Desde Maquiavelo a la Era Nuclear
Obra coordinada por Peter Paret
Creadores
de la Estrategia
Moderna
Desde Maquiavelo a la Era Nuclear
Obra coordinada por
Peter Paret
CATALOGACIÓN DEL CENTRO DE PUBLICACIONES DEL MINISTERIO DE DEFENSA
CREADORES de la estrategia moderna : desde Maquiavelo a la era nuclear / obra coordinada por Peter Paret ; [traducción, Rebecca I. Pace, Joaquín Sánchez Díaz]. — [Madrid] : Ministe-rio de Defensa, Secretaría General Técnica, D.L. 1992. 969 p. ; 30 cm. — (Defensa)
Traducción de: Makers of modern strategy: from Machiavelli to the nuclear age. Bibliografía: p. 905-969. ÑIPO 076-91-078-9 — D.L. M. 14891-1992. ISBN 84-7823-180-3.
I. Paret, Peter, coord. II. Pace, Rebecca I., tr. III. Sánchez Díaz, Joaquín, tr. IV. España. Ministerio de Defensa. Secretaría General Técnica, ed.
La responsabilidad por las opiniones emitidas en esta publica-ción corresponde exclusivamente al autor de la misma.
Título original: Makers of modern strategy:
from Machiavelli to the nuclear age
© En lengua inglesa: Princeton University Press, 1986 © En lengua española: Traductores y Editor, 1991
Edita: MINISTERIO DE DEFENSA
Secretaría General Técnica
Traducción: Rebecca I. Pace y Joaquín Sánchez Díaz ÑIPO: 076-91-078-9
ISBN: 84-7823-180-3 Depósito Legal: M-14891 -1992 Diseño: América Sánchez
Imprime: V.A. Impresores, S. A.
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni transmitida por ningún sistema mecánico o electrónico, incluidas fotocopias, cinta magnética o cualquier otro sistema de almacenamiento y recuperación de información, sin la autorización por escrito del editor.
9 Agradecimientos 13 Introducción. Peter Paret
21 PRIMERA PARTE. Los orígenes de la guerra moderna 23 1. Maquiavelo: El renacimiento del arte de la guerra.
Félix Gilbert
43 2. Mauricio de Nassau, Gustavo Adolfo, Raimundo Monteccucoli y la "Revolución Militar" del Siglo XVII.
GuntherE. Rothenberg
75 3. Vauban: El impacto de la ciencia en la guerra.
Henry Guerlac
101 4. Federico el Grande, Guibert, Bülow: De las guerras dinásticas a las nacionales. R. R. Palmer
131 SEGUNDA PARTE. La expansión de la guerra 133 5. Napoleón y la Revolución en la guerra. Peter Paret
155 6. Jomini./o/m Shy
197 7. Clausewitz. Peter Paret
197 TERCERA PARTE. De la Revolución Francesa a la Primera
Guerra Mundial
229 8. Adam Smith, Alexander Hamilton, Friedrich List: Las bases económicas del poder militar.
Edward Mead Earle
271 9. Engels y Marx sobre la revolución, la guerra y el ejército en la sociedad. Sigmund Neumann y Mark von Hagen
293 10. La escuela Pruso-Alemana: Moltke y el auge del Estado Mayor General. Hajo Holborn
311 11. Moltke, Schlieffen y la Doctrina del Envolvimiento Estratégico. GuntherE. Rothenberg
343 12. Delbrück: El historiador militar. Gordon A. Craig
371 13. El pensamiento militar ruso: El modelo occidental y la sombra de Suvorov. Walter Pintner
393. 14. Bugeaud, Gallieni, Lyautey: El desarrollo de las guerras coloniales francesas. Douglas Porch
425. 51. La estrategia americana desde sus comienzos hasta la Primera Guerra Mundial. Russell F. Weigley
461. 16. Alfred Thayer Mahan: El historiador naval. Philip A. Crowl
495. CUARTA PARTE. De la Primera a la Segunda Guerra
Mundial
497. 17. El líder político como estratega. Gordon A. Craig
525. 18. Los hombres contra el fuego: La Doctrina de la Ofensiva en 1914.
Michael Howard
543. 19. La estrategia alemana en la era de la guerra mecanizada, 1914-1945. Michael Geyer
613. 20. Liddell Hart y De Gaulle: Las Doctrinas del Riesgo Limitado y de la Defensa Móvil.
Brian Band y Martín Alexander
639. 21. Voces desde el azul del cielo: Los teóricos del Poder Aéreo. David
Machaco
665. 22. La creación de la estrategia soviética. Condoleezza Rice 695. 23. La estrategia aliada en Europa, 1939-1945. Maurice
Matloff
696. 24. Las estrategias americana y japonesa en la Guerra del Pacífico. D.
Clayton James
755. QUINTA PARTE. Desde 1945
757. 25. Las dos primeras generaciones de estrategas nucleares. Lawrence
Freedman
801. 26. La Guerra Convencional en la era nuclear. Michael Carver 839. 27. La Guerra Revolucionaria. John Shy y Thomas W. Collier 887. 28. Reflexiones sobre estrategia en el presente y en el futuro.
Gordon A. Craig y Félix Gilbert
899. Colaboradores 900. Bibliografía
LOS ORÍGENES DE LA
GUERRA MODERNA
Carl von Clausewitz definió la estrategia como la utilización del combate, o la amenaza del mismo, para los propósitos de la guerra. Esta definición, que un historiador moderno ha calificado de revolucionaria y tremendamente simplista, puede ser modificada o ampliada sin ninguna dificultad (1). El propio Clausewitz, poco dado a las definiciones absolutas, variaba el significado de estrategia según el tema que estaba tratando en cada momento. La estrategia es el uso de la fuerza armada para lograr los objetivos militares y, por tanto, el propósito político de la guerra. Para aquellos que están involucrados en la dirección y conducción de la guerra, estrategia es a menudo algo más sencillo y, según la frase de Moltke, es un sistema de oportunidades. Pero la estrategia se basa también, o puede incluir, la explotación y correcta utilización de todos los recursos del Estado con el fin de favorecer su política en la guerra. Es en estos dos sentidos en los que el término estrategia aparece en este volumen.
El pensamiento estratégico es inevitablemente pragmático. Depende de realidades como la geografía, sociedad, economía y política, así como de aquellos otros factores pasajeros que provocan situaciones y conflictos que requieren una solución bélica. El historiador de estrategia no puede ignorar estas fuerzas. Debe analizar el amplio contexto de la estrategia y la forma en la que las situaciones y las ideas se influyen mutuamente, mientras que rastrea el largo camino desde la idea inicial a la doctrina de aplicación, un proceso que a menudo le hará descubrir nuevas ideas. La historia del pensamiento estratégico es una historia del razonamiento aplicado. Por todo ello, los ensayos que componen este volumen van más allá de la teoría y se ocupan de otros muchos factores, tanto militares como no militares, que ayudan a configurar la guerra. De formas muy distintas, todos ellos demuestran la íntima relación entre la paz y la guerra, y los lazos entre la sociedad y sus instituciones militares y políticas; la maraña del pensamiento estratégico está inmersa a través de todas ellas. Estos ensayos exploran las ideas de los soldados y civiles desde el Renacimiento sobre la forma más eficaz de aplicar los recursos militares de su sociedad: ¿Cuál es la mejor manera de utilizar la potencia combatiente disponible, o la potencialmente disponible? Teniendo en cuenta estas ideas, los ensayos van más lejos: ¿Qué impacto ha tenido la teoría estratégica en las guerras y en los períodos de paz posteriores?
