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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

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Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe www.virgendeguadalupe.org.mx

Versión estenográfica de la

Homilía pronunciada por el Pbro. Marco Delgado, Vicario de Pastoral, Párroco de la Parroquia del Perpetuo Socorro en Chetumal, Quintana Roo, en ocasión de la peregrinación de la Prelatura de Cancún-Chetumal a la Basílica de Guadalupe.

26 de julio de 2016 Antes de hacer la reflexión sobre el Evangelio, la homilía, quisiera yo darles un saludo de nuestro Obispo Mons. Pedro Pablo Elizondo, quien en estos días se vio ante la difícil decisión de estar aquí con todos nosotros, como cada año lo hace o aceptar una invitación a participar en la Jornada Mundial de los Jóvenes en Polonia. Bastante difícil la decisión de Mons. Pedro Pablo, verdad, porque esto es parte de su ministerio, pero también una invitación de esa manera es difícil rechazarla; porque además pone en alto el nombre de nuestra Prelatura de Cancún-Chetumal porque va a compartir una reflexión con los jóvenes y ciertamente un obispo joven, como el nuestro, se le da esa oportunidad y hay que aprovecharla.

Por eso en esta ocasión no contamos con su presencia, pero sí con su oración. Él desde ahí está presente, con su oración fortaleciéndonos en este momento. Por lo que les pido en un momento de silencio también hagamos una oración por nuestro Obispo Pedro Pablo por esta oportunidad que le da nuestro Señor de estar en una celebración de esta magnitud dejando en alto el nombre de nuestra iglesia particular.

Oremos por él…

También, quien desde hace muchos años nos acompaña en esta peregrinación, que supongo yo hubiera querido estar ahora, pero lo sabemos su edad, su salud de Mons. Jorge Bernal Vargas le impide estar en este momento con nosotros, muchos años nos acompañó. Hoy sentimos su ausencia, pero también sabemos que en la Iglesia del Sagrado Corazón, donde ha pasado parte de su vida, ahí está también en oración por nosotros y por lo mismo hay que corresponderle y hagamos también por él un momento de oración…

Y con la exclamación de la Virgen Santísima, en este evangelio que acabamos de escuchar, Dios que se digna a mirar la humildad de su esclava en esta ocasión, se ha dignado a mirar la indignidad de este siervo suyo y por medio de Mons. Pedro Pablo me ha pedido presidir esta celebración eucarística de la peregrinación de nuestra Prelatura de Cancún-Chetumal.

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Y aquí estamos no por méritos propios, sino simple y sencillamente por gratuidad, porque para nosotros todo es Gracia de Dios. Y sé que no lo merezco, pero que también tengo que ser dócil a la voluntad de Dios y por acepté este detalle que nuestro Dios y Mons. Pedro Pablo han tenido conmigo. Como reza aquel cantito, verdad, hoy puedo proclamarlo a voz en cuello.

Que detalle Señor has tenido para mí, porque me llamaste, me pediste y me diste esta oportunidad.

Acabamos de escuchar el Evangelio en el que María sale presurosa al encuentro de Isabel, a servirle, a llevarle la Buena Nueva. María es la primera misionera, es Ella la que lleva a Isabel el anuncio de la Buena Nueva del Mesías que ya está entre nosotros. Un Buena Nueva que va complementada con el servicio, con la disponibilidad a atender a esta otra mujer que está necesitando en ese momento de apoyo y ayuda. Ahí está María presurosa, dispuesta a hacer lo que hizo siempre, lo que ha hecho siempre y lo que seguirá haciendo siempre: servir y ayudar.

