Marcelino Cereijido
___________________________________Más allá de la teoría cuántica
Michael Talbot
A través del maravilloso espejo del universo
John P. Briggs y F. David Peat
Los descubrimientos científicos contemporáneos
Michel Claessens
Las endorfinas
Anatomía de un descubrimiento científico Jeff Goldberg
La tierra, ese planeta diferente
S. Ichtiaque Rasool y Nicholas Skrotzky
Mensajeros del paraíso
La extraordinaria historia de los opiáceos internos y externos: el descubrimiento de los receptores cerebrales
Charles F. Levinthal
Historia y leyendas de la superconductividad
Sven Ortoli y Jean Klein
Explorando el mundo de la antimateria
Su poder energético y el futuro de los viajes interplanetarios Robert L. Forward y Joel Davis
La historia de la supernova Laurence A. Marschall e x t e n s i ó n científica
ciencia
para todosla ciencia
como
calamidad
Un ensayo sobre el analfabetismo científico
y sus efectos
Textos traducidos del inglés por M. A. P.
Ilustración de tapa:
Sergio Manela
1ª edición, noviembre de 2009
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano © by Editorial Gedisa S. A.
Avenida del Tibidabo, 12, 3º Tel. 34 93 253 09 04 Fax 34 93 253 09 05 08022 - Barcelona, España [email protected] www.gedisa.com ISBN 978-84-9784-392-8
Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra, por cual-quier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
Printed by Publidisa D.L.: B-43029-2009
A Rolando V. García y José Carlos Beyer, con quienes desde hace años, domingo a domingo, discrepamos a gusto sobre estas cosas.
Índice
Introducción. . . 9
Capítulo 1: Cómo se forjó y qué es hoy la ciencia. . . 17
Capítulo 2: Los modelos interpretativos basados en la religión son, por supuesto, los usados por la casi totalidad de la población humana . . . 75
Capítulo 3: La ciencia vista por el analfabeto científico . . . 109
Capítulo 4: El analfabetismo científico del Primer Mundo. . . 129
Capítulo 5: El analfabetismo científico del Tercer Mundo . . . 153
Capítulo 6: La ciencia moderna como calamidad. . . 183
Capítulo 7: De Jan Amos Comenius a Silvina Gvirtz. . . 203
Epílogo . . . 225
Introducción
“Vivimos en el seno de una sociedad que depende en forma profunda de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada acerca de estas materias. Esto constituye una fórmula segura de desastre.”
Carl Sagan
Un organismo sólo puede sobrevivir si es capaz de interpretar efi-cazmente la realidad que habita. Si un mosquito no interpretara que
esto es una estatua de la Venus de Milo y no una señorita de verdad, sería demasiado estúpido para ser mosquito y se extinguiría. Biológi-camente hablando carece de importancia que esa interpretación sea inconsciente, pues desde los inicios de la vida en el planeta hace unos 4.000 millones de años, su evolución, su enorme diversificación en millones de especies animales y vegetales, su manera de funcionar, han sido fenómenos exclusivamente inconscientes. La conciencia co-menzó a aparecer hace apenas unos 40 a 60 mil años, es decir, “na-da” en escala biológica y, a lo sumo, influyó en la evolución de unas pocas especies, notablemente la del Homo sapiens.
Tampoco podemos pensar que la conciencia apareció un buen día cuando un homínido de la Edad de Piedra despertó de su siesta con la buena nueva de que estaba entendiendo que entendía. Por decenas de miles de años un homínido fue muy parecido a lo que hoy llama-ríamos un autista, con emisiones de sonidos elementales reducidas a alarmas y avisos inevitables sobre situaciones concretas; nada de sutilezas intelectuales.
Es probable que la conciencia haya comenzado a surgir junto con la capacidad de captar duraciones, y percatarse de que hay ciertas si-tuaciones (por ejemplo, está nublado) que van seguidas de ciertas otras (por ejemplo, llueve) o, al revés, ve llover y recuerda que fue precedida por un nublado. Se establece así una cadena causal, que implica cierta flecha temporal de causa (nublado) a efecto (lluvia). Ambas
propieda-des otorgan una ventaja decisiva al organismo que las posee, pues la acumulación y luego el ensamble de cadenas causales le permitirán hacer modelos mentales de la realidad que, además, son dinámicos (en función del tiempo): los organismos no captan solamente cómo
es una situación, sino cómo se produjo, cómo va cambiando, cómo se
concatenan causas y efectos para generar un futuro.
Si el largo de la flecha temporal (la cantidad de futuro abarca-do) ayudaba a hacer modelos dinámicos de la realidad, por toscos que fueran, y éstos ayudaban a sobrevivir, se ha desencadenado una competencia por quién tenía un sentido temporal más largo y quién era capaz de generar mejores modelos mentales de la realidad que le permitiera evaluar más alternativas. Quizás esto quede más claro imaginando un ajedrecista principiante que a cada paso se pregunta ¿qué puedo mover? (su “futuro” es una jugada), jugando contra un gran maestro que puede adoptar estrategias que contemplan de an-temano miles de jugadas posibles. Si las situaciones eran de bonanza sobrevivían todos, pero en períodos peliagudos aquellos individuos con modelos mentales más chapuceros, cedían su lugar al competidor más versátil y creativo, capaz de imaginar mejores alternativas.
Pero esto de ninguna manera implica que el interpretar la realidad conscientemente, con ser la cualidad más reciente, superara –ni si-quiera hoy– a las interpretaciones inconscientes, pues éstas siguen ahí, a cargo de nuestro funcionamiento vital. Cuando nuestro organismo interpreta que tenemos demasiada agua, dispone de mecanismos pa-ra hacernos orinar más, si por el contpa-rario capta que tenemos poca hará que se nos despierte la sed; y así cuidará de nuestra nutrición, presión arterial, temperatura, contenido de sodio, potasio, la acidez de nuestra sangre, reparación de nuestras heridas, defensa contra mi-croorganismos, etcétera. Para darnos una idea de la habilidad y finu-ra de las interpretaciones inconscientes contfinu-ra las conscientes, basta
recordar que un alacrán en la playa es capaz de captar la vibración del piso que produce una mosca caminando a un metro; una mariposa macho es capaz de olfatear a la hembra a varios kilómetros de dis-tancia. Por último, podemos recordar que Humphrey Davy pasó a la historia porque en 1808 descubrió el calcio, pero un bebé de dos años al que comience a faltarle dicho elemento, no solamente detectará correctamente la carencia, sino que recurrirá a comer revoque de las paredes –que contiene calcio– y evitará enfermarse. La ciencia de hoy en día tiene anotado en el registro de sus glorias cómo hizo Davy para demostrar que existe en la realidad un elemento llamado calcio, pero todavía no tiene la más remota idea de cómo hace el bebé.
Por supuesto, ya en posesión de una conciencia, el ser humano empezó a utilizarla para interpretar conscientemente la realidad. En un primer momento se habrá percatado que podía atrapar una pie-dra porque esta no se puede mover per se, pero no una rana porque ésta tiene motu proprio y escapa. Su primera taxonomía habrá sido entonces que hay cosas que tienen ánima y cosas que no, y llamó a las primeras “animales”. Después de estos modelos animistas, un impre-sionante salto intelectual le permitió ordenar mejor sus modelos men-tales e imaginó que todo lo marítimo estaba a cargo de dioses como Poseidón, el cielo estaba regido por Urano, la agricultura por Ceres. Fue la hora de los modelos mentales politeístas. La evolución de la mente le permitió luego hacer otro salto formidable en su capacidad de generar modelos mentales de la realidad: pasó de los politeísmos a los monoteísmos. A decir verdad, no se trató de un salto, sino de un lento y penoso proceso evolutivo que tomó generaciones. Si una deidad del panteón politeísta prefiere una cosa y otra deidad tiene preferencias distintas, no surge contradicción alguna, pero el dios único del monoteísmo no puede tener incoherencias. A mí me delei-tan los helados de chocolate y, en cambio, a mi amigo le desagradan; pero una misma persona no puede decir “me encantan los helados de chocolate; los detesto”. Por eso el paso a los monoteísmos requirió que el ser humano inventara nada menos que la coherencia de Dios. La coherencia de los monoteísmos fue un elemento esencial, que posi-bilitó luego el desarrollo de los modelos científicos, donde los conoci-mientos no están simplemente amontonados, sino sistematizados de
modo que no entren en conflicto entre sí, y uno pueda recombinarlos en la mente, formando cadenas causales y predecir cosas que luego saldrá a buscar si existen realmente en la realidad, es decir, uno ya no investiga exclusivamente en la realidad-de-ahí-afuera, sino que empieza a hacerlo en su propia cabeza.
