Víctor E. Rojas M A00798221 Estudios Culturales La ciencia que fue: Las grandes narrativas de la demarcación científica moderna vs.
su legitimación postmoderna Resumen
Existe la idea predominante de que la ciencia es neutra e independiente de sesgos ideológicos y que, por tanto, su desarrollo es motivado por la búsqueda de la verdad justificado por el alcance de la verdad en sí misma. Sin embargo, en el campo de los estudios de la ciencia y los estudios de la postmodernidad se han presentado evidencias que ponen en tela de juicio estas presuposiciones. Ante esta situación se plantean las siguientes cuestiones
¿Qué es lo que distingue ciencia de lo que no lo es en la llamada época postmoderna? ¿Cuál es el criterio que lo legitima? ¿Qué contrastes existen en los criterios de demarcación moderna frente a los criterios de demarcación postmoderna? Este trabajo tiene por objetivo elucidar una respuesta a estas interrogantes y presentar diversas propuestas transdisciplinares de que la ciencia es un producto cultural determinada por el entorno en el cual se desarrolla, se legitima y se distingue. Para lograr los objetivos anteriores se realizó una revisión de los criterios de demarcación científica, los conceptos de tecnociencia y axiología de Javier Echeverría. Dicha revisión se construyó a partir de la óptica de las nociones de postmodernismo y los metarrelatos de Jean-François Lyotard y, la perspectiva de Anthony Giddens sobre las instituciones de la modernidad, haciendo énfasis en la sinergia de estos trabajos en cuanto a considerar a la ciencia como un producto humano.
Introducción
En esta época de los grandes proyectos de investigación y el advenimiento de la llamada sociedad del conocimiento, la ciencia ha adquirido un gran prestigio que le ha colocado como uno de los conocimientos más seguros y más confiables. Dicha idea es tal que en el imaginario colectivo contemporáneo existe la idea predominante de que las ciencias son neutras de todo cuestionamiento ético, libres e independientes de sesgos ideológicos y que, por tanto, su principal motivación es la búsqueda de la verdad justificada por el alcance de la verdad en sí misma. Sin embargo, al mismo tiempo existe la paradoja que desde la filosofía se ha cuestionado su constitución epistemológica y su impacto global en el entorno.
A partir de acontecimientos como la segunda guerra mundial y macro proyectos de investigación como el proyecto Manhattan, la institución científica pasó de ser una herramienta de desarrollo a una herramienta de dominación y destrucción masiva. Ante esta situación surgieron diversas críticas que pusieron en tela de juicio no sólo su validez y constitución epistemológica, sino la manera en que ésta afecta a las sociedades y el entorno natural. De esta forma, la neutralidad, la legitimidad y la validez absoluta del conocimiento científico han sido cuestionados.
Este trabajo de investigación tiene por objetivo analizar esos cuestionamientos epistemológicos y axiológicos de la ciencia y traer a la luz la manera en que ésta se legitima y se distingue. Además, se presentan diversas propuestas transdisciplinares que señalan que la ciencia es un producto cultural. Se han delimitado las siguientes preguntas con la intención de elucidar sus respuestas: ¿Qué es lo que distingue ciencia de lo que no lo es en la llamada época postmoderna? ¿Cuál es el criterio que lo legitima? ¿Qué contrastes existen en los criterios de demarcación moderna frente a los criterios de demarcación postmoderna?
Para lograr el objetivo antes planteado, se hace énfasis en el diálogo sinérgico transdisciplinario que existe en las propuestas de Kuhn, Lakatos, Echeverría, Lyotard y Giddens respecto a la construcción cultural de la ciencia. Por ello, en el primer apartado se analiza de manera breve la noción de ciencia, axiología y demarcación científica.
Específicamente se analizan los criterios de demarcación propuestos por Thomas Kuhn e Imre Lakatos y las nociones de Tecnociencia y axiología de Javier Echeverría.
