SEGUNDA PARTE SU PENSAMIENTO
7. La historia interpretada
Yo no podía ser novelista porque, en realidad, a mí me gusta ver las ideas y los conceptos forcejear desnudos, no disfrazados de hombres y de mujeres.
El gusto por las ideas, cultivado desde joven con importantes lecturas filosóficas, permitirá a Chesterton entender a fondo las corrientes de pensamiento. Al mismo tiempo, por influencia de Belloc, el estudio de la Historia se convertirá en otra de sus grandes aficiones. Su amigo le brindará las claves para interpretar correctamente muchos acontecimientos y procesos del devenir humano. En ellos se detendrá con afán de admirar, comparar, valorar, comprender y juzgar. Después, con envidiable perspicacia y capacidad de síntesis, todo ese acervo histórico y filosófico lo plasmará en numerosas lecciones magistrales. Breve historia de Inglaterra y El Hombre Eterno reúnen las mejores.
La prehistoria humana
En 1859, la publicación de El origen de las especies, escrita por Charles Darwin, había desatado una de las controversias más ruidosas e interminables de la historia de la ciencia y del pensamiento. La explicación evolucionista de los seres vivos –reforzada doce años más tarde en La descendencia del hombre– afectaba directamente a la comprensión de Dios como creador de la vida y del hombre, a la espiritualidad humana,
a su libertad, a su responsabilidad moral y a su destino después de la muerte. Dicho en pocas palabras, ponía crudamente de manifiesto la gran diferencia entre ser hijos de Dios o ser solamente primos del mono.
Quien se haya asomado alguna vez al debate evolucionista, habrá apreciado que es tan apasionante como enmarañado y escurridizo. Chesterton no podía ni quería ignorarlo, y lo abordó a menudo, tanto en la prensa como en ensayos, debates y conferencias. Para no perderse en sus múltiples ramificaciones, acotó el problema en una sola especie –la humana–, a la que dedicó el primer capítulo de El hombre eterno.
Si Darwin sostenía que el hombre es un producto de la selección natural, Chesterton observa que estamos ante un ser muy extraño, casi un extraterrestre. Porque es un creador con manos milagrosas, y al mismo tiempo un mutilado que necesita vestidos y muebles, que no puede dormir sobre su propia piel ni fiarse de sus instintos. Por eso, concluye, «resulta antinatural considerarle como resultado de un proceso natural».
Chesterton aprecia tres grandes «saltos» que no parecen obedecer a causas naturales y están envueltos en el misterio: el origen del Universo, el origen de la vida y el origen del hombre. Ese triple origen «no natural» parece más claro cuando nos enfrentamos a la inteligencia humana, que según Darwin «se ha desarrollado a partir de la mente de animales inferiores». Chesterton, por el contrario, no ve evolución en la aparición de la razón y la libertad, sino revolución: «Un salto a la cuarta dimensión, como si una vaca de pronto saltara por encima de la luna».
Reconoce la existencia de una cadena muy fragmentada de huesos, que sugiere cierta evolución del cuerpo humano. Pero no encuentra un solo indicio que nos lleve a pensar que la inteligencia humana se haya formado por evolución. No existía y de pronto comenzó a existir. La falta de gradación en las pinturas rupestres refuerza este argumento, pues «nada indica que fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres. El Pitecántropo no esbozó el reno que más tarde rectificó el Homo Sapiens».
Al gusto de Chesterton por el dibujo y la pintura debemos párrafos realmente originales sobre el misterio del origen del hombre.
Todo el mundo cree posible que un hombre pinte la imagen de un mono, y nadie creería que el mono más inteligente del mundo pudiera dibujar a un ser humano. Y es que el arte es la firma del hombre. La única certeza de las cavernas es que el hombre sabía pintar renos, y los renos no sabían pintar hombres. Algo original apareció en la noche de la caverna: el espejo de la inteligencia, donde se reflejan todas las cosas.
Esa capacidad artística –pensemos en el alarde de Altamira– desbarata otros tópicos. El hombre de las cavernas nos ha dejado pinturas, y ninguna prueba de que fuera un salvaje. Por eso, es un engaño presentarlo como un cafre. Si un hombre golpea a su mujer, se le puede llamar sinvergüenza sin necesidad de buscar ninguna analogía con el hombre prehistórico, sobre el que solo podemos deducir lo que se desprende de unas agradables e inofensivas pinturas en la pared. De hecho, si alguien nos dijera que las pinturas rupestres fueron pintadas por san Francisco de Asís, no encontraríamos argumentos en contra.
Si alguien objeta que los primitivos vivían desnudos, Chesterton le pregunta, con sorna, cómo ha llegado a semejante conclusión, tratándose de gentes que no han dejado más vestigio que unos guijarros y unos huesos. ¿Acaso esperaba encontrar un sombrero de sílex, o tal vez unos calzones de piedra, literalmente paleolíticos?
