Adrián Contreras-Guerrero Ángel Justo-Estebaranz Fernando Quiles
(Eds.)
En las sombras
del Barroco Una mirada introspectiva
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Adrián Contreras-Guerrero Ángel Justo-Estebaranz Fernando Quiles
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Antonio de Pereda, El sueño del caballero. Aca- demia de San fernando.
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E.R.A. Arte, Creación y Patrimonio Iberoamericanos en Redes / Universidad Pablo de Olavide
ISBN: 978-84-126450-4-0
- Moderna
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Olaya Sanfuentes.
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Pedro Flor. Univ. Aberta / Instituto de História da Arte - NOVA/FCSH, Portugal
Antonio de Pereda, El sue
ñ
o del caballero. Real Academia Bellas Artes de San Fernando. Nº. inv. 0639.Antonio de Pereda, “El sueño del caballero”.
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Nº. Invº. 0639
Índice
Prólogo Sombras entre esplendores 9
Víctor Mínguez
Presentación. Somos barrocos 13 Adrián Contreras-Guerrero, Ángel Justo-Estebaranz
y Fernando Quiles
Entre el retrato y la imagen sagrada: el caso de Eugenia de la Torre 17 Adam Jasienski
Sudor, llanto y malos augurios: el cuadro de San Francisco de Borja de Chitagoto (Nueva Granada) 53 María Constanza Villalobos y Adrián Contreras-Guerrero
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres entre la brujería y la hechicería durante la segunda mitad del s. XVIII 81
Édgar Antonio Mejía Ortiz
Entre la fe cristiana, el arte ilustrado y la cultura masónica.
El palacio del marqués de Jaral de Berrio en la Ciudad de México 109 Martha Fernández
Ellas también fueron artistas. Mujeres pintoras
de los siglos XVII y XVIII en Granada 139 Ana María Gómez Román
En esos oscuros cajones... Remesas de bienes artísticos y suntuarios, de procedencia americana 171
Fernando Quiles
All’ombra dell’Apocalisse: Jean François Niceron e l’anamorfosi
di San Giovanni Evangelista 203 Agostino De Rosa
nelle opere di Emmanuel Maignan 223 Alessio Bortot
Morir y dejar huella. El valor de la semejanza sagrada a través
de las máscaras mortuorias (siglos XV-XVII) 255 Gorka López de Munain
De la invisibilidad racial a lo sublime de la eternidad 279 Emilce N. Sosa
La clave está en el herrero: artesanado local y robos de obras
de arte y de útiles de trabajo en Quito durante los siglos XVII y XVIII 305 Ángel Justo-Estebaranz
Pesadillas neobarrocas en cine clásico: El reinado del terror (1949) y Cagliostro (1949). Imaginarios de la Revolución francesa
al inicio de la Guerra Fría 339 Víctor Mínguez y Teresa Sorolla Romero
Índice |
Arte e Inquisición: cómo el Tribunal no solo censuraba Michael Scholz-Hänsel
Juan de Palafox y Mendoza y su Puebla de los Ángeles.
Apogeo y derrota de una ambición 383 M.ª del Carmen García Escudero
La leyenda de la Santa Barbuda en el Reino de Bohemia 409
Si el siglo XVIII fue denominado por los ilustrados que vivieron en él como
“Siglo de las Luces” es porque, a su vez, estos consideraron que la centuria precedente fue un “Siglo de sombras”. Si los enciclopedistas pretendían ilu- minar el mundo, es porque entendían que este permanecía en las tinieblas. Si unos y otros invocaban la razón, era por combatir la superstición imperante.
La necesidad incuestionable de transformar una sociedad injusta e ignorante llevó a los intelectuales del setecientos a despreciar la cultura precedente, por más que esta coincidiera con el Siglo de Oro europeo en los ámbitos de las arqueólogos, artistas y académicos como Johann Joachim Winckelmann, Rafael Mengs, Francisco Pérez Bayer o Antonio Ponz establecieron como contraposición al ciclo Barroco nuevos ideales estéticos basados en un ideal de belleza pretendidamente racional y objetivo, de los que se apropiaría pri- mero el reformismo ilustrado monárquico y luego la Revolución Francesa.
Sin embargo, lo cierto es que contemplando el siglo XVII desde la actualidad y evitando los prejuicios apriorísticos, resulta muy complicado imaginar una sociedad de sombras si paseamos por los jardines de Versalles, escuchamos la música de Haendel, contemplamos las pinturas de Rubens, asistimos a una representación de Lope de Vega o accedemos a una catedral de La Nueva España. Y Mansart, Le Nôtre, Haendel, Rubens, Lope y otros
Prólogo.
Sombras
entre esplendores
Víctor Mínguez
Universitat Juame I, EspañaUniversitat Jaume I, España
cientos de arquitectos, jardinistas, músicos, pintores, dramaturgos y artistas europeos y americanos, volcados en todos los campos creativos y que hoy cultural riquísima y compleja que hemos venido a denominar Barroco y que el sectarismo o la ignorancia pueden explicar que en el siglo XVIII —y también en nuestros días, pues una parte de la sociedad actual sigue inmersa en un antibarroquismo primario— se cayera en la reducción al absurdo que conduce a subrayar los aspectos políticos más negativos del Seiscientos obviando su formidable contribución al esplendor cultural del Viejo y del Nuevo Mundo.
Y para aumentar la paradoja de imaginar el arte del siglo XVII como un siglo de sombras, no olvidemos la reivindicación de la luz que impregnó al arte Barroco: ninguna otra época artística ha protagonizado en las artes plásticas una investigación tan intensa sobre las posibilidades de la misma, desde Caravaggio a Rembrandt, desde La Tour a Vermeer, desde Bernini a Tomé; en ningún otro ciclo festivo las luminarias han sido tan intensas, has- ta el punto de convertir las noches de las ciudades en días según un tópico popular en esta centuria; y a las vidrieras góticas -siempre tan reivindicadas como exponentes de las apoteosis lumínicas promovidas por la arquitectu- ra- le sucedieron los ventanales, transparentes y tramoyas barrocas, igual de efectivos aunque mucho menos valorados. ¿Sombras? Sí, las que provoca inevitablemente la luz, porque sin luz no hay sombra.