Posteriormente, se introducen de manera general las nociones de postmodernidad y metarrelatos de Jean-François Lyotard y, la perspectiva de Anthony Giddens sobre las instituciones de la modernidad. A continuación, se expone un diálogo sinérgico entre estos autores para resaltar la convergencia ideológica en cuanto a que la ciencia es un producto cultural. Finalmente, se ofrecen las conclusiones donde se retoman los cuestionamientos iniciales y se expone que a pesar de que estos autores son de especialidades distintas, existe un consenso en cuanto a la construcción y la legitimación de la institución científica.
1. Ciencia, legitimación y axiología
En este trabajo de investigación se habla de ciencia y sus criterios de legitimación, por tanto, el punto de partida es elucidar en qué consisten estos conceptos y desde qué postura se están planteando.
¿Qué se puede entender por ciencia? Hablar de ciencia tiene la implicación de hacer referencia a una vasta variedad de disciplinas unificadas bajo un mismo concepto. Se pueden apreciar diversos campos de estudio, desde las llamadas ciencias naturales, que se caracterizan por utilizar modelos matemáticos que se asumen como “exactos”- como la física-, hasta las ciencias sociales, que se caracterizan por la aplicación de modelos estadísticos y la determinación de patrones o tendencias de las conductas humanas -como la
economía o la psicología-. De esta manera, lo más pertinente es hablar de ciencias dado que las diversas disciplinas científicas parten de marcos ontológicos y epistemológicos diferentes, lo que implica a su vez un tratamiento distinto de los fenómenos de investigación y la aplicación de metodologías diferentes. Por ejemplo, las metodologías de muestreo de las ciencias sociales son muy distintas a las metodologías de muestreo de la química. A partir de ahora, cuando se use la palabra ciencia, debe entenderse que se habla en sentido plural, es decir, del conjunto de disciplinas unificadas bajo ese mismo nombre. Estas consideraciones detonan la siguiente pregunta ¿existen características en común que puedan tener las distintas ciencias que permitan hablar de ciencia como un concepto unificado? O mejor aún ¿existen características que permitan hablar de un concepto de ciencia unificado a través de la historia? De acuerdo con Serrano (2017) esta distinción no se da solo en nuestra época con las ciencias actuales, en cada época han existido características que han permitido demarcar ciencia de lo que no lo es, y estas son, en términos generales, las siguientes: La observación y el registro metódico de datos, la explicación y la descripción en términos físicos y matemáticos, la capacidad para predecir y, a partir de la época del renacimiento, la capacidad para transformar.
Si bien, las características antes mencionadas más que explicar o tratar de definir el concepto de ciencia, solo lo describen, queda remanente la cuestión ¿qué debe entenderse por ciencia? Para elucidar una respuesta, Diéguez (2010:110) señala que “…es una tarea imposible la de dar con una definición rigurosa y permanente de lo que es la ciencia, entre otras razones porque la ciencia es una actividad humana sometida, como muchas otras manifestaciones culturales, a cambios históricos”. Aun cuando existiese una definición inmutable entre lo que ha sido y lo que es ciencia, nada podría garantizar que en el futuro
dicha definición cambiara. La ciencia es por una parte una forma de conocimiento susceptible de ser probada, y dicha forma probatoria recae en un marco epistemológico determinado y condicionado por su época. Pero, por otra parte, también es una actividad humana. Por lo tanto, la validez de la ciencia recae también en la aceptación social, específicamente la aceptación de las comunidades científicas. La ciencia tiene un valor provisional que atiende no solo a su lógica interna, sino a los intereses del entorno social en el cual se produce. La ciencia designa tanto una actividad humana como su producto, el conocimiento científico (Diéguez, 2010).
El concepto de ciencia puede tener distintas acepciones y reinterpretaciones, la noción presentada es la que se plantea desde la perspectiva de los estudios de CTS o estudios de la ciencia. ¿Qué puede entenderse por estudios de CTS? Los estudios de CTS1, o estudios de la ciencia, son un campo transdisciplinar científico y filosófico que tiene por objeto de estudio a la ciencia en sí misma. Se estudia tanto el conocimiento científico como la actividad científica. Se abordan desde las cuestiones que tienen que ver con la validez y la consistencia lógica -como la epistemología y la filosofía de la ciencia-, hasta lo relacionado con los intereses que mueven a la actividad científica y sus repercusiones globales -como la axiología, la praxiología y la ética de la ciencia-. Se trata de una suerte de socio-filosofía de la tecnociencia porque se estudian los aspectos filosóficos, sociales, antropológicos, psicológicos y legales2 del conocimiento científico y la actividad científica3.