Con un poco de sentido común y de imaginación se puede aceptar que los prehistóricos podían vestir correctamente sin que haya quedado traza de ello. Bien pudieron haber trenzado hierbas y juncos, en un trabajo exquisito pero efímero. ¿Acaso no podemos imaginar la existencia de primitivos especialistas en tejido y bordado? «Aunque yo no afirmo que los primitivos se vistiesen con tejidos vegetales. Me limito a testimoniar que no sabemos nada».
En última instancia, si se admite un plan divino sobre todo lo que existe, Chesterton no ve problema en aceptar que el mono se ha podido transformar paulatinamente en hombre, porque a Dios le da lo mismo hacer las cosas de un modo súbito que con lentitud. En cambio, si se suprime a Dios, tampoco dejamos vivo a un solo ser que pueda evolucionar, pero eso ya no implica un ataque a la fe, sino a la inteligencia, porque, si las cosas sobre las que pensamos no existen, tampoco se puede pensar.
Chesterton y Belloc hicieron causa común en este tema, cada uno con su estilo. Si el primero exponía con toques de genialidad imposibles de imitar, su amigo lo hacía con brillantez y rigor científico, tras estudiar los temas en profundidad. El escritor Beverly Nichols reconoce que «había sido educado, como todos nosotros, para considerar el sistema darwiniano como un hecho fundamental». Por eso, cuando charló con Belloc, le sorprendió que citara a experto tras experto en sentido contrario.
Recibí casi un bombardeo de nombres de incontables profesores europeos, con sus bien pensados veredictos contra la teoría de la selección natural, todos pulcramente ordenados y con su fecha. En el vestíbulo del Reform Club resonaban los nombres del Doctor von Tal y del Profesor von Cual. El resultado fue humillante.
Me parecía que estaba desnudo en mi ignorancia, aunque me consolaba no ser el único.
Grecia y Roma
El hombre eterno es, para Jorge Luis Borges, una «extraña
historia universal que prescinde de fechas y en la que casi no hay nombres propios, y que expresa la trágica hermosura del destino del hombre sobre la tierra». Chesterton resumirá todo el acontecer humano en dos partes: «Sobre la criatura llamada hombre» y «Del Hombre llamado Cristo». En la primera bosqueja la gran aventura de nuestra especie desde la Prehistoria hasta Roma. Después analiza la revolución que introdujo el Cristianismo.
De Grecia nos dirá que, hace tres mil años, en un remoto montículo de la costa jónica, se elevaba una ciudadela fortificada. Gracias a un poeta al que la leyenda presenta como ciego, el nombre de Troya vibrará para siempre en la memoria de los hombres. Homero desapareció, pero al proponer –en los modelos de Ulises y Penélope– las líneas maestras de conducta, logró que la superlativa complejidad de la vida humana pudiera superar el caos. Además, su inagotable magisterio hizo posible el milagro griego: sociedades ordenadas por leyes, con formas justas de gobierno, instituciones libres, filosofía y escuela.
Roma tomará el relevo de Grecia y alumbrará una cultura asombrosa en toda la cuenca del Mediterráneo, una civilización que se hará universal por la lengua, el Derecho, la religión y las vías de comunicación. Pero esa universalidad será caduca e imperfecta, como todo lo humano. En aquel mar de Ulises y san Pablo, la ola del mundo –observa Chesterton– se había elevado hasta rozar las estrellas, pero su ascenso había llegado a su límite, porque no dejaba de ser la ola del mundo.
El techo de la cultura antigua es el techo de la razón humana, donde los estoicos romanos coinciden con los chinos, donde la reencarnación de los hindúes y de los pitagóricos también es la misma. Si a Roma no le quedaba nada por conquistar, parecía que tampoco había doctrina capaz de mejorarla, pues la mitología y la filosofía habían sido exprimidas. Pero no era así en absoluto. Chesterton pone como ejemplo el Libro de
Job, una de las piedras angulares de la cultura universal, con una comprensión del
sufrimiento muy por encima de Homero y de la tragedia griega. Por desgracia, Grecia y Roma no conocieron a Job, pues un rasgo notable del carácter hebreo fue la vigilancia feroz de las Sagradas Escrituras, que ocultó a la cultura antigua semejante monumento.
Como si los egipcios hubieran ocultado modestamente la gran pirámide.