Pero, una vez reivindicadas las luces del Barroco, hay que admitir, asimismo, que bajo su brillo deslumbrante, y como ha sucedido en todas las épocas, se ocultaban amenazantes y siniestras sombras. Oscuridades que hoy en día, superadas sus terribles implicaciones sociales, pueden resultar para los estudiosos e investigadores más fascinantes que las propias luces.
Si admiramos de un siglo tan reaccionario y terrible como fue el XIX sus valores culturales más perversos, anacrónicos e inquietantes, ¿por qué no deberíamos hacer lo mismo con el más lejano siglo XVII, con sus siniestras sombras cuando, además, resultan tan atractivas? El lienzo La mujer bar- buda
espaldas despellejadas tallados y policromados en talleres andinos, el Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid pintado por Francisco Rizi (1683, Museo del Prado), la Fuente del Encelado realizada en plomo por Gaspard Marsy (1675-1677, jardines de Versalles), el Cristo Velado esculpido en mármol por Giuseppe Sanmartino (1753, Capilla de Sansevero, Nápoles) y muchos otros monstruos, cadáveres y terrores nacidos de la fértil imaginación del artista
Prólogo. Sombras entre esplendores | Víctor Mínguez
barroco son buenos exponentes de los intensos, peligrosos y extravagantes anhelos y pasiones que subyacen bajo la sociedad del Antiguo Régimen. Y no nos quedemos solo en las imágenes transgresoras que, entonces y ahora, atraen al espectador al abismo que supone admirar el sufrimiento, la tortu- ra, la muerte, el mal. Volvamos a transitar los espacios arquitectónicos y a contemplar las imágenes artísticas para descifrar qué ocultaron entonces a propósito enmascarador que no resultaba nada complicado llevar a cabo en
para disimular contenidos. Y descubriremos seguro nuevas angustias y es- pantos que nos están esperando pacientes desde hace tres siglos.
- dos; magia, brujas y hechizos; creencias y masones; mujeres artistas, obras viajeras y curiosidades foráneas; apocalipsis y anamorfosis; máscaras, cadá- veres y reliquias; arte popular y mestizo; astronomía, astrolabios y perspecti- vas horarias; artesanos y ladrones; prácticas inquisitoriales y censura; mece- nazgo y ambiciones; santas barbudas y leyendas. De todos estos “monstruos”
barrocos caracterizados por sus múltiples aristas y desplegados a ambos lados del Atlántico durante los siglos del Barroco trata este libro. Y también de la pervivencia de sus sombras y terrores ya en tiempos revolucionarios y de su recreación en el cine clásico. Un calidoscopio de pesadillas y belleza.
Sebastián de Covarrubias Horozco en su Tesoro de la Lengua caste- llana o española
Sol”. Cuando medio siglo después de la aparición de su libro el monarca más poderoso de Europa, Luis XIV de Francia, se presentó en su corte como el Rey Sol -en el ballet de cour, en los retratos, en las medallas y emblemas, en - por un astro rey que iluminaba la república. En esta construcción metafórica de un orden basado en una estructura piramidal inmutable, las sombras que subyacían bajo los cimientos de la arquitectura del estado eran también un grito de rebeldía, una vía de escape ante un poder absoluto.
La imagen solar fue adoptada por Luis XIV a la temprana edad de quince años. Desde entonces, numerosos textos e imágenes consolidaron y difundieron la iconografía astral del que pronto fue conocido como el Rey Sol, llegando prácticamente a anular esta simbología, por su enorme populariza- ción, otros emblemas regios propios de los reyes de Francia, y condicionando
al arte áulico borbónico de este período a girar en torno a la imagen solar. Sin embargo, la difusión y patrimonialización propagandística del astro diurno por parte de los reyes franceses no ha de hacernos olvidar que, durante la cultura barroca, la metáfora solar no fue privativa de ninguna dinastía ni de ninguna corte: cien años antes de la instrumentalización de la imagen solar por Luis XIV, en España era ya un símbolo utilizado a la hora de representar a sus monarcas de la Casa de Austria, como fue el caso de Carlos V o de Felipe II. Y no debe extrañarnos, la metáfora solar era la imagen política ideal para representar el poder absoluto en las artes de la Edad Moderna, en cualquier geografía y circunstancia.
Nec pluribus impar, quedó inmorta- lizada en el arte cuando fue grabada por Jean Warin en 1674 en el reverso de una medalla que mostraba a un astro diurno con rostro brillando sobre una esfera terrestre con los paralelos y meridianos marcados, envuelta en nubes que se disipaban por efecto de los rayos solares. El anverso obviamente - - ción del poder. Sin embargo, unas décadas antes, el mercedario fray Marcos Salmerón publicó en la corte del Rey Planeta, Felipe IV de España, el libro El principe escondido. Meditaciones de la vida ocvlta de Christo desde los doze hasta los treinta años (Madrid, 1648), mostrando su frontispicio una singular imagen emblemática: bajo el lema Solem, nvbe tegam, extraído del libro del profeta Ezequiel, contemplamos en ella un Sol ensombrecido por las nubes, grande y poderoso que el Sol regio pese a estar oculto entre las sombras.
Luces ocultas tras las sombras, más intensas que la luz directa.
- mente en luces deslumbrantes y sombras inquietantes, siendo muchas veces éstas más potentes y fascinantes que aquellas. Como ya he dicho antes, esto - do tempranamente en su obra teatral La vida es sueño (1635), con luminosa claridad, la existencia de la oscuridad como marco vital del ser humano, rescatando un tópico literario nacido muchos siglos antes con Platón: la vida
Somos barrocos, no lo podemos negar. Y después de años dentro del abultado vientre de este monstruo barroco que nos digiere y casi nos descompone, hemos logrado transitar hacia su dermis y pasar luego a perdernos en sus sombras. Sombras que ocultan, pero también refuerzan. Las que refuerzan por su sinuosa evolución formal.
