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Diccionario de la Religión Romana

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Diccionario

de la

Religión

Romana

José Contreras Valverde

Gracia Ramos Acebes

Inés Rico Rico

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J o s é C o n t r e r a s V a l v e r d e G r a c i a R a m o s A c e b e s I n é s R i c o R i c o

Diccionario

de la

Religión Romana

EDICIONES CLÁSICAS

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IN STRVMENTA STVDIORVM

Colección dirigida por Alberto Bernabé Pajares

Primera edición 1992

© J. Contreras Valverde, G. Ramos Acebes, I. Rico Rico © EDICIONES CLÁSICAS, S.A.

Magnolias 9, bajo izqda. 28029 Madrid

I.S.B.N. 84-7882-055-8

Depósito Legal: M-13306-1992 Impreso en España

Imprime: EDICLÁS

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ÍNDICE

P r e f a c io ... V E Evolución de la religión r o m a n a ...X III C aracterísticas del D ic c io n a rio ... X X I

D ic c io n a rio ... 1

Calendario de fiestas re lig io s a s ...213

Indexfontium ...219

R e v is ta s ... 237

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PREFACIO

El principal objetivo del presente Diccionario es llenar una laguna existente, a nuestro ju icio, en la divulgación de la Cultura Clásica en España. N uestro propósito es hacer ase­ quible a un am plio público la idiosincrasia de los dioses ro ­ manos, la naturaleza de las fiestas que se celebraban en su honor, las características del orden sacerdotal que atendía a su culto, la variedad de los ritos y cerem onias; la originali­ dad, en suma, de la Religión Romana.

El pueblo romano fue, según testimonio de Salustio1, el más religioso de la Antigüedad, opinión que comparte Cicerón:

«Por mucho que nos amemos, senadores, no podemos igualar a los españoles en número, a los galos en fortaleza, a los cartagineses en astucia, a los griegos en las artes, ni a los mismos italianos y latinos en el sentimiento nativo y natural de este pueblo y esta tierra; pero en la piedad, en la religión y en esa sabiduría especial por la que sabemos que todo se rige y se gobierna por la voluntad de los dioses, superamos a todos los pueblos y naciones»2.

Polibio llega m ás lejos en la com paración cuando escribe que los rom anos eran «m ás religiosos que los m ism os dio­ ses». Varrón habla de m ás de treinta m il dioses, a los que aún habría que añadir las fuerzas divinas, numina, dispersas por la Naturaleza. Tito Livio decía de Roma:

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«No hay espacio en esta ciudad que no esté impregnado de religión y que no esté ocupado por alguna divinidad. Los dioses la habitan».

Por todo esto es cierta la frase de Fustel de Coulanges, cuando afirm a que en Rom a había m ás dioses que ciudada­ nos.

No hay un solo acto en la vida privada o pública de los rom anos en que no se haga intervenir a los dioses. Y ya que hem os m encionado a Fustel de Coulanges, parece oportuno recordar sus palabras a propósito de la religiosidad de este pueblo:

«La casa de un romano era para él lo que un templo para nosotros: en ella se encuentra su culto y sus dioses. Su hogar es un dios; dioses son los muros, las puertas, el umbral; los límites que rodean su campo también son dioses. La tumba es un altar; sus antepasados, seres divinos. Cada una de sus acciones cotidianas es un rito, el día entero pertenece a su religión. Mañana y tarde invoca a su hogar, a sus Penates, a sus antepasados; al salir de casa o al volver, les dirige una oración. Cada comida es un acto religioso que comparte con sus divinidades domésticas. El nacimiento, la iniciación, la imposición de la toga, el casamiento y los aniversarios de to­ dos estos acontecimientos, son los actos solemnes de su culto.

Sale de su casa y apenas puede dar un paso sin encontrar un objeto sagrado: o es una capilla, o un lugar herido antaño por el rayo, o una tumba; tan pronto ha de concentrarse para pronunciar una oración, como ha de volver los ojos y cubrir­ se el rostro para evitar el espectáculo de un objeto funesto.

Todos los días sacrifica en su casa, cada mes en su curia, varias veces al año en su gens o en su tribu. Además de to­ dos estos dioses, aún debe culto a los de la ciudad.

Hace sacrificios para dar gracias a los dioses; realiza ac­ tos, y en mayor número, para calmar su cólera. Un día se muestra en una procesión danzando, según un ritmo anti­ guo, al son de la flauta sagrada. Otro día conduce los carros donde van las estatuas de las divinidades. Otra vez un

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lectis-ternium: en medio de la calle se dispone una mesa con co­

mida; las estatuas de los dioses se reclinan en sus lechos, y cada romano pasa, se inclina, llevando una corona en la ca­ beza y una rama de laurel en la mano.

Hay una fiesta para la siembra; otra para la siega; otra para la poda de la vid. Antes de que el trigo haya espigado, ha hecho más de diez sacrificios e invocado a una docena de divinidades particulares para el éxito de la cosecha3.

Sobre todo tiene un gran número de fiestas para los muertos, porque les tiene miedo.

Jamás sale el romano de casa sin mirar si aparece algún pájaro de mal agüero. Hay palabras que no se atreve a pro­ nunciar en toda su vida. Si tiene algún deseo, lo escribe en una tablilla, que deposita al pie de la estatua de un dios.

A cada momento consulta a los dioses y quiere saber su voluntad. Todas sus resoluciones las encuentra en las entra­ ñas de las víctimas, en el vuelo de los pájaros, en los avisos del rayo.

La noticia de una lluvia de sangre o de un buey que ha hablado le turba y le hace temblar; sólo quedará tranquilo cuando una ceremonia expiatoria le haya puesto en paz con los dioses.

Siempre sale de su casa con el pie derecho. Sólo se corta el pelo en plenilunio. Lleva consigo amuletos. Contra el in­ cendio cubre los muros de su casa con inscripciones mági­ cas. Sabe fórmulas para evitar la enfermedad y otras para curarla; pero es necesario repetirlas veintisiete veces y escu­ pir cada una de cierta manera.

Jamás delibera en el Senado si las víctimas no han ofre­ cido signos favorables. Abandona la asamblea del pueblo si ha oído el grito de un ratón. Renuncia a los proyectos más meditados si advierte un mal presagio o si una palabra fu­ nesta hiere sus oídos. Es valiente en el combate, pero a con­ dición de que los auspicios le aseguren la victoria».

Si de la vida privada pasam os a la actividad pública, se­ guim os observando por doquier la presencia de lo divino:

«El pueblo sólo se reunía en asamblea los días en que la religión se lo permitía. Se recordaba algún desastre sufrido

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por la ciudad: era seguro, sin ninguna duda, que los dioses habían estado ausentes o irritados aquel día; lo mismo debía ocurrir en tal día de cada año, por razones ignoradas por los mortales. Luego este día era por siempre nefasto: no se cele­ braban asambleas, no se juzgaba; la vida pública quedaba en suspenso.

Antes de empezar la sesión era preciso que los augures asegurasen que los dioses eran propicios. La asamblea co­ menzaba con una oración que el augur pronunciaba y que el cónsul repetía después de él.

El lugar donde se reuma el Senado era siempre un tem­ plo. Si se hubiese celebrado alguna sesión fuera de lugar sa­ grado, las decisiones adoptadas se hubieran considerado nu­ las, pues los dioses no habrían estado presentes. Antes de empezar la deliberación, el presidente ofrecía un sacrificio y pronunciaba una oración. En la sala había un altar donde ca­ da senador derramaba una libación al entrar, invocando a los dioses.

Sólo se dictaba justicia los días que la religión indicaba como favorables.

En la guerra ejercía la religión tanto poder, por lo menos, como en la paz. Los feciales presidían todas las ceremonias sagradas a que daban ocasión las relaciones internacionales. Un fecial, cubierta la cabeza con un velo de lana, según los ritos, declaraba la guerra pronunciando una fórmula sacra­ mental y tomando a los dioses por testigos. El cónsul, en traje sacerdotal, hacía al mismo tiempo un sacrificio, y abría solemnemente el templo de la divinidad más antigua y vene­ rada de Italia, el templo de Jano. Antes de partir para alguna expedición se reunía el ejército, el general recitaba oracio­ nes y ofrecía un sacrificio.

El ejército en campaña presentaba la imagen de la ciu­ dad: su religión le seguía. Todo ejército llevaba un hogar en el que alimentaban noche y día el fuego sagrado. Siempre iba acompañado de augures y pullarii.

En el momento de prepararse para el combate, el cónsul pide una víctima y la hiere con el hacha: sus entrañas deben indicar la voluntad de los dioses. Un arúspice las examina, y, si los signos son favorables, el cónsul da la señal de bata­ lla. Las disposiciones más hábiles, las circunstancias más

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felices, no sirven de nada, si los dioses no permiten el com ­ bate. El fondo del arte militar entre los romanos consistía en no verse nunca obligados a combatir a pesar suyo, cuando los dioses se mostraban adversos. Por eso hacía cada día una especie de ciudadela de su campamento.

