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ROGER CHARTIER [ED.] OUE ES UN TEXTO?

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ROGER CHARTIER [ED. ] ¿OUE ES

UN TEXTO?

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Los ensayos que componen este volumen son transcripciones revisadas del Encuentro con Roger Chartier celebrado en el Círculo de Bellas Artes el ~~ de noviembre de ~005 que contó con la colaboración del Vicerrectorado de Cultura. Deporte y Política Social y el Decanato de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y CEDRO.

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¿Qué es un texto?

RoGER CHARTIER FERNANDO BouZA PEDRO M. CÁTEDRA ÁNTONIO RoDRÍGUEZ DE lAS HE:RAS

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CíRCULO DE BELLAS ARTES

Presidente

JuAN MrGIJH HERNÁNDEZ LEóN

Director

JuAN BARJA

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CEDrO

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Rese!'iados todos los derechos. No está perm1tido reproducir, aliiL1cenar en sis·

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© Rocr.R CHARTHR. FuNANDO BuuZA.

PEDRO M. CÁTEDRA Y ANTONIO RouRÍGllf:z DE lAS IIEI\AS. 2006

Dcp. Legal: M<h49':f-20o6 ISB/\: 1:\4-86418-7.~-9

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¿Qué es un texto?

RoGER CHARTIER FERNANDo BauZA PEDRO

M.

CÁTEDRA ANTONIO RoDRÍGuEz DE LAS HERAS

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SOBRE EL TRASFUNDO REAL DEL TEJITO (LITEBARIO)

Pedro M. Cátedra

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El punto de llegada de las consideraciones que van a ser aquí expuestas es un libro que todo el mundo conoce sin duda, incluso hasta en sus más mínimos detalles, gracias a que últimamente se ha hablado mucho de éL de cuyo nombre quién sabe si, a estas alturas del2005. algunos no querrán ni siquiera acordarse.

En primer lugar quiero abordar una perspectiva de los lecto- res del QuLjote respecto al canon de la literatura española vigente en 16os. año aproximado en el que un extranjero anónimo y de habla alemana redactaba una Relación de las calidades de los españoles, en la que, a propósito de la litera- tura de estos. escribe:

Pocos autores buenos se hallan en romance. y aquellos son de nuestros tiempos. Los que se tienen por los mejores son:

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fray Luis de Granada y fray Luis de León, la santa madre Teresa de Jesús y Antonio Pérez. Poetas, historiadores y oradores tienen pocos de fama: Garcillasso de la Vega entre los poetas, el Zurita entre los historiadores de romance creo que tienen el primer lugar. Ay muchíssimos sermonarios y libros de devoción y son estos tantos que por algunas fuer- tes razones el Santo Officio ha tratado muy de veras de qui- tarlos y aun se sospecha que, al cabo, lo ha de hazer. Libros de cavallería y de entretenimiento ay muchíssimos y los más dellos impertinentes, aunque ay algunos muy lindos o, a lo menos, bien re~ibidos y son: La Celestina, Lazarillo de Tormes, Primera parte del Pícaro y D. Quixote de la Mancha.

Esto indica, en primer lugar, que no hay que esperar siglos para la fijación del canon de la literatura española. y que lo más admirable es que el Quijote se halle ya en un.a lista en la que no falta ninguno de los primeros espadas de la literatura de los Siglos de Oro. Ni en el siglo XVIII, ni en plena revisión del canon durante el romanticismo, parece que se aportara mucho a lo que es el gusto de un lector como este desconocido extranjero. No es extraño, porque muchos de los cánones lite- rarios e incluso sociopolíticos sobre el papel, emergentes en los siglos XVI y XVII, suelen estar realizados por extranjeros, como no pocas corografías locales y nacionales. Además nues- tro alemán construía su panorama de las calidades de los espa- ñoles sobre el terreno, consultando incluso documentos al alcance de su mano en bibliotecas, y. por supuesto, husmean- do en las librerías, a las que acudió no sólo con la intención