I
El concepto general de este libro se deriva de un trabajo anterior. En 1941, Edward Mead Earle, organizó un seminario sobre política exterior americana y seguridad, por encargo del Instituto de Estudios Avanzados y la Universidad de Princeton. Fruto de este seminario fueron veintiún ensayos sobre "el pensamiento estratégico desde Maquiavelo a Hitler", con los que Earle, contando con la colaboración de Gordon A. Craig y Félix Gilbert, publicó dos años más tarde un libro con el título Makers of Modern Strategy (Creadores de la estrategia moderna). Uno de los aspectos más sorprendentes de este libro fue la convicción de sus editores y autores de que, en medio de una guerra mundial, la historia del pensamiento estratégico merecía una seria y detenida atención. En su opinión, las atrocidades del presente, no hacían disminuir la importancia del pasado. Por el contrario, la historia parecía particularmente reveladora. En su introducción, Earle declaraba que el propósito del libro era "explicar como se había ido desarrollando la estrategia de la guerra moderna, con el convencimiento de que un mejor conocimiento del pensamiento militar permitirá a los lectores comprender las verdaderas causas de la guerra y de los principios fundamentales que gobiernan su conducta". Poco después añadía: "Estamos convencidos de que la constante vigilancia de estos asuntos es el precio de la libertad. Creemos, además, que si vamos a tener una paz duradera, debemos tener un claro conocimiento del papel que van a desempeñar las fuerzas armadas en la sociedad internacional. Yesto no lo hemos tenido siempre claro" (2).
Es evidente que las circunstancias en las que fueron escritas estas palabras tuvieron un impacto en las mismas. Una sociedad que hasta muy recientemente había prestado poca atención a los acontecimientos que se desarrollaban fuera de sus fronteras, se veía ahora envuelta en la mayor guerra de todos los tiempos. De repente, había un nuevo interés por aprender cosas acerca de la guerra y sobre todo aquello que había sido ignorado, pero que ahora dominaba a la vida pública; incluso se despertó interés por obtener una cierta perspectiva histórica, no sólo sobre los aspectos políticos e ideológicos del conflicto, sino también por las cuestiones militares del mismo.
En cuanto a la atmósfera en la que fueron escritos los ensayos, existía el convencimiento, no sólo de la conveniencia, sino también de la necesidad de que los ciudadanos pudieran comprender las realidades determinantes de la guerra. Makers of
Modern Strategy fue una contribución más del arsenal democrático en el mejor sentido de
ese término; constituyó una respuesta sería y fundamentalmente optimista a las importantes necesidades intelectuales de Estados Unidos para la guerra en los umbrales de convertirse en una potencia mundial.
Otro aspecto importante de ese libro fue que, a pesar de que nació durante la guerra, su objetividad no sufrió menoscabo. La calidad de su contenido variaba de unos ensayos a otros, aunque el nivel general era
muy alto, pero ninguno de ellos pecaba de chauvinismo, ni denigraba a los actuales enemigos; incluso ensayos como La estrategia naval japonesa y El concepto nazi
de la guerra, mantenían una ejemplar honestidad intelectual. Esto es, sin duda, una
de las razones por las que varias décadas después de aquella guerra, la colección ha mantenido su éxito. El libro ha proporcionado una vasta perspectiva y un profundo conocimiento a dos generaciones de lectores; muy probablemente, para algunos haya sido su único contacto con un completo estudio sobre la guerra.
Makers of Modern Strategy se ha convertido en un clásico moderno. Aunque los
ensayos relacionados con la Segunda Guerra Mundial fueron pronto superados por los acontecimientos posteriores a la misma, lo cierto es que su importancia global no ha disminuido. Ningún libro de este tipo puede estar constantemente actualizado; más importante fue el hecho de haber definido perfectamente las etapas iniciales del pensamiento estratégico, mostrando su conexión con la historia general, cosa que muchos historiadores pretenden ignorar, y situando los acontecimientos bélicos y los períodos de paz dentro de una amplia perspectiva histórica. Pero, inevitablemente, con el paso del tiempo el volumen en su conjunto fue perdiendo actualización. Desde la derrota de Alemania y Japón y con la llegada de la era nuclear, el análisis estratégico ha tomado nuevas direcciones, mientras que la investigación histórica ha continuado profundizando en el conocimiento del pasado más remoto. Por ello, parecía conveniente la sustitución del libro Makers of Modern Strategy.
Al preparar el nuevo volumen los editores no han querido abandonar el modelo anterior. No se ha forzado a los colaboradores a emplear ningún esquema, sino que cada uno ha abordado su tema siguiendo únicamente su punto de vista. Algunos episodios importantes para la historia de la estrategia han tenido que ser eliminados para que al volumen pudiera mantener un tamaño razonable. No obstante, los ensayos seleccionados (dispuestos cronológicamente y, a menudo, enlazados también por su temática), ofrecen al lector una guía para la teoría estratégica y para las ideas sobre el uso de la violencia organizada, desde que Maquiavelo escribió su Arte de la güeña hasta nuestros días.
El nuevo Makers of Modern Strategy contiene ocho ensayos más que su predecesor. Sólo unos pocos ensayos de la primera versión han sido eliminados, la mayoría continúan en ésta (3). Tres ensayos de la edición de 1943 permanecen sin modificar, excepto con algunas correcciones de estilo: el de Henry Guerlac sobre Vauban y el impacto de la ciencia en la guerra; el de Robert R. Palmer sobre Federico el Grande y el cambio de las guerras dinásticas a las nacionales y el de Edward Mead Earle sobre las bases económicas del poder militar. Ciertamente se podría decir mucho acerca de estas personalidades y sus trabajos, pero basta con expresar nuestra admiración por ser unas piezas maestras en su género. Las notas bibliográficas de estos ensayos han sido actualizadas. Otros dos ensa yos han sido modificados en gran parte de
su contenido, y otros dos, revisados (4). Los otros veintidós de este volumen son nuevos.
Para concluir esta breve comparación de los dos libros conviene tener en cuenta algunas de las diferencias temáticas más importantes entre ellos. El nuevo posee un mayor contenido que el primero acerca de la estrategia americana. Contiene cuatro ensayos relacionados con el período desde 1945, que pertenecían al futuro para Earle y sus colaboradores. En términos generales, el nuevo Makers of Modern Strategy contempla una perspectiva más amplia. Earle hubiera preferido limitarse al análisis de los principales teóricos, pero la propia naturaleza del tema le impulsó a ir más allá. Como los Estados Unidos no habían "producido un Clausewitz ni un Vauban", los únicos militares tratados en el primer libro fueron Mahan y Mitchell. No se incluyeron otras figuras relevantes americanas y europeas porque "o bien eran más tácticos que estrategas, o porque su legado a la doctrina estratégica no constituía un conjunto de ideas coherente". Esta última consideración explica también la ausencia de un ensayo sobre Napoleón. En su introducción, Earle escribía que "contemplaba la estrategia de Napoleón sobre el campo de batalla; por lo tanto, él está representado aquí por sus intérpretes Clausewitz y Jomini" (5). Desde luego, este punto de vista parece ser demasiado exclusivista. Consideramos que merece la pena conservar las diferencias entre estrategia y táctica; pero estrategia no es exclusivamente (ni siquiera fundamentalmente), el trabajo de las grandes mentes, interesadas en difundir sus teorías. Aunque Napoleón no escribió un tratado general sobre sus ideas acerca de la guerra y de la estrategia, merece la pena estudiarlas y no sólo a través de las interpretaciones que sobre las mismas dieron Clausewitz y Jomini. En este volumen aparece un ensayo sobre Napoleón. Pero es preciso tener en cuenta que la estrategia napoleónica no fue creada solamente por el Emperador. Fue posible porque él poseía el genio y el empuje para combinar y explotar las ideas y las políticas de otros. Pero muchas de ellas no pueden identificarse con un individuo en particular, sino que pertenecen al estudio de la estrategia y son tratadas en esta obra. Como comentó en cierta ocasión uno de los colaboradores, dado el punto de vista histórico más amplio de este nuevo libro, hubiera sido más apropiado titularlo
The Creation of Modern Strategy.
II
Los problemas y conflictos de la época en que aparece el nuevo Makers of Modern
Strategy, from Machiavelli to the Nuclear Age, son muy diferentes de los que existían
cuando se publicó el primero. Pero la necesidad de comprender la guerra es incluso mayor ahora que en 1943. La gran amplitud de los temas a considerar ha inhibido su estudio a unos y ha incentivado a otros. Mucha gente ha reaccionado ante el poder destructor de las armas nucleares, rechazando el concepto de la
la guerra en general y, consecuentemente, consideran que la naturaleza de la misma ya no requiere ninguna investigación. Se alega incluso que las armas nucleares han hecho a la guerra irracional e imposible, es decir, se intenta negar una realidad, como un reflejo de la ansiedad que ocupa una buena parte de la vida actual. Hasta ahora la era nuclear ha producido todo tipo de guerras no nucleares, desde operaciones de gran componente terrorista y de guerrilla, hasta los bombardeos aéreos a gran escala y campañas con vehículos acorazados. La guerra no ha desaparecido, simplemente se ha hecho más peligrosa. Incluso teorías tan impensables como la de la disuasión nuclear, demuestran la necesidad del estudio de la estrategia.