Aunque Grecia y Roma son generosamente politeístas, en sus mismos dioses descubre Chesterton una obsesiva ausencia de Dios. Ausencia que no significa inexistencia, como cuando brindamos por nuestros amigos ausentes. Es la inmensa paradoja de un Dios presente en el enorme vacío de su ausencia, que se aprecia en la nostalgia de la poesía, en la leyenda de la Edad de Oro, en la vaga idea de que los dioses están sometidos al Destino. Y, sobre todo, en los pasajes inmortales donde los antiguos – Sócrates, Séneca, Platón, Aristóteles, Cicerón, Marco Aurelio, Virgilio– quieren superarse a sí mismos y no encuentran una palabra mejor que Dios.
Para Chesterton, la abrumadora religiosidad pagana nos grita que estamos hechos para adorar; que, si liberamos al hombre de esa necesidad, le encadenamos; si le prohibimos arrodillarse, le humillamos; si no le dejamos rezar, le amordazamos. Nos dice, en resumen, que lo más natural en el hombre es lo sobrenatural, y que esta es la última palabra sobre la condición humana.
Pero el mensaje de los mitos no es el de un sacerdote o un profeta que nos asegura que «aquí está la verdad». Es la nostalgia del corazón humano que a lo largo de los siglos se pregunta dónde está esa definitiva verdad. Los paganos no niegan como los ateos, pero tampoco afirman como los cristianos. Sienten confusamente la presencia de fuerzas superiores, pero solo consiguen suponer, imaginar, nunca demostrar. De ahí el malestar que deprime al hombre antiguo, la impotencia con que eleva sus manos hacia las estrellas, mientras las civilizaciones se hunden lentamente y sin remedio. Esa constatación hace que el ateísmo, aunque represente una anomalía, también resulte razonable: si Dios hubiera existido, habría aparecido para salvar al mundo. Por eso, el poeta Lucrecio, primer evolucionista, trató de sustituir a Dios por la azarosa danza de los átomos: el cosmos creado por el caos.
Cierto es que, tanto en Grecia como en Roma, algunos intuyeron un Dios por encima de los dioses. Tuvieron el presentimiento, sobrecogedor y sutil, de que el Universo tiene un origen y una finalidad, y por tanto un Autor. Los estoicos lo vieron cada vez más claro, y llegaron a proponer la unidad moral del género humano. Por desgracia, era solo una intuición, no una certeza. La misma intuición que había levantado, en el ágora de Atenas, un altar al dios desconocido. Cuando san Pablo hablo de Jesucristo junto a ese altar, quedó claro que, hasta ese día, todos los dioses habían sido realmente desconocidos.
En la Roma pagana, todos los mitos y todas las religiones de la tierra habían logrado tolerancia para sus cultos y libertad para adorar a sus dioses, que pasaban de treinta mil. Pero la mitología era tan poética como insuficiente, y necesitaba ser reemplazada por una teología tan inaudita como racional.
Inaudita porque, como magníficamente aprecia Chesterton, nadie había imaginado la posibilidad de Dios viviendo entre los hombres, hablando con funcionarios romanos y recaudadores de impuestos. Sin embargo, la mano del Dios que había moldeado las estrellas se convirtió de pronto en la manecita de un niño que gimotea en una cuna. Ese hecho, admitido en bloque por la civilización occidental durante dos milenios, es, sin ninguna duda, el hecho más asombroso que ha conocido el hombre desde que pronunció la primera palabra articulada.
Desde el primer Viernes Santo ya no será suficiente decir que Dios está en su cielo. Aquel mismo día –escribe Chesterton– se corrió el rumor de que Dios había dejado los cielos para poner las cosas de aquí abajo en su sitio. Será el primer Viernes Santo cuando el mundo antiguo sufra una crisis definitiva. Parecía defendido por los soldados del imperio más civilizado, pero el escepticismo había minado la saludable confianza de los conquistadores.
Hicieron bien en sellar la tumba de Jesús con todo el secreto de las antiguas sepulturas orientales, y en custodiarla bajo la autoridad de los Césares. Porque en aquella tumba también estaba sepultado todo lo que llamamos mundo antiguo: las mitologías y las filosofías, los dioses y los héroes. Todo aquello había muerto, y, al reconocer a Jesucristo resucitado, los romanos advirtieron de pronto que no habían creído nunca en nada. Habían tocado la flauta, habían cantado, bailado y cubierto de flores los altares, pero todo había sido una comedia.
