Montecuccoli y la
"Revolución Militar" del
siglo XVII
Al principio de la Era Moderna se produjo en Europa lo que se ha dado en llamar la "revolución militar". Aunque no hay acuerdo entre los estudiosos del tema acerca del momento exacto de este acontecimiento, tradicionalmente se considera al ejército de Carlos VIII, que tomó Italia en 1496, como el primer ejército moderno, ya que "su composición era muy parecida a la de los ejércitos napoleónicos, así como su forma de actuar en el campo de batalla" (1). Por otra parte, mientras hay acuerdo en que muchos de los elementos de esa revolución militar, tales como la creación de la infantería, el empleo masivo de las armas de fuego y la rápida evolución de las fortificaciones para contrarrestar a la nueva artillería, existían ya a finales del siglo XV, algunos historiadores sostienen que el componente más importante de esta revolución fue la creación de los ejércitos profesionales permanentes, que tuvo lugar más tarde, entre 1560 y 1660 (2).
Antes de este período, la guerra en Europa era cada vez más estática e indecisa. Tácticamente, la combinación del fuego de las armas y la rapidez de maniobra habían desaparecido para dar paso a las grandes formaciones de mosqueteros y soldados con picas. Aunque estas formaciones obligaron a la caballería a abandonar sus tradicionales cargas contra ellas, la profundidad de esas unidades de infantería, que a menudo constaban de doce o más líneas de hombres, impedía la acción ofensiva. A la pesadez táctica había que añadir los factores logísticos y estratégicos. Pocas zonas eran capaces de sostener a un ejército durante períodos prolongados, por lo que las tropas dependían de puntos fijos para su aprovisionamiento; estos puntos eran generalmente almacenes situados en las fortalezas. Pero esos puntos vitales, con sus grandes edificaciones se vieron, de repente, vulnerables ante la artillería enemiga. No obstante, era necesario establecer formalmente el sitio a la fortaleza o ciudad, lo cual suponía un proceso lento al tener que utilizar artillería pesada, una gran cantidad de munición y aprovisionamientos de todo tipo. Frecuentemente las campañas se resolvían con los sitios, considerados más importantes que las propias batallas, por lo que cada vez eran más numerosos. En este estado de cosas "el arte de la guerra estaba estrictamente sometido a la inmovilidad, con una pérdida casi total de la concepción estratégica como forma de contemplar la acción militar" (3).
Sin embargo, el cambio posterior que hemos denominado "revolución militar" no se produjo como consecuencia de los tremendos problemas logísticos que planteaba la guerra de sitios. Quizás el mayor obstáculo que se presentó para la conducción de las operaciones militares hay que buscarlo en las características sociales de la mayoría de los ejércitos. Aunque durante el siglo XVI existían ya algunas unidades permanentes, eran una minoría respecto al conjunto del ejército que una nación necesitaba en caso de guerra, por lo que era necesario complementarlas. Aunque algunos países mantenían aún reliquias de las instituciones medievales, como el servicio de los caballeros feudales y cierto tipo de milicias, eran muy poco eficaces y la mayor parte de su ejército estaba compuesta por mercenarios (4). Estos eran competentes en el combate, pero al mismo tiempo mostraban muchas reticencias con sus patronos e incluso resultaban peligrosos. Si no se les pagaba puntualmente o no disponían de los suministros que necesitaban, podían amotinarse o desertar, paralizando las operaciones (5). La superioridad de la defensa frente al ataque, la creación de nuevas fortificaciones menos vulnerables al ataque de la artillería y el carácter eminentemente mercenario de las tropas, da explicación al por qué la guerra en Europa había llegado a ser tan estática y a tener un carácter tan indeciso.
