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Los modelos interpretativos basados en la religión

In document La Ciencia Como Calamidad (página 78-112)

Los modelos interpretativos basados en la

religión son, por supuesto, los usados por la

casi totalidad de la población humana

“Good people will do good things, and bad people will do bad things. But for good people to do bad things – that takes religion.”

Steven Weinberg

¡Que ironía!, el modelo mental más reciente, avanzado y eficaz que tenemos para interpretar conscientemente la realidad es una cien- cia moderna que se abstiene de recurrir a variables místicas, pero ha sido generada por gente que creía en ellas. Puesto de otra forma: la ciencia moderna es un producto de la religión, punto de vista fácil

de admitir con sólo recordar que Descartes, Newton, Linneo, Lyell y Darwin daban por sentado que Dios había creado el universo e impuesto las leyes que lo rigen.

Un mundo lleno de señales

Cierta vez conversaba sobre la nada con el escultor argentino Li- bero Badii, a propósito de una pieza que él acababa de hacer. “Donde no hay nada… no hay nada”, dijo expandiendo sus brazos, como queriendo decir: “¡A quién se le ocurriría negarlo!”. Tomé entonces su radio portátil, que estaba en un rincón de su ordenadísimo estu- dio, la encendí, la ubique en medio de esa “nada” que Badii había abarcado y le fui haciendo escuchar breves fragmentos de un bole- tín informativo, un noticiero del Mercado de Hacienda de Liniers, un tango, una señora que daba recetas de cocina, una propaganda

comercial… “Esta nada –le aseguré– está pletórica de señales que nosotros no podemos captar, pero la radio sí.” Pero hay otras señales que ni ella ni nosotros podemos captar, porque hacen falta un radio- telescopio, un gato capaz de captar con su nariz el olor de la carne, un potro capaz de detectar las feromonas que exhala una yegua en celo o la nariz de un químico que diría que “han dejado destapado el frasco de ninhidrina”. Y no necesité abundar con rayos cósmicos, radiaciones infrarrojas y ultravioletas. ¿Por qué no las captamos? Porque no hicieron falta para que nuestra especie sobreviviera. A la selección natural le bastó seleccionarnos como Homo sapiens que oímos, vemos, olemos, tocamos, degustamos, somos sensibles a la temperatura. Por ahí, si el captar moscas al vuelo, como hacen los murciélagos, nos hubiera servido de algo, tendríamos también sonar o podríamos olfatear una gota de sangre en el mar a cincuenta metros como hacen los tiburones; pero se ve que no hizo falta.

Pero el párrafo anterior encierra una imprecisión: oír, ver, oler, sentir al tacto, gustar, captar la temperatura son sentidos predomi- nantemente inconscientes, que de pronto pueden transformarse en conscientes a voluntad cuando una mujer llega a preguntarnos: “¿Te gusta mi nuevo perfume?” o “me parece que nuestro hijo tiene fie­ bre; tócale la frente”, sobre todo cuando se intensifica la señal o denota algún peligro y conviene que decidamos qué hacer: “Algo se está quemando; a ver…, silencio, me parece que tocan el timbre; huelo a gas…, debe de haber una fuga”. Cada día la ciencia entien- de que debe de haber tales y cuales señales, las cuales no captamos

conscientemente, las busca o, mejor dicho, construye aparatos ad hoc para captarlas y…, ¡ahí están!

Con todo este palabrerío quisiera señalar dos cosas. La primera es que con la información que las señales provenientes de la realidad- de-ahí-afuera aportan a nuestros sentidos, la mente produce modelos imaginarios dentro de nuestra propia cabeza. Sentimos mucho cariño por estos modelos mentales, porque son los que usábamos antes de dormir cuando comenzaban a relatarnos el “había una vez una niña cuya abuelita vivía del otro lado del bosque…”, y ahí nomás produ- cíamos una chiquilla, un bosque mental, una casa lejana habitada por una abuela y las íbamos complementando y haciendo pasar por

las peripecias de la narración: una caperucita roja, una canastita, cierta desobediencia, un lobo capaz de hablar, a quien aceptábamos sin conflicto intelectual alguno.