Evolutivamente hablando, que una especie sea seleccionada por alguna cualidad, implica que adaptará por selección natural todo su organismo para que esa cualidad se cumpla con la mayor eficacia posible y desarrolle adaptaciones complementarias. Entre ellas la de ser creyente. Esta capacidad brinda una ventaja descomunal, pues transforma a todos los Homo sapiens, de todas las generaciones, en un colosal embudo cognitivo que vierte lo aprendido por cada Homo sapiens individual. Yo, por ejemplo, no conocí a Amenofis IV, ni a Nerón, ni estuve en la Revolución francesa, ni en la Primera Guerra Mundial, pero en virtud de mi credulidad, los fui incorporando a mi patrimonio cognitivo gracias a la crianza y a la educación. Tampoco inventé el castellano, pero “se lo creí a mis padres”. Me habrán to-cado la nariz, me indujeron a llamarla “nariz”, y gracias a eso pude luego conversar con mi vecinito de enfrente.
Esto nos permite entender ahora otro proceso realmente apabu-llante que lleva a cabo la mente humana. Si conocer iba transfor-mándose en la herramienta fundamental y en el arma para la lucha por la vida, la ignorancia hacía sentir al Homo sapiens impotente e inseguro, lo angustiaba. Esa continua selección de seres humanos con flechas temporales cada vez más largas, que abarcaban futuros más y más remotos, llevó a generar Homo sapiens que cayeron en la cuenta de que había un futuro en el que habrían de morir. La muerte constituyó la mayor de las angustias, pues nadie había regresado de la muerte para explicarles qué les habría de suceder cuando murieran. Pero aquí salió a relucir la capacidad de ser creyentes, y ahí estaban los sacerdotes que les aseguraban a los angustiados que el mundo lo gobernaba Dios y que ellos conocían conductas, ritos, ofrendas y maneras de poner a Dios de nuestra parte… siempre y cuando uno los cumpliera religiosamente.
La evolución de la manera de hacer modelos de la realidad siguió ade-lante (en el Capítulo 1 veremos cómo) y, después de 40 a 50 mil años,
co-menzó a generar nuevos modelos mentales para interpretar la realidad, esta vez laicos, es decir, que prescinden de las deidades. Así fue como se generó una nueva manera de interpretar la realidad: la ciencia moderna que, como veremos a su tiempo, consiste en interpretarla sin apelar a milagros, reve-laciones, dogmas ni al principio de autoridad, por el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga (la Biblia, el papa, el rey, el padre).
La ciencia moderna es una máquina voraz que se alimenta de ig-norancia y la transforma en conocimiento, proveyendo no solamente
un cuerpo convincente de interpretaciones de objetos y fenómenos presentes, sino también del futuro (predice) y del pasado (posdice). La ciencia moderna constituye un modelo tan avanzado, que incluye hasta un mecanismo de autocorrección con el que va automejorán-dose, porque donde quiera que encuentre que las suposiciones y pre-dicciones de su modelo mental discrepan con la realidad, emprende estudios específicos para ver si logra resolver la incongruencia. Por eso la ciencia no acepta dogmas, es decir, conceptos fijos,
inamo-vibles, que no puedan ser modificados ni siquiera para mejorar el modelo interpretativo.
Hoy la ciencia ya no es sólo un atributo ventajoso de nuestra
espe-cie, sino que se ha constituido en un elemento tan indispensable de la
supervivencia, como lo era para el mosquito interpretar que la Venus de mármol no tiene sangre y la bañista de carne y hueso sí la tiene. No era así hace dos millones de años dado que, si por alguna razón los homínidos no hubieran transitado la serie de pasos evolutivos que los condujeron hasta nosotros, tales como el sorprendente crecimien-to del cerebro, lenguaje, curiosidad, creatividad, perfeccionamiencrecimien-to de herramientas, bien habrían podido de todos modos adaptarse y sobrevivir con los elementos y características que ya poseían. De he-cho hay antropoides como los chimpancés, surgidos en épocas más recientes, es decir, son especies más modernas que el Homo sapiens, que no tomaron por un camino evolutivo comparable al nuestro, y ahí viven de lo más campantes, salvo que los sigamos extinguiendo nosotros. En cambio, si la ciencia desapareciera hoy, nosotros, los
descendientes de aquellas criaturas primitivas que no habían nece-sitado ciencia moderna, podríamos perecer, porque ahora sí nos es indispensable. En nuestros días somos demasiado numerosos como
para poder sobrevivir en las naciones modernas sin energía, abrigo, alimentos, medicina y tecnología derivados de la ciencia. El hombre de la Edad de Piedra apenas vivía de 20 a 25 años, en cambio nuestras expectativas de vida hoy andan por los 80. De modo que la mayoría de nosotros somos demasiado viejos como para poder pasarla sin ci-rugía abdominal, fármacos, prótesis, antibióticos, marcapasos y toda la organización social que resultó de la ciencia. Hoy, una urbe como Manhattan contiene más seres humanos que los que hubo en la Edad de Piedra en toda la Tierra. Si tocáramos el planeta con una varita mágica que hiciera desaparecer la ciencia y todo lo producido por la ciencia y la tecnología, en pocos días moriría por lo menos un 80% de la humanidad.
En consecuencia, ahora puedo poner en una cáscara de nuez lo que trata este libro: afirmo que en nuestros días la distribución desigual de la ciencia moderna entre los pueblos de la Tierra nos ha coloca-do al borde de la extinción. Este desastre puede ocurrir a causa de
un aumento creciente del oscurantismo habitual que menoscaba esa ciencia de la cual ahora dependemos, o porque el competidor pone en juego estrategias que arruinan el modelo que manejamos nosotros y nos fuerza a desempeñarnos en situaciones en las que nuestra manera de interpretar resulta poco menos que inservible. En el Capítulo 6 veremos cuáles.
Cuando se invita a nombrar productos científicos, la mayoría de la gente enlista artículos que van de poderosas herramientas mate-máticas y naves espaciales a medicamentos maravillosos y armas devastadoras. Pocos parecen darse cuenta de que, como en la gim-nasia, donde una persona “se hace a sí misma”, el producto principal de la ciencia no es “algo vendible en el mercado” sino una persona que sabe y puede. Esto constituye otra de las razones por las que en
el mundo actual, donde entre 85 y 95 por ciento de la humanidad
ignora, no puede, pero cree saber y se comporta enajenadamente,
estamos yendo de cabeza a la hecatombe.
Por eso en el último capítulo sugeriré una serie de tareas que de-beríamos emprender para mejorar las cosas y tratar de salir vivos de este trance. Lo único que le prometo es que me esforzaré en no ser un pelmazo aburrido. Iniciamos ¡Buena suerte!
Agradecimiento: Lo que digo sobre la ciencia moderna y el
desas-tre que está causando su falta me parece tan obvio, que fui perdiendo la capacidad de argumentar sin ponerme vehemente. Eso suele dividir mis auditorios en aquellos que se ponen frenéticamente en contra de mí y el resto que, invariablemente, se pone en forma iracunda en con-tra de mi madre. Con todo, debo agradecer a ambas mitades, porque me han permitido captar más claro los derroteros argumentales del analfabetismo científico, al punto que acabé haciendo una selección de los equívocos más comunes y salirles al cruce en el Capítulo 3. Como se trata de un tema que vengo rumiando desde hace décadas, la cantidad de gente a la que tendría que agradecer es demasiado grande, pero aun así quiero resaltar la labor de Elizabeth del Oso y Yazmin De Lorenz, por su eficiente labor editorial, búsqueda de bibliografía, rastreo de fuentes dispersas por bibliotecas y archivos.
