UNA BODA EN BROWNSVILLE (Short Friday and Other Stories) 1961-64 Isaac Bashevis Singer
Editorial Bruguera, 1981
Traducción: Juan del Solar y Patricia Cruzalegui
ISAAC BASHEVIS SINGER
Nació en 1904 (ó 1902) en Radzymin, cerca de Varsovia, en el seno de una familia de rabinos. Vivió durante su adolescencia en Varsovia, educándose en el seminario de rabinos. En 1935 marchó a Estados Unidos donde empezó a practicar el periodismo en la prensa judía de Nueva York (revista Forward). Su obra narrativa está toda ella escrita en yiddish y es una evocación emotiva pero al mismo tiempo crítica de los ambientes judíos de su país, Polonia. Sus obras se tradujeron al inglés y a partir de ahí el autor consiguió una enorme resonancia en el mundo entero.
Entre sus obras cabe destacar Satán en Goray (1935), La familia Moskat (1950), El Mago de Lublin (1960), El esclavo (1962), La casa de Jampol (1967), Los herederos (1969), Enemigos, una historia de amor (1972). Singer ha escrito y publicado cuentos como El Spinoza de Market Street (1961) y Un amigo de Kafka (1970), un volumen de memorias y cuentos para niños. Le fue concedido el Premio Nobel en el año 1978. Siempre en el umbral que separa fantasía y realidad, y caracterizados por el habitual sentido del humor de Singer, los cuentos que integran la presente selección abordan los temas esenciales de la narrativa del gran autor yiddish.
YENTL, EL MUCHACHO DE LA YESHIVA (Yentl, the Yeshiva Boy)
1
Tras la muerte de su padre, no tenía Yentl motivo alguno para permanecer en Yanev. Se hallaba completamente sola en la casa. A decir verdad, los inquilinos estaban deseosos de volver y pagar el alquiler, y los agentes matrimoniales se agolpaban ante su puerta con propuestas llegadas de Lublin, Tomashev y Zamosc. Pero Yentl no quería casarse. Una voz interior le repetía incesantemente: “¡No!” ¿Qué le sucede a una chica después de la boda? Comienzan todos sus males y la suegra se convierte en su dueña y señora.
Yentl admitía que la vida de mujer no era para ella. No sabía coser ni tejer. Se le quemaba la comida y dejaba que la leche se le derramara al hervir; el budín del sábado nunca le salía bien, y no lograba que la masa del challah se le esponjara. Yentl prefería mil veces las actividades masculinas a las femeninas. Su padre, Reb Todros, que en paz descanse, durante los muchos años que estuvo postrado en el lecho había estudiado la Torá con su hija como si de un hijo se tratara. Le pedía a Yentl que cerrara con llave las puertas y corriera las cortinas, para luego concentrarse ambos en el estudio del Pentateuco, la Mishnah, la Gemará y los Comentarios. Resultó ser tan buena alumna que su padre solía decirle:
-Yentl, tú tienes alma de hombre. -Entonces, ¿por qué nací mujer? -Porque incluso el cielo se equivoca.
No cabía la menor duda. Yentl era distinta de todas las demás chicas de Yanev: alta, delgada, huesuda, tenía pechos pequeños y era estrecha de caderas. Los sábados por la tarde, mientras su padre dormía, ella solía ponerse sus pantalones, su camisa ribeteada, su chaqueta de seda, su casquete y su sombrero de terciopelo, y se sentaba a contemplar su propia imagen en el espejo. Parecía un apuesto joven moreno. Y por si esto fuera poco, un bozo muy fino le asomaba sobre el labio superior. Sólo sus gruesas trenzas delataban su condición de mujer, pero el cabello se podía eliminar perfectamente.
Yentl concibió entonces un plan que acaparó sus pensamientos noche y día. No: ella no había nacido para amasar la pasta, preparar budines, charlar con mujeres tontas o pelearse por la tanda frente al tajo del carnicero. ¡Su padre le había contado tantas historias de yeshivas, rabinos y
hombres de letras! Tenía el cerebro repleto de discusiones talmúdicas, preguntas, respuestas y frases eruditas. Y había llegado a fumar a escondidas la larga pipa de su padre.
Un día anunció Yentl a los gestores que quería vender la casa e irse a vivir a Kalish con una tía. Las vecinas trataron de disuadirla de su empeño y los agentes matrimoniales dijeron que estaba loca, que tenía más posibilidades de encontrar un buen partido allí mismo, en Yanev. Pero Yentl era obstinada. Fue tal su ímpetu que vendió la casa al primer postor y malbarató los muebles por nada. Todo cuanto percibió de su herencia fueron ciento cuarenta rublos. Y entonces, una noche del mes de Av, mientras Yanev dormía, Yentl se cortó las trenzas, se dejó caer tirabuzones de las sienes y se puso la ropa de su padre. Cuando hubo metido la ropa interior, las filacterias y algunos libros en una maleta de paja, echó a caminar rumbo a Lublin.
Ya en la carretera, consiguió que un coche la llevara hasta Zamosc, de donde prosiguió su marcha a pie. Se detuvo en una posada del camino y se presentó como Anshel, nombre de un tío suyo, ya fallecido. La posada estaba llena de muchachos que viajaban para estudiar con los rabinos más famosos. Se hallaban enfrascados en una discusión sobre los méritos de las diferentes yeshivas. Algunos alababan las de Lituania y otros sostenían que en Polonia los estudios eran más intensivos y la alimentación mejor.
Era la primera vez que Yentl se encontraba sola entre muchachos. ¡Qué distinta le pareció su conversación a la cháchara de las mujeres!; pero era demasiado tímida para unirse a ellos. Un joven hablaba de un posible matrimonio y la cuantía de la dote, mientras otro, parodiando a un rabino en el Purim, declamaba un pasaje de la Torá añadiendo toda clase de interpretaciones obscenas. Poco después decidieron hacer pruebas de fuerza. Uno logró abrir el apretado puño de su compañero, y otro le bajó el brazo a su compinche. Un estudiante que merendaba pan con té, removía su taza con una navaja a falta de cuchara. Fue entonces cuando uno de ellos se acercó hasta Yentl y le dio una palmadita en el hombro:
-¿Por qué tan callado? ¿Acaso no tienes lengua? -No tengo nada que decir.
-¿Cómo te llamas? -Anshel.
-Sí que eres tímido: pareces una violeta a la vera del camino.
El muchacho le dio un pellizco en la nariz. Yentl hubiera querido responderle con un golpe, pero su brazo se negó a moverse. Empalideció. De pronto otro estudiante, ligeramente mayor que los demás, acudió en su defensa. Era alto y muy blanco, tenía barba negra y unos ojos ardientes. -Oye, ¿por qué le tienes manía?
-No mires si no te gusta.
-¿Quieres que te arranque los tirabuzones?
El joven barbudo la llamó a un lado y le preguntó de dónde venía y adónde iba. Yentl le dijo que quería ir a una yeshiva, pero que fuera tranquila. El joven se mesó la barba.
-Si es así, ven conmigo a Bechev.
Le dijo que era el cuarto año consecutivo que volvía a Bechev. La yeshiva era pequeña, y los estudiantes -treinta en total- se alojaban en las casas del pueblo. La comida era abundante y las amas de casa se encargaban de zurcirles los calcetines y lavarles la ropa. El rabino de Bechev, director de la yeshiva, era un genio. Podía plantear diez preguntas y responder a todas con una sola demostración. Tarde o temprano, la mayoría de los estudiantes conseguía esposa en el pueblo. -¿Por qué te marchaste a mitad de curso? -le preguntó Yentl.
-Mi madre murió. Y ahora estoy de regreso. -¿Cómo te llamas?
-Avigdor.
-¿Por qué no te has casado aún? El joven se rascó la barba. -Es una larga historia. -Cuéntamela.
Avigdor se cubrió los ojos y meditó un momento. -¿Vendrás a Bechev?
-Sí.
-Pues entonces no tardarás en enterarte. Yo estaba comprometido con la hija única de Alter
Vishkower, el hombre más rico del pueblo. Había fijado incluso la fecha de la boda, cuando un buen día me devolvieron el contrato matrimonial.
-¿Qué sucedió?
-No lo sé. Seguramente las malas lenguas se encargaron de propagar habladurías. Hubiera podido reclamar la mitad de la dote, pero no sirvo para esas cosas. Ahora están intentando embarcarme en otro compromiso, pero la chica no me gusta.
-Y en Bechev, ¿los chicos de la yeshiva miran a las mujeres?
-En casa de Alter, donde yo comía una vez por semana, Hadass, su hija, servía siempre la comida...
-¿Es guapa? -Es rubia.
-Las morenas también pueden ser atractivas. -No.
Yentl miró a Avigdor fijamente. Era delgado, huesudo, y tenía las mejillas hundidas. Sus rizadas patillas parecían azules de tan negras, y las cejas se le juntaban en el entrecejo. La miró fríamente, con el esquivo arrepentimiento de quien acaba de revelar un secreto. Tenía la solapa rasgada, como es costumbre entre quienes guardan luto, y el forro de su gabardina quedaba visible. Tamborileó nerviosamente sobre la mesa y silbó una melodía. Detrás de aquella frente amplia y surcada de arrugas parecían galopar los pensamientos. De pronto dijo:
-Bueno, qué más da: me convertiré en un eremita y basta.
2
Por extraño que parezca, en cuanto Yentl -o Anshel- llegó a Bechev, se le asignó una pensión de un día a la semana en casa de Alter Vishkower, el mismo hombre acaudalado cuya hija había roto su compromiso con Avigdor.