Esa suerte de endo-televisor otorga ventajas, porque nos permi- te imaginar alternativas peligrosas para evitarlas y oportunidades promisorias para aprovecharlas (“no vayas por el camino del bos­ que”). Esa capacidad de escoger nos hace extremadamente eficaces. La gente que por herencia biológica o transmisión educativa puede dotarse de nuevos y mejores televisores mentales imagina mejor, evita más contingencias peligrosas y aprovecha más oportunidades. Van perfeccionándose nuevos modelos, cada vez más versátiles y pode- rosos.

Nuestra conducta está fuertemente influida por señales de la rea- lidad que por momentos nos obligan a hacer cosas sin que medie ne- cesariamente nuestra comprensión ni nuestra ética. Recordemos que, dijeran lo que hubieren dicho en su momento los sesudos estadistas y estrategas militares, muchas campañas y guerras de la antigüedad han estado motivadas, en último término, por el acceso a la sal y al agua potable. El cloro y el sodio son de absoluta necesidad para mantenernos vivos, sin embargo eran dos elementos absolutamente desconocidos en época de los romanos. No importa: así y todo sabían que era imprescindible darle un salarium a sus militares. El hambre,

la simple y terrible hambre, ha provocado rebeliones de andrajosos, motines de prisioneros, caída de reinos, ataques, invasiones y, en ocasiones, ha presionado la moral a tal punto que el ser humano ha llegado a comer carne de sus propios camaradas que acababan de fallecer. Para cuando hubo filósofos que se pusieran a meditar sobre la ética, su biología ya había recorrido caminos muy largos, arcanos e irreversibles.

Ya me he referido también a que hemos sido seleccionados por ser creyentes. Con base en esta capacidad tragamos las píldoras con cloranfenicol o indometacina recetadas por el médico, cuya farmaco- dinamia desconocemos o le permitimos –le pagamos para ello– que abra nuestra barriga y nos corte medio metro de intestino; él sabe, nosotros creemos y confiamos (“fiamos-con”, tenemos fe).

¿Qué hemos hecho con esas creencias? Una flecha que apunta a la muerte

Cuando leemos las obras de Edgard B. Tylor, James G. Frazer, Sigmund Freud, Émile Durkheim, Edgard E. Evans-Pritchard y Mir- cea Eliade, admiramos los profundos esfuerzos de estos pioneros que, para entender por qué y cómo fueron apareciendo tantísimos modelos místicos, anduvieron recorriendo las comarcas más remo- tas, hambrientas y desarrapadas de la Tierra, porque consideraban que estaban visitando pueblos primitivos, o sea, daban por sentado que lo que veían era una biopsia de cómo hemos sido nosotros –los que hemos ido a una universidad– hace diez o veinte mil años. He aprendido de ellos, pero luego mi entrenamiento en evolución me ha ido pintando un escenario un tanto distinto de cómo habrán nacido y siguen naciendo las religiones. En este libro no necesito la descripción de las religiones que hacen sus propios adeptos. No me interesa tanto qué creen los obispos, cuanto por qué llegaron a creer de ese modo… y por qué razón se mantienen en sus trece.

Espero que el lector recuerde aquí la analogía de los tres ajedrecis- tas. Llegó un momento en el que el largo de “la flecha temporal” que dominaban los Homo sapiens, así seleccionados, se hizo suficiente- mente larga como para permitirles percatarse que había un futuro en el que habrían de estar muertos. Viendo al carnicero meterse entre las ovejas a coger una y carnearla y, advirtiendo que las otras simplemen- te se corren a un costado y siguen pastando, uno se siente autorizado a suponer que esos bichos carecen de una flecha temporal que les permita hacerse el modelo: “¿Y qué tal si mañana me mata a mi?”. Como el ser humano sí puede extrapolar, pero no sabe absolutamente nada de la suerte que le espera, la muerte se constituye en la mayor de todas las ignorancias; es justamente en ese momento en que falla la herramienta evolutiva por excelencia del ser humano, conocer, pues

resulta inútil para resolver esa tiniebla. La muerte nos sume entonces en la más negra de las angustias. Pero aquí sale a relucir otro atributo: el de ser creyentes. La sociedad puede ahora calmar estas angustias con “explicaciones” que han venido desarrollando las religiones (“si cumples estos preceptos y ritos vas al cielo, de lo contrario…”), con las que logramos mitigar la terrible zozobra que causa la muerte.

