Nosotros y la muerte
Revista de Psicoanálisis
EDITADA POR LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA ARGENTINA
Tomo LXVII
|
Diciembre|
2010 Número 4Buenos Aires, República Argentina ISSN 0034-8740
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Fecha de realización: 2010 indice-revista4_Índice APA 1 2010 4/20/11 3:59 PM Page II
Revista de Psicoanálisis
PUBLICACIÓN TRIMESTRAL DE LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA ARGENTINAFILIAL DE LA ASOCIACIÓN PSICOANALÍTICA INTERNACIONAL (API)
SOCIEDAD COMPONENTE DE LA FEDERACIÓN PSICOANALÍTICA DE AMÉRICA LATINA (FEPAL)
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David Tuckett (Londres), José Luis Valls (Buenos Aires), Juan Vives Rocabert (México DF), Robert Wallerstein (Belvedere), Daniel Widlöcher (París), Paul Williams (Londres). indice-revista4_Índice APA 1 2010 4/20/11 3:59 PM Page IV
Editorial
• Nosotros y la muerte
Comité Editor . . . VII
Artículos
• Nosotros y la muerte
Sigmund Freud . . . 543
• Anotaciones a un texto de Freud recientemente aparecido
Eduardo Chamorro . . . 555
• Después de tantos años...
Eduardo Chamorro . . . 577
• Perder de vista, perderse de vista
María Lucila Pelento . . . 581
• Los analistas y la muerte
Mario Pujó . . . 591
• Duelo y creación
Luis Vicente Miguelez . . . 603
• Duelo, melancolía y contingencia del objeto
Fanny Blanck-Cereijido . . . 609
• La angustia de la reacción terapéutica negativa
Cordelia Schmidt-Hellerau . . . 627
• «En la noche de guardia» de Zvi Eyzenman. La culpa en los sobrevivientes de catástrofes sociales
Moisés Kijak . . . 639
• Comprensión psicoanalítica del trasplante de órganos en niños y adolescentes
Eva Rotenberg . . . 655
• Rompiendo el círculo: mentir y aparentar como resistencia contra el análisis, contra la vida
Mary Target . . . 679
• La existencia doble y la clínica del legado
Osvaldo Bodni . . . 703
• Trabajo de la muerte y la escritura
Juan Carlos Cosaka . . . 725
• La banalidad de la pulsión de muerte
Gerardo Gutiérrez . . . 737
• Sabina Spielrein, una pionera del psicoanálisis y del análisis de niños
Sabine Richebächer . . . 755
Mesa redonda • Metáforas que atraviesan la escritura y el amor Diego López de Gomara; Juana Berezin de Guiter; Leonardo Funes Coordinan: Claudia L. Borensztejn y Beatriz Zelcer . . . 777
Entrevistas • María Lucila Pelento. Por Liliana Heker . . . 801
• Sigmund Freud. Por George S. Viereck . . . 823
Comentario Sigmund Freud, una entrevista actual. Oscar Paulucci . . . .835
Diccionario argentino de psicoanálisis • Impermanencia, Mariam Alizade . . . 843
• Objeto muerto-vivo de W. Baranger, Susana Ada Diringer . . . 849
• Letargo, Fidias Cesio . . . 853
• Sueño y muerte en Garma, Jorge Winocur . . . 855
Testimonios • Historia del Psicoanálisis en Guadalajara. Norah Gramajo Galimany . . . . 861
En memoria • Jorge E. García Badaracco. María Elisa Mitre de Larreta . . . 865
Revista de libros • La ilusión vital, Jean Baudrillard por Pola Roitman Woscoboinik . . . 871
• Dolor psíquico en las fronterasde lo analizable, Cristina Rosas de Salas por Abeel Fainstein . . . 874
• Argentina, Psicoanálisis, Represión Política, Autores varios por Cecilia Moise de Borgnia . . . 877
Revista de revistas • International Journal of Psychoanalysis, por Mirta Noemí Cohen . . . 879
VII
Desde hace tiempo el Comité Editor de la Revista de Psicoanálisis, se pro-puso hacer un número dedicado al tema de la muerte. Generó muchas re-sistencias, en nosotros, en los otros, porque no queríamos que el tema fuera la pulsión de muerte o la angustia de muerte, sino la muerte a secas, la muerte cotidiana, la que nos llegará, la que les llega a nuestros seres que-ridos, la que está en nuestros consultorios, cada día, la que nos duele, la que evitamos, la que no pensamos, la que pensamos, nuestra propia muerte. Y entonces, recurrimos a Freud, para darle al número su enunciación, esa que se nos evadía a cada instante.
Nosotros y la Muerte es el título de la Conferencia de Freud que abre el
número, no podría ser más cercano a lo que deseábamos abordar. Es una conferencia de 1916 en la B’nei B’rith… Primera guerra, el problema judío se vislumbraba… la conferencia es una joya… la Revista de Psicoanálisis ya la publicó en 1991, cuando recién salía a la luz y es más que pertinente, volverla a leer… ilumina… preanuncia sus ideas teóricas, se ve al Freud sin barreras mentales, sin censura, sin miedo a pensar en medio del caos y el dolor. La versión que publicamos es levemente diferente a la traducción an-terior, porque los comentarios que le siguen de Eduardo Chamorro, se re-fieren a ella con los párrafos numerados y queríamos facilitar la lectura de ambos. El comentario tiene ya casi 20 años y el autor lo ha actualizado con una addenda, pero todo sigue en pie…la crueldad del hombre… las gue-rras que fueron peores. Las conexiones de la conferencia de Freud con otros textos suyos permiten entender la evolución de sus ideas, las que culminan en sus obras mayores, en más allá del principio del placer, y se convierte en la pluma de Chamorro en una exégesis del pensamiento freudiano.
María Lucila Pelento en Perder de vista, perderse de vista nos conduce al tema por otro camino de la mano de Pontalis, autor conocido / descono-cido, recorriendo sus textos articulándolo con los de otros autores, con Freud y con otros psicoanalistas, con pintores filósofos y cineastas….en una bella reflexión sobre el duelo y el significado de lo visual, de lo escópico,
Nosotros y la muerte
“Do not go gentle into that good night old age should burn and rage at close of day; rage, rage against the dying of the light...”
preguntándose si somos capaces de amar lo invisible, de soportar el perder /se de vista como el equivalente de la muerte.
El tema de Pujó nos concierne especialmente. Los analistas y la muerte trata de la imposibilidad de escribir la muerte, aunque no dejemos de ha-cerlo, así como también pasa con el amor. Freud da cuenta de esta impo-sibilidad al darle estatuto pulsional a ambos, asumiendo en la vida una ac-titud excepcional. Los analistas, sus seguidores, hemos alcanzado una templanza semejante? Es posible situarse frente a la muerte de una manera que vaya más allá de su pura y simple renegación? Asumiendo la dificultad de subjetivar la propia muerte, ya que la muerte propia es inimaginable, para Freud la consideración de la muerte en la vida lejos de ensombrecerla, le devuelve plenitud, excluir la muerte de la cuenta de la vida, trae otras re-nuncias. No se trata para Pujó de acomodarse a una pérdida, sino de saber extraer de ella una ganancia, que consiste en una apelación capaz de con-mover al deseo de su letargo e impulsarlo al acto.
Azar o curiosidad Miguelez cita en el epígrafe de su texto Duelo y
crea-ción a Camus, en relacrea-ción al tema del suicidio, que confronta con el texto
anterior en ese punto precisamente citado por Pujó en frases de Lacan. Queda en cada uno cotejar esas ideas o simplemente pensarlo. Miguelez trata el duelo como la pérdida de una ilusión, lo que supone un trabajo psí-quico de borrar una huella y dejar una marca con una nueva inscripción. Se da así por perdido el objeto tornándolo insustituible. El autor compara el trabajo de duelo con el trabajo creativo acerca del lugar del analista, en un logrado ejercicio de pluralidad teórica.
El trabajo de Fanny Cereijido, Duelo melancolía y contingencia del objeto, fue tomado de un número de la Revista Litoral, fruto de un encuentro realizado en México centrado en un trabajo de Allouch quien presenta el concepto de ‘muerte seca”. Se describe así un fenómeno que consiste en negar el duelo, reemplazar el objeto perdido por otro, no exteriorizar ni sentir dolor, lo que es un fenómeno de la cultura actual. Estamos perdiendo los ritos del duelo. Cereijido hace un recorrido de los mismos en diferentes épocas y culturas.
