Página 1 de 13
Tema 1. La Edad Antigua en España.
1.- Los pueblos prerromanos de la Península y
los pueblos colonizadores del Mediterráneo.
1.1.- Introducción.
Tras el largo período paleolítico, y concluido el largo proceso de hominización con la especie Homo sapiens sapiens, se inició el período neolítico en la Península Ibérica hace aproximadamente 5.000-3.000 años. Las nuevas
comunidades agricultoras y ganaderas se asentaron creando poblados
permanentes.
La Edad de los Metales se inicia con la Edad del Cobre, en torno a 3.000 a.C., y continúa con la Edad del Bronce (2.000 a.C.). Hacia 1.200 a.C., tiene lugar la primera de una serie de invasiones de pueblos indoeuropeos,
los celtas.
Se inicia así lo que se denomina la Protohistoria: período comprendido entre las invasiones indoeuropeas (1.200 a.C.) y la invasión romana en la segunda mitad del siglo III a.C. De este período han quedado abundantes restos arqueológicos, a los que se les une los primeros testimonios escritos de griegos y romanos sobre la península ibérica. No obstante, la interpretación de dichos testimonios es sumamente difícil, ya que, por lo general, fueron escritos varios siglos después de los hechos que narran.
1.2.- Los pueblos prerromanos de la Península Ibérica.
1.2.1.- Los pueblos íberos.
En el Sur y el Oeste de la Península Ibérica, desde Cataluña hasta el Golfo de Cádiz, vivían diversos pueblos que mantenían una lengua, escritura, tradiciones y arte comunes, aunque nunca tuvieron una unidad política. Dentro de estos pueblos cabe destacar los bastetanos y los turdetanos, que se asentaban en la Andalucía oriental y occidental, respectivamente.
Página 2 de 13
Ilustración 1. Distribución de los distintos pueblos íberos.
Desde el punto de vista político-social, normalmente estaban gobernados por reyezuelos, llamados régulos, que gobernaban una o varias ciudades. La
sociedad estaba muy jerarquizada, con tres niveles sociales principales:
aristocracia (guerreros, sacerdotes…), siervos (campesinos, artesanos…) y esclavos. A través de la devotio ibérica gran parte de la población establecía pactos de sumisión con los aristócratas.
La base de la economía era la agricultura y la ganadería, aunque también tuvo importancia la minería. Asimismo, los pueblos íberos desarrollaron un fecundo comercio con los pueblos colonizadores del Mediterráneo, de quienes aprendieron el uso de la moneda.
El contacto con los pueblos colonizadores del Mediterráneo también impulsó su desarrollo cultural. Los iberos produjeron un arte muy refinado, los mejores ejemplos son la Dama de
Elche y la Dama de Baza.
1.2.2.- Los pueblos celtas.
En el Norte y Oeste de la Península Ibérica se establecieron los celtas, pueblos indoeuropeos que llegaron a la Península hacia el 1.200 a.C. Los principales pueblos de origen celta fueron los galaicos, los astures, los
Ilustración 2. La Dama de Elche.
Página 3 de 13
cántabros y los vascones. Sin embargo, como los íberos, tampoco conformaron una unidad política. La forma de gobierno más extendida fue la aristocracia
guerrera, en la que los guerreros más influyentes tomaban las decisiones
políticas.
La base económica de los celtas era la ganadería, la recolección de alimentos y la pesca. Aunque conocían la agricultura, su peso en la economía era muy escaso. Por tanto, estaban más atrasados económicamente que los íberos. La
minería, por su parte, sí que tenía cierta importancia, sobre todo la del hierro.
Los celtas vivían en castros, asentamientos de casas circulares con techos de paja, de los cuales quedan bastantes yacimientos, como los de Santa Tecla y Moaña.
Ilustración 3. El castro de Santa Tecla.
1.2.3.- Los pueblos celtíberos.