Capítulo 1
Cómo se forjó y qué es hoy la ciencia
La “versión ortodoxa de la ciencia” no resulta adecuada, porque es creacionista
Quienes comenzaron a forjar la ciencia a lo largo de los cuatro o cinco últimos siglos desconocían olímpicamente que había habido 3.500 millones de años de evolución biológica y un total de 13.700 millones de evolución cósmica, porque estas cosas se llegaron a co-nocer gracias a que ellos echaron a andar la ciencia. No podían ha-bernos legado otra concepción de la ciencia más que la versión crea-cionista, por el simple hecho de que ellos mismos eran creacionistas: un Galileo, un Newton, daban por sentado que el universo se había creado en seis días, hacía unos seis mil y pico de años, tal y como afirma la Biblia. Luego, dado que la regla del juego científico es el razonamiento, tenían que asignarle un papel protagónico a la razón. Como, por el contrario, el inconsciente y las emociones eran para aquellos sabios fuentes de fantasías y locuras, no podían haberles asignado función alguna en la capacidad de conocer (con todo, daban mucha importancia a los sueños). De modo que es comprensible que el “modelo ortodoxo”, que así llamaré al que ofrece una enciclopedia común, tenga dos defectos demasiado graves como para servirnos en este libro: el primero es dar por sentado que la realidad es producto de una creación que supuestamente ocurrió en seis días hace seis mil años, y no de una evolución que comenzó hace 13.700 millones de años con una tremenda gran explosión (“big bang”). El segundo
defecto es presentar la ciencia como una aventura de la razón, siendo que la vida comenzó en la Tierra hace unos 3.500 millones de años con una marsopa, el homínido surgió hace apenas unos dos a cuatro millones de años, la razón hace escasos 0,05 millones de años y nues-tro cerebro funciona casi exclusivamente en forma inconsciente.
Conocer no depende sólo de la mente
La mente es muy difícil de comprender, aunque la tengamos fun-cionando en personas vivas que incluso se prestan a cooperar en las investigaciones. Podemos imaginar entonces las enormes dificultades que presenta querer entender su arqueología y antropología, es de-cir, averiguar cómo funcionaba la cabeza de un pez, una iguana, un homínido de hace millones de años, un cavernícola de hace treinta mil o de un pueblo animista de hace tres mil años, que de pronto adoptó modelos politeístas, pues todo lo que queda de un humano, después de miles de años de muerto, son fragmentos de huesos. De la mente no queda absolutamente nada. Así y todo, la comparación del cerebro de un ser humano de hace 150 mil años (mejor dicho, de un fragmento del cráneo que lo contenía), con el de bichos no huma-nos aún existentes, y cuanta marca hayan dejado en asentamientos y tumbas, tallas y deformaciones de dientes y huesos, junto con el estudio de poblaciones humanas actuales que mantienen culturas relativamente poco desarrolladas, y pacientes que muestran una le-sión en cierto lugar del cerebro asociada con cierta chifladura, es aprovechado por la ciencia para hacerse un modelo dinámico de la evolución de la mente.
En la versión ortodoxa, la ciencia es presentada como una suerte de Don Fulgencio y de Adán y Eva, que no tuvieron infancia, pues da por sentado que surgió de pronto en babilonios, egipcios y griegos adultos, blancos y del sexo masculino que de un siglo para otro se pusieron a filosofar. Pero sabemos muy bien que dichos pueblos no podrían haber hecho ciencia sin cerebro, que a la evolución le tomó millones y millones de años producir dicha masa encefálica a través de una serie de accesos, el último de los cuales parece haber ocurrido hace apenas 100.000 años, o sea, que el cerebro precientífico de los últimos milenios (el de Zenón, Anaxágoras, Confucio) tiene que
ha-ber sido exactamente igual al de los científicos modernos que luego se hicieron laicos y agnósticos; al nuestro para el caso.
El creacionista consideraba que la mente infantil era el reino del despropósito donde casi no funcionaba la razón y ese criterio, sumado a que los dogmas que se les inculcaba no requerían que se entendiera nada, sólo repetir, acatar y callar, lo llevaba a someter a los niños a una docencia preponderantemente catequista: no importaba que entendieran, sino que repitieran de memoria lo que se les enseñaba. “¡Ya se volverá adulto y, como un fenómeno natural, comparable a la emergencia de los dientes, brote de vello pubiano y transforma-ciones de la voz, comprendería lo que había ido asimilando!” Para el creacionista, la letra entra con sangre, no con argumentos. Ahora en cambio, tras los estudios impulsados por epistemólogos como Jean Piaget (1896-1980), sabemos que el niño va adquiriendo la noción de espacio, cantidad, masa, número, tiempo, de una manera gradual, or-denada y relacionada íntimamente con la crianza y la educación. Todo lo que intento decir es que también la vida generó una mente evolutiva que fue teniendo diversas maneras de interpretar la realidad.
El escenario creacionista era más o menos así: la razón era sublime y virtuosa, por eso el feligrés comprendía que debía “portarse bien”;
en cambio, “la carne era débil” y sus emociones y apetitos inducían a pecar, brindaban un resquicio por donde Satán metía su cola. Pa-ra mantener a Pa-raya ese cuerpo vil y pecador los padres de la Iglesia acabaron con el deporte que habían practicado griegos y romanos. Recién hace siglo y medio los comenzó a rescatar gente como Pierre de Coubertin (1863-1937) cuando inició las Olimpíadas de la era moderna. Los baños públicos habían alcanzado gran refinamiento, los romanos desplegaban una intensa vida social en los caldarium, frigidarium e instalaciones dedicadas a la salud y al placer corporal, pero en la Edad Media reyes y princesas se jactaban de su virtud declarando que jamás se habían bañado. Se consideraba que una persona “moría en olor de santidad” cuando apestaba a rayos. Luis Ix de Francia (1214-1270) (san Luis) que estaba rodeado de santos por los cuatro costados, era primo hermano de Fernando III de Castilla (llamado “El Santo”), pariente de Domingo de Guzmán (el santo Domingo de la orden que creó la Santa Inquisición y él mismo fue
santificado en 1297), se hacía flagelar las espaldas “con cadenillas de hierro” todos los viernes, lavaba los pies a los mendigos, sentaba a su mesa a los leprosos; cuando murió, su cadáver era un hervidero de piojos y tenía un cilicio incrustado en sus carnes. Caterina da Siena (1347-1380) (santa Catalina) se daba tres azotes diarios con un láti-go. No podrá alegarse que ésos eran casos de escopeta, pues todos los católicos medievales rezaban de rodillas (los actuales también), los monjes solían dormir sobre guijarros, usaban cilicios, ayunaban y se hacían azotar. Y ni así lograban reprimir su inconsciente pues, volviendo a Luis Ix, recordemos que por más que quisiera alejarse de la carne tuvo once hijos vivos, que dada la mortalidad infantil de la época significa que habrá engendrado unos cincuenta bebés..., cosa biológicamente casi imposible de lograr con su única esposa (Margarita de Provenza).
De modo que para cuando aparecieron las grandes civilizaciones del amanecer de la Historia, el cerebro humano ya era capaz de hacer las siguientes monerías:
a) Sabía generar modelos dinámicos de la realidad (también los
ge-neraban los animales que solemos llamar superiores).
b) Tenía una memoria formidable, con capas inconscientes de
distin-ta accesibilidad.
c) Era sabiamente olvidadizo. La capacidad de olvidar, tal como lo
hace el cerebro, es uno de los más grandes misterios de la mente: el cerebro sólo parece guardar lo que le conviene. En lugar de una larga digresión aconsejo leer a Jorge Luis Borges quien, en su “Funes el Memorioso” crea el personaje de Ireneo Funes, un muchacho con una memoria tan formidable que podía recordarlo todo: las volutas del agua agitada por un remo, la posición y color de las hojas de todas las plantas que había visto. Le tomaba un día recordar un día. Elocuentemente, Borges no hace de su Funes un genio, sino una persona más bien mediocre. Por cierto, una me-moria perfecta nos serviría muy poco: si un africano le avisara a los gritos a un amigo que se ponga a salvo porque se aproxima un león y éste, luego de mirar al animal, dijera: “No, éste no es el que devoró a mi hermano; jamás he visto a este animal”, estaría frito.