Desde el comienzo de la era nuclear ha existido una constante, aunque intermitente, similitud entre las estrategias anteriores a 1945 y las de la guerra convencional a partir de esa fecha. El vínculo es más ambiguo entre la estrategia prenuclear y la nuclear. Se ha pretendido que, al menos en lo que se refiere al conflicto nuclear, todo aquello que afecta al terreno nuclear es nuevo. La tecnología es ciertamente nueva; pero el hombre y sus ideas sociales y políticas, así como las estructuras en las que vive, han cambiado muy poco. Los gobiernos y fuerzas armadas que disponen de arsenales nucleares, están formados por hombres y mujeres que no son muy diferentes de sus padres y abuelos.
Bajo estas condiciones de crisis y discontinuidad parcial, el nuevo Makers of Modern
Strategy parece que es aún más oportuno que su predecesor. Edward Mead Earle estaba
convencido de que un buen conocimiento de la guerra a lo largo de la historia ayudaría al lector a comprender la guerra en los momentos actuales. No todo el mundo (y menos los historiadores) compartirían su fe en la actual conexión de la Historia. No sólo cada era es única en su combinación de condicionantes, aspectos y personalidades, sino que, ocasionalmente, una profunda revolución tecnológica, en las creencias o en la organización social y política, parece apartarnos de la Historia, aunque para algunos su importancia pueda quedar reducida a una absurda ficción. Depende sobre todo de lo que cada uno entienda por "importante". El pasado, incluso si estuviéramos seguros de poderlo interpretar con exactitud, raramente ofrece lecciones directas. Pero la historia de todo aquello que nos ha precedido, es una fuente de conocimientos digna de tener muy en cuenta. En los acontecimientos de una nación y en las relaciones entre estados, como en la vida de un individuo, el presente tiene siempre una dimensión de pasado, y es mejor conocerla que ignorarla o incluso negarla. Incluso en el caso de que sólo podamos ver el presente en términos superficiales, siempre tenemos a nuestra disposición la Historia como la gran maestra que, al clarificar y dar sentido a acontecimientos del pasado, nos puede ayudar a entender el presente y pensar sobre el futuro.
La mejor forma de entender el fenómeno de la guerra es estudiar su pasado. Ese es uno de los mensajes de este libro. Pero la historia de la guerra debe estudiarse también para comprender su propio pasado. A veces los historiadores han sido reacios a reconocer esta necesidad.
Aunque no pueden negar que la guerra ha sido una realidad fundamental de la existencia política y social, desde los estadios más elementales de organización política hasta nuestros días, resulta tan trágica y tan perturbadora, tanto intelectual como emocionalmente, que han tendido siempre a dejarla de lado en sus investigaciones. Particularmente en los Estados Unidos, en la enseñanza de la Historia y en la tarea cotidiana de los historiadores, la guerra no ha sido nunca uno de los temas favoritos. Uno de los resultados ha sido la proliferación de una literatura popular sobre la guerra, esencialmente romántica, que no explica nada, pero que responde crudamente a la fascinación que las guerras pasadas y presentes ejercen en nuestra imaginación y en nuestro deseo de llegar a comprenderla. Este volumen intenta demostrar la utilidad de integrar la historia del pensamiento militar y de la política, con la Historia General.
Los ensayos que componen esta obra tratan de analizar el papel desempeñado por la fuerza en las relaciones entre estados. Todos reconocen que la guerra no ha sido nunca, ni es hoy en día, un fenómeno básicamente militar, ni tampoco solamente militar, sino que es la combinación de muchos elementos que abarcan desde la política y la tecnología, a las emociones humanas sometidas a tensiones extremas. La estrategia es solamente uno de los elementos, aunque a veces sea muy importante. Veinticuatro de estos ensayos hacen un seguimiento de las ideas y acciones de las anteriores generaciones y de cómo utilizaron o no la guerra; los otros cuatro analizan el pensamiento militar y la política en el pasado más reciente y en la actualidad. La obra es fundamentalmente histórica; pero, como en la primera edición, está dedicada a la causa intemporal de "un mejor conocimiento de la guerra y de la paz".
NOTAS:
1. Foreign Affairs de Michael Howard (Verano de 1979); reeditado por el mismo autor en su libro The Causes of War (Cambridge, Mass, 1984), 101.>
2. Makers óf Modem Strategy-Introduction de Edward Mead Earle, editado por el autor (Princeton, 1943), VIII.
3. Algunos de los ensayos que han sido eliminados se ha debido a que no encajan en esta nueva distribución de la obra, como por ejemplo, el estudio sobre geopolítica de Derwent Whittlesey y el resumen de doctrinas eropeas del poder naval de Theodore Ropp. Otros fueron escritos cuando aún no se disponía de la documentación precisa y, aunque tuvieron un gran mérito en su tiempo, en la actualidad, resulta aconsejable su eliminación. Uno o dos, como el ensayo sobre la línea Maginot y Liddell Hart, escrito por un autor cuyo pseudónimo era Irving M. Gilson, no tenían la calidad del resto.
4. Félix Gilbert ha vuelto a escribir su ensayo sobre Maquiavelo, de la misma manera que Mark von Hagen el ensayo sobre Marx y Engels. Gordon Craig ha introducido algunos cambios en el ensayo sobre Delbrück, y Peter Paret ha revisado la primera parte del ensayo de Hajo Holborn sobre Moltke, y la segunda parte que ha sido totalmente cambiada.
Los editores están en deuda de gratitud con los autores de este volumen, por haber facilitado extraordinariamente su tarea. Queremos también expresar nuestro agradecimiento a Michael Howard, John Shy y Russell Weigley por sus consejos sobre la estructura de este libro; ajames E. King cuyas críticas han sido oportunas, como siempre, y a Donald Abenheim por su ayuda en la elaboración de las biografías de los autores. Loren Hoekzema, Elizabeth Gretz y Susan Bishop, de Princeton University Press, analizaron esta obra antes de su publicación con un cuidado e inteligencia ejemplares. Nuestro agradecimiento especial para Herbert S. Bailey, Jr., Director de Periodismo de la Universidad de Princeton, cuya fe en la importancia del tema ayudó a hacer posible el volumen.
1
. Maquiavelo: El Renacimiento del
Si las numerosas campañas y sublevaciones que se sucedieron en la Italia del Renacimiento produjeron la sensación de que la habilidad y la técnica militar habían desaparecido, la verdadera razón de este vacío fue que los métodos antiguos de hacer la guerra no eran adecuados y nadie era capaz de encontrar otros nuevos. "Un hombre que acceda al poder no puede adquirir mayor reputación mas que descubriendo nuevas reglas y métodos". Con estas palabras Maquiavelo expresó una idea que solía repetir en sus escritos: la necesidad más urgente y fundamental en aquella época era la creación de nuevas instituciones militares y procedimientos para la guerra. Maquiavelo introdujo una nueva era, la Era Moderna, en el pensamiento político; detrás de todas sus reflexiones sobre el mundo de la política estaba su convicción de que la organización militar de la Italia contemporánea necesitaba cambios profundos. Se puede decir que Maquiavelo llegó a ser un pensador político porque antes fue un pensador militar. Su visión de los problemas militares de su tiempo orientaron totalmente su punto de vista político.
I
Maquiavelo ocupa una posición singular en el campo del pensamiento militar debido a que sus ideas estaban basadas en el reconocimiento del enlace existente entre los cambios que ocurrieron en la organización militar y los movimientos revolucionarios que se produjeron en la esfera política y social. Para un observador, la conexión entre la causa y el efecto del desarrollo militar parecía obvia. El descubrimiento de la pólvora y la invención de las armas de fuego y la artillería hicieron inevitable un colapso en la organización militar de la Edad Media, en la que los caballeros jugaban un papel decisivo. Ariosto, contemporáneo y compatriota de Maquiavelo, en su Orlando Furioso (1516), narra cómo el protagonista de la obra, su héroe y personificación de todas las virtudes de un caballero, se vio obligado a enfrentarse a un enemigo con un arma de fuego:
"Tan pronto como se ven los fogonazos, la tierra se estremece. Los baluartes tiemblan al eco de sus sonidos. La peste, que nunca consume sus fuerzas en vano,
Sino que despedaza todo lo que encuentra en su camino, Pasando como un rayo en su vuelo con el viento".
