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El Hombre Que Fue Chesterton - José Ramón Ayllón

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Academic year: 2021

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JOSÉ R. AYLLÓN

El hombre que fue

Chesterton

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© José Ramón Ayllón, 2017

[email protected]

© Ediciones Palabra, S.A. 2017

Paseo de la Castellana, 210 - 28046 MADRID (España) Telf.: (34) 91 350 77 20 - (34) 91 350 77 39

www.palabra.es [email protected]

Fotografía de portada: © Album Diseño de cubierta: Raúl Ostos

Diseño de ePub: Rodrigo Pérez Fernández

ISBN: 978-84-9061-581-2

Todos los derechos reservados.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por

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ÍNDICE

Primera parte. Su vida, su mundo 1. El joven Gilbert

La aventura suprema

Un colegio y un club de debate El período de locura

Frances Blogg, 1896 Dígaselo con versos Belloc y el distributismo Para toda la vida, 1901 2. Fleet Street

Ada Jones

La tribu de Fleet Street Bernard Shaw y los fabianos John O’Connor

Diez chelines y mil horas Herejes y Ortodoxia Charles Dickens

De Londres a Beaconsfield, 1909 3. Periodismo en guerra

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El escándalo Marconi La Gran Guerra

Zepelines sobre Londres, 1915 Director del Witness

El soldado Cecil, 1917

A ti que amaste esta Inglaterra La única mujer a bordo, 1919 4. Grandes viajes

Palestina, 1920

Estados Unidos, 1921

El GK’s Weekly y la Liga, 1925 Dorothy Collins, 1926

Adiós a los padres Últimos viajes

Segunda parte Su pensamiento 5. La revolución femenina Ganan las feministas Dentro y fuera de casa Privilegio femenino Un niño entre niños

La superstición del divorcio 6. De agnóstico a católico

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El Universo, en su sitio La conciencia, en su sitio Ideas anticatólicas

En la cárcel con Joseph Pearce Conversión y conversiones La llave maestra 7. La historia interpretada La prehistoria humana Grecia y Roma Cristo en la Historia Inglaterra Marx y Comte Nietzsche y el Superhombre 8. Paradojas medievales El relevo de Roma Los Siglos Oscuros

Los submarinos medievales Fin de la esclavitud

Asesinato en la catedral San Francisco y santo Tomás In terra viventium

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A Carlos M. Gilabert, Fran Rubio, Miguel Ángel García, Enrique Martínez y Xavi Roca, amigos de las JUP.

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Agradecimientos

Estas páginas deben mucho a las magníficas semblanzas que sobre Chesterton han escrito Ada Jones, William Titterton, Joseph Pearce y Luis Ignacio Seco.

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PRIMERA PARTE

SU VIDA, SU MUNDO

A Gilbert Keith Chesterton le tocó vivir en el Londres de la época victoriana y de la primera guerra mundial, entre 1874 y 1936. La gran metrópoli era el principal centro financiero, político y cultural del mundo, y en ella brilló GKC con sus ensayos, sus novelas, sus versos, sus columnas de prensa, sus conferencias, sus debates y su micrófono en la BBC.

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1. El joven Gilbert

La aventura suprema

Eso de llegar repentinamente a este planeta, de aparecer en escena recién nacido, sin ensayo previo, siempre le pareció una idea divertida y magnífica. Vino al mundo en Londres, para iniciar lo que en su Autobiografía llamó «la aventura suprema»: sesenta y dos años en los que no tuvo tiempo de aburrirse, permanentemente «admirado del milagro de estar vivo, y de haber recibido la vida del Único capaz de hacer milagros».

Todo empezó un día de primavera de 1874, el mismo año en que nació Winston Churchill. La primera casa de los Chesterton estaba situada en una recoleta calle de Kensington, distrito relativamente céntrico del gran Londres victoriano. Ahí nacieron Beatrice y Gilbert. La niña murió a los ocho años, cuando su hermano acababa de cumplir tres. Edward, su padre, hizo desaparecer todos los recuerdos de su hija y rogó a su esposa que no volviese a mencionar su nombre. Había que seguir viviendo.

Poco después se trasladaron al número 11 de Warwick Gardens, donde nació Cecil. La nueva casa era de ladrillo rojo, tenía pórtico neoclásico y estaba cerrada por una verja que corría paralela a la acera. Completaba la propiedad un extenso jardín trasero con árboles al fondo. Cecil, cinco años más joven que Gilbert, llegó tal vez con la misión de afinar al máximo la capacidad argumentativa de su hermano. «Él y yo no dejamos de

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discutir en toda nuestra adolescencia y juventud, hasta convertirnos en una pesadilla para nuestro círculo social».

La discusión, el debate, viene a ser entre los británicos otro deporte nacional. Pero quienes discuten, exponen y confrontan sus opiniones con educación y buen humor, hasta que todo termina, como en el rugby, en el tercer tiempo de la cerveza. Al lector español no es preciso aclararle que, en su país, discutir es otra cosa. Con Cecil dispuso Gilbert de un entrenamiento perfecto para la que sería una de sus ocupaciones favoritas durante el resto de su vida. «Puedo añadir –aunque parezca una fanfarronada– que el hombre acostumbrado a discutir con Cecil no tiene que temer el enfrentamiento con nadie».

Además de discutir, el pequeño Gilbert escuchaba cuentos de hadas, leía libros de aventuras, dibujaba sobre todo papel que cayera en sus manos, observaba atentamente el mundo, y se empapaba de la integridad y la curiosidad inagotable de su padre. Edward Chesterton, familiarmente conocido como «Mister Ed», estaba al frente de una agencia inmobiliaria y de topógrafos, radicada en Kensington, que pertenecía a la familia desde hacía tres generaciones. «Era uno de esos individuos que siempre tienen suficiente éxito y no son ambiciosos». Un hombre tranquilo y lleno de ideas, cuya inagotable amabilidad también se manifestaba en el gusto por tomar el pelo a la gente. Conocía y recitaba toda la tradición literaria inglesa, y por eso Gilbert se sabía de memoria gran parte de ella mucho antes de que pudiera entenderla. De su padre también heredó un despiste crónico, que en ningún momento resultó molesto para quienes le rodeaban.

Mister Ed, «hombre de muchos y entrañables talentos», aprovechó una sospechosa taquicardia para reducir su trabajo en la agencia y pasar muchas horas en casa, dedicado a la familia y a cultivar sus variadas aficiones literarias y artísticas. Una de ellas era el guiñol, al que alude el primer recuerdo de Gilbert: el de un hombre con una llave, cruzando a pie un puente que salvaba un peligroso precipicio montañoso y conducía a un castillo. En su torre, asomada a la ventana, había una doncella de belleza incomparable.

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La profesión y la inclinación artística de Edward le habían llevado a escribir e ilustrar un libro sobre antiguas casas holandesas. Uno de los juegos preferidos del pequeño Gilbert era pasar sus hojas y pensar no en lo que mostraban los dibujos, sino en todo lo que quedaba fuera de ellos: los desconocidos rincones y callejuelas de la misma ciudad pintoresca, las calles que se estiraban hacia el fondo, las traseras ocultas, las cosas que se podrían encontrar al doblar una esquina…

En la casa de Warwick Gardens se vivían con pasión la política, las artes y la literatura, en un clima de libertad y constante buen humor. Edward y su esposa, Marie Louise, excelentes anfitriones, prodigaron las fiestas y tertulias, las grandes meriendas, los interminables debates y las representaciones teatrales. Así lograron que su hogar fuera una atracción irresistible, tanto para sus vecinos como para los numerosos tíos, primos, amigos y conocidos de la familia. William Titterton, un periodista que trabajará estrechamente con ambos hermanos, nos dice que tuvo el privilegio de conocer a Marie Louise y de saber de quién heredó Gilbert su ingenio. También afirma que en esa casa se criaron dos gigantes, «porque Cecil, a su manera, fue tan grande como su hermano».

La casa de Warwick Gardens fue para ellos un reino de libertad, seguridad y bienestar. Nadie encontró nunca a Marie Louise cansada o preocupada. En su alegría descansaban sus hijos con sus incontables amistades. Durante esas invasiones, Míster Ed podía encerrarse ocasionalmente en su despacho, pero su esposa nunca abandonaba el barco: servía innumerables tazas de té, ofrecía bizcochos, repartía sándwiches, llenaba las jarras de cerveza, sin suspirar siquiera al descubrir quemaduras de cigarrillos o

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manchas en la alfombra.