Después de cada victoria se ofrece un sacrificio. Tal es el procedimiento para conseguir el triunfo. Esta costumbre era la consecuencia de la opinión de atribuir la victoria a los dioses de la ciudad. El ejército se dirigía en procesión al principal templo de la ciudad, los sacerdotes marchaban a la cabeza del cortejo conduciendo a las víctimas. Llegados al templo, el geheral ofrecía el sacrificio a los dioses. Durante el camino, los soldados llevaban todos una corona, como convenía en una ceremonia sagrada, y cantaban un himno. Un tiempo llegó, es verdad, en que los soldados no tuvieron escrúpulos en sustituir el himno con canciones de cuartel o con burlas contra el general. Pero, al menos, conservaron la costumbre de repetir de tiempo en tiempo el antiguo estribi­ llo lo triumphe. Era el mismo estribillo sagrado que daba nombre a la ceremonia. En tiempos de paz como en tiempos de guerra, la religión intervenía en todos los actos. En todas partes estaba presente, envolvía al hombre. El alma, el cuer­ po, la vida privada, la vida pública, las comidas, las fiestas, las asambleas, los tribunales, los combates, todo estaba bajo el imperio de esta religión de la ciudad. Ella regulaba todas las acciones del hombre, disponía de todos los instantes de su vida, determinaba todos sus hábitos. Ella gobernaba al ser humano con autoridad tan absoluta que nada quedaba fuera de su alcance»4.

NOTAS

1. Caí. 12.3.

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3. Verváctor, «Arador de primavera»; Reparátor, «Preparador de la tie­ rra»; Impórcitor, «El que hace surcos con el arado»; ínsitor, «el que ahonda la semilla»; Obarátor, «El que ara por encima»; Ocátor, «El que deshace los terrones con el rastrillo»; Sarcítor, «Cavador»; Subrunciná-

tor, «Escardador»; Mésor, «Segador»; Convéctor, (Acarreador»; Cóndi- tor, «Almacenador»; Prómitor, «El que saca».

4. N.D. Fu s t e ld e Co u l a n g e s, La Ciudad antigua, Barcelona 1971, pp.

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EVOLUCIÓN DE LA RELIGIÓN ROMANA

Se observa en los últim os años un cam bio en el m étodo con el que los especialistas abordan el estudio de la religión romana. Se tiende a abandonar el esquem a tradicional — de­ sarrollo cronológico, naturaleza de los dioses, características del sacerdocio, descripción de las fiestas y cerem onias— p a­ ra centrar la atención en el exam en del com portam iento de la com unidad hum ana respecto a la actividad religiosa1. D entro de esta nueva perspectiva cobran especial relieve dos tem as: 1) redefinición del concepto de religión romana, y 2) grado de continuidad y discontinuidad de la ideología religiosa.

No es nuestra intención em prender en estas páginas el es­ tudio de tem as tan com plejos, sino, sencillam ente, p ropor­ cionar al lector una som era inform ación que le perm ita h a­ cerse una idea de conjunto del desarrollo que experim entó el sentim iento religoso de los rom anos a lo largo del am plio p e­ riodo de tiem po que constituye su Historia.

La religión rom ana arcaica presenta las características propias de una religión prim itiva: culto a las piedras — a las que se considera dotadas de poderes mágicos para atraer el rayo y la lluvia, así com o para garantizar el asentam iento en un lugar determ inado— , a los árboles, a las aguas, al fuego. También se pueden encontrar vestigios de «anim ism o», creencia por la que se da vida a todo tipo de objetos natura­

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les en los que se ve la encam ación de una fuerza sobrenatu­ ral; por ello el hom bre los rodea de tabúes y trata de dom inar esas oscuras fuerzas m ediante la m agia2.

Los prim eros dioses no son m ás que funciones abstractas divinizadas que se ocupan de cada uno de los instantes suce­ sivos de una acción. Carecen de personalidad concreta e in ­ cluso de voluntad libre, encadenados com o están a una tarea que se repite eternam ente3. Los dioses «más consistentes», provistos de m ayores poderes, procederán, en gran núm ero, de otros pueblos, aliados o enem igos4.

Característica com ún de todo el periodo histórico es la circunstancia de que la religión se encuentra indisolublem en­ te unida a la política: am bas son consustanciales.

Fueron Róm ulo y Num a, según testim onio de C icerón5, quienes pusieron los cim ientos de la religión romana: el p ri­ m ero prescribió los auspicios que se debían tom ar; el segun­ do estableció los sacrificios a realizar y creó los colegios sa­ cerdotales que atendieran al culto. A sim ism o se atribuye a éste la organización del calendario, que, dividiendo el tiem po entre lo sagrado y lo profano, regulaba la celebración de las distintas cerem onias, concentradas en tom o a los sacrificios de fecundidad del ganado y de la fertilidad de la tierra, ritos de clausura del año y ritm o sagrado de la guerra.

El paso de M onarquía a R epública no afectó de m anera im portante a la religión, pues las norm as que en aquélla re­ gían la vida religiosa se m antendrán, tras un proceso de ajus­ te, en el nuevo régim en.

En un principio, los sacerdotes procedían de las m ism as fam ilias que ocupaban las m agistraturas políticas, por lo que

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ejercerán su influencia en favor de la clase dom inante a la que pertenecen. Ello provocará «enfrentam ientos religiosos» por el control de los cargos sacerdotales6. Con el paso del tiempo se llegará a un consenso entre los distintos grupos so ­ ciales7.

U n hecho significativo es el avance hacia la antropom or- fización, que se produce a principios del s.IV y que m arca, al mismo tiem po, el com ienzo de una fuerte helenización de la religión romana.

A partir del s.III el panteón, bajo la actividad de los de- cénviros sacris fa d u n á is, irá conociendo un crecim iento p a­ ralelo al experim entado por la hegem onía y las fronteras de Roma: el núm ero de dioses no deja de aumentar, al tiem po que tiene lugar la asim ilación de las divinidades latinas a sus homologas griegas, proceso que no afectó a las deidades se­ cundarias.

La apertura religiosa, propiciada por los decénviros, tiene un valor político y diplom ático. Se ejerce, prim ero, buscando asegurarse la fidelidad, crucial, a Roma de las colonias g rie­ gas del sur de Italia durante la Prim era Guerra Púnica: de ahí la institución de los Juegos Tarentinos, en honor de los d io ­ ses griegos D is y Prosérpina. A ños después, con la introduc­ ción del culto de Cibeles, Rom a, explotando a su favor la le­ yenda troyana, se presenta com o heredera de Asia M enor p a­ ra lograr la alianza de Á talo de Pérgam o en la guerra contra Aníbal.

Las vicisitudes de los difíciles años de la Segunda G uerra Púnica se hacen evidentes en la m ultitud de innovaciones que se van a producir en el cam po de la religión. Ello ha lle­

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vado a hablar de una «crisis» — que, sin embargo, los espe­ cialistas niegan— : los desastres militares, los innum erables prodigios siniestros son la causa de la febril actividad de m a­ gistrados y sacerdotes en su esfuerzo por contar con el favor de los dioses8.

Superadas las dificultades de la Segunda Guerra Púnica, se va a producir un intento de apropiación de la religión por parte de la élite dirigente, que veía en el control de la vida re­ ligiosa su arma m ás poderosa para la construcción de su m o ­ nopolio político9. Tentativa que dará lugar a un m ovim iento de oposición. El enfrentam iento se irá agravando progresiva­ m ente hasta desencadenar la crisis del s.I. ¿Qué graves suce­ sos se producen para que, ahora sí, sea lícito hablar de una crisis? Se suicida el Flam en de Júpiter y su cargo perm ane­ cerá vacante setenta y cinco años, se asesina al Pontífice M á­ ximo, se falsean partidistam ente los auspicios, los sacerdotes llegan a enfrentarse espada en m ano, dejan de celebrarse ri­ tos venerables, se descuidan los templos, las fiestas se co n ­ vierten en ocasión de jo lg o rio 10...

Los desórdenes políticos, los azares de las guerras civiles vuelven a suscitar en los ciudadanos una angustia análoga a la experim entada anteriorm ente en la guerra de A níbal. El hom bre, preocupado por su porvenir, siente la necesidad de actuar solo, personalm ente, en pro de su bienestar terreno y de su salvación tras la muerte: el individuo se convierte en el único responsable de su destino espiritual. Esta evolución del sentim iento religioso está unida a la introducción de nuevos cultos de carácter m ístico, que darán lugar a la, en palabras de J. Bayet, gran m utación espiritual del s.I.

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El advenim iento de A ugusto pone fin a la separación en­ tre lo sagrado y lo público, pues am bos aspectos em anan de la misma fuente: el emperador. Al igual que los m agistrados en la política, los sacerdotes se convierten en m eros asisten­ tes del sacerdote suprem o. Su política religiosa está m arcada por la obsesión de rem ediar la decadencia que se había pro­ ducido en este campo. D esplegará una gran energía para re­ conquistar los antiguos valores éticos y religiosos y restaurar los cultos ancestrales11, convencido com o estaba de que ha­ bía sido la superioridad m oral alcanzada en tiem pos de Ró- mulo y N um a lo que había dado a los rom anos la supe­ rioridad m ilitar sobre los pueblos lim ítrofes y que, si se recu­ peraba, garantizaría ahora a Rom a la hegem onía universal12.