1 Estudios de ciencia, tecnología y sociedad.
2 Sólo por citar algunos aspectos, pero existen más.
3 Para la opinión experta, esta aproximación podría ser un tanto reduccionista. Sin embargo, lo que aquí se pretende no es plantear una definición exhaustiva, sino que el lector ajeno a los estudios de CTS pueda comprender en qué consisten dichos estudios.
Por otra parte, se está hablando de legitimación de la ciencia, el concepto que responde a esta cuestión es el llamado problema de la demarcación. A grandes rasgos, el problema de la demarcación consiste en distinguir ciencia de lo que no lo es y es un objeto de estudio propio de la filosofía (Chalmers, 2001; Diéguez,2010; Echeverría, 1999; Estany, 2006). Lo anterior implica que la demarcación de la ciencia consiste en legitimar y establecer criterios para diferenciar ciencia de pseudociencia, aquello que pretende pasar por ciencia sin cumplir los criterios de serlo. Dado que definir las características esenciales de cualquier entidad u objeto es un problema ontológico, el primer problema de la filosofía de la ciencia es responder a la pregunta ¿qué es la ciencia? Dicha pregunta es un cuestionamiento filosófico de orden metacientífico, lo que implica que no puede haber una respuesta desde la propia ciencia porque la ciencia no se estudia así misma. Y parafraseando una vez más a Diéguez (2010), no hay una respuesta última en cuanto a una definición de lo que es ciencia, la ciencia es un producto en construcción continua y una determinada concepción estará limitada a su época y a su cosmovisión. De aquí que la filosofía de la ciencia esté estrechamente vinculada con la historia.
Desde una noción histórica del problema de la demarcación, de acuerdo con Chalmers (2001) y Diéguez (2010), se han planteado distintos criterios que de manera cronológica podrían citarse, del más antiguo al más contemporáneo, como sigue: La verificabilidad, la falsabilidad, la progresividad de los programas de investigación y los cambios en los paradigmas científicos. Una cuestión por resaltar es el hecho de que, si bien los criterios de demarcación atienden a la lógica y coherencia interna, como la verificabilidad y la falsabilidad, también están condicionados por cuestiones externas, como la progresividad en los programas de investigación y los cambios de paradigmas científicos.
De manera simple, se puede decir que la verificabilidad consiste en buscar elementos que confirmen una teoría científica y, en contra parte, la falsabilidad consiste en buscar evidencias que la refuten (Chalmers, 2001; Diéguez,2010; Estany, 2006). De aquí que, desde la perspectiva de estos dos criterios, una teoría científica es, sí y sólo sí hay elementos que la verifiquen y logra superar las pruebas de falsabilidad. Por otra parte, el criterio de la progresividad en los programas de investigación consiste en que las teorías científicas progresan, o degeneran, en la medida en que los científicos desarrollan proyectos de investigación alineándose o desapegándose de ellas (Chalmers, 2001; Diéguez,2010; Estany, 2006). Finalmente, el criterio de los cambios en los paradigmas científicos consiste en que lo que distingue ciencia de lo que no lo es, es el paradigma en el cual se desarrolla una teoría científica y la aprobación de la comunidad científica4 (Chalmers, 2001; Diéguez,2010;
Estany, 2006).
Aunado a los criterios de legitimación mencionados, Javier Echeverría (2002) contribuyó con su propuesta en traer a la luz la cuestión axiológica como objeto de análisis para comprender los criterios de aceptación de la ciencia. De manera simple, la axiología trata de los valores de la praxis científica, los cuales son entendidos -desde la óptica de Echeverría- como todos aquellos intereses, preferencias y conveniencias del quehacer científico mediante el cual se produce la ciencia. A partir de estas concepciones, la ciencia ya no era entendida como un conocimiento puro y neutro que busca la verdad, sino como una forma de conocimiento producto de la actividad humana, la cual es fruto de la cultura de su tiempo y está cargada de valores.
