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TAIBELE Y SU DEMONIO (Taibele and her Demon)

In document Una Boda en Brownsville (página 65-79)

1

En la ciudad de Lashnik, no lejos de Lublin, vivían un hombre y su esposa. Él se llamaba Chaim Nosse, y ella, Taibele. No tenían hijos. Y no porque la pareja fuera estéril: Taibele había dado a su marido un hijo y dos hijas, pero los tres murieron en la infancia. Uno de tos ferina, otra de

escarlatina y la tercera de difteria. Un buen día el seno de Taibele se cerró del todo, y de nada sirvieron ya las plegarias, los conjuros y las pócimas. La pena impulsó a Chaim Nossen a retirarse del mundo. Se mantuvo alejado de su esposa, dejó de comer carne, y en vez de seguir durmiendo en su casa, lo hacía en un banco de la sinagoga.

Taibele era dueña de una mercería heredada de sus padres, y en ella se pasaba el día entero con un metro en la mano derecha, unas tijeras enormes en la izquierda y, enfrente de ella, el

Devocionario Femenino en yiddish. Chaim Nossen, alto, enjuto, de ojos negros y barbita puntiaguda, había sido siempre un hombre hosco y taciturno incluso en sus mejores tiempos. Taibele era bajita y bella, tenía ojos azules y cara redonda. Aunque castigada por el Todopoderoso, aún sonreía con facilidad y en sus mejillas se formaban sendos hoyuelos. Ahora no tenía nadie a quien cocinar, pero encendía diariamente el horno o la cocina y se preparaba unas gachas o una sopa. También prosiguió con su labor de punto -ora un par de medias, ora un chaleco-, y a veces bordaba algo siguiendo un modelo determinado. No solía quejarse del destino o aferrarse a las preocupaciones.

Un buen día, Chaim Nossen metió en un saco su chal litúrgico y sus filacterias, una muda de ropa interior y una barra de pan, y abandonó la casa. A los vecinos que le preguntaban adónde iba, les contestaba:

-Adonde me lleven mis ojos.

Cuando la gente anunció a Taibele que su esposo la había abandonado, era ya demasiado tarde para alcanzarlo. Chaim había atravesado el río. Se supo que había alquilado un carro para

trasladarse a Lublin. Taibele envió un mensajero a buscarlo, pero ni su esposo ni el mensajero volvieron a ser vistos.

Y así, a sus treinta y tres años, Taibele pasó a convertirse en una esposa abandonada.

Tras un período de búsqueda, se dio cuenta de que ya no tenía que esperar más. Dios se había llevado a su marido y a sus hijos. Nunca podría volver a casarse; a partir de entonces se vería obligada a vivir sola. Todo lo que le quedaba era su casa, su tienda y sus pertenencias. La gente del pueblo la compadecía, pues era una mujer tranquila, bondadosa y honesta en sus transacciones comerciales. Todos se preguntaban: ¿por qué habrá merecido tan mala suerte? Pero los designios de Dios son inescrutables.

Taibele tenía muchas amigas entre las matronas del pueblo, conocidas suyas de la infancia. Durante el día, las amas de casa andaban atareadas con sus ollas y sartenes; pero al atardecer, las amigas de Taibele solían pasar a verla y a charlar un rato. En verano se sentaban en un banco frente a la casa y se contaban toda clase de chismes e historias.

Una noche de verano sin luna, en que el pueblo estaba tan a oscuras como Egipto, Taibele, sentada con sus amigas en el banco, se puso a contarles una historia leída en un libro que comprara a un buhonero. Era sobre una muchacha judía y un demonio que la había raptado y vivía con ella como un marido con su mujer. Taibele refirió la historia con todo lujo de detalles. Las mujeres se arrimaron más unas a otras, juntaron las manos, escupieron para conjurar el mal y se echaron a reír con esa risa que proviene del miedo. Una de ellas preguntó:

-¿Por qué no lo exorcizó con un amuleto?

-No todos los demonios se asustan con los amuletos -respondió Taibele. -¿Por qué entonces no habló con un santo rabino?