La evolución de la m entalidad política, unida a la consi­ guiente evolución en la m entalidad religiosa, se traducirá en el nacim iento de un nuevo culto: el culto im perial. Era inevi­ table que el em perador, concebido en vida com o un ser ex­ cepcional, fuera divinizado tras su muerte. El culto im perial logró de m om ento colm ar las inquietudes espirituales de los súbditos, que participaban en él con una fe más intensa que aquélla con la que lo hacían en los cultos tradicionales.

La extensión del derecho de ciudadanía favorecerá la adopción de los cultos orientales, que conocerán una extraor­ dinaria difusión en una Rom a cada vez más cosm opolita. Las razones del éxito de estas nuevas religiones son bien conoci­ das: hablan a los sentidos, conm ueven la sensibilidad, tocan el sentim iento religioso, satisfacen la inteligencia y la con­ ciencia de los hom bres13; consiguen, en suma, saciar las an­ sias espirituales de los individuos, que la religión oficial, p u ­

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ram ente m ecánica, no había sabido calm ar con sus frías cere­ monias.

En el s.III los cultos que gozan de m ayor favor son los de carácter astral, en particular el culto al Sol, que se convierte en el beneficiario de un vasto m ovim iento sincretista que lo prom ueve al rango de dios suprem o14. Se propicia, así, el triunfo final del m onoteísm o cristiano, que supondrá el fin de la religión romana, abolida oficialm ente p o r un decreto del em perador Teodosio, el 24 de febrero del año 391.

NOTAS

1. J.A. NORTH, «La religione reppublicana», en Storia di Roma 2.1. La

Repubblica Imperiale, Turín 1990, p.557; J. Ru d h a r t, Notions fonda- mentales de la pense'e religieuse et actes constitutifs du cuite dans la Gréce classique, Ginebra 1958, p.5; J. SCHEID, La religión en Roma, Ma­

drid 1992, pp.XÜ y XIV.

2. J. Ba y e t, La religión romana. Historia política y psicológica, M adrid 1984, pp.52s.

3. A. BOUCHÉ-LECLERCQ, Manuel des Institutions romaines, P arís 1886, p.461.

4. G. Du m é z il, La religión romaine archaíque, París 1987 (2a ed.),

pp.52s. 5. Nat.3.2.5.

6. D. Po r t e, Les donneurs de sacre. Le prétre á Rome, P arís 1989, pp.58-67.

7. G. Du m é z il, op.cit., p.451.

8. J. Ba y e t, op.cit., pp. 161-164; G. Du m é z il, op.cit., pp.457 487.

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10. J. SCHEID, op.cit., pp,118s.

11. J. Ba y et, op.cit., pp.l87s.; M. LE Glay, La religión romaine, París

1991, pp.46-50; A.D. No c k, Essays on Religión and the Anciení World,

Oxford 1972, pp. 16-25.

12. R. Go r d o n, «From Republic to Principate: priesthood, religión and ideology», en Pagan priests (eds. M. Beard y J.A. North), Nueva York

1990, pp.l83s.

13. Fr. Cu m o n t, Les Religions orientales dans le paganisme romain, Pa­

rís 1929 (4a ed.), pp.l7ss. 14. M . l e Glay, op.cit., p.73.

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CARACTERÍSTICAS DEL DICCIONARIO

Hemos pretendido que este Diccionario n o fuera sólo un libro de consulta, sino tam bién un libro de lectura. H em os te ­ nido presente, en todo m om ento, al lector no especialista, p e­ ro interesado en el tem a, que pudiera acercarse a estas pági­ nas. Pensando en él hem os tratado de utilizar un lenguaje claro, sin tecnicism os ni térm inos latinos (los que han sido im prescindibles aparecen con su traducción correspondien­ te). Ello nos ha llevado, tras sopesar detenidam ente las ven­ tajas e inconvenientes, a traducir la m ayoría de las entradas y no sólo aquellas que tuvieran una form a españolizada san­ cionada por el uso. Pero no siem pre ha sido posible la tra­ ducción, bien porque daba lugar a un neologism o excesiva­ mente innovador, bien porque, pese al parentesco fonético, se ha producido una desviación en el significado (deuotio no es equivalente a «devoción»). Se ha optado en estos casos por dejar la entrada en latín, señalando este hecho m ediante letra cursiva, o por una transcripción, aproxim ando la grafía latina a la castellana. Somos conscientes de las incoherencias que pueden producirse, pero todas ellas son consecuencia de la necesidad de hacer el libro accesible al gran público. De todas form as, hem os querido atenuar, en la m edida de lo po­ sible, estos inconvenientes, m ediante el recurso de poner en todas las entradas la form a latina original al lado de la form a

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castellana; adem ás, todas aquellas a las que la transcripción fonética ha desplazado considerablem ente del orden alfabéti­ co que les correspondía tienen entrada en su form a latina y desde ésta se rem ite a la form a castellana resultante. He aquí algunos ejem plos concretos. Casos de i consonante inicial de palabra: Iuppiter. —> Júpiter; diptongo -ae inicial: Aescula- pius. —> Esculapio; s líquida inicial: Spes. -* Esperanza; lo m ism o en algunos casos de traducción: Ver sacrum. -*■P ri­ mavera sagrada. Pensam os que así se puede com paginar la utilidad del D iccionario para quienes busquen un instrum en­ to de consulta general y para quienes traduzcan del latín.

Por tratarse de un diccionario de carácter m onográfico h e­ m os prescindido de lo que se conoce com o envío simple, ya que cualquier térm ino desconocido que pudiera encontrar el lector y cuya explicación resulte inoportuna en el texto del artículo podrá localizarse en el lugar que le corresponda alfa­ béticam ente. A sí pues, nos hemos limitado a lo que se conoce como artículo monográfico con envíos, indicando mediante el signo —*■ la posible ampliación de contenido en otra voz.

Nos parece im prescindible que cada artículo vaya avalado por una m ínim a bibliografía, así com o por las fuentes con­ sultadas para su redacción. A m bas figuran a continuación de su artículo correspondiente.

La ordenación alfabética hace difícil la com prensión glo­ bal, la visión de conjunto de un tema tan am plio y variado com o el que aquí se trata. Para m itigar este inconveniente hem os agrupado varios tem as en diversos cuadros: dioses agrarios, de la infancia, nupciales, abstractos, m anifestacio­ nes litúrgicas, objetos de culto y calendario de fiestas religiosas.

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Finalm ente, querem os testim oniar nuestro agradecim iento a cuantos nos han alentado y ayudado en la realización de es­ te libro, especialm ente a M aría Esperanza Torrego Salcedo y Jesús de la Villa Polo, así com o a John Scheid y José Joaquín Caerols Pérez, que con sus m inuciosas sugerencias ha apor­ tado considerables correcciones al texto original.

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Acerra

A

Abeona. Diosa que presidía el acto de alejarse. Protegía espe­ cialmente a los niños en sus primeros pasos, cuando se sol­ taban de los brazos de la madre (cf. abeo, «alejarse») [—>Ádeo-

na\.

Fu e n t e s: Aug.Ci'u.4.21.4; 7 .3 ; T ert.

Nat.2.11.

Acá Larencia (Acca Larentia). Diosa de naturaleza un tanto oscura. Originalmente era una divinidad de los suburbios rús­ ticos de Roma, personificación de la tierra fecunda, por lo que se la confunde con Telus, Ops, Dea Dia y Ceres.

La leyenda la presenta como la esposa del pastor Fáustulo y no­ driza de Rómulo y Remo. Tenía doce hijos, con los que realizaba unas ceremonias destinadas a pedir la fertilidad de los campos. Muerto uno de ellos, tomó Ró­ mulo su lugar, siendo éste el ori­ gen del colegio de los -«Herma­ nos Arvales.

Una versión etiológica de la le­ yenda la presenta como una prostituta, de donde surgiría la

tradición de que los gemelos habían sido amamantados por una loba, que se explicaría por el apodo de «lobas» que los ro­ manos solían dar a las rameras. Esta versión enlaza con otra, según la cual había sido una fa­ mosa cortesana que, tras pasar una noche en el templo de Hér­ cules, casó, gracias a la ayuda del dios, con un rico etrusco. Éste, al morir, le dejó una enor­ me herencia, que ella, a su vez, legó al Pueblo Romano. En agradecimiento, se instituyeron en su honor las —► Larentales, el 23 de diciembre [—‘Flora]. También se la identifica con la

—► Madre de los Lares, debido a la similitud fonética de sus nombres.

Fu e n t e s: Am.3.23; Aug.Ciu.6.7; Cato apud Macr.Sor.1.10.16; D.H.1.84; Gell. 1.4; 7.7; Lact.£pif.20.3; Inst. 1.20.5; Liu. 1.4; Ou.Fasti 2.615; 3.56; Plin.JVcjr.18.2;

P í a Rom As. ', Varro Lea.6.23s.