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SOBRE El.. TRASFONDO REAl.. DEl.. TEXTO II..ITERARIO) 71

de compilar una biblioteca, sino también, como otro Don Quijote, para enterarse de qué eral o que se leía y, con la mis- ma pizca de distancia, emitir un juicio sobre literatura que encierra la paradoja de la sincronía y de la profecía, si así pue- de decirse. Nuestro corógrafo alemán no hace historia de la literatura, sino que echa mano de una información comercial y nos elabora, al parecer, la primera lista de los libros más vendidos desde el punto de vista exclusivo de los lectores, de todos los lectores, y no desde macroplanteamientos biblio- gráficos con fuentes tipobibliográficas. de historia de las bibliotecas o de testimonios autobiográficos de usos del libro, todas ellas referencias propias de la historiografía que ha contribuido a re fundar Roger Chartier.

Además, el común denominador de los libros que consagra nuestro lector en su estrategia objetiva, al menos en el caso de los más antiguos, es el de una elaboración literaria clara de la realidad y, fundamentalmente, de los temas dominantes y de las preocupaciones de sus destinatarios, alquitarados por la vía de la parodia, de la ironía y hasta de la sátira. Quizá detrás de estas palabras se reconozca el intento de resucitar por mi parte una defensa del sentido litera~. que consagró el maestro de hispanistas franceses Marcel Bataillon, perspectiva que me parece insoslayable, si nos situamos en el horizonte de los lectores, aunque el sentido literal sea sólo un plinto donde descansar en el salto de la libertad de la lectura y de su juego hermenéutico. En alguna medida, se puede decir que los españoles de t6os seleccionan para su ocio libros que entre-

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tienen si son leídos o descodificados a partir de sus propios referentes reales.

En segundo lugar quisiera dar un salto hacia atrás y situarme.

primero. entre •555 y •s6o. probable fecha en la que un canónigo aragonés de la catedral de Santa María de Amberes escribe un Tratado de cómo se tienen de leerlas santas Escritu- ras, en realidad, una epístola destinada a sus paisanos espa- ñoles en forma de exhortación a la lectura de la Biblia en lengua vulgar y de su difusión entre todas las clases sociales y <<géneros>>, que entra de pleno en la polémica sobre la cir- culación en romance de la sagrada Escritura, formando cuerpo con quienes mantienen una posición favorable y sin fisuras, es decir. Valdés, Vives o Furió Ceriol. y con los más moderados. como algunos padres conciliares de Trento, Bartolomé de Carranza y Cipriano de la Huerga. Cuando escribe a sus paisanos de la localidad zaragozana de Nonas- pe, Bartolomé Turlán se sitúa en la línea y nómina del buen pastor literario, como Alfonso de Valdés en el Diálogo de Mer- curio y Carón, pero también en la línea del obispo ideal de raigambre erasmiana estudiado por Tellechea, como Díaz de Luco o el mismo Carranza, quienes, entre otras cosas, se preocupan no sólo de las lecturas de sus súbditos, sino tam- bién de proporcionarles algunas para sustituir otras. Acen- tuarían, así, el proceso de aculturación tipogTáfica imparable y un cambio de las relaciones de una parte proporcional- mente importante de la población con el texto. en beneficio del impreso.

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SOBRE EL TRASFONDO REAL DEL TEXTO ILIT'ERARIO) 73

Turlán, a costa de recomendar la Escritura, intenta extirpar de la cabeza de sus destinatarios la manía de leer otros libros.

He aquí algunas de sus afirmaciones:

No se pueden acomparar ny estimar los bienes y riquezas que nos traben las santas Escrituras, las quales no para mal syno antes para bien son al mundo dadas y concedidas de Dios. No usemos nosotros mal dellas. porque, sy es lícito ha un apotecario, ha un drapero. ha un sastre, ha un calcetero, ha un r;apatero. ha un barbero. ha un carpentero, ha un herrero, ha un molinero tener en sus casas y en sus botigas unAmad:is, un Esplandtán, que no son syno malos conseje- ros en la casa, ¿quánto, pues, sería más lícita y más honesta y provechosa cosa tener la sagrada Escritura, en la qua!

marido y muger, hijos y hijas, criados y criadas, domingos y fiestas, se puedan exen;itar y ocupar, y no perder el tiempo vanamente y passarle ociosamente, como muchos hazen.

leyendo en sus casas y en sus botigas semejantes libros en tales días, como dicho tengo'?.