Hemos querido mirar desde fuera para descubrir que inexorablemente somos de nuevo deglutidos por ese [en]ser para retornar a su interior. Porque - - cian que algo acaba, cuando en realidad dicen que en él estamos. Tan densas pues no sólo es el lugar donde no da el sol, como diría Covarrubias (1611), sino también la apariencia o semejanza de una cosa, la justicia, la entrada en la cárcel o la privación de alguna parte de luz primaria y directa (Diccionario de autoridades, 1739).
El Barroco que no deja impasible, que se mueve aun en su dura ma- terialidad, para atraparnos sin quererlo y sin que nos demos cuenta de que es así.
Presentación.
Somos barrocos
Adrián Contreras-Guerrero, Ángel Justo-Estebaranz
Fernando Quiles
Somos tres los que pensamos de esta forma, pero intuimos que son más quienes así lo consideran. Y ahora nosotros nos hacemos eco de lo que otros piensan y sienten en relación con el Barroco, quienes igualmente se miran en ese espejo donde vibran las imágenes que bien pudiera parecer ina- nimadas. Estos amigos son Adam Jasienski, María Constanza Villalobos, Édgar Antonio Mejía Ortiz, Martha Fernández, Ana María Gómez Román, Agostino De Rosa, Gorka López de Muniain, Emilce N. Sosa, Alessio Bortot, Víctor Mínguez, Teresa Sorolla Romero, Michael Scholz-Hänsel, María del Carmen Estados Unidos, Italia, Argentina, Alemania y República Checa, en clara mues- tra de la vocación internacional de la publicación.
Como buenos “barroquistas”, término recién acuñado y que nosotros adoptamos, tiemblan, temen, dudan, gozan, incluso lloran, también ríen; pero sobre todo reciben con entusiasmo el mensaje barroco.
Maestros que hemos seguido y hemos podido leer para impregnar- nos de barroco, como estuco, como policromía, como reverencia y temor de Dios, pero igualmente como trascendencia celestial. Algunos hoy releemos a quienes miden lo barroco en estos términos:
Barrocos fuimos siempre y barrocos tenemos que seguirlo siendo, por una ra-
desconocidos, vegetaciones increíbles, ríos inmensos, siempre se es barroco (Alejo Carpentier).
desde dentro por tanto, han logrado avanzar por los laberintos del barroco.
Como Luis de Góngora (“A un sueño”) que recitó:
Varia imaginación que, en mil intentos, a pesar gastas de tu triste dueño la dulce munición del blando sueño, alimentando vanos pensamientos, Pues traes los espíritus atentos sólo a representarme el grave ceño del rostro dulcemente zahareño
(gloriosa suspensión de mis tormentos), El sueño (autor de representaciones), en su teatro, sobre el viento armado, sombras suele vestir de bulto bello.
Síguele; mostraráte el rostro amado, y engañarán un rato tus pasiones dos bienes, que serán dormir y vello.
Introducción | Adrián Contreras-Guerrero, Ángel Justo-Estebaranz y Fernando Quiles
El sueño, el mismo que se asimiló al conjunto de la vida por otro gran
“¡Valgame el cielo, qué veo!
Con poco espanto lo admiro, con mucha duda lo creo.
tan lucidos y briosos?
en lecho tan excelente?
que me sirva de vestir?
Decir que sueño es engaño;
bien sé que despierto estoy.
Dadme, cielos, desengaño.
Decidme: ¿que pudo ser esto que a mi fantasía sucedió mientras dormía, que aquí me he llegado a ver?
Pero sea lo que fuere, Dejarme quiero servir, y venga lo que viniere.”
(La vida es sueño, Jornada II, vs 240-265)
A través de los quince capítulos de que se compone este libro, se alumbran temas que, vinculados con el mundo del arte y los artistas del Barroco, han estado a la sombra y han evitado contemplarlos con luz (aca- démica) directa y primaria: brujería y hechicería, masonería, artesanos la- drones, procesos inquisitoriales, censura y promoción artística, iconografías singulares, elementos iconográ
milagrosas, anamorfosis, máscaras funerarias, representaciones sociales de carácter popular realizada por indígenas, negros y mulatos, coleccionismo el contraste entre auge y decadencia de una ciudad barroca. Junto a ello, se arroja luz sobre el papel de las mujeres pintoras en el Barroco, un capítulo que ahora está recibiendo más interés académico. También emergen bienes de lo barroco en el cine clásico americano, a través del estudio de las sombras y la composición del encuadre.
Quede aquí nuestra presentación. Volvemos a perdernos en las som- bras del Barroco. Invitados están a acompañarnos.
Resumen
A partir de un caso de magia y hechicería ocurrido en la Ciudad de México y contenido en el Archivo General de la Nación de México dentro del ramo Inquisición, que involucra a uno de los arquitectos más famosos de Nueva España, Francisco Antonio Guerrero y Torres, se desentrañarán aspectos importantes por medio de diversos puntos tanto de carácter histórico, so- cial y cultural, que nos ayudarán a entender el comportamiento ideológico de la sociedad novohispana durante el último tercio del siglo XVIII. Al mismo tiempo, tanto este caso como la documentación analizada en él, nos permitirá seguir comprendiendo la tradición de estas artes oscuras en su incorpora- de México como institución y su labor de mediación en la integración cultural de la población de este virreinato.
Palabras clave: Arquitecto; Brujería; Hechicería; Inquisición; Nueva España;
Siglo XVIII.