Cuando el invencible Orlando abatió a su temible enemigo y pudo elegir entre el rico botín:
".... nada ganaría el vencedor Si de todos los despojos de este día victorioso Salvara ese artefacto, cuya fuerza irresistible Se asemeja al Trueno en su rápida carrera."
Después, al navegar por el mar para lanzar el arma al agua, exclamó: "¡Oh, maldito ingenio! ¡fundamento de la muerte! ¡Inventado en las tinieblas de los reinos tártaros! Diseñado por el maligno arte de Belcebú Para ser la ruina del genero humano... Por tu culpa, nunca más los caballeros tendrán arrojo. Ingenio que ayuda a los cobardes en la guerra. Que da ventaja ante un más noble enemigo, ¡Yace aquí para siempre en el profundo abismo!" (1)
En resumen, pretendía achacar a las armas de fuego todos los males, llegando a la conclusión de que si no se hubieran inventado o pudieran desaparecer, el mundo de los caballeros se mantendría vivo para siempre con todo su esplendor.
Esta explicación del declinar del poder de los caballeros no corresponde a la realidad. La historia de las instituciones militares de un período no puede separarse de la historia de la sociedad en la que están inmersas. La organización militar de la Edad Media era una parte integrante del mundo medieval y declinó cuando la estructura social se desintegró. Tanto espiritual como económicamente, el caballero presentaba unas características propias de su época. En una sociedad en la que Dios estaba considerado como la cabeza de la jerarquía y de donde emanaban todos los poderes, el significado religioso se extendía a toda actividad social. La tarea principal de la Caballería era proteger y defender a su pueblo; haciendo la guerra, el caballero servía a Dios. Al mismo tiempo, esos servicios militares estaban a disposición de su señor que, a su vez, tenía confiada por la Iglesia la supervisión y control de sus actividades. Además de los aspectos religiosos espirituales, el compromiso militar entre el vasallo y el señor tenía un aspecto legal y económico. El señor proporcionaba al caballero unas tierras, el feudo, y al aceptarlas, el caballero asumía la obligación de prestar servicio militar al señor en caso de guerra. Era un cambio de bienes por servicios que se ajustaba a la estructura agrícola y al sistema señorial de la Edad Media. El concepto religioso de la guerra como acto de hacer justicia, la restricción del servicio militar a la clase social de los caballeros que poseían tierras y sus criados, y un código legal-moral que actuaba como verdadero lazo de unión entre todas las fuerzas, eran los factores determinantes de la or-
ganización militar y de los métodos de la guerra de la Edad Media. Los ejércitos medievales se formaban sólo cuando había una necesidad, es decir, para una campaña definida y permanecían juntos mientras duraba aquella. El carácter temporal del servicio militar hacía muy difícil la adaptación de los soldados al nuevo medio, por lo que el mantenimiento de la disciplina era muy difícil de lograr, si no imposible. El objetivo principal de una batalla consistía, a menudo, en abatir a los jefes de los bandos respectivos, e incluso combatían únicamente los jefes entre sí, siendo definitivo para ambas partes el resultado del lance. Como la guerra representaba el sentimiento de un deber moral y religioso, había una fuerte inclinación a conducir la guerra y las batallas de acuerdo con reglas fijas y a un código establecido.
La organización militar era un producto típico del sistema social general de la Edad Media y cualquier cambio en los fundamentos de ese sistema tenía repercusiones inevitables en el campo militar. Cuando se produjo una rápida expansión de la economía de mercado, las bases de la agricultura medieval se derrumbaron y sus efectos sobre las instituciones militares fueron inmediatos. En el terreno militar, los que eran los protagonistas del nuevo desarrollo económico, las ciudades y los grandes comerciantes, podrían hacer uso de las nuevas oportunidades, es decir, aceptar pagar un dinero a cambio de unos servicios, o recibir un servicio de seguridad a cambio de recompensas en metálico y unos salarios. De esta manera, el nuevo señor debería pagar a aquellos que considerara más idóneos durante un período mayor mediante promesas de pagos regulares. O, por el contrario, aceptar dinero de aquellos que no deseaban cumplir con sus obligaciones militares. Con este tipo de acuerdos se conjugaba un ejército permanente y profesional con una libertad por parte del señor para no depender de sus vasallos. La transformación de un ejército feudal en un ejército profesional, de un estado feudal a otro burocrático y absolutista, fue lenta y alcanzó su máximo desarrollo en el siglo XVIII, aunque el verdadero espíritu caballeresco de los ejércitos feudales murió mucho antes. Hay una ilustración de este cambio en una balada del siglo XV que describe la vida en el ejército de Carlos el Temerario de Borgoña (2). En esa época, Borgoña era una reciente formación política y las demás potencias la consideraban como una advenediza. Por ello, Carlos el Temerario se esforzó en legitimar la existencia de su estado a través de la estricta observancia de las viejas tradiciones y costumbres, y llegó a tener el carisma de un rey al estilo del pasado romántico. Sin embargo, detrás de esa fachada caballeresca, toda la obra está dominada por un pensamiento, "¿cuando llegará el pagador de la soldada?"; la prosaica realidad del interés material se impone a la romántica hidalguía del caballero.
En los ejércitos de las mayores potencias (Aragón, Francia e Inglaterra) existían elementos antiguos y modernos, profesionales junto con reclutas eventuales. Sin embargo, debido al importante poderío económico de las ciudades italianas, se impuso la transformación hacia un ejército puramente profesional.
Desde el siglo XIV, Italia había sido la tierra "prometida" para los caballeros que veían en la guerra el único medio para hacer fortuna. Las compagnie di ventura estaban pagadas por los condottieri que ofrecían sus servicios a cualquier potencia que les pagara. Por lo que en Italia, ser soldado se convirtió en una profesión, al margen de cualquier otra actividad civil.
El nuevo sistema económico dio mayores oportunidades para reclutar ejércitos. Nuevos hombres, despojados de las tradiciones militares precedentes, entraban al servicio de las armas motivados únicamente por el dinero, y con ellos se empezaron a introducir nuevas armas y formas de lucha. Nuevas formaciones de arqueros e infantería aparecieron en Francia e Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años. La tendencia a crear nuevos métodos obtuvo su impulso definitivo al producirse la derrota de Carlos el Temerario a manos de los suizos a finales del siglo XV. En las batallas de Morat y Nancy (1476), los caballeros de Borgoña fueron incapaces de romper las escuadras de infantería de los suizos y fueron derrotados. La noticia causó sensación en toda Europa y como consecuencia, la infantería había ganado un puesto en la organización militar de la época.
La importancia de las armas de fuego no debe evaluarse sólo en el campo militar y es preciso contemplarla en el contexto de varios acontecimientos: primero, la naciente economía de mercado; en segundo lugar, los deseos del señor feudal de liberarse de su dependencia en los vasallos y establecer una fuerza permanente; y, por último, la tendencia a cambiar la organización militar medieval a la vista de la debilidad de los compromisos feudales.
Las armas de fuego y la artillería no fueron la causa de esos cambios sino que fueron un factor acelerador de esa evolución. Ante todo, fortalecieron la posición del señor respecto a sus vasallos al disponer de unas armas a las que, lógicamente, ellos no podían tener acceso. El empleo de la artillería en una campaña suponía una tarea compleja; eran necesarios muchos vehículos para transportar los pesados cañones y equipos, así como mecánicos y especialistas en el manejo de las armas. Todo ello suponía unos gastos desconocidos hasta entonces, y los que correspondían a la artillería eran muy superiores a todos los demás componentes que intervenían en una campaña (3). Sólo los más ricos podían permitirse la artillería. El principal efecto militar de la artillería fue favorecer a las grandes potencias contra los pequeños estados y focos locales de independencia. En la Edad Media, el señor se sentía relativamente inmune a los ataques enemigos mientras estaba en su castillo. Ello provocó el culto del arte de la fortificación (4). Los pequeños estados se protegían con fortalezas en sus líneas de frontera que los mantenían a salvo frente a fuerzas superiores. Con la aparición de la artillería, las fortificaciones pasaron a ser vulnerables y la tendencia militar del momento se centró en la ofensiva. Francesco di Giorgio Martini, arquitecto italiano del siglo XV, encargado de construir una serie de fortalezas para el Duque de Urbino, se quejaba en su tratado sobre arquitectura militar de que "el hombre que fuera capaz de resistir ante un ataque, sería más un dios que un ser humano" (5).