Añade luego,

Dios eterno, ¿;y qué ay en aquellos nuevos libros que en tan- ta manera arrebaten y transformen, como un Metamorphó- seos, en s'} los ánimos de aquellos que los leen y oyen'?

Cierto en ellos no aliarán syno cosas tales que en todo y por todo gasten y corrompan y pierdan los ánimos de los man- cebos que los leen y oyen. porque los enqienden y enflaman

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74 PEDRO M. CATEDRA

de una. vana gloria mundana y de una superbia, que leyendo y oyendo cont;iben, que les mueve y altera como sy ya ellos mesmos se viessen y se allassen en los actos y hechos y hazañas que leen y oyen. Lo qual no es todo que un viento, del qual días y noches se apacientan que totalmente los hecha a perder.

Continua:

¡Quánto, pues, es meyor apa¡;:entar el ánimo de manjar que nodresca y dé salud al alma que de sueños que nunca fue-

ron~ hazer un fundamento de piedras vivas y electas y esco- gidas, que son las santas Escrituras, que de viento y de humo, que muchas vezes en tanto molestan y fatigan, que hechan ha hombre de su casa!

Dejaremos por un momento de lado esa caracterización de los libros caballerescos como <<sueftos>>, como <<viento>> y

«:humo>>, prestando también atención a la desgastada ima- gen de la Biblia como manjar que da <<salud al alma>> y sin perder de vista la profética consecuencia de la lectura de estos libros (<<que hechan ha hombre de su casa>>), para regresar a nuestro viajero alemán y superponer el panorama que nos ofrece sobre el que para sus tiempos hubiera querido Turlán:

es evidente que la «impertinencia>> que, en 16os. reconocía aquel en la mayoría de estos libros no había sido del mismo cariz en los años sesenta del siglo anterior, cuando, más bien, parece que a los libros de caballería se les reconoce más que

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impertinencia lúdica, una notable «fuerza reproductiva>>, si interpreto bien el término de Chartier; una fuerza reproduc- tiva que transfonna a los lectores y que tenía que ser inoculada nada menos que con el conjuro más transformador, la pala- bra de Dios, la Sagrada Escritura. Como hemos visto, el trata- do escrito por Turlán estaba dirigido a «todo el pueblo>> de Nonaspe, de donde procedía la familia de su autor. La impor- tancia que se reconocía a los libros caballerescos es tanta que.

en realidad, parece que fuera la única alternativa de las Sagra- das Escrituras, al menos es la única lectura profana citada y que se encuentra en una situación de rivalidad con la Biblia.

La representación de todas las clases de la villa, fundamental- mente las artesanales y las dedicadas al comercio, ocupadas como abejas en la lectura en el ambiente familiar y el del tra- bajo, en lo privado y lo colectivo, de libros de caballeria -y no de otro tipo de ficción, de otro género- sería, por un lado, harto significativa de una realidad de aculturación tipográfi- ca en zonas periféricas de implante rural. Deja cortas algunas referencias a la lectura generalizada en voz alta y privada de los siglos XVI y XVII, como, por ejemplo, las que Cervantes incluye en el Quijote, entre otras señaladas por Margit Frenk o Fernando Bouza. Más bien, la descripción de Turlán debía ser ritualizada y nos remite, por un lado, a los modelos de gene- ralización familiar -entendiendo famiha también en el sen- tido profesional- que abonó la propaganda bíblica de la Reforma; y, por el otro, a los modelos alarmistas cultivados en la tradición del bihlioclasmo y el miedo a los efectos negativos de la imprenta, cuyo modelo español más acabado es el