Los alumnos de la yeshiva estudiaban por parejas, y Avigdor eligió a Anshel como compañero. La ayudaba con los cursos. Era también un experto nadador y se ofreció a enseñarle el estilo braza y a patalear en el agua, pero ella siempre encontraba excusas para no bajar al río. Avigdor le sugirió que compartieran el alojamiento, pero Anshel encontró un lugar donde dormir en casa de una viuda entrada en años y medio ciega. Los martes comía en casa de Alter Vishkower y Hadass lo atendía. Avigdor solía hacerle muchas preguntas: “¿Qué aspecto tiene Hadass? ¿Se ve triste? ¿Está alegre? ¿Están tratando de casarla? ¿No menciona mi nombre por casualidad?” Y Anshel le informaba que Hadass volcaba la comida sobre el mantel, se olvidaba de traer la sal y metía los dedos en el plato de sémola al llevarlo a la mesa. Se pasaba el día dándole órdenes a la sirvienta, se hallaba absorta leyendo cuentos a todas horas y cambiaba de peinado cada semana. Además, debía creerse muy bella porque no dejaba de mirarse al espejo, aunque en realidad no era tan atractiva.
-A los dos años de casada -le dijo Anshel un día- estará hecha un cascajo. -¿Quieres decir que no te gusta?
-No especialmente.
-Podría prescindir de ella. -¿No tienes impulsos perversos?
Los dos amigos, que compartían el mismo atril en un rincón de la casa de estudios, pasaban más tiempo conversando que estudiando. Cuando Avigdor se ponía a fumar, Anshel le quitaba el cigarrillo de los labios para dar una bocanada. Como a Avigdor le gustaban los panecillos de alforfón, Anshel se detenía cada mañana en la panadería a comprarle uno y no dejaba que él se lo pagara. A veces hacía cosas que sorprendían muchísimo a Avigdor. Si a éste se le caía algún botón de la chaqueta, Anshel se presentaba al otro día en la yeshiva con hilo y aguja para coserlo. Y encima le compraba toda clase de regalos: un pañuelo de seda, un par de calcetines, una bufanda. Avigdor le iba cogiendo más y más cariño a este chiquillo cinco años menor que él, cuya barba ni había empezado a despuntar. En una ocasión dijo a Anshel:
-Quiero que te cases con Hadass. -¿Qué ganarías tú con eso?
-Prefiero que seas tú y no un desconocido. -Te convertirías en mi enemigo.
-Jamás.
A Avigdor le gustaba dar largas caminatas por la ciudad y Anshel solía acompañarlo. Absortos en la conversación, solían llegar hasta el molino de agua, el bosque de pinos o la encrucijada donde se alzaba el santuario cristiano. A veces se tendrían en la yerba.
-¿Por qué no podrá una mujer ser igual a un hombre? -preguntó Avigdor en una ocasión, alzando la mirada al cielo.
-¿En qué sentido?
-¿Por qué Hadass no podría ser como tú? -¿Cómo soy yo?
-Pues, un buen tipo.
Anshel se puso a retozar. Cortó una flor y le arrancó los pétalos uno a uno. Luego recogió una castaña y se la tiró a Avigdor en plena cara. Este observó una mariquita que avanzaba por la palma de su mano, al cabo de un momento dijo:
-Están intentando casarme. Anshel se incorporó en el acto. -¿Con quién?
-Con Peshe, la hija de Feitl. -¿La viuda?
-Esa misma.
-¿Por qué habrías de casarte con una viuda? -No le intereso a nadie más.
-No es cierto. Ya aparecerá alguien que te convenga. -Nunca.
Anshel dijo a Avigdor que Peshe no era un buen partido. No tenía belleza ni inteligencia, era sólo una vaca con dos ojos. Además, podría ser de mal agüero; su marido murió durante el primer año de matrimonio. Era el tipo de mujer que matan a sus esposos. Pero Avigdor no respondió. Encendió un cigarrillo, aspiró una larga bocanada y empezó a echar roscas de humo. La cara se le había puesto verde.
-Necesito una mujer. No puedo dormir de noche. Anshel se estremeció.
-¿Por qué no esperas hasta que aparezca la más adecuada? -Me habían destinado a Hadass.
A Avigdor se le humedecieron los ojos y se puso en pie de un salto. -Basta de remolonear. Vámonos.
A partir de ahí todo ocurrió rápidamente. A los dos días de haberle confiado a Anshel su problema, Avigdor se comprometió con Peshe y llevó tarta de miel y coñac a la yeshiva. Se fijó una fecha bastante próxima para la boda. Cuando la futura esposa es viuda, no hay necesidad de preparar el ajuar: lo tiene todo. Por su parte, el novio era huérfano y no tenía que solicitar la aprobación de nadie. Los estudiantes de la yeshiva bebieron el coñac y le dieron su enhorabuena. Anshel también bebió un sorbito, pero no tardó en sofocarse.
-¡Ay! ¡Cómo quema!
-¿Acaso no eres todo un hombre? -bromeó Avigdor.
Después de la celebración, Avigdor y Anshel se sentaron con un volumen de la Gemará, pero apenas avanzaron y su conversación fue igualmente lenta. Avigdor se balanceaba de un lado a otro, se mesaba la barba y murmuraba entre dientes:
-Estoy perdido -dijo de improviso. -Si ella no te gusta, ¿por qué te casas? -Me casaría hasta con una cabra.
Al día siguiente, Avigdor no apareció por la casa de estudios. Feitl, el comerciante en pieles, pertenecía a los hasidim y quería que su futuro yerno prosiguiera sus estudios en la sinagoga
hasídica. Los estudiantes de la yeshiva comentaban que, aunque la viuda fuese baja y redonda como un barrilo, su madre, hija de un lechero, y su padre medio analfabeto, era innegable que la familia entera nadaba en la opulencia. Feitl era copropietario de una curtiduría y Peshe había invertido su dote en una tienda que vendía arenques, brea, cacharros y sartenes, y siempre estaba llena de campesinos. Padre e hija estaban equipando a Avigdor, para el que habían encargado un abrigo de piel, otro de paño, un kapote de seda y dos pares de botas. Aparte de eso, ya había recibido, como regalos, las pertenencias del primer marido de Peshe: la edición de Vilna del Talmud, un reloj pulsera de oro, un candelabro de la Janukah y un especiero.
Anshel se sentó solo frente al atril. El martes, cuando se presentó a cenar en casa de Alter Vishkower, Hadass le comentó:
-¿Qué me dices de tu amigo? Está de nuevo en Jauja, ¿verdad? -¿Qué esperabas? ¿Que nadie más le hiciera caso?
Hadass se sonrojó.
-No fue culpa mía. Mi padre se opuso. -¿Por qué?
Anshel la miró. Estaba allí de pie, alta, rubia, con su cuello esbelto, sus mejillas hundidas y sus ojos azules. Llevaba un vestido de algodón y un delantal de calicó. Su cabello, recogido en un par de trenzas caía sobre su espalda. “Lástima no ser hombre”, pensó Anshel.
-¿Y ahora lo lamentas? -preguntó Anshel. -¡Y cómo!
Hadass huyó de la habitación. El resto de la comida -carne, budín relleno y té-, se lo trajo la sirvienta. Hadass reapareció cuando Anshel ya había acabado de comer y estaba lavándose las manos para las bendiciones finales. Se acercó a la mesa y dijo con voz sofocada:
-Júrame que no le dirás nada. No tiene por qué saber qué ocurre en mi corazón... Salió corriendo nuevamente y por poco se tropieza contra el marco de la puerta.
3
El director de la yeshiva pidió a Anshel que eligiera otro compañero de estudios, pero
transcurrieron varias semans y Anshel seguía estudiando sola. No había nadie en la yeshiva capaz de ocupar el puesto de Avigdor. Todos los demás eran pequeños en cuerpo y alma. Decían
necedades, fanfarroneaban por cualquier tontería, se reían como idiotas y se comportaban como pobres diablos. Sin Avigdor, la casa de estudios parecía vacía. Anshel pasaba la noche en su tarima, en casa de la viuda, y no podía conciliar el sueño. Despojada de su gabardina y de los pantalones, se transformaba nuevamente en Yentl, una muchacha casadera enamorada de un joven que estaba comprometido con otra. “Quizá debí haberle dicho la verdad”, pensó Anshel. Pero era demasiado tarde para hacerlo. No podía ser de nuevo una muchacha y prescindir de los libros y la casa de estudios.
Se hallaba así echada aquella noche, con la cabeza llena de ideas extravagantes que estuvieron a punto de enloquecerla. Se quedó dormida y momentos después se despertó sobresaltada. En su sueño se había visto como mujer y hombre a la vez, vestida con ropa de ambos sexos: un corpiño y una camisa bordada. Se le había retrasado la regla y de pronto sintió miedo... Quién sabe... En el Medrash Talpioth había leído sobre una mujer que concibió con sólo desear a un hombre. Y
entonces compredió por qué la Torá prohibía usar ropas del sexo opuesto. Al hacerlo no engañamos sólo al prójimo, sino a nosotros mismos. Hasta el alma se ofusca al verse encarnada en un cuerpo extraño.
De noche, Anshel permanecía despierta, y de día apenas podía mantener los ojos abiertos. En las casas a las que iba a comer, las mujeres se quejaban de que el chico no probaba bocado. El rabino observó que Anshel no prestaba atención a las clases y miraba por la ventana, absorto en sus pensamientos. Al siguiente martes se presentó Anshel en casa de Vishkower a cenar. Hadass le sirvió un plato de sopa y esperó, pero Anshel estaba tan confundida que ni siquiera le dio las gracias. Estiró la mano para coger una cuchara, pero se le resbaló. Hadass aventuró un comentario: -He sabido que Avigdor te ha dejado.