Los cambios en la composición de los ejércitos y de la técnica militar transformaron el espíritu de la organización militar (6). El código moral, las tradiciones y las costumbres de la época feudal no tenían significado para los nuevos hombres que formaban parte de los ejércitos. Aventureros y rufianes en busca de riqueza y pillaje, hombres que no tenían nada que perder y casi todo que ganar en la guerra, constituyeron el grueso de los ejércitos. Como resultado de una situación en que la guerra no era considerada como un deber religioso, el propósito del servicio militar pasó a ser puramente económico. Inmediatamente surgió el problema moral de si era pecado una profesión cuya finalidad era matar a otras personas. En las naciones más civilizadas de Europa, y por supuesto en Italia, la gente miraba con desprecio a los soldados.
II
Las circunstancias que rodearon la vida de Maquiavelo fueron un factor crucial para situarle en una posición desde la que pudiera darse cuenta de los cambios en las situaciones y de los problemas que se produjeron en su época.
Su carrera como escritor político comenzó cuando los Medici regresaron a Florencia en 1512, y le expulsaron de su cargo en la Cancillería, donde había servido a la República durante 14 años. Sus escritos reflejan todo lo que él había aprendido a través de su "larga experiencia en los asuntos de su época" (7). En realidad se trataba de una recopilación de los decretos, reglas y leyes, así como de sus observaciones de la escena política, realizadas a lo largo de su trabajo en la Cancillería florentina.
En las ciudades italianas del Renacimiento, los oficiales de las Cancillerías solían ser funcionarios fríos que se limitaban a llevar a cabo las medidas tomaas por el círculo en el poder. Maquiavelo fue una excepción; se convirtió en un personaje político importante en la República de Florencia entre 1498 y 1512. Guicciardini, cuando cayó Maquiavelo en desgracia y aceptó una ridicula misión en una orden franciscana, le escribió irónicamente: "en otros tiempos, vos negociabais con muchos reyes, duques y príncipes" (8).
Había muchos motivos por los que Maquiavelo había desempeñado una labor política importante hasta 1512. Su familia era de las más antiguas y respetadas, hasta el punto de que entre ellos había 12 Gonfalonieri y 66 altos magistrados. Nicolás Maquiavelo era descendiente de una rama ilegítima de la familia y por esa razón tenía vetado su acceso a la Magistratura y a los Consejos Reguladores, pero su nombre y su amistad con Nicolás de Alejandro Maquiavelo, uno de los líderes políticos, le permitió acceder a las cancillerías (9).
La razón principal de la importancia política de Maquiavelo fue su estrecha relación con Fiero Soderini, que ocupaba el cargo de Gonfaloniero en Florencia (10). El puesto de Gonfaloniero había sido creado en 1502 por un grupo de patricios florentinos que confiaban en que reduciría la influencia del Gran Consejo, donde la clase media tenía mayor poder. Pero Soderini no escuchó a los patricios porque consideraba que la labor de su cargo debía orientarse a mantener y estabilizar el régimen popular. Soderini favoreció a Maquiavelo y le encargó diversas tareas gubernamentales; consideraba que sería útil tener a su servicio un hombre que dependiese de él por completo en su lucha contra la aristocracia.
Además de esto, Maquiavelo tenía una personalidad relevante que le sirvió para extender sus actividades y responsabilidades más allá de las que le correspondían por su cargo. No existen retratos de Maquiavelo. Los dibujos y bustos que pretenden representarle, muestran a un hombre con rostro enigmático, inteligente y con sonrisa ambiciosa, pero son obras que corresponden a artistas del siglo XVI, cuando Maquiavelo se había convertido en la personificación de la amoralidad y el mal. Pero no sólo era la encarnación de la racionalidad y de la inteligencia; a menudo era emocional y en momentos de ira podía olvidar toda precaución. Le gustaba gastar bromas a los demás y a sí mismo. Fortalecer los lazos entre él y los hombres de estado de Florencia (Guicciardini, Filippo Strozzi, Francesco Vettori) fue una de sus obsesiones principales, hasta el punto de que llegó a ser imprescindible para esos hombres que estudiaban con sumo interés los análisis de Maquiavelo sobre los problemas y situaciones políticas del momento. Pero Maquiavelo les servía también en otras muchas funciones: podía encargarse de las negociaciones para las condiciones de las bodas de las hijas de su amigo Guicciardini, hasta organizar suntuosas comidas en honor de algún hombre de estado. Maquiavelo sabía muy bien que actuando a veces como maítre de plaisir podría mantener la amistad de los hombres poderosos. Maquiavelo estuvo profundamente inmerso en el mundo político, pero al mismo tiempo lo observaba desde una atalaya. Ninguno de sus contemporáneos había tenido la habilidad de combinar la agudeza y la perspectiva, moviéndose continuamente entre lo que era y lo que debería ser (11). Maquiavelo era consciente de la tensión que llevaba consigo la ambigüedad de su posición. En el prólogo de su obra Mandragola dice de su autor que "en toda Italia no reconoce a nadie superior a él, pero que se inclinaría ante cualquiera que llevara mejores vestidos" (12).
Una de las funciones de Maquiavelo en la Cancillería era la de Secretario del Consejo de los Diez que era un comité encargado de los asuntos militares y de la guerra (13). De esta manera, Maquiavelo entró en contacto con los problemas para la recuperación de Pisa, y la guerra contra esa ciudad fue una continua preocupación durante 10 años, hasta su rendición en 1509. En su primera misión gubernamental fuera de Florencia fue encargado de negociar el salario de un condottiero que exigía unas cantidades desorbitadas del gobierno de la ciudad. Poco después Maquiavelo se ocupó del caso de otro condottiero, AAAAA
Paolo Vitelli, que prestaba sus servicios a Florencia; las tropas de Vitelli habían tomado uno de los baluartes de Pisa, por lo que la ciudad esta-ba a su merced, pero dudó en ordenar a sus tropas el ataque final y se perdió la oportunidad de tomar la ciudad. Vitelli fue acusado de traición, encarcelado y finalmente decapitado. La mayor parte de este tipo de asuntos pasaba por las manos de Maquiavelo. Esto hizo que surgieran dudas sobre la utilidad de los servicios prestados por los condottieri en la mente de Maquiavelo cuando en un campamento florentino en las puertas de Pisa presenció el comportamiento de los gascones enviados por el Rey de Francia, aliado de Florencia, como promesa para reestablecer el reinado de ésta sobre Pisa; se negaban a avanzar contra la ciudad, se quejaban de la paga y de la comida, se amotinaban y desaparecían del campamento.
Una de las misiones más famosas y discutidas de Maquiavelo fue la que llevó a cabo con Cesar Borgia a finales de 1502. El estaba presente en Sinigaglia cuando César Borgia había persuadido a un cierto número de condottieri enemigos suyos para que se reunieran con él, y entonces ordenó a sus hombres que los mataran. La estupidez de aquellos
condottieri al caer tan fácilmente en la trampa de Borgia despertó definitivamente el
desprecio de Maquiavelo por ellos y por todo lo que representaban. Su falta de visión, indecisión y timidez le afectaron profundamente, sobre todo al compararlos con César Borgia que, al menos aparentemente, poseía todas las virtudes de un gran capitán: ambición, constancia, capacidad para el planeamiento detallado, decisión, prudencia, rapidez en la acción y, si era preciso, dureza. Aunque el sentimiento de Maquiavelo hacia César Borgia cambiaría con los años, la experiencia de Sinigaglia fue crucial para llegar al convencimiento de que era necesario un nuevo tipo de jefes militares.