-El demonio le advirtió que la estrangularía si revelaba el secreto.

-¡Ay de mí! ¡Que el Señor nos proteja y nos libre de esos males! -exclamó una de las mujeres. -Tengo miedo de ir a casa ahora -dijo otra.

-Te acompañaré -le prometió una tercera.

Quiso la casualidad que, mientras conversaban, acertara a pasar por allí Alchonon, el ayudante del maestro que esperaba convertirse algún día en animador de bodas. Tras cinco años de viudez, Alchonon tenía fama de ser un tío muy pícaro y bromista, al que además le faltaba un tornillo. Sus pisadas no se oían, porque las suelas de sus zapatos se le habían desgastado con el uso, y ahora andaba descalzo. Al oír que Taibele contaba esa historia, se detuvo a escuchar. La oscuridad era tan densa, y las mujeres se hallaban tan absortas en el misterioso relato, que no lo vieron. Nuestro Alchonon era un individuo disoluto, fecundo en artimañas ingeniosas y lascivas. En un instante planeó una maliciosa travesura.

Cuando las mujeres se marcharon, Alchonon se deslizó sigilosamente al patio de Taibele, se escondió detrás de un árbol, y se puso a vigilar por la ventana. Al ver que Taibele se acostaba y apagaba la vela, se introdujo velozmente en la casa. Taibele no había echado cerrojo a la puerta: los ladrones eran algo inaudito en aquel pueblo. En el vestíbulo se quitó el caftán raído, la camisa orlada y los pantalones, y quedó tan desnudo como cuando vino al mundo. Luego se acercó de puntillas a la cama de Taibele. Ésta se hallaba casi dormida, cuando de pronto vio surgir una figura de la oscuridad. Su terror le impidió emitir sonido alguno.

-¿Quién es? -susurró temblando.

Alchonon repondió con voz cavernosa:

-No grites, Taibele. Si chillas, te destruiré. Soy el demonio Hurmizah, rey de las tinieblas, de la lluvia, del granizo, del trueno y las bestias feroces. Soy el espíritu del mal que vive con la joven de la que estuviste hablando esta noche. Y como contaste la historia con tanto entusiasmo, escuché tus palabras desde el abismo y sentí deseos de tu cuerpo. No intentes resistirte, pues a quienes se niegan a acatar mi voluntad suelo llevármelos allende las Montañas de la Oscuridad, hasta el Monte Sair, a una región salvaje que ningún ser humano ha pisado jamás, donde la tierra es de hierro y el cielo de cobre. Y ahí los hago revolcarse sobre espinas y fuego, entre víboras y escorpiones, hasta que todos los huesos de su cuerpo se reducen a polvo y ellos se pierden para siempre en las profundidades infernales. Si, en cambio, acatas mis deseos, no te tocaré ni un pelo y haré que tengas éxito en todo cuanto emprendas...

Al oír estas palabras, Taibele permaneció inmóvil, como desmayada. Su corazón latió

violentamente y pareció detenerse. Pensó que su hora había sonado. Al cabo de un rato, se armó de valor y murmuró:

-¿Qué quieres de mí? ¡Soy una mujer casada!

-Tu marido ha muerto. Yo mismo asistí a sus funerales. La voz del asistente del maestro retumbó como un trueno.

-Es cierto que no puedo prestar testimonio ante el rabino para liberarte y que al fin puedas casarte de nuevo, pues los rabinos no creen en seres como nosotros. Además, no me atrevo a cruzar el umbral del rabino..., les temo a los Rollos Sagrados. No creas que estoy mintiendo. Tu marido murió en una epidemia, y los gusanos ya le han devorado la nariz. Pero aun cuando estuviera vivo, nada te impediría acostarte conmigo, porque las leyes del Shulchan Aruch no se aplican a nosotros. Y Hurmizah, el ayudante del maestro, prosiguió con sus persuasiones, unas dulces y otras amenazadoras. Invocó nombres de ángeles y de demonios, de vampiros y bestias diabólicas. Juró que Asmodeus, el Rey de los demonios, era su tío político. Le dijo luego que Lilith, la Reina de los Espíritus del Mal, bailaba para él en un solo pie y hacía cualquier cosa por complacerlo. Shibtah, la diablesa que robaba recién nacidos a las parturientas, le preparaba pasteles de semilla de amapola en los hornos del Infierno y usaba grasa de brujos y perros negros como levadura. Tanto le argumentó, aduciendo parábolas y proverbios tan agudos, que al final Taibele se vio obligada a sonreír para salir de apuros. Hurmizah juró que estaba enamorado de Taibele desde hacía tiempo y empezó a