El problema de cómo organizar un ejército efectivo, capaz de ser un instrumento al servicio de la política del Estado, fue reconocido a finales del siglo XV, y el nuevo interés por la civilización clásica produjo un impacto distinto en la teoría y en la práctica militar. El estudio de los métodos militares de Roma se convirtió en una fuente de inspiración para los reformadores y El Arte de la Guerra de Maquiavelo es el más importante de una larga lista de tratados en los que se descubrían las virtudes del sistema militar greco-romano y recomendaba volver a él. Aunque a veces eran menospreciados, estos "neoclasicistas" contaban con algunos soldados de relevancia como Lazarus von Schwendi y el Capitán La Noue, a pesar de que algunas de sus sugerencias sobre el armamento y las tácticas eran a menudo inviables. No obstante, Maquiavelo y otros humanistas coincidían en su idea central de la necesidad de la disciplina y de que la sociedad tenía una obligación militar. Haciendo los primeros ensayos en Florencia, muchos de estos escritores estaban convencidos de que las tropas nativas eran superiores y más fiables que los mercenarios. A pesar de todo, los dirigentes de la época dudaban acerca de la conveniencia de armar a sus vasallos y, quizá lo que era más importante, creían que sólo los mercenarios expertos podían manejar las complicadas armas de la época y llevar a cabo con exactitud las tác- ticas. Tanto en la Europa occidental como en la central el rendimiento de las tropas que estaban en régimen de dedicación parcial dejaba mucho que desear. Lentos y torpes para evolucionar en el campo de batalla, fueron utilizadas principalmente para la defensa de las ciudades, pero resultaron inadecuadas para operaciones complejas y prolongadas (6).
El énfasis de Maquiavelo en la disciplina, basada en una cadena de mando jerarquizada, en los destinos de carácter funcional y en la competencia militar alcanzada por el entrena-
mientoconstante, todo ello implícito en su defensa de la legión romana, tuvo una considerable influencia en el surgimiento de las fuerzas controladas y también eficaces en combate en la Guerra de los Ochenta Años en los Países Bajos. La oligarquía dirigente holandesa hizo que sus comandantes, los Príncipes de la casa de Orange-Nassau, adoptaran la nueva organización del ejército. Como otros soldados cultos de la época, los Príncipes de Orange habían tenido contacto con los textos militares antiguos, pero también estaban interesados en obtener el mayor beneficio posible de la combinación de mosquetes y picas que exigían un nuevo grado de control de la situación, combinado con un nuevo estilo de liderazgo durante el combate y mucho más entrenamiento. Para lograr la mayor capacidad de fuego y movilidad, la infantería ya no podía desplegarse en grandes formaciones, sino que debía disgregarse en pequeñas unidades, lo que exigía de los oficiales y de los propios soldados un mayor grado de iniciativa y formación táctica, para mantenerse al mismo tiempo en el marco del plan general de la batalla. Una imitación puramente mecánica del modelo romano no era suficiente; debía ser complementada por una nueva ética militar, diferente del coraje individual temerario de los caballeros feudales y de la típica actitud egoísta que propiciaba el enriquecimiento personal de los mercenarios. Al resolver estos problemas, los reformadores de Orange crearon un nuevo tipo de soldado profesional y de líder en el combate, que combinaba una experiencia militar con ciertos valores sociales y espirituales.
Uno de los grandes artífices de esta reforma fue Justus Lipsius, un filósofo neoestoico, historiador y filólogo de la Universidad de Leiden entre 1571 y 1591, quien ejerció una influencia directa en Mauricio de Nassau. En sus escritos, Lipsius, admirador de Maquiavelo, al que equiparaba con Platón y Aristóteles, hizo hincapié en las doctrinas de la obediencia, lealtad y servicio al estado. Su Politicorum libri six, publicado en 1589 y del cual dio una copia a Mauricio, está considerado como la base intelectual de las reformas holandesas. Según Lipsius, la guerra no era un acto de violencia incontrolada, sino una aplicación ordenada de la fuerza, dirigida por una autoridad competente y legítima, en interés del estado. Su oficial ideal no estaba motivado por el deseo de gloria individual, sino que debía estar enseñado tanto para mandar como para obedecer, así como para considerar su misión como un servicio a la comunidad. Paciente y sobrio, sin rastro de sucia violencia en su comportamiento, ese oficial no sólo debía ser un ejemplo para sus hombres, sino también su instructor para hacer de ellos unos combatientes eficaces y disciplinados. En opinión de Lipsius, estas cualidades habían sido los factores principales que permitieron a los ciudadanos-soldados romanos vencer a enemigos numéricamente superiores, pero menos disciplinados (7).