Por haber crecido en ese ambiente, no nos sorprende que Gilbert y Cecil rindiesen culto a la familia durante toda su vida, y que la defendiesen siempre como fuente de libertad y escuela de convivencia. Gilbert escribirá que el hogar no es el rincón domesticado y manso en medio de un mundo lleno de aventuras, sino el espacio indómito y libre dentro de un mundo lleno de reglas y rutinas. Su argumentación resulta sencilla y sólida: fuera del hogar hay que aceptar las reglas estrictas de la empresa, el hotel, el club o el Gobierno. En cambio, «dentro de casa uno puede comer en el suelo si le apetece. Yo mismo lo hago a menudo: da una sensación como de picnic extraño, infantil y poético».

Un colegio y un club de debate

«La idea de ir a la escuela para trabajar era demasiado grotesca para que nublara mi mente un instante».

Gilbert fue alumno del San Paul, un colegio de Londres donde había estudiado Milton, tan prestigioso como Eton. En las fotos vemos a un chico alto y delgado, con el pelo revuelto y la expresión seria. Aunque le gustaba sentarse al fondo del aula y dedicarse a dibujar sin tregua, los buenos profesores del St. Paul supieron apreciar sus cualidades, sobre todo el director. Se trataba del señor Walker, un hombre de cabeza leonina, cuya voz también se parecía al rugido de un león, y cuya risa hacía temblar igualmente los pasillos. Walker dirá en cierta ocasión a Marie Louise: «Más de un metro noventa de genio. Cuídelo, señora Chesterton, cuídelo».

Pero el genio confiesa, con doble sentido, que se sentía «completamente feliz siendo el último de la clase». Y quizá sea verdad que no trabajó mucho. Lo que sabemos con seguridad es que logró no hacer deporte, y que fue fiel al sedentarismo durante toda su vida. Solo una vez cedió a la tentación de jugar al golf, siendo adulto, pero tuvo que desistir al poco tiempo, pues «levantaba hectáreas de césped antes de acertar a la bola», y se distraía demasiado entre hoyo y hoyo.

¿Qué hizo entonces Gilbert en el colegio? Lo que más le gustaba. Además de dibujar, fundó un club de debate con varios amigos, «y llegamos incluso a debatir, si es que a aquello se le podía llamar así». Al núcleo fundador del Junior Debating Club pertenecen Gilbert, Edmund Bentley y Lucian Oldershaw. Los tres mantuvieron esa primera amistad durante toda la vida. Bentley será, como Gilbert, poeta, novelista y periodista. Su rostro solemne contrastaba con una extremada rapidez y agilidad de movimientos. Bien dotado para casi todo, era capaz de imaginar y escribir los más ingeniosos disparates. Oldershaw,

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hijo de un actor, dominaba los juegos de magia, conocía ciudades y países, había pasado por varios colegios, poseía dotes de organizador y «tenía sobre todo una idea fija, calenturienta, amplia y extraordinaria: la idea de hacer algo serio, como las personas mayores». En su casa nació el Club, un día de julio de 1890. Lucian fue elegido secretario por unanimidad, y Chesterton, presidente. Las criaturas tenían dieciséis años.

Al principio piensan discutir solamente sobre Shakespeare, pero pronto se dan cuenta de que en la vida hay otros muchos temas interesantes, y deciden que la finalidad del Club será «reunir a unos cuantos amigos para divertirse con temas literarios y cosas por el estilo». Entonces elaboran un reglamento y lo enmarcan en la pared. Los futuros miembros no podrán pasar de doce, y lograrán ingresar si el tema que desarrollan satisface a los presentes. Se encarece seriedad, rigor y respeto a los demás en las intervenciones. Las sesiones, semanales, tendrán lugar en distintos domicilios. Se cantará el himno del Club y la única bebida permitida será el té.

Los debates empezaron a sucederse y el Club creció y se consolidó en pocos meses, generando una biblioteca común, un club de ajedrez y otro de dibujo. En vista del éxito, Oldershaw tuvo la idea de crear una revista que sirviera de enlace cultural con las publicaciones de los más importantes colegios del Reino Unido. Gilbert reconoce que a ningún otro se le había pasado por la cabeza semejante posibilidad, «como tampoco se nos habría ocurrido colaborar con la Enciclopedia Británica». «Lo más escalofriante del caso es que un buen día apareció impresa de verdad». Se llamaba The Debater. Si la elección del nombre no fue difícil, en la confección de los dieciocho números que vieron la luz hubo que trabajar full time durante dos años. Vivir en la misma zona les permitió reunirse a diario en casa de cualquiera de ellos, sin desaprovechar los fines de semana y las vacaciones.

La revista se tira en una imprenta de Kensington y aparece con el mismo lema en todas las portadas: ¡Abajo la odiosa melancolía! Hence, loathed melancholy! Por las crónicas de las reuniones del Club sabemos que se disertó sobre Shakespeare, Pope, Milton, las Brönte, el humor gráfico, la pena capital… También quedó constancia de reuniones acaloradas donde volaron bollos arrojadizos, de multas de uno y dos peniques, así como de la expulsión de uno de los socios por cuestión de orden, con pronta readmisión cuando reconoció que «se sentía muy solo fuera del Club».

Aunque el Junior no era exactamente un Club de un colegio, semejante a otros muchos que ya existían, su auténtica originalidad consistía, sobre todo, en contar con un órgano de expresión. The Debater logró periodicidad mensual, con tiradas entre 60 y 100 ejemplares, vendidos a 6 peniques.

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Por la razón que fuese, nuestro experimento comenzó a aflorar a la superficie de la vida escolar y mereció la atención de las autoridades académicas, lo último que yo habría deseado. El rumor de que no éramos tan estúpidos como parecíamos empezó a circular entre los profesores. Un día, con gran consternación por mi parte, el director me paró en la calle y me acompañó, mientras rugía en mis ensordecidos oídos que yo tenía un don literario que podía cuajar si alguien le daba consistencia. Frederick Walker solía estar de buen humor, hasta que de pronto montaba un escándalo por un asunto trivial. Era un hombre muy notable, con tendencia a protagonizar sabrosas anécdotas. Gilbert recuerda la de una dama muy meticulosa, que le escribió para preguntarle cuál era la posición social de los alumnos del St. Paul, a lo que él contestó: «Señora, mientras su hijo se comporte y se paguen las mensualidades, nadie le preguntará por su posición social».

En el verano de 1892, el fin de la etapa colegial dispersó a los amigos. Además del trío fundador, que nos acompañará a lo largo de esta semblanza, los demás miembros triunfaron en el ámbito social o político. Hubo entre ellos un alto cargo del Ministerio de Hacienda, un director de la General Electric, un Director General de Aviación Civil, un consejero del Ministerio de Trabajo, así como tres presidentes de la Oxford Union y de la Cambridge Union.

«El Club», resumirá Chesterton en su Autobiografía, «fue una estupenda prueba de la amistad ideal, la más grande de todas las cosas buenas».

El período de locura

Gilbert se despidió de sus amigos cuando se fueron a Oxford y Cambridge. Él, empeñado en dibujar y pintar cuadros, ingresó en una escuela de Bellas Artes y dio por concluida su adolescencia. La escuela de Bellas Artes era la prestigiosa Slade School, de rango universitario. Un año más tarde, en octubre de 1893, se matricula en el University

College de Oxford, para seguir un curso de Latín, Literatura inglesa, Francés y Bellas

Artes, al que añadirá otro de Literatura francesa, Historia y Economía Política.

En mayo de 1895, al cumplir 21 años, su madre le envía a Oxford un poco de dinero y una nota: «Tengo el corazón lleno de agradecimiento a Dios por el día que naciste y por el día que has llegado a la mayoría de edad. Te deseo una vida larga, útil y feliz. Que Dios te la conceda. Nada de lo que yo diga o haga podría expresarte mi amor y el gozo de tener un hijo como tú».

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Quizá demasiada ociosidad, porque siente que su interior está «lleno de morbo, dudas y tentaciones», y por su imaginación pasan las más depravadas atrocidades. Llamará a ese tiempo «mi período de locura», una época en la que «iba a la deriva, no hacía nada y era incapaz de concentrarme en un trabajo regular». Todo ello favorecido por el ambiente de la escuela de arte, que para Gilbert es sinónimo de lugar donde tres personas trabajan con energía febril, mientras los demás holgazanean hasta un punto imposible de alcanzar por un ser humano.