4 Estos dos criterios de demarcación se examinan más a detalle en el tercer apartado: 3. Ciencia como producto cultural.
En lo referente a los valores de la actividad científica, bien cabe hablar de un concepto muy relacionado: la tecnociencia. De acuerdo con Echeverría (2003; 2005) el concepto de tecnociencia hace alusión principalmente a dos cuestiones: Un fenómeno social y una hibridación entre ciencia y tecnología, y de manera implícita a una tercera cuestión, el trabajo multidisciplinario. Con fenómeno social se refiere a cambios radicales en la actividad científica y la forma de hacer ciencia. Aparecen los grandes proyectos de investigación donde participan un gran número de científicos e ingenieros que trabajan en equipos multidisciplinarios mediante redes de colaboración, auspiciados principalmente por la iniciativa privada. Debido a esto, el capital humano cobra gran relevancia y la producción se rige por una lógica de mercado. Lo que a su vez implica la aparición de un nuevo sistema de valores. Echeverría identifica un sistema con 12 valores, y con valor se refiere a los intereses, conveniencias y necesidades humanas que hay detrás de la producción tecnocientífica.
Dichos valores son: Básicos, epistémicos, técnicos, económicos, militares, jurídicos, ecológicos, políticos, sociales, estéticos, religiosos y morales. Por otra parte, en cuanto a la tecnociencia como una forma de hibridación entre ciencia y tecnología, se refiere a una convergencia entre los productos científicos y tecnológicos donde es difícil elucidar e identificar si dicho producto es científico o tecnológico. Como, por ejemplo, la nanotecnología o la biotecnología. Esto no significa la desaparición ni de la ciencia ni de la tecnología, pero sí un cambio radical en la actividad humana, los procesos y los recursos mediante los que se producen. Esto implica que, aunque las ciencias y las tecnologías siguen existiendo de manera individual, su producción se realiza en equipos multidisciplinarios que hacen uso de diversos recursos y herramientas tecnológicas, financiados y/o regidos por alguna entidad económica, financiera o social que establece las directivas a seguir de acuerdo con sus intereses y valores. Esto quiere decir que todo fenómeno relacionado con la
producción, implementación o utilización de la ciencia y la tecnología es un producto tecnocientífico, incluyendo los fenómenos sociales que de ello se deriven.
Retomando estos dos últimos conceptos analizados –el de axiología y el de tecnociencia-, y siguiendo la propuesta de Echeverría (2002b), se puede decir que, de manera simple, el concepto de axiología hace alusión a los valores humanos que intervienen en la producción y desarrollo de la tecnociencia. Propuestas como las de Kuhn y Lakatos, que se revisaron brevemente con anterioridad, y otras posteriores como las de Putnam, Laudan, etc., derribaron el dogma positivista de la neutralidad axiológica de la ciencia. Anterior a estas propuestas, era común que en los círculos filosóficos y científicos se tratara a la ciencia como una cuestión sin repercusiones éticas y libre de juicios morales. Esta consideración empezó a cambiar cuando Merton (1942; 1973) sostuvo que, además de métodos y conocimientos, la ciencia también envuelve un conjunto de valores y normas culturales que dirigen la actividad científica, a los que llamó ethos de la ciencia y los distinguió por ser tanto de carácter técnico como moral. A partir de entonces se reconoce que la ciencia y la tecnología tienen tanto valores internos como externos, siendo reconocidos inicialmente los valores internos (Echeverría, 2002a). En el caso de la ciencia esos valores internos, o también llamados epistémicos, son la verdad, la verosimilitud, la precisión, la coherencia, el rigor, la generalidad, la fecundidad, la adecuación empírica, la contrastabilidad, entre otros (Echeverría, 2002a). Por otra parte, en cuanto a la tecnología los valores internos son:
eficiencia, eficacia, utilidad, aplicabilidad, funcionalidad, robustez, etc. La axiología, en este caso la axiología de la tecnociencia, trata del estudio tanto de los valores internos como de los valores externos que intervienen, influencian y determinan la dirección del progreso de la tecnociencia (Echeverría, 2002b; 2003).