Cordelia Schmidt-Hellerau en La angustia de la reacción terapéutica
ne-gativa parte -para su planteo- de una revisión de la Teoría de las Pulsiones
de Freud, y avanza hacia una reinterpretación que abre nuevas perspecti-vas teóricas y especialmente técnicas. Considera que es el objeto que “cuida y ama”, el que arranca a la pulsión del dominio de la pulsión de muerte, y la ubica al servicio de la auto conservación. A partir de la articulación de los conceptos de angustia y pulsión, desarrolla una concepción más optimista de la “reacción terapéutica negativa”, que emerge del desvali-miento, dramáticamente intensificado en el momento del trauma, y pre-senta el tipo de interpretaciones que ayudan para salir de estados que llama
VIII
amortecidos, en los que la pulsión de muerte ha dejado su marca.
En la noche de guardia de Zvi Eyzenman, Moisés Kijak nos conduce con
pluma experta a los problemas de los sobrevivientes de catástrofes sociales, en especial la Shoa, hacia una nueva elaboración del tema de la culpa del sobreviviente. El relato del escritor polaco que da título al trabajo, es el medio que el autor utiliza para tratar este tema emocionalmente intenso, con la justa medida de equilibrio entre el dolor y la esperanza que da be-lleza al escrito. La esperanza como luz del entendimiento posible en medio de lo incomprensible, lo que también pone a nuestro alcance una herra-mienta para el trabajo y para la vida.
Eva Rotenberg en Comprensión psicoanalítica del transplante de órganos en
niños y adolescentes, realiza una investigación de estas situaciones en las que
los niños corren riesgo de muerte. Algunos mueren, algunos sobreviven, leeremos sus historias en un escrito que hace honor a sus vidas y a las per-sonas que trabajan con ellos, codo a codo con la muerte. Leeremos cómo lo hacen, en qué etapas la autora enmarca su trabajo y lo que considera el desafió actual: la inscripción en la transdisciplina.
Rompiendo el círculo: mentir y aparentar como resistencia contra el análisis, contra la vida de Mary Target, comienza con Camus. Su muerte accidental
previa a escribir a cinco mujeres simultáneamente llamando a cada una el amor de su vida. El trabajo describe en detalle a dos pacientes que tienen entre otras cosas ese tipo de conducta con mujeres, y aunque no se lo pro-pone da una herramienta para explicar las complejidades del donjuanismo. Lo que sí se propone es explicar la mentira y falsedad como forma de vida y de defensa, contra ansiedades y traumas muy tempranos, retomando ideas desarrolladas por ella y Fonagy en la serie de artículos llamados jugando con la realidad. Esta explicación del funcionamiento mental es una visión que, al igual que la de Shmidt Hellerau, permite el abordaje de pacientes en los que la mentira y la muerte psíquica están muy cerca la una de la otra. El trabajo de Osvaldo Bodni, La existencia doble y la clínica del legado, me-recedor del premio FEPAL 2010, desarrolla el tema del legado generacio-nal y la clínica de adultos mayores. El ensayo es un planteo realista y pro-fundo sobre la problemática del envejecimiento humano; interrelaciona el psicoanálisis con la filosofía y la sociología. A partir del concepto freudiano de la existencia doble del individuo, en cuanto es fin para sí mismo y esla-bón dentro de una cadena, el autor plantea, incorporar el concepto de ma-yorazgo omitido en las traducciones de Freud de Ballesteros. El objetivo de transmitir un legado como un impulso inherente a la existencia humana es analizado a través de ejemplos de la clínica con adultos mayores. Un análisis de la vejez y sus particularidades no podía estar ausente en un nú-mero como el que nos ocupa.
Juan Carlos Cosaka en su Trabajo de la muerte y la escritura se pregunta y reflexiona respecto a la tarea del analista ante algunas situaciones críticas y los bordes por los que se transcurre hasta alcanzar la escritura. Hay una parte clínica en la que se muestra un analista comprometido en su trabajo con un paciente difícil, ante una enfermedad grave y en el que seguramente las diferentes concepciones teóricas juegan un rol menor. En el apartado teórico articula conceptos de Freud, Lacan y pensamientos propios expli-cando en un a posteriori el cuadro clínico en relación a la inscripción de la muerte como imposible y, como forma posible, la aproximación a la idea de la muerte.
No podía faltar una reflexión sobre la pulsión de muerte, lo que hace en su trabajo La banalidad de la pulsión de muerte, Gerardo Gutiérrez. Se apro-xima a ello de un modo que sintoniza con nuestra propuesta. Introduce la idea de lo cotidiano, de lo banal en sentido arendtiano de esta pulsión, aun-que no por ello menos destructivo. Su texto va de lo teórico al análisis apli-cado, utiliza textos y películas para una relectura de la idea freudiana que se orienta y se centra en torno a la cuestión de la energía, libre o ligada, consideración o negación el otro o de si mismo, y pone el eje en otra dua-lidad, la del deseo y la pulsión, que permite entender algunos problemas de lo que Lacan denominó la clínica del goce.
La reseña de Sabine Richebächer sobre Sabina Spielrein, una pionera del
psicoanálisis y del análisis de niños rescata del olvido a una analista de origen
ruso, cuyas tempranas ideas anticiparon desarrollos fundamentales de la teoría y la clínica. Ya en 1912 escribe “la destrucción como origen del ser” donde habla de una pulsión destructiva que Freud desarrolla en 1920, aun-que de forma diferente. Habia escrito ya más de 10 trabajos sobre el psi-coanálisis con niños cuando Anna Freud y Melanie Klein comenzaron su tarea, y esta última la había escuchado hablar, aunque nunca la menciona en sus escritos. Por sus aportes a estos y otros temas, al psicoanálisis en Rusia que hoy florece, y por su destino trágico, viviendo la persecución del sta-linismo, y su muerte bajo el régimen nazi, es merecido homenaje recor-darla, como forma vital de lucha contra la muerte.
Y como muerte y amor se entretejen, se conectan se relacionan, se re-chazan, decidimos publicar una mesa redonda que habla de los dos temas y que realizaron en conjunto el Comité Editor de la Revista y el de Publicaciones de la APA, Metáforas que atraviesan la escritura y el amor. Los panelistas, psicoanalista-poeta, psicoanalista escritor, y un especialista en li-teratura de la edad media, han disertado en su momento sobre este tema. Entonces fue un placer escuchar a Juana Berezin de Guiter, a Diego Lopez de Gomara y a Leonardo Funes y ahora será un placer leerlos, abriendo un resquicio en donde la muerte, la idea de la muerte se matiza y se sublima.
X
En la sección entrevistas tenemos dos perlas para nuestros lectores. La primera con María Lucila Pelento entrevistada por la escritora Liliana Heker, cuenta cómo y de qué modo surgió su interés por el tema del duelo, sus experiencias personales, su formación en filosofía y psicoanálisis. Nos habla de las prácticas fúnebres y diferencia el ritual de lo que significa el trabajo de duelo, la función de las creencias religiosas, del soporte social, las tendencias de la sociedad actual a ocultar la muerte, de los duelos en la infancia. Habla de las formas en que la muerte es comprendida en diferentes momentos evolutivos por los niños. Aborda el tema del duelo en relación a los hechos producidos por la violencia de estado en nuestro país y las consecuencias para la sociedad, como nos marcó la tragedia de la desapa-rición de personas y cuales pueden ser los caminos posibles para su elabo-ración, incitándonos a no temer pensar y hablar de estos temas, “para crear espacios en donde puedan resurgir la vida y la esperanza”.
La entrevista a Freud por George Viereck, que publicamos, ha sido ob-jeto de una investigación conjunta del Comité Editor de la Revista y la bi-blioteca de APA en cuya síntesis realizada por la bibi-bliotecaria Margarita Zelaya nos informa que el 1º de agosto de 1923 George S. Viereck entre-vistó por primera a vez a Freud en Viena. Esa entrevista luego fue publi-cada, en dos partes, en un periódico del imperio Hearst: el New York American. La primera, el 19 de agosto de 1923 bajo el título de Freud’s first
interview on psychoanalysis; la segunda, el 26 de agosto del mismo año, con
el título de How Freud unveils the subconscious mind.