La disciplina se convirtió en el elemento clave y, aunque debido a ciertas cir- cunstancias, los reformadores orangistas se vieron obligados a descartar la idea de un ejército de ciudadanos en favor de una fuerza mercenaria profesional, mantuvieron el énfasis en la disciplina, inculcada por oficiales profesionales, la instrucción y el entrenamiento. Esto fue suficiente
fue suficiente para transformar las relaciones entre los soldados y el estado, así como para aumentar considerablemente la potencia del ejército holandés. Max Weber afirmó que "era la disciplina y no la pólvora la responsable de la transformación... la pólvora y todas las técnicas de guerra adquirieron significado solamente a partir del momento en que comenzó a haber disciplina" (8).
La dimensión social y moral, más que la tecnología, fueron las que proporcionaron los parámetros fundamentales para el nuevo estamento militar en los comienzos de la nueva era, y los métodos puestos en práctica por Mauricio y sus primos se convirtieron, unos años después, en una normativa estándar para todos los ejércitos europeos. Aunque si se las comparaba con el ideal establecido por Lipsius, las fuerzas profesionales existentes en general en Europa, tenían graves deficiencias respecto a los mercenarios del período anterior, resultaban ser un instrumento razonablemente eficaz al servicio de la política del estado, respondiendo con la obediencia debida a las órdenes emanadas por una cadena de mando político-militar perfectamente definida.
Estos acontecimientos tuvieron una influencia sustancial en la estrategia y en la táctica. Aunque ambas continuaron adoleciendo de unas comunicaciones muy pobres y de un ambiente dominado por la existencia de numerosas fortalezas, así como que la división entre la estrategia y la táctica, siguió siendo poco nítida hasta finales del siglo XVIII, la disciplina imperante en los ejércitos permitió a los comandantes planificar y llevar a cabo operaciones de gran envergadura. Tanto Gustavo Adolfo como Montecuccoli eran "discípulos de los reformadores holandeses", especialmente por su convicción de que unas tropas bien organizadas era un requisito básico de la guerra moderna (9). A pesar de todo, es preciso tener en cuenta que la evolución de los ejércitos permanentes europeos tuvo lugar a partir de dos líneas de desarrollo independientes. Sin duda, el modelo holandés fue el más extendido, pero también existió el modelo "imperial" que se originó durante las largas guerras contra los turcos. En el Sacro Imperio Romano, humanistas como Aventinus y comandantes como Fronsper-ger y Schwendi, admiraron la organización militar del Imperio Otomano e insistieron en la adopción de un sistema similar (10). Montecuccoli mezcló a menudo en sus escritos la experiencia en combate de los suecos y los turcos, lo que se convirtió en el primer intento de los tiempos modernos de analizar el fenómeno de la guerra en todas sus dimensiones: estrategia, táctica, administrativa, política y social. Fue de esta forma como se transmitió la herencia de los holandeses, suecos y austríacos a Eugene, Marlborough, Federico el Grande y poste- riormente a la época de la Revolución Francesa. Scharnhorst, asesor de Clause-witz, sentía una gran admiración por Montecuccoli y le consideraba como una guía imprescindible para el análisis de la naturaleza de la guerra (11).