Anshel despertó de su letargo. -¿Qué quieres decir?
-Se ha marchado de la yeshiva. -¿No lo ves nunca?
-Parece que se esconde. -¿Irás a la boda al menos?
Anshel permaneció un instante en silencio como si no hubiera entendido bien la pregunta. Luego dijo:
-Es un perfecto idiota. -¿Por qué lo dices?
-Tú eres preciosa, pero la otra parece un mono. Hadass se puso de mil colores.
-Todo fue culpa de mi padre.
-No te preocupes. Ya encontrarás a alguien que te merezca. -Yo no quiero a nadie.
-Pero a ti todos te quieren...
Se produjo un largo silencio. Los ojos de Hadass se agrandaron, inundándose con la tristeza de quien sabe que el consuelo no existe.
-Se te enfría la sopa. -Yo también te quiero.
Anshel se sorprendió de sus propias palabras. Hadass volvió la cabeza y la miró fijamente: -¿Qué dices?
-Es verdad.
-Alguien puede estar oyendo. -No tengo miedo.
-Toma tu sopa. Traeré el budín de carne ahora mismo.
Y Hadass se volvió, haciendo sonar sus tacones altos al alejarse. Anshel se dedicó a buscar judías en la sopa. Pescó una, pero se le cayó. Había perdido el apetito; tenía la garganta cerrada. Sabía que se estaba enredando en una acción perversa, pero una extraña fuerza la impulsaba a seguir. Hadass reapareció trayendo una fuente con dos budines rellenos de carne.
-¿Por qué no comes? -Estoy pensando en ti. -¿Y qué piensas?
-Quiero casarme contigo.
A Hadass se le hizo un nudo en la garganta.
-Es con mi padre con quien debes tratar esos asuntos. -Lo sé.
-Lo que se acostumbra es enviar a un casamentero.
Y se escabulló de la habitación, dando un portazo. Anshel se rió para sus adentros y pensó: “Con las chicas puedo jugar a mi antojo.” Echó sal y luego pimienta en la sopa. Estaba aturdida. “¿Qué he hecho? Debo estar perdiendo el juicio. No hay otra explicación...”
Se obligó a comer, pero no podía probar bocado. Sólo entonces recordó que Avigdor había querido casarla con Hadass. En medio de su turbación, concibió un plan: se desquitaría en nombre de Avigdor y al mismo tiempo lo acercaría a ella a través de Hadass. Esta era virgen: ¿qué podía saber de los hombres? A una chica como ella se le podía engañar por un buen tiempo. A decir verdad, Anshel también era virgen pero la Gemará y las conversaciones masculinas la habían ilustrado ampliamente sobre el tema. Sintió miedo y alborozo al mismo tiempo, como alguien que está a punto de engañar a toda una comunidad. Se acordó del dicho: “Las multitudes son necias.” Se puso de pie y dijo en voz alta: “Ha llegado la hora de que haga algo.”
Aquella noche Anshel no pegó ojo. A cada momento se levantaba a tomar agua. Tenía la garganta reseca y la frente le ardía. Su cerebro trabajaba febrilmente por voluntad propia: se estaba librando una batalla en su interior. Le latía el estómago y las rodillas le dolían. Tenía la sensación de haber hecho un pacto con Satanás, ese genio maligno que se burla de los hombres poniéndoles trampas y obstáculos en el camino. Cuando se quedó dormida, ya había amanecido.
Se despertó más rendida que antes, pero no podía seguir durmiendo en la tarima de la viuda. Hizo un esfuerzo para incorporarse y, cogiendo la bolsa con sus filacterias, partió hacia la casa de estudios. En el camino se encontró nada menos que con el padre de Hadass. Anshel le dio los buenos días cordialmente, y recibió a su vez un saludo amistoso. Reb Alter se mesó la barba y le buscó conversación:
-Mi hija Hadass debe estar alimentándote con cáscaras. Se te ve desfallecida. -Su hija es una muchacha estupenda y muy generosa.
-Entonces, ¿por qué estás tan pálido?
Anshel permaneció un minuto en silencio. -Reb Alter, hay algo que debo decirle. -Pues venga. Dilo.
-Reb Alter, me gusta su hija. Alter Vishkower hizo un alto.
-¡Vaya! Creía que los estudiantes de la yeshiva no hablaban de estas cosas. Sus ojos denotaban gran hilaridad.
-Pues es la pura verdad.
-Estas cosas no se discuten personalmente con el interesado. -Pero yo soy huérfano.
-Bien..., en ese caso lo que se acostumbra es enviar un agente matrimonial. -Sí...
-¿Qué ves en ella?
-Es hermosa... noble... inteligente...
-Vamos a ver... Ven acá, cuéntame algo de tu familia.
Alter Vishkower rodeó a Anshel con el brazo y ambos siguieron caminando hasta llegar al patio de la sinagoga.
4
Una vez que has dicho “A”, tienes que decir “B”. De las ideas pasamos a las palabras, y de las palabras a los hechos. Reb Alter Vishkower dio su consentimiento para la boda, pero Freyda Leah, la madre de Hadass, tardó más en decidirse. Alegaba que no quería que su hija se enredara con otro estudiante de la yeshiva de Bechev, y que prefería a alguien de Lublin o de Zamosc. Pero Hadass amenazó con arrojarse al pozo si la volvían a humillar públicamente (como le había ocurrido con Avigdor). Sin embargo, esta unión -cosa típica en la mayoría de los matrimonios desaconsejables- gozaba del apoyo general: el rabino, la parentela y las amigas de Hadass.
Hacía un tiempo que a las chicas de Bechev se les iban los ojos por Anshel. Lo observaban desde sus ventanas cuando pasaba por la calle y él por su parte, tenía siempre las botas muy lustrosas y no bajaba la vista ante ninguna mujer. Cuando iba a la panadería de Beila a comprar un pletl, bromeaba con tanta gracia y estilo que dejaba maravilladas a las mujeres. Estas admitían que Anshel tenían un “no sé qué”: los tirabuzones se le rizaban más que a los otros chicos, se ponía la bufanda de un modo distinto, y su mirada, risueña aunque distante, parecía fijarse en un punto muy lejano. Además, el hecho de que Avigdor se hubiera comprometido con Peshe, la hija de Feitl, dejándolo solo, aumentó el cariño que la gente del pueblo ya le tenía.
Alter Vishkower mandó redactar un contrato provisional de matrimonio en el que se comprometía a darle una dote superior a la que había prometido a Avigdor, así como más regalos y un período de manutención más largo. Las chicas de Bechev corrieron a abrazar a Hadass y felicitarla. Ella se puso a tejer en seguida una bolsa para las filacterias de Anshel, un paño para la challah y una talega para el matzoh. Cuando Avigdor se enteró del compromiso de Anshel, se acercó a la casa de
estudios a presentarle sus saludos. Había envejecido durante estas últimas semanas; estaba con la barba en desorden y los ojos enrojecidos. Le dijo a Anshel:
-Sabía que esto era inevitable. Lo supe desde el principio, cuando te encontré en la posada. -Pero fuiste tú quien me lo sugirió.
-Lo sé.
-¿Entonces por qué me abandonaste? Te marchaste sin despedirte siquiera. -No quería dejar ninguna puerta abierta a mis espaldas.
Avigdor le pidió a Anshel que dieran un paseo. Aunque Succoth había pasado ya, el sol seguía iluminando el día. Más cariñoso que nunca, el joven le abrió su corazón a Anshel. Sí, era cierto. Un hermano suyo había sucumbido a la melancolía y se había ahorcado. Y ahora él mismo se sentía casi al borde del abismo. Peshe tenía mucho dinero y su padre era un hombre rico, pero Avigdor se pasaba las noches en blanco. No quería convertirse en tendero y tampoco lograba olvidar a Hadass. Se le aparecía hasta en sueños. El sábado por la noche casi se desmaya al oír su nombre en la oración de Havdala. Pero a pesar de todo prefería que fuese Anshel y no otro quien se casara con ella... Por lo menos estaría en buenas manos. Avigdor se inclinó y comenzó a arrancar la hierba seca sin motivo aparente. Siguió hablando incoherentemente como un poseído por el demonio. De repente dijo:
-He decidido hacer lo mismo que mi hermano. -¿Tanto la amas?
-La llevo clavada en el corazón.
Luego renovaron sus votos de amistad y prometieron no volver a separarse. Anshel propuso que, en cuanto ambos se casaran, fuesen vecinos o compartiesen incluso la misma casa. Podrían estudiar juntos todos los días y hasta ser copropietarios de una tienda.
-¿Quieres que te diga la verdad? -le dijo Avigdor-. Mi vida está unida a la tuya, como la historia de Jacob y Benjamín.
-¿Entonces por qué me dejaste? -Quizá por eso mismo.
Aunque el día se puso frío y borrascoso, ellos continuaron su paseo hasta el bosque de pinos y sólo volvieron al atardecer, para la oración vespertina. Instaladas en sus ventanas, las chicas de Bechev los vieron pasar abrazados y tan absortos en su conversación que iban pisando charcos y montículos de basura sin darse cuenta. Avigdor se veía pálido y desgreñado, y el viento le agitaba uno de los largos tirabuzones. Anshel se mordía las uñas. Hadass también corrió a su ventana, y al verlos pasar se le llenaron los ojos de lágrimas...