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76 PEDRO M. CÁTEDRA

memorial del Vizconde de la Corzana, Contra las librerías del pueblo, que ha dado a conocer Fernando Bauza. He ahi lo interesante del asunto: para Turlán el único fenómeno de lec- tura equiparable a la generalización familiar de la Sagrada Escritura es el de la lectura de las obras de caballería. El único género que. en alguna medida, da la réplica a la Biblia en el siglo XVI por su capacidad transformadora es la ficción caba- lleresca. En fin, esta balanza en la que contrapesan las dos lecturas es como la balanza absoluta del juicio particular, en la que basculan las buenas y las malas obras, en nuestro caso las lecturas buenas y las malas, las divinas y las demoníacas.

En tercer lugar, es en esos mismos años sesenta cuando el hidalgo de aldea Alonso Quijano despierta a la caballería.

El repertorio caballeresco de su biblioteca remonta también a esos años; y no resulta extraño que Cervantes recree hasta en sus más mínimos detalles esa «fuerza>> de la literatura caballe- resca volviendo loco a Don Quijote, por un lado.y. por el otro, poniendo en su boca casi las mismas palabras de Turlán. Hay que recordar su despertar a la cordura poco antes de morir:

Yo tengo ya juicio libre y claro, sin la sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y conti- nua leyenda de los detestables libros de las caball~rías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma.

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Es evidente que Turlán habla de libros como «sueftos», los caballerescos, y libros que son <<salud del alma>>, demasiada coincidencia como para no entrever un parentesco y como para no decidir que esos libros que son <<luz del alma>> y que Don Quijote no ha leído son, en efecto, las lecturas espiritua- les que Francisco Rico o Roger Chartier han propuesto, pero también la Biblia. Lejos de mí suscitar la cuestión, a estas alturas, de una faceta heterodoxa de Cervantes, pero ahí que- da la que, a mi modo de ver, es una segura asociación que se habría de dar en un ambiente compartido y preocupado por el problema de los libros profanos, especialmente los de ficción y, más concretamente,los de caballerías.

Estas aprensiones de Turlán y la demonización de los libros de caballería se intensificará hasta llegar al espaldarazo inter- nacional de la línea más extrema de tolerancia cero que representa la Bibliotheca universalis del jesuita Possevino (1593), de la que se aprecian ecos en las palabras que Cervan- tes pone en boca de su héroe. Era este uno más de aquellos a los que esos libros demoníacos transformaban, libros que

<<hechan ha hombre de su casa>>, que decía Turlán. Es posi- ble, sí. que este -desde su palco privilegiado de los tercios de Flandes- se refiera al papel de la lectura caballeresca en la creación de un horizonte de expectativas de la juventud de mediados del siglo XVI.

Pero la misma fuerza transformadora de la lectura de la caba- Ueria de papeL se me antoja que, incluso, es inherente y bene-

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78 PEDRO M. CÁTEDRA

ficia determinados sueños que son más caballerescos que, en general, militares. Un cuadro de la edición de novela caballe- resca en el siglo XVI nos mostraría cómo en torno a los años I$70-1575 se alcanza el tercer punto culminante en la pro- ducción. Antes, fue en torno a I5~s-Is3o y a 1540-I55o cuan- do se publican más libros. constituyendo el acmé este último decenio. No son esas fechas ajenas a determinados sueños caballerescos e. incluso, a grandes <<pulsiones escatológi- cas>>, por utilizar el término de Alphandéry para referirse a los hombres de la cruzada. ¿Qué puede ocurrir en los años setenta del siglo XVI, en plena juventud y mayoría de edad de un tipo de hidalgo como Alonso Quijano y de su creador?

¿Cuáles son las razones por las que el primero se gasta el patrimonio en una verdadera biblioteca. tan completa y exhaustiva que parece que hubiera sido creada para la consul- ta? ¿Hemos de considerar sólo las palabras de Turlán y de otros censores de la ficción caballeresca como una pura exa- geración de reverendos directores espirituales, tan estirados e insoportables como el que asiste en la corte del Duque y que ofendía a Don Quijote llamándolo <<Don Tonto>>?