describirle los vestidos y pañoletas que había llevado aquel año y el año anterior; le dijo cuáles habían sido sus pensamientos secretos mientras amasaba la pasta, preparaba su comida del sábado, se lavaba en el baño y hacía sus necesidades en el cobertizo. También le recordó aquella mañana en que se despertó con una marca azul y negra en el pecho. Ella pensó que era un pellizco de algún demonio necrófago, pero en realidad había sido un beso de los labios de Hurmizah, puntualizó. Al cabo de un rato, el demonio se metió en la cama de Taibele e impuso su voluntad. Luego le dijo que a partir de entonces la visitaría dos veces por semana, los miércoles y sábados por la noche, pues eran las noches en que los impíos suelen ir por el mundo. Le advirtió, sin embargo, que no divulgara lo que le había sucedido ni aludiera a ello, bajo pena de un castigo horrible: él mismo le arrancaría el cuello cabelludo, le vaciaría los ojos y la dejaría sin ombligo de un solo mordisco. Luego la abandonaría en un paraje desolado donde el pan se amasaba con estiércol y el agua era sangre, y donde las lamentaciones de Zalmaveth se oían día y noche. Ordenó a Taibele jurarle por los huesos de su madre que guardaría el secreto hasta su último día. Taibele se dio cuenta de que no tenía escapatoria. De modo que, poniendo una mano en el muslo del monstruo, prestó juramento e hizo cuanto le ordenó.

Antes de dejarla, Hurmizah la besó lascivamente un buen rato, y como era un demonio y no un hombre, Taibele le devolvió sus besos y humedeció de lágrimas su barba. Pese a ser un espíritu malo, la había tratado afectuosamente...

Cuando el diablo se fue, Taibele rompió en sollozos sobre su almohada hasta el amanecer. Hurmizah siguió viniendo cada miércoles y sábado por la noche. Taibele temía quedar embarazada y dar a luz algún monstruo con cuernos y rabo: un diablillo o un íncubo. Pero

Hurmizah prometió protegerla contra cualquier deshonra. Taibele le preguntó si debía purificarse en las abluciones rituales después de sus días impuros, pero él dijo que las leyes relativas a la

Como dice el refrán: que Dios nos libre de todo aquello a lo cual podamos acostumbrarnos. Y así ocurrió con Taibele. Al principio temió que su visitante nocturno pudiera hacerle daño, producirle forúnculos o enredarle el cabello, hacerla ladrar como un perro o beber orina, y sumirla en la desgracia. Pero Hurmizah no la azotaba, ni la pellizcaba, ni le escupía encima. Muy al contrario: la acariciaba, le susurraba palabras cariñosas y le componía calambures y poemas. A veces le gastaba tales bromas y le decía cosas tan diabólicamente absurdas que ella no podía menos que reírse. Le tironeaba el lóbulo de la oreja y le daba mordiscos de amor en los hombros, de suerte que a la mañana siguiente Taibele descubría las marcas de sus dientes en la piel. La convenció de que se dejara crecer el cabello bajo la gorra y se lo anudó en trenzas. Le enseñó conjuros y ensalmos, y le habló de sus hermanos de la noche, los demonios con los que sobrevolaba ruinas y campos de hongos venenosos, así como las marismas de Sodoma y las gélidas llanuras del Mar del Hielo. No le ocultó que tenía otras mujeres, pero todas eran diablesas: Taibele era la única mujer humana que poseía. Cuando ella le preguntó los nombres de sus mujeres, él se las enumeró: Namah, Machlath, Aff, Chuldah, Zluchah, Nafkah y Cheimah. Siete en total.