Los hechos se sucedieron velozmente. Avigdor fue el primero en casarse. Como la novia era viuda, la boda se celebró en privado, sin músicos, animador ni ceremonia del velo de la novia. Peshe pasó un día bajo el dosel nupcial, y al día siguiente volvió a la tienda en la que despachaba brea con manos grasientas. Avigdor empezó a rezar en el Centro hasídico con su nuevo chal litúrgico. Anshel lo visitaba y los dos se la pasaban charlando animadamente hasta que oscurecía. La boda de Anshel y Hadass se fijó para el sábado de la semana de Janukah, aunque el futuro suegro la quería adelantar. Hadass ya había estado comprometida en otra ocasión, y además el novio era huérfano: ¿por qué tenía el pobre que seguir mortificándose en el camastro improvisado que le daba una viuda, cuando podía tener esposa y hogar propios?
Anshel se repetía varias veces diarias que lo que estaba a punto de hacer era pecaminoso, disparatado y perverso a más no poder. Se estaba enredando en una cadena de infundios en la que también implicaba a Hadass. Nunca lograría expiar todas las transgresiones que estaba cometiendo. ¡Una mentira tras otra! Varias veces decidió marcharse de Bechev cuando aún estaba a tiempo de acabar con esa comedia absurda, que más parecía obra de un demonio que de un ser humano, pero un poder irresistible la tenía en sus garras. Se sentía cada vez más unida a Avigdor y no se atrevía a destruir la ilusoria felicidad de Hadass. Después de su boda, Avigdor se sintió aún más inclinado al estudio, y ambos amigos se reunían dos veces al día. Por la mañana estudiaban la Gemará y los Comentarios y por la tarde los códigos legales y sus glosas. Alter Vishkower y Feitl el comerciante en pieles estaban muy complacidos y comparaban a Anshel y Avigdor con David y Jonatán.
Con tantas complicaciones, Anshel iba de un lado a otro como una sonámbula. Los sastres le tomaron las medidas para renovarle el guardarropa, y tuvo que valerse de mil y un subterfugios para que no descubrieran que era mujer. A Anshel le parecía imposible que su embuste pudiera durar tantas semanas: ¡era increíble! Burlarse de la comunidad había resultado divertido; pero ¿hasta cuándo se mantendría la farsa? ¿De qué modo saldría a relucir la verdad? Anshel reía y lloraba por dentro. Se había convertido en un duende cuya misión en esta tierra era burlarse de la gente y engañarla. “Soy una vil pecadora, una Jeroboam ben Nabat”, se decía. Su única justificación era que había aceptado todas estas cargas porque su alma anhelaba ardientemente estudiar la Torá... No tardó Avigdor en quejarse del mal trato que le daba Peshe. Lo acusaba de ser un haragán y un pobre diablo: una boca más que alimentar. Trató de atarlo a la tienda, asignándole tareas que nada tenían que ver con sus inclinaciones y dándole propinas ridículas. En lugar de consolarlo, Anshel lo indisponía aún más contra Peshe. Le decía que su mujer era un monstruo, una fiera y una avara que seguramente había matado a su primer marido a disgustos y ahora haría lo mismo con él. Y al mismo tiempo enumeraba las virtudes de Avigdor: su altura y su virilidad, su ingenio y su erudición. -Si yo fuese mujer y me casara contigo -le dijo un día Anshel-, sabría cómo apreciarte
debidamente.
Avigdor suspiró.
Mientras tanto, se aproximaba la fecha de la boda de Anshel.
El sábado anterior a la Janukah, Anshel fue llamada a leer la Torá desde el púlpito. Las mujeres le lanzaron una lluvia de pasas y almendras. El día de la boda, Alter Vishkower dio una fiesta para los jóvenes. Avigdor se sentó a la diestra de Anshel. El novio pronunció un discurso talmúdico y los demás invitados pasaron a discutir los puntos, fumando cigarrillos y bebiendo vino, licores y té con limón o mermelada de frambuesa. A esto siguió la ceremonia de velar a la novia, al término de la cual condujeron al novio al dosel nupcial muy cerca de la sinagoga. La noche estaba fresca y despejada, y el cielo lleno de estrellas. Los músicos entonaron una melodía mientras dos hileras de chiquillos sostenían cerillas encendidas y velas en forma de trenza. Después de la ceremonia nupcial, los novios rompieron su ayuno con un caldo de pollo dorado. Luego, siguiendo la costumbre, dio comienzo el baile y el anuncio de los regalos de boda. Había muchos y costosos regalos. El animador de bodas describió las penas y alegrías que aguardaban a la novia.
Peshe, la mujer de Avigdor, se encontraba entre los invitados; pero pese al exceso de joyas que llevaba encima, se le veía fea con una peluca que le cubría más de media frente y una enorme capa de piel, para no hablar de las manchas de brea en sus manos que ningún jabón podría lavar. Una vez concluida la Danza de la Virtud, los novios fueron conducidos por separado a la cámara nupcial. Los miembros de su escolta dieron instrucciones a la pareja sobre la conducta a seguir, y los instaron a ser “prolíficos y a multiplicarse”.
Al amanecer, la suegra de Anshel y su camarilla bajaron a la cámara nupcial y sacaron las sábanas sobre las que había dormido Hadass, para asegurarse de que el matrimonio se había consumado. Al descubrir huellas de sangre, el grupo se regocijó y la novia fue objeto de caricias y enhorabuenas. Luego, blandiendo la sábana, salieron en tropel afuera a bailar una danza Kosher sobre la nieve recién caída. Anshel había encontrado una manera de desflorar a la novia. La
inocencia de Hadass le impidió darse cuenta de cómo fueron y cómo debieron haber sido realmente los hechos. Se había enamorado profundamente de Anshel. Estaba prohibido que los novios
durmieran juntos durante los siete días siguientes al primer contacto sexual. Al otro día, Anshel y Avigdor iniciaron el estudio del Tratado sobre las Mujeres Menstruantes. Cuando los demás se hubieron marchado y ambos se quedaron a solas en la sinagoga, Avigdor le preguntó tímidamente a Anshel sobre la noche que acababa de pasar con Hadass. Anshel satisfizo su curiosidad y
continuaron cuchicheando hasta el anochecer.
5
Anshel había caído en buenas manos. Hadass era una esposa fiel y sus padres satisfacían todos los deseos del yerno y hacían alarde de sus talentos. A decir verdad, ya habían transcurrido varios meses y Hadass todavía no esperaba un hijo, pero nadie se tomó esto muy a pecho. Por otra parte, la situación de Avigdor había empeorado notablemente. Peshe no sólo lo torturaba, sino que llegó a reducirle la comida y a negarle incluso una camisa limpia. Como él nunca tenía un céntimo, Anshel volvió a comprarle un pan de alforfón cada día y lo invitaba a cenar a su casa, ya que Peshe no tenía tiempo de cocinar y era demasiado tacaña para tomar una sirvienta.
Reb Alter Vishkower y su esposa censuraron este proceder basándose en que un pretendiente rechazado no debía visitar la casa de su antigua prometida. Todo esto dio mucho que hablar al pueblo; pero Anshel, citando precedentes, llegó a demostrar que la ley no lo prohibía. La mayoría de la gente tomó partido por Avigdor y culpó a Peshe de todo.
Avigdor no tardó mucho en pedirle el divorcio, y como no quería tener un hijo con semejante esperpento, imitaba a Onán o para decirlo con palabras de la Gemará: trillaba en el interior, pero arrojaba su simiente fuera. Le hacía confidencias a Anshel. Un día le contó que Peshe no se lavaba antes de acostarse, que roncaba como una sierra circular y que vivía tan obsesionada por el dinero de la tienda que barboteaba sobre él hasta en sueños.
-¡Ay, Anshel, cómo te envidio! -le decía. -No tienes por qué envidiarme.
-Lo tienes todo. Me gustaría tener tu buena suerte... sin quitarte nada, claro está. -Todos tenemos problemas.
-¿Qué clase de problemas puedes tener tú? No tientes a la Providencia.
¿Cómo hubiera podido adivinar que Anshel no pegaba el ojo por la noche y pensaba con suma frecuencia en la huida? Acostarse con Hadass y engañarla le resultaba cada vez más doloroso. El amor y la ternura de la joven la avergonzaban. La devoción de sus suegros y sus esperanzas de tener un nieto constituían una carga para ella. Los viernes por la tarde toda la gente del pueblo acudía a los baños, y cada semana Anshel tenía que inventarse una nueva excusa. Pero pronto empezó a despertar sospechas. Circulaba el rumor de que Ansehl debía tener una horrible marca de nacimiento, alguna hernia o quizá una circuncisión mál hecha. A juzgar por sus años, ya debía haberle crecido barba, pero sus mejillas continuaban tersas.
Ya era Purim y la Pascua estaba próxima. Pronto llegaría el verano. No muy lejos de Bechev había un río en el que todos los estudiantes de la yeshiva y los jóvenes solían bañarse en cuanto empezaba a hacer suficiente calor. La mentira se iba hinchando como un absceso y un buen día acabaría reventando. Anshel sabía que debía encontrar la manera de liberarse.