Viereck, volvió a entrevistar a Freud en 1926. Esta entrevista –más ex-tensa– fue publicada en el Viereck’s American Montly en octubre de 1927. El título de la entrevista fue Surveing life at seventy. La misma se publicó tres veces más. La primera en el libro de entrevistas de Viereck, Glimpses of
the Great en 1930, con el título Sigmund Freud Confronts the Sphinx. La
se-gunda en el libro Psychoanalysis and the Future: A Centenary Commemoration
of the Birth of Sigmund Freud (1957) de B. Nelson (Ed.) y la tercera en una
compilación de Entrevistas de todas las décadas editada por C. Silvester en 1994: The Penguin Book of Interviews: An Antology from 1958 to the Present
Days que fue traducido al español y editado por El País/Aguilar, como Las grandes entrevistas de la historia. Esta última entrevista es la que en
versio-nes varias circula en Internet con el título El valor de la Vida. La hemos co-rregido y editado para publicarla junto a los comentarios de Oscar Paulucci quien hace una puesta en valor y actualidad de la misma. Muchos autores que aquí escriben la han mencionado en sus textos, por lo que creemos nues-tros lectores agradecerán tenerla cerca.
Relanzamos una sección retomando una idea de la Revista de años ante-riores, que fue el Diccionario Argentino de Psicoanálisis. Esta vez el
XII
mato es diferente ya que es un anticipo del diccionario que la APA está con-feccionando. Propusimos a diversos autores sintetizar los aportes más im-portantes sobre el tema de la muerte, y desde ya la lista no está completa. Esta vez, Mariam Alizade escribe sobre su idea de Impermanencia; Susana Diringer reseña el concepto de objeto muerto vivo de Willy Baranger; Fidias Cesio escribe acerca del Letargo, y Winocur sobre sueños y muerte en Garma. En un apartado que denominamos testimonios, Norah Gramajo Galimany cuenta la historia de la Sociedad Psicoanalítica y la Revista de Guadalajara
En memoria a Jorge García Badaracco, escribe María Elisa Mitre de Larreta y las secciones de Revista de libros y de Revistas como siempre cie-rran este número de la Revista que entregamos a sus lectores, con la espe-ranza de que lo que aquí lean, hará bien al alma, será terapéutico, y quizás también un aporte para que la muerte no sea aquello de lo que no se habla.
Comité Editor de la REVISTA DEPSICOANÁLISIS
Claudia Lucía Borensztejn
Directora
XIII
QUIÉN SOY? ¿Quién soy?
¿Ese que fui hace un momento? ¿Hace diez años? ¿Veinte? ¿El que estoy siendo?
¿El que presuntamente voy a ser? ¿Todos? ¿Ninguno?
Sólo me veo como una sombra de arena que va cambiando mientras cae
grano a grano por la garganta del tiempo. Sólo soy una memoria que camina, una palabra que se pronuncia a sí misma, un fantasma calafateado de poesía. La realidad
es el cuerpo de mi mujer y el volumen de sus manos que circulan por mi sangre. Y son reales las palabras que dan aliento
a la paradoja de mi alma. Y la realidad son mis hijos que me sobreviven despiertos. Y la obra de mis manos. Yo no.
Yo sólo soy un sueño de un sueño. Un fantasma sostenido
por vertiginosas fantasías. Un discurso único de múltiples palabras y silencios infinitos. Un misterio indescifrable y una luz incomprensible.
Eliahu Toker, poeta judío argentino, fallecido en 2010.
Poema publicado en Papá, Mamá y Otras Ciudades. Editorial Contexto, colección El Aleph, Buenos Aires, 1988.
Nosotros y la muerte
1Sigmund Freud
Conferencia pronunciada el 16 de febrero de 1916 ante los miembros de B’nai B’rith de Viena
1. Honorable Presidente y queridos hermanos: Les ruego que no piensen que fue por un capricho el que haya escogido un título tan horrible para mi conferencia. Sé que hay muchas personas, tal vez también entre ustedes, que no quieren saber nada de la muerte y he querido evitar atraer a aquellos her-manos a pasar una hora que les hubiera resultado molesta. También hubiera podido modificar la primera parte del título: en lugar de «Nosotros y la muerte», podría haberse dicho «Nosotros judíos y la muerte», porque la re-lación con la muerte que quiero tratar ante ustedes, la mostramos precisa-mente nosotros, los judíos, con más frecuencia y de la manera más extrema. 2. Ustedes pueden imaginarse fácilmente, empero, cómo llegué precisa-mente a la elección de este tema. Es una consecuencia de la horrible guerra que impera con su furia en estos tiempos y que nos está privando a todos de la orientación en la vida. Creo haber percibido que lo que ocupa el primer lugar entre los agentes que favorecen esta desorientación es la modificación de nuestra posición ante la muerte.
¿Cuál es, pues, nuestra posición ante la muerte? En mi opinión es muy asom-brosa. En general, nos comportamos como si quisiéramos eliminar la muerte de la vida; en cierto modo queremos ignorarla como si no existiese; pensamos en ella como... «en la muerte»2. Esta tendencia no puede imponerse evi-dentemente sin alteraciones. No cabe duda de que la muerte se nos mani-fiesta de manera ocasional. Entonces nos sentimos profundamente
conmo-1 Publicada en la Revista Freudiana, Nº conmo-1, conmo-199conmo-1, págs 6-22. (Publicación de la Escuela Eu-ropea de Psicoanálisis del Campo Freudiano-Cataluña, Difusión Ediciones Paidós, Bar-celona). La Revista de Psicoanálisis ha publicado otra traducción de esta entrevista en el año 1991 N° 4, págs 677-687 realizada por Marcelo Aptekmann.
2 Expresión del lenguaje coloquial, actualmente poco usada, que significa «no querer saber nada de un asunto». (N. d. T.)
vidos y perturbados en nuestra seguridad como si fuera algo insólito. De-cimos: «¡Qué horror!» cuando, en su intrepidez, un aviador o un alpinista muere en un accidente, cuando el derrumbamiento de un andamio entierra a tres o cuatro obreros, cuando en el incendio de una fábrica perecen veinte aprendizas o cuando se hunde un barco con varios cientos de pasajeros. Pero lo que más nos afecta es cuando le sobreviene la muerte a alguno de nuestros conocidos; cuando se trata de un hermano de B’nai B’rith, incluso celebra-mos una reunión fúnebre. Sin embargo, nadie podría deducir de nuestro comportamiento que reconocemos la muerte como una necesidad, que te-nemos la firme convicción de que cada uno de nosotros deba una muerte a la naturaleza. Al contrario, cada vez encontramos una explicación que rebaja esta necesidad a la categoría de una casualidad. Esta persona, en concreto, que murió, había contraído una pulmonía infecciosa que de todos modos no había sido una necesidad; aquella otra ya había estado enferma desde hacía mucho tiempo, sólo que no lo sabía; una tercera, de hecho, ya era muy vieja y débil. (Como contraposición la advertencia: On meurt à tout âge). Cuando encima se trata de alguno de nosotros, de un judío, habría que ha-cerse la idea de que un judío nunca muere de una muerte natural. Cuando menos, lo habrá estropeado un médico; de otro modo probablemente aún estaría vivo. Aunque admitimos que finalmente hay que morir, logramos alejar este «finalmente» a una lejanía inescrutable. Cuando se le pregunta a un judío qué edad tiene, contesta con preferencia: más o menos sesenta hasta ciento veinte.
3. En la escuela psicoanalítica a la que, como saben, represento, tuvimos la osadía de postular que nosotros –cada uno de nosotros– en el fondo no cre-emos en nuestra propia muerte. Lo cierto es que no la podcre-emos imaginar. En todos los intentos de ilustrarnos qué sucederá después de nuestra muerte, quién la llorará etc., podemos percatamos de que en realidad aún estamos presentes como observadores. Resulta realmente difícil inculcar a alguien esta convicción, porque tan pronto se encuentra en la situación de hacer la experiencia decisiva, se vuelve inaccesible a cualquier comprobación. 4. Sólo una persona dura o mala cuenta con o piensa en la muerte del otro. Personas más sensibles y más buenas, como todos nosotros, se resisten a estos pensamientos, especialmente cuando la muerte del otro podría pro-porcionarnos una ventaja en cuanto a nuestra libertad, posición o riqueza. 5. Si la ocasión de que el otro se muere se ha producido no obstante, entonces lo admiramos casi como un héroe que ha logrado algo excepcional. Si ha-bíamos tenido sentimientos hostiles, nos reconciliamos con él; hacemos
ca-llar toda nuestra crítica contra él: de mortuis nihil nisi bene, consentimos a gusto que en su lápida se graben alabanzas inverosímiles. En cambio, nos sentimos totalmente indefensos cuando la muerte se lleva a las personas amadas, a los padres, al esposo, a los hermanos, a los hijos o los amigos; no dejamos que nos consuele nadie y nos negamos a sustituir por otro a aquel que hemos perdido. Nos comportamos entonces como una especie de Asra3 que muere cuando mueren aquellos que ama.