El arquitecto novohispano
Francisco Antonio Guerrero y Torres
entre la brujería y la hechicería
durante la segunda mitad del siglo XVIII
The New Spain architect Francisco Antonio Guerrero y Torres between witchcraft and sorcery during the second half
of the 18
thcentury
Édgar Antonio Mejía Ortiz*
Universidad de Granada, España [email protected]; [email protected] | ORCID: 0000-0002-6917-1604
- - torios periféricos: Estados Unidos y Brasil
Abstract
From a case of magic and sorcery that occurred in Mexico City and contained in the General Archive of the Nation of Mexico within the Inquisition branch, which involves one of the most famous architects of New Spain, Francisco Antonio Guerrero y Torres, Important aspects will be unraveled through various aspects both of a historical, social and cultural nature, which will help us to understand the ideological behavior of New Spain’s society during the last third of the 18th century. At the same time, both this case and the documentation analyzed in it, it will allow us to continue to understand the tradition of these dark arts in their collective incorporation into the community as well as to understand the
integration of the population of this viceroyalty.
Keywords: Architect; Witchcraft; Sorcery; Inquisition; New Spain; Century XVIII.
1. Introducción
La necesidad del ser humano de controlar su entorno físico, así como sus propias emociones, lo ha llevado a recurrir a diferentes medios para ello, algunos incluso atentando contra su propia integridad o la de otros, tanto en el sentido espiritual como en lo terrenal.
Uno de estos medios es el uso de la magia y la hechicería, las cuales estuvieron presentes en Nueva España desde el inicio del proceso de con- quista, ya que los primeros frailes que iniciaron la gran empresa de la evan- gelización, estuvieron luchando contra lo que consideraban paganismo, es decir los rituales indígenas en donde exaltaban a sus deidades bajo diferentes manifestaciones y por medio de diferentes personas que, según sus creen- cias, tenían contacto directo con estas divinidades, motivos por los que eran considerados por los religiosos e hispanos como actos de herejía pura que había que erradicar, y por tanto, castigar o reprender a quienes decidieran llevarlos a cabo.
La magia, la brujería o la hechicería es, probablemente, una de las actividades de carácter cultural que se trasladaron casi tal cual estaban desde estos rituales, aunque sí ampliaron su repertorio al introducir nuevas ideas, fórmulas, ingredientes, hierbas, animales, ideologías y actos. Esto fue así al integrarse con dos fuentes de conocimiento fundamentales, lo local, por me- dio de lo prehispánico o indígena, y lo africano, a través de la población negra
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
que llegó en calidad de esclavos pero que formaron comunidad. Tampoco tornaviaje de Filipinas al puerto de Acapulco, donde lo oriental complementó todas las manifestaciones artísticas y culturales novohispanas, incluida la hechicería.
Cabe hacer la aclaración de que la magia, la brujería y la hechicería no son sinónimos y, aunque siempre han estado unidas por sus caracterís- ticas intrínsecas, fueron practicadas, en mayor o menor medida, por todas las clases sociales y eran enseñanzas muchas veces empíricas que podían perseguir tanto el bien como el mal.
La magia abre caminos en los que se vinculan diferentes aspectos de la vida, ya que sin importar la condición social, las personas siempre tendrán el deseo interior del hombre de llegar a controlar aquello que le es ajeno a tra- vés de rituales y ceremonias que llevan implícita una gran carga emocional”1, por lo que su actividad, desde la Edad Media2, estará entre el campo de la re- y la realidad3
diferentes medios y técnicas, demostrando la voluntad del hombre cuando siente que no le es posible alcanzar su plenitud por otros recursos, como la religión y la oración, casi siempre deseando satisfacer sus pasiones.
para hacer un bien y, en ocasiones, hace uso de iconografías cristianas, invo- cando a Dios o a los santos sin mayores reparos en lo que estén solicitando;
la “magia negra”, en cambio, es cuando se realizan estos actos por medio de
- -
Encantamiento y magia Magia
- El mundo de la magia y la hechicería
La magia en la Edad Media -
La magia en la Edad Media, - época oscura
La magia en la Edad Media
o hasta matar, como es la situación del presente caso, en donde incluso,
4.
Para la realización de esta magia negra se requiere de un acto de hechi- cería, que realizaría la bruja o el brujo5
invocar a espíritus impuros, diabólicos o incluso, recurriendo al mismo príncipe de las tinieblas, haciendo pactos con él. Los medios de los que se valen para ello pueden ser diferentes rituales, maneras, técnicas y artilugios que involucran objetos “sagrados”, muñecos, pócimas, polvos, maldiciones, pertenencias o cabellos del hechizado o embrujado, otorgándoles una proyección6, atribuyen- do al objeto las causas que repercutirán en el sujeto7. La “brujería, por tanto, adquiere aspectos fantásticos, inverosímiles, y niega de hecho la realidad o la ambiental mediante el uso de herramientas concretas, palpables”8.
2. El caso novohispano
En Nueva España, desde un inicio fueron los evangelizadores quienes vigilaron estas prácticas llevando a cabo una “inquisición monástica” que abarcaría de 1522 a 1533. Posteriormente esa supervisión pasaría a ser episcopal hasta
Magia e Inquisición
-
Los marginados en el mundo medieval y moderno,
El individuo y su sociedad
El proceso de aculturación en la estructura colonial, -
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
la instauración del Santo de 15719, lo que se manten- dría hasta 1819. Por tanto, durante casi tres siglos, esta institución se encar- gó de “velar y defender la pureza de las normas de conducta caras al español, este órgano de coerción se mantiene siempre alerta y vigilante para impedir que el pequeño grupo con- quistado sea absorbido y dominado por las ideas de la gran masa vencida y de la población esclavizada”10, que comprendía todo el territorio de la Nueva España, América Central y Filipinas11 (Fig. 1).
Sin embargo, al contrario de lo ocurrió en Europa —como por ejem- plo con los judíos o los mo- ros—, al nativo americano o al indígena, es decir al natural, se consideró que no se le debería de juzgar, señalar, ni enjuiciar de la misma forma que a un es-
pañol, pues no hacía mucho que estaban en contacto con la cristiandad y habían dejado a un lado sus tradiciones paganas, aun cuando algunos estaban conversos y otros ya bautizados.
22.