Los jóvenes que vivían con sus suegros tenían por costumbre recorrer las ciudades aledañas durante los días semifestivos de la semana de Pascua. Disfrutaban del cambio, se sentían renovados, buscaban la oportunidad de hacer negocios y compraban libros u otras cosas necesarias para un joven. Lublin quedaba cerca de Beshev, y Anshel convenció a Avigdor para hacer el viaje juntos por cuenta de Anshel. Avigdor quedó encantado ante la perspectiva de librarse por unos días de la fiera que tenía en casa. El viaje en coche resultó muy agradable. Los campos empezaban a verdear y las cigüeñas volvían de las regiones cálidas, formando arcos inmensos en el azul del cielo. Los arroyos se precipitaban hacia los valles y las aves gorjeaban. Los molinos giraban, las flores primaverales empezaban a brotar sobre la hierba, y por doquier se veían vacas pastando.
Los dos amigos comieron las frutas y los pastelitos que Hadass les había preparado y siguieron conversando, bromeando e intercambiando confidencias hasta llegar a Lublin. Allí tomaron una habitación para dos en una posada. Durante el viaje, Anshel había prometido revelarle un secreto asombroso cuando llegaran a Lublin. Avigdor había bromeado: ¿Qué clase de secreto era ése? ¿Habría descubierto Anshel un tesoro escondido? ¿O tal vez escrito un ensayo? ¿O creado una paloma a fuerza de estudiar la Cábala? Una vez en la habitación, y mientras Anshel corría el cerrojo cuidadosamente, Avigdor le dijo en son de burla:
-A ver, oigamos ese tremendo secreto.
-Prepárate a oír la cosa más increíble que hayas oído jamás. -Estoy preparado para lo que sea.
-Soy mujer y no hombre -le dijo Anshel-. No me llamo Anshel, sino Yentl.
Avigdor soltó una carcajada. -Sabía que era un cuento.
-Pero si es verdad.
-Ni un tonto se tragaría eso. -¿Quieres que te lo demuestre? -Sí.
-Pues entonces me desnudaré.
Avigdor abrió bien los ojos. Pensó que quizá lo que su amigo deseaba era practiar la pederastia. Anshel se quitó la gabardina y la camisa bordada, despojándose luego de su ropa interior. Avigdor echó una ojeada y se puso lívido primero y después de color rojo vivo. Anshel se tapó de prisa. -He hecho esto sólo para que puedas dar fe ante los tribunales. De otro modo, Hadass constará siempre como una mujer cuyo marido está ausente.
Avigdor había perdido el habla y un extraño temblor le sacudía el cuerpo. Quiso hablar, pero de sus labios no brotaba nada. Se sentó rápidamente porque sus piernas ya no lo aguantaban.
Finalmente murmuró:
-¡No es posible! ¡No puedo creerlo! -¿Quieres que vuelva a desnudarme? -¡No!
Y Yentl pasó a contarle toda la historia: la postración de su padre enfermo y las lecturas que con ella hacía de la Torá; la poca paciencia que tenía con las mujeres y su cháchara absurda; la venta de la casa y de todos los muebles; su partida del pueblo, el viaje hasta Lublin disfrazada de hombre y su encuentro con Avigdor en la posada del camino. Sentado y sin habla, el muchacho la
contemplaba y escuchaba su relato. Yentl se había vuelto a poner su ropa de hombre. Por último dijo Avigdor:
-Debo estar soñando. Se pellizcó la mejilla. -No es un sueño.
-¿Por qué me tienen que pasar a mí estas cosas...? -Es completamente cierto.
-¿Por qué lo hiciste? ¡Uff! Será mejor que me calme. -No quería pasarme la vida amasando y cociendo pan. -¿Y lo de Hadass? ¿Por qué lo hiciste?
-Lo hice por ti. Sabía que Peshe te atormentaría y en nuestra casa podrías estar tranquilo... Avigdor permaneció largo rato en silencio. Luego inclinó la cabeza y la movió, apretándose las sienes con ambas manos.
-¿Qué harás ahora?
-Me iré lejos, a otra yeshiva.
-¿Cómo? Si me lo hubieses dicho antes, podríamos haber... Avigdor se detuvo en medio de la frase.
-No. No hubiera resultado. -¿Por qué no?
-¡Dios mío, qué dilema!
-Divórciate de ese monstruo y cásate con Hadass. -Peshe no me dará el divorcio y a Hadass no le intereso. -Hadass te ama y esta vez no le hará caso a su padre.
Avigdor se levantó bruscamente, pero luego volvió a sentarse. -No podré olvidarte... Nunca...
6
Según la Ley, Avigdor no debía permanecer un minuto más a solas con Yentl. Sin embargo, con la gabardina y los pantalones puestos parecía el mismo Anshel de siempre. Reanudaron su
conversación con la confianza habitual:
-¿Cómo te has atrevido a violar día a día el mandamiento que ordena: “Una mujer no podrá llevar encima todo cuanto pertenezca a un hombre”?
-No fui creada para arrancar plumas ni para cotorrear con mujeres. -¿Y preferirías perder tu puesto en la otra vida?
-Quiza...
Avigdor alzó los ojos. Y entonces se dio cuenta de que las mejillas de Anshel eran demasiado tersas para ser masculinas, y de que su abundante cabellera y sus manos pequeñas también la delataban. No obstante, se resistía a creer que aquello no fuese un sueño del que podría despertarse en cualquier momento. Se mordió los labios y se pellizcó la pierna. Se sentía tan cohibido que a la hora de hablar, tartamudeaba. Su amistad con Anshel, sus conversaciones íntimas, sus confidencias: ¡todo había sido una farsa! Hasta llegó a pensar que Anshel podía ser un demonio. Se sacudió, como para despertarse de una pesadilla; sin embargo, aquel poder que nos permite distinguir la realidad del sueño, le hizo ver que todo era verdad. Hizo acopio de valor: él y Anshel jamás podrían ser extraños el uno para el otro, aunque Anshel fuera en realidad Yentl..., y aventuró un comentario: -Me parece que un testigo que declara en favor de una mujer abandonada no puede casarse con ella, pues la ley lo considera “cómplice en el asunto”.
-¿Cómo? No se me había ocurrido. -Tendremos que consultar el Eben Ezer.
-Yo no estaría tan segura de que las leyes relativas al abandono de mujeres puedan aplicarse en este caso -dijo Anshel con aires eruditos.
-Si no quieres que Hadass sea una mujer abandonada, tendrás que contarle el secreto tú misma. -No puedo hacer eso.
-En cualquier caso, has de buscarte otro testigo.
Gradualmente, ambos amigos reanudaron su conversación talmúdica. Al principio, a Avigdor le resultó algo extraño discutir sobre un texto sagrado con una mujer, pese a que muy poco antes la Torá los había unido. Aunque sus cuerpos fueran diferentes, sus almas eran hermanas. Anshel hablaba cadenciosamente, gesticulaba con el dedo pulgar, jugaba con sus tirabuzones y tiraba de su imberbe mentón: gestos típicos de un estudiante de la yeshiva. En el calor de la discusión llegó incluso a coger a Avigdor por la solapa y lo llamó estúpido. Él sintió entonces un gran amor por Anshel, mezclado con vergüenza, remordimiento y ansiedad. “¡Si lo hubiera sabido antes!”, repetía para sus adentros.
En su imaginación comparaba a Anshel (o Yentl) con Bruria, la esposa de Reb Meir, y con Yalta, la mujer de Reb Nachman. Por primera vez pudo ver con claridad que él había deseado siempre una mujer que no pensara solamente en cosas materiales... Su interés por Hadass se había esfumado, y sabía que añoraría a Yentl, pero no se atrevió a decirlo. Sintió calor y notó que la cara le ardía. Le resultaba imposible mirar a Anshel a los ojos. Comenzó a enumerar los pecados de la joven y descubrió que él también se hallaba implicado en ellos, pues durante sus días impuros la había tocado y se habían sentado juntos. ¿Y qué decir de su matrimonio con Hadass? ¡La cantidad de transgresiones que ello suponía! ¡Un fraude premeditado, falsos votos e impostura! ¡Y Dios sabe cuántas cosas más! De pronto le preguntó:
-Di la verdad, ¿eres hereje? -Dios me guarde.
-¿Cómo has podido hacer esto entonces?
Cuanto más hablaba Anshel, menos la entenía Avigdor. Todas las explicaciones de la joven parecían apuntar a un solo blanco: tenía cuerpo de mujer y alma de hombre. Al final le dijo que se había casado con Hadass tan sólo para estar más cerca de él, Avigdor.
-Lo que quería era estudiar la Gemará y los Comentarios, no zurcir tus calcetines. Permanecieron callados largo rato. Luego Avigdor rompió el silencio:
-Me temo que Hadass se enfermará al oír todo esto. Dios quiera que no. -Temo lo mismo.
-¿Qué va a pasar ahora?
Al caer la tarde, los dos empezaron a rezar la oración vespertina. En medio de su turbación, Avigdor confundía las bendiciones, omitiendo algunas y repitiendo otras. Miraba de reojo a Anshel, que se balanceaba de un lado a otro, golpeándose el pecho y bajando la cabeza. La vio levantar el rostro con los ojos cerrados, como implorando a los cielos: Padre celestial, tú que conoces la verdad... Una vez concluida la plegaria, se sentaron frente a frente, pero a buena distancia uno del otro. La habitación se fue llenando de sombras. Los reflejos del crepúsculo se proyectaban en la pared opuesta a la ventana, imitando un bordado púrpura. Avigdor quiso hablar una vez más, pero las palabras se le atascaron en la punta de la lengua. De pronto estallaron:
-Quizá aún no sea demasiado tarde. No puedo seguir viviendo con esa maldita... Tú... -No, Avigdor. Es imposible.
-¿Por qué?
-Seguiré mi vida como ahora... -Te echaré de menos. Muchísimo. -Y yo a ti.