6. Esta relación nuestra con la muerte tiene, empero, una fuerte repercusión en nuestra vida. La vida se empobrece, pierde su interés. Nuestros lazos afectivos, la insoportable intensidad de nuestro dolor, nos vuelven cobardes, hacen que prefiramos evitar los peligros que nos amenazan a nosotros y a los nuestros. No nos atrevemos a considerar la realización de una serie de empresas que en el fondo serían imprescindibles, como los intentos de volar, los viajes de descubrimientos a países lejanos, los experimentos con sustan-cias explosivas. Nos paraliza la idea de quién sustituirá el hijo a la madre, el marido a la esposa, el padre a los hijos si se produce un accidente y, sin em-bargo, todas estas empresas son necesarias. Ustedes conocen el lema de la Hansa: navigare necessere est, vivere non necesse (navegar es necesario, pero vivir no). Consideren en cambio lo que cuenta una de nuestras anécdotas judías tan característica: cómo un hijo se cae de una escalera, yace incons-ciente en el suelo y la madre se va corriendo a casa del rabino para pedir consejo y ayuda. Dígame, pregunta el rabino, cómo ha sucedido que un niño judío se suba a una escalera?
7. Lo que quiero decir es que la vida pierde en contenido e interés cuando la apuesta máxima, precisamente la vida misma, está excluida de sus luchas. Se vuelve tan vacía e insípida como un flirt americano, en el que desde el primer momento está claro que no debe pasar nada, al contrario de una re-lación amorosa continental, en la que la pareja debe pensar siempre en el posible peligro. Sentimos la necesidad de compensar este empobrecimiento de la vida y por ello nos interesamos por el mundo de la ficción, de la lite-ratura y del teatro. En el escenario aún encontramos personas que saben morir y que incluso aún pueden matar a otros. Ahí satisfacemos nuestro deseo de que la vida misma se mantenga como una verdadera puesta en juego para la vida, y también satisfacemos otro deseo: porque no tendríamos nada que objetar contra la muerte si no fuera porque pone fin a la vida, a algo
| 545 Nosotros y la muerte
3 Los Asra son una tribu árabe, mencionada en De l’amour de Stendhal. El poeta Heinrich Heine se inspiró en esta mención en su Romancero, donde dice: «...y mi tribu son aquellos Asra que mueren cuando aman». (N. d. ed. alemana).
que sólo poseemos en singular. Acaso no es el colmo que en la vida las cosas pueden suceder como en el juego de ajedrez, donde una única jugada equi-vocada puede obligarnos a abandonar la partida, pero con la diferencia de que no podemos comenzar otra de desquite. En el ámbito de la ficción en-contramos esta pluralidad de vidas que necesitamos. Morimos con un héroe, pero sin embargo lo sobrevivimos y eventualmente morimos tan indemne-mente con un segundo héroe en otra ocasión.
8. Ahora bien, ¿qué es lo que la guerra ha alterado en esta relación nuestra con la muerte? Muchas cosas. Nuestras convenciones acerca de la muerte, si puedo decir así, ya no las podemos sostener. Ya no podemos pasar por alto la muerte, debemos creer en ella. Ahora la gente se muere de verdad, y ya no son tampoco unos cuantos sino muchos, con frecuencia son decenas de miles en un día. Además, la muerte ya no es ninguna casualidad. Si bien aún parece ocurrir que una bala acierte por azar a uno u otro, la frecuencia pronto termina con la impresión de que sea algo contingente. La vida recobra así, ciertamente, su interés, vuelve a tener su contenido pleno.
9. Aquí habría que hacer una división en dos grupos, separando a aquellos que están, ellos mismos, en la guerra, arriesgando su propia vida, de los otros que se quedaron en casa y que sólo tienen la perspectiva de que la muerte se lleve a los suyos por heridas, infecciones y enfermedades. Sin duda sería muy interesante si pudiésemos estudiar cuáles son las modificaciones aní-micas que lleva consigo la entrega de la propia vida en las batallas. Pero no sé nada de ello; pertenezco, como todos ustedes, al segundo grupo, a aquellos que se quedaron en casa y que sienten el temor por sus seres queridos. 10. Observándome a mí mismo y a otros en la misma situación, me da la impresión de que el aturdimiento que se ha apoderado de nosotros, la pa-rálisis de nuestra capacidad de rendimiento están sustancialmente determi-nados por la circunstancia de que no podemos seguir sosteniendo nuestra acostumbrada relación con la muerte y de que aún no hemos encontrado una posición nueva frente a ella. Tal vez podamos contribuir ahora a nuestra nueva orientación, si entre todos analizamos otras dos relaciones con la muerte: aquella que podemos atribuir a los hombres primitivos, los hombres de la prehistoria y aquella otra que aún se conserva en cada uno de nosotros, pero que se esconde, invisible para nuestra conciencia, en capas más pro-fundas de nuestra vida anímica.
11. Hasta el momento, estimados hermanos, no les he dicho nada que us-tedes no puedan saber y sentir tan claramente como yo. Ahora me encuentro
en la situación de decirles algunas cosas que tal vez no sepan y algunas otras que seguramente no se las creerán. Debo admitir que sea así.
12. Pues bien, ¿cómo se comportó el hombre prehistórico frente a la muerte? Su posición frente a ella fue muy asombrosa, nada coherente, sino más bien bastante contradictoria. Pero pronto comprenderemos la razón de esta con-tradicción. Por un lado, el hombre prehistórico tomó la muerte en serio, admitiéndola como aniquilación de la vida y sirviéndose de ella en ese sen-tido. Por otro lado la negó, degradándola a nada. ¿Cómo es posible esto? La razón es que su posición frente a la muerte de un otro, del extraño, del enemigo, era radicalmente distinta de la posición frente a la suya propia. La muerte del otro le venía bien, la comprendía como aniquilación y deseaba ardientemente poder provocarla. El hombre primitivo era un ser apasionado, más cruel y malo que los otros animales. Ningún instinto le impidió matar y devorar otros seres de su misma especie, cosa que se sostiene acerca de la mayoría de los animales rapaces. El hombre primitivo mataba a gusto y como si fuera evidente.
Por ello, la historia primitiva de la humanidad está llena de asesinatos. Lo que nuestros hijos aún hoy en día estudian en la escuela como historia mundial, es esencialmente una sucesión de genocidios. El impreciso y pesado sentimiento de culpa que domina a la humanidad desde sus comienzos y que se ha condensado, en algunas religiones, en la suposición de una culpa pri-mitiva, de un pecado original, muy probablemente es la expresión de una culpa de sangre que cometieron los hombres de la prehistoria. En la doctrina cristiana aún podemos adivinar en qué consistió esta culpa de sangre. Si el hijo de Dios tuvo que sacrificarse para liberar a la humanidad del pecado original, se trataba, según la ley del Talión, de la venganza por lo mismo, del pecado de un homicidio, un asesinato. Sólo éste pudo exigir el sacrificio de una vida como compensación. Y si el pecado original fue una culpa para con Dios Padre, el crimen más antiguo de la humanidad tuvo que ser un pa-rricidio, el asesinato, por la horda primitiva humana, del padre primitivo, cuya imagen rememorada se idealizó más tarde como divinidad. En mi libro Tótem y tabú (1913), he intentado recoger las pruebas para esta concepción del pecado original.
13. Permítanme que observe que la doctrina del pecado original no es una innovación cristiana sino una parte de la creencia prehistórica que se perpetuó a lo largo de casi todos los tiempos en corrientes religiosas subterráneas. El judaísmo dejó cuidadosamente de lado estos recuerdos oscuros de la humanidad y tal vez fue por eso que se descalificó como re-ligión universal.