En las aulas dominaba, además, el escepticismo y el nihilismo de Nietzsche, una especie de monstruo ciego que devora un mundo que no ve, inconsciente de sus propias obras y de sus consecuencias. Ese pesimismo escéptico pesa mucho en el ánimo del joven Chesterton, hasta hundirle en «una especie de suicidio espiritual». Cuando por fin toca fondo, surge en su interior un gran impulso de rebeldía. Para librarse de aquella pesadilla se inventa entonces una teoría provisional, que consiste en ver la mera existencia como algo realmente extraordinario. Empieza a pensar que la aparición repentina en este planeta, el debut en el gran teatro del mundo para una única actuación, es una idea realmente divertida y magnífica.

Al mismo tiempo, sus lecturas de Walt Whitman, Browning y Stevenson le ayudan a ver las cosas de forma positiva, y brota en él cierta gratitud misteriosa: «daba las gracias, a quienesquiera que fueran los dioses, porque había seres vivos». Whitman, el gran poeta estadounidense, reforzó su convencimiento de que el mundo es bueno, realmente bueno; de que un pájaro aletea, alto y libre, sobre la maleza de la enfermedad y el dolor, en

unos aires cada vez más puros; de que los hombres son compañeros, camaradas, iguales;

de que las cosas empezarían a ir bien cuando todos entendieran algo tan sencillo.

Años más tarde, al dedicar a su amigo Bentley la novela El hombre que fue Jueves, Chesterton evocará con verso poderoso los días de su juventud, cuando el mundo estaba

viejo y acabado, bajo el peso de una nube enfermiza sobre el alma y la frente de los hombres.

Pero tú y yo,

Atosigados por torpes vicios de lujuria triste, Vivíamos alegres,

Y cuando todos se avergonzaban del honor, Nosotros, débiles y simples, no caímos en eso. Éramos niños y levantamos un castillo de arena Todo lo alto que pudimos,

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Alude a continuación a su descubrimiento de Whitman, el poeta… Que hace escapar un grito de las cosas más limpias,

Que canta en medio de la lluvia Como un pájaro alegre y repentino. Gracias al gran poeta americano…

La noche se hizo día, y nosotros vivimos para ver Cómo rompía Dios los hechizos amargos,

Cómo Dios cabalgaba hacia la Ciudadela del Alma, Levantado ya el sitio.

Whitman enseña a Chesterton que lo maravilloso de la infancia sigue siendo una maravilla. Pero apreciar la magia de la realidad cotidiana requiere educar la mirada, no permitir que la costumbre mate el asombro. Después de leer a Whitman, Chesterton nunca se acostumbró a la maravilla del mundo, la vida no dejó de susurrar misterio en sus oídos atentos.

En junio de 1895 termina el curso. Gilbert no se ha presentado a ningún examen, ni en la Slade ni en el University College. En septiembre encuentra su primer trabajo en una editorial especializada en literatura espiritista y ocultismo. La abandona con alivio meses más tarde, contratado por otra editorial, en la que permanecerá hasta fin de siglo. Son años en los que leerá más de diez mil originales.

Frances Blogg, 1896

Un día de otoño de 1896, Gilbert vio a Frances Blogg por primera vez y se enamoró de ella. Aturdido por el deslumbramiento, aquella noche escribió en la soledad de su habitación que Frances sería la delicia de un príncipe, y que Dios creó el mundo y puso en él reyes, pueblos y naciones solo para que así se lo encontrara ella.

¿Quién era la muchacha que iba a casarse con el más célebre periodista británico del siglo XX? ¿Cómo se conocieron? Frances vivía en una hermosa casa de Bedford Park, el primer barrio residencial de Londres y el más bohemio, donde se mezclaban pintores, poetas, escritores, filósofos y políticos de izquierdas. Un barrio que se animaba por las noches con estimulantes debates, reuniones literarias y discusiones políticas.

Vivía con su madre, Blanche, sus hermanas Gertrude y Ethel, y su hermano Knollys. Su padre había fallecido hacía catorce años. Blanche, con ideas avanzadas sobre educación y política, había enviado a sus tres hijas al primer jardín de infancia de

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Londres, y luego a un colegio anglocatólico, precursor de la escuela Montessori. Las tres hermanas llegaron a la Universidad después de haber sido educadas para pensar con independencia y libertad.

Los Blogg estaban muy vinculados al mundo literario. Eran sobrinos del poeta Blanchard, amigo íntimo de Dickens. Una de sus tías, importante historiadora del arte, fue la primera en traducir al inglés la vida de Albert Durero. El tío Hamilton era crítico de arte y poeta. Rex Brimley, novio de Gertrude, acababa de fundar una pequeña editorial, y ella misma era secretaria de Rudyard Kipling.

En 1894, los cuatro hermanos crean un club de debate en su propia casa, y lo llaman

I.D.K. Debating Society. Cuando alguien les pregunta qué significan las iniciales, se

encogen de hombros y responden «I Don’t Know» con displicencia. Primos, amigos y vecinos formarán parte del I.D.K., y en sus reuniones conocerán Frances, Ethel y Gertrude a sus futuros esposos.

Cierto día, Lucian Oldershaw le cuenta a Gilbert que ha estado tomando el té en casa de tres hermanas extraordinariamente bellas, y le anima a acompañarle al I.D.K. En la siguiente reunión, mientras Oldershaw se fijaba en la rubia y vivaracha Ethel, Gilbert se enamoró al instante de Frances, al tiempo que su poderosa cabeza se atascaba en una sencilla idea: «Si algo tengo que hacer con esta muchacha, es caer de rodillas ante ella».

Frances había estudiado dos años en el St. Stephen’s College, dirigido por las Clewer

Sisters of St. John, monjas anglicanas. Allí se había familiarizado con el Cristianismo,

mientras asistía al servicio dominical y participaba en las actividades sociales de la parroquia. Aunque el resto de su familia respiraba agnosticismo, ella leía la Biblia y rezaba a la Virgen. Gilbert admirará su sentido práctico, que tiene manifestaciones tan diversas como el cultivo de la jardinería y de la religión. En su ambiente bohemio, todo el mundo pregonaba su adhesión a diversas religiones, principalmente orientales, pero a nadie se la pasaba por la cabeza practicarlas.

Durante un tiempo, Frances fue profesora en la escuela anglicana de Bedford Park. Si a Gilbert le sorprendió su práctica religiosa, más le admiró que no se dejara influir por las ideas en boga. A pesar de su amor por la literatura, Frances nunca estuvo bajo la influencia de Yeats, Shaw, Tolstoi o cualquier otro escritor. Adoraba a Stevenson, pero, si Stevenson hubiera expuesto en el I.D.K. sus dudas sobre la inmortalidad, ella habría lamentado su equivocación en ese punto, y no se habría sentido afectada en absoluto. Gilbert había conocido en la Slade un mundillo «lleno de sinvergüenzas progresistas», y la sociedad que rodeaba a Frances en Bedford Park era también –como nos dice Titterton– avanzada en un sentido muy concreto: el de su avanzado estado de

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descomposición espiritual. La personalidad de la muchacha reforzó la crítica de Gilbert a ese tipo de progresismo que se rebela contra unas normas no precisamente de tráfico, sino morales.

Dígaselo con versos

Muy pronto advirtió Gilbert que había tenido la suerte de conocer a una chica educada, inteligente, sensata y naturalmente buena, con un gran amor por la literatura. No se atrevió a caer de rodillas ante ella, pero empezó a dedicarle poemas.

Las estrellas brillan por millones Y nadie salvo Dios sabe su número. Pero una sola, ¡ella!, fue escogida Aun antes de nacer para mí solo.

¿Cómo puede un mortal tropezar con su amor Y no volverse loco?

Frances trabajaba en la Parents National Educational Union. Como secretaria general, tomaba notas en todas las reuniones del comité y las redactaba en el libro de actas. Muchas mañanas, cuando Gilbert se dirigía a su trabajo y pasaba por Victoria Street, subía hasta el despacho de Frances y dejaba sobre su mesa un dibujo o unos versos, para que ella encontrara poco más tarde ese saludo de bienvenida.