-¿Qué sentido tiene todo esto?
Anshel no respondió. Se hizo de noche y las luces se apagaron. En la oscuridad, ambos parecían escucharse los pensamientos uno al otro. La Ley prohibía a Avigdor permanecer a solas en la habitación con Anshel, pero ella era para él algo más que una mujer. “¡Qué extraño poder el de la ropa!”, pensó. Sin embargo, habló de otra cosa:
-Yo te aconsejaría que simplemente enviases el divorcio a Hadass. -¿Cómo, así?
-¿Qué importa? Si el sacramento matrimonial no fue válido... -Supongo que tienes razón.
-Ya habrá tiempo de que se sepa la verdad más adelante.
La sirvienta entró con una lámpara, pero no bien se hubo marchado, Avigdor la apagó. Las circunstancias, y las palabras que tenían que decirse no necesitaban luz. Ya en la penumbra, Anshel le contó todos los pormenores y respondió a todas las preguntas de Avigdor. El reloj dio las dos y ellos seguían hablando. Anshel le dijo que Hadass no lo había olvidado. Hablaba de él con frecuencia, se preocupaba por su salud y lamentaba -aunque no sin cierta satisfacción- el rumbo que había tomado su relación con Peshe.
-Será una buena esposa -dijo Anshel-. Yo ni siquiera sé preparar un budín. -No obstante, si estás dispuesta...
-No, Avigdor. No estoy destinada a ser...
7
Todo resultó un verdadero rompecabezas para el pueblo: el mensajero que le trajo los papeles de divorcio a Hadass; la prolongada estadía de Avigdor en Lublin hasta pasadas las vacaciones; su retorno a Bechev con los hombros caídos y los ojos apagados como si hubiera estado enfermo. Hadass se postró en su lecho y el doctor iba a verla tres veces al día. Avigdor se aisló del mundo. Si alguien le dirigía la palabra al cruzarse con él, no respondía. Peshe denunció a sus padres que Avigdor se pasaba las noches fumando y dando vueltas por la habitación. Y cuando finalmente sucumbía a la fatiga, pronunciaba en sueños un nombre de mujer conocido: Yentl. Peshe comenzó a hablar de divorcio. El pueblo pensó que Avigdor no se lo daría o que por lo menos le exigiría dinero, pero él no puso el menor impedimento.
En Bechev no era costumbre que los misterios siguieran siendo tales mucho tiempo. ¿Cómo guardar secretos en un pueblecito donde todo el mundo sabe qué habas se cuecen en el puchero del vecino? Sin embargo, pese a que mucha gente se dedicó a espiar por el ojo de las cerraduras y a escuchar tras los postigos, nadie logró descubrir la verdad de los hechos. Hadass estaba siempre en cama, llorando. Chanina, el médico naturista, diagnosticó que se estaba consumiendo. Anshel había desaparecido sin dejar rastro. Reb Alter Vishkower mandó llamar a Avigdor, y cuando el joven llegó, muchos se agolparon bajo la ventana, pero no lograron oír una palabra de la conversación. Y esos tipos, que tenían por costumbre entrometerse en los asuntos ajenos, inventaron miles de teorías, todas inconsistentes.
Un grupo llegó a la conclusión de que Anshel había ido a parar en manos de sacerdotes católicos y se había convertido. Esto bien podía ser cierto. Pero ¿de dónde iba a sacar tiempo para ver sacerdotes si se pasaba el día entero estudiando en la yeshiva? Y además, ¿de cuándo acá un apóstata envía el divorcio a su mujer?
Otros murmuraban que Anshel se había interesado por otra mujer. Pero ¿quién podría ser? No solía haber aventuras amorosas en Bechev. Y ninguna joven -judía o gentil- se había ido del pueblo recientemente.
Alguien insinuó que Anshel había sido raptado por los espíritus del mal o que incluso era uno de ellos. Citó como prueba el hecho de que el joven nunca había ido a los baños ni al río. Es del dominio público que los demonios tienen pies de ganso. De acuerdo, pero Hadass debió haberlo visto descalza alguna vez, ¿verdad? Además, ¿qué demonio le envía el divorcio a su mujer? Cuando un diablo toma por esposa a la hija de algún mortal, lo usual es que la convierta para siempre en mujer abandonada.
No faltó quien afirmara que Anshel había cometido un pecado gravísimo y se había exiliado para expiarlo. Pero ¿de qué tipo de pecado podía tratarse? ¿Por qué no se lo había confiado al rabino? Y ¿qué motivos tendría Avigdor para errar como un alma en pena?
La hipótesis de Tevel el músico se acercaba más a la verdad. Tevel sostenía que Avigdor no había logrado olvidar a Hadass y Anshel se había divorciado de ésta para que su amigo la tomara por esposa. Pero ¿era posible una amistad así en este mundo? Y en ese caso, ¿por qué no había esperado Anshel a que Avigdor se divorciara primero? Y más aún: es obvio que un plan semejante sólo puede llevarse a caba si la esposa ha sido informada del arreglo y lo acepta. Sin embargo, Hadass había dado pruebas de estar perdidamente enamorada de Anshel y, de hecho, se había enfermado de pena. Una cosa era evidente para todos: Avigdor sabía la verdad. Pero era imposible sacarle una palabra. Persistía en su aislamiento y su silencio con tal tenacidad que irritaba a todo el pueblo. Los amigos íntimos aconsejaban a Peshe que no se divorciara de Avigdor, aunque hubiesen cortado todo tipo de relaciones y ya no viviesen como marido y mujer. Él ni siquiera le daba ya las bendiciones del kiddush los viernes por la noche. Se pasaba las noches en la sinagoga o en casa de la viuda que había alojado a Anshel. Cuando Peshe le hablabla, él permanecía callado y cabizbajo. Como buena comerciante, Peshe no aguantó tanto remilgo mucho tiempo: necesitaba un hombre joven que la ayudara en la tienda y no a un estudiante de la yeshiva, víctima de su melancolía. Y como un tipo de esa calaña bien podía tomar las de Villadiego y dejarla colgada, al final aceptó el divorcio.
Entretanto, Hadass se había recuperado y Reb Alter Vishkower hizo saber que estaba redactando un contrato matrimonial: Hadass se casaría con Avigdor. El pueblo se quedó de una pieza. El matrimonio entre un hombre y una mujer que, pese a haber firmado un compromiso, lo hubieran roto, era algo inaudito. La boda se celebró el primer sábado después de Tishe b'Ov e incluyó todos los implementos habituales en los matrimonios de mujeres vírgenes: el banquete para los pobres, el toldo instalado frente a la sinagoga, los músicos, el animador de bodas y la Danza de la Virtud. Sólo faltó una cosa: alegría. De pie bajo el toldo, el novio era la imagen misma del desconsuelo; la novia, aliviada ya de su enfermedad, seguía no obstante pálida y demacrada. Al beber el caldo de pollo dorado derramó abundantes lágrimas. En todas las miradas se leía la misma pregunta: ¿por qué habría actuado Anshel así?
Tras la boda de Avigdor con Hadass, Peshe difundió el rumor de que Anshel le había puesto precio a su mujer y que Avigdor se la había comprado con un dinero que Alter Vishkower le proporcionara. Un joven llegó a la conclusión, tras darle muchas vueltas al asunto, de que Anshel había perdido a su querida esposa jugando a las cartas con Avigdor o quizá en la rueda del dreidl en Janukah. Por regla general, cuando los hombres no pueden hallar el grano de la verdad, devoran grandes dosis de mentiras. La verdad misma suele ocultarse de manera tal que cuanto más la buscamos menos la encontramos.
Poco después de la boda, Hadass quedó embarazada. Dio a luz un niño, y ¡cuál no sería la
sorpresa de los asistentes a la circuncisión al oír que el padre le había puesto el nombre de Anshel a su hijo!
EL ÚLTIMO DEMONIO (The Last Demon)
1
El infrascrito, demonio, da fe de que ya no quedan demonios. ¿Para qué más, si el hombre de por sí es un demonio? ¿De qué sirve persuadir a hacer el mal a alguien que ya está convencido? Yo soy el último de los persuasores. Vivo en un ático, en Tishevitz, y obtengo mi sustento de un libro de cuentos yiddish, un remanente de los días que precedieron a la gran catástrofe. Las historietas del libro son puras paparruchas, pero las letras hebreas tienen peso propio. De más está decirles que soy judío. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Un gentil? He oído decir que hay demonios gentiles, pero no conozco ninguno ni quiero conocerlos. Jacob y Esaú nunca podrán ser parientes políticos.
Yo vine aquí desde Lublin. Tishevitz es una aldea olvidada de Dios, en la que Adán no se detuvo ni a hacer pis. Es tan pequeña que cuando pasa un carruaje, el caballo está en la plaza del mercado y las ruedas traseras aún no han llegado a la barrera de peaje. En Tishevitz hay lodo desde el Succoth hasta Tishe b'Ov. Las cabras del pueblo no necesitan levantar su barba para mordisquear los techos de caña de las cabañitas. Las gallinas duermen en medio de las calles, y los pájaros construyen nidos en las cofias de las mujeres. En la sinagoga del sastre, un macho cabrío es el décimo participante en el quorum.
No me preguntéis cómo me las arreglé para llegar a esta letra diminuta del más ínfimo de todos los devocionarios. Pero cuando Asmodeus te ordena ir, has de ir sin rechistar. Después de Lublin, la carretera me resulta conocida hasta Zamosc. A partir de ahí, no tienes más guía que tú mismo. Me dijeron que buscara una veleta de hierro con una corneja instalada sobre la cresta del gallito en el techo de la sinagoga. En otros tiempos el gallo giraba con el viento, pero hace años que ya no se mueve, ni siquiera cuando hay truenos y relámpagos. En Tishevitz, hasta las veletas de hierro mueren.