Medicina y Magia
- ntiguo Palacio de la Inquisición de México
Esta situación salió a discusión por el famoso proceso que recibió el acusado de dogmatismo y herejía, don Carlos, cacique de la zona de Texcoco, el cual fue condenado a la hoguera y ejecutado en público por orden de fray Juan de Zumárraga en el año de 1539. Estos excesos, que trajo eventos si- milares tanto en Yucatán como en Oaxaca, llegó a oídos de la Corona espa- ñola, sinedo amonestado el propio Zumárraga y proclamandose un decreto expedido el 30 de diciembre de 1571 en donde se declaraba que “los indígenas dejaban de pertenecer al fuero inquisitorial y sólo dependerían en adelante del obispo en cuanto se refería a la moral y la fe”12.
Por lo anterior, algunos obispados tuvieron un Provisorato de Indios, quienes se encargaban de señalar cuando se delinquía por amasiato, injuria, daño, lujuria, herejía o hechicería. Pero en otras casos era directamente el obispo quien ejercía esta vigilancia y tenía las facultades de impartir justicia
quedó para el 20% de la población, ya que el resto era indígena.
Resultado de esto, fue que los actos de hechicería perpetrados por esta gran parte de la población eran considerados como resultado de su ignorancia y de no poder desligarse de ese pasado prehispánico, por lo que casi siempre, los inculpados eran invitados a mostrar públicamente arre- pentimiento, culpa y vergüenza, aumentando la calidad de los castigos si se reincidía, ya que de ser así, eran tomados como superstición13 y con castigos mucho más severos14. Sin embargo, la situación se complejizó durante el siglo XVII y el XVIII por el sistema de castas, ya que el individuo además de hispano, indígena o negro, también podía ser mestizo, criollo, mulato, etcétera.
- rales o, incluso de un solo nivel socioeconómico; esta actividad no perdió cátedra de Medicina desde época muy temprana, 7 de enero de 157915, pues se sabe que, por los registros inquisitoriales, todos, de alguna manera creían en hechizos, agüeros, supersticiones y magia, aún sin recurrir a un brujo o a una bruja.
Inquisición y socie-
culto indebido a Dios
Idolatría Adivinación Observancia
Vidas mágicas e Inquisición .
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
Ejemplo de lo anterior, es el caso del acaudalado minero don Joseph de la Borda, quien patrocinó el templo parroquial de Santa Prisca en Taxco, actual Estado de Guerrero, quien fue llamado a declarar en 1766 a propósito de la dolencia que tenía Theodoro, uno de sus criados, sobre lo cual expresó:
16. Por el contrario, otros pagaron por alguna de estas actividades ya fuera en busca de salud, por mo- tivos pasionales, de muerte, tratar de quitarse un hechizo o incluso, llegaban a denunciar los trabajos de hechicería por los que habían pagado y no habían surtido efecto. También denunciaban si sabían de alguien que practicara o portara alguna superstición o si ellos mismos habían cometido un acto en contra de la fe católica.
Esta actividad permeó a toda sociedad novohispana, ya que durante en 1553 fray Andrés de Olmos, para disuadir y hacer frente a estas prácticas, escribió en forma de sermones un libro llamado Tratado de hechicerías y sor- tilegios. Para el siglo XVII, el Br. Hernando Ruíz de Alarcón, Ministro de Indios, realizó en el año 1629 un Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas que oy Viuen entre los indios naturales desta Nueua España, compendio bastante detallado en el que decía de estas prácticas que eran “costumbres gentilicias, ydolatrias, supersticiones con pactos tacitos y expressos, que oi permanecen y se van continuando, y pasando de generación en generación entre indios”17.
Sin embargo, aunque los indígenas continuaron con estas prácticas, con sus tradiciones en un plano sincrético con la religión católica. En cam- bio, tanto lo mestizos como los criollos, los mulatos y las demás castas, se les consideraba cristianos desde su nacimiento, como sucedió con los españoles y los negros, aunque alimentados por la tradición indígena, “su
‘costumbre’, heredada de la madre indígena, les acercaba más a esta que al padre español”18, así serían ellos quienes protagonizarían la mayoría de los con plena conciencia, a los principios de la fe cristiana19.
Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas que oy Viuen entre los Medicina y Magia
Las Siete Partidas
Para el siglo XVIII (Fig.
2), el catolicismo ya había sido generalizado en todo el virreinato de la Nueva España y la estabilidad económica con la que se contó durante el periodo que llamamos del Barroco (mediados del siglo XVII y prácticamente todo el siglo XVIII) propició una mayor convivencia social entre castas, cleros, po- Ejemplos de ello son las
- sas y las ornamentaciones con las que contaron tanto la arquitectura civil como la religiosa, sin dejar de mencionar las otras artes, principalmente la pintura y escultura.
Al tiempo que crecía el fervor religioso, hubo también un mayor interés por recurrir a la hechicería o a situaciones supersticiosas, como por ejemplo el la una con la imagen de Nuestra Señora de Fuen Santa y la otra con la Virgen del Pilar, pero que en su reverso contenía la leyenda: “Palabras Santísimas contra hechizos, tempestades de Rayos y Centellas, Brugerías, y Hechicerías”20. Es por ello que Luis González y González llamó a esta centuria “el siglo mágico”21.
3. Un arquitecto entre magia y hechicería
El caso que se presenta en esta investigación se extrajo de los folios que contiene el ramo Inquisición del Archivo General de la Nación de México22 y
Arte y - -
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
años de 1773 y 1774.
La mañana del 29 de diciembre de 1773, llegó Joseph Manuel Muños al convento imperial de Santo Domingo, de 20 años, español, soltero y vecino de esta ciudad en la calle de La Merced, en la casa del Pueblo. Se presentó
llaman de Santa Bárbara”, el día 17 de noviembre entre las dos y las tres de la tarde, se encontró con un tal Joseph Aparicio, soldado del regimiento de Granada. Este al saber que se apellidaba Muños, le preguntó a Manuel que si don Joseph Antonio Muños era su padre, y si estaba preso por decreto de su Excelencia acometido por el Alcalde Ordinario Joseph Ignacio García, a sabía por boca de otro soldado del regimiento, Antonio Miras, que el padre de Manuel, Joseph Muños pretendía matar al afamado maestro arquitecto Francisco Antonio Guerrero y Torres.