Bib l io g r a f ía: U. Pe s t a l o z z a, «Ma- ter Larum e Acca Larentia», Rendic. del Ist. Lombardo di Scienze e Lettere, 46(1933)905s.; D. Sa b b a t t u c c i, «II mito di Acá Larentia», SMSR 29(1958) 41-76.

Acerra. Incensario. Cajita con tapadera, donde se guardaba el incienso que se había de quemar durante el sacrificio. También se

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Acuelicio

daba este nombre a los pequeños altares portátiles donde se que­ maba incienso ante los muertos, antes de que las Leyes de las Doce

Tablas prohibieran su uso por con­

siderarlo demasiado suntuoso.

F u e n t e s : Cic.Leg.2.24; Fest. s.u.; Hor.

Od 3.8.2; Ou.Afer. 13.703; Pomo4.8.39; Pers.2s.; Seruvte«.5.745,

Acuelicio (Aquaelicium). Cere­ monia religiosa que se practi­ caba en épocas de pertinaz se­ quía. Todos descalzos, los ma­ gistrados sin sus insignias, las mujeres con el cabello suelto, acudían en procesión hasta la fuente de Pico, en las proximi­ dades de la Puerta Capena, pa­ ra pedir la lluvia a —‘Júpiter Elicio f —► Lapis Manalis].

Fu e n t e s: Fc&s.u.Aquaelicium y Ma­ nalis lapis; Nonj.K. Trulleum; Petr.44. 18;Seru^4e«.3.175;Tert.i4/w/.40.14.

Adeona. Diosa protectora del acto de regresar, especialmente si se trata de los primeros pa­ sos del niño (cf. adeo, «regre­ sar») [—► Abeona],

F u e n t e s : Aug.Ciw.4.21.4; 7.3; T ert. N a l.

2.11.

Ádito (adytum). Cámara secre­ ta de un templo, a la que exclu­ sivamente teman acceso los sa­

cerdotes. Propia, sobre todo, de los templos en los que se con­ sultaban los oráculos, ya que en ella se ocultaban los encar­ gados de provocar los efectos sobrenaturales con que los sa­ cerdotes acompañaban las res­ puestas proféticas.

Fu e n t e s: Caes.Ciw.3.105.5; Lu c.Cim.

5.41-161; Verg^4en.6.98.

Adolenda. Diosa agraria. Era una de las cuatro divinidades invocadas por los Hermanos Arvales en los ritos expiatorios que debían realizar cuando cor­ taban un árbol del lucus de Dea Dia. Se ocupaba, concretamen­ te, de la cremación del árbol (cf.

adoleo, «quemar») [-*Coin- quenda, Comolenda, Deferun- daj.

Fu e n t e s: Acta Aru. 183, 224 = CIL 6.2099,2107.

Adoración (adorado). Testi­ monio de veneración que se rendía a los dioses. Se expresa­ ba por la actitud y los movi­ mientos del cuerpo: la cabeza ligeramente inclinada hacia de­ lante, las rodillas semiflexiona- das, la mano derecha tocando el objeto reverenciado (una es­ tatua, un altar, etc.), mientras que la izquierda se llevaba a la

(27)

Agonio

boca (ad os, de donde deriva el término adoratió).

Otra manera de testimoniar la veneración, considerada más vil y propia de pueblos bárba­ ros, era mediante la adulación

(adulado), que consistía en

postrarse y tocar con la cabeza en el suelo.

Fu e n t e s: Amm.15.5; 18; 21.9.8; Apul. Apol56\ Flor. 1; iVto.4.28; Am.1; Aur. Vict.39.4; G.cAtt.5.21; Quiru.1.1; Verr.2. 4.43; Curt.8.5; D.C.59.4.27; 60.5; Euseb. VC 4.51-, Eutrop.9.26; Iuu.6.47; Lampr. Alex.lS- liu5.21; 9.18; 30.16; Lucr.1.317; 5.1197; Nep.Con.3; Ou.Afef. 1.357; 7.631; Pl.Curc.1.69; PlinJVar. 11.45; 28.225; 5; 29.20; 523; Quintimt. 11.3; SueMug. 52; Vit.2; TncAnn.1.10; Ten.Ieiun.\6\ Val.Flac.8.246.

Adríades (Adryades). [-►Dría­ des]. Aedicula. [—►Edícula]. Aedituus. [-►EdítuoJ. Aesculanus. [-►Esculano], Aesculapius. [-*Esculapio]. Aeternitas. [-> Eternidad].

Aferenda (Afferenda). Diosa

nupcial que se ocupaba de po­

ner en comunicación a los no­ vios y de lo concerniente a la aportación de la dote (cf. affe-

ro, «aportar»).

Fu e n t e s : T e rt.A to .2 .1 1.

Agenoria. Diosa de la activi­

dad. Incita a los hombres a la acción [-+ Agonio, Peragénor].

Fu e n t e s: A u g .C itt.4 .1 1 .4 ; 1 6 .1 .

Agonales (Agomlia). Fiestas en

las que se celebraba un —►ago­ nio. Tenían lugar los días 9 de enero (en honor a —»Jano), 17 de marzo (a -* Marte), 21 de mayo (a — Veyovis) y 11 de diciem­ bre (a -►Sol Indígete).

Fu e n t e s: L y d .M m s .4 .1 5 5 ; M a c r.S a /.

1.4.7. O u.Fasti 1 .3 1 8-334; 5 .7 2 1 s.; Va-

rro ¿ o r.6 .1 2 ;1 4 .

Agonio (agonium). Sacrificio

de un camero, realizado por el Rey de lo sagrado, que tenía lu­ gar cuatro días al año [—►Agona­ les],

F u e n t e s : T ert .Nat.2.11.

Agonio (Agonius). Dios de la

actividad [—►Agenoria, Peragé­ nor].

Fu e n t e s: M a c r.S a /. 1 .4 .1 5 ; P a u l.F e s t. s .« .;S e n .C o n /r.2 .3 .1 9 ; V a r ro ¿ a f.6 .1 4 .

(28)

Aius Locutius

Aius Locutius o Loquens.

[-►Ayo Locucio].

Albúnea. Deidad de naturaleza

oscura, a la que se había consa­ grado un lucus, una fuente a la que se atribuían virtudes profé- ticas y un templo en Tíbur. También se la identifica con una de las —►Sibilas.

Fu e n t e s: P lin .A ta.3 1 .2 .1 8 ; V ergyten.7. 8 3 1 ;V itr.2 .8 ;8 .3 .

Alemona. Diosa de la infancia

que se encarga de alimentar (ialere) al niño cuando se halla en el vientre materno.

F u e n t e s : Tert Anima 3 7 .

Alio die («para otro día»). Fór­ mula augural por la que se in­ dica que los -►auspicios eran desfavorables y se aplazaba

para otro día la consulta que se

estuviera realizando.

F u e n t e s : Cic.Leg.2.31;Phil.2.83 .

Almo (Almus, «Alimentador»),

Epíteto de -+ Júpiter.

Altar (ara, altare). Construc­

ción elevada de forma cuadra­ da o circular, en la que se que­ maban las ofrendas hechas a los dioses. Teman un orificio

lateral o en la parte inferior, por donde salía el vino de las libaciones o los jugos que des­ prendían las víctimas quema­ das. Solían alzarse ante el pór­ tico de un templo, ante las imá­ genes de los dioses, cerca del

impluvio de una casa, etc.

Los gramáticos señalan dife­ rencias entre ara y altare. Se­ gún ellos, el ara era de dimen­ siones más reducidas y estaba dedicada indistintamente a los dioses inferiores y superiores, mientras que el altare lo estaría exclusivamente a éstos últimos. El altar más conocido es el Ara

Pacis de Augusto, erigido en

Roma en el 9 a.C., que se con­ serva en la actualidad.

F u e n t e s : F e s t.s.u.altare;Lucr.2.353;

PMtt/.4.1.20; Aíosf.5.1.45; Plin.Pan. 1; Plin.Ata. 15.40; Quint.ZVc/.12. 26; Seru.£c/.5.66; Verg./4en.4.453.

Áltor («Alimentador»). Dios de la tierra fecunda.

F u e n t e s : A u g .Ciu.l.23.

Am barvales (Ambarualia o

Ambaruale sacrum). Fiesta de

la purificación de los campos, que se celebraba el 29 de ma­ yo. Cada propietario llevaba a los tres animales componentes de una —►suovetaurilia en pro­

(29)

Ana Perena

cesión alrededor de las mieses todavía sin madurar. Antes de proceder al sacrificio, dirigía una plegaria a —►Marte, en la que le pedía su protección so­ bre los campos, los rebaños y los miembros de la casa, a fin de que la recolección resultase próspera, el ganado fecundo y las personas gozasen de buena salud. La ceremonia terminaba con una danza acompañada de canto.