Cuando dijo el predicador «¡qué vil el polvo!», Sentí resquebrajarse el mundo entero,

Saltó bajo mi pie la piedra muerta Y protestó todo mi cuerpo.

Baja del púlpito (que es polvo y púrpura) Y mira el polvo que está vivo:

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Las flores, que al final de tu sermón Siguen teniendo el mismo brillo. Míralas, anda, hasta que alcances, Dando un paseo, las afueras;

Allí hay un árbol que conozco bien; Y allí, una valla; y allí, a ella,

La luz del sol le enciende el pelo oscuro… Tú allí también, montón de arcilla,

Podrás, a lo mejor, oír la música De las trompetas de aquel día

En que Dios, el Creador, juró por Dios Ante la corte celestial,

Hacer con polvo y nada más Esa cara más bella que los Cielos.

Así comenzó una amistad llena de esperanza y entusiasmo, en torno a los debates, la literatura, la vida espiritual, el arte y la poesía. Contra todo pronóstico, el noviazgo entre el genio excéntrico y la serena romántica estuvo equilibrado en todos los aspectos. Hablaban mucho, reían, rezaban, escribían poemas de amor, soñaban con un futuro en el campo y esperaban formar una gran familia gracias a los escritos de Gilbert.

Cuando Frances conoció a Marie Louise y a Edward, inmediatamente se sintió en familia. Entonces enseñó a Mister Ed los poemas de su hijo y ambos empezaron a conspirar. Sabían que los versos eran buenos, pero Gilbert no parecía tener planes sobre su publicación. Frances ordenó los poemas y los llevó al novio de su hermana Gertrude. Rex acababa de crear una editorial, leyó el poemario y aceptó su publicación.

Frances preparó entonces una segunda recopilación, The Wild Knight, que incluía poemas memorables como The Donkey, By the Babe Unborn y The Beatific Vision. En este caso acudió al editor Grant Richards. Así, en 1900, gracias al empuje de su prometida, vieron la luz los dos primeros libros de un desconocido de 26 años, que no tardaría en ser uno de los escritores más prolíficos y populares de Inglaterra.

Al traducir y analizar esos poemas, Enrique García-Máiquez observa que han sido escritos a impulsos de tres entusiasmos. El primero es la pasión por la vida. Como ya sabemos, el mero hecho de existir le parece al poeta un milagro permanente, una ventura fantástica. Su segundo entusiasmo es el de un enamorado furibundo, que no dejó nunca

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de pasmarse ante el hecho de ser correspondido. La otra gran pasión fue el Dios cristiano, Alguien lo suficientemente grande para recibir la inmensa gratitud por los regalos de la vida, de la naturaleza y del amor. Los tres entusiasmos convierten a estos versos en el himno de un guerrero de la vida ordinaria, que celebra la victoria sobre el pesimismo escéptico.

Las cartas de Gilbert a Frances son constantes durante los cinco años que duró su noviazgo. En una leemos:

Mi querida Frances: Conozco a un tipo que tiene siempre encendidas cuatro velas en acción de gracias. La primera, por haber sido creado en el mismo mundo que una mujer como tú. La segunda, porque a pesar de todos sus defectos, no ha ido tras mujeres extrañas. No te puedes imaginar la recompensa que esto supone para el autocontrol de un hombre. La tercera se debe a que él ha intentado querer a todo ser vivo: una torpe preparación para amarte a ti. Y la cuarta es… Bueno, no tengo palabras que puedan expresarlo. Aquí termina mi antigua vida. Tómala: me ha llevado hasta ti.

El amor a Frances centra a Chesterton, le da equilibrio y seguridad en sí mismo. Mientras por complacerla lucha con el nudo de la corbata y con el pelo rebelde, sigue trabajando en la editorial, acrecienta su enorme cultura autodidacta y llama la atención en los debates de Bedford Park. Sin formación universitaria acabada, tiene un espíritu observador y una independencia de juicio sorprendentes.

En 1898, un día de verano Gilbert propone a Frances el matrimonio y recibe un «sí». Esa noche escribe a su prometida:

Aunque mi vida ha sido muy alegre, lo cierto es que nunca he sabido lo que significa ser feliz hasta esta noche (…). No exagero si afirmo que jamás te he contemplado sin pensar que te había subestimado antes. Con todo, hoy ha ocurrido algo fuera de lo normal: has ascendido siete cielos de un salto. No entiendo por qué no me rechazas, pero supongo que tú sabes lo que haces mejor que yo. Que Dios te bendiga, mi querida niña.

Gilbert y Frances no pueden ser más felices. Pero en la vida, como es sabido, nunca falta de nada. La tragedia llegó de repente con la muerte de Gertrude, arrollada por un ómnibus cuando cruzaba la calle en bicicleta. Era la más joven de los Blogg, la confidente y preferida de Frances, que se verá sumida en una inconsolable tristeza. Un breve viaje a Italia, para cambiar de aires, ayuda a la muchacha. De su prometido recibe cartas llenas de sensatez, con dosis bien calculadas de fino humor, para que ella y su

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madre vuelvan a sonreír. La naturalidad con que Gilbert habla de la vida y la muerte, el amor y el más allá, revelan una formación intelectual y una riqueza interior nada comunes.

Un sábado de 1899, los viejos amigos del Junior Debating Club se reúnen en un almuerzo en el restaurante Pinoli. La sobremesa se alarga con una informal competición de brindis. Chesterton describe a Frances esa inolvidable velada en cinco páginas. El minucioso relato termina así: «Me gusta presentarte con viveza mi pasado, no solo porque en conjunto fue un pasado hermoso, sano, tonto, viril, entusiasta, idiota, lleno del alma misma de la juventud, sino también porque soy víctima del prejuicio –espero que común a toda la humanidad– de pensar que nadie tuvo amigos como los míos». Si la vida era, para Macbeth, un sinsentido protagonizado por idiotas, para Chesterton va a ser, hasta el final de sus días, una fiesta que merece ser celebrada a menudo, comiendo, bebiendo y cantando con los amigos.

Ese mismo año Inglaterra provoca la guerra contra los bóers, colonos holandeses de la República de Transvaal y del Estado Libre de Orange, bajo la presidencia de Kruger. Ese conflicto va a coincidir con los primeros pasos de Chesterton en la prensa, y le situará en la órbita del mejor periodismo.

Belloc y el distributismo

En 1900, con 26 años, Gilbert empieza a colaborar con Bookman, una prestigiosa revista mensual de crítica artística y literaria. Con humor nos dice que, tras haber fracasado por completo en su propósito de aprender a dibujar y a pintar, se lanzó alegremente a criticar los puntos más débiles de Rubens o el mal encauzado genio de Tintoretto. Aunque era un estupendo dibujante, era mejor escritor y tenía muchas cosas que decir. Desde niño el dibujo le había resultado tan natural como la escritura, pero dedicarse a dibujar le habría parecido demasiado bohemio. Era muy crítico con el tipo de vida de los artistas más famosos de la época, y de su breve paso por la Slade dirá que le permitió conocer a «un significativo número de canallas».

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Al comienzo de su colaboración con Bookman apenas cobra, pero ha nacido un escritor original y brillante. Por las mismas fechas, el viejo semanario liberal The Speaker es comprado por un grupo de jóvenes, entre los que se encuentran Bentley, Oldershaw y Belloc. Chesterton acababa de conocer a Hilaire Belloc en un debate de Bedford Park, donde habló durante media hora a favor de los bóers, mezclando la aristocracia inglesa con su perro, la revolución puritana, la decadencia de Roma, la incompetencia de un funcionario conocido suyo y la doctrina católica del pecado.

A Chesterton le cautivó aquel joven que, «sin levantar la voz, parecía una carga de caballería», aquel torrente de oratoria enérgica, fresca y culta. Algunas semanas más tarde fueron presentados por Oldershaw en una calle del Soho. Belloc iba cargado de periódicos franceses nacionalistas y ateos. «Un sombrero de paja ensombrecía sus ojos de marino y hacía resaltar su barbilla napoleónica». Comentó que se encontraba desanimado, pero el Belloc decaído era mucho más animado que cualquier persona pletórica, así que hizo un brillante recorrido por la historia de Inglaterra, «y siguió hablando como –para mi mayor placer– ha venido haciendo desde entonces».