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14. Volvamos al hombre primitivo y a su relación con la muerte. Hemos es-cuchado cuál fue su posición ante la muerte de un extraño. Su propia muerte seguramente le fue tan inimaginable y tan irreal como lo sigue siendo todavía hoy en día para cada uno de nosotros. Sin embargo, para él se dio un caso en el que las dos posiciones contrarias ante la muerte chocaron y entraron en con-flicto, y este caso adquirió una gran significación y tuvo consecuencias muy importantes y de largo alcance. Este caso se dio cuando el hombre primitivo vio morir a uno de sus parientes, a su mujer, su hijo, su amigo, a los que segu-ramente amaba de manera parecida como nosotros a los nuestros, porque el amor, ciertamente, no es más joven que el deseo de matar. Así, él mismo conoció la experiencia de que uno puede morir, porque cada uno de estos seres queridos era una parte de su propio yo, aunque, por otro lado, estas personas queridas también eran en parte extrañas. Según leyes psicológicas que aún hoy en día tienen su validez y que imperaban mucho más incondicionalmente en tiempos prehistóricos, estas personas eran al mismo tiempo queridas y extrañas, ene-migos que habían provocado en él una parte de sus sentimientos hostiles. 15. Los filósofos han sostenido que el enigma intelectual que la imagen de la muerte significó para el hombre primitivo lo haya obligado a la reflexión y que de este modo se haya convertido en el comienzo de toda especulación. Quisiera corregir este postulado y restringirlo. Lo que desencadenó la in-vestigación del hombre no fue el enigma intelectual ni tampoco todos los casos de muerte, sino que fue el conflicto de los sentimientos al producirse la muerte de seres queridos que también eran personas extrañas y odiadas. De este conflicto de los sentimientos surgió primero la psicología. El hom-bre primitivo no pudo seguir negando la muerte, ya que la había experimen-tado parcialmente por medio de su dolor, pero sin embargo no quiso reco-nocerla porque no pudo pensarse a si mismo como muerto. Así se metió en compromisos, admitió la muerte pero negó que fuese la aniquilación de la vida como la había pensado para sus enemigos. Junto al cadáver de la persona querida inventó los espíritus, pensó en el desdoblamiento del individuo en un cuerpo y un alma, u originariamente en varias almas. Con la conmemo-ración de los difuntos se creó la idea de otras formas de existencia, para las que la muerte sólo era el comienzo, la idea de una continuación de la vida después de una muerte aparente. En un principio, estas existencias ulteriores sólo fueron apéndices de aquella que la muerte terminó, apéndices como sombras vacías de contenido y menospreciados que aún tenían el carácter de soluciones precarias. Permítanme que les cite las palabras con las que nuestro gran poeta Heinrich Heine –por cierto, en plena concordancia con el viejo Homero– hace expresar al Aquiles muerto su menosprecio por la existencia después de la muerte:
El pedante más nimio viviente, en Stuttgart sobre el Neckar, más feliz se siente que yo, héroe muerto, hijo de Peleo, rey de las sombras en el mundo subterráneo.4
16. Sólo más adelante, las religiones lograron convertir esta existencia pós-tuma en la más apreciada y la plenamente válida, devaluando así la vida ter-minada con la muerte a una mera preparación. Por tanto, no fue más que coherente el prolongar la vida también al pasado, inventando las existencias anteriores, los renacimientos, la reencarnación y transmigración de las almas, todo ello con la intención de privar a la muerte de su significado de eliminación de la vida. Es muy significativo que nuestras Sagradas Escrituras no hayan tenido en cuenta esta necesidad del hombre de una garantía de la continuidad de la existencia. Al contrario, en una ocasión leemos: «Sólo los vivos alaban a Dios». Supongo, y ustedes seguramente saben más sobre esto, que la religión popular judía y la literatura que sigue a las Sagradas Escrituras tienen una posición distinta frente a la doctrina de la inmortalidad. Pero quisiera incluir también este punto en los agentes que hicieron imposible que la religión judía sustituyera a las otras religiones antiguas después de la decadencia de éstas.
17. Junto al cadáver de la persona querida no sólo se originaron la doctrina del alma y la creencia en la inmortalidad sino también el sentimiento de culpa, el miedo a la muerte y los primeros mandamientos éticos. El senti-miento de culpa surgió de la ambigüedad del sentisenti-miento hacia el difunto, el miedo a la muerte de la identificación con él. Esta última, mirándola desde un punto de vista lógico, fue una inconsecuencia, puesto que la incredulidad frente a la propia muerte no se podía eliminar de este modo. Tampoco nos-otros, los hombres modernos, hemos avanzado más en la resolución de esta contradicción. El mandamiento ético más antiguo y aún en la actualidad más significativo, que se impuso en los tiempos más remotos, es «no mata-rás». Se había aceptado junto al muerto querido y se extendió paulatina-mente también al no querido, al extraño, y finalpaulatina-mente también al enemigo. 18. En este punto quisiera hablarles de un hecho asombroso. El hombre mitivo sigue existiendo en cierto modo, está representado en los salvajes pri-mitivos que al menos le son los más próximos. Ahora, ustedes se inclinarán a suponer que este primitivo, el salvaje australiano, el de Tierra del Fuego,
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4 «Der Kleinste lebende Philister / zu Stuttgart am Neckar, viel glücklicher ist er, / als ich der Pelide, der tote Held, / der Schattenfürst der Unterwelt.» Se trata de la estrofa final de «Der Scheidende» (El que se despide), uno de los últimos poemas de Heinrich Heine.
el Buschrnann, etc., son asesinos impenitentes. Pero se equivocan. El salvaje, en este aspecto, es más sensible que el civilizado, al menos mientras aún no ha sucumbido bajo la influencia de la civilización. Después del final feliz de la Guerra Mundial que actualmente hace sus estragos, los soldados alemanes victoriosos volverán a sus hogares, junto a sus esposas e hijos, sin demora e imperturbados por pensamientos sobre los enemigos que mataron en la lucha cuerpo a cuerpo o con armas de largo alcance. Pero el vencedor salvaje que vuelve de la senda de la guerra, no puede entrar en su pueblo ni ver a su mujer antes de haberse sometido a una larga y compleja penitencia por sus asesinatos bélicos. Ustedes dirán: «Bueno, el salvaje aún es supersticioso, teme la ven-ganza de los espíritus de los caídos». Pero los espíritus de los caídos no son otra cosa que la expresión de su mala conciencia por su culpa de sangre. 19. Permítanme que siga hablando aún un momento de este mandamiento, el más antiguo de la ética: «No matarás». Tanto su aparición temprana como su insistencia nos permiten sacar una conclusión importante. Algunos han sostenido que llevamos en nosotros un instintivo y profundamente arraigado rechazo contra el asesinato. Pues bien, podemos probar fácilmente lo acer-tado de este postulado. Tenemos a nuestra disposición unos ejemplos muy buenos de este rechazo instintivo y heredado.
20. Permítanme que los lleve a uno de nuestros bellos balnearios meridio-nales. Allí hay viñedos con suculentas uvas. En estos viñedos también hay serpientes oscuras y gruesas, por cierto, animales totalmente inofensivos, llamados culebras de Esculapio. También hay letreros de prohibición en estos viñedos. En uno de ellos leemos: «A los huéspedes del balneario se les prohíbe terminantemente que se metan en la boca la cola o la cabeza de las serpientes». Sin duda, ustedes dirán que esta prohibición es totalmente ab-surda y superflua porque tal cosa no se le ocurriría a nadie. Tienen razón. También vemos otros letreros de prohibición, en los que se advierte no coger uvas. Esta prohibición la consideramos más justificada. Pero no, no nos en-gañemos. Entre nosotros no hay un rechazo instintivo al asesinato. Somos los descendientes de una larga serie de asesinos. El deseo de matar lo lleva-mos en la sangre y esto tal vez pronto lo habrelleva-mos averiguado también en otro contexto.
21. Abandonemos ahora al hombre primitivo para interesarnos en nuestra propia vida anímica. Tal vez sabrán que tenemos un procedimiento de in-vestigación con el que podemos averiguar lo que acontece en los estratos profundos del alma, escondidos a la conciencia, es decir, una especie de psi-cología submarina.
22. Preguntemos pues: ¿cómo se comporta nuestro inconsciente frente al problema de la muerte? Y ahora seguirá eso que ustedes no creerán aunque ya no les resultará nuevo puesto que se lo he descrito hace un momento. Nuestro inconsciente tiene la misma posición frente a la muerte que el hom-bre prehistórico. En éste como en muchos otros aspectos, el homhom-bre pri-mitivo sigue sobreviviendo inalterado dentro de nosotros. Es decir que el inconsciente en nosotros no cree en la propia muerte. Se ve forzado a com-portarse como si fuese inmortal. Tal vez incluso el secreto del heroísmo sea éste. Es cierto que la fundamentación racional del heroísmo se basa en el juicio de que la propia vida no puede ser tan valiosa como ciertos otros bienes, más generales y abstractos. Pero pienso que el heroísmo impulsivo e instintivo será más frecuente. Es aquel heroísmo que se comporta como si hubiese una garantía en la conocida exclamación del picapedrero Juan «¡No te pasará nada!»,5y que consiste en entregarse simplemente a la
cre-encia del inconsciente en la inmortalidad. El miedo a la muerte que sufrimos con mucha mayor frecuencia de lo que creemos, es una contradicción ilógica de esta seguridad. Por cierto que este miedo no es ni mucho menos tan ori-ginario como el sentimiento de culpa y en la mayoría de los casos es un re-sultado de éste.