Ciertamente, en la proclamación del Magníficat se hace llamar esclava del Señor, pero lo sabemos se hace esclava también de todos nosotros, a disposición, al servicio de cada uno de nosotros. Y así como caminó presurosa al camino con Isabel, así camina presurosa al encuentro con cada uno de nosotros en nuestro país, en nuestro México lindo y querido, a quedarse con nosotros, a ser parte importante y fundamental de nuestra historia de México. No se puede hablar de la historia de un país tan grande y tan noble como el nuestro sin hablar de la Virgen María de Guadalupe. Ella viene a visitarnos, se queda con nosotros, viene a traernos ese mensaje de salvación, como lo muestra en la imagen en la que ha decidido quedarse. Ahí una mujer en cinta nos trae la Buena Nueva también a nosotros como Isabel: Éste es el Salvador,

Éste es el Rey de reyes, Él es Dios. Nos lo trae, nos lo anuncia, a eso viene a

quedarse con nosotros, pero también con Isabel no sólo le lleva la Buena Nueva, sino viene a ponerse a nuestro servicio, a ser nuestra esclava. ¿Qué quieres que yo haga por ti? Cuántos milagros, cuántas gracias, cuántas bendiciones logradas en tantos y tantas familias, en tantos y tantos hogares, no sólo de nuestro país, sino de otros muchos países.

Tantas gracias y bendiciones conseguidas por la intercesión de María de Guadalupe, la Madre del Señor por quien se vive. Ella, pidiéndole a su Hijo, a nuestro Dios, tantas necesidades de cada uno de nosotros y ha logrado hacer brillar y resplandecer muchísimos hogares nuestros, por eso estamos acá; porque queremos rendirle un merecido homenaje a nuestra Madre Santísima, por eso estamos acá porque queremos hacerle sentir nuestro cariño, su amor filial, ese amor de hijos que reconocen en Ella la Madre del Cielo, nuestra Madre, esa Madre que Jesús nos deja ahí al pie de la cruz, porque en Juan estamos todos.

Venimos a visitarla para rendirle un merecidísimo homenaje, a cantarle, a rezarle, a hablar con Ella y decir todo lo que hay en nuestros corazones. Estamos aquí para rendirle este homenaje a María de Guadalupe.

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Pero también lo sabemos, y Ella misma lo sabe, venimos con nuestras tilmas llenas de rosas de castilla con muchas intenciones. Muchos de nosotros venimos así como Juan Diego en ese encuentro con María con una tilma llena de deseos, de sueños, de ilusiones, de peticiones. Cada uno de nosotros tiene ahí en su tilma y en su corazón tantas rosas de Castilla con nombres.

Cuántos de nosotros al salir de viaje, y los demás al enterarse que estaremos aquí a los pies de María de Guadalupe, se pusieron en nuestras oraciones, se encomendaron a nuestras oraciones. Y nos dijeron reza por mí, por mi familia, por mi enfermo, por mi amigo, por mi necesitado, pro mi hermano, por mis padres. Y aquí estamos con esa tilma llena de intenciones, llena de bendiciones, llena de deseos, llena de peticiones y ponerlas a sus plantas, que nos haga el milagro.

Y así como esas rosas de Castilla, en aquel momento, tendidas a los pies de Santa María de Guadalupe nos dejó su imagen plasmada en la tilma de Juan Diego. Poner ahí, a sus pies, nuestras rosas de Castilla, nuestras ilusiones, nuestras esperanzas, nuestros deseos, todas nuestras peticiones para que Ella las recoja y se las presente al Padre. Y todas ellas pueden ser transformadas en bendiciones abundantes, para cada uno de nosotros.

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Por eso estamos acá, porque confiamos y

esperamos en Ella y que por su intercesión se consigan esas bendiciones, esos anhelos que hay en lo profundo del corazón.

En un momento de silencio cada uno de nosotros ofrezca a María su rosa de Castilla. Cada uno de nosotros haga un momento de oración por aquellas intenciones de toda nuestra Prelatura de Cancún-Chetumal, por todas nuestras familias, de todas nuestras parroquias, de todos nuestros hogares y ponerla ahí en la tilma de Juan Diego para que él se las presente a María y nos conceda esta gracia.

Hagamos nuestra oración personal en silencio…

María de Guadalupe le dice a Juan Diego: quiero que aquí se me construya un lugar, una casa, un hogar y ahí agradecer la bendición de Dios. Y de alguna manera constituye así María a Juan Diego un constructor. Estará él ahí vigilando y pendiente de que se vaya poniendo piedra sobre piedra para construir esta hermosa iglesia en honor a la Virgen de Guadalupe donde hace muchísimos años mostrándonos su gracia. Y si nosotros hemos puesto también ahí nuestra flor, nuestra rosa. También el Señor por medio de María de Guadalupe nos invita a ser constructores.

