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SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

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SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

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sí como la Bética en la España roma-na, fué Méjico en la América española -- la provincia más fecunda en sobresa-lientes escritores.

Solamente en La poesía, los nombres de Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza y de Doña Juana Inés de Asbaje Ramírez de Cantillana, en el claustro Sor Juana Inés de la Cruz, no tienen iguales en las demás colonias españolas, en los días en que respectivamente florecieron

el padre insigne de La Verdad sospechosa y la

célebre Monja mejicana.

Es de advertir que, aunque nacidos en tierra americana Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz,

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por la sangre, como por la cultura y el ingenio, son igualmente españoles, en tal grado, que nadie que ignorara el país de su nacimiento podría conocerlo, ni sospecharlo siquiera, por la lectura de sus obras.

Nació Doña Juana Inés el 12 de Noviembre

de 1651, en San Miguel de Nepanthla, alquería distante doce leguas de la Metrópoli. La cir-cunstancia de haber recibido el bautismo en Ameca-Arneca, á cuatro leguas de Nepanthla ha dado motivo á que algunos biógrafos la su-pongan allí nacida.

Su padre, D. Pedro Manuel de Asbaje, era natural de Vergara, en el país vascongado; y su madre, Doña Isabel, aunqué nacida en Aya-capixtia, era hija de padre y madre peninsula-res. El origen de Doña Juana Inés no podía ser más genuinamente español por una y otra as-cendencia.

Los panegiristas de nuestra escritora cuentan maravillas de su precocidad extraordinaria. Di-cen que aprendió ya á leerá los tres años; que á los ocho compuso su primera obra, una Loa

Sa-cramental, y que á los quince sabia cuanto po-dían saber entonces, no sólo las señoras, pero los varones más instruidos. Añaden que solicitó con insistencia de sus padres que la enviasen á

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Méjico á estudiar en la Universidad, disfrazada en traje masculino.

Sea de ello lo que fuere, es Lo cierto que sus parientes, presumiendo "el riesgo que podría correr de desgraciada por discreta y de perse-guida por hermosa, la colocaron en el palacio del Virrey, Marqués de Mancera, cuando con-taba apenas diez y siete años. Dama de honor de la Virreina, amadísima de ésta y del Virrey, pudo entregarse de lleno al estudio, si bien sin dirección fija y ordenada, abarcando toda clase de materias, principalmente Las de carácter pro-fano.

Por lo visto, no se sentía entonces inclinada al claustro.: Amores contrariados, 6 los conse-jos é instancias del P. Núñez, jesuita, confesor de los Virreyes, la llevaron á profesai en el monasterio mejicano de monjas jerónimas, donde pasó el resto de su vida hasta su muerte, ocurrida, á los cuarenta y cuatro años y cinco meses de edad, el 17 de Abril de 1695.

Leyendo los tres abultados volúmenes de sus obras, lo primero que salta á la vista es la di-versidad de los géneros cultivados por la Monja mejicana, as( en verso como en prosa. Villanci-cos, sonetos, endechas, sátiras, liras y silvas, loas, autos y comedias, poemas cortos, cartas y

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comentarios, publican la fecundidad y variedad de su ingenio, así por lo que toca á la inspira-ción poética, como por lo que respecta á la erudición y la crítica en materias religiosas y

profanas. Fenit de México, Décima Musa, Mila-gro del Parnaso fué apellidada en el pomposo

lenguaje de su época. Solamente el primer tomo de sus obras alcanzó cuatro ediciones en cuatro años, de 1689 á 1692, en las prensas de

Madrid, Barcelona y Zaragoza.

Después de la diversidad de géneros y mate-¡las, lo que más nos sorprende en nuestra escri-tora es que sus mejores escritos, con ser obra de una Monja, y de Orden ascética, como la de San Jerónimo, sean profanos, demasiado profa-nos y picantes á veces, hasta el punto que varias composiciones insertas en la edición de Zara-goza de 1692 no fueron reproducidas en las posteriores.

Pero hay que tener en cuenta que las Comu-nidades religiosas en América disfrutaron siem-pre excepcionales anchuras, superiores 6 diver-sas de las que gozaban en la Península, en tér-minos de causar verdadera extrañeza y asom-bro á los viajeros españoles, no sólo religiosos, sino seglares, como Ulloa y D. Jorge Juan.

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Mé-jico quienes, escandalizados por algún que otro desenfado de nuestra Monja, trabajaron con insistencia, no sólo para que no escribiese, sino para que ni estudiase siquiera. "Una vez (re-fiere la misma Sor Juana Inés) lo consiguieron con una Prelada muy santa y muy cándida, que creyó que el estudio era cosa de Inquisición, y me mandó que no estudiase: yo La obedecí unos tres meses que duró el poder ella mandar, en cuanto á no tomar libro; en cuanto á no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer; porque, aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal.,,

Como nuestra Monja fué poco amiga de va-nidades humanas, aun la gloria legitima entró rara vez como fin ó como parte en la compo-sición de sus escritos. "En lo poco que se ha impreso mío (escribía al Obispo de la Puebla de los Angeles en 1691) 1 no sólo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino la libertad ajena... de suerte que solamente unos Ejercicios devotos para los nueve días antes de¡ de la Purísima... y unos Ofrecimientos para el santo Rosario...

que se ha de rezar el día de los Dolores de

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Nuestra Señora, se imprimieron con gusto mío por la pública devoción, pero sin mi nombre. Fué preciso que el Virrey, Conde de Paredes, y su esposa, Doña María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, le ordenasen la entrega de sus obras, á fin de darlas á la estampa, para que se resol-viese á reunir las que formaron luego el primer volumen de sus obras. Salieron éstas á luz, en Madrid, 1689 ) con el gongorino título, que tanto se prestaba á epigramáticas interpretacio-nes: Inundación Castálida de la única Poetisa, Musa décima Soro,' Juana Inés de la Cruz; cambiado después por el más sencillo: Poemas de la única poetisa, etc.