23. Por otro lado aceptamos la muerte de extraños y enemigos y la utilizamos contra ellos como lo hicieron los hombres primitivos. La diferencia sólo está en que no ocasionamos realmente la muerte sino que sólo la pensamos y la deseamos. Pero si ustedes dan crédito a esta realidad psíquica, pueden decir que en nuestro inconsciente todos seguimos siendo aún hoy en día una banda de asesinos. En nuestros pensamientos silenciosos eliminamos a todos los que se interponen en nuestro camino, a los que nos ofenden o nos han per-judicado, a diario y en todo momento. El dicho «¡que se vaya al diablo!» que tantas veces se nos escapa como exclamación inocua y que en realidad sig-nifica «que se lo lleve la muerte», es algo muy serio para nuestro inconsciente. Nuestro inconsciente mata incluso por bagatelas: como la antigua legislación ateniense de Dracón, para los delitos no conoce otro castigo que la muerte. Y esto tiene ciertas consecuencias, porque cualquier daño de nuestro yo om-nipotente y presumido es en el fondo un crimen laesae maiestatis. Es una ver-dadera suerte que todos estos malos deseos no tengan poder. De otro modo el género humano se hubiese extinguido hace mucho y ni los mejores y más
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5 Es Kann mir nix g’scheh’n, exclamación procedente de la obra popular «Die Kreuzels-schreiber» (Los que escriben en cruces, es decir, los analfabetos) del dramaturgo austríaco Ludwing Anzensgruber (1839-89). Freud usa la misma frase en su trabajo «El poeta y la fantasía» (1908). (N. d. ed. alemana).
sabios entre los hombres, ni las más bellas y amables entre las mujeres se hu-biesen salvado. No nos equivoquemos tampoco en eso, aún somos los mismos asesinos que fueron nuestros antepasados en tiempos primitivos.
24. Puedo decirles esto con toda la tranquilidad porque sé que en todo caso no se lo creerán. Ustedes creen más en su conciencia que rechaza tales po-sibilidades como difamaciones. Pero no puedo privarme de recordarles que hubo poetas y pensadores que no sabían nada del psicoanálisis y que sin em-bargo sostenían cosas parecidas. Sólo un ejemplo. J. J. Rousseau se inte-rrumpe en un punto de su obra en una reflexión para dirigir una extraña pregunta a sus lectores. «Supongan –dice– que en Pekín existe un mandarín –Pekín estaba entonces mucho más lejos de París que hoy– cuya muerte les podría traer grandes ventajas y ustedes pudiesen matarlo sin abandonar París, por medio de un mero acto de voluntad, naturalmente sin que existiese la posibilidad de que se descubriera su cometido. ¿Están seguros de que no lo cometerían?» Bueno, yo no dudo de que muchos entre los estimados her-manos aquí presentes tendrían el derecho de asegurar que no lo harían. Pero en general, yo no quisiera ser ese mandarín, creo que ninguna compañía de seguros de vida lo aceptaría como cliente.6
25. La misma verdad incómoda se la podría exponer en una forma que les puede causar incluso placer. Sé que todos ustedes gustan de escuchar chistes y supongo que no han reflexionado demasiado sobre el problema del origen del agrado que estos chistes producen. Hay un género de chistes que se lla-man cínicos; no son los peores ni los más sosos. Puedo decirles que lo que forma parte del secreto de estos chistes es el disfrazar una verdad escondida o negada, que en sí misma sería ofensiva, de tal manera que incluso nos puede deleitar. Por medio de ciertos dispositivos formales, ustedes se ven forzados a reír; su juicio queda desarmado y así, la verdad que de otro modo hubiesen condenado, se infiltra de contrabando delante de sus ojos. Por ejemplo, co-nocerán la historia de aquél hombre al que se le entrega una esquela fúnebre en una reunión social y él se la mete en el bolsillo sin leerla. «¿No prefiere averiguar quién se ha muerto?» le pregunta alguien. «No hace falta, contesta, no tengo preferencias». O la historia de aquel marido que en relación a su mujer dice: «Cuando uno de nosotros se muera, yo me iré a vivir a París». Estos chistes cínicos no serían posibles si no pudieran comunicar una verdad negada. En broma, como se sabe, se puede decir incluso la verdad.
6 En la versión editada de este texto, Freud precisa que encontró esta pregunta de Rousseau en la novela de Balzac, Pere Goriot, de la que, al parecer quedó en el lenguaje coloquial francés la expresión: tuer son mandarin. (N. d. ed. alemana).
26. Estimados hermanos. Aún hay otra plena coincidencia entre el hombre primitivo y nuestro inconsciente. Lo mismo que para aquél, también para nuestro inconsciente se da el caso de que ambas tendencias, la que reconoce la muerte como aniquilación y la que la niega como irreal, chocan y entran en conflicto. Y este caso se da lo mismo hoy que en tiempos prehistóricos: la muerte o el peligro de muerte de uno de nuestros seres queridos, de los padres, los esposos, de hermanos, hijos o fieles amigos. Estos seres queridos son para nosotros por un lado un bien íntimo, una parte de nuestro propio yo, por otro lado, son en parte extraños, incluso enemigos. Con muy pocas excepciones, las relaciones más tiernas e íntimas siempre están enlazadas con un pedacito de hostilidad que anima el deseo inconsciente de su muerte. Del conflicto de estas dos corrientes, sin embargo, hoy ya no surge la doctrina del alma ni la ética sino la neurosis, que nos permite ver hasta el fondo también de la vida anímica normal. La frecuencia de la preocupación excesivamente cariñosa entre parientes y de autoacusaciones totalmente infundadas después de casos de muerte en la familia nos ha abierto los ojos para la extensión y el significado de estos deseos de muerte, escondidos en lo más profundo. 27. No quiero pintarles más en detalle este aspecto del cuadro. Seguramente se horrorizarán, pero sin razón. La naturaleza, una vez más, ha dispuesto las cosas mucho más hábilmente de lo que nosotros lo podríamos hacer. Es seguro que no se nos hubiese ocurrido que pueda tener una ventaja el acoplar entre ellos el amor y el odio de esta manera. Pero, ya que la naturaleza trabaja con este par de contrarios, nos obliga a mantener despierto el amor y a re-novarlo para protegerlo así del odio que detrás de él está al acecho. Se puede decir que el desarrollo más bello de la vida amorosa lo debemos a la reacción contra la espina de las ganas de matar que sentimos en el pecho.
28. Resumamos ahora: nuestro inconsciente es tan inaccesible para la idea de la propia muerte, tan deseoso de matar frente a un extraño, tan ambiva-lente hacia la persona amada como el hombre prehistórico. ¡Pero cuánto nos hemos alejado de este estado primitivo con nuestra posición cultural frente a la muerte!
29. Y ahora examinemos otra vez lo que hace la guerra con nosotros. Nos quita los sedimentos culturales posteriores y deja que vuelva a aflorar el hombre primitivo en nosotros. Nos obliga nuevamente a ser héroes que no quieren creer en la propia muerte, nos designa a los extraños como enemigos cuya muerte hay que procurar o desear, nos aconseja superar el dolor por la muerte de personas amadas. Así convierte en insostenibles todas nuestras convenciones culturales sobre la muerte. Pero la guerra no es eliminable.
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Mientras siguen siendo tan grandes las diferencias entre las condiciones de existencia de los pueblos y la aversión entre ellos, seguirán produciéndose guerras a la fuerza. Aquí se impone entonces una pregunta: ¿No deberíamos ser aquellos que ceden y que se ajustan a ella? ¿No deberíamos reconocer que con nuestra posición cultural ante la muerte hemos vivido psicológica-mente por encima de nuestro estado? ¿No deberíamos darnos la vuelta para retar la verdad? ¿No seria mejor ofrecerle a la muerte el lugar que le co-rresponde en la realidad y en nuestros pensamientos y poner un poco más al descubierto nuestra relación inconsciente con la muerte, hasta ahora tan cuidadosamente reprimida? No puedo invitarles a ello como a un trabajo de nivel superior, porque de hecho es un paso atrás, una regresión. Pero se-guramente contribuirá a hacernos la vida nuevamente soportable y soportar la vida es el primer deber de todo lo viviente. En el bachillerato escuchamos un proverbio político de los antiguos romanos que reza: Si vis pacem, para
bellum, si quieres conservar la paz, ármate para la guerra.
30. Podríamos modificarlo para nuestras necesidades del presente: Si vis
vitam, para mortem. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.