La contribución más importante de Maquiavelo en cuanto a temas militares fue la redacción de la ley de diciembre de 1505, por la que se ordenaba la creación de una milicia florentina (14). Fue redactada por Maquiavelo, y la introducción ya anunciaba algunas de sus ideas favoritas: la base de una república es 'justicia y armas" y que la larga experiencia, los grandes gastos financieros y los peligros han demostrado que los ejércitos de mercenarios son de una utilidad dudosa. La ley, llamada la Ordinanza, preveía la formación de una milicia de 10.000 hombres comprendidos entre los 18 y 50 años, y que habrían de ser elegidos por un comité especial; además, los elegidos deberían vivir en los distritos rurales de Toscana, que pertenecía a Florencia. La milicia estaría dividida en compañías de 300 hombres cada una. La posibilidad de enrolarse estaba limitada a los distritos rurales ya que dar la posibilidad de acceder a las armas a los habitantes de las ciudades del territorio de Florencia hubiera facilitado que éstas se revelasen. Tampoco se esperaba que los ciudadanos de Florencia se sintieran persuadidos en aceptar los sacrificios del servicio militar, aunque Maquiavelo confiaba que en el futuro cambiaran de parecer.
Maquiavelo consideraba a la Ordinanza sólo como un comienzo. Trabajó, aunque sin éxito, para añadir unidades de caballería a las de infantería. Su objetivo final era un ejército compuesto por hombres de la ciudad de Florencia, del resto de las poblaciones de su territorio y de los distritos rurales, bajo un mando único.
La inseguridad de los condottieri y de los mercenarios era sólo una de las razones por las que Maquiavelo mostraba un apasionado interés por la creación de un ejército regular. Confiaba en que tendría consecuencias muy importantes para Florencia, tanto en su política exterior como la interior. Maquiavelo había aprendido en sus numerosas misiones diplomáticas que el depender de mercenarios o de tropas extranjeras limitaba la libertad de acción y originaba una dependencia respecto a otras potencias. Anteriormente, se había visto obligado a solicitar los servicios de condottieri y mercenarios a otros gobernadores italianos; en una misión en Francia, su tarea consistió en implorar al rey francés para que enviase sus tropas para ayudar a mantener la autoridad de Florencia en algunas zonas que se habían sublevado. Todo ello derivó en una marcada debilidad militar y los peligros que acarreó fueron particularmente importantes en las primeras décadas del siglo XVI. La caída del poder italiano debido a la invasión francesa en 1494, seguido del alzamiento de César Borgia apoyado por el Papa y el rey francés, trajeron consigo una situación inestable en la que todas las potencias mayores se veían tentadas a absorber a sus vecinos mediante el empleo de la fuerza. En su primer escrito político, Maquiavelo establece que un estado sólo tiene dos caminos para alcanzar sus objetivos: "o por la fuerza o por el amor" (15), e inmediatamente explica que las negociaciones y los acuerdos (que es lo que él entendía por "amor") nunca conducirían a esos objetivos; los gobiernos, por tanto, deben basarse en la fuerza.
Maquiavelo sabía demasiado bien que el contratar los servicios de un condot-tiero, la determinación de su salario y los cálculos sobre el número de tropas necesarias para una determinada operación militar, aumentaban siempre la tensión interna. Las cantidades necesarias para satisfacer esos gastos se conseguían principalmente por medio de préstamos e impuestos a los ciudadanos más ricos; por ello, las clases sociales más altas estaban interesadas en que esos gastos se redujeran al mínimo. En un escrito al Gonfaloniero, Maquiavelo se quejaba amargamente de que los ciudadanos acaudalados ponían las máximas dificultades en lugar de hacer ciertos sacrificios (16). En la Ordinanza, Maquiavelo dio énfasis a los aspectos financieros. Estableció que el aparato administrativo debería asegurar el pago regular a los soldados, ya que éstos sólo necesitaban unas pocas horas al mes de entrenamiento y si no recibirían su salario únicamente durante el tiempo de guerra, que es cuando tendrían que ausentarse de sus hogares; de esta manera, los gastos previstos por la Ordinanza no serían excesivos y se podría atender a ellos mediante impuestos regulares. El resultado concreto sería una disminución del poder de las élites adineradas, hostiles a Soderini, y evitar la influencia extranjera en la política exterior. Con las armas en poder del pueblo, la influencia de las clases ricas disminuiría y el régimen popular se estabilizaría.
Maquiavelo mostró un enorme interés en la formación de la milicia. En algunos distritos, él mismo seleccionó a los hombres. Organizó una parada militar en la Plaza de la Signoria en Florencia e incluso estuvo al mando de varias compañías durante la guerra para conquistar Pisa, a finales del sitio. La rendición de la ciudad fue la confirmación de que sus ideas militares eran correctas. Incluso tras el regreso de los Médici, después de la desastrosa derrota de la milicia frente a Prato, sus convicciones se mantuvieron firmes.
En su obra Historia de Florencia hizo particular hincapié al descubrir las batallas libradas por los condottieri en territorio italiano durante el siglo XV. En 1423, en la batalla de Zagonara, una victoria "renombrada en toda Italia donde nadie resultó muerto excepto Lodovico degli Obizzi, porque junto con dos de sus hombres, se cayó de su caballo y se ahogó en el barro". En la batalla de Anghiari que "duró desde la hora 20 hasta la 24, sólo un hombre resultó muerto, y no fue herido ni matado por un valiente, sino que cayó de su caballo y fue pisoteado hasta morir". Esta presentación grotesca de la labor de los condottieri no era, naturalmente, exacta; algunos fueron soldados competentes, valientes y con un fuerte sentido del honor y de la reputación (17). Pero Maquiavelo no'ípretendía dar un relato real y objetivo. Durante su cargo se libraron tres batallas que causaron admiración y temor en toda Italia: la de Cerignola, donde las tropas de Gonzalo de Córdoba arrasaron magistralmente a los franceses expulsándoles de Ñapóles; la victoria francesa de Agnadello, donde el desacuerdo entre sus condottieri costó a los venecianos la invasión de la ciudad; y Ravena, donde Gastón de Foix trajo la victoria de los franceses sobre las tropas españolas y papales, siendo la batalla más sangrienta de todo el siglo. Lo que Maquiavelo pretendía poner en evidencia ante sus compatriotas es que una nueva forma de hacer la guerra había comenzado.
III
En El Príncipe, Maquiavelo prometía fama a un nuevo legislador siempre que introdujera nuevas leyes sobre la guerra; el lector no puede dudar que Maquiavelo era el hombre que conocía todas estas reglas. Además, escribió un libro titulado El Arte de la Guerra en el que pretendió presentar toda una nueva doctrina revolucionaria. Pero cualquiera que lea el libro se sentirá a veces desorientado al comprobar que no hay nada de "nueva" teoría en él. El problema está en la acepción de la palabra "nueva". Para nosotros, el futuro debe ser mejor que el pasado y el presente; "nuevo" significa lo opuesto a "viejo". Pero en aquella época y antes de que la idea de progreso entrara en las mentes de los europeos, lo nuevo representaba el declinar desde una situación álgida que se había dado en el pasado. El ideal para los humanistas del Renacimiento era que el mundo perfecto había existido en los tiempos clásicos.
Maquiavelo era un hombre educado humanísticamente; creía profundamente que Roma había demostrado la posibilidad de que una ciudad-república alcanzara la conquista del mundo y, además, representaba para él el ideal de república. Un ejemplo característico de su profunda creencia en todo el sistema creado por Roma fue un memorándum que escribió como Secretario del Consejo de los Diez en respuesta a la pregunta de cómo debería ser tratado el pueblo de Arezzo que se había sublevado, una vez que fuera sometido de nuevo a la ley florentina. El memorándum comenzaba con una explicación según Livy de lo que Lucio Furio Gamillo había hecho cuando el pueblo de Latium se rebeló (18).
Las "nuevas" leyes de la guerra que Maquiavelo quería introducir en Italia eran las "viejas" leyes de las milicias romanas. Sin embargo, hay que tener presente que no pretendía una reconstrucción exacta y total de esas leyes, sino sólo aplicar aquellas que tenían vigencia en el presente. La idea de Maquiavelo sobre Roma era utópica y sólo se quedaba en cada momento con lo que le interesaba para conformar la idea que tenía en su mente. Como consecuencia de los profundos estudios que tuvo que realizar y del gran esfuerzo que suponía el intentar descubrir una regla general detrás de cada suceso o acción en particular, logró penetrar en los secretos del arte de la guerra y del orden militar.