Si invocamos de nuevo la realidad. el trasfondo real que da soporte al argumento aquí tratado, es posible que en los mis- mos años en los que se publican tantos libros de caballerías, y en los que es razonable pensar que formó su biblioteca Don Quijote. se abriera un portillo legal para cierto ascenso social por la vía de la <<función>> o de la práctica caballerescas.

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SOBRE EL. TRASFONDO REAL. DEL. TEXTO IL.1TERAR10) 79

Hacia 1572, se ensayó desde la Corona un peculiar modo de reactivación o de resurrección de la milicia ciudadana, que había decaído progresivamente a lo largo del siglo XVI. Es cier- to, como ha señalado Franco Cardini, que el resurgir de las milicias ciudadanas en el siglo XVI es más bien la <<illusione d'un risorgere>>. Pero en línea con determinadas necesidades militares reales, Felipe li en varias ocasiones arrostró una nueva reforma de los llamados caballeros de cuantía, de alar- de, de premia o de guerra. Los cabalLeros cuantiosos, como los define Covarrubias, eran los que tenían obligación de susten- tar caballo y armas si alcanzaban un tope de hacienda deter- minado por la ley. Formaban una milicia en las ciudades, sobre todo de frontera, que remontaba, de uno u otro modo. a los modelos de las milicias populares de la Edad Media. Se estructuraban fundamentalmente por medio de la integración por escrito en una agrupación ciudadana y los caracterizaba la posesión de unos medios económicos tasados, con la posibi- lidad de mantener uno o más caballos de guerra, con sus armas correspondientes para servir al Rey, a cambio, natural- mente, de unos privilegios. No era necesario pertenecer de antemano a la nobleza, pero a lo largo del tiempo algunas de estas agrupaciones habían devenido oligarquías ennoble- cidas y excluyentes en algunas ciudades del reino de Castilla desde la Edad Media. La lectura de las leyes de la Nueva recopi- lación demuestra no sólo el proceso de crecimiento de la clase caballeresca de cuantía desde la primera mitad del siglo xv, sino también la necesidad de regular el propio acceso de esta a la nobleza. Esta institución, que cada vez cumplía menos sus

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cometidos, parecía abocada a la desaparición, hecho que se consuma. ciertamente, durante el reinado de Felipe III. En 16oo, se condicionará la pertenencia a la caballería de cuan- tía: se debía disponer de una renta de dos mil ducados, siete veces la cantidad necesaria en tiempos de los Reyes Católicos;

y. en 1619, se suprime la caballería de cuantiosos de Andalucía y de la frontera. Pero en tiempos de Felipe 11. sin embargo.

hubo varios intentos de reconstituir la caballería de cuantía por razones militares de defensa interior. Dos pragmáticas o leyes de 156~ y 1563 establecen la necesidad de actualizar esa institución de pequefí.a nobleza ciudadana que formaba un cuerpo de ejército más o menos estable en las villas y que había tenido tanta importancia durante las guerras contra los musulmanes en el curso de la Baja Edad Media en Andalucía.

Además de redefinir el tipo de caballeros cuantiosos, aumentar las cantidades mínimas de rentas necesarias para ser uno de ellos y perfilar los privilegios propios de la pequeña nobleza, estas pragmáticas insisten en las meras obligaciones <<milita- res>> de los mismos. la de poseer armas, caballo para la guerra y hacer dos alardes públicos a lo largo del ailo. Pero, además, se preocupa por una estructuración moderna de estas milicias en forma de cuerpos disponibles de ejército bajo el mando de personas aptas, preferiblemente con experiencia militar, y que mantengan activos a los caballeros de cuantía. Las ciuda- des habrán de atender a las necesidades de armamento, reforzar la inspección de los caballos para que estén siempre útiles y mantener al día el registro de caballeros de cuantía.