Hasta aquí queda claro que la axiología trata sobre los valores, pero la noción de valor es polisémica. El concepto de valor ha sido abordado desde diversas posturas, particularmente desde la ética y la economía. Por ejemplo, Scheler (1923) que estudió la valoración fenomenológica de las emociones humanas en términos de efectos negativos o positivos. Sin embargo, aunque la axiología de la tecnociencia trata un amplio espectro de valores, entre los que se incluyen los valores éticos y económicos, la noción de valor en los estudios de CTS es distinta. Entonces, la cuestión a elucidar aquí es ¿Qué se entiende por valor desde el marco de esta propuesta? Continuando con lo propuesto con Echeverría (2002a), en este trabajo de investigación el concepto de valor debe entenderse como sigue:
Un valor no es cierta propiedad del objeto o una proyección estimativa del sujeto sobre el objeto. El valor es el resultado de la acción de valorar, es decir, el resultado de completar funciones con argumentos, de aplicar una función axiológica a una variable axiológica. (p. 21)
Lo anterior implica que desde esta concepción los valores no son cualidades, ni tampoco objetivos o subjetivos, sino simplemente funciones no saturadas, es decir, cuestiones que solo adquieren significado en el acto de valorar. El acto de valorar, o aplicar funciones a objetos, se manifiesta lingüísticamente en juicios de valor o preferencias, de esta forma los valores ya no son propiedades de los objetos o proyecciones valorativas de los sujetos sobre los objetos, sino funciones que solo se saturan cuando son aplicadas a objetos, personas y sus acciones (Echeverría, 2002a).
Adicionalmente, de acuerdo con Echeverría (2002a), esta concepción de valor implica grados de satisfacción, grados de importancia, intersubjetividad –que pueden ser compartidos por varios agentes-, dinamismo, contraste y contraposición. Esto significa que más que
valores, la axiología de la tecnociencia trata de las valoraciones de los diversos agentes con respecto a la toma de decisiones referente a la actividad tecnocientífica y su producto contingente. Esas “valoraciones” pueden ser dinámicas, compartidas y contrapuestas, lo que implica que la tecnociencia es plural y controvertida debido a que las formas de valorar son divergentes entre los actores y están en constante cambio.
En síntesis y de manera simple, la axiología de la tecnociencia trata de los valores de la actividad tecnocientífica, y estos, los “valores”, deben entenderse como las conveniencias, preferencias e intereses de las partes involucradas en la producción de la tecnociencia. Estas partes involucradas no sólo incluyen a los grupos de científicos sino también a los inversionistas, administradores, consumidores y todo aquel relacionado con el desarrollo, producción, financiamiento y aprovechamiento de los productos tecnocientíficos.
2. Modernidad, modernismo, postmodernidad, postmodernismo y metarrelato
Ahora que se han examinado brevemente algunas nociones preliminares de la temática planteada se introducirán, de manera breve, los conceptos medulares desde los cuáles se propone este análisis. Estos conceptos son la modernidad, la postmodernidad y el metarrelato. Dichas nociones son las que se exponen a continuación.
Tanto la modernidad como la postmodernidad son etapas en la historia de la humanidad. Lo que aquí importa no es determinar cronológicamente cuando termina una y empieza la otra, sino destacar las ideologías y cosmovisiones particulares en las que cada una de estas épocas se encuentran embebidas. De esta manera, se habla de modernismo y postmodernismo, y no tanto de modernidad y postmodernidad. Las primeras -el modernismo
y el postmodernismo-, de acuerdo con Barker (2011), tienen que ver con posturas filosóficas y epistemológicas. Es decir, con perspectivas que analizan el problema de la realidad, el conocimiento y la verdad. En este sentido, el modernismo se vincula con la filosofía de la Ilustración de Rousseau y Bacon junto con la teoría socioeconómica de Marx, Weber, Habermas, entre otros (Barker, 2011). En contraste, el postmodernismo se ha vinculado con las ideologías de Lyotard, Baudrillard, Foucault, Rorty y Bauman (Barker, 2011). De forma general, como señala Barker (2011), el pensamiento ilustrado busca las verdades universales, mientras que el posmodernismo, en contra parte, sigue una directriz sociohistórica y lingüística de la concepción de verdad.
