Carlos Ballesta
El hombre del Emperador
Diego Hurtado
Diego Hurtado de Mendoza. El hombre del Emperador.
© Carlos Ballesta
© De esta edición, Almed, 2013 Imagen de portada:
Los venecianos conquistaron Padua. Jacopo Negretti, 1578.
Sala del Maggior Consiglio. Palacio Ducal, Venecia. Imagen de guardas: Adaptación de una nómina fechada en 1551, atribuida a Fernando Brandao.
Editorial Almed
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A Eva, Arman y Ari, recordándoles que por encima de las religiones y los países están la lealtad, sinceridad, honor y comportamiento de las personas, de las que el protagonista de esta novela es un modelo.
I Ante el Emperador ... 11
II Lázaro ... 19
III En busca de los orígenes ... 33
IV La misión ... 50
V Daroca ... 58
VI Mirambel ... 72
VII Maestrazgo, tierra del Temple ... 92
VIII El convento de Mirambel ... 126
IX Camino de Trento ... 138
X Narbona... 146
XI Génova ... 156
XII Cambio de planes ... 167
XIII Venecia ... 173
XIV Roma ... 183
XV La Conspiración ... 200
XVI Regreso a España ... 213
XVII En la Corte ... 227
XVIII En busca de Brandao ... 239
XIX El destierro ... 252
XX Granada ... 256
XXI La Sublevación ... 256
XXII Guerra Abierta ... 276
Notas históricas ... 284
11
ANTE EL EmpErAdor
Ante el Emperador
E
ntró don Diego Hurtado de Mendoza a la antesala del palacio, donde había sido citado por el emperador Carlos, sin saber aún el motivo. Dos caballeros más y un clérigo, esperaban su turno para ser recibi-dos en audiencia. En un rincón, sentado en un sillón de nogal oscurecido por los años y desgastado por el roce, se encontraba uno de ellos, rica-mente vestido. Era de su misma edad, de piel oscura y pelo negro, en el que asomaban las primeras canas. Tenía unos labios carnosos que deja-ban entrever una blanca y cuidada dentadura, inusual en aquella Castilla del siglo XVI.Al cruzar sus miradas, los ojos negros y profundos del desconocido, trajeron a la memoria de don Diego un nombre, ¡Abdul!
—Ab… —fue a pronunciar. Se detuvo, y lo miró fijamente… Era él, estaba seguro, pero ¿qué hacía allí?
—Excusadme, soy don Diego Hurtado de Mendoza —el caballero esbozó una sonrisa, mientras asentía con la cabeza.
Era él, recordaba esa expresión… No podía ser otro; ¿pero qué haría allí?, se volvía a preguntar, sorprendido. Aquel hombre, recomponién-dose en el sillón, le dijo:
—Soy Lázaro, Lázaro de Tormes; comerciante de Valladolid —dijo, mientras una alegría contenida hacía brillar sus pupilas.
Estas palabras hicieron que don Diego se estremeciera de emoción y felicidad. Cuando se disponía a preguntar, observado por el clérigo y el tercer caballero que ocupaban la sala, su viejo conocido le aclaró:
12
El hombrE dEl EmpErador
Aquellas palabras lo confirmaban. Se trataba de probar que no exis-tían antecedentes de sangre judía o árabe en varias generaciones. Lo uti-lizaban las familias ricas del siglo XVI para protegerse de acusaciones de ser moros; o judíos. Además, el título de hidalguía les permitía a ellos y a sus descendientes, acceder a cargos de función pública.
Don Diego no respondió, su boca quedó prudentemente sellada, mientras su mente volvía a su infancia, a unos años que marcaron su vida y su historia.
Lo recordaba con precisión… Algaradas en la calle, gritos ininteli-gibles que se aproximaban al palacio. Era uno de los criados de su pa-dre, don Íñigo López de Mendoza, segundo conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar, máxima autoridad militar en la Granada recién conquistada. Diego se encontraba reunido con sus hermanos en uno de los patios de la Alhambra, donde había nacido, cuando detenidos en el juego por la algarabía que creaba aquel hombre, escuchó:
—¡El Albaicín! ¡El Albaicín está revuelto! Se dice que se ha suble-vado…
El Albaicín era el barrio árabe de la ciudad recién conquistada, más de treinta mil personas lo habitaban en aquel momento.
Ante la atenta mirada de los niños, el criado desapareció tras las puertas de la sala donde se encontraba el Capitán General de Granada. Él sintió miedo, miedo por las palabras de sus hermanos mayores.
—¡Habrá guerra! ¡Habrá guerra! Y yo acompañaré a padre contra los moros —gritó su hermano mayor.
Pronto se supo que era cierto, que el Albaicín estaba revuelto; era la inevi-table respuesta a la orden de Cisneros. Aquél clérigo, ambicioso y déspota, había conseguido que los Reyes Católicos destituyeran al cardenal Talavera «el santo alfaquí», como le llamaban los musulmanes del barrio sublevado, colocándose él como máximo responsable de la diócesis granadina.
La orden era tajante: «cada una de las familias del Albaicín deberá entregar en el plazo de dos días un Corán, el libro sagrado de los mu-sulmanes, so pena de cárcel o muerte». Estos serían quemados frente a todos los conversos como muestra de que no se toleraba el Islam en el Reino de Granada.
Contra su voluntad, los musulmanes, una familia tras otra, habían en-tregado más de siete mil libros sagrados, desconociendo su destino final. Los imanes y alfaquíes de las mezquitas del barrio lanzaban desde los mimbares soflamas contra el profanador del libro sagrado.
I
1. El Emperador Carlos V con el bastón,
II
III
4. Casa familiar de los Hurtado de Mendoza en Guadalajara (Palacio del Infantado).
5. Patio de los leones en el Palacio del Infantado, construido en 1470 sobre las antiguas casas que tenía allí el Marqués de Santillana.
IV
6. Grabado de la Alhambra desde el mirador de San Nicolás en el Albaicín (Granada).