Con la llegada del Cristianismo no se suprimen las Ambarva- les, sino que se transforman en las procesiones y letanías ma­ yores que tienen lugar el día de San Marcos, el 25 de abril, con las que se bendicen los cam­ pos, a fin de que Dios los fe­ cunde y se obtenga una esplén­ dida cosecha.

Fu e n t e s: Cato/4gr.l41; Liu.l.44.1s.; Macr.Saí.3.5.7; Seru.£c£3.77; 5.75; Ge.1.345; Tib.2.1; Varro Rust.2A.10; Verg. Ge. 1.345-350.

Bib l io g r a f ía: T. Pa s q u a l e t t i, «Quid inter carmen Ambarvale et Rogationes christianas intersit», Latimtas 4(1954) 296-300.

Am burbio (amburbium o am-

burbialé). Ceremonia expiato­

ria que se celebraba el 2 de fe­ brero, en la que las víctimas,

antes de ser sacrificadas, eran llevadas solemnemente en pro­ cesión en tomo a la ciudad.

F u e n t e s : A puljV fó.3.25; Paul.FesL s.u.\

Seru.£c/.3.77; Str.5.3.2; \ b p v lur.20.

Ana Perena (Arma Perenná). Es la diosa de los años, a la que se invocaba para pasar el año (armare) y vivir mucho tiempo (perennare).

Según Ovidio, se trata de Ana, la hermana de Dido, que, des­ terrada de Cartago a la muerte de ésta, consiguió, tras mucho tiempo, reunirse con Eneas, ca­ sado ya con Lavinia. Temerosa a causa de los celos de ésta, huyó y desapareció en las aguas del río Numicio. Allí lle­ garon en su busca servidores de Eneas y escucharon la voz de Ana, que les dijo que había sido convertida en ninfa y que en ese río perenne (amne pe­

renne) tenía su refugio. Esta

etimología del nombre de la diosa es falsa y se basa simple­ mente en la homofonía de am­

ne y Anna, que no tienen entre

sí ninguna relación semántica. Hay otra versión sobre el ori­ gen de esta diosa, transmitida también por Ovidio, según la cual, se trataría de una anciana

(30)

Anciles

que había acudido en auxilio de la plebe cuando ésta se retiró al Monte Sacro (494 a.C.), distri­ buyendo alimento entre los ne­ cesitados. En agradecimiento le erigieron una estatua y la ve­ neraron como diosa.

Se la ha identificado, en oca­ siones, con otras diosas como Luna, Temis, ío o la Atlántide que fue nodriza de Júpiter. En su honor se celebraba una fiesta el 15 de marzo [-»Fiesta de Ana Perena]. Fu e n t e s: Lyd.A/e/is.4.36; Macr.Saf. 1. 12.6; Ou.Fasti 3.146; 523-696; Varro Men. 150. Bib l io g r a f ía: G . Du m é z il, Le Fes­ tín de l ’immortalité, París 1924, p. 133; M. Gu a r d u c c i, «II culto di Arma ... nelle iscrizioni siculi di B u s-

cemi, e il culto latino di Arma Peren- na», SMSR 12(1936)25-50.

Anciles (Ancilia). Escudos sa­

grados que se guardaban en la Curia de los —* Salios, en el Pa­ latino.

Según la leyenda, Júpiter, des­ de el cielo, había enviado a Numa un escudo como garan­ tía del poderío del pueblo ro­ mano. El escudo era de bronce, de pequeño tamaño, ovalado, recortado en la mitad por am­ bos bordes, lo que le daba for­

ma de un violín, por lo que le llamaron ancile, de ambo cae-

do, «cortado por los dos lados»

(Plutarco da otras posibles eti­ mologías). Como la suerte de Roma estaba unida a la del escu­ do, para evitar que fuera robado, Numa encargó a —►Mamurio que construyera otros once igua­ les al que había caído del cielo. El artesano realizó tan maravi­ llosamente su trabajo que, a partir del momento en que fue mezclado el original con las copias, aquél resultó irrecono­ cible. Numa eligió a doce jóve­ nes patricios, sobresalientes en virtud y hermosura (los Salios), para que fueran los guardianes de los escudos.

Se decía que estos escudos se agitaban por sí mismos para avisar que se acercaban mo­ mentos de peligro para Roma [-♦Lanzas de Marte].

El 1 de marzo que, según la tradición, era el día en que ha­ bía caído del cielo el primer es­ cudo, los Salios los sacaban en procesión por la ciudad.

Fu e n t e s: Cic.Diu.130-, D.H.2.70s.; Fest.s.u.Mamuri Veturi; Flor.£jE>ir.68; Liu.5.52; Lyd.Mms.4.36; Ou. Fasti 3. 373-392; PluJV«m.l3; SenMe/j.8.188; 8.664; Val.Max 1.8.11; Varro Lat.7.43; Verg^eK.8.664.

(31)

Angeronales

Bib l io g r a f ía: G . Du m é z il, Tarpeia, París 1947, pp.241ss.

Anclabris. Mesa de pequeño tamaño, que se utilizaba en los sacrificios. En ella se coloca­ ban los instrumentos necesa­ rios, así como las entrañas de la víctima para su inspección por parte del —»arúspice.

Fu e n t e s: Fest-s.w. Anclabris y Esca- riae.

Angerona. Diosa de oscura na­

turaleza, sobre cuyo campo de actuación hay muchas dudas. En el altar de la diosa Volupia se hallaba una estatua de Ange­ rona, que la representaba, en una actitud enigmática, con la boca vendada y un dedo sobre los labios en el gesto dé pedir silencio. En un principio se pensó que se trataría de una diosa infernal, por la relación que hay entre el silencio y la muerte, pero más recientemen­ te se ha propuesto una explica­ ción diferente, basada en la comparación con otros mitos indoeuropeos. Según esta teo­ ría, una de las intenciones del silencio es concentrar el pensa­ miento, la voluntad, la palabra interior y obtener por esta con­ centración una eficacia mágica

que no tiene la palabra pronun­ ciada: es por su silencio y la concentración de fuerza místi­ ca, que éste procura, como An­ gerona debía cumplir su tarea: salvar al sol del peligro. Sería, pues, la diosa del solsticio de invierno, que ayudaría a superar el sentimiento de angustia que se experimenta al irse acortando los días (angustí dies). Ésta es la ra­ zón que explica que su fiesta, las -♦Angeronales, se celebrara el 21 de diciembre.

Según otra hipótesis, Angerona era el nombre secreto de Ro­ ma, que estaba prohibido pro­ nunciar por temor a revelarlo a los enemigos [—►Flora]. Sería precisamente este secreto lo que ordenaba con el gesto la imagen de la diosa.

Fu e n t e s: Cic.Fin. 1.11.37-39; 2.4.11- 14; Fests.a. Angeronae deae; Macr.&tf. 1.10.7s.; 3.9.4; Plin.Ate.3.65; 28.2.4; Seru^4en.2.351; Sol.1.1; 6; Tert.Ato.2. 11; Vano ¿oí. 7.23.

Bib l io g r a f ía: G . Du m é z i l, Déesses latines et mythes védiques, Bruselas 1956, pp.44-70; M. Re n a r d, «Á pro­ pos d’Angerona et d ’une ume étrus- que», Lat. 45 (=Hommage á G. Du- mézit) (1960)168-171.

Angeronales o Divales (Alige­

ro nalia, Diualia). Fiestas en

(32)

Aniversario de Ceres

celebraban el 21 de diciembre, en las que los Pontífices ofre­ cían un sacrificio a la diosa en la Curia Aculeya.

F u e n t e s : M acr.S af.1.10.7; V arro Lar.6.

23.

Aniversario de Ceres (Anniuer-

sarium Cereris). Fiesta en ho­

nor de -* Ceres, instituida du­ rante la Segunda Guerra Púni­ ca, que se celebraba unos días después del 2 de agosto, fecha del aniversario de la derrota de Cannas (era una fiesta móvil). En esta fiesta, en la que se con­ memoraba el reencuentro de Ceres y Prosérpina, las matro­ nas, tras nueve días de absti­ nencia sexual, ofrecían, vesti­ das de blanco, guirnaldas de espigas como primicia de las cosechas [-►Ayuno de Ceres, Ceriales].

Fu e n t e s: C\c.Leg.22\\ Ou.Ato. 10. 431-435.

Anona (Annona). Diosa que, a

partir del Imperio, personifica­ ba el aprovisionamiento de ví­ veres (annona). Se la suele representar en compañía de -►Ceres, con el cuerno de la abundancia en la mano y, a un lado, un modio, una espiga, un

jarrón, una estatuilla de Roma, y, a veces, un ancla, la proa de un barco, un timón (ya que las provisiones, en esta época, lle­ gaban principalmente por mar).

Fu e n t e s: Inscr.Orelli 1810.

Antevorta. También llamada

Prosa, Prorsa, Pórrima. Es una de las tres —*Carmentes, diosas de los nacimientos y de la pro­ fecía. En su primer aspecto, in­ tervenía en el parto, cuando el niño venía de cabeza. En el se­ gundo, cantaba proféticamente lo que ya había sucedido [—►PosvortaJ.