Respecto a la modernidad, Giddens (1994:15) señala que son “los modos de vida y organización social que surgieron en Europa a partir del siglo XVIII, cuyas consecuencias se expresan en manifestaciones sociales concretas que tienen una repercusión a nivel mundial y que dieron pauta para abordar de manera crítica los problemas derivados de la época moderna”. Así mismo, este autor señala que las instituciones sobre las que se sostiene la modernidad son cuatro: industrialismo, supervisión, capitalismo y poder militar. Esta noción será profundizada en el apartado siguiente.
Por otra parte, respecto a la noción de postmodernismo, Lyotard (1991:4) concibe la postmodernidad como la incredulidad ante los metarrelatos de la humanidad y señala que:
“Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los
metarrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone. Al desuso del dispositivo metanarrativo de legitimación corresponde especialmente la crisis de la filosofía metafísica, y la de la institución universitaria que dependía de ella”.
Por metarrelatos se entienden aquellas filosofías que pretenden abarcar la totalidad de la historia (Lyotard, 1991). Identifica 4 grandes metarrelatos: el cristiano, el iluminista, el marxista y el capitalista. Al utilizar los términos de relato, grandes relatos y metarrelato se dirige a un mismo referente: los discursos legitimadores a nivel ideológico, social, político y científico (Lyotard, 1991). De acuerdo con Diéguez (2004: 3) “un metarrelato es, en la terminología de Lyotard, una gran narración con pretensiones justificatorias y explicativas de ciertas instituciones o creencias compartidas”.
En palabras simples, desde la lectura de Lyotard (1991), el postmodernismo es esa condición humana que pone en duda los discursos legitimadores de las grandes instituciones sociales, entre ellas la ciencia.
3. Ciencia como producto cultural.
Ahora que ya se han abordado tanto los conceptos preliminares respecto a la legitimación científica, como las posturas de análisis, es pertinente presentar el diálogo sinérgico y transdisciplinario entre estos autores respecto al acuerdo en común sobre que la ciencia es un producto cultural.
Desde Lyotard (1991) la postmodernidad se caracteriza por la incredulidad a las grandes narrativas legitimadoras de la sociedad, entre ellas la ciencia. En el ámbito científico y filosófico esta ruptura se da con las propuestas de Thomas Kuhn e Imre Lakatos que se detallan a continuación.
En una época donde imperaba el dogma del positivismo, el cual asumía que la ciencia era neutra, una obra pionera trajo por primera vez a la luz un giro externalista de la ciencia.
Se trataba de la obra “La estructura de las revoluciones científicas”5, en la cual Kuhn (1962) se enfocó principalmente en estudiar los cambios de paradigmas científicos. En el análisis de dichos cambios dio cuenta de que la transición de un modelo científico plenamente aceptado a otro, no solo influían las cuestiones internas como la lógica, la coherencia y la precisión - las cuáles ya son en sí una forma de conveniencia-, sino otros aspectos que eran ajenos a la ciencia, en cuanto que conocimiento, y sus intereses.
A partir de estas consideraciones, se trajo a la luz el hecho de que las teorías científicas son inconmensurables. Es decir, no hay un criterio “lógico u objetivo” para contrastarlas y, por consiguiente, tampoco hay una forma de determinar la superioridad de una teoría científica con respecto a otra. Y si la hay, de acuerdo con Kuhn (1962), el criterio en el que se sustente tal presuposición es un juicio valorativo relativo a las conveniencias de los interesados en apoyar o refutar alguna teoría científica determinada. Aunque hay ciertos indicios para situar a Kuhn en el bando de los anti-realistas y los relativistas (Chalmers, 2001), lo que se intenta señalar aquí es esa ruptura en la manera tradicional de entender la ciencia -la cual es precisamente esa incredulidad que Lyotard señaló-, la cual era una visión limitada y sesgada a las cuestiones internas. El ejemplo más claro sobre la inconmensurabilidad a la que se refiere Kuhn es el de la mecánica clásica y el paradigma cuántico. Desde una postura realista se podría decir que el mecanicismo newtoniano quedó superado, sin embargo, desde una postura instrumentalista la física de newton se sigue implementando en el diseño y desarrollo de diversas tecnologías. Algo similar ocurre en las ciencias cognitivas, se presume que las neurociencias han desplazado a las psicologías tradicionales, pero en la praxis, corrientes como el conductismo aún tienen gran aplicación