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SOBRE El TRASFONDO REAl DEL TEXTO CLITERARIOI 81

Es evidente que Felipe Il. ante las necesidades objetivas de defensa, intentará reactivar esta caballería, modernizándola, y esa es la razón por la que desmonta su modelo feudal anti- guo, de acuerdo con el que habían funcionado durante reina- dos anteriores y que había favorecido su decadencia y su conversión en oligarquías; con ello tiende a la burocratiza- ción del fenómeno y se fortalece el control de la monarquía por encima de los regimientos ciudadanos. En cierto modo, se trataba de hacer viable este tipo de ejército interior, con el mantenimiento de ciertos privilegios. pero con la exigencia. a cambio, de una relativa profesionalidad, que, en algunas ciu- dades y por parte de particulares que habían intervenido en acciones militares en el interior de la Península, suscitó la reclamación de un sueldo.

Diez años después, en 157~. estas leyes quizá no habían surti- do el efecto deseado. y es por ello por lo que Felipe II hubo de arrostrar una remodelación de la caballería ciudadana impli- cando ya no sólo a los cuantiosos, sino también a toda la nobleza. lo que trazó unas fronteras muy dudosas entre unos y otros, y lo·que, desde mi punto de vista, conlleva, entre otras cosas, una reactivación en pleno siglo XVI de la caballería medieval o, para nuestros efectos, de la fábula caballeresca, como la llama Rodríguez Velasco.

Que el asunto era realmente importante es algo que queda demostrado por el procedimiento que se utilizó. No se pro- mulgó una nueva pragmática, sino que se dirigió una cédula a

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82 PEDRO M. CÁTEDRA

cada una de las ciudades de Castilla en la que se pusieron de manifiesto las razones de la nueva iniciativa y los medios para ponerla en marcha. El diseño del marco, en primer lugar, se establece en términos caballerescos recordando la abundan- cia en Castilla de «gran nobleza y número de cavalleros, cuyo proprio ofil;io, ministerio y ocupa~ión, cunpliendo con la obliga¡;ión de su estado y con lo que a sí mismos deben, era el huso y exerc;ú;io de las armas y el estar muy dispuestos y aparejados para las ocasiones de nuestro servi<;io y de la cau- sa pública>>. Después se señala que, a pesar de que <<en los tienpos antiguos acostunbraron a estar muy en horden de cavallos y armas e muy husadas y exen;itados en los actos militares>>, la situación era ahora bien diversa, pues que

<<parte con la paz y oc;:io de tantos años, que á causado en esto de las armas descuido, parte por ocupac;:iones e ynpedimen- tos mucha parte de la dicha nobleza y cavalleros estavan des- armados y sin cavallos y con muy poco huso y exerc;:ic;:io de las armas y actos militares». Para evitar esa situación ordena

que en las <;ibdades. villas e lugares destos rreinos los cava- lleras y onbres pren<;ipales de calidad fundasen e ynstitu- yesen entre sí alguna cofradía, conpafiía o borden deuso de la adbocac;:ión de algún santo con tales hordenanzas, condi-

<;iones y capítulos que por bellos entre otras cosas se hor- denasen fiestas en algunos días señalados de justas, torneos, juegos de cañas y otros exer<;i<;ios militares. y que en los mismos lugares ansí mismo de público se hordena- sen las dichas fiestas y rrego<;ijos, ayudando con lo que se

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SOBRE EL TRASFONDO REAL DEL TEXTO (LITERARIO) 83

pudiese y fuese justo para las dichas fiestas y que los nues- tros corregidores y justü:;ias y cavalleros prinqipales tuvie- ren cargo de lo mover, procurar y poner en borden. Y que de todo se nos ynviase rrelaqión, ansí presente como para adelante en cada un año.