Copyright, Sigmund Freud Copyrights, Colchester. Traducción de Angela Ackerman Pílari
DESCRIPTORES:MUERTE / JUDÍO / GUERRA / INCONSCIENTE / PARRICIDIO / DESMENTIDA / AMBIVALENCIA..
KEYWORDS:DEATHT / JEW / WAR / UNCONSCIOUS / PARRICIDE / DISAVOWAL / AMBIVA-LENCE.
PALAVRAS-CHAVE:MORTE/ JUDE / GUERRA / INCONSCIENTE / PARRICÍDIO / DESMENTIDA / AMBIVALÊNCIA.
Anotaciones a un texto de Freud
recientemente aparecido: “Nosotros y
la muerte”
1*Eduardo Chamorro
ADVERTENCIA PRELIMINAR
Se ha mantenido en su integridad el texto publicado en 1991, con algunos ligeros añadidos de carácter aclaratorio. También se han introducido algunos cambios en la traducción del la Conferencia de Freud en la B’nai B’rith.
DESORIENTACIÓN.
¿Hacia dónde caminamos? Tal vez sea ésta una pregunta que el hombre haya podido hacerse en toda época digámoslo para prevenir posibles objeciones, pero reconozcamos su valor de actualidad, de expresión abreviada de un estado de conciencia que prepondera en nuestros días. Cierto que las inmutables estrellas que orientan el alma humana: amor, justicia, conocimiento, libertad, no han des-aparecido. Se pregunta no más por la validez de las cartas marinas que el hombre había trazado para su propio navegar, bajo el impa-sible esplendor de esas inasequibles constelaciones”.
(Antonio Machado, 1919. De las primeras anotaciones escritas en su cuaderno de apuntes, al acabar la Primera Guerra Mundial. Los
Complementarios, 37 R)
Ustedes pueden imaginarse fácilmente, empero, cómo llegué pre-cisamente a la elección de este tema (“Nosotros y la muerte”). Es una consecuencia de la horrible guerra que impera con su furia en estos tiempos y que nos está privando a todos de la orientación en
1 Publicada en la Revista de Psicoanálisis de Madrid, 13 (1991) 109-126
la vida. Creo haber percibido que lo que ocupa el primer lugar entre los agentes que favorecen esta desorientación es la modificación de nuestra posición ante la muerte.
(Sigmund Freud. Conferencia pronunciada el 16 de febrero de 1915 en la Asociación Cultural Judía B’nai B’rith de Viena).
Yo prometo una edad trágica: el arte supremo en el decir sí a la vida, la tragedia, volverá a nacer cuando la humanidad tenga detrás de sí la conciencia de las guerras más duras, pero más necesarias, sin sufrir por ello...
(Federico Nietzsche, Ecce homo. 1888, p. 71).
Y el fuego del cielo pende sobre nosotros, pobres de nosotros. Y todos vosotros, lejos de aquí, que parecéis excitados por el perfume de nuestra muerte, qué desprecio.
(Sélim Nassib, “Confesiones de un viejo árabe”. El Pais, 11 sep-tiembre 1990)
El 20 de julio de 1990, el semanario hamburgués Die Zeit, 1990, nº 30, pu-blicaba un texto inédito de Freud. Se trataba, según Bernd Nitzske – en el comentario que acompañaba al texto – del manuscrito de una conferencia pronunciada por Freud en la Asociación Cultural Judía B’nai B’rith con el título “Nosotros y la muerte”.
Debemos a la recién aparecida revista Freudiana2la traducción al
caste-llano del mismo. En la “Nota preliminar”, la traductora, Angela Ackermann, da noticia de este hallazgo y advierte al lector sobre su contenido. La con-ferencia fue pronunciada el 16 de febrero de 1915, no en abril, como señala Stratchey. Según el conocido comentarista de la obra de Freud, éste redac-taría “De guerra y muerte. Temas de actualidad”, en los meses de marzo y abril. La conferencia de febrero viene a coincidir, en muchos párrafos tex-tualmente, con la segunda parte del ensayo freudiano.
Nos encontramos, pues, con dos textos de distinta naturaleza (una con-ferencia hablada – y posteriormente, como era habitual en Freud, transcrita – y un artículo), con poco tiempo de distancia entre ellos y dirigidos a des-tinatarios distintos: el público concreto de la B’nai B’rith (BB) y el lector habitual de la Revista Imago (I).
2 Freudiana. Publicación de la Escuela Europea de Psicoanálisis del Campo Freudiano. Número 1. pp. 7-22. Cataluña. Paidós. 1991.
La confrontación de ambos textos quizá nos ofrezca algunas claves para penetrar en este momento tan importante de la vida de Freud3.
Son tres los temas que me han resultado más sugerentes en esta con-frontación:
1. La decepción (Enttäuschung) ante la guerra como la experiencia que remite a la desmentida o renegación (Verleugnung) de la percepción de la muerte. La renegación de la muerte caracteriza, para Freud, el momento actual del desarrollo de la civilización.
2. La percepción de la muerte del ser amado (y, al mismo tiempo, odiado) como la experiencia singular que no permite renegar de la muerte, pues la propia muerte no tiene posibilidad de inscripción en el psiquismo.
3. La “apuesta por la vida” como opción ética que da acceso al surgimiento de la subjetividad.
1. LA DECEPCIÓN ANTE LA GUERRA Y LA RENEGACIÓN DE LA MUERTE.
Sabemos que en el texto de I el tema de la decepción (o desilusión, como traduce Etcheverry el término Enttäuschung) da título a la primera parte del ensayo. Título equívoco, pues “la decepción provocada por la guerra” es, en realidad, el punto de arranque. Podríamos entender el título como alusión al estado
de ánimo en que es sostenida la pregunta que Freud se hace en esta primera
parte, pregunta sobre el por qué de la guerra, pregunta a la que intenta dar respuesta, pero, y ello lo desvelará al final, sin conseguirlo...
Se trata de trece páginas en las que Freud va describiendo de forma muy pormenorizada el nuevo panorama que ha creado la guerra. Hay algo de ar-tificio literario en las cuatro primeras páginas. Trilling (Frecourt, 1982, p.115) habla de una “espèce de fausse naïveté”. Freud describe los espléndidos resultados a que ha llegado la civilización para, acto seguido – y no es posible leer los párrafos que siguen sino atravesados por una contenida ironía – su-gerir la guerra que podría haberse esperado a partir de esos resultados: una guerra “civilizada”, guerra imposible, como la que se desprende de la lectura de los acuerdos que suscribiría, más tarde, la Sociedad de Naciones. Nada de eso ha sucedido. “La guerra, en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trajo consigo... la desilusión.” (1915, p.280)
Esos puntos suspensivos marcan el momento de inflexión de la primera parte del ensayo. Freud cambia el registro narrativo. Desaparece el tono
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irónico, distanciador, y se presenta como testigo que pone ante la mirada del lector la tragedia de una guerra en la que ambos están – estamos, po-dríamos decir, pues el texto de Freud cobra, otra vez, actualidad – implicados.
No sólo es más sangrienta y devastadora que cualquiera de las gue-rras anteriores, y ello a causa de las poderosas y perfeccionadas armas ofensivas y defensivas, sino que es por lo menos tan cruel, tan encarnizada y tan inmisericorde como ellas. Transgrede todas las restricciones a que nos obligamos en tiempos de paz y que habían recibido el nombre de derecho internacional; no reconoce las pre-rrogativas del herido ni las del médico, ignora el distingo entre la población combatiente y la pacífica, así como los reclamos de la pro-piedad privada. Arrasa todo cuanto se interpone a su paso, con furia ciega, como si tras ella no hubiera un porvenir ni paz alguna entre los hombres. Destroza los lazos comunitarios entre los pueblos em-peñados en el combate y amenaza dejar como secuela un encono que por largo tiempo impedirá restablecerlos. (p. 280)
Se percibe a Freud profundamente afectado por el impacto de la guerra. Re-cordemos que era la primera vez que la civilización occidental se veía en-vuelta en una guerra mundial, “La Gran Guerra”.
Creemos poder decir que nunca antes un acontecimiento había destruido tanto del costoso patrimonio de la humanidad, ni había arrojado en la confusión a tantas de las más claras inteligencias, ni echado tan por tierra los valores superiores. (1915, p. 277)
¿Qué revela esta nueva situación en la que está inmersa la humanidad? Freud va a desarrollar una respuesta: el reconocimiento de que los beneficios que ha aportado la cultura en su trabajo de represión sobre la vida pulsional son ilusorios.