5 El título original en inglés es “The Structure of Scientific Revolutions”.
en el estudio del comportamiento organizacional, u otras como la psicodinámica aun gozan de gran difusión en el ámbito clínico y el estudio de la personalidad. Lo anterior no se señala con la intención de hacer apología del anti-realismo, sino de enfatizar que esa meta-narrativa realista de la institución científica se vino abajo, y con ello su poder legitimador. Desde ese metarrelato realista no cabría la posibilidad de que una teoría “superada”, de acuerdo con criterios lógicos y racionales, siguiera siendo objeto de desarrollos posteriores, sin embargo, diversas “teorías superadas” siguen siendo de interés en los proyectos de investigación, el ejemplo más claro es el de la mecánica newtoniana.
Otra forma de rechazo al metarrelato científico dominante es la propuesta de Lakatos (1978)6. Este filósofo de la ciencia señaló la importancia del contexto en el progreso de las teorías científicas, estableciéndose así un giro historicista en el entendimiento de la ciencia.
Desde su propuesta, la evaluación de las teorías y su contingente aprobación, o desaprobación, no surge de manera lógica o espontanea, está condicionada por un contexto específico. Un contexto en el cual existen una tradición de ideas y de concepciones acerca del mundo que influencian el pensamiento de los que hacen ciencia. Por consiguiente, tanto los elementos internos a la ciencia - como la lógica y la precisión- como los elementos externos a ella – como el contexto histórico- influyen para que un programa de investigación progrese o degenere. Con programa de investigación Lakatos (1978) hace referencia a estructuras teóricas que sirven de guía para el desarrollo de futuras investigaciones. Los científicos tienden a alinearse con el programa de investigación progresivo, es decir, aquel que aún siga recibiendo atención por parte de los investigadores, trayendo así una
6 El título de su obra es “The methodology of scientific research programmes”, presentada en 1965 y publicada en 1978, cuatro años después de su muerte.
reinterpretación a la concepción de teoría “refutada”. Desde Lakatos (1978) la refutación de una teoría científica no implica que ésta no haya superado las pruebas de verificación, confirmación y falsación, las cuales son pruebas de carácter lógico, sino que además de haber sido probada como falsa haya sido suplantada por otra y en todos estos procesos intervienen tanto elementos internos como externos.
De esta forma, las propuestas de Kuhn (1962) y Lakatos (1978) son un claro ejemplo de los señalamientos de Lyotard. A partir de estos planteamientos, el metarrelato realista y positivista entró en crisis. En la filosofía se ampliaron los horizontes del análisis y del escrutinio de las disciplinas científicas como objetos de estudio. El estudio de las ciencias dejó de limitarse a la reconstrucción lógica de las teorías, como en tiempos del Círculo de Viena, y se expandió considerando también el contexto y las conveniencias de los implicados, estableciéndose así dos nuevos criterios de demarcación: la aprobación de la comunidad científica de un nuevo paradigma y la progresividad de los programas de investigación.
Retomando el tema de la legitimación, si bien Kuhn y Lakatos no destruyeron totalmente la meta-narrativa positivista de legitimación de la ciencia, cambiaron radicalmente su apreciación. De un cómo se legitima la ciencia, abrieron el panorama a quiénes legitiman la ciencia. Es en esta última cuestión, quiénes legitiman la ciencia, donde se encuentra otro punto de inflexión entre estos autores analizados.