En el Centro de la Península, en la zona de contacto entre los pueblos íberos y celtas, existieron unos pueblos que mantenían influencias de ambos. Entre estos pueblos se encuentran los carpetanos, los vetanos, los oretanos y los lusitanos, entre otros.
Su economía era agrícola-ganadera, con menor peso del comercio que los íberos, ya que la influencia de los colonizadores del Mediterráneo era más débil. Su sociedad mantenía una fuerte cohesión tribal y habitaban poblados fortificados como Numancia.
Página 4 de 13
Ilustración 4. Distribución de íberos, celtas y celtíberos.
En el aspecto artístico, destaca la cultura de los verracos entre los vetones del valle del Tajo. Los verracos son grandes esculturas de animales ligadas a cultos ganaderos. El más célebre ejemplo son los Toros de Guisando.
1.2.4.- Los tartesios.
Se trata de una civilización muy brillante que se supone que se desarrolló en el suroeste peninsular en la primera mitad del primer milenio a.C. Rodeada aún de misterio, entre la realidad y el mito, sólo tenemos conocimiento de ella a través de textos griegos y bíblicos. En ellos incluso se nombra a alguno de sus principales dirigentes, como Argantonio. Asimismo, se describe como una sociedad fuertemente comercial y bastante avanzada para la época.
Sin embargo, se han encontrado restos importantes como el Tesoro de
Carambolo (600-550 a.C.), pero no a la altura de lo que describen los textos
de la época.
1.3.- Los pueblos colonizadores del Mediterráneo.
1.3.1.- Los fenicios.
En el primer milenio a.C. la zona mediterránea de la península va a recibir la llegada de oleadas colonizadoras de pueblos procedentes del Mediterráneo oriental que contaban con una cultura mucho más evolucionada que los
Página 5 de 13
aborígenes. El primero de estos pueblos en establecerse fue el fenicio, a partir del siglo IX a.C.
Procedentes de lo que hoy es Líbano, los fenicios fundaron varias ciudades, o
factorías, a lo largo de toda la costa mediterránea, como Malaca (Málaga),
Sexi (Almuñécar) o Abdera (Adra) o Gades (Cádiz). Desde ellas, establecieron un importante comercio con los pueblos íberos, fundamentalmente. El principal producto que interesaba a los fenicios era el hierro.
Los fenicios mejoraron sustancialmente el nivel técnico y cultural de los pueblos prerromanos peninsulares que se relacionaron con ellos. De hecho, gracias a los fenicios se introdujo en la Península la escritura alfabética, se generalizó el uso de la moneda y se mejoraron las técnicas de extracción minera.
A partir del siglo IV a.C., con la caída de Fenicia a manos de los cartagineses, éstos se hicieron con el control de las factorías, y fundaron otras nuevas como Cartago Nova (Cartagena).
1.3.2.- Los griegos.
La colonización griega fue más tardía, hacia el siglo VII a.C. Como los fenicios, fundaron también ciudades a lo largo de la costa mediterránea desde las que comerciaban con los pueblos peninsulares. Las principales fueron Rhode (Rosas) o Emporion (Ampurias), ambas en la provincia de Gerona, así como Mainake (Vélez-Málaga), y Hemeroskopeion (Denia, en Valencia).
Página 6 de 13
Los griegos también tuvieron una gran influencia sobre los pueblos con los que se relacionaron, introduciendo, por ejemplo, el cultivo de la vid y el olivo.
2.- La Hispania romana.
2.1.- La conquista de Hispania.
La conquista de Hispania por los romanos se inició en el siglo III a.C. y concluyó, tras un proceso largo y complejo, en el siglo I a.C. Así pues, dentro de dicho proceso podemos distinguir diferentes fases o etapas.
2.1.1.- Primera etapa: Conquista del este y el sur peninsular (218 a.C.-154 a. C).