El Arte de la Guerra fue el único libro publicado durante su vida. Escribió este libro
pensando en que produciría en el público de la época un fuerte impacto. De alguna manera marcó la literatura y los métodos didácticos de su tiempo (19). En el libro, las ideas están presentadas en forma de diálogos entre patricios florentinos y el condottiero Fabrizio Colonna (20). La organización de los ejércitos romanos y sus métodos de hacer la guerra se describen basándose en fuentes antiguas, especialmente de Vegetius, Frontinus y Polybius, de cuyas obras traduce largos pasajes ocasionalmente (21). Según el
condottiero de la obra, los soldados romanos eran seleccionados cuidadosamente entre los
jóvenes que procedían de las zonas rurales. El Ejército Romano era relativamente reducido, siendo su infantería la base; el valor de la caballería en una batalla era muy limitado, aunque se utilizaba en misiones de reconocimiento y para impedir que llegasen suministros al enemigo. El énfasis que Maquiavelo da a la infantería como alma de los ejércitos, lleva implícita la crítica y el rechazo hacia los condottieri, cuyo grueso estaba formado por caballería pesada; es más, debido a que la Ordinanza había demostrado que las ciudades italianas podían organizar una milicia, la imitación del ejemplo romano era totalmente posible. Para Maquiavelo la posibilidad de resucitar el sistema militar romano justificaba una descripción detallada del comportamiento del ejército romano. Describió las distintas unidades en las que se dividía el ejército, la cadena de mando, su actuación durante la batalla y en sus operaciones, la selección de campamentos y el ataque y defensa de las fortificaciones. Sus descripciones precisas sobre el comportamiento romano junto con la admiración renacentista por todo lo procedente del mundo clásico ayudaron a atraer el interés de sus lectores del siglo XVI.
Pero para el estudiante actual de Maquiavelo, El Arte de la Guerra no es su mejor obra. Para la implantación total del sistema militar romano en los tiempos de Maquiavelo había un serio inconveniente: la invención de la artillería, que con sus nuevas posibilidades, parecía que los métodos romanos estaban obsoletos. En el libro apenas se aborda este tema ya que se trata con detalle en otros sitios (hace alusión al capítulo 17 del segundo libro de Maquiavelo, Discursos).
Fabrizio responde a esa objeción diciendo que la artillería no era precisa. Era lenta y difícil de mover: en una batalla, la decisión la da el combate cara a cara y entonces no hay espacio para que actué la artillería. Para finalizar su argumento, Fabrizio sostiene que "la artillería tiene un mayor uso para el atacante que para el defensor y como las milicias romanas tenían una gran capacidad de ataque, la artillería podría haberse utilizado para reforzar los métodos romanos de hacer la guerra en lugar de invalidarlos" (22).
Pero esta discusión, o más correctamente, el rechazo al efecto revolucionario de la invención de la pólvora, hacía que según Maquiavelo, el mundo moderno siguiera estando totalmente inmerso en lo que constituía su ideal, es decir, Roma. Maquiavelo afirmaba que el objetivo de la guerra debía ser enfrentarse a un enemigo en el campo de batalla y derrotarle allí; este era el único camino de "llegar a una solución adecuada" (23). El
Arte de la Guerra de Maquiavelo está dividido en siete libros y una buena parte del tercero
está dedicado a explicar la destrucción producida durante una batalla imaginaria. Esta batalla está situada en el presente y es narrada por un testigo. "No oyes nuestra artillería... Mira con qué ímpetu cargan nuestros hombres. Ve como nuestro general da ánimos a sus hombres y les asegura la victoria... Contempla los estragos que producen nuestros hombres en el enemigo. ¡Qué carnicería! ¡Cuántos hombres heridos! Comienzan a huir. La batalla ha finalizado; hemos logrado una gloriosa victoria" (24). Aunque el resto de El Arte de la
Guerra está orientado a los aspectos técnicos de la organización militar (armamento,
orden de marcha, línea de mando, fortificaciones), la sección dedicada a la batalla se centra en las cualidades humanas que son necesarias para la guerra: coraje, obediencia, entusiasmo y arrojo.
En el prefacio del libro se refiere a los dirigentes de la antigüedad en el sentido de que se preocupaban de inspirar a todos sus hombres, y particularmente a los soldados, la fidelidad, el amor a la paz y el temor a Dios. "¿Quién puede amar más la paz que los soldados, cuyas vidas están en peligro durante la guerra?" (25). Los lectores de El Príncipe y
Los Discursos dudarán que frases como la anterior reflejen el verdadero sentimiento de
Maquiavelo. Esos dos libros tratan de las reglas y del comportamiento político en general y no sobre organización militar y guerra; sin embargo, cuando se quiere profundizar en las ideas que Maquiavelo tenía sobre la guerra, es preciso estudiarlas. En ambos libros no existe nada sobre la conveniencia de la paz, sino que la guerra consiste en una fuerza grandiosa, terrorífica e irremediable.
En ellos el mundo aparece en continuo cambio. Maquiavelo no comparte la creencia general de su época de que el hombre está por completo en manos del destino, sino que él creía que ese hombre debe conocer la fuerza del destino para tratar de dominarlo; "sólo cuando los pueblos y los estados sean fuertes podrán resistirse al destino y éste aparecerá como un simple juguete en sus manos". La guerra es la actividad más importante de la vida política.
Las guerras deben acabarse lo más rápidamente posible, pero siempre que se alcance un resultado definitivo: la derrota total del enemigo. Las guerras deben ser cortas y decisivas (26). Sin embargo, las decisiones precipitadas sólo deben tomarse en una batalla. Puesto que todo depende del resultado de la batalla, es preciso hacer todo aquello que asegure la victoria; por ello, hay que utilizar todas las fuerzas, incluso cuando el enemigo parezca inferior. El momento y lugar para llevar a cabo la batalla es una decisión crucial para toda la campaña militar, por lo que debe ser planeada y coordinada concienzudamente. El mando debe estar en manos de un solo hombre. Si el estado es una monarquía, el propio rey debe ostentar el mando supremo. En el caso de las repúblicas, en tiempo de guerra deben confiar su ejército a un comandante con autoridad ilimitada; por eso, "los romanos dejaban todos los detalles de una campaña en manos de un cónsul" (27).
Maquiavelo reconocía que una guerra corta y decisiva como él deseaba precisaba contar con una actitud apasionada de los soldados y, por tanto, sería una guerra feroz. Para Maquiavelo la brutalidad inherente a la guerra tenía sus peligros pero también sus ventajas. Los peligros consistían en que las grandes masas de soldados, en el ardor de la batalla, no quisieran obedecer las órdenes de sus jefes y sólo pensaran en su propia salvación. En ese caso los ejércitos se desintegrarían. La importancia de la disciplina y del entrenamiento es recalcada una y otra vez en los dos libros. El éxito militar depende del orden y de la disciplina. El valor no es suficiente. Maquiavelo observó con admiración que las ciudades alemanas tenían "gran estima por los ejercicios militares y todos ellos estaban perfectamente reglamentados" (28). El entrenamiento no se puede considerar completo nunca. Todo líder debe tener en mente la necesidad del entrenamiento, tanto en paz como en guerra. Pero incluso los vínculos que crea el entrenamiento y la disciplina no pueden garantizar la obediencia, por lo que es preciso que exista también miedo a sufrir severos castigos. La severidad y dureza son necesarios para mantener al cuerpo político unido (29). "A un príncipe no debe preocuparle que lo acusen de cruel si su propósito es mantener a sus subditos unidos y esperanzados"; "resulta mucho más seguro ser temido que amado". Según Maquiavelo, esta regla general de política es particularmente apropiada para el comandante de un ejército. La crueldad inhumana de Aníbal era necesaria para mantener la unidad de sus fuerzas, "compuestas por hombres de todas las razas y luchando en países extranjeros"; los historiadores que consideran a Aníbal como a un héroe, pero que le acusan por su crueldad, son unos insensatos; su crueldad era la causa principal de sus éxitos.