Giddens (1993) señala que una de las cuatro instituciones de la modernidad es el capitalismo. Por su parte, Lyotard (1993:6) afirma: “El saber es y será producido para ser vendido, y es y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en los dos casos, para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su «valor de uso»”. Esto implica que el saber pasó a ser un producto y en tanto que producto de intercambio está sujeto
a la lógica del mercado. Por otra parte, siguiendo la misma línea de razonamiento, Echeverría (2003; 2005) planteó que las características de la tecnociencia son precisamente la inversión privada y, en consecuencia, los intereses de los inversionistas los que dirigen el destino de los grandes proyectos de investigación. Con base en esto, se puede inferir que tanto Giddens como Lyotard y Echeverría coinciden en que la institución científica se rige por el capital y la lógica de mercado. Sin embargo, Echeverría fue más allá al plantear que son diversos los intereses y conveniencias de la actividad científica. No sólo se limitó a los valores económicos. Entre ellos incluyó valores religiosos, estéticos, jurídicos y militares. Este último también coincide con una de las instituciones de la modernidad que señaló Giddens.
De la idea de que el capital y la lógica de mercado son uno de los motores de la ciencia contemporánea, se puede inferir que la ciencia es un producto cultural. En primera porque la cultura es una forma de hacer humana. En segunda porque no hay ciencia sin actividad científica. Por lo tanto, se puede decir que la ciencia es un producto humano y en tanto que producto humano está condicionado por los intereses, deseos, conveniencias, voluntades, actitudes y cosmovisiones de todos los involucrados. Los involucrados no sólo son los científicos e investigadores, sino como Lyotard y Echeverría señalan: el mercado. Esto incluye a los inversionistas y los consumidores de la tecnociencia.
Antes de finalizar con este análisis, es importante señalar que, aunque en este trabajo el interés se centró en los acuerdos implícitos que hay entre los autores analizados, hay un contraste que es necesario poner de relieve. Lyotard (1991) señala que hay una ciencia postmoderna y arguye que la naturaleza del conocimiento ha cambiado. En contraste, lo que las propuestas de Lakatos, Kuhn y Echeverría señalan es que las cuestiones externalistas a la ciencia siempre estuvieron presentes. Es decir, cambió la forma de hacer ciencia, pero no se
alteró la naturaleza del conocimiento científico. Lo que cambió fue la forma de percibirlos y los intereses implicados en su producción, los valores siempre han estado presentes en la actividad científica. Por ejemplo, la lógica capitalista no existía en tiempos de Newton o de Galileo, pero la lógica capitalista es una forma de valor, en la época de estos dos personajes existieron valores distintos que los que existen en la actualidad. Si bien la sociedad del conocimiento se distingue por las grandes cantidades de información y la presencia de tecnología, el conocimiento sólo cambio en cuanto a su manera de difusión, pero no en su constitución ontológica.
Conclusiones
Con base en lo antes analizado, se puede decir que lo que distingue ciencia de lo que no lo es en esta época postmoderna son tanto criterios epistemológicos como criterios axiológicos y los valores e intereses de quienes producen, financian y consumen ciencia. Por lo tanto, las fuentes de legitimación del conocimiento científico son tanto la institución científica, como la institución capitalista y la lógica de mercado.
Lo anterior no implica que la ciencia sea subjetiva, irracional y anti-realista, sino que está cargada de valores humanos y estos valores humanos son las directrices que dirigen su aprobación o desaprobación. Estos contrastes entre la forma de legitimación postmoderna y la forma de legitimación de la modernidad no implican cambios en la naturaleza ontológica del conocimiento científico, sino en la manera de percibir y producir ciencia.
Desde los autores analizados, se puede concluir que la ciencia es un producto humano cargado de valores e interés y, por lo tanto, es proclive al error y los sesgos ideológicos. Toda
pretensión cientificista es ingenua. El conocimiento científico es válido y confiable, pero su estatus epistemológico es temporal.
Fuentes citadas
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Diéguez, A. (2006). La ciencia desde una perspectiva postmoderna: Entre la legitimidad política y la validez epistemológica. II Jornadas de Filosofía: Filosofía y política
(Coín, Málaga 2004), Coín, Málaga: Procure, 2006, pp. 177-205.
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