Nuestro organismo y el de las ratas y de los monos funcionan en forma muy parecida cuando reaccionan con disgusto, temor, compasión, apetitos sexuales. Estas reacciones influyen para darle forma tanto a sus decisiones como a las nuestras; es más, dependen de las mismas estructuras cerebrales y de los mismos mediadores si- nápticos; de manera que nuestras reacciones no reflejan únicamente nuestra cultura. Hay entonces una filogenia sensorial, semejante al desarrollo de las patas, aletas, alas, cola. Como hemos visto, hasta los mismos monitos y gansitos dependen de figuras protectoras, alimen- tadoras, que, en general, cumplen los padres, pero que hasta pueden ser sustituidos por muñecas de trapo y zoólogos desplazándose en cuclillas (el famoso caso de Konrad Lorenz).

Por eso ciertos campos de la mística y las creencias están siendo invadidos por neurobiólogos que relacionan los efectos producidos por alucinógenos, usados ceremonialmente, con figuras grabadas en las paredes de edificios neolíticos, con experiencias mentales de pacientes rescatados del borde mismo de la muerte. Los científicos llegan a hacer experimentos, entre los cuales recordamos los monitos que “creen” (o lo que en los monos equivalga a creer) que tienen un “personaje cuidador” y “proveedor de alimentos” al que acuden con premura en cuanto algo los asusta. Los manicomios están poblados con pacientes que oyen revelaciones, ven aparecer deidades y se ase- mejan en mucho a personajes a los que antes se subía a los altares y a quienes aún se les acredita la capacidad de conseguir empleo, novios, curar enfermedades. Y así como a fuerza de estudiar los cie- los, los científicos acabaron con una suerte de historia natural de las estrellas, conociendo la evolución de conductas animales, creencias ancestrales humanas, religiones y relaciones con el poder, los antro- pólogos, arqueólogos y neuropsicólogos van dibujando una historia natural del misticismo y de las religiones.

Surge algo que aún no entendemos y que llamamos “sentido”. Cuando era instructor de aquella cátedra de Fisiología que me desvió de ser médico a convertirme en un investigador profesional, solía tomar un sapo, acostarlo cuidadosamente sobre el lomo hasta que en segundos el bicho quedara atónito con sus patas tiesas en el aire. ¡Después de millones y millones de años, el medio (yo) lo sometía a

un mundo incomprensible, una realidad invertida a la que su cerebro no le encontraba el menor sentido! Se quedaba pasmado hasta que le tocaba una pata y el bicho se decía “hacia ese costado encuentro apoyo, saltemos” y, ¡sorpresa!, se enderezaba. También los hombres primitivos iban encontrando alternativas, entre las cuales aparecían por ahí algunas a las que no le encontraban el menor sentido, hasta que se veían tentados a hacer suposiciones portentosas, digamos, por ejemplo, que existían deidades. Y entonces se ponían a generar dioses y demonios, como cuando de niños imaginábamos lobos feroces y dragones que echaban fuego por sus fauces. Con el paso de las gene- raciones esa manera de modelizar fue evolucionando, hasta que de pronto surgió una nueva manera de interpretar, la ciencia moderna

que prescinde de los dioses, no los usa, no les atribuye papel alguno en sus explicaciones, prefiere modelos laicos. El drama deriva de que sólo unas pocas personas (los científicos) han podido acceder a la última etapa o quizá sería preferible decir “nivel”.