Le contó que Namah era negra como la brea y furibunda. Cuando peleaba con él, escupía veneno y arrojaba fuego y humo por la nariz.

Machlath tenía cara de sanguijuela y marcaba para siempre a quienes rozaba con su lengua. A la tercera, Aff, le encantaba adornarse con objetos de plata, esmeraldas y diamantes. Sus trenzas eran de hilos de oro. En los tobillos llevaba cascabeles y brazaletes, de modo que cuando bailaba, todos los desiertos resonaban con el tintineo.

Chuldah tenía aspecto de gato. Maullaba en vez de hablar y sus ojos eran verdes como uvas espinas. Cuando hacía el amor, mascaba siempre hígado de oso.

Zluchah, enemiga declarada de las novias, dejaba impotentes a los novios. Si una novia salía a caminar sola de noche durante las Siete Bendiciones Nupciales, Zluchah se le acercaba bailando y la novia perdía el habla o era víctima de un ataque.

Nafkah era lujuriosa y lo traicionaba constantemente con otros demonios. Se aseguraba el cariño de Hurmizah sólo gracias a sus discursos viles e insolentes, que deleitaban el corazón de su amante. Cheimah, de acuerdo con su nombre, debiera haber sido tan viciosa como dulce y pacífica era Namah. Per ocurría todo lo contrario: Cheimah era una diablesa sin amargura ni odio. Se pasaba la vida haciendo obras de caridad, amasando pasta para las amas de casa enfermas o llevando pan a los hogares pobres.

Así describió Hurmizah a sus mujeres, y fue diciéndole a Taibele cómo se divertí con ella, jugando al tócame tú sobre los techos y enredándose en todo tipo de travesuras. Por lo general, las mujeres se ponen celosas cuando el hombre se va con otras, pero ¿cómo puede un ser humano sentir celos de una diablesa? Todo lo contrario. Las historias de Hurmizah divertían a Taibele, que lo acosaba a preguntas. A veces él revelaba misterios que ningún mortal debía conocer: sobre Dios, sus ángeles y serafines, sus mansiones celestiales y los Siete Cielos. Le contaba asimismo cómo los pecadores, hombres y mujeres, eran torturados en barriles de brea y calderas llenas de carbones encendidos, sobre camas sembradas de clavos y en pozos llenos de nieve, y cómo los Ángeles Negros azotaban los cuerpos de los pecadores con varas de fuego.

El mayor castigo en el Infierno eran las cosquillas, le decía Hurmizah. Había allí un diablillo llamado Lekish. Cuando le hacía cosquillas a una adúltera en las plantas de los pies o en las axilas, las carcajadas de la pobre infeliz resonaban por todo el camino hasta la isla de Madagascar.

De este modo entretenía Hurmizah a Taibele noches enteras, y pronto empezó ella a echarlo de menos cuando se ausentaba. Las noches de verano le parecían demasiado cortas, pues el diablo se marchaba poco después del alba. Incluso las noches de invierno no eran bastante largas. Lo cierto es que se enamoró de Hurmizah, y aunque sabía que una mujer no debía desear a un demonio,

suspiraba por él noche y día.

2

Aunque Alchonon llevaba muchos años de viudez, no faltaban casamenteros que intentaban desposarlo. Las mujeres que le proponían eran de extracción humilde, viudas y divorciadas, pues el ayudante de un maestro contaba con pocos recursos y, además, Alchonon tenía fama de ser un holgazán rematado. Solía rechazar las propuestas aduciendo diversos pretextos: una de las mujeres era excesivamente fea, la otra era malhablada y la tercera, muy desaliñada. Los casamenteros se preguntaban: ¿cómo puede un ayudante de maestro, que gana nueve groschen por semana, apuntar tan alto? ¿Cuánto tiempo podrá un hombre vivir solo? Pero nadie puede ser arrastrado por la fuerza al dosel nupcial.