El inicio de la conquista se enmarcó en el contexto de la Segunda Guerra
Púnica, que fueron guerras que enfrentaron a Roma y Cartago por la
hegemonía en el mediterráneo occidental.
Los cartagineses tenían asentamientos importantes en el levante peninsular y desde allí atacaron Roma a través del sur de Francia y los Alpes. Roma contraatacó invadiendo las posesiones cartaginesas en Hispania a fines del siglo III. La victoria romana de Ilipa (209 a.C.) puso fin a la presencia cartaginesa en Hispania y consagró el dominio de Roma sobre el este y el sur peninsular.
Así, desde el 197 a.C. hasta el 154 a.C, poco a poco se va consolidando el poder romano sobre la costa mediterránea, e incluso van avanzando lentamente hacia el interior.
2.1.2.- Segunda etapa: Conquista del centro y el oeste peninsular (155-29 a. C.).
Los romanos tuvieron que hacer frente a la resistencia de los pueblos de esta zona. Los mejores ejemplos son las guerras lusitanas (155-136 a.C) en las que destacó Viriato, líder lusitano, y la férrea resistencia celtíbera en Numancia hasta su rendición en el 133 a.C. Vencida la resistencia, los romanos se hacen con el control del centro y el oeste peninsular.
Página 7 de 13
2.1.3.- Tercera etapa: Conquista del norte peninsular (29 a.C.-19 a.C.).
El fin de la conquista llegó en tiempos de Augusto, primer emperador romano, con la dominación de galaicos, astures, cántabros y vascones, en las llamadas
guerras cántabras. Sin embargo, algunos de estos pueblos mantuvieron, aun
bajo la dominación romana, sus costumbres y lenguas.
Ilustración 6. Mapa de la conquista de Hispania.
2.2.- La economía de Hispania.
A Roma le interesaba fundamentalmente la explotación económica de la Península Ibérica, ya que ésta tenía importantes recursos naturales.
En Hispania destacaba, en agricultura, el cultivo de la vid, el olivo y el trigo; así como la ganadería ovina y la pesca. La minería tenía también una gran importancia, sobre todo la del oro (Las Médulas, en León), la plata (Sierra Morena), el cobre, el plomo (Cartagena, en Murcia), el mercurio (Almadén, en Ciudad Real) y el estaño. Asimismo existió una notable producción artesanal de cerámica, orfebrería y mosaicos, artículos entonces considerados de lujo. De gran importancia fue también la elaboración de productos
Página 8 de 13
La península se fue integrando en un mercado universal controlado desde
Roma, lo que trajo consigo el aumento de la circulación comercial, por lo que el
denario romano y sus divisiones se convirtieron en la unidad monetaria.
Con fines mercantiles y militares se construyó una importante red de calzadas. Las más importantes fueron tres: la Vía Augusta, que recorría la costa mediterránea, la Vía de la Plata (Astorga-Mérida-Sevilla) y la vía de Astorga a Burdeos, que coincide en gran medida con el actual Camino de Santiago.
2.3.- El proceso de romanización y el legado cultural romano en
Hispania.
La romanización fue la integración plena de una sociedad determinada, en este caso la hispana, en el conjunto del mundo romano (economía, sociedad, cultura y religión). Así pues, los íberos y celtíberos fueron asumiendo las costumbres y la cultura romanas. La romanización fue, por tanto, un momento clave de la historia cultural de los pueblos de la península. Las principales
aportaciones de los romanos fueron:
El latín, que se impuso como lengua común.
El derecho romano (leyes, concepción del estado...).
La religión politeísta romana (Júpiter, Saturno…) y, posteriormente, el cristianismo.
Asimismo, la llegada de los romanos a Hispania supuso el establecimiento de una organización administrativa propia que permitiera la mejor gestión y el control de los recursos por parte de la administración central. Se crean así las
provincias, divisiones que cambiaron a lo largo del tiempo, en función de las
necesidades de cada etapa histórica. Las más importantes fueron la Bética,
Lusitania y la Tarraconense, de las cuales se fueron separando otras más
adelante.