Aunque tanto las leyes de reforma de la caballería de cuantía como esta nueva cédula ha de ser entendida también dentro del protocolo moderno del control monárquico de la <<ville dominante et soumise», que ha reconstruido Roger Chartier, pienso, sin embargo, que en ese momento la recuperación de algunos aspectos del modelo medieval de organización de la caballería es plenamente intencionada. Fuera del marco tra- dicional que se invoca al principio, frente a la modernizadora burocratización y control de los ayuntamientos de las ciuda- des que implicaban las leyes para los caballeros de cuantía, la estructura de estos nuevos grupos ha de coincidir con la de las viejas cofmdías de caballeros, bajo la advocación de un santo, en las que estaban ejerciendo su control las oligarquías nobi- liarias en villas y ciudades importantes. La manifestación caballeresca no va a ser sólo el alarde, la inspección de armas y caballos, junto con el registro público de caballeros, sino que va a descansar, primordialmente, sobre determinados actos de representación propios de la antigua liturgia caballe- resca, las justas, torneos, juegos de cañas y otros ejercicios militares, que, por ende, van a recobrar un viejo papel que se encontraba en proceso de pérdida.

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84 PEORO M. CÁTEDRA

En principio, Felipe 11 podría estar intentando dar una nueva vida alas cofradías de caballeros que, en su origen, fueron de cuantía y que habían llegado a formalizar una oligarquía poderosa en las ciudades, pero fosilizada y muy inactiva, como los guisados de caballo de Cuenca,los caballeros de San- tiago de Burgos y de otras ciudades importantes de Castilla.

Es posible que el Rey tuviera también en cuenta la mayor vita- lidad de cofradías de ámbito aragonés, como las de san Jorge de Zaragoza, de Barcelona y hasta, incluso. Mallorca y Valen- cia. Sin embargo, aunque no se expresa de forma explícita, la propuesta no sólo complementa las leyes de 1562: y 1563 para los cuantiosos, sino que viene a solaparlas, porque se dirige no sólo a aquellas ciudades en las que radicaban cofradías caballerescas, sino también a las villas o lugares. como el de la Mancha donde habitaba Alonso Quijano, en los que, aunque radicaran hidalgos caballeros de cuantía que dependían de las cabezas de partido más cercanas, no habia, sin embargo, cofradía autónoma alguna de caballeros.

Las ciudades andaluzas se oponen, a causa de los intereses de una oligarquía perfectamente organizada. que percibe. y así lo declara, un indeseado cambio de la estructura social, pues las nuevas normas facilitaban el ascenso a la condición de caba- lleras de quienes no lo eran, como los hidalgos. Pero otras villas en donde hay menos control aristocrático y más deseos de cambio o, incluso, presión por parte de los no caballeros, como Alcaraz, en la Mancha, o Alfara, cerca de Aragón, se adhieren con entusiasmo. La respuesta de la última es alta-

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mente ritual: al hablar de la cofradía, afirman haber tomado todas las iniciativas para la renovación, creando una que denominan incluso orden y a la que piensan llamar nada menos que CabaUería de jesucristo, como los primeros tem- plarios; sugieren que el superior, al que denominan prior, como en el ámbito eclesiástico de las órdenes militares, y no prioste o prevoste como en las cofradías comunes, tenga nada menos que las mismas atribuciones y representación que el regidor de la villa.

Un portillo se abría a hidalgos o a caballeros de palabra para una homologación en la pequeña nobleza. Podrían soñar y esperar un ascenso social inopinado. También podria, en el caso de llamarse Alonso Quijano, y andando los años, sufrir en sus carnes y en sus ambiciones de hidalgo, o compañero de «caballeros cuantiosos>>, condición a la que ni siquiera podría aspirar con sus mermadas rentas, el fracaso de las esperanzas que suscitaran las disposiciones de Felipe II.

Briznas de esa realidad sobreviven quizá aún en el Quijote, entre la sonrisa de Cervantes y el recuerdo de sus lectores. En el capítulO" 2 de la parte segunda, Sancho no duda en resumir la opinión de los compatriotas del hidalgo; mientras que unos lo tienen <<por grandísimo loco>>, otros se molestan por el extraño ensayo de Alonso de meterse a caballero. La posibili- dad de interpretar así una caballería de otrora, la imposible, la individualista, la voluntariosa, la literaria de Don Quijote de la Mancha, da relieve histórico a las facciones y a los sue- ños de un .Alonso Quijano: literatura y realidad.

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