Entonces, si el término "revolución militar" significa más que una adopción de nuevas armas y formaciones tácticas y está diseñada para abarcar un cambio fundamental en la
naturaleza de los ejércitos y de la guerra, éste tuvo lugar a partir de 1560, en la era de Mauricio, Gustavo Adolfo y Montecuccoli. Fue entonces cuando los ejércitos modernos, fundados en los principios de la subordinación jerárquica, la disciplina y la obligación social, se configuraron en la forma que tienen actualmente. Esta transformación, debida en gran parte a los esfuerzos, prácticas y teorías de estos tres comandantes, constituyó una verdadera "revolución militar".
I
El nombre de Mauricio de Nassau, el segundo hijo de Guillermo el Taciturno, está asociado con la organización del ejército profesional holandés. Aunque se distinguió por sus conocimientos como administrador táctico y su maestría en la guerra de sitios, nunca se le consideró como un gran estratega. Extremadamente cauteloso, evitaba que su ejército corriera ningún riesgo y en veinte años sólo luchó en una batalla importante. Logró su objetivo estratégico, que era asegurar la independencia de los Países Bajos Unidos, pero su cautela le situaba a veces en desventaja frente a adversarios más combativos y menos metódicos (12). Aún así, su éxito en transformar a un grupo de mercenarios y de milicias temporales fue suficiente para situarle en un lugar de honor en cuanto a la evolución de la guerra moderna.
En las reformas militares que llevó a cabo entre 1589 y 1609 contó con la colaboración de personas importantes; para los temas relacionados con las finanzas tuvo el apoyo de Johan van Oldenbaarneveldt, fiscal general de Holanda y durante tres décadas la persona más influyente en los Estados Generales, que era la asamblea de las siete provincias que formaban los Países Bajos Unidos. En el terreno táctico y administrativo fue asistido por dos primos suyos, William Louis y Johann de Nassau-Siegen (13). Finalmente, en todo lo que se refería a tecnología militar y su aplicación a la guerra de sitios, contó con la ayuda de Simón Stevin, su tutor en matemáticas y estudios militares, que llegó a ser Ingeniero Jefe del Ejército, dirigió la mayoría de los sitios y ayudó a establecer el cuerpo de ingenieros militares (14).
La estrategia que seguía Mauricio de Nassau junto con su excesiva prudencia eran un reflejo de la compleja situación política y militar de la República de Holanda. Al contrario que Gustavo Adolfo, Federico el Grande o Napoleón, fue un hombre dedicado a la guerra, pero siempre estuvo sujeto a un fuerte control civil. En 1588, cuando tenía 21 años, fue nombrado Almirante General de los Países Bajos
Unidos y Capitán General de las tropas de Bravantía y Flandes, el ejército principal de las
provincias. Además, ostentaba el cargo de Gobernador de Holanda y Zelanda, y a partir de 1591 de Güeldres, Overijsel y Utrecht. Al mismo tiempo, su primo William Louis era el gobernador de Frisia y desde 1594, de Groningen y de Drenthe (15). Pero todos estos cargos no significaban más poder. Como Comandante naval
estaba en realidad a merced de de los Almirantes de cinco distritos marítimos distintos, y aún siendo el Capitán General de los Ejércitos, nunca ejerció el mando de las tropas holandesas. Los particularismos provinciales impedían la formación de fuerzas importantes y, a veces, incluso la realización de operaciones; un comité especial de los Estados Generales, el Consejo de Estado, coordinaba todos los asuntos militares y controlaba las operaciones a través de unos diputados especialmente nombrados al efecto. Un historiador ha descrito la figura de Mauricio como la de un "técnico experto, un hombre operativo y un asesor militar para los estados" (16).