Belloc, cuatro años mayor que Chesterton, era hijo de un armador francés y de una inglesa de Birmingham, cuya conversión al catolicismo fue considerada por su padre como una «señal de locura». Hilaire nació francés y católico. Fue uno de los últimos alumnos de Newman, en el Oratory School que el Cardenal había fundado en Birmingham. Hizo el servicio militar en Francia. Presidió en Oxford la Unión de Estudiantes, donde su fama como orador se hizo casi legendaria. En 1895 se graduó en Historia con la máxima calificación. En 1996 se casó en California con Elodie Hogan, y ahora vivían en Londres con sus hijos. Elodie era una joven simpática y hermosa, que sabía tratar a su impetuoso marido con valentía y buen humor. Tenía, como Marie Louise, el don de la hospitalidad, y su sonrisa franca bastaba para ganarse a cualquier invitado. Ada, futura esposa de Cecil, la recordará como «la mujer más atractiva que he conocido. Cecil la adoraba, y a mí me alegra y me enorgullece haber merecido su afecto».

Sobre la pareja circulaban las historias más novelescas. Lo cierto es que se habían conocido en Londres, el verano de 1890, cuando tenían veinte años. Un año más tarde, Hilaire emprendió un viaje de 10.000 kilómetros para llegar a California y pedir la mano de Elodie. Cuando regresó a Londres llevaba las manos vacías y los sueños rotos: ella estaba decidida a ser monja. Pero la vida, tan dura a veces, también puede ser la más

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romántica de las películas: Hilaire y Elodie se casaron cinco años más tarde, en junio de 1896. Primero alquilaron un minúsculo piso de Oxford, y en 1900 una casita junto al embarcadero de Chelsea, con maravillosas vistas sobre el río londinense.

La afinidad vital e intelectual entre Chesterton y Belloc hizo que surgiera una amistad espontánea que duraría toda la vida. Tan estrecha como sugiere el término

Chesterbelloc, acuñado por Bernard Shaw. Algo parecido sucederá entre Gilbert y

Conrad Noel, un inquieto clérigo anglicano, pacifista militante, promotor de la Unión Social Cristiana. Hijo de un poeta y nieto de un noble, tenía los rasgos típicos del aristócrata excéntrico. Además, dotado de una deliciosa retórica, solía brillar dentro y fuera de los clubes de debate, y su agudeza podía transformarse en pasión incandescente cuando luchaba contra la explotación de los pobres.

Conrad y su mujer escucharon a Chesterton en un debate. La semana siguiente fue Chesterton quien escuchó a Noel rebatir con firmeza las ideas de Nietzsche. Por entonces, Gilbert solo tenía «una muy vaga religiosidad», y Cecil «era francamente antirreligioso». Gracias a Noel y a otros clérigos de la antigua High Church, Chesterton reconoce que «periodistas bohemios como mi hermano y yo nos sentimos atraídos por una seria consideración de la Iglesia».

Esa atracción fue en primer lugar intelectual. En el ambiente divertido y caótico de los clubes de debate, el rigor solía brillar por su ausencia. «Tenían el pensamiento en gran consideración, pero no pensaban en absoluto», resume Chesterton. Eran escépticos que solo creían en la ciencia y se reían de los curas, a quienes consideraban representantes de una superstición moribunda. Sin embargo, el cura solía ser, como había sucedido en el debate sobre Nietzsche, quien aportaba algún criterio verdadero en el parloteo interminable, y quien mostraba las ventajas de haber sido entrenado en algún sistema de pensamiento. Gilbert reconoce abiertamente su conmoción.

Espantosas semillas de duda empezaron a germinar en mi mente. Me sentía casi tentado a cuestionar la exactitud de la leyenda anticlerical (…). Me parecía que los denostados curas eran bastante más inteligentes que los demás y que únicamente ellos, en aquel mundo tan intelectual, intentaban usar su intelecto.

La bohemia que frecuentaban los dos hermanos se concentraba especialmente en Pharos, un club de debate fundado por socialistas e integrado –según el testimonio de uno de sus socios– por anarquistas, conservadores, liberales, católicos, anglicanos, agnósticos, ateos, vegetarianos, abstemios, borrachos, gourmets, nudistas, feministas, adictos al ajedrez, médicos, abogados, teólogos, soldados, marinos, actores, periodistas, novelistas, ensayistas, poetas, empresarios y trabajadores. «A veces venía Gilbert a

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comer al club, y entonces la comida era un festival», recuerda Titterton. «Yo solía sentarme a su lado, cautivado y anonadado».

Si el debate lo abría en el Pharos un Chesterton y lo secundaba el otro, las carcajadas de los dos hermanos se unían al poderoso vozarrón de Belloc. Entonces se formaba el trío de los Chesterbelloc, y la diversión estaba asegurada. Gilbert abandonó el club cuando tapizaron sus muebles destartalados y subieron las cuotas.

Belloc dio a conocer a Gilbert y a Cecil la encíclica Rerum Novarum, del papa León XIII. Ese breve texto les ayudó a formular la postura social, política y económica que defendieron desde entonces, y que llamaron «distributismo». En ese aspecto Gilbert siempre se consideró discípulo de su amigo. Pensaba que dos de sus libros –El Estado

servil y La restauración de la propiedad– son obras fundamentales que no deben faltar

en la biblioteca de ningún distributista. Cecil –que había sido mucho más socialista que Gilbert, y que había pertenecido a la Sociedad Fabiana durante años– también acabará pensando como Belloc y discrepando abiertamente de Shaw.

Si el capitalismo concentra la propiedad en manos de unos pocos empresarios, el socialismo la concentra en manos del Estado. El distributismo suponía una alternativa real a ambos abusos, porque el mayor reparto de la propiedad es la garantía esencial de la libertad económica y política de los ciudadanos. Una sociedad que reparte la tierra y el

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capital entre todos es más libre y más justa que otra sociedad donde esos medios de producción son propiedad de unos pocos. En la práctica, eso significa que una economía compuesta por muchas pequeñas empresas es más humana que otra compuesta por pocas grandes empresas.

Fichado por The Speaker, Chesterton no tarda en convertirse en la estrella de un periódico que apoya de forma beligerante a los bóers. Inglés hasta la médula, a Gilbert le duele en el alma tener que enfrentarse a su país y a su Gobierno, pero defiende a los colonos holandeses como si se tratara de campesinos de Sussex o de Kent. Como todos los niños, había nacido con un sentido de la justicia a flor de piel; a diferencia de casi todos, él jamás lo perdió. Igual que Belloc, no rechaza la guerra por pacifismo, sino porque la considera moralmente injusta, pues se trata de una pequeña comunidad rural invadida por un imperio cosmopolita, dirigido por financieros no menos cosmopolitas.

En el corazón de muchos británicos de la época victoriana, Gran Bretaña era la nación más importante del mundo, y siempre lo sería. El vapor usado como energía motora de las máquinas se consideraba el mayor triunfo del hombre, y la consiguiente revolución industrial era la cima de la civilización. Los trabajadores y los socialistas no pensaban exactamente lo mismo, y soñaban con una revolución y un país en el que todos serían camaradas. Ellos veían la civilización mecánica, cuyas ruedas dentadas eran los proletarios, como una pesadilla que desaparecería pronto. A propósito de ese optimismo, se cuenta que un joven socialista se casó disponiendo solo de treinta chelines a la semana, convencido de que en primavera llegaría la revolución.

Cuando dentro de poco muera la reina Victoria, Gilbert escribirá a Frances para decirle que renueva su «compromiso personal y efectivo de trabajar lo mejor que pueda por este país, al que amo con un amor superior al de los patrioteros». Y añadirá, en clara alusión a sus artículos, que «a veces es fácil dar la sangre por la patria, y más fácil dar dinero. Lo difícil, a veces, es darle la verdad».

La posición de Chesterton –dispuesto a morir por su patria pero no a mentir por ella– levanta polvareda en la calle y en la prensa. Firma con sus iniciales y todo el mundo se pregunta quién es ese brillante, provocador y desconocido GKC. Gracias a esa guerra consolida su amistad con Belloc, compañero de trinchera en The Speaker, a quien acompaña a la Misa del gallo el 24 de diciembre. Es su primer contacto con la Iglesia católica.

El 25, día de Navidad, comunica a Frances su firme decisión de casarse con ella antes del verano.