Cuando por fin aparece la consciencia sobre la faz de la Tierra, el ser humano constata que su capacidad de crear montañas, soles, estrellas, pájaros y monos es nula, de modo que es natural que cuan- do la sociedad le asevere que los ha creado Dios lo acepte sin chistar. Es más, acaso ni siquiera necesitan decirlo formalmente, porque, como venía diciendo, la cultura está impregnada, es una argamasa

de fantasías místicas, y la noción andará flotando por todos lados, adoptando mil formas distintas, y él las va a incorporar como la degluten los niños: por el contexto y sin siquiera percatarse. Luego, aceptar que un modelo mental y la-realidad-de-ahí-afuera son dos cosas correlacionadas, pero distintas, requiere cierto entrenamiento formal en filosofía a la que la enorme mayoría de la gente no tiene acceso; dan por sentado que lo que ven, oyen, huelen, tocan e inter- pretan es la realidad.

El hombre suele ver personajes exóticos y deidades en sueños. Así como para ver a cierto funcionario importante hay que solici- tar entrevista, cumplir un cierto protocolo, que puede llegar a ser sumamente elaborado en el caso de presidentes, reyes y obispos, y para ver el valle del otro lado de la montaña hay que treparla, de manera análoga para ver deidades a veces es necesario tener ciertos

sueños, ayunar o comer algún hongo alucinógeno, marearse ex pro- feso girando por horas o fumar algún cigarro descomunal y espan- toso. Jorge Luis Borges y muchos pensadores antes que él estaban maravillados por situaciones en las que alguien sueña un personaje y, cuando despierta, se pregunta si, a lo mejor, él mismo no será un personaje onírico que está siendo soñando por un tercero. En este sentido, aconsejo recurrir a su cuento “Las ruinas circulares”, porque aun en el caso de que no se capte el argumento, se leerá así y todo una narración de primer orden.

Hay otras características de la capacidad de interpretar que tam- bién vale la pena recordar aquí: En primer lugar, (1) las interpreta- ciones están sometidas a una evolución, y la transición a cada nueva manera de interpretar (animismos → politeísmos → monoteísmos) implica un poderoso salto intelectual. Por ejemplo, el paso de los ani- mismos a los politeísmos requiere cierta capacidad de ordenar, hacer una suerte de taxonomía con fenómenos y deidades, por ejemplo, todo lo que sea del mar lo domina Poseidón, del cielo Urano, de los vegetales Ceres; (2) aunque haya personas que de pronto se convier- tan a una religión, los cambios de la visión del mundo de toda una sociedad toman varias generaciones. Recordemos el trabajo que le dio a Jehová combatir entre los hebreos la creencias en dioses egipcios. “No tendrás a otro Dios más que a mi.” Recordemos también la eli- minación física de herejes y toda forma de persecución religiosa; (3) las religiones generan instituciones intrincadas con el poder, aparecen intereses extrarreligiosos (obispados, púrpuras cardenalicias, bienes, territorios, pactos estratégicos con los políticos; el “París bien vale una misa”) y no son muy misericordiosas con quien se los dispute; (4) como corolario, en un momento dado coexisten distintos credos, de la misma manera que algunos tienen coche último modelo y otros un cacharro de hace veinte años; (5) ¡por qué extrañarse de dicha coexistencia de modelos en los diversos sectores de la sociedad! Una misma persona puede atesorar las distintas maneras de interpretar,

que se evidencian en diversas edades, momentos del día y circuns- tancias. Juanito, bebé de dos años, se ha dado un cabezazo contra el borde de la mesa y llora desconsoladamente. El padre lo consuela: “¡Mala la mesa que le ha pegado a Juanito!, ¡vamos a castigarla!,

¡toma, toma!”. Ambos le pegan a la mesa y el niñito se apacigua. El niño es animista, el padre finge serlo.