Su fiesta, las segundas -►Car- mentales, se celebraba el 15 de enero.

Fu e n t e s: Gell.16.16.4; Macr.&jf. 1.7.20, Ou.Fasti 1.630-636; SenMerc.8. 336; 12.139;Tert.Ato.2.11.6.

A nxurus («de Anxur»). Epíteto

de —►Júpiter.

Apex. Bastoncillo de madera

de olivo, puntiagudo, forrado de lana, que coronaba el bonete con el que se cubrían los Flá- mines y los Salios.

Fu e n t e s: F e s L m Albogalerus, GelL 10. 15.3; Liu.6.41; Ou.Fasti 3.397; Seiu. Aen 10.270.

(33)

Apoteosis Apolo (Apolló). Dios griego,

sin equivalente en el panteón romano, por lo que, al ser im­ portado a Italia, conservó sus características originarias. Fue uno de los primeros dioses griegos que se introdujo en Ro­ ma: con motivo de la peste del año 433 a.C. fue adoptado co­ mo dios curador, invocándose­ le bajo la advocación de Médi­

co y dedicándosele un templo

cerca del Capitolio (431 a.C.). Figura entre los dioses a los que en el 399 a.C. se les dedicó el primer -*lectistemio. En el 212 a.C. se instituyeron en su honor los -«Juegos Apolinares para recabar la ayuda del dios contra Aníbal.

Dos poderosas familias, la de Sila y la de César, lo considera­ ron protector de sus casas, co­ mo si se tratase de un dios fa­ miliar. También Augusto sintió por Apolo (de quien se decía que era hijo) especial devo­ ción: a él atribuyó su victoria de Accio y, en señal de grati­ tud, instituyó en su honor unos juegos, los Actia, y le dedicó un templo en el Palatino, al que hizo trasladar los —►Libros Si­ bilinos, anteriormente guarda­ dos en el Capitolio, junto a los

sacerdotes que los custodiaban, los Quindecénviros. Este Apo­ lo del Palatino reunió los atri­ butos de todos los Apolos que le habían precedido. Asimismo, durante la celebración de los —►Juegos Seculares del año 17 а.C. se dedicó el tercer día de las fiestas a Apolo y a su her­ mana Diana: para esta ocasión escribió Horacio el Carmen

Saeculare. Fu e n t e s: Liu.3.63.7; 4.25.3; 5.13.4; 25.12; 40.51; Macr.Saf.1.17.15; 17.27; Ou.Fasti 6.703s.; Aíeí.l.416s.; 452s.; 3.534s.; Plu.SKtf.29.10; SemAen.3.13; б.617;8.30;Ge.l.l4. B i b l i o g r a f í a : J. C a r c o p i n o , La Ba-

silique Pythagoricienne..., T- ed., Pa­ rís 1943; F r . C u m o n t , Symbolisme funeraire..., París 1942; J. G a g É , Re- cherches sur les Jeux Séculaires, Pa­ rís 1934; Apollon Romain: Essai sur le cuite d ’Apollon et le de'veloppe- ment du “ritus graecus” á Rome, des origines á Auguste, París 1955; P.

L a m b r e c h t s , «La politique apolli-

nienne d’Auguste», Nouvelle Clio

5(1953)65-82.

Apoteosis (apotheosis). Deifi­

cación de un mortal que ha destacado por sus cualidades. Aunque entre los romanos se ad­ mitía que tras la muerte los hombres se convertían en —►Ma­ nes, dioses protectores de sus fa­ milias, la apoteosis no fue co­

(34)

Arcano

mente en los primeros siglos de Roma, donde sólo se da el precedente de Rómulo, que tras su muerte fue divinizado como el dios Quirino. Ningún otro personaje histórico fue deifica­ do hasta Julio César. A partir de aquí se convertiría en prácti­ ca habitual entre sus sucesores. La apoteosis debía ser decreta­ da por el heredero del trono o por el Senado. La ceremonia revestía gran solemnidad. Una vez colocados los restos en el sepulcro, se exponía en el pala­ cio, durante siete días, una imagen de cera del emperador, revestida con los ornamentos del triunfo. Al octavo día, la imagen era llevada, a hombros de caballeros y senadores, en procesión por el Foro hasta el Campo de Marte, donde se ha­ bía levantado una pira, que se­ mejaba un altar de tres o cuatro pisos que disminuían progresi­ vamente, y decorados con esta­ tuas, tapices y otros adornos. En la cúspide se colocaba la imagen en un lecho espléndido, rodeado de hierbas aromáticas. Acto seguido, los soldados de caballería e infantería corrían alrededor de la pira (decursio) y arrojaban a ella las recom­

pensas militares que hubieran recibido por su valor. Se pren­ día fuego y de la parte superior echaba a volar un águila que, según se creía, llevaba el alma del difunto al cielo.

La apoteosis sobrevivió al pa­ ganismo. Los primeros empe­ radores cristianos fueron deifi­ cados por el Senado, pero la apoteosis había perdido su pri­ mitivo carácter religioso, hasta quedar reducida a una simple muestra de adulación.

Fu e n t e s: Cic.Ato.2.62; VXor.EpitA.

12; Hdn.4.2; Ou.Fasti 3.701-704;

Met. 14.585-608; 15.843-870; Prud.

Sym. 1.245-265; Sv¡z\.Augl\ 42; 59; 60; 70; 100; Cal.21; Dom.2; Iul.16; 88;

Vesp.23; Tac^4nn.4.37s.; 13.2; Tert.

Apol.34.

B i b l i o g r a f í a : J. A r c e , Funus Impe-

ralorum: Los funerales de los empe­ radores romanos, Madrid 1988; J.

B a y e t , Croyances et rites dans la

Rome antique, París 1971.

Arcano (Arcanus). Epíteto de

—►Júpiter.

Arculo (Arculus). Dios protec­

tor de las arcas en que se guar­ daba el dinero.

(35)

Argeos Archigalo (Archigallus). Jefe

de los ->• galos, sacerdotes de -►Cibeles.

Argentino (Argentinas). Dios

de las monedas de plata, hijo de —* Esculano, dios de las de cobre.

Fu e n t e s: A u g .C ¡'« .4 .2 1 .5 ;2 8 .3.

Argeos (1. Argea; 2. Argei, «ar-

givos»). 1. Capillas, en número de 24 o 27, consagradas por Nu­ ma y repartidas entre las cuatro partes de la ciudad antigua (Sep- timontio, Viminal, Quirinal y Foro), que el pueblo visitaba una por una los días 16 y 17 de mar­ zo. Se ignora qué relación guar­ daba esta ceremonia con la que se explica a continuación. 2. Maniquíes de juncos que, en número de 27 o 30, tras una pro­ cesión presidida por los Pontífi­ ces y magistrados, eran arroja­ dos por las Vestales al Tíber des­ de el —‘Puente Sublicio. A la ceremonia, que tenía lugar el 14 de mayo, asistía la Flamínica Dial, vestida de luto, sueltos los cabellos, en actitud de plañidera. No está claro el significado de este rito, pero parece contener vestigios de inmolaciones hu­ manas. Ovidio ofrece dos expli­

caciones al respecto: según la primera, antiguamente se sacri­ ficaban a Saturno dos víctimas humanas, hasta que Hércules las sustituyó por hombres de paja. La segunda versión alude también a la llegada de Hércu­ les, acompañado de un grupo de griegos, la mayoría de Ar­ gos, que se establecieron en la región; como añoraban la pa­ tria, pidieron que a su muerte arrojasen sus restos al río, para que las aguas los condujesen a Grecia, pero los herederos op­ taron por enterrarlos y lanzar en su lugar muñecos confeccio­ nados con juncos. Ovidio recha­ za expresamente que existiera la costumbre de echar al río a los sexagenarios o que los jóvenes tirasen a los ancianos desde el puente para así disfrutar ellos solos del derecho al voto, prác­ ticas de las que se encontrarían huellas en esta ceremonia.

F u e n t e s : 1. EnnA nn.Jr. 64 Segura;

Gell.10.15.3; 16.4; Liu.1.21.5; 22; 33.6; Ou .Fasti 3.791s.; Varro Lat.5. 45-54; 7.3. 2. D.H.1.38.2s.; Enn^wi. fr.64 Segura; Fests.u.; Gell.10.15.3;

Ou .Fasti 5.621-662; Varro L a tí .44.

B i b l i o g r a f í a : L. C l e r i c i , «Die Ar­

gei», Hermes 77(1942)89-100; A.

G r o t h , «Der Argeerkultus», Kl.

(36)

Re-Aricina

cherches sur le cuite dii Tibre, París 1953, pp.83-87.

Aricina («de Aricia»). Epíteto

de —>Diana.

Armilustrio (Armilustrium).

Fiesta de la purificación de las armas, que tenía lugar los días 19 de marzo y 19 de oc­ tubre, es decir, cuando se sa­ le a campaña y cuando se vuelve de ella, respectiva­ mente. Los ciudadanos se di­ rigían, con armas, a un lugar, llamado también Arm ilustrio, en el monte Aventino, donde se celebraban sacrificios al son de trompetas.