Tras esto, el soldado Miras, habría llevado a Joseph Aparicio a conocer al padre de Manuel Muños “a la calle de Corchero, en la casa que llaman del Ahorcado”, quien estaba con dos criados suyos, uno llamado Joseph Manuel y el otro llamado Joseph Ignacio Fuentes, “lobo” de casta, que a su vez estaría
Según se dice en el documento tuvieron estos hombres mas de una
“concurrencia”, es decir se reunieron en más de una ocasión, y en la última
“vió el dicho soldado Aparicio una estatua de cera, que representaba a un y recortado sobre ellas, encogidas las piernas, y con las pudendas sumamen- te obscenas, a la que se le encendieron cuatro o seis luces de cera, la cual estatua juzgo haberla hecho el referido Joseph Manuel”23. El objeto de todo ello habría sido dar muerte a Guerrero y Torres y así quedarse con su mujer:
[…] para lo cual se valió de un hechicero quien había de ministrar unos polvos, para que la mujer aborreciera al marido, y quisiese a su padre, y aunque este hechicero (quien era un indio de Xochimilco llamado Baltasar de los Reyes) fue preso por
las que le acusaban piensa saldrá cuando antes de la cárcel; pero no por esto se le quita al Declarante la sospecha que tiene de haberse su padre valido de algún hechicero pues piensa que este ha sido el referido Joseph Manuel ya por haberse
sabido después de haber puesto la estatua ya por haberla hecho él mismo según juzgo, ya por haberle dado su padre porción de reales y de azafrán, y ya por haberle dicho el soldado referido que sí hubieran preso al dicho Joseph Manuel podría ser que no tuviera compasión el negocio de su padre, y el mismo soldado le instrumentó al dicho Joseph Manuel se huyera con el pretexto de que lo querían prender en la casa de Concha por ahí hacia azafrán contra hecho, lo que ejecutó prontamente24.
solicitud del mismo arquitecto en contra de Antonio Muños, el cual ya estaba Manuel Muños declaraba ante fray Domingo Pedro de Arrieta, pero, por lo visto, Manuel Muños tenía temor de que una vez saliendo su padre de prisión, no claudicara en su intento por conseguir a la mujer del arquitecto y a este darle muerte.
Hasta este momento hemos conocido a casi todos los implicados en el caso, pero conviene que nos detengamos un momento en el afectado, el maestro en el arte de la arquitectura, Francisco Antonio Guerrero y Torres (1727-1792). De él se dice en el proceso que era “De cuerpo regular, trigueño, ojos azules y con una cicatriz junto a la barba al lado derecho”25. Nacido en la Ciudad de México (Fig. 3), se formó con el accitano Lorenzo Rodríguez (1701- 1774), maestro de arquitectura, al que sustituyó en sus cargos como maestro
También ejecutaría la mayoría de los palacios nobiliarios de la Ciudad de México, como la casa de los Condes de San Mateo Valparaíso, la casa de los condes de Santiago Calimaya y la casa del marques de Jaral y Berrio, entre otras. Se le atribuye con justa razón el templo de “La Enseñanza” o de la Virgen del Pilar, siendo su obra más conocida la Capilla del Pocito del Santuario de la Virgen de Guadalupe. Además fue un reconocido empresario que amasó una fortuna tal que, incluso, se le llegó a describir como un “magnate que llevaba mucho tren y demás ínfulas”26. Por último, conviene recordar que fue nombrado académico de mérito de la Real Academia de San Carlos de México y como socio de mérito de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País27.
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Vida y obra del arquitecto, 310-312.
Vida y obra del arquitecto -
glos XVII y XVIII
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
Pero volviendo al proceso que nos ocupa, la otra implicada es la espo- sa de Francisco Antonio Guerrero y Torres, doña Ana Josefa Durán con quien afamado arquitecto Miguel Custodio Durán, quien trazó y levantó el templo de San Juan de Dios y el templo del antiguo Hospital de San Lázaro, entre otros.
Por tanto, ambos eran pertenecientes a la dinastía de los Durán28, familia de arquitectos que iniciaría con el abuelo de ella, José Durán (1655-1707), autor de la traza del Santuario de la Virgen de Guadalupe29. Del matrimonio
Espacios y muros del barroco iberoamericano,
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Bole- tín de Monumentos Históricos
Artistas y artesanos a través de las fuentes documentales Boletín de Monumentos Históricos
Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso
Laureana y Joaquín Guerrero y Torres, además de otro adoptivo.
Sin duda, tanto Guerrero y Torres como doña Josefa Durán perte- necían a familias con reconocimiento social, aunque no acaudaladas, pues consta que al día de contraer nupcias, aunque pertenecientes a la clase media, ni ella tenía dote, ni él capital alguno digno de atención. La fama y la como empresario30. Por eso, aunque es conocido que los problemas relacio-
“generan los deseos y pasiones más violentas, pudiendo cualquiera de ellas generar en el ser humano una amplia gama de obsesiones”31, es probable que el estatus de la familia despertara en Antonio Muños la envidia, la avaricia o la codicia por la riqueza y el estado del arquitecto, dos cosas que pudo haber obtenido si hubiera dado muerte a Guerrero y Torres, ya que por lo que consta en el documento, Antonio Muños contaba con cierta posición social al tener ser muy enamorado.
Por otra parte, observamos la importancia en la que el Declarante menciona a ciertos individuos no solo por sus nombres, sino también por su Ignacio Fuentes como “lobo” —mezcla de “negro e india”, de “chino cambujo y sillero, ambos sirvientes de don Antonio Muños, sin olvidar al hechicero, otro
“indio” de Xochimilco llamado Baltasar de los Reyes.
En comparación con el siglo XVI, en el XVIII la diferenciación de la población en función de su naturaleza fue de suma importancia, ya que de además, las integraban según ciertos valores sociales, jurídicos y económi- cos. Por eso no es de extrañar que los mismos Antonio Guerrero y Torres y Ana Josefa Durán, al momento de contraer matrimonio, siendo ellos criollos, se administrativo, político y social32.