Ya en la Carta a Frederik van Eeden (1915) expresaba Freud cómo la guerra venía a confirmar sus tesis elaboradas a partir “del estudio de los sueños y las acciones fallidas que se observan en personas normales, así como de los síntomas de los neuróticos”. La primera de ellas era que “los impulsos pri-mitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido en nin-guno de sus individuos, sino que persisten, aunque reprimidos, en el incons-ciente (para emplear el término de nuestro lenguaje), y que esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad”.
La segunda de las tesis era “que nuestro intelecto es una cosa débil y de-pendiente, juguete e instrumento de nuestras inclinaciones pulsionales y
afec-tos, y que todos nos vemos forzados a actuar inteligente o tontamente según lo que nos ordenan nuestras actitudes (emocionales) y resistencias internas”.
Así, pues, se trata de unos impulsos – llama la atención el carácter y la redundancia en las adjetivaciones: “primitivos, salvajes y malignos” – que, aunque reprimidos (por la cultura), persisten y pueden pasar al acto si la oca-sión es propicia; impulsos que instrumentalizan la actividad intelectual. No es posible, por tanto, dar cuenta de ellos, pues son ellos los verdaderos pro-tagonistas de la acción humana.
Esta doble tesis es desarrollada ampliamente por Freud en el ensayo. La guerra viene a confirmar lo que él ha mantenido siempre y que ha encon-trado tanta resistencia en los que le han escuchado. (El mismo destinatario de la carta, van Eeden, nunca aceptó las ideas de Freud).
En estas fechas Freud está dedicado a los denominados Escritos
Metapsi-cológicos. Comenzaría uno de ellos, Pulsiones y destinos de pulsión (1915), el 15
de marzo y lo acabaría el 4 de abril. Y no podemos menos de trasuntar cómo la experiencia de la guerra debió propiciar ciertos desarrollos. Me refiero, a modo de ejemplo, al análisis de las oposiciones de amor-odio. El odio es presentado como “más antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos.” (p. 133) Poco antes había empleado la metáfora de las erupciones volcánicas. “Entonces podemos imaginar que la primera erupción de lava, la más originaria, prosigue inmutable y no experimenta desarrollo alguno.”
Así pues, la teoría pulsional ofrece explicaciones cuando nos preguntamos sobre el por qué de la guerra. Aunque no del todo. Freud no queda satisfecho. Recordemos cómo el ensayo sobre Pulsiones está continuamente matizado, desde su mismo comienzo, por expresiones que insisten en el carácter hipo-tético de su teoría. Del mismo concepto de “pulsión” nos dice que siendo bá-sico es “bastante oscuro”. Y cuando llega al principio de placer, principio re-gulador de las sensaciones de la serie placer-displacer, y que había constituido un pivote de toda su concepción del aparato psíquico, le vemos vacilar y re-conocer que “la imprecisión de esta hipótesis es considerable”. Hay algo más allá del principio del placer que está ya minando esta teorización...
En Consideraciones de actualidad de guerra y de muerte, al llegar al final de la primera parte, Freud, que parece haber “cerrado” su argumentación con el desarrollo de los dos núcleos esbozados en la Carta a van Eeden, vuelve a hacerse la misma pregunta inicial para acabar confesando su incapacidad de respuesta.
¿Por qué los individuos-pueblos en rigor se menosprecian, se odian, se aborrecen, y aun en épocas de paz, y cada nación a todas las otras? Es bastante enigmático. Yo no sé decirlo. (1915, p.280)
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Queda así, otra vez, abierta la pregunta.
Va a realizar un segundo intento de respuesta en la segunda parte. Es el texto que ha desarrollado ante el público de la B’nai B’rith.
Sabemos de la fidelidad de Freud con esta Asociación Cultural. Asistía quin-cenalmente a las reuniones desde hacía muchos años. En varias ocasiones ofreció conferencias. ¿Por qué ahora? ¿Qué lleva a Freud a reunirse con sus “hermanos”, así los denomina, “hijos del Pacto”, tal la traducción del nombre de la Asociación? ¿En qué sentido la guerra, su impacto, pide ser compartido
y elaborado con ese grupo?
Vayamos ya al texto de la BB.
En primer lugar, el título. En I, ya lo sabemos, la segunda parte se titula: “Nuestra actitud hacia la muerte”. El título de la BB es:”Nosotros y la muerte”. Pero veamos las precisiones de Freud:
Honorable presidente y queridos hermanos. Les ruego que no pien-sen que fue por un capricho el que haya escogido un título tan ho-rrible para mi conferencia. Sé que hay muchas personas, tal vez tam-bién entre ustedes, que no quieren saber nada de la muerte, y he querido evitar atraer a aquellos hermanos a pasar una hora que les hubiera resultado molesta. También hubiera podido modificar la primera parte del título: en lugar de “Nosotros y la muerte” podría haberse dicho “Nosotros, los judíos, y la muerte”, porque la relación con la muerte que quiero tratar ante ustedes, la mostramos preci-samente nosotros, los judíos, con más frecuencia y de la manera más extrema. (Párrafo 1)
El mismo golpe de timón sirve para situar tema y público. En cuanto al tema, deja muy claro, con el segundo título, que va a tratar del modo de situarse el judío ante la muerte. Como judío se incluye con el plural mayestático en primera persona que tiende a romper el distanciamiento con respecto a su público. También Freud, como judío, participa de la renegación de la muerte. Pero, al mismo tiempo, queda fuera: la conferencia es una toma de conciencia con respecto a esa actitud que adopta el judío ante la muerte. Sus palabras se constituyen en acusación, en revulsivo respecto a la actitud que describe y de la que no niega ser partícipe: “nosotros, los judíos”.
Estrategia retórica necesaria en cuanto que sabe perfectamente que aque-llo de lo que habla constituye un tema espinoso. Con el mismo título ya han
quedado fuera aquéllos que “no quieren saber nada de la muerte, y he que-rido evitar atraer a aquellos hermanos a pasar una hora que les hubiera re-sultado molesta.” Éstos, los que han venido, los que han podido tolerar esa molestia y están dispuestos a escucharle, de alguna manera desean cuestio-narse su actitud ante la muerte. Es importante afirmar que han traspasado ese umbral. Así se hace más suave la acusación que lanza a su público. Todavía no la especifica. Pero ha quedado dicha al referirse a quienes no han venido. El segundo paso supone la internalización de esa actitud: “La relación con la muerte que quiero tratar ante ustedes la mostramos precisamente nos-otros, los judíos, con más frecuencia y de la manera más extrema.”
Tal actitud va a ser calificada con un término que adquirirá gran impor-tancia más tarde, en el trabajo dedicado al fetichismo (1927), la renegación
(Verleugnung). El término va a ser utilizado para expresar la primera reacción
del niño varón ante la percepción de los genitales del otro sexo. El niño no puede tolerar esa percepción y se aferra a una “teoría sexual infantil”: la cre-encia en el falo como realidad universal: no se puede ser sin falo. Conside-ramos la persistencia de esta creencia en la vida adulta como un rasgo de perversión: creencia imaginaria que dice del obstáculo en el acceso a la cas-tración simbólica.
Hay, pues, dos aspectos en la perversión que se implican recíprocamente: rechazo de aquello que se muestra ante la mirada (el genital femenino como diferente) y aferramiento a una creencia: no se puede ser sin falo. El sujeto reniega de la percepción “desviándose” hacia la creencia. Ese desvío es la forma específica de rechazo que adopta el sujeto perverso.
Aunque, como he dicho, toda esta problemática va a ser desarrollada más tarde, podemos retrotraer ese desarrollo para explicarnos lo que opera en la renegación de la muerte. El sujeto no puede tolerar la percepción de la muerte (siempre muerte del otro, pues la propia muerte – Freud lo vuelve a afirmar aquí – no tiene posibilidad de inscripción) y se desvía hacia una creencia.
Pues bien, argumenta Freud, si esa es la actitud que la civilización – la modernidad, podríamos decir – adopta ante la muerte, el grado extremo de esa actitud la representamos precisamente nosotros, los judíos.
Desde esta perspectiva pueden entenderse otros elementos que integran la estrategia retórica de esta conferencia y que, obviamente, no aparecen en la versión de I: irá trayendo chistes, chistes judíos por supuesto, con los que irá colocándose simultáneamente, en el mismo acto de decir, del lado de su público y del lado de la “conciencia crítica”.
Señalaré el momento de BB en que los chistes son situados. El denomi-nador común que los une es siempre el mismo: los chistes dan idea de la forma extrema de renegación de la muerte característica del judío.
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