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Para toda la vida, 1901

En los primeros días de 1901 es fichado por el liberal Daily News. «Mi amigo Archibald Marshall tuvo la temeridad de contratarme para una colaboración semanal fija. Durante muchos años escribí para el Daily todos los sábados. Llegaron a decir que era mi púlpito, y la verdad es que tuve más feligreses que nunca antes o después». La temeridad se vio compensada con la duplicación de las ventas, y esos artículos fueron el comienzo de la controversia que alimentó Chesterton en muchos periódicos y libros hasta el día de su muerte, y que le convirtió en el periodista más influyente de Gran Bretaña.

En más de un caso, su constante ironía amable será falsamente interpretada como ligereza y frivolidad. Un crítico comparará sus artículos con los fuegos artificiales del Palacio de Cristal, y le echará en cara las paradojas forzadas, la prestidigitación literaria y la lluvia inclemente de metáforas. Chesterton responderá que la diferencia entre decir la verdad en frases largas o en chistes cortos es tan escasa como decirla en francés o en alemán. Pondrá como ejemplo a Bernard Shaw, cómico y sincero, y como contraejemplo, a los ministros británicos, serios y mentirosos. Añadirá que un hombre sin una parte de humorista no es más que parte de un hombre, y que la frivolidad forma parte de la naturaleza humana.

El periodismo de Chesterton, polifacético como él, será siempre original y polémico. Hace crítica de libros y de arte, retrata a sus contemporáneos, habla de historia y de política, y rebate con humor y profundidad las ideas dominantes, en especial los abusos del imperialismo británico, del capitalismo y del estatalismo socialista. De joven aceptó el socialismo porque le parecía la única alternativa al deprimente capitalismo. Pero pronto empezó a poner en duda, y más tarde a negar, el socialismo y cualquier propuesta que implicara una confianza total en el Estado.

Frente a las filosofías en boga, se siente en el polo opuesto al darwinismo social, al materialismo ateo y al determinismo. «El determinismo proclamaba a gritos que yo no era responsable de mis actos. Y, puesto que prefiero que me traten como a un ser responsable y no como a un lunático que anda suelto, empecé a buscar a mi alrededor un refugio espiritual que no fuera simplemente un refugio de locos».

Es claro que Chesterton no estaba loco, pero hay que reconocer que su despiste era monumental. El 28 de junio de 1901, día de su boda, se presenta en la iglesia sin corbata y tiene que ponerse una prestada. Cuando se arrodilla, todo el mundo puede ver la etiqueta del precio en la suela de sus flamantes zapatos.

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Abbots, en Kensington. El padrino, Lucian Oldershaw, se adelantó a facturar el equipaje en la estación londinense de Liverpool, y allí estuvo esperando más de una hora a la pareja. El retraso se debió a que Gilbert se entretuvo en una armería. Cuando salió, había comprado una pistola «para defender a Frances de los piratas que sin duda infestaban Norfolk Boards, adonde nos dirigíamos, y donde sigue habiendo un número preocupante de familias con apellido danés». La luna de miel no llegó a una semana, pues el 3 de julio estaban de nuevo en Londres. Se establecieron en una tranquila casa de Edwards Square, y tres meses más tarde, en un piso junto al Támesis, en Battersea.

Frances y Gilbert deseaban enlazar el resto de sus vidas. No pretendían una mera unión o un contrato. Querían el matrimonio, un sacramento que los uniera para siempre. Habían decidido atarse libremente. Tenían claro que prometerse y dejar al mismo tiempo una escapatoria, una posibilidad de retirada, hubiera sido un engaño esterilizador del amor. Por eso habían redactado unos audaces y apasionados votos, que leyeron ante el altar, en compañía de familiares y amigos. Eran conscientes de la radicalidad de las palabras «hasta que la muerte nos separe», pero era justamente lo que querían. ¿Hubiera tenido sentido caminar hasta la iglesia para decir, ante un ministro de Dios, que iban a mantener un cierto enlace mientras lo encontraran conveniente?

Con su humor característico, Chesterton explicará en uno de sus artículos que el voto ante el altar sonaría ridículo si fuera provisional: «Juro por Dios, ante esta congregación, y así responderé en el tremendo día del Juicio, que Frances y yo seremos amigos hasta que nos peleemos». Sería como decir: «En nombre de los ángeles, de los arcángeles y de toda la milicia celestial, me parece que prefiero los cigarrillos turcos a los egipcios». Nadie hubiera jamás inventado una ceremonia religiosa y solemne para celebrar tal promesa. Los hombres y las mujeres habrían hecho lo que les hubiera venido en gana sin necesidad de semejante puesta en escena. Pero el lenguaje dramático y dogmático de la ceremonia del matrimonio se refiere obviamente a un tipo de realidad completamente distinta.

La vida les dio la razón. Ambos cumplieron sus promesas y formaron una pareja envidiable. Él no habría llegado a ser Chesterton si ella no hubiera sido su delicada esposa, su alma gemela, su asesora literaria, su eficiente secretaria, su amante y su mejor amiga. Frances trabajará siempre entre bastidores para asegurar el éxito de su marido. Luchó con agentes y editores para que sus libros fueran bien publicados. Él dictaba contrarreloj sus columnas y ella se aseguraba de que llegaran puntualmente a las redacciones de los periódicos. Era su admiradora incondicional, prendada de sus debates, sus conferencias, sus ensayos, sus novelas y toda su poesía.

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2. Fleet Street

Por Ada Jones conocemos desde dentro la efervescencia de Fleet Street, la calle de la City donde tenían su redacción los mejores periódicos de Londres. Allí se hacía un periodismo vivo y arriesgado, que no dudaba en polemizar con el Gobierno y sus ministros a la mínima oportunidad. «Las horas eran más largas, los sueldos más pequeños, mayor la avidez de noticias, y el nivel de los reportajes muy alto». Los relatos de interés humano sobre temas locales competían con la crónica internacional, para satisfacción de un público ávido de lectura y de reformas.

En Fleet Street nacían y morían publicaciones para todos los gustos. La calle, sin apenas tráfico, era un hervidero de trabajo y diversión. En sus tabernas y restaurantes, que cerraban a medianoche, coincidían a diario redactores y dibujantes, linotipistas y cajistas, reporteros y enviados especiales. Cecil se retratará un día en estos versos festivos:

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Pero una cosa justifica tu oficio: En Fleet Street aprendiste a beber.

Ada Jones

Encontró trabajo como periodista cuando tenía dieciséis años. De un día para otro pasó de las muñecas a los reportajes sobre crímenes, en un ambiente ostensiblemente masculino y desordenado. En 1900 tenía 31 años cuando conoció a Cecil. Era diez años mayor que él, pero esa diferencia no impidió al muchacho enamorarse de ella. Se llamaba Ada Jones.

Era una mujer inteligente, valiente y comprometida. Hacia 1940, cuando Londres sufría los salvajes bombardeos nazis, redactó un libro de memorias legendario: Los Chestertons. El manuscrito pudo desaparecer en uno de los ataques aéreos, pero su autora se jugó la vida para recuperarlo. Una vida que fue de película, aunque suene a tópico, y unas memorias que dan fe de ello.

Gilbert no duda en llamarla Reina de Fleet Street, Juana de Arco de todo un ejército de francotiradores, en lucha permanente por la propiedad privada de los que no tienen ninguna propiedad. Destaca por su optimismo cargado de divertida ironía, y su trabajo es un mosaico de las cosas más extravagantes. Sin inmutarse, pasaba de la crítica de teatro al abandono de las mujeres más pobres, de la grave corrupción política al nuevo capítulo de un folletín victoriano descaradamente melodramático, lleno de inocentes heroínas e infames villanos.

De sí misma dirá que nunca ha conocido el tedio, nunca ha tenido el tiempo necesario para llevar a cabo todos sus proyectos, y siempre ha estado rodeada de cariño, simpatía y amistad. En su mundo había tiempo para trabajar, para pensar, para hablar sin descanso. «Y, por encima de todo, tiempo para ese compañerismo que es el vino de la vida. Fue en el mundo de los debates donde Cecil y yo nos conocimos. Nuestra amistad maduró en la atmósfera del hogar y en las animadas aventuras de Fleet Street», la calle donde bullían casi todas las redacciones y los periodistas de Londres.

A Cecil lo describirá como un muchacho fogoso y divertidísimo, gran actor, con la misma espesa y ondulada cabellera que su hermano, una sonrisa encantadora y las cejas propias de un verdadero crítico. Al ver cómo prepara los debates le sorprende su enorme capacidad para el esfuerzo prolongado y su compromiso con las reivindicaciones de los

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trabajadores, «con quienes estaba en cordiales relaciones de igualdad social».