Vida y obra del arquitecto,
Magia e Inquisición en el antiguo Reino de Granada,
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
Un claro ejemplo del ilustrado interés durante este siglo XVIII, no solo local sino de la metrópoli en conocer estos registros raciales es el género pictórico llamado de castas, (Fig. 4). Las representaciones más tempranas son las obras fechadas en 1711 de Manuel Arellano, seguidas por las repre- sentaciones de Juan Rodríguez Juárez (1675-1728), las de José de Ibarra (1685-1756) y las de Miguel Cabrera (1695- 1768), entre otros artistas.
Son pinturas que no solo nos indican el resultado de la combinación entre españoles, indios, mestizos, criollos y negros, sino que además nos mues- tran parte de la vida cotidiana, formas y estilos de vida, moda, relaciones
de resaltar cierto exotismo de la cultura en América, especialmente en Nueva España, intereses que eran común en los europeos.
Por otro lado, también permitía a los novohispanos marcar sus diferen- cias étnicas o raciales con respecto a los procedentes del “Viejo Continente”, inculcando aún más una identidad novohispana, un sentido de pertenencia arraigada a estas tierras. Esto es algo que era notorio incluso para algunos viajeros como por ejemplo Thomas Gage, dominico, que durante su visita escritores que han empleado sus plumas en alabar a las provincias de Granada en España, y de Toscana y Lombardía en Italia, hubieran visto el Nuevo Mundo y la ciudad de México, no habrían tardado en desdecirse de todo lo que han dicho de aquellas tierras”33. Como bien apunta Ilona Katzew, “las pintura de castas como género artístico cumplía con una función que excedía la artís- tica […] Los cuadros se convirtieron en una sinécdoque del mundo natural del continente americano y del orden divino inherente que representaban”34.
Nuevo reconocimiento de las Indias Occidentales -
La pintura de cas- La pintura de castas,
- New World Orders: Casta Painting and Colonial Latin América
- Cuadernos de arte colonial
Nueva España, -
Internacional de Historia del Arte
Volviendo al caso, un 10 de enero de 1774, el Santo - nuncia de Manuel Muños, por medio de los señores inquisidores Vicente y Muñoz, mandó al comisario
al denunciante y examinar a los implicados, averi- guando el paradero de la estatua, así como de co- nocer todo lo denunciado.
Y así lo hizo.
El primero en comparecer en el Convento Imperial de Santo Domingo de la Ciudad de México, un 18 de enero de 1774, ante los tes- tigos fray Hermenegildo Bala y fray Joseph Coutiño, presbítero de la Orden de Predicadores, fue Joseph María (Manuel) Muños, “es- pañol soltero, natural y vecino de esta ciudad en la calle de La Merced, casa que llaman del pueblo, años”35. El compareciente se reiteró en su denuncia, que no conocía el paradero su padre, echó del presidio de San Carlos (posiblemente San Carlos de Perote,
Pintura de castas, ed.,
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
ciudad de México porque lo buscaban en la casa de Concha. Sin embargo, Muños no sabía si dicha extracción fue para matar a Guerrero y Torres o para presidio su padre, Joseph Fuentes Baltasar de los Reyes, el hechicero y los dos soldados.
Los militares implicados pertenecientes al regimiento de Granada fueron dos. Uno de ellos, Joseph Aparicio, se declaraba “natural de la Villa de Peñagrande en los Reinos de Castilla, soltero y soldado del Regimiento de Infantería de Granada en la compañía, en el cuartel de San Juan Segundo Batallón, su capitán don Rodrigo Pineda, de edad de treinta y cuatro años”36,
Domingo, quien le preguntó si sabía o conocía el paradero de la estatua de cera así como los polvos que servirían para que Ana Josefa Durán aborreciera a su marido. Él declaró que recién llegado a la Ciudad de México desde la Puebla de los Ángeles, hacía un año y cuatro meses, después de haber perdido en el hombre llamado Escobar que “picaba baraja” y que vivía en la calle de Corchero en la “casa del Ahorcado”. Allí se dirigió, y, llegado a su casa, encontró solo unas piernas de cera, sin saber nada sobre dichos polvos.
No obstante, diez días después de su anterior llamado, por voluntad propia, Joseph Aparicio regresó con el fraile Domingo Pedro de Arrieta a desdecirse, declarando en esta ocasión que “habiendo advertido, en la tarde del día diez y nueve del corriente mes, había faltado a la verdad en lo que se le preguntó, por estar la cabeza muy aturdida”37, ahora reconocía que había solo con dos velas encendidas”38. Reconocía también haber regresado a la casa a por la baraja picada con el tal Manuel Escobar, “al parecer mulato, alto grueso, prieto de edad como de veinte y cuatro años, cuyo estado ignora”39, quien tenía la estatua de cera en las condiciones que se le habían dicho desde el inicio. Asimismo, confesó que el tal Antonio Muños había salido del presidio junto con un sirviente para dar muerte a Guerrero y Torres o para hacer que Josefa Durán le quisiera.
Fue entonces cuando Aparicio volvió a por una piedra imán, pero al ver la estatua preguntó a Escobar el motivo de la misma, a lo que respondió que:
con ella había de granjear mucho dinero pues había de dar muerte a un hombre para qué se casara con su mujer lo que conseguiría así que se secará la porción de azafrán que la estatua tenía dentro del cuerpo de cera de un hombre que había de casarse se llama don Joseph Muños, quién está preso en la cárcel de abajo por haber sido acusado de la muerte que intentaba por este medio para casarse con la mujer del que había de ser difunto40.