A lo largo de miles de años las religiones se fueron especializando en apaciguar casi todas las necesidades espirituales humanas, entre las que recordamos el sentido de la vida (el mundo al derecho del sapo), las angustias de pasaje a la pubertad, matrimonio, adultez, senectud y, sobre todo, hacia la muerte. Como la ciencia sólo se ocupa de lo que va capacitándose para entender, deja en el aire muchas de esas necesidades humanas perennes. Las religiones siguen entonces teniendo una función, por lo menos, para el grueso de la humani-

dad. Los científicos estamos acostumbrados a desechar una noción errónea en cuanto nos demuestran el error. No recuerdo el nombre del matemático ni cuál era el número (llamémoslo xxxxxx), pero sí que hasta cierto momento se aceptó que xxxxxx era un número primo (sólo divisible por 1 y por sí mismo). Entonces, en un congre- so, cuando al matemático de marras le tocó presentar su trabajo, fue hasta el pizarrón y escribió abjn multiplicado por kvs es igual a xxxxxx y chao, se fue a sentar. En ese momento y para toda la audiencia y la posteridad, se acabó el mentado “número primo”. Las creencias religiosas y los ritos basados en ellas no tienen una cinética tan vertiginosa.

Las provisorias ventanas infantiles

Los neurobiólogos descubrieron que cerrarle un ojo a un gatito recién nacido durante unas cuantas horas hace que el ojo quede ciego para siempre. Del mismo modo, los niños que nacen con cataratas quedarán ciegos si éstas no se les extirpan antes de que cumplan dos años. El término “ventana” alude a que sólo permanecen abiertas durante cierto período temprano de la vida, que corresponde al ca- bleado de esos circuitos neuronales.

Tomadas en conjunto, ventanas, señales e impresiones, nos indi- can que las experiencias tempranas ejercen un impacto profundo en la crianza y la educación, y condicionan a los niños a creer en mila- gros, ángeles, fuerzas satánicas y demonios que los secuestran cuan-

do cometen alguna falta leve (por ejemplo, no se duermen), ideas que pueden dañar en la adultez la capacidad de adquirir el razonamiento sistemático “a la científica”. Dado este triste escenario debemos re- cordar que en numerosas esquinas de las ciudades del Tercer Mundo existen familias de pordioseros cuyos numerosos hijos piden limosna, limpian el parabrisas y venden chicles entre los autos, mientras los menores simplemente duermen acurrucados casi las veinticuatro ho- ras durante la mayor parte de su temprana infancia, con sus ventanas de la oportunidad cerradas, es decir, mientras se les va tullendo el cerebro.

Los neurobiólogos están bien convencidos de que han sido ellos quienes encontraron dichas ventanas. Discrepo. Fueron los religio- sos. Por eso insisten en que se los ponga a cargo de las Secretarías de Educación. La gente que padece cáncer demanda a las compañías tabacaleras debido a que, a pesar de que sabían que el tabaco puede producir cáncer, seguían vendiendo su producto. Podemos imaginar que en un periodo de treinta años podría darse una avalancha de per- sonas que, así como hoy llevan a la corte a sacerdotes que abusaron de ellos en la niñez, lleven a juicio a sus ex ministros de Educación que permitieron a los maestros religiosos que distorsionaran los progra- mas racionales durante su niñez mediante el ruido supersticioso, les cerraron sus “ventanas de oportunidad” y quedaron, en consecuen- cia, condenados a ser ciudadanos subdesarrollados.

Después de estudiar muchas creencias, P. Boyer cree detectar que todas ellas dependen de lo que llama un “optimum cognitivo”, una

combinación de creencias intuitivas y contraintuitivas. D. Sperber siguió en el mismo sentido. Habla de “ideas a medio entender” y da como ejemplo la Santísima Trinidad, el hecho de que no esté claro (para el creyente) si Jesús era humano o divino, o de si Dios es o no todopoderoso (si lo es, ¿por qué existe el mal?, ¿se trató de una chapu- cería durante la creación?, ¿podría llegar a contrarrestar al diablo?). De ser así, entender imperfectamente sería, con toda probabilidad, un

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