La cultura romana tuvo un carácter eminentemente práctico y, por ello, fueron numerosos las obras de ingeniería y los edificios públicos. En la península podemos destacar los siguientes ejemplos acueductos, como el
Página 9 de 13
de Segovia. Murallas, como las de Lugo y puentes, como el de Alcántara o Mérida.
Además de estas obras públicas, Roma dejó importantes edificaciones de
tipo cultural o artístico como arcos conmemorativos, como el de Bará en
Tarragona, templos, como el de Diana en Mérida, anfiteatros, como el de Itálica (Sevilla), y teatros, como el de Mérida.
La dominación de Roma dejó en Hispania una tupida red urbana (Tarraco, Cesar Augusta, Emerita Augusta, Toletum…) ligada por un complejo sistema de calzadas y otras infraestructuras públicas.
Por otro lado, Hispania fue cuna de personajes destacados dentro del mundo romano. Así, fueron hispanos varios emperadores, como Trajano y Adriano,
filósofos importantes, como Séneca, y escritores como Quintiliano y Marcial.
2.4.- La sociedad hispanorromana.
Gracias a todo el proceso de romanización fue consolidándose en Hispania un
nuevo orden social, enriquecido además con la llegada de colonos
procedentes de otras partes del territorio romano. Dicho proceso comportó en lo social un desarrollo espectacular de la esclavitud. Gran parte de los esclavos fueron los habitantes de las ciudades indígenas que tras haber sido ocupadas se sublevaron y fueron vencidos por los romanos. Su suerte era diversa, siendo lo más penoso el trabajo en las minas.
Por su parte, los hombres libres se dividían en:
Honestiores: grandes propietarios de tierras, hombres de negocios y
oligarquías urbanas.
Humiliores: modestos campesinos y artesanos de las ciudades.
Hasta el siglo I d.C. sólo una minoría de colonos romanos tenía plenos derechos políticos, como el derecho al sufragio, a ocupar cargos públicos o no pagar impuestos, y de propiedad. Fue a partir del Edicto de Caracalla del año 212 d.C. cuando todos los habitantes de Hispania y de todo el Imperio obtienen la ciudadanía romana y acceden a los derechos mencionados.
Página 10 de 13
Entre los esclavos y los hombres libres se situaban los libertos, esclavos liberados que seguían dependiendo del señor, proceso conocido como manumisión.
2.5.- La crisis del siglo III d.C. y sus consecuencias en
Hispania.
El siglo III d.C. fue, en todo el imperio, un siglo de crisis, cuyas causas tienen sus raíces en el periodo anterior. Como consecuencia de esta crisis las
ciudades se fueron despoblando y experimentaron un gran declive, la
moneda comenzó a escasear y el comercio se colapsó. Además, los pueblos
bárbaros aumentaron su presión en las fronteras del Imperio, lo que obligó a
aumentar las defensas en dichas zonas en detrimento de otras.
Todo ello provocó un descenso demográfico, por lo que muchos campos quedaron sin cultivar. Al mismo tiempo la esclavitud fue retrocediendo, si bien fue aumentando la brecha entre honestiores y humiliores, provocando
tensiones sociales en algunos momentos.
Producto de la crisis también fue el descenso del prestigio cultural romano, con una pérdida de confianza en sus valores y creencias. Esto propició que, a partir del siglo IV d.C., el cristianismo se impusiera como religión oficial del Imperio.
2.6.- La difusión del cristianismo.
Los primeros pasos del cristianismo en Hispania son poco conocidos, ya que en los primeros momentos del Imperio la nueva religión fue perseguida. Sin embargo, se difundió por toda Hispania, aunque con lentitud, debido a la hostilidad de las autoridades romanas y a la persistencia de las creencias paganas. Así, se fueron creando los primeros obispados alrededor del siglo III d.C., como el de Astorga, el de León, el de Mérida o el de Zaragoza, lo que demuestra ya un alto grado de organización.