Gracias a estos “recuerdos incompletos” Pitágoras “olvidaba” a voluntad la diferencia entre los diversos triángulos rectángulos, y pudo formular su famoso teorema. Pero he aquí el profundo misterio que todavía la ciencia no logra descifrar: ¿Cómo hace el cerebro para retener en su memoria solamente lo significativo? ¿Cómo decide que lo no significativo es irrelevante? Volveré a este tema cuando más adelante hable del Doppelgänger.
d) El cerebro precientífico ya captaba duraciones con una flecha
tem-poral de pasado a futuro, y ni siquiera hoy sabemos bien a bien qué es el tiempo ni cómo hace el cerebro para generar dicha flecha.
e) Transformaba el tiempo real en tiempo mental: podía resumir su
vida a una narración de pocos minutos o pasarse el resto de sus días describiendo y volviendo a describir un rayo que sólo había durado nanosegundos pero había matado a su camarada situado a medio metro.
f) Venía preparado para generar un lenguaje, hablar, tener una
gra-mática, comunicarse, descifrarlo con un metalenguaje.
g) Tenía emociones y esas emociones, hoy lo empezamos a entender,
no eran engendros diabólicos. La clínica muestra que una persona sin emociones no es normal. No me estoy refiriendo al individuo abúlico, apático o indolente a quien no le importa el dolor aje-no, sino a una persona profundamente enferma, que no tiene la sustancia o la argamasa, el lubricante o vaya a saber qué (pues la ignorancia científica de esta propiedad es todavía demasiado pro-funda), que no le permite funcionar cognitivamente o, peor aun, que no le permite subsistir siquiera como persona biológicamente sana.
h) Así como las plantas son seleccionadas por su capacidad de foto
sintetizar y las vacas, digerir celulosa y dar cornadas, el ser humano precientífico había hecho del conocer su herramienta evolutiva, y era seleccionado sobre la base de lo bien que era capaz de hacerlo.
i) Se había ido seleccionando un ser humano creyente, pues otorga
una enorme ventaja que no sólo incorporemos lo que nosotros mis-mos hemis-mos visto y oído, sino lo que nos narraron nuestros padres, maestros y la sociedad entera. En realidad, la mayor parte de lo que sabemos ha sido incorporado como creencia, sin mayor filtro
racional. Lo que uno conoce a través de sus propios descubrimien-tos y demostraciones es comparativamente insignificante.
j) Como recalcaba el psicoanalista argentino Luis Chiozza, si algo
es fidedigno despierta mi confianza, aunque todavía no me haya convencido. Chiozza cita a Sigmund Freud quien, en su Psicopa tología de la vida cotidiana, dice que un acontecimiento posee sentido cuando puede ser ubicado dentro de una secuencia, una serie de sucesos que marchan en alguna dirección, que obedecen a un propósito, que poseen una intención, que conducen a un fin y que, además, son “sentidos” como algo que nos complace o nos importa. Cuando todavía el ser humano no sabía leer y escribir ni vivía en ciudades, su organismo ¡ya estaba biológi-camente preparado para dejarse convencer (o no) si de alguna manera detectaba que algo tenía (o no) sentido! ¿Pero ni aun hoy entendemos qué es ese “sentido” que nuestro inconsciente sí
puede captar. Los investigadores no tenemos el menor empacho en desdeñar “esos resultados no me satisfacen”, “esa explicación no me convence”.
k) Para el momento en que surgieron babilonios, egipcios y griegos
también había ido evolucionando la manera de transmitir el pa-trimonio cognitivo a través de la crianza y la docencia, tareas que después han seguido evolucionando y perfeccionándose.
l) El concepto deprejuicio no goza de buena prensa. Naturalmente,
se refiere a circunstancias en que se atribuye al Otro una naturale-za inferior, costumbres repugnantes, prácticas hostiles. Como no se me escapa que mi defensa del prejuicio puede indignar, diré que la propiedad de ser prejuiciosos ha transformado a toda la huma-nidad en un descomunal embudo de sapiencia, gracias al cual me llega todo lo aprendido por las generaciones que me precedieron y todo lo que siguen aprendiendo chinos, árabes, noruegos y cana-dienses. Pero como acabo de tocar este punto en el inciso “i”, no
abundaré. El prejuicio equivale a ir a la notaría acompañado de un abogado amigo de modo que cuando nos presentan un contrato o una escritura de 30 páginas, que invoca leyes y cláusulas de las que no entendemos ni jota, pueda decirnos: “Ya lo revisé; puedes firmar con toda confianza” o “¡Ni loco vayas a firmar!, te quieren
timar”. Si no fuéramos prejuiciosos y tuviéramos que decidir cada cosa, a cada paso, simplemente no podríamos vivir.
m) William Stanley Jevons (1835-1882) decía que, si bien el progreso
depende de incorporar nuevos conocimientos y nuevos esquemas conceptuales, también radica en ir eliminando errores, falsas con-cepciones y groseros autoritarismos. Justamente, la ciencia se ha venido forjando una epistemología ad hoc para cada uno de sus campos, una suerte de requisito de admisión y aparato de auto-corrección, con el cual, si un nuevo dato o nueva posición teórica discrepa con un saber que hasta ahora venía siendo aceptado, dispara un nuevo análisis, una nueva investigación que tiende a aclarar el conflicto. Pero sólo una pequeñísima parte de lo que sabe la humanidad ha pasado por los rigurosos filtros con que la ciencia admite un nuevo conocimiento. Pocas veces el resultado de esta labor epistemológica acaba detectando que alguien mintió
hace diez, cincuenta o cien años, sino que se debió a una suposi-ción que era válida en aquel entonces, una forma defectuosa de medirlo, una extrapolación incauta. Más aún, por regla general tampoco aborrecemos a quien introdujo dicho error, sino que lo seguimos venerando como a un pionero del tema, porque su apor-te constituyó así y todo un peldaño valioso. A pesar de que creían en el flogisto, seguimos admirando a Becher y Lavoisier. Lo que sí hacemos es revisar por qué, en aquel entonces, se creía tal o cual cosa, y esto se incorpora a su vez a la Historia de la Ciencia. Por eso la ciencia no tiene dogmas, pues todo lo que afirma, en un momento dado, es lo mejor que puede decir al respecto y todo perma-nece abierto a que dentro de cincuenta o cien años alguien lo refute o reinterprete. En cambio las religiones no tienen un aparato similar para ir haciendo correcciones y se transforman en un reservorio de contradicciones y sin sentidos. Un investigador entraría volando en el despacho de su jefe y le anunciaría haber detectado una violación de tal o cual principio porque, de ser cierto, su futuro profesional estaría asegurado. En cambio, a un sacerdote que irrumpiera en la oficina de un cardenal anunciando que ha detectado una falacia fundamental en el dogma de la Santísima Trinidad, de la virginidad de María o de
cualquier otro dogma central de su religión, no le iría tan auspicio-samente que digamos.
n) Por último, volvemos a recordar que toda la evolución del ser
hu-mano o, al menos un largo tramo final que llegó a la actualidad, estuvo enhebrada por un sentimiento místico que, para el momen-to en que aparecieron babilonios, egipcios y griegos, ya les permitía ingresar en “la edad de la razón” con una parafernalia de deidades, esquemas, creencias, prácticas e instituciones religiosas.
En resumen, el cerebro no se puso a realizar portentos mentales de buenas a primeras con babilonios, egipcios y griegos porque, después de todo, ¿qué son los grandes logros racionales, como el teorema de Pitágoras, los axiomas de Peano y la teoría de la relatividad compa-rados con la habilidad de un cerebro de controlar el funcionamiento de nuestro organismo, permitirnos sobrevivir hasta el día siguiente, oler una madreselva y traer el recuerdo de la casa de la abuela, su voz, su sonrisa, sus budines, el patatús que se la llevó?
La evolución jamás hace “borrón y cuenta nueva”
Hasta donde entendemos, las “cosas” de la vida (una especie, un organismo, los pulmones, los ojos, la capacidad de toser) no surgen de la nada ni tampoco desaparecen de un día para otro. La evolu-ción no puede darse el lujo de desaprovechar algo que ya está ahí ni puede decir abracadabra y dotar a una especie de algo cien por ciento novedoso. Pues bien, el cerebro actual con que venimos equipados los humanos, y nos permite cantar, caminar, hablar y hacer ciencia, se construyó sobre la base de porciones más antiguas que regulaban las actividades viscerales y las emotivas en animales que acaso se ex-tinguieron antes de que apareciera nuestra especie, pero estas partes ancestrales hoy siguen ahí adentro de nuestro cráneo cumpliendo casi idénticas funciones.