Al hecho inaudito del Dios verdadero que se hace hombre, se suma otro igualmente increíble: el de su muerte y resurrección. Cuando un periodista escriba que quien cree en la resurrección de Cristo también está obligado a creer en Aladino y las mil y una
noches, Chesterton responderá:
No tengo ni idea de lo que pretende decir con eso, y supongo que él tampoco. Porque hay una razón clara y concreta para considerar verdadero el milagro del Evangelio, que con esa intención ha sido narrado, y hay una razón clara y concreta para apreciar que el famoso cuento árabe no solo no es verdadero, sino que ni siquiera tiene intención de serlo.
embargo, no parecían desesperados, sino llamativamente alegres. En realidad, aseguraban que había resucitado entre truenos y relámpagos. Los romanos conocían sectas más extrañas, y en número suficiente para llenar varias casas de locos. Lo que se salía de lo ordinario era la actitud de esos chiflados. Formaban un grupo heterogéneo de bárbaros, esclavos y pobres gentes, pero su disciplina parecía militar. Estaban unidos y sabían perfectamente lo que querían. Tenían muy claro lo que permitía y lo que prohibía su religión. Y sus palabras, pronunciadas con dulzura, eran de una profundidad insospechada.
En lo que se refiere a su negación de rendir culto al Emperador, todos los intentos de hacerles entrar en razón eran como predicar en el desierto. Cumplir la formalidad de quemar unos granos de incienso en honor del Divus Caesar era una obligación muy fácil, pero ellos se negaban. Aunque esa actitud no parecía preocupante, los emperadores comenzaron a alarmarse y a tomar medidas desproporcionadas. Se inventaron nuevas torturas para esos insensatos y comenzaron las persecuciones para exterminarlos. Nadie sabe explicar por qué un mundo tan equilibrado ha perdido la cabeza, y por qué los perseguidos conservan una serenidad sobrehumana. Desde entonces –dirá Chesterton–, todas las persecuciones han hecho más ilustre a ese pequeño rebaño, y también más inexplicable.
La nueva religión –recibida y aceptada por medio de la fe– se presenta como una explicación de la realidad. Su diferencia con las mitologías es la misma que hay entre ver y soñar. La nueva religión –observa Chesterton– contará una historia entre muchas, pero una historia verdadera. Y su filosofía, una entre muchas, será la verdadera filosofía. «Hay mucha distancia entre el niño que juega con soldaditos y el soldado que se juega la vida, entre el adolescente enamorado y el sacramento del matrimonio. Es la distancia entre las religiones y el Cristianismo».
Cristo aseguró que el cielo y la tierra pasarán, pero no sus palabras. Los romanos no podían imaginar el fin de Roma, como no podían imaginar que se apagara el sol. No obstante, vemos que Roma pasó y que no han pasado las palabras de Cristo. Después de Roma, la religión estuvo tan bien tejida en la malla del feudalismo, que nadie pudo imaginar su separación. Sin embargo, el feudalismo y la Edad Media desaparecieron, y la promesa divina perduró a través del Renacimiento. Se creyó que la religión perecería bajo la intensa y cegadora luz del Siglo de las Luces, y más aún como consecuencia del terremoto de la Revolución Francesa, pero no fue así. Y, siempre que los historiadores empiezan a estudiarla como un fenómeno del pasado, asoma la cabeza por el futuro.
no con el glorioso nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Un reproche que no podemos hacer a Chesterton, pues dedica a Cristo las páginas más inspiradas de El hombre eterno. Sabe que aquel oscuro carpintero de Galilea no vivió en el siglo de Pericles, no pisó Roma o Atenas, ni escribió la Ética a Nicómaco o la Apología de Sócrates. En cambio, se limitó a decir algo mucho más radical y escandaloso: Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Por eso la Historia gira en torno a Él, no en torno a Pericles ni a Platón.
Es verdad que a Cristo se le ha intentado desacreditar desde el principio y de diversas maneras, pero a Chesterton le parece que un hombre con semejante inteligencia sería el menos propenso a padecer la alucinación de creerse Dios. Ningún profeta o filósofo ha intentado nada parecido: ni Mahoma, ni Moisés, ni Buda, ni Confucio, ni Platón, ni Marco Aurelio… Sin embargo, nadie puede decir que Cristo no proclamó su divinidad, y nadie le puede tachar de pobre loco.
Cualquier persona medianamente objetiva reconoce que Cristo es sensato y prudente, exactamente lo contrario a un hombre que sufre una alucinación. Basta un poco de ecuanimidad para apreciar que Cristo es también un buen juez, a veces inesperadamente moderado y magnánimo. Chesterton aporta como prueba la parábola del trigo y la cizaña, donde se unen la cordura y la sutileza, muy lejos de la simplicidad de un loco o de un fanático. Una parábola que «hubiera podido ser pronunciada por un filósofo centenario, desengañado después de un siglo de utopías».
Inglaterra
Saber historia no es lo mismo que entenderla. Tener datos no equivale a ser capaz de interpretarlos. Chesterton posee una notable clarividencia para comprender el pasado, junto a una peculiar habilidad para exponerlo. Es lo que aprecian los lectores de su Breve
historia de Inglaterra, escrita en 1917. Un mínimo andamiaje de nombres propios,