Sin embargo, la coerción necesita complementarse con medidas de carácter muy diverso. Se deben crear lazos espirituales entre los soldados de un ejército que inspiren acciones heroicas. Tales lazos serán más fuertes si se producen por necesidad; incluso cuando la situación no sea desesperada, el jefe debe exagerar advirtiendo que los peligros de la derrota son grandes, para que los soldados combatan con el coraje de la desesperación. Para aumentar aún más el valor y el entusiasmo hay que orientar la situación hacia una obligación moral. El servicio en la guerra debe considerarse como el cumplimiento de un deber religioso (30). Maquiavelo creía que en el mundo antiguo, la pompa de las ceremonias religiosas, intoxicaban a los hombres con fanatismo belicoso. La religión cristiana ha creado dificultades para el desarrollo de las virtudes gue-rreras porque "identifica la felicidad suprema con la humildad y con el desprecio por las cosas mundanas"; esto ha hecho a los hombres débiles. Sin embargo, aunque existía en el mundo antiguo no puede repetirse, la religión cristiana es compatible con el amor a la patria y el sacrificio de la vida por ella se puede comparar con el martirio de los santos. En el pensamiento de Maquiavelo apelar al patriotismo debería ser uno de los resortes más importantes para inspirar en un ejército los actos heroicos.
Por otra parte, el entusiasmo patriótico sólo se puede esperar de un ejército cuando está compuesto por hombres que luchan por su propio país. La tesis más importante de Maquiavelo, puesta de relieve en todos sus escritos, es que un ejército debe estar compuesto por nativos del estado que tienen que defender. "La actual desgracia de Italia es el resultado de haber depositado toda la confianza en los mercenarios" (31). "Están desarraigados, son ambiciosos, sin disciplina, desleales, fanfarrones con los amigos y cobardes con los enemigos; no tienen temor a Dios, ni lealtad a los hombres". Los requisitos básicos para ganar una guerra son confianza y disciplina, y ambos "sólo pueden existir cuando las tropas son nativas del país donde tienen que luchar y han vivido juntos durante un tiempo". El primer paso importante en la reforma militar que Maquiavelo deseaba era que el estado formase un ejército compuesto por sus propios ciudadanos (32).
Maquiavelo estaba convencido de que los ciudadanos estarían dispuestos a combatir y morir por su país siempre que estuvieran satisfechos en la sociedad en la que viven. "Hay una gran diferencia entre un ejército que está contento y combate por su propia reputación y otro con la moral baja y que tiene que combatir para defender los intereses de otros". Las tesis sobre la estrecha relación entre las instituciones políticas y militares es la más importante de Maquiavelo, y también su argumento más revolucionario (33). En El Príncipe, escribió que "debe haber buenas leyes donde hay buenos ejércitos, y donde hay buenos ejércitos debe haber buenas leyes" ( 34 ); y al final de Los Discursos dio su punto de vista sobre la interdependencia de
la organización militar y la política, en sus más categóricos términos: "Aunque siempre he mantenido que el fundamento de un estado es poseer una buena organización militar, me parece conveniente insistir aquí que, sin tal organización, un estado no puede tener buenas leyes, ni nada bueno" (35).
IV
El Arte de la Guerra tuvo una gran éxito; durante el siglo XVI se hicieron 21 ediciones y
se tradujo al francés, alemán, inglés y latín (36). El mérito de Maquiavelo en este libro fue que se adelantó a su tiempo (37), e incluso en el siglo XVII, cuando los métodos militares cambiaron profundamente, a menudo eran utilizadas frase suyas por los estudiosos de la época (38). Al igual que a muchas personas interesadas en asuntos militares, Jefferson tenía un ejemplar de El Arte de la Guerra de Maquiavelo en su biblioteca (39) y cuando a partir de la guerra de 1812 aumentó el interés americano por los problemas de la guerra, este libro mereció una edición especial en Estados Unidos (40).
El interés por Maquiavelo como pensador militar no es debido sólo a la fama de su nombre; algunas de las recomendaciones que hacía en El Arte de la guerra (entrenamiento y disciplina entre otras) adquirieron toda su importancia en la práctica cuando en Europa los ejércitos empezaron a estar compuestos por profesionales procedentes de los más diferentes estratos sociales. Desde luego, el progreso del arte militar durante el siglo XVI no fue debido a la influencia de Maquiavelo, pero sí contribuyó de forma decisiva a dar a conocer la organización militar de Roma como un modelo válido para los ejércitos de su época.
Por otra parte, es preciso admitir que Maquiavelo se equivocó en sus juicios sobre lo que era posible en su tiempo. En el pasado, y a veces incluso hoy día, Maquiavelo ha tenido un puesto destacado en el desarrollo del pensamiento militar por su defensa del ejército de reclutamiento; en ese sentido, su forma de pensar era absolutamente visceral. Aunque achacar a las ideas militares de Maquiavelo un carácter profético podría agradar a sus estudiosos y admiradores, se podría incurrir en error si se le atribuyera demasiada importancia a su defensa del ejército de reclutamiento. En realidad, su idea se limitaba a las milicias de las ciudades-estado y se basaba en el modelo antiguo de las ciudades repúblicas, pero con ciertas demandas que imponía el estado territorial de su tiempo. Sin embargo, al menos en los dos o tres siglos siguientes a Maquiavelo, la realidad ha demostrado que los ejércitos han estado formados por aquellos soldados que él despreciaba y ridiculizaba: los mercenarios, los profesionales.
Un factor al que Maquiavelo no dio la importancia que posteriormente iba a tener fue la dotación de los soldados con armas de fuego y el papel fundamental de la artillería. El resultado de esta nueva dimensión fue que el personal especializado y los
destacamentos militares permanentes formaron el alma necesaria de un ejército. Los gastos, particularmente los debidos a la artillería, aumentaron. Aunque Maquiavelo había previsto las necesidades financieras de una organización militar, no consideró en su verdadera dimensión los gastos provocados por los fusiles, los cañones y todo el equipo auxiliar necesario. A partir de entonces, sólo las naciones más poderosas podrían tener un ejército moderno y, de esa manera, los vecinos más pequeños estarían bajo su control. El absolutismo debía apoyarse en ejércitos permanentes y bien equipados.
La influencia del pensamiento militar de Maquiavelo fue más allá de la esfera técnico-militar. Si por una parte, su visión del carácter ejemplar de la organización militar romana le había hecho cometer el error de no dar importancia al impacto de las nuevas armas y la influencia de la economía en todos los temas militares, por otra, su admiración por Roma fue decisiva para hacerle comprender el papel de la guerra en los tiempos modernos. Durante la Edad Media, la conducción de la guerra había sido función de una determinada clase social y se había conducido con arreglo a sus propias normas y a un código del honor. La primera y crucial lección que Maquiavelo obtuvo de sus estudios del mundo antiguo fue que la defensa de un estado no era una tarea de un grupo de privi-legiados sino que concernía a todos los que viven en esa sociedad.
El estudio de los historiadores romanos ayudó a Maquiavelo a comprender el sistema internacional de su época. Los estados crecían rápidamente y se expandían; estaban permanentemente en guerra, intentando aumentar su poder y sus territorios, o luchando por su existencia, defendiéndose de otros que intentaban subyugarlos. Maquiavelo fue uno de los primeros hombres que comprendieron la competitividad natural del sistema estatal moderno. Un admirador suyo, Federico II de Prusia, escribió: "Engrandecerse es el principio permanente de la política de un estado. La existencia de un estado depende de su capacidad para la guerra".
Como la vida de un estado depende de la eficacia de su ejército, las instituciones políticas deben estar organizadas de tal manera que creen unas condiciones favorables para el funcionamiento de la organización militar. Esta es una de las tesis que impregna todo el pensamiento de Maquiavelo. Otra de sus constantes es que el objetivo de una guerra es someter al enemigo a la voluntad propia; una campaña militar debe ser una operación planeada por un mando único, culminando en una batalla decisiva. Cuáles serán los medios apropiados para llevar a cabo este objetivo dependerá de las circunstancias particulares bajo las que se conduce una campaña.
La idea de Maquiavelo sobre la naturaleza de la guerra y el papel de la organización militar en la estructura de la sociedad es el fundamento de su pensamiento militar; estos temas no están limitados a un período histórico particular. Así, cuando Napoleón accedió al poder a raíz de la Revolución Francesa, y la organización militar y las formas de hacer la guerra sufrierongrandes cambios, las ideas de Maquiavelo al respecto permanecían con toda su vitalidad.