En el siglo IV d.C., tras el Edicto de Milán, el cristianismo dejó de ser perseguido y, ya en el año 380 d.C., el emperador Teodosio lo declara la religión oficial del imperio.
Página 11 de 13
El cristianismo, por su parte, dejó huella en las manifestaciones artísticas de las épocas finales del Imperio. Así, en Hispania, destacan los sarcófagos paleocristianos de Santa Engracia de Zaragoza y el de San Félix de Gerona.
3.- Las invasiones germánicas.
3.1.- El nacimiento y consolidación del reino visigodo.
En el siglo V d.C. varios pueblos germanos asolan la Península (suevos, vándalos y alanos). Un pueblo germano aliado de Roma, los visigodos, es enviado por el emperador romano para restablecer el orden. Cuando definitivamente desaparece el poderío de Roma en 476 d.C., los visigodos quedan como única autoridad, y fundan en 510 d.C. el reino visigodo de
Hispania con capital en Toledo.
A mediados del siglo VI d.C., en la Península quedaban fuera del control visigodo el reino suevo de Galicia, los territorios bizantinos, que se establecieron en Baleares, el Sur del litoral mediterráneo, y el Golfo de Cádiz, y los pueblos cántabros y vascones del Norte, que mantuvieron una cierta independencia política.
Página 12 de 13
3.2.- Características políticas, sociales, económicas y
religiosas del reino visigodo.
3.2.1.- Características políticas.
El reino visigodo fue una mezcla de romanismo y germanismo. La organización administrativa romana, las leyes, el latín y la moneda fueron admirados por los visigodos que intentaron mantenerlas. Junto a las pervivencias romanas aparecieron un derecho de origen germánico, las vinculaciones personales y una organización de base étnica.
Los visigodos se gobernarán con un sistema de monarquía electiva que originará graves guerras civiles sucesorias. Uno de los reyes más importantes y poderosos del reino visigodo de Toledo fue Leovigildo (573 d.C.-586 d.C.), que conquistó el reino suevo de Galicia y expulsó a los bizantinos de la mayor parte de la Península.
3.2.2.- Características sociales y económicas.
Desde el punto de vista social, los visigodos se constituyeron en el grupo dominante que ejercía su poder sobre una inmensa mayoría de hispanorromanos. Esta política de segregación racial se veía reforzada por la existencia de un código legal distinto para cada uno de los grupos. Con
Recesvinto (653 d.C.-672 d.C.) se consiguió la integración legal con la
proclamación de un único código legal, el Liber Iudiciorum (Fuero Juzgo) común para ambas comunidades.
En economía mantuvieron las estructuras heredadas de Roma, pero con una clara decadencia: desaparición del comercio, de la moneda, tribunales, ruina de las obras públicas; es decir, se crea una economía de subsistencia. Ello provocó una ruralización de la sociedad, que se mantendrá a lo largo de buena parte de la Edad Media.
A los grandes propietarios de origen romano se unieron nuevos latifundistas
godos que recibieron enormes extensiones de tierras reales por los servicios
Página 13 de 13
3.2.3.- Características religiosas.
Las comunidades hispanorromana y visigoda tenían, además, diferente religión, ya que los hispanorromanos eran mayoritariamente cristianos
católicos y los visigodos cristianos arrianos. Recaredo (586 d.C.-601 d.C.)
consiguió la unidad religiosa en el Tercer Concilio de Toledo (589 d.C.) con la conversión de los visigodos al catolicismo.
En esta época también se empiezan a sentar las bases de la
interdependencia entre el poder político y religioso. Uno de los principales
autores defensores de esta idea fue el obispo sevillano san Isidoro, quien abogaba por el origen divino de la monarquía.