En primer lugar, si la evolución fue generando un organismo, el
humano, con un cerebro que actúa como una requete-super-compu-tadora, una mente memoriosa que genera un sentido temporal con el que hacemos modelos dinámicos de la realidad y una sociología de
prejuiciosos-creyentes-copiones-imitadores, es porque al seleccionar organismos que tienen dichas propiedades les otorga una gran ven-taja. En segundo lugar, si para cuando comenzó el período histórico
(babilonios, egipcios y griegos) el ser humano ya tenía los atributos que enumero, no podría haberlos cancelado de buenas a primeras, sino que todo lo que se lanzara a hacer en los últimos tres a cinco mil años de historia, tuvo que reflejar las cualidades de un homínido que
ingresó en la historia con el cerebro, mente y sociología que estoy comentando. Y, por último, en tercer lugar, el sentimiento místico y
la capacidad de ser creyentes (y las estructuras biológicas de las que dependen) se fueron seleccionado y vinieron sirviendo a lo largo de decenas de miles de años, vale decir, continúan operando en todos y
cada uno de nosotros, así hayamos abrazado el laicismo y el agnos-ticismo, odiemos o amemos a los curas.
Un resumen de todo esto puede ser: como la “versión ortodoxa” de la ciencia no tiene en cuenta estas consideraciones, no nos resulta muy útil sino, por el contrario, es una fuente inagotable de equívocos. De hecho, a mi me obligó a imaginar una alternativa, que por mucho tiempo reservé para mi uso exclusivamente personal. Había que ser muy caradura para pasar a exponerla en público. Pero, bueno, por suerte cumplí al menos esta condición y aquí va:
Una versión personal de la ciencia moderna
El cerebro no cobró sus propiedades cuando pasó de los animales ancestrales al homínido, pues al estudiar su filogenia se constata que ellos tienen estructuras cerebrales (por ejemplo, el núcleo paraventri-cular del hipotálamo, el núcleo caudado, la substantia nigra, el locus coeruleus) y conductas análogas (olfacción, audición, visión, memo-ria, regulación de la postura) que fueron precursoras de las nuestras. Recordemos, además, que perros, delfines, monos, tienen emociones, recuerdan, olvidan, son cultos y hasta creyentes, pues hoy, cuando para repoblar bosques y selvas con especies al borde de la extinción se las cría en un zoológico y luego se las va a soltar en un hábitat natural, se constata que muchas no pueden sobrevivir, porque simplemente en
las jaulas de la ciudad los padres no les pudieron transmitir la cultura necesaria para reconocer claves ambientales, señales y situaciones de la selva, presas y depredadores, comestibles aprovechables o dañinos, y estos bichos “de ciudad”, que no tuvieron qué cosas creerles a sus mayores, ahora carecen de las cualidades esenciales para sobrevivir. Imaginemos un grupito de perros, al que de pronto llega o, mejor dicho, entre los cuales cruza volando otro perro. Los del grupo in-terpretan en seguida la situación y determinan si está huyendo de un peligro o está escapando con un trozo de carne en las fauces. Algunos perros decidirán seguirlo para quitársela, pero otros se imaginarán que es más promisorio ir a ver de dónde viene, dónde la consiguió, comprobar si queda aún más carne. Se guiarán por olores, ladridos de perros, aullidos de presas, rugidos de depredadores, gritos de caza-dores. Esos perros se harán un modelo de la realidad sobre la base en la cual decidirán cómo les conviene proceder. Los monos velvet son más sofisticados, pues tienen, por lo menos, tres tipos de gritos: uno indica “serpiente”; otro, “águila”; otro, “leopardo”. Se han grabado estas alarmas y luego se las han transmitido por altoparlantes, y así se constató que la manera de fugarse y tipo de refugio que escogen los velvet corresponde a las maneras distintas de protegerse de una serpiente, un águila o un leopardo. Los conejos son en cambio “pa-ranoicos”. No tienen tiempo de hacer interpretaciones; en caso de duda, disparan para ponerse a salvo. La evolución ha ido eliminando a los conejos-investigadores, que, en caso de duda, iban a averiguar qué sucedía.
Konrad Lorenz se ha hecho famoso por quedarse en cuclillas a observar gansitos que eclosionan de su cascarón y conseguir que lo siguieran por el terreno porque, por algún mecanismo biológico que opera en su cerebro, los polluelos lo tomaron como “madre”. Otro investigador tomó una muñeca de trapo, le puso dos botones a manera de ojos, le pintó una boca, y los bebés monitos comenza-ron a jugar con ella, luego deambulacomenza-ron por ahí. Pero ante un ruido extraño, una imagen que asomaba, un peligro, volaban a abrazarse de la muñeca. Vemos en estos ejemplos la dependencia de una figura cuidadora, protectora, confiable... o lo que ellos tuvieran por
“con-fiabilidad”, puesto que no se ve de qué manera podrían ser protegidos por semejante muñeca.
A las pocas semanas de nacido un gatito ya es capaz de subsis-tir independientemente de sus padres. Pero un bebé humano nace en cambio tan inmaduro que, así le pongan alimentos a mano, no alcanzará a ingerirlos y sobrevivir en ausencia de un criador. La de-pendencia es total. Pero hay más. Cuando en la época napoleónica se crearon en Francia los primeros orfelinatos, los niños pequeños rara vez alcanzaban a vivir un año en ellos, aunque se los alimen-tara. Morían de enfermedades banales, muchas de ellas infecciosas porque su sistema inmunológico no había madurado. Hoy se tienen evidencias de que dicha maduración depende del contacto humano durante la crianza. El monje Crescimbeni di Parma refiere que el rey Federico II del Sacro Imperio Romano Germánico, tomó criaturas recién nacidas y las hizo cuidar por nodrizas que tenían terminante-mente prohibido hablar con los bebés y entre ellas; sólo se les permi-tía asearlos y darles de comer. Las vigilaban soldados con la orden estricta de despellejarlas si llegaban a emitir sonido alguno. ¿Qué se proponía el rey? Quería ver qué idioma usarían los niñitos cuando se largaran a hablar, y averiguar así el “idioma de Adán y Eva”. No pu-do averiguarlo, porque las criaturas morían en muy poco tiempo. Los mataba la falta de crianza humana. En los barrios de mi niñez nunca faltaba algún sordomudo tonto. Curiosamente, se constataba que, si bien eran sordos, tenían las cuerdas vocales y todo el aparato de fona-ción aparentemente normales. Luego se comprendió que no hablaban porque eran sordos, que por dicha razón no habían desarrollado un lenguaje y que eran tontos justo por esa carencia. Estamos viendo, entonces, que el ser humano “nace verde” y, para madurar y que se habiliten sus sistemas, deben llegarles señales del exterior, como las que no tuvieron los niños del orfanato napoleónico, los del rey Fede-rico y los sordomudos de mi barrio. Prosigamos.
Si vemos en el cine que una víbora o una tarántula están por pi-car al protagonista, nos horripilamos. ¿Por qué? ¿Acaso nos evoca el recuerdo de haber sido víctimas de esos bichos alguna vez? No necesariamente. Es que tenemos cierta área de la corteza frontal del cerebro que nos capacita para ser consensuales. También la tienen
los monos. Si ven a otro mono comiendo o probando un alimento o rechazándolo con asco, reaccionan con una conducta análoga. Si se les destruyen las neuronas de dicha área cerebral (llamadas “neuro-nas en espejo”) no pueden hacerlo.
La realidad en que vivimos los humanos
De modo que con sólo ser homínidos ya somos creyentes, cultos y dependemos de una sociedad que ya existía antes de que fuéramos
individuos. Pero, por supuesto, nuestra especie supera todos esos lo-gros.
Las dimensiones de la realidad en que nuestra especie puede ha-bitar se ha vuelto maravillosamente vasta y heterogénea, de modo que sólo aquellos individuos con gran capacidad de hacer interpreta-ciones de lo complejo pueden sobrevivir. Los seres humanos somos capaces de ascender a la cima de una helada montaña, navegar en el fondo del mar, viajar a los fríos polos o a los tórridos desiertos, o bien orbitar el planeta en una nave espacial. Por supuesto, podemos encontrar allí otras especies biológicas, mas no una determinada en
todos los lugares: no hay loros en los polos ni peces en los desiertos. Podemos vestirnos, usar abrigos o recurrir al aire acondicionado de tal manera que nuestro cuerpo sea capaz de habitar mundos reales en los que de otra forma seríamos incapaces de vivir. Podemos habitar lugares oscuros de la realidad que nos rodea debido a que hemos inventado lámparas, y sitios carentes de agua porque hemos construi-do sistemas para transportarla a lo largo de cientos de kilómetros. También hemos extendido la duración de los alimentos cocinándolos y destruyendo las toxinas termolábiles o congelándolos y preserván-dolos durante las estaciones que fuerzan a otras especies a abandonar un hábitat determinado y emigrar a regiones más propicias. Podemos emplear mucha más energía que la que produce nuestro metabolismo porque sabemos cómo obtenerla de los ríos, de la combustión del carbón, de los vientos, de la desintegración del átomo. Hemos creado la civilización de modo que podemos viajar a otros continentes sin la preocupación de que en el tiempo que estemos ausentes nuestros vecinos devoren a nuestros hijos. Podemos trasladarnos a distancias de diez mil kilómetros de nuestro hogar con toda comodidad, debido
a que construimos aeroplanos y sistemas de comunicación que nos permiten reservar habitaciones en hoteles, mesas en restaurantes y localidades para espectáculos, y hemos inventado el dinero y las tar-jetas de crédito de modo que las personas encargadas de los hoteles o las que preparan la comida en nuestro lugar de arribo puedan sobre-vivir su realidad local gracias a nuestra necesidad o deseos de viajar. Es posible que sobrevivamos a un accidente gracias a transfusiones de sangre que donaron otras personas, a los antibióticos, a los pulmones artificiales y a las bombas que reemplazan nuestro corazón o nues-tros riñones. Podemos vivir una realidad increíblemente agrandada porque hemos aprendido cómo hacerlo; no es natural.