F u e n t e s : Liu.27.37; F e s t,s.u.\ Plu.

Rom.23; Varro ¿ai.2 .153;6.22.

Arquis. Diosa protectora de

los arcos de la casa.

F u e n t e s : T ert. Nat.2.15.

Arúspices (Haruspices). Adi­

vinos que anunciaban la volun­ tad de los dioses, mediante el examen de las entrañas (espe­ cialmente el hígado) de los ani­ males sacrificados [ - ‘Extispi- cio]. También había otros arús­ pices que hacían sus prediccio­ nes mediante la observación de

ciertos fenómenos naturales: rayos, relámpagos, terremotos, eclipses, etc.

Los arúspices (de procedencia etrusca) gozaban de menor prestigio que los -► augures (de origen romano): decía Cicerón que era sorprendente que al en­ contrarse dos arúspices no se echaran a reír el uno del otro. No obstante, sus servicios eran muy solicitados por la gente del pueblo.

También había mujeres que se dedicaban al mismo menester

(Haruspicae).

Fu e n t e s: CatAgr.6.4; Cic.Caí.3.9; DiuA.39; 92; 2.24; 28-37; 51; 53; 62; 75; Fam.6ASA; Har.passim; Leg.2A\ Nat. 1.71; Cdí.Rust. 1.8.6; D.H.2.22.3; Gell.4.5; Liu.42.20.1-3; Pl.C«rc.483s.; P1u.SnZ/.7.7-11; Sal.Caí.47.2; Val.Max. l.l.l.

Bib l io g r a f ía: A . Bo u c h é-Le c l e r c q,

Histoire de la divination dans l ’An- riquité, t. 4, París 1882.

Arvales [—‘Hermanos Arva-

lesj.

Ascenso (Ascensus). Dios de

las laderas de los montes y de las cuestas de los caminos.

Fu e n t e s: Tert.Ata.2.15.

Aspersión (aspersio). Acción

(37)

Atis

cación, antes de realizar un sa­ crificio a los dioses inferiores (si el sacrificio era a los dioses superiores había que lavarse todo el cuerpo o, al menos, las manos y la cara). Esta ceremo­ nia se hacía con una rama de laurel o con una varita hecha expresamente con este fin.

F u e n t e s : C ic.¿<?g.2.10; O u.Fasti 5 .

6 7 9 ;V e rg J4 e n .4 .6 3 5 .

Atárgatis. Diosa siria de la fe­

cundidad, representada como mitad mujer y mitad pez. Su culto fue introducido en Ro­ ma, donde se la conocía con el nombre de Diosa Siria, por es­ clavos y comerciantes a finales de la República.

Era una diosa bienhechora de la humanidad. A ella se atribuía la invención de las ciudades y la organización de la vida civil y religiosa.

Sus templos estaban servidos por sacerdotes castrados, como los de —‘Cibeles, diosa con la que a veces es identificada, así como con Venus y Rea.

Su culto era el de una —►reli­ gión mistérica: sus fieles de­ bían pasar por una iniciación y se les prometía la resurrección

tras la muerte. Un águila con­ ducía sus almas hacia el sol.

F u e n t e s : Apul.Mef.8.25-29; CIL 6.

116, 399, 32316, 32462, 7.759, 9.4187, 6099, 10.1554; Luc.Syr.D-

Plin.iVaf.32.17; Plu. Crass. 17; Mar. 17.

B i b l i o g r a f í a : F. C u m o n t , Études

Syriennes, París 1917; Les Religions orientales dans l ’Empire romain, París 1929, pp.l74s.; J.G. F é v r ie r, La religión des Pcánvyréniens, Paré 1931; R. DU

M e s m il d u B u is s o n , Études sur les

dieux phe'niciens hérités par l ’empire romain, Leiden 1970; P. P e r d r i z e t ,

«Atargatis», en Mékmges F. Cumont

2, Bruselas 1936, pp.885-891.

Atis (Attis). Dios frigio asocia­ do al culto de —►Cibeles. Origi­ nariamente había sido mortal. Joven de extraordinaria belle­ za, la diosa se enamoró de él y le hizo guardián de su templo, con la condición de que se mantuviera virgen, pero Atis se enamoró de una ninfa y faltó a su promesa. Enterada Cibeles, cortó el árbol al que estaba li­ gada la vida de la ninfa y ésta murió. El joven enloqueció y en medio de una crisis de locu­ ra se castró. Esta acción era imitada por los -* galos, sacer­ dotes de la diosa. Cibeles vol­ vió a aceptarle en su culto y tras su muerte lo elevó al rango de los dioses.

(38)

Auguráculo

El culto de Atis llegó a ser ofi­ cial en Roma bajo Claudio. Pos­ teriormente fue asimilado al Sol. Del 15 al 27 de marzo se cele­ braba una serie de ritos y cere­ monias en los que se repre­ sentaban los dramáticos acon­ tecimientos de la vida del dios [-►Fiesta de Atis]. Fu e n t e s: Am.5.5-7; Catul.63; D.S. 3.58s.; F in n .£ r r .3 ; Ou.Fasti 4.223s.; Paus.7.17.9; Pwd.Perist. 10.1061-1075; Seruj4en.7.761. Bib l io g r a f ía: J. C a r c o p in o, «La Ré- forme romaine du cuite de Cybéle et d'Attis», en Aspects mystiques de la Rome paienne, París 1942, pp.49s.; J.

G . Fr a z e r, Atys et Osiris, Études de

religions orientales comparées, París 1926; H. Gr a il l o t, Le cuite de Cybé­ le, Mere des dieux, á Rome et dans l ’Empire romain, París 1912.

Auguráculo (auguraculurri). Lu­

gar, considerado puro, en el que se colocaban los —►Augures para observar el vuelo de las aves. En Roma había uno en el Quirinal y otro en el Capitolio. Éste últi­ mo era un pequeño cuadriláte­ ro situado en la ciudadela (arx), en el sitio en que actualmente se alza la iglesia de Santa Maña in Aracoeli.

También otras ciudades tenían su auguráculo.

Fu e n t e s: Cic.Off3.66; Liu.1.18.6; 10. 7.10; Paul.Fest.174; Val.Max.8.2.1; Varroia/.7.8.

Bib l io g r a f ía: A. Ma g d e l a in, «L’au- guraculum de l’Arx á Rome et dans d’autres villes», REL 47(1969)253- 269.

Augural (augurale). Lugar del

campamento militar, a la dere­ cha del pretorio (tienda del ge­ neral), donde se tomaban los —►augurios.

Fu e n t e s: Quint.//«r.8.2.8; TacAnn. 2.13.1; 15.30.1.

Augures. Sacerdotes romanos,

cuya función era consultar los -►auspicios. Se les consideraba los sacerdotes más antiguos de Roma. En un principio eran tres y su número fue creciendo hasta llegar a diecisiete en tiem­ pos de César. A partir de Au­ gusto, el Senado tiene la facul­ tad de nombrar tantos como juzgue necesario.

Forman un colegio, pero no están presididos por un jefe, sino que son totalmente independientes entre sí. Tienen actas y comen­ tarios [—>Libros augurales]. Se reunían para deliberar en las

nonas de cada mes y emitían

su opinión por orden de edad. Cuando quedaba vacante un

(39)

Augurio, auspicio

puesto, se presentaban candi­ datos, avalados por los Augu­ res, entre las personas con más mérito de la ciudad (Cicerón, por ejemplo, fue augur), y ellos mismos elegían a uno (coopta­

do), cuidando de no nombrar a

nadie que fuera enemigo de al­ guno de los existentes. El cargo era vitalicio y no se podía per­ der ni siquiera por condena ju­ dicial; no era incompatible con las magistraturas. Gozaban de gran prestigio: en la paz y en la guerra los magistrados tenían que recurrir a ellos para cual­ quier asunto y someterse a su dictamen.

Además de la consulta de los auspicios, atendían también a la -+ inauguración de las ciuda­ des, templos, etc.

Sus insignias eran la trábea (to­ ga blanca con una franja púr­ pura) y el -*lituo.