A Gilbert lo conoció poco después, en The Moderns, un club de debate que celebraba sus reuniones en las casas de los socios. Precisamente ese día abría la sesión G.K., y si tenía que empezar a las ocho eran exactamente las nueve cuando llegó como una avalancha. «Éramos unos cincuenta aquella tarde. Allí estaban Bentley, Charles Masterman, Cecil y Conrad Noel. Ninguno de nosotros era famoso, y la mayor parte éramos pobres».

La popularidad de los clubes de debate solo era igualada por las comidas que celebraban sus socios. En los restaurantes del Soho era fácil encontrar un excelente menú por dos chelines y medio, incluido el vino, y por una libra esterlina se podía dar uno un suntuoso banquete. Los clubes no solo eran frecuentados por escritores y periodistas, sino también por jóvenes de oficinas comerciales y bancarias, por abogados y profesores. Ada y los Chesterton también solían participar en los Toy Parliaments. El público tomaba muy en serio esa simulación parlamentaria que se celebraba cada dos semanas en Ham House y en la sacristía de la iglesia de Santa Ethelburga.

Cuando la I.D.K., a petición de Frances, celebró una de sus reuniones en Warwick Gardens, Ada tuvo oportunidad de conocer a Edward y a Marie Louise. La madre le pareció la más hospitalaria de las mujeres, capaz de recibir encantada a las hordas invasoras. Apreció que, siendo estoica consigo misma, prodigaba simpatía a su alrededor, con un ingenio inagotable y una cordialidad llena de encanto. También intuyó que «había dado a sus hijos el cerebro y un inextinguible amor a la libertad».

En Mister Ed descubrió Ada a un hombre que llenaba con aficiones artísticas su prematura jubilación. Tallaba madera, modelaba arcilla, pintaba, dibujaba, tomaba fotos, fabricaba teatrillos de juguete… De su dolencia cardiaca no se hablaba en familia, y en esa atmósfera de silencio había la misma aprensión que borró la memoria de Beatrice, la hija muerta a los ocho años. A Ada le gustó el comedor donde tenían lugar las festivas y constantes reuniones de los Chesterton, tapizado de rosa cálido, con sus puertas abiertas a un jardín donde florecían jazmines y lilas, lirios azules y rosas trepadoras. Junto a los muros, árboles altos parecían centinelas nocturnos.

En ese jardín, frecuentado en las tardes de verano, Ada escuchó muchas confidencias de Cecil. Allí supo que había estado enamorado varias veces, hasta llegar a pensar que solo valía la pena el amor que pasaba por la vicaría. Ada era su última Thule, y para ella eran los versos de Swinburne que describían sus manos como flores. La visitaba con frecuencia en su casa, cuando iba a Fleet Street, siempre con un ramo de claveles. Vivía ella con su madre y su sobrina, y reconoce que «le quería muchísimo, aunque por ese

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tiempo no tenía intención de casarme con él».

La tribu de Fleet Street

La primera vez que Chesterton pisó la redacción del Daily News parecía un gigante ensimismado, capaz de aislarse del bullicio y concentrarse en lo que leía y escribía. Esa impresión duró algunas semanas, hasta que, en un almuerzo con otros muchos colegas, al silencioso Gilbert se le pidió que hablase. Entonces fue tal la simpatía despertada por su intervención, que a partir de ese momento se convirtió en un personaje de referencia obligada en el periódico y en Fleet Street.

Pronto fue conocido como un monumento ambulante. Si Wells daba saltitos y Shaw zancadas, Chesterton era un coloso que paseaba relajado. Se le reconoce de lejos por su estatura y su sombrero, por su capa que aletea y su bastón. La responsable del nuevo atuendo fue Frances. Cansada de ver a su marido ganar kilos, logró con un intrépido cambio de imagen hacer de la necesidad virtud. Bernard Shaw describió a su gran amigo como «una copiosa persona, un querubín gigantesco que no solo es grande de cuerpo y de espíritu hasta más allá de toda decencia, sino que parece crecer más mientras le estás mirando».

Cuando Gilbert avanza por la calle, abre la multitud como la proa de un gran barco. De lejos su figura es novelesca. De cerca se aprecia su cara grande y su mirada inocente, la viveza de sus ojos y su anacrónico bigote de guerrero vikingo. La sonrisa es casi permanente en su expresión concentrada y miope. A veces suelta una carcajada en plena calle, saca de cualquier bolsillo un papel arrugado y apunta la ocurrencia. Entonces entra en un bar, pide una cerveza y se sienta a escribir con su pulcra letra gótica. Si está con un amigo, saborean la cerveza y la amistad, las ideas y la alegre conversación. Era la máxima falta de moderación de un hombre que siempre fue templado.

Ada recuerda que en ese mundo masculino, donde se fuma, se bebe y se discute a todas horas, Chesterton es un líder que impacta con lo que escribe, con lo que dice, con lo que hace y con lo que es. El inocente gigante impresiona por su excelente olfato para las noticias, por su afición a la polémica y su increíble facilidad para hacer comprensibles a los lectores los asuntos más complicados. Habla en cualquier asociación que se lo pida. Su capacidad de concentración le permite escribir en el tren, en el ómnibus, en el cabriolé. Y cuando le preguntan dónde encuentra la sorprendente inspiración de sus artículos, responde que «en los pubs, por supuesto».

El joven Chesterton busca el calor humano de los bares, donde pasa tardes y noches llenando cuartillas y libretas con su caligrafía de copista medieval. A mano, siempre una

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cerveza o una copa de borgoña. No le importa si le interrumpen un rato o una hora. Sus amigos, que saben bien dónde encontrarle, empiezan a llegar a media tarde y se sientan en torno a su mesa. Allí están Bentley, Baring, Oldershaw, Cecil, Masterman, Belloc, Titterton… Los que siguen llegando no desean perderse la improvisada tertulia y se quedan de pie. Se comentan las noticias de actualidad, salpicadas con anécdotas del mundillo político y periodístico, se suceden rondas de cerveza, jerez, oporto y borgoña. De los torneos dialécticos se pasa a las baladas alegres y jocosas, con frecuencia improvisadas. Las risas y el humo de las pipas y cigarros hacen más familiar el ambiente, que a veces se alarga hasta el cierre del local. El padre Ignatius Rice dirá, de esas veladas, que eran lo más parecido a la Comunión de los Santos.

Cuando los amigos se despiden, Gilbert toma un cabriolé que quizá lleva horas esperándole. Al llegar a casa, pone en la palma de la mano el dinero que lleva encima y deja que el cochero se cobre. Así suele pagar también en los pubs y en los restaurantes, sin reparar en la cuenta. Si alguna vez la cantidad no es suficiente, no importa, pues sus propinas son siempre generosas. Ese desorden, envuelto en una sonrisa, no impide que el escritor entregue a tiempo sus artículos, en muchos casos con la complicidad de Frances, que le recuerda su obligación una hora antes y se ofrece a llevarlos a su destino.

Además de beber y discutir, la tribu de Fleet Street gusta de hacer teatro en un ático alquilado. Suelen llenar el Club de la Buhardilla los sábados por la tarde, y tienen debilidad por las parodias judiciales. En una de ellas se acusa al editor Cecil Palmer de haber sido descubierto sin estar bajo la influencia del alcohol. La prensa, como es lógico, reseña el estreno y señala que «anoche se celebró una deliciosa fiesta bufa donde Mr. Chesterton y una tropa de periodistas enloquecidos decidieron convertirse en actores, prescindiendo de toda prudencia».

Bernard Shaw y los fabianos

Creo que tengo dos amores verdaderos: el uno a la verdad, el otro al señor Shaw. Y a la verdad la sigo de mala gana.