Recordemos que estamos construyendo una iglesia joven en marcha misionera. Una iglesia joven en marcha misionera como es lo es nuestra Prelatura de Cancún-Chetumal y que cada uno de nosotros tenemos ser artífices de esa construcción. Nuestra iglesia es joven y necesita de la mano de cada uno de nosotros para seguir construyendo esa iglesia. Y así, como a Juan Diego, hoy María de Guadalupe nos invita a ser constructores, a seguir construyendo esa iglesia joven en marcha misionera. A construir nuestro

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Seminario Mayor no sólo en edificio, sino con la promoción de las vocaciones sacerdotales, hacen mucha falta tantos y tantos sacerdotes a los que a veces el diácono o el ministro están ayudando para dar la Palabra de Dios. Nosotros somos los constructores de ese Seminario Mayor. Como reza en la oración por el Seminario Mayor, con la instalación también con nuestro apoyo económico. Somos nosotros que con la oración y las vocaciones sacerdotales estamos construyendo ese seminario, el lugar donde se formarán nuestros futuros sacerdotes.

Como Juan Diego también somos constructores, somos constructores también de un Plan de Pastoral. Cada uno de nosotros interviene en ese Plan de Pastoral que se ha estado construyendo desde hace algunos años ¿cómo lo hacemos? Integrándonos a las diferentes estructuras, a los cursos parroquiales, a los consejos de pastoral, como animadores, como delegados, es algo que va marcando el paso, que va dando nuestra iglesia joven. Esos pasos tienen que estar marcados por las huellas de cada uno de nosotros. Nuestro Plan de Pastoral necesario en el caminar de esta iglesia joven.

Estamos llamados también a colaborar en la construcción de esta iglesia particular con lo que nos ha pedido el Papa Francisco: el Año de la Misericordia. Porque el Año de la Misericordia sólo es una punta de lanza, este que proclamo el Santo Padre y que el próximo mes de noviembre terminará, porque la misericordia con sus obras tiene que seguirse construyendo. No podemos terminar el Año de la Misericordia con un punto final, sino que tenemos que seguir poniendo cada uno de nosotros un granito de arena ante tantas y tantas necesidades que surgen en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en las periferias. Ahí tenemos que seguir construyendo misericordia.

Que es lo que el Señor nos pide: constructores de bien en esta iglesia misionera. Una iglesia que así, nos lo ha pedido muy particularmente nuestro Obispo Mons. Pedro Pablo, misionera, joven, no sólo por la multitud de jóvenes que hay en nuestras comunidades y en nuestras parroquias, sino también porque nuestra iglesia así lo es. Nuestra iglesia particular joven, pero con deseos de seguir caminando, de seguir evangelizando, de seguir transmitiendo la Palabra de Dios. Ahí estamos todos, como Juan Diego vigilando que se haga esta construcción.

Sabemos, también, que en el 2018 estaremos celebrando 500 años de la evangelización en nuestra iglesia particular de Cancún-Chetumal con esa misa celebrada en la Isla de Cozumel que eso nos compromete cada vez más a seguir construyendo esa iglesia joven en marcha.

Estamos aquí para honrar a María de Guadalupe. Ella, como lo dice el Evangelio, llega a visitar, llega a quedarse con nosotros, llega a servirnos, a traernos la Buena Nueva. Nosotros ponemos a sus pies todas nuestras intenciones, nuestros sueños, nuestras ilusiones, pero no podemos olvidar que quedamos comprometidos, porque lo decía el obispo la vez pasada: amor, con amor se paga.

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Y si Dios por medio de María nos ha amado bastante, eso también nos toca a nosotros expresar nuestro amor a nuestra iglesia particular de Cancún-Chetumal. Como Juan Diego enviado por la Virgen de Guadalupe, para que se le construya un lugar, ser nosotros también constructores de esta iglesia particular.

Que el Señor nos conceda esa gracia, mis queridos hermanos, ese honor merecido que le rendimos a María de Guadalupe nos compromete a ser constructores de esta iglesia particular, una iglesia joven en marcha misionera. Así sea.

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