Alchonon recorría la ciudad de cabo a rabo, enjuto, harapiento, con su rubicunda barba en

desorden, la camisa arrugada y una manzana de Adán puntiaguda que danzaba de un extremo a otro de su cuello. Esperaba que el animador de bodas Reb Zekele muriera para asumir sus funcines. Pero Reb Zekele no tenía prisa por morirse y seguía animando bodas con un torrente inagotable de bromas y poemas, como en su juventud.

Alchonon intentó establecerse por su cuenta como maestro primario, pero ninguna madre de familia le confiaba a sus hijos. Por las mañanas y las tardes llevaba a los niños al cheder y los recogía. Durante el día se quedaba en el patio del maestro Reb Itchele, cortando indolentemente palmetas de madera o esos adornos de papel que se usaban solamente una vez al año, en

Pentecostés, o bien modelando estatuillas de barro. No lejos de la tienda de Taibele había un pozo al que Alchonon iba varias veces al día para sacar un cubo de agua o beber un poco, salpicándose la barba rojiza. En esos momentos miraba furtivamente a Taibele, quien lo compadecía:

-¿Por qué este pobre hombre se pasará la vida solo, yendo de un lado a otro? Y Alchonon se decía siempre: “Ay, Taibele, ¡si supieras la verdad...!”

Alchonon vivía en una buhardilla, en casa de una viuda anciana sorda y medio ciega. La vieja le reñía a veces por no ir a la sinagoga a rezar como los otros judíos. Pues en cuanto Alchonon dejaba a los niños en sus casas, murmuraba una rápida oración vespertina y se acostaba. A veces, la anciana creía oír al ayudante del maestro levantarse a medianoche y salir a la calle. Le preguntaba adónde se iba por las noches, pero Alchonon le aseguraba que debía haber soñado. Las mujeres que, al atardecer, se sentaban en los bancos a hacer calceta y a chismear, difundieron el rumor de que, pasada la medianoche, Alchonon se convertía en hombre-lobo. Algunas decían que convivía con un súcubo. ¿Cómo explicarse, si no, que un hombre viviera tantos años sin esposa? La gente adinerada dejó de confiarle a sus hijos. Ya sólo acompañaba a los hijos de los pobres y raras veces se llevaba a la boca una cucharada de alimento caliente, teniendo que contentarse con mendrugos secos.

Alchonon se fue adelgazando más y más, pero sus pies siguieron tan ágiles como siempre. Con sus piernas larguiruchas parecía avanzar por la calle como sobre zancos. Su sed debía ser constante, porque todo el tiempo bajaba hasta el pozo. A veces se limitaba a ayudar a algún comerciante o

labrador a abrevar su caballería. Un día en que Taibele notó a distancia lo raído y andrajoso que estaba su caftán, lo invitó a pasar a la tienda. El tipo lanzó una mirada temerosa y empalideció. -Veo que su caftán está roto -le dijo Taibele-. Si desea, puedo fiarle unas cuantas yardas de paño; ya me las pagará luego: cinco peniques semanales.

-No.

-¿Por qué no? -le preguntó Taibele asombrada-. No lo denunciaré al rabino si se atrasa en los pagos. Págueme cuando pueda.

-No -repitió Alchonon.

Y salió a toda prisa de la tienda, temiendo que su voz pudiera delatarlo.

En el verano era fácil visitar a Taibele a medianoche. Alchonon caminaba por callejas

secundarias, con el cuerpo desnudo arropado en su caftán. En invierno, vestirse y desvestirse en el vestíbulo helado de Taibele se le hacía cada vez más penoso. Pero lo peor de todo eran las noches que seguían a alguna nevada reciente. A Alchonon le preocupaba que Taibele o cualquiera de los vecinos pudieran descubrir sus huellas. Se enfriaba y empezaba a toser. Una noche en que los dientes le castañeteaban cuando se metió en la cama de Taibele, tardó un buen rato en entrar en

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