Nuestras “realidades” se han expandido y ocupan un espacio enorme, pero también se han propagado en el tiempo. Así hemos inventado la educación que nos permite aprovechar el conocimiento y la información obtenidos a lo largo de generaciones de personas que no se conocieron entre sí; podemos sistematizar, destilar y enseñar estos conocimientos a un alumno que resida en otro país, hable otro idioma y en un período histórico distinto. Podemos también modifi-car las realidades futuras, planear y construir una presa que abaste-cerá de agua y generará energía eléctrica en un plazo de cinco años y que modificará el clima, la flora y la fauna locales, aun en el caso de que esto llegue a resultar dañino. Luego, la capacidad de predecir de la ciencia moderna es tan grande y confiable que nos permite disparar un cohete que tomará fotos dentro de ocho años, en el instante pre-ciso de los anillos de Saturno. Comparemos esta capacidad científica de predecir con las religiosas, que aun siguen esperando un fin del mundo que iba a ocurrir hace dos mil años.
A medida que se expande la realidad en la que los seres humanos se capacitan para habitar, también se hace increíblemente más com-pleja y muchísimo menos determinista y predecible. De aquí que los centros nerviosos para obtener respuestas fijas y reflejos automáticos se fueron subordinando progresivamente a estructuras que pueden manejar numerosas variables al mismo tiempo, cada una registrada con cierto ruido parásito y error, que desarrollan modelos dinámicos y capean la ambigüedad. Es en este sentido que afirmamos que, para sobrevivir, los seres humanos han dependido siempre de su habilidad
para interpretar la realidad, pero ahora esta realidad no es la muy sencilla a la que un gusano debe adaptarse al adoptar una forma de vida latente y esperar a que mejoren las circunstancias. Para que resulte más tangible: cuando faltan nutrientes, el gusano Caenorha bditis elegans (tan sencillo que su organismo tiene menos de mil cé-lulas) altera su metabolismo y sencillamente se dedica a dormir. Los microorganismos que habitaban en el intestino de los mastodontes que quedaron congelados, aguardaron miles de años hasta que mejo-raron las condiciones y pudieron nuevamente activarse. Si tuviéramos esta cualidad, muchos de nuestros pueblos se dormirían hasta que un ministro de economía o un candidato en busca de votantes mejorara la situación y los despertara.
A los filósofos y humanistas de la antigua Grecia les agradaba suponer que los seres humanos aman el conocimiento, los cabalistas tenían urgencia de comprender los designios divinos y los psicólogos se refieren a un instinto epistemofílico. No discrepo con ellos, mas asumo que había algo más que un impulso primitivo que engendrara ese amor por la sabiduría: la habilidad de conocer es una estrategia biológica que capacitó a nuestros antepasados para sobrevivir y esta
presión selectiva nunca se ha desvanecido.
“El secreto de la victoria es saber de antemano”
Todo parece haber comenzado en cierto momento en que las va-riaciones climáticas transformaron bosques en praderas; nuestros antepasados homínidos no pudieron ya vivir en los árboles ni tras-ladarse saltando de rama en rama (en la pradera no abundan los árboles), se vieron obligados a caminar. Aquí podríamos tener en cuenta que los orangutanes de Sumatra también caminan sobre ra-mas suficientemente gruesas y horizontales, se yerguen y optan por marchar sobre ella abriendo y enarbolando sus brazos para mante-ner el equilibrio; pero no lo hacen como destreza de lujo, sino que el noventa por ciento de sus desplazamientos lo realizan de ese modo. Se bambolean y sólo parece faltarles castañuelas, pero así y todo no parecen haber sido precursores de nuestra bipedestación ni del baile
flamenco, pues nuestra estirpe no desciende de ellos. Los homínidos, de los que descendemos los humanos, tuvieron que vérselas, además, con otras circunstancias que los forzó a superarlas o extinguirse. Por ejemplo, tuvieron que competir con herbívoros que por millones de años habían ido perfeccionando características tales como cuernos, velocidad, ojos a los lados de la cabeza para poder observar a los depredadores o largos tractos intestinales dotados con enzimas selec-cionadas especialmente por la evolución para poder digerir celulosa. También había carnívoros seleccionados a lo largo de muchísimas generaciones con base en su fuerza, velocidad, garras, colmillos y sentido del olfato.
En tales circunstancias, algunos homínidos fueron seleccionados por su capacidad de evaluar una situación dada y escoger la mejor
estrategia posible. El organismo que puede recordar sus estrategias exitosas, dejar a un lado aquellas en las que compañeros desafor-tunados murieron y tomar en cuenta las tretas más inteligentes que siguieron sus compañeros en situaciones similares, tiene ventajas. Pero esto requiere una memoria amplia y versátil, capaz de alma-cenar recuerdos pasados e imitar. No resulta difícil imaginar que
el mismo acto de recordar –y recordar también qué causas fueron seguidas por qué efectos (cadenas causales)– depende de tener un
buen “sentido del tiempo” y saber valorar una duración: una
dura-ción que comprenda el efecto y la causa que lo precedió o una causa y las consecuencias que tuvo. Pero aquí empieza a jugar un papel la capacidad de decidir.
Los niños, lo mismo que los adultos, sobresalen en simular que
tienen un compañero imaginario y colocarse en los zapatos de un personaje de ficción en una obra de teatro, mientras permanecen conscientes de que su modelo es irreal... o no, pues el humano no siempre es capaz de distinguir ficción de realidad. Contaba el escritor Arturo Jauretche que a Lincoln, el pueblo de su infancia, llegaban actores a montar una obra, y los que representaban personajes crue-les debían cuidarse de que al día siguiente no los atacaran vecinos airados. El actor Humphrey Bogart, especialista en hacer papeles de duro, tenía gran dificultad para que luego la sociedad lo reconociera amable y cordial. Tan importante es el atributo de hacer modelos
di-námicos, que los seres humanos entrenan a sus hijos desde una edad muy temprana en el arte de jugar y simular. El recurso suele emplear-se terapéuticamente para que el paciente reviva y resignifique una escena crucial de su vida, y los computólogos se la pasan haciendo modelos de simulación para hacer coches aerodinámicos, embalses, representar accidentes viales.
Temo que mi opaca prosa no logre transmitir una idea del colosal poder que otorgan los modelos dinámicos. Por eso, antes de aban-donar el punto, conviene señalar que no se limitan a hacer modelos experimentales de la realidad, sino que la superan a tal punto que
podemos hacer experimentos mentales que no se podrían hacer en la realidad. Tomemos por ejemplo los Gedankenexperimenten.
Cuan-do desarrollaron la física moderna, los sabios se vieron en figurillas para hacer entender que no es la misma física clásica y cotidiana, sólo que en un nivel extremadamente pequeño de partículas subatómicas o fabulosamente grande de galaxias y de todo el universo. Por suerte, se hicieron maestros en realizar Gedankenexperimenten, es decir, experimentos que sólo se pueden imaginar, pero nadie podría reali-zar. Empezaron a aparecer los: “Supongamos que vamos sentados en un electrón a la velocidad de la luz...”, “Imaginemos que vamos en un ascensor que sube a 250 mil kilómetros por segundo...”, o to-mando ejemplos de George Gamow: “El señor Tompkins se durmió y comenzó a soñar que estaba en una ciudad relativista donde la velocidad de la luz era de sólo 10 kilómetros por hora...”. Y así apare-cieron el célebre gato de Schrödinger, selvas cuánticas, y muchachos que se daban una vuelta por el cosmos y, al regresar, constataban que el hermano mellizo, que no había viajado, tenía distinta edad. Pero no fueron los físicos cuánticos ni relativistas quienes comenza-ron con este tipo de experimentos irrealizables. Ya Arquímedes de Siracusa decía cosas como: “Dadme una palanca lo suficientemente larga y un punto de apoyo y moveré la Tierra”. Su experimento era impracticable, ¿de dónde sacaríamos semejante palancón? Pero aquel experimento mental le bastó para explicar su punto.