A pesar del conflicto potencial inherente a esta situación, Mauricio se desenvolvió bien entre sus diferentes organismos. Tenía poca ambición política, pero las oligarquías mercantiles que emergían habían perdido su inclinación por todas las tradiciones marciales y por la carrera militar, por lo que dejaron esa labor a los gobernadores de las provincias. A pesar de todo, la fricción no podía evitarse. Cuando las presiones políticas obligaron a Mauricio a emprender una ambiciosa campaña en Flandes en 1600, los oficiales manifestaron su descontento hacia los políticos por su falta de interés hacia el ejército (17). En otra ocasión, como consecuencia de un conflicto político entre partidos, Oldenbaar-neveldt intentó reducir el protagonismo del ejército mediante la creación de unas fuerzas paramilitares pagadas por cada ciudad; Mauricio le arrestó, juzgó y mandó ejecutar en 1619. Pero ni siquiera esta demostración de fuerza a través de ese desafortunado suceso entre antiguos amigos fue suficiente para que disminuyera el control civil sobre el ejército.
Esto aún no había sucedido cuando Mauricio fue nombrado Comandante en Jefe en 1588, en aquella época los políticos y los militares coincidían en la necesidad de transformar la ineficaz mezcla de mercenarios y milicias en una fuerza capaz de repeler al Ejército Español de Flandes, mandado por el hábil Alejandro de Farnesio, Duque de Parma, y cuyo objetivo era completar la reconquista de los Países Bajos del norte. El largo conflicto en los Países Bajos tenía las características de una guerra civil y de una guerra de liberación. Los holandeses habían sobrevivido gracias a sus extraordinarios esfuerzos y, principalmente, a su geografía que impedía a las fuerzas españolas realizar operaciones a gran escala durante largos períodos de tiempo.
En 1566, los territorios de la zona de Flandes en poder de los ejércitos españoles consistían de diecisiete provincias, con alrededor de tres millones de habitantes. Los sistemas fluviales del Rin, Mosa y Escalda dividían las diez provincias del sur, con una agricultura próspera, con las ciudades más importantes del norte, con habitantes más pobres. El Sur había sido el foco original de la revuelta de 1566, pero en 1579, como consecuencia de las continuas derrotas que sufrían sus improvisados ejércitos, así como la propia división de las familias aristócratas, volvieron a pasar bajo la dominación española. Mientras tanto, las siete provincias del norte se unieron para socorrer a las del sur, pero cuando Guillermo XXXX
el Taciturno fue asesinado en 1584, sus esfuerzos en el campo militar fueron inútiles. Divididas por rivalidades locales no fueron capaces de unir sus esfuerzos y sus mercenarios "pedían dinero cada vez que se les ordenaba combatir" (18). Todas las ciudades sucumbieron a las tropas del Duque de Parma. Algunas, sobre todo Amberes, ofrecieron una tenaz resistencia, pero la mayoría se entregaron sin combatir. Al continuar el Duque hacia el norte, quedó abierto un segundo frente en el este atravesando Frisia, Groningen y Güeldres hasta el río Ijsel, amenazando Utrecht, Holanda y Zelanda. El miedo a una nueva victoria española impulsó a Isabel de Inglaterra a proporcionar apoyo a los insurgen- tes con el envío de tropas. La intervención inglesa fue totalmente ineficaz. Su comandante, el Conde de Leicester, se enfrentó con los Estados y algunos de sus hombres traspasaron una gran cantidad de material, procedente de los ingleses, al Duque de Parma. En 1587 la ofensiva española alcanzaba el río Zui-der Zee y enlazaba con el frente sur, reduciendo el despliegue de su enemigo a Holanda, Zelanda, Utrecht, algunos puntos aislados en Overijsel, Güeldres y Frisia, así como Ostend y Bergen-op-Zoom que se encontraban al sur de los grandes ríos. El Duque de Parma no pudo completar la maniobra emprendida en 1587-88 porque la intervención inglesa había originado que el rey Felipe II enviara contra Inglaterra a la Armada Invencible y al Duque se le ordenó dirigirse a Dunquerque para preparar el embarque de su ejército. Después del fracaso de