Hablo en presente porque para mí el tiempo se halla detenido. Llego y echo una mirada . ¡Que me maten si logro encontrar aquí a uno solo de nuestros hombres! El cementerio está vacío. No hay cobertizos. Voy a los baños rituales, pero no oigo un solo ruido. Me siento en el banco más alto, contemplo la piedra sobre la que cada viernes se vierten los cubos de agua, y me quedo perplejo. ¿Para qué me necesitarán aquí? Si quieren un diablillo, ¿qué necesidad hay de importarlo desde Lublin? ¿Acaso no hay suficientes diablos en Zamosc? Afuera brilla el sol -nos acercamos al solsticio de verano-, pero en el interior de los baños hace frío y no hay luz. Encima de mí veo una telaraña, y en ella una araña que agita las patas como si tejiera, aunque de hecho no está hilando. De moscas no hay el menor rastro, ni siquiera un cascarón vacío. “¿Qué comerá este bicho? -me pregunto-, ¿sus propias entrañas?” De repente le oigo canturrear un sonsonete talmúdico: “Un león no queda satisfecho con un bocado, y una acequia no se llena con la suciedad de sus propias paredes.”
Rompo a reír estrepitosamente.
-¿Es cierto? ¿Por qué se ha disfrazado usted de araña?
-Ya he sido gusano, pulga y rana. Llevo aquí doscientos años sin tener nada que hacer. Pero necesitas un permiso para irte.
-¿La gente aquí no peca?
-Hombres nimios, pecados nimios. Si hoy día alguien codicia la escoba del vecino, mañana empezará a ayunar y se pondrá guisantes en los zapatos. Desde que Abraham Zalman vivía con la
ilusión de ser el Mesías, hijo de José, la gente ya no tiene sangre en las venas. Si yo fuera Satanás, no enviaría aquí ni a uno de nuestros chiquillos de escuela primaria.
-¿Cuánto le cuesta?
-¿Qué hay de nuevo en el mundo? -me pregunta. -Las cosas no hay ido muy bien para los nuestros. -¿Qué ha ocurrido? ¿El Espíritu Santo se robustece?
-¿Se robustece? No tiene poder más que en Tishevitz. Nadie ha oído hablar de él en las grandes ciudades. Hasta el Lublin está fuera de moda.
-¡Caray... qué bueno! ¿No le parece?
-Pues no -digo yo-. “La Gran Culpa nos resulta peor que la Gran Inocencia.” Se ha llegado a un punto en el que la gente quiere pecar más allá de sus capacidades. Se martirizan por el más trivial de los pecados. Si las cosas van así, ¿para qué nos necesitan? Hace un instante estaba yo sobrevolando la calle Levertov y vi a un hombre arrebujado en un abrigo de mofeta. Tenía barba negra y patillas onduladas; de sus labios sobresalía una boquilla de ámbar. Por la acera de enfrente pasaba la mujer de un oficial y a mí se me ocurre preguntarle al caballero: “¡Vaya ganga! ¿Verdad que sí, tío?” Yo no esperaba de él más que una idea; incluso había preparado mi pañuelo por si me escupía. Y ¿qué crees que hizo“¿Para qué pierdes tu aliento conmigo? -exclamó furioso-. Yo soy materia dispuesta. Más bien trabájatela a ella.”
-¿Y de dónde proviene esta desgracia?
-¡La culturización! En los doscientos años que lleva usted sentado aquí sobre su rabo, Satanás ha inventado una nueva receta para preparar kasha. Hoy en día los judíos ya producen escritores -en yiddish y en hebreo- que han acabado por asumir nuestras tareas. Hablamos con cada adolescente hasta que nos enronquecemos, pero ellos imprimen sus textos kitsch a millares y los distribuyen entre los judíos de todas partes. Conocen todos nuestros trucos: la burla, la piedad. Esgrimen cien razones por las que una rata debe ser kosher. Todo lo que quieren es redimir el mundo. Y si usted no podía corromper nada, ¿por qué lo han dejado aquí doscientos años? Y si usted nada ha podido hacer en doscientos años, ¿qué esperan de mí en dos semanas?
-Recuerde usted el dicho: “Más ven cuatro ojos que dos.” -¿Y qué hay que ver por estos pagos?
-Un joven rabino acaba de mudarse de Modly Bozyc. Aún no llega a los treinta, pero está atiborrado de conocimientos y se sabe de memoria los treinta y seis tratados del Talmud. Es el máximo cabalista de Polonia, ayuna lunes y viernes y realiza las abluciones rituales cuando el agua está helada. No permitiría que uno de nosotros le dirija la palabra. Y encima tiene una mujer guapa, ¿no es realmente el colmo? ¿Con qué podríamos tentarlo? Sería como intentar atravesar una pared de hierro. Si me pidieran mi opinión, diría que Tishevitz debiera desaparecer de nuestros archivos. Sólo le pido que me saque de este lugar antes de que me vuelva loco.
-No, primero tengo que hablar con ese rabino. ¿Por dónde me aconseja comenzar?
-Valiente pregunta. El tío comenzará por echarle sal en la cola antes de que usted abra la boca. -Soy de Lublin. No es fácil asustarme.
2
Ya en camino a casa del rabino, pregunto al diablillo: -¿Qué ha intentado hasta ahora?
-¡Qué no habré intentado! -responde él. -¿Una mujer?
-Ni la miraría. -¿Una herejía?
-Sabe todas las respuestas. -¿Dinero?
-En su vida ha visto una moneda. -¿Reputación?
-Le importa un bledo. -¿Nunca mira hacia atrás? -Ni siquiera mueve la cabeza. -Algún truco ha de tener. -¿Dónde lo esconderá?
La ventana del escritorio del rabino está abierta: entramos volando. Alrededor, las parafernales de costumbre: un arca con el Rollo Sagrado, estanterías, una mezuzah en un cofre de madera. El
rabino, un hombre joven de barba rubia, ojos azules, patillas amarillentas, frente alta y un ancho capuchón de viuda, está sentado en la silla rabínica, leyendo atentamente la Gemará. No le falta nada: yarmulka, faja y camisa bordada, con cada una de las franjas trenzadas ocho veces. Escucho sus ruidos craneanos: ¡puros pensamientos! Se balancea y entona: “Rachel t'unah v'gazezah” en hebreo, que luego traduce: “Una oveja lanosa esquilada”.
-En hebreo, Rachel significa oveja y es también un nombre de mujer -le explico. -¿Ajá?
-Una oveja tiene lana y una mujer, cabello. -¿Por consiguiente?
-Si no es un andrógino, una muchacha ha de tener vello pubiano. -Basta de chácharas y déjeme estudiar -dice el rabino, furioso.
-Un segundo -le digo-, la Torá no se le enfriará. Es cierto que Jacob amaba a Raquel, pero cuando le dieron a Lía en lugar de la otra, no la encontró nada mal. Y cuando Raquel le entregó a Bilhah como concubina, ¿qué hizo Lía para herir a su hermana? Se metió a la cama con Zilpah.
-Eso ocurrió antes de la Torá. -Y lo del rey David, ¿qué?
-Tuvo lugar antes de la excomunión decretada por el rabino Gershom. -Antes o después del rabino Gershom, un macho es un macho.
-¡Sinvergüenza! Shaddai kra Satan -exclama el rabino-. Y tirando de sus patillas, empieza a temblar como un azogado. “¿Qué absurdidades estoy pensando?” Luego se coge los lóbulos de ambas orejas y se las tapa con ellos. Yo sigo hablándole, pero él no me escucha; se enfrasca en un pasaje difícil y no hay manera de sacarle una letra. El diablillo de Tishevitz me dice: “Un tío duro de pelar, ¿verdad? Mañana ayunará y se revolcará en una cama de cardos. Además, donará hasta el último penique a instituciones de caridad.”
-¿Un creyente así en estos tiempos? -Sólido como una roca.
-¿Y su mujer?
-Un manso corderito. -¿Y qué hay de los hijos? -Aún niños.
-Pero tal vez tenga una suegra. -Ya está en el otro mundo. -¿Algún pleito?
-Ni siquiera tiene medio enemigo. -¿Y dónde encontró usted esta joya?
-De vez en cuando surge un tío así entre los judíos.
-Pues tengo que echarle el guante. Es mi primer trabajito en esta zona. Me prometieron que si tenía éxito, sería transferido a Odessa.
-Es lo más próximo al Paraíso para los de nuestra especie. Puedes dormir veinticuatro horas diarias. La población peca y peca sin que tengas que mover un solo dedo.
-¿Y en qué os entretenéis todo el día? -Jugando con nuestras mujeres.
-Aquí no queda una sola de nuestras chicas -dice el diablillo y suspira-. Había una perra vieja, pero murió.
-¿Y qué hacéis entonces? -Lo mismo que Onán.
-Eso no lleva a ningún sitio. Ayúdame y te juro por las barbas de Asmodeus que te sacaré de aquí. Tenemos un puesto libre como mezclador de hierbas amargas. Sólo trabajarás en Pascua.
-Espero que resulte y no sean las cuentas de la lechera. -Ya hemos resuelto cosas peores.