Ignorancia, pánico, sentimiento místico y religión
En situaciones críticas, en especial cuando es mucho el riesgo, por ejemplo, si peligra nuestra vida, podemos tener el sentimiento de que hay cosas importantes que se nos escapan. Este sentimiento perturba cuando tratamos de decidir si debemos colocarnos un marcapasos, adoptar un niño o seguir avanzando por un campo minado. Ninguna lagartija, ningún león, ningún mono ha tenido jamás que tomar tales decisiones. Asignamos a la razón la tarea de descubrir qué estamos dejando en la ignorancia, pero regresa con las manos vacías.
En las situaciones conflictivas invocamos todas nuestras faculta-des para que nos ayuden a resolver el problema. Nos concentramos, fumamos, tomamos café, caminamos, volvemos al escenario en bus-ca de pistas y de inspiración, seguimos trabajando o investigamos nuevamente nuestros archivos y los datos aún sin elaborar con que contamos. Podemos incluso recurrir a la “locura controlada”, un truco semejante al dejar que nuestro perro emplee sus facultades de
exploración mientras aún lo sujetamos con la correa; así dejamos que nuestra locura vagabundee mientras se halla sujeta por la razón. En apariencia, los seres humanos poseen también la habilidad de “en-quistar” la locura de modo que no contamine otras facultades, que se quede. Así, Jacques Lacan afirmó que James Joyce evitó enloquecer debido a que escribió su locura en sus libros Ulises y Finnegans Wake. Concebiblemente, cuando la ansiedad se hace insoportable, los cre-yentes pueden transferir su locura a la creencia en un dios.
Jugamos, exageramos y bromeamos. Las personas religiosas adop-tan actitudes hesicásticas, van en peregrinación a los lugares sagra-dos, entran en retiro para evitar interferencias, ayunan, toman alco-hol o ingieren alucinógenos, aguijonean sus sentidos oliendo incienso y propician cualquier cosa que en el pasado haya logrado suministrar indicios provenientes de la divinidad. Bajo estas circunstancias, cual-quier indicio puede ser atribuido a un mensaje enviado por “alguien” más listo y poderoso que nosotros, y que habita el “más allá”. Una persona con una necesidad extrema de comprender puede muy bien tragarse cualquier cuento, sin importar lo exótico que sea, siempre y cuando venga disfrazado de explicación, y esa “explicación” puede
no ser más que un rumor que cobra visos de certidumbre al volverla a escuchar. La mente tiene una suerte de palanca de cambios que, en cuanto le decimos a un niño “había una vez…” o nos dicen “se encuentran Bush y Mussolini en el Infierno…”, la pone y ponemos en la modalidad correspondiente. No es el reino del despropósito, pues podemos juzgar que el chiste es bueno, pero está mal contado.
Los cerebros no fueron seleccionados por su habilidad para hacer
ciencia, la hacen simplemente como un epifenómeno semejante al de no emplear un destornillador para ajustar un tornillo, sino como una palanca para abrir un frasco de mermelada. Quizá no sea posible emplear nuestro cerebro para entender el “más allá”, puesto que fue seleccionado durante la evolución para sobrevivir de este lado. Aún más, la ciencia no es una aventura exclusiva de la razón, pues ésta aparece en un estadio posterior para organizar las ideas, formalizar, demostrar e integrar nuestros descubrimientos dentro del cuerpo de conocimientos enormemente sistematizado que ya posee la ciencia. La razón interviene de nuevo cuando discutimos con colegas, árbitros y editores. Lo que distingue a un científico genial de un investigador mediocre no es la habilidad de usar cierto aparato, buscar bibliogra-fía, medir y demostrar, sino la originalidad, la habilidad de crear hipótesis totalmente nuevas. Es éste un proceso arcano que se inicia muy profundamente en el inconsciente y que ocasiona incomodidad con los modelos previos, como una forma inacabada de ideas o sen-saciones que se expresan en nuevas metáforas, metonimias, bromas, aromas, gustos, etcétera.
Los libros se encuentran repletos de ejemplos ilustres tales, como el de August Friedrich Kekulé (1829-1896), quien soñó con un grupo de monos bailando en círculos y tomados de la mano y serpientes que se mordían la cola, y al despertar propuso que los átomos del carbono componen de la misma forma la molécula del benceno. O tomemos a Otto Loewi, quien soñaba de vez en cuando y a lo largo de diecisiete años la manera de demostrar que los impulsos nerviosos pueden ser trasmitidos por mensajeros químicos; sin embargo, estos sueños se desvanecían al despertar y la respuesta lo eludió hasta que cierta mañana, diecisiete años después, ¡eureka!, recordó el sueño y, por su demostración del papel del mediador químico (acetilcolina),
le fue concedido el premio Nobel en 1936. Marcel Proust evocaba su pasado después de probar una magdalena mojada en té. Todos estos ejemplos comprueban la existencia del inconsciente creador que distingue al genio del investigador opaco. Richard Wagner estaba tan maravillado con su ópera “Tristán e Isolda”, que en una carta a Mathilde Wasendonk le confesó con toda humildad que su cabeza jamás hubiera sido capaz de tal hazaña. Henri Matisse se consideraba un médium entre su inconsciente y su mano de pintor. Erwin Schrö-dinger eligió la ecuación de onda entre varias porque le pareció la más bella. Arthur Miller explicó que “a mi, como a muchos creadores, me preguntan dónde se origina mi creación. Si lo supiera... ¡iría un poco más a menudo!”. John Lennon opinaba que para componer música hay que dejar escapar los demonios..., relajarse. Otros hacen justa-mente lo opuesto: se dan cuerda. No recuerdo ninguna canción de los Beatles en la que de pronto se estimulen: “Olé, ¡venga ahí, Ringo!”. Mi favorito es el cabalista español Joseph xicatila quien afirmaba sentirse más cerca de Dios e inspirarse durante el coito. Tengo para mí que lo debe haber pescado infraganti su esposa mientras trabajaba con alguna colaboradora, y ésa fue la primera excusa que se le ocu-rrió. Los alemanes hablan del Fingerspitzengefühl, dedos que “en-tienden” las cosas que tocan. Por supuesto, también contamos con la serendipia, por la cual algunos descubren, aparentemente por azar, algo que necesitan pero que ni siquiera estaban buscando. ¿Quién o qué los guió entonces? El Doppelgänger; lo explico:
La neurobiología tiende a mostrar que estamos en manos de un Doppelgänger. La demostración surge, por ejemplo, del siguiente mo-do: se registra la actividad mental de un corredor de 100 metros lisos con métodos incruentos. Suena el tiro y el atleta tarda unos 130 mili-segundos en encarrerarse, lo cual es lógico, porque la vibración de sus tímpanos, la transmisión nerviosa a su cerebro, los impulsos eléctri-cos y de mediadores químieléctri-cos que bajan a los músculos y la mecánica de los músculos de su cuerpo toman tiempo. ¡Pero recién reconoce estar corriendo casi 300 milisegundos después! ¿Quién tomó enton-ces la decisión de arrancarse corriendo? Respuesta: el Doppelgänger, un componente inconsciente muy amable, a juzgar por el hecho de que, tras poner al atleta a correr, tiene la amabilidad de avisarle para
que éste tenga la sensación de que lo ha decidido conscientemente. De modo análogo, un arpista no puede pensar “tocaré esta cuerda con el anular izquierdo mientras mantengo los demás dedos levantandos; luego, bajo el meñique de la mano derecha y el índice de ...”. Más le vale no inmiscuirse en la actividad de su Doppelgänger que es quien en realidad está tocando el arpa, la flauta o el teclado y los pedales de un órgano.