En 1903, el socialista Robert Blatchford escribe el libro Dios y mi vecino, una especie de credo racionalista. Blatchford, director del Clarion, ofrece las páginas del periódico para la discusión libre y abierta de su libro. Chesterton entra de cabeza a ese trapo y rebate, una por una, todas las acusaciones al Cristianismo. Si hasta entonces podía pasar como agnóstico, desde ahora ha izado en su mástil otra bandera. Con su gusto por la paradoja, había abierto el fuego de forma desconcertante: «Si diese todas mis razones para ser cristiano, se vería que gran número de ellas son las razones que Mr. Blatchford da para no serlo». Así, cuando Blatchford acusa al Cristianismo de ser causa

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de guerras y persecuciones, Chesterton le da la razón con estas palabras:

Naturalmente, porque cuando los hombres descubren algo valioso, la posibilidad de conseguirlo o de perderlo les puede volver locos. ¿Acaso no enloquecieron también al descubrir la libertad, la igualdad y la fraternidad, barriendo una ciudad con la guillotina y un continente con el sable?

Cuando Blatchford afirma que ningún juez inglés daría por buenos los testimonios de la resurrección de Jesucristo, Chesterton contesta que no todos los cristianos tienen ese exagerado respeto por los jueces ingleses, en parte porque la experiencia del Fundador del Cristianismo nos deja serias dudas sobre la infalibilidad de los tribunales de justicia. Si Blatchford cuestiona la posibilidad racional del milagro, porque «la experiencia es contraria a tal creencia», Chesterton le recuerda el caso de aquel irlandés a quien dijeron que un testigo le había visto cometer un asesinato, y se defendió diciendo que él podía presentar a centenares de testigos que no le habían visto cometerlo.

Por entonces ofrecen a Chesterton la cátedra de Literatura inglesa en la Universidad de Birmingham. Aunque a Frances le parezca una oferta sumamente atractiva, él la rechazará de plano. En esos momentos solo le interesa el toma y daca con Blatchford, que ya dura varios meses y mantiene el interés de miles de lectores, porque se tocan con amenidad muchos aspectos importantes de la vida: religión, historia, cultura, política, sociedad, familia, enseñanza… Todo acabó con una cena ofrecida por el Clarion para celebrar su éxito de ventas y lectores.

Después de Blatchford entró en escena Bernard Shaw. Cierto periodista escribió que el principal sentido de la vida de Chesterton era coincidir con Bernard Shaw en un debate. Y era verdad. Shaw era un tipo tan peculiar y desconcertante como Chesterton. Había nacido en Dublín, en una familia pobre y protestante. Comenzó su carrera literaria en Londres, con novelas y crítica musical. Se volvió vegetariano radical a los veinticinco años: «Un hombre de mi intensidad espiritual no come cadáveres». Se involucró en política y fueron célebres sus aparatosos desplantes al establishment victoriano. Su pacifismo le llevó a reírse del Ejército de Salvación británico en la obra de teatro Comandante

Bárbara. Al estreno, en 1905, invitó a Churchill con su típico humor ácido: «Venga usted

con un amigo, si es que lo tiene». «Me es imposible asistir», respondió el joven político, «acudiré a la segunda representación, si es que la hay».

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Chesterton. Gilbert podía romper la guardia del viejo irlandés –18 años mayor que él– en cualquier momento, y ello aportaba una emoción especial a sus encuentros en las tribunas o en la prensa. A lo largo de tres décadas debatieron «sobre casi todos los temas del mundo, sin hipocresía ni animosidad. Yo he defendido la institución familiar contra sus platónicas fantasías sobre el Estado. He defendido la institución de la chuleta y la cerveza contra la higiénica severidad de su dieta vegetariana y su abstinencia total. He defendido lo que considero las sagradas limitaciones del hombre contra lo que él considera el vuelo ilimitado del Superhombre».

A pesar de esta amplia oposición, la opinión pública los consideraba como dos caras de la misma persona, como una paradoja llamada Chestershaw. El antagonismo intelectual fue compatible con el sincero afecto porque respetaban la regla de Shaw: en público vale todo si se salva la amistad en privado. Chesterton pensaba que en público no vale todo. Si Shaw, Wells y Belloc golpeaban para herir, él no pasaba de la ironía benévola. Sabía que, para que alguien acepte una crítica y pueda admitir que es justa, es necesario reconocer los méritos del oponente además de sus defectos. Estaba convencido de que se podía matar la estupidez sin herir a la persona, sin ensuciar su reputación. En una ocasión afirmó que no se puede ser moderado con un hacha de guerra.

Gilbert había llegado al periodismo bien armado, y había hecho de su profesión una guerra gloriosa. Odiaba la injusticia y el error, pero amaba a su adversario, y su grito de guerra era una risa estruendosa. Siempre consideró a sus adversarios personas respetables, y ellos se comportaron noblemente con él. Su biografía sobre Shaw, publicada en 1909, rendirá el mayor homenaje al hombre con el que más había discrepado por escrito y cara a cara. «No es fácil disputar violentamente con un hombre durante veinte años sobre las cuestiones más sagradas y delicadas, sin irritarse a veces o sentir que el otro lanza golpes bajos». Sin embargo, Chesterton asegura que nunca ha leído una réplica de Bernard Shaw que no le dejara de mejor humor; que no le diera la impresión de que surgía de una inagotable fuente de equidad y agudeza intelectual; y que no le hiciera saborear de alguna manera esa grandeza innata que Aristóteles atribuía al hombre magnánimo. «Hace falta estar tan en desacuerdo con él como yo lo estoy para admirarle tanto como yo le admiro».

Con su instinto infalible, Chesterton identificó muy pronto a Shaw como su verdadero antagonista. A Shaw, en cambio, le costó identificar a Chesterton. Al principio le trató con educada benevolencia. Después pasó a la irritación cordial hacia un hombre que malgastaba su tiempo y su gran talento en causas perdidas y asuntos triviales. Poco a poco fue advirtiendo que Gilbert era una torre inexpugnable. Y, desde entonces, en la historia de los debates entre caballeros –afirma Titterton– nunca ha habido nada mejor

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que el encuentro entre estos dos ejemplos de caballerosidad.

Bernard Shaw y Blatchford eran los principales representantes de la Sociedad Fabiana, un grupo de intelectuales que proponían la progresiva evolución de Gran Bretaña hacia un socialismo no marxista, por medio de la propaganda, la educación, la política y la legislación. Fundada por masones en la década de los ochenta, la Fabian Society inspiraría en 1906 el Partido Laborista. En 1895 los fabianos fundaron la London School of Economics, y desde entonces han tenido notable influencia en las universidades de Oxford, Cambridge y Harvard. Durante la Revolución Bolchevique mostraron su cercanía a Lenin, y en la Guerra Civil española apoyaron al Frente Popular.

A través del Clarion, Blatchford y Shaw aglutinaban a un heterogéneo público de izquierdas, que odiaba el mundo victoriano por injusto, cruel, inhumano y feo. Con risas y canciones, con buena voluntad y buena diversión, con buena cerveza y también buenos libros, predicaban el evangelio de la alegre Inglaterra. Uno de sus periodistas reconocerá, años más tarde, que estaban «infectados por la idea del Progreso. El mundo no tenía más remedio que ir a mejor, a mejor y a mejor, aunque un poco de revolución ayudaría al proceso evolutivo».

Mientras espera al Superhombre, Shaw contempla con gesto despectivo la impresionante sucesión histórica de imperios y civilizaciones. Pero su severidad con el pasado no prueba, de ninguna manera, que vea las cosas como son. Las vería correctamente –dice Gilbert– si, por ejemplo, observara con religioso asombro sus propios pies, preguntándose por el origen de tan increíble regalo. La diferencia entre ambos amigos no es solo la falta de imaginación romántica y poética de Shaw, sino algo más profundo, con raíces metafísicas.

Frente a la Fabian Society estaba la Federación Democrática y Social, con obreros y artesanos de todos los oficios, implacables polemistas. Un joven marxista de la SDF resumirá así la relación entre ambos grupos: «Pedíamos el pan de la vida, y nos largaron un tratado sobre las panaderías municipales». La SDF era un partido de luchadores, partidarios de llegar al cuerpo a cuerpo, a veces con trozos de tubería envueltos en ejemplares del Daily Mail.

Chesterton combatirá sin descanso, durante toda su vida, tanto el capitalismo como el socialismo. Le parecerá radicalmente injusto que los bienes de un país estén en manos de unos pocos o en manos del Estado. Él y Belloc, como sabemos, propondrán algo muy diferente: el reparto de la propiedad entre todos los ciudadanos. En una conferencia dirá que no se siente ni capitalista ni socialista: si no es bueno un sistema que concentra la propiedad en manos de empresarios, tampoco lo será el que concentra la propiedad en

Referencias

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