En estos días en que tanto se habla y es-cribe en defensa de las mujeres, bueno será re-cordar que Sor Juana Inés de la Cruz con-sagró no escasa parte de sus escritos, en prosa y verso, en pro de esta causa; de manera que bien podemos colocarla á la cabeza del movi-miento en razón y en justicia. En su estado y en su época era hasta cierto punto heroica la defensa. Refiriéndose á sus hermosas redondi-llas Contra las injusticias de los /wtnbres al ha-blar de las mujeres, que excuso dar al pie de este trabajo, se ha dicho que nuestra monja fué por extremo dura con los hombres; pero

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es no menos cierto que en otras composi-ciones juzga á las mujeres con bastante se-veridad, aun en materias de amor, como se ve bien claro, entre otras poesías, en el soneto que comienza:

Al que Ingrato me deja, busco amante; Al que amante me sigue, dejo ingrata; Constante adoro 4 quien mi amor maltrata; Maltrato Á quien mi amor busca constante.

Entendimiento varonil, ocasiones tuvo en su vida en que midió sus fuerzas con 'os hombres más conspicuos de su tiempo. Cuéntase que el Marqués de Mancera reunió un día cxi su pa-lacio á los ingenios y maestros más distin-guidos, con el solo fin de someter á examen las aptitudes y conocimientos de su protegida, y que ésta, que podía tener entonces 17 años, respondió satisfactoriamente á cuantas pregón. tas le hicieron todos, proclamándose su triun-fo con indecible asombro de los examinado-res. Baste leer la impugnación que escribió, sin deseo de que se publicase, en carta á uno de sus favorecedores, relativa al Sermón de las

/inezas de Cristo, predicado y publicado por el

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manos del Obispo de la Puebla de tos Ángeles electo Arzobispo y Virrey de Méjico, D. Ma-nuel Fernández de Santa Cruz, copia de dicha impugnación, y la encontró tan erudita y ati-nada, que la hizo imprimir, con otra carta suya aprobatoria, bajo el nombre de Sor £hilotea de la Cruz. Con este motivo se promovió inte-resante y apasionada controversia entre tos amigos y adversarios del famoso predicador. La respuesta de Sor Juana Inés, en carta al Obispo, es sin duda el mejor de sus escritos en prosa, sobre todo por la defensa que hace de la conveniencia de que las mujeres estudien y de la capacidad que tienen para ello.

De la lectura de este trabajo, como de las obras todas de nuestra escritora, se adquiere clara noción de su inmensa cultura. Acaso nin-guna otra Religiosa ha dedicado al estudio más largas horas, ni esfuerzo intelectual más soste-nido. A 4.000 ascendía el número de los libros

de su biblioteca particular, cuando, dos años antes de su muerte, consagró por entero su vida á la oración y la penitencia.

En cuanto á sus aptitudes principales, á juz-gar por los escritos que conocemos, tengo por seguro que á la poesía lírica pertenecen sus mejores composiciones, aunque rara vez éstas

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rayen á la altura de las de nuestros mayores líricos, ni en lo religioso ni en lo profano. Sus loas y sus comedias siguen en un todo la pauta general conocida. La silva El Sueño es imita. ción desdichada de las desdichadísimas Soleda-des, de Góngora. El iVephmo alegórico, decla-ración, en prosa y verso, de las alegorías del Arco triunfal erigido en la Catedral de Méjico en la entrada del Virrey Conde de Paredes, pertenece á la clase de las que Hartzenbusch titulaba Obras de encargo, generalmente ma-las, como tales. La erudición de nuestra monja tiene en esta obra Los caracteres todos de las pedantescas y culteranas composiciones de la época. Fué en su tiempo la más celebrada de todas: hoy debe ser contada entre las más infelices y menos dignas de aplauso. Y lo mismo cabe decir en justicia de las loas, ya las religiosas, como las tituladas La Purísima Con-cepción y San Rermenegildo, ya las profanas, compuestas para los cumpleaños de Reyes, Virreyes y frailes de campanillas.

Si Sor Juana Inés de la Cruz no nos ha deja-do una obra magistral, encarnación íntegra y acabada de su inteligencia, esparcida en tan-tos y tan diversos escritan-tos; si éstan-tos por la mayor parte tuvieron el nacimiento y la muerte

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tan cerca, tan unidas como la Rosa de Rioja, el nombre de la monja mejicana y la memoria de su labor artistica y científica tendrán siem-pre merecido puesto en la historia literaria de

Méjico y de España, como gloria común de

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