Investigar es un trabajo casi enteramente inconsciente. A nadie se le ocurre una idea, a lo sumo se le ocurre un esbozo, un veinte por ciento, nuestro colaborador lo toma, lo exagera, lo ridiculiza, le agrega otro veinte por ciento; por un momento recuerda cierto da-to, olvida ciertos otros que lo contradicen o asustan, se entusiasma con una posibilidad, menosprecia ciertas objeciones, en el ínterin la serendipia lo impulsa a releer cierto artículo de hace tres años, en el que justo hay un dato que cuaja con el modelo que se está fraguan-do, hasta que de pronto aparece la idea lo suficientemente elaborada como para que, ahora sí, la porción consciente de la mente pueda argumentar. Por supuesto, si a mi se me hubiera ocurrido que dos electrones con el mismo espín no pueden ocupar simultáneamente la misma órbita, se hubiera tratado de un chiste, un sin sentido. En cambio Wolfgang Pauli (1900-1958) estaba preparado para atrapar la ocurrencia y elaborar su famoso principio. Podemos entrenar a un discípulo para que tenga las tramperas adecuadas con que capturar las corazonadas del inconsciente, pero no le podemos enseñar a ge-nerar ideas originales, pues tampoco lo sabemos nosotros.
Por todas estas razones, en un pedido de subsidio podemos pro-meter que haremos tales y cuales estudios, pero no que se nos habrá de ocurrir una idea original determinada.
La fuente del “desafío”
Una de las características más patentes del desarrollo humano es el crecimiento enorme de su cerebro, sobre todo en los últimos dos millones de años, que corrió en paralelo con el desarrollo de sus habi-lidades cognitivas (véase Eudald Carbonell, 2003, 2005, 2007). Los
mecanismos que se han invocado para dar cuenta de este crecimiento son numerosos y debatibles, pero se advierte que la bipedestación, el tamaño cerebral y la capacidad cognitiva se concatenaron en un paso fundamental. Si el feto humano continuara siendo gestado hasta su completa madurez, de modo que a la semana de nacer deambulara por ahí, sería demasiado cabezón, habría problemas de parto y mo-rirían él y su madre. Pero la bipedestación hizo que naciera antes de término, por eso decíamos antes que “nace verde”, y esta aparente desventaja lo hizo sensible a la forma en que se lo cuida, cría, educa; como cuando compramos un “departamento verde” (en obra), po-dremos especificar el color de los azulejos del baño, la ubicación de ciertas ventanas, aunque ya no los detalles de la mampostería. Las especies que, por alguna razón, desarrollaron una masa cerebral más grande y modificable por la crianza y la razón, prosperan mejor. Así, los carnívoros poseen un cerebro proporcionalmente mayor que los herbívoros, porque “cazar” pasto es comparativamente sencillo dado que no tiene estrategias de fuga; en cambio para cazar un conejo hay que arreglárselas con su habilidad para escapar, eludir, camuflarse. Comparada con un zorro, la vaca es una boluda. En este sentido es bueno saber que el impetuoso crecimiento cerebral ocurrió a lo largo de la evolución del Homo sapiens que tuvo incluso un período de recesión: la Revolución agraria. No cuesta mucho aceptarlo: es como si aquella revolución nos hubiera transformado de zorros en vacas.
La raíz griega
Huxley señaló que “la historia de la ciencia no es otra cosa que una larga lucha contra el principio de autoridad”. Si durante sus
últimos años Einstein hubiera padecido de Alzheimer y proclamado que lo que había dicho acerca del efecto fotoeléctrico, la conversión de la materia en energía y la relatividad eran puras estupideces, nos hubiera causado un dolor atroz, dado que Einstein forma parte de la historia de la ciencia y sentimos enorme respecto y afecto por él. Pero su análisis de la difusión y del efecto fotoeléctrico, así como su famosa ecuación e = mc2, no habrían sido dañadas en absoluto,
dado que éstas nociones no se sostienen ni se colapsan en virtud de
la autoridad de Einstein, sino porque son apoyadas por una enorme
cantidad de razonamientos y evidencia experimental.
Uno de los colapsos más importantes del principio de autoridad ocurrió en la Grecia clásica de hace casi tres milenios. La sociedad estaba organizada en niveles jerárquicos. La gente pertenecía a uno de esos niveles y tenía que obedecer a quienes se encontraban por encima de él, y, a su vez, era obedecida por quienes se encontraban en un nivel inferior, de acuerdo con normas que no necesitaban ser vali-dadas mediante una demostración y que tampoco estaban abiertas a debate. Podemos hacernos una idea de aquella sociedad si pensamos en el coronel de un ejército moderno que le diera una indicación a un cabo y éste le respondiera: “Vea, yo creo que usted está equivocado, permítame plantearle una alternativa mejor”. Con la caída de aquel sistema y el desplazamiento de gente hacia las ciudades, los de ahí en más llamados ciudadanos enfrentaron el curioso problema de tener que gobernarse entre iguales, aunque los esclavos y las mujeres no contaran como iguales. Fue como si hubieran dicho: “¡Epa!, ¿quién manda aquí?” y se respondieran: “Aquel que nos convenza”. Se vie-ron entonces forzados a crear las “leyes del tener razón”: argumentar, comparar, convencer, disuadir, refutar e ir destilando opiniones. Con el tiempo, a partir de esta práctica se originó la filosofía, la democra-cia y los prolegómenos de la ciendemocra-cia moderna.
Si no se estaba compitiendo sobre la base de la fuerza del músculo ni el poder de las armas, se tuvo que ir forjando una ética que permi-tiera tener en cuenta la opinión del débil.
La raíz judía
Hace tres milenios y medio Egipto tenía una religión politeísta: los distintos aspectos de la realidad, tales como el Sol y la Luna, la lluvia, la agricultura, la muerte, estaban a cargo de dioses diferentes, cada uno especializado en lo suyo: Ptah, Ra, Shu, Geb, Osiris, Seth, Thot, Maat, Horus, Anubis. Uno de los faraones, Amenofis III (1417-1379 a.C.), no se preocupó mucho por la ortodoxia, al grado que se
casó con Tiy por su belleza, a pesar del hecho de que la muchacha era plebeya, transgresión seria en aquellos tiempos. Astilla del viejo madero, su hijo Amenofis IV (1379-1362 a.C.) se casó con Nefertiti, supuestamente una de las mujeres más bellas de la historia, cuya imagen se sigue usando en la actualidad para promover la venta de joyas y cosmética. Amenofis IV fue aun más negligente que su padre en cuanto a los procedimientos, ritos y asuntos públicos, y mostró poco respeto por aquella casta sacerdotal que vivía de regir los cultos a los dioses de un politeísmo ahora defenestrado. Bajo su égida las leyes fueron más laxas y la gente disfrutó cierto grado de libertad de expresión. En el año sexto de su reinado trasladó la capital del reino de Tebas a un lugar ahora llamado Tell-el-Amarna y levantó un tem-plo para adorar a Amón, el disco solar, que hasta entonces había sido una deidad menor. A continuación cambió su nombre a Akhenatón y creó una suerte de Santísima Trinidad en la que Amón era el dios oculto (deus absconditus), Ra, el visible dios Sol, y Ptah, su cuerpo, que pertenecía a la Tierra. La importancia creciente que el faraón Akhenatón confirió al dios Sol transformó la religión egipcia en un monoteísmo. A los sacerdotes no les cayó en gracia este nuevo orden, se rebelaron y subieron al trono a Tutankamón (1361-1352 a.C.) un joven de diecisiete o dieciocho años, que ha sido descrito como débil y maleable, quien restauró el politeísmo y persiguió a los monoteís-tas. Moisés –si es que existió un Moisés– fuertemente influenciado por el monoteísmo, entonces prohibido, condujo a los hebreos en su huida de Egipto al Sinaí. Sigmund Freud ha interpretado que Moisés podría haber sido un sacerdote monoteísta de Akhenatón privado ahora de sus derechos. Los fugitivos de aquella antigua Edad del Bronce se convirtieron en pastores que se regían por un decálogo de
mandamientos que, según afirmaba Moisés por boca de su hermano
Aarón, pues él parece haber sido tartamudo, les había sido dado por el mismo Jehová.
Al final de la Edad del Bronce las masas de esclavos hebreos, se-dientas, hambrientas y perdidas en el desierto del Sinaí, añoraron la comodidad de sus antiguos días de cautiverio en Egipto. Algunos de ellos, desesperados, recurrieron a sus antiguos dioses, erraron el ca-mino, y las insurrecciones se hicieron frecuentes. Pero los disidentes