3
Ha pasado una semana y nuestro asunto no avanza; estoy de un humor de perros. Una semana en Tishevitz equivale a un año en Lublin. El diablillo de Tishevitz está perfectamente, pero cuando pasas doscientos años en un agujero así, acabas volviéndote un idiota. Cuenta chistes que no harían reír ni a Enoch y él se desternilla de risa. Suele citar nombres propios de la Haggadah. Todos sus héroes usan barba larga. Quisiera largarme cuanto antes, pero no hace falta ser mago para volver a casa con las manos vacías. Tengo enemigos entre mis colegas y debo cuidarme de posibles intrigas. Tal vez me enviaron aquí para que me desnuque. Cuando los diablos dejan de incordiar a la gente, empiezan a echarse zancadillas unos a otros.
La experiencia nos enseña que, de todas las trampas que utilizamos, hay tres que nunca fallan: la lujuria, el orgullo y la avaricia. Nadie puede eludir las tres, ni siquiera el rabino Tsots en persona. De las tres, el orgullo tiene las redes más grandes. Según el Talmud, a un erudito le está permitido tener la octava parte de una octava parte de vanidad. Pero un sabio suele rebasar su cuota. Como veo que los días pasan y el rabino de Tishevitz persiste en su obstinación, me concentro en la vanidad.
-Rabino de Tishevitz -le digo-, yo no he nacido ayer. Vengo de Lublin, donde las calles están pavimentadas con exégesis del Talmud. Usamos manuscritos para calentar nuestras estufas. Los pisos de nuestros áticos suelen combarse bajo el peso de la cábala. Pero ni siquiera en Lublin he conocido a un sabio de su categoría. ¿Cómo es posible -me pregunto- que nadie haya oído hablar de usted? Quizá los verdaderos santos deban ocultarse, pero el silencio nunca traerá la redención. Usted debiera ser el jefe espiritual de esta generación y no sólo el rabino de esta comunidad, por santa que sea. Ha llegado la hora de darse a conocer. Cielos y Tierra lo están esperando. El propio Mesías, desde el Nido del Ave, busca con la mirada un santo tan intachable como usted. Pero ¿qué hace usted mientras tanto? Estar sentado en su silla rabínica, dictaminando qué ollas y pucheros son realmente kosher. Perdone la comparación, pero es como si a un elefante le encargaran transportar una paja.
-¿Quién es usted y qué desea? -me pregunta el rabino aterrorizado-. ¿Por qué no me deja estudiar?
-Hay momentos en los que el servicio de Dios exige el abandono de la Torá -exclamo-. Cualquier estudiante puede estudiar la Gemara.
-¿Quién le ha enviado aquí?
-Me enviaron, y aquí estoy. ¿Cree que los de arriba no han oído hablar de usted? Están enfadados con su persona. Los que tengan la espalda ancha que carguen con su parte a cuestas. O para decirlo
en rima: al que quiera celeste, que le cueste. Escuche esto: Abraham Zalman era el Mesías, hijo de José, y a usted le ordenan preparar el camino del Mesías, hijo de David; de modo que deje de dormir. Apréstese para la batalla. El mundo se hunde hacia la cuadragésima novena puerta de la inmoralidad, pero usted se ha abierto camino hasta el séptimo firmamento. En las mansiones celestiales sólo se oye un grito: ¡el hombre de Tishevitz! El ángel que tiene Edom a su cargo ha armado a una pandilla de demonios contra usted. Satanás también se mantiene al acecho. Asmodeus os está socavando el terreno. Lilith y Namah rondan junto a la cabecera de su cama. Usted no los ve, pero Shabriri y Briri le andan pisando los talones. Si los ángeles no os defendieran, esta turba impía ya os habría reducido a polvo y cenizas. Pero usted no está solo, rabino de Tishevitz. El señor Saldalphon vigila cada uno de vuestros pasos. Metratron os observa desde su esfera luminosa. Todo está pendiente de un hilo, hombre de Tishevitz: ya puede usted subir a la balanza.
-¿Qué debo hacer?
-Escuche bien lo que le diga; aun cuando le ordene quebrantar la ley, haga lo que le mande. -¿Quién es usted? ¿Cuál es su nombre?
-Elías el Tishbita. Ya tengo listo el cuerno del carnero del Mesías. De usted depende que llegue la hora de la redención o que tengamos que peregrinar otros 2.689 años por las tinieblas de Egipto. El rabino de Tishevitz permanece un buen rato en silencio. Su cara va adquiriendo la misma blancura de las tiras de papel en las que anota sus comentarios.
-¿Cómo puedo saber que está diciendo la verdad? -me pregunta con voz temblorosa-. Perdóneme, Ángel Santo, pero exijo una prueba.
-Tiene razón. Le daré una prueba.
Y levanto una ráfaga tan violenta en el estudio del rabino que la tira de papel en la que estaba escribiendo echa a volar como una paloma. Las páginas de la Gemara empiezan a pasarse solas y las cortinilla del Rollo Sagrado ondea. La yarmulka del rabino abandona bruscamente su cabeza, sube hasta el techo y cae de nuevo sobre el cráneo del venerable.
-¿Así actúa la naturaleza? -le pregunto. -No.
-Y ahora, ¿me cree?
El rabino de Tishevitz vacila. -¿Qué quiere que haga?
-El director espiritual de esta generación ha de ser famoso. -¿Y cómo hacerse famoso?
-Empiece a recorrer el mundo. -¿Haciendo qué?
-Predicando y pidiendo limosna. -¿Para qué debo pedir limosna?
-Primero pídala. Luego le diré qué hacer con el dinero. -¿Quién contribuirá?
-Cuando yo ordeno, los judíos dan. -¿Y de qué quiere que viva?
-A todo emisario rabínico le corresponde una parte de lo que recoja. -¿Y mi familia?
-Ganará usted lo suficiente para mantenar a todos. -¿Qué debo hacer ahora mismo?
-¡Oh! Pero mi alma suspira por la Torá -gime el rabino de Tishevitz. Sin embargo, levanta la cubierta del libro con la intención de cerrarlo... ¡Pobre de él si llega a hacerlo! ¿Qué hizo Joseph de la Rinah? Se limitó a alcanzarle a Samael un polvo de rapé. Yo empiezo a reírme para mis adentros: “Rabino de Tishevitz, ¡por fin te tengo!”
El diablillo de los baños públicos aguza la oreja en un rincón y se pone verde de envidia. Es cierto que prometí hacerle un favor, pero los celos de los diablos pueden más que cualquier otra cosa. Y el rabino me dice de pronto:
-Perdone usted, señor, pero exijo otra prueba. -¿Qué quiere que haga ahora? ¿Que detenga el sol? -Tan sólo que me enseñe sus pies.
En cuanto el rabino de Tishevitz hubo dicho estas palabras, comprendí que todo estaba perdido. Podemos camuflar todas las partes de nuestro cuerpo, salvo los pies. Desde el diablillo más bajo hasta Ketev Meriri, todos tenemos patas de ganso. El diablillo rompió a reír en su rincón. Por vez primera en mil años, yo, maestro en el arte de la persuasión, perdí el habla.
-No suelo mostrar mis pies -exclamo furioso.
-Lo cual significa que es usted un demonio. Pik, ¡largo de aquí! -exclama el rabino. Y, corriendo hacia su estantería, saca el Libro de la Creación y lo agita amenazadoramente en dirección a mí. ¿Qué diablo puede hacer frente al Libro de la Creación? Me alejé del estudio del rabino con el alma hecha pedazos.
Para abreviar la historia: tuve que quedarme en Tishevitz. Adiós Lublin, adiós Odessa. En un segundo naufragaron todas mis estratagemas. Luego me llegó una orden de Asmodeus:
-Quédate en Tishevitz y revienta. No te alejes a una distancia mayor que la que un hombre puede recorrer en día sábado.
¿Cuánto tiempo llevo aquí? La eternidad más un miércoles. Lo he visto todo: la destrucción de Tishevitz, la destrucción de Polonia. Ya no quedan judíos ni demonios. Las mujeres ya no vierten agua la noche del solsticio invernal. Ya no evitan dar cosas en números pares ni llaman por la mañana a la anticámara de la sinagoga. Tampoco nos previenen antes de vaciar los cubos de agua sucia. El rabino fue martirizado un viernes del mes de Nisan. La comunidad entera fue sacrificada, los libros sagrados reducidos a cenizas y el cementerio profanado. El Libro de la Creación le fue devuelto al Creador. Los no judíos se lavan en los baños públicos. La capilla de Abraham Zalman ha sido convertida en pocilga. Ya no hay Ángel del Bien ni Ángel del Mal: ¡se acabaron los pecados y las tentaciones! Esta generación ya es culpable siete veces, pero el Mesías no viene. ¿Por quién habría de venir? Si el Mesías no vino por los judíos, los judíos fueron hacia Él.
Ya no hay necesidad de demonios. Nosotros también hemos sido aniquilados. Yo soy el último: un refugiado. Puedo ir adonde me plazca, aunque ¿adónde puede ir un demonio como yo? ¿Al lado de los asesinos?
Un día encontré un libro de cuentos yiddish entre dos barriles rotos, en la casa que en otro tiempo perteneció a Velvel el Tonelero. Y allí estoy ahora, yo, el último de los demonios. Como polvo y duermo sobre un plumero. Sigo leyendo este galimatías. El estilo del libro me resulta familiar: budín sabático frito en manteca de cerdo = blasfemia envuelta en piedad. La moraleja del libro es: ni juez, ni juicios. Sin embargo, las letras son judías. No pudieron destruir el alfabeto. Me pongo a chupar legras para alimentarme. Cuento las palabras, hago versos e interpreto cada punto una y otra vez, tortuosamente.