Fu e n t e s: App.BC 2.150; Aug.Ci'w.6. 3;Char. p.98; 112;Cic^4c.2.38; Agr.2. 7; Brwr.l; 31; 77; Din. 1.17; 40s.; 58; 2.17s.; 33-35; 38; Domo 15; Ep.Brut. 1.5; Fam.3.21; 7.26; Har.9; Leg.2.8; 12s.; 3.4; 8; Nat. 1.33; 2.4; 3.2; Off3. 16; Phil.2.2; 8; 12s.; 32; 34; 43; Rep. 1.40; 2.9; 31; Senect.l8\ Cod. /«sf.9.18.5; Cod. Theod.9.1 6.4; Dig.4. 8.32.4; D.C.37.24; 39.17; 41.43; D.H.l .84; 2.22; 64; 3.70; Flor.Epir.89; Gai.1.130; 2.7; Gell.1.12; 6.7; 7.6; 13.14-16; 14.1; 15.27; Inscr.Orelli 811, 939, 2130, 2176, 2284, 2335, 2434,2649s„ 2853,3162,3191,5670, 6023,6481; Liu.l.ós.; 18;36;3.20; 32; 4.4; 7; 10.6; 8; 40; 27.8; 36; 47; 29.38; 30.26; 40.42; 41.28; 45.12; 15; 44; Lyd.Aíe/is.4.1; Macr.Sar. 1.9.14; 16. 19; 3.13.11; Non.95.8; Paul.Fest.16 L.; 157; 161; 237; 241; 249; 253; 289s.; 298; 317; 322; 343-345; 351; PL4s.2.1.11; Men. 1.2.54; Plin.E/>.4.8; 10.8; PlinJVaf. 10.20.45; 18.3.3; Plu. Marc.3; 5; Num. 14; Rom. 6; Plb.21.10; Prisc.6, p.719; 8, p.791 P; [Prob.] £c/.6.31; Seru^len.1.398; 2.178; 3. 537; 4.45; 5.738; 9.20; Suet.Ca/.12; Claud.6\ 22; Gramm. 12; Tac./lnn. 1.3; 3.9; Hist. 1.2.77; Val.Max. 1.1.1 y 3; VarroLa/.5.5; 21; 33; 47; 58; 83; 7.51; Rust3.6; Vlp.10.5.

Augurio, auspicio (augurium,

auspicium). Los escritores ro­

manos confunden a menudo ambas palabras y las emplean como sinónimas. Atendiendo a la etimología, el augurio sería el oficio del augur y auspicio el medio o la técnica que emplea­ ba para cumplirlo. Algunos es­ critores antiguos daban otras diferencias: el augurio se busca ex profeso, se manifiesta en unas aves determinadas, se to­ ma en la ciudad; el auspicio se presenta sin buscarlo, se mani­ fiesta en cualquier ave, se toma fuera de la ciudad. Pero, por lo

(40)

Augurio de la Salud

general, ambas palabras se usan indistintamente. En defi­ nitiva expresan la técnica de consulta e interpretación de los distintos signos que permiten conocer la voluntad de los dio­ ses.

Festo distinguía cinco clases de signos:

1) Los procedentes de las aves. Éstas, a su vez, se dividían en

oscines, que daban augurios

por el canto, y alites, que los daban por el vuelo. Éstas últi­ mas son las que constituyen el objeto primordial de la auspici-

na. El augur, previamente, deli­

mitaba una región del cielo, a la que se llamaba templo, en la que iba a hacer la observación. Se situaba en el —►auguráculo, mirando hacia el Sur, y con el —»lituo trazaba en el cielo una serie de líneas imaginarias: una de norte a sur y otra de este a oeste, y las encerraba en un cuadrado, trazando sendas lí­ neas paralelas a éstas. Era buen augurio si las aves aparecían por la izquierda del augur, ma­ lo si lo hacían por la derecha. También se tenía en cuenta si volaban alto o bajo (buena se­ ñal en el primer caso y mala en el segundo).

2) Los procedentes del -♦tripu­ dio, es decir, del comporta­ miento de los —‘pollos sagra­ dos en el momento de comer. 3) Los procedentes del cielo: trueno, rayo, relámpago. Al igual que con el vuelo de las aves, los que se producían en el lado izquierdo eran señal de buen augurio y de malo los del derecho. Entre los griegos ocu­ rría al contrario.

4) Los procedentes de los cua­ drúpedos. La observación de los movimientos y las actitudes de los animales en los límites de un templo era similar a la de las aves, pero en tiempos de Cicerón ya había caído en de­ suso y no se volvería a emplear nunca más.

5) Los procedentes de presa­ gios funestos, que sucedían de modo fortuito. Estos portentos fueron muy frecuentes en los úl­ timos siglos de la República. Otra clasificación de los auspi­ cios atendía a si las señales se presentaban sin haberlas solici­ tado, auspicios oblativos (de

offero, «salir al encuentro»), o

si lo hacían en virtud de una petición a los dioses, auspicios

impetrativos. Los primeros no

(41)

re-Augusta

chazarse no prestándoles aten­ ción o despreciándolos. Los se­ gundos debían pedirse en vir­ tud de un pacto con los dioses, cuya fórmula era recitada en voz alta por el augur, indicando el espacio y el tiempo en que debían presentarse.

También podían ser mayores o

menores, según la dignidad del

magistrado que tenía derecho a ellos.

Fu e n t e s: Amm. 15.7.8; Am.2.67; Ca­ pel.1.26; CicAtt.9.1; Diu. 1.15s.; 35; 39; 48; 53; 2.11; 23; 31; 34-36; Domo 14; 16; 55; Leg. 1.16; 2.12; 3.3; 19; Mzf.2.3s.; 64; Phil.5.3; Vat.8; D.C. 38.13; 46.33; D.H.2.5; Gell.6.6; 13. 15; Hor.CW.3.27.1-5; Xsxá.Orig. 12.7; Liu.1.36; 4.2; 18; 6.41; 8.23; 30; 32; 9.14; 38; 10.3; 40; 42; 59; 22.42; 23.19; 22; 36; 33.31; Non.92; Ou. Mer.5.550; Paul.Fest.64 L.; 197 L.; 205 L.; 234 L.; 244 L.; 260s. L.; 298 L.; 339 L.; 347 L.; 363 L.; 371 L.; PMs.2.1.12; Plin.Mzí.8.23.84; 57. 233; 10.8.21; 12s.; 17.39; 19.43; 11. 37.174; 28.2.11 y 17; Plu. Ma/c.5; 12; [Prob.]£c/.9.13; Sen.íVof. 2.32; Seru. Aen.1.393; 397s.; 2.693; 3.60; 246; 361; 374; 4.462; 5.7; 517; 6.190; 198; 7.141; 9.630; 12.259; Sil.1.535; StaL Theb.3.5l3\ SueLCIaud22; TdcAnn.12. 43; Hist. 1.18; Val.Max.1.1.5; 4.2-5; Varro Lat.6.76; VergJ4en.2.692; 4.462; 7.141;9.630; Ge.1.470.

Augurio de la Salud (Augu-

rium Salutis). Ceremonia reli­

giosa que se celebraba a la en­ trada en funciones de los nue­ vos cónsules. Éstos, tras la consulta de los auspicios, ele­ vaban oraciones a la diosa —►Salud, pidiendo su protec­ ción sobre el Pueblo Romano. Para llevarla a cabo era necesa­ rio que hubiera paz dentro y fuera de la ciudad. Dejó de practicarse en los últimos tiem­ pos de la República, hasta que Augusto la reinstauró en el 27 a.C. También la celebraron Ti­ berio y Claudio después de él.

Fu e n t e s: Cic.Diu. 1.47.105; D.C.37. 24; 51.20; Fest.s.w. Máximum praeto- rem; Suet^4ttg.31; Tac Ann. 12.23.1.

Augurio del perro (Augurium

canarium). Sacrificio de un pe­

rro rojo a —► Robigo. No tenía fecha fija de celebración. El Pontífice señalaba el día, que tenía que ser antes de que las espigas salieran de su vaina.

Fu e n t e s : P lin.A 'aí. 18.14.

Bib l io g r a f ía: L. De l a t t e, Recher- ches sur quelques fétes mobiles du Calendrier romain, Lieja 1937, pp. 27-36.

Augusta. Epíteto de -*Juno y

(42)

Augustales

Augustales [-«Cofrades Au­

gustales].

Auspicio (auspicium) [-«Au­

gurio, auspicio].

Averno (Auernus). Mansión de

los muertos, el infierno, cuya entrada estaba situada, según los poetas romanos, en el lago del mismo nombre, cerca de Cumas. Es el equivalente latino al Hades de los griegos.

Fu e n t e s: Cic.Tusc.1.37; Liu.24.12.4; Ou Am. 3.9.27; VeTgAen.6.126.

Averrunco (Auerruncus, «El que aparta barriendo»). Dios que libra de males a los hom­ bres y a las cosechas.

Fu e n t e s: Gell.5.12.14; Paul.Fest.511. 14 L.; Varro Lat.l. 102.

Ayo Locucio (Aius Locutius o

Loquens, «La voz que habla»).

Personificación de una voz so­ brenatural que desde el bosque de Vesta avisó a un tal Marco Cecidio que alertara a los ro­ manos de la inminente llegada de los galos cuando la invasión del 390 a.C. Tras retirarse és­ tos, el dictador Camilo le erigió un templo en la Via Noua. Esta fue la única manifestación de este dios.

Fu e n t e s: Cic.Diu. 1.101; 111; 2.69; Gell.16.17.2; Liu.5.32.6; 50.5; Plu. Cam. 30.

Ayuno de Ceres (Ieiunium Ce-

reris). Resta en honor de -«Ceres,

que se celebraba cada cinco años el 4 de octubre. Fue instituida en el 191 a.C. por indicación de los

-«Libros Sibilinos.

Referencias

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