Aparicio, al ver y saber el motivo de la escultura, que tenía poco más Manuel Escobar, calle usted, no diga eso, no sea que se enfade la estatua, y no consiga mi intento”41. Joseph Aparicio comentó que al saber esto, regresó al cuartel para traer su bayoneta y llevar preso al tal Manuel Escobar, pero que lo detuvo la Revista de Tropa. Al día siguiente, para cuando él regresó a las siete y media de la mañana para ejecutar al dicho Escobar, se encontró con una habitación completamente vacía. Finalizó su confesión arrepentido y “sintiendo con todo su corazón el haber faltado a el la tarde del diez y nueve pidiendo a Dios perdón de ello, y a este Santo Tribunal”42.
teniendo como testigos a los padres fray Joseph Reyes y fray Juan de Ibáñez, presbíteros del Orden de Predicadores. A lo ya dicho, agregó saber que el tal Joseph Muños y su esclavo salieron de la cárcel el viernes precedente y que vivían en la calle de la Herradura. Además, aseguró que un compañero suyo, el segundo soldado Antonio Miras, sabía lo mismo que él.
Entonces Antonio Miras fue llamado a presentarse en el Convento Imperial de Santo Domingo el día 7 de febrero del año 1774, siendo descrito como “soltero, natural de la ciudad de Lorca Reino de Murcia, y soldado del Regimiento de Granada en el Segundo Batallón, de edad de treinta y sie- te años”43. Miras, tras negar lo que sabía en dos ocasiones en las Casas de Pedro de Arrieta, con lo cual aportó una interesante información sobre el caso. Según comentó el tal Antonio Muños, al perder en el juego hace mas de año y medio en el presidio de San Carlos, lamentándose de su desgracia, fue llamado por un tal Escobar, que le pareció era “mulatón, prieto, alto”, quien
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
le aseguró que no ganaría más en el juego por estar hechizado por una mujer que vivía cerca del cuartel y que con tres pelos de él, ella lo había hechizado cuando se encontraba en la Puebla de los Ángeles.
Según Miras, lo escuchó pero no hizo caso por creer que todo era mentira. Al cabo de unos días se encontró con Antonio Muños fuera del pre- sidio y este le llevó a una casa ubicada dentro de una vecindad, indicándole
“media vara, boca arriba, desnudo con las pudiendas [sic] a más de descu- biertas, las manos bajo la cabeza, y una bola de cera sobre el estómago, con dos o cuatro velas encendida por el revés y un bote de azafrán como de dos o tres libras”44. Miras preguntó que para qué era todo ello, a lo cual respondió siguiente después de ese encuentro pero que encontró la casa vacía.
Cabe mencionar que Joseph María Muños, en su primera declaración, que había traído de España, y que para que funcionara en el juego necesitaba siempre y cuando demostrara su efectividad matando al arquitecto Guerrero y Torres, o haciendo que su mujer, Ana Josefa Durán, lo quisiera. Por si fuera
conducta regular, que sabe que cada año cumple con la iglesia, y que solo ha oído ser algo enamorado”45.
para que le leyeran su declaración, y en la misma audiencia, ante el mismo Comisario y ante los padres fray Juan de Ibáñez y fray Joseph Zapata a manera de testigos, agregó un dato adicional. Al parecer, el mulato Manuel Escobar le había confesado que para que pudiera acertar en el juego, tendría que solicitar en la botica una piedra imán, para que una vez se la hubiera compuesto, la llevara al Castillo de Moctezuma ubicado en el cerro de Chapultepec, donde tendría que hacer lo siguiente:
en él tocase tres veces las paredes de la casa allí situada sobre la coronilla de dicho cerro, diciendo al mismo tiempo por tres veces estas palabras: amigo si me conviene, que sea y si no que no sea. Y que después bajara a la alberca y arrojar en ella una bolsa de cuero, que le dio diciéndole que no viera lo que dentro tenía que era al parecer del Declarante según el peso, y bulto con peso fuerte un pedazo
de plomo redondo: todo lo cual ejecutó el Declarante pues aunque creía hacer todo lo dicho […] del dicho mulato Escobar, pero tenía cierta duda de que pudiera
46.
Además, Antonio Miras agregó que en el año de 1772, estando en el presidio de San Carlos, Escobar le comentó que una vez arreglándole la
gallos debía “tomar un gato negro vivo y meterlo en una olla, la que había de estar sobre fuego competente para que a pesar de él se deshiciera, de modo que se sacara cierto hueso, el que puesto en un espejo representaba el gallo que había de ganar”47. A esto Antonio Miras le respondió que no haría eso por ir en contra de la Ley de Dios y que no comprendía semejantes pensamientos, pues los consideraba agüeros y brujerías.
Manuel Escobar a “tierra adentro”, a Guanajuato, y en Valladolid, actual Morelia, donde lo prendieron, presentándolo con el capitán Concha y encerrándolo en un presidio debido a “sus enredos”. Finalizó su declaración admitiendo haber hecho caso de algunas cosas que le recomendó Manuel Escobar, sin embargo, nunca supo si eran verdad y comprendió que todo era falso, por lo que pidió perdón a Dios y al Santo Tribunal, “porque es católico y derramaría su sangre en defensa de la fe”48.
Contando con estas declaraciones, el 10 de febrero de 1774, el comi- por haber confesado de mutuo propio; a Joseph Aparicio pues, aunque faltó deposición; y Antonio Miras, aunque se negó a declarar dos veces ante la su verdad, pues comenta el mismo comisario que, de haber confesado ante el Cabildo, le hubiesen quitado la vida a don Antonio Muños o cuando menos lo hubiesen desterrado, “pero haciendo presente a ese Santo Tribunal la verdad del hecho resulta de ello honor a la religión, y provecho al delincuente, siendo
49.
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
la denuncia de superstición y hechicería un 15 de febrero de 1774, mandó que se hicieran llegar los testimonios al alcalde ordinario Norberto García y que - cluyeron lo siguiente: no había nada en contra de Muños, quien según consta ser apresado y a Joseph Aparicio se le debía reprender “agria, y severamente a su perjurio como al otro soldado Miras del uso que conjuró haber hecho de la piedra imán, y demás enredos que dice le dio Escobar”50. Y así se hizo.
El 4 de marzo de 1774, tras haber “sido reprehendido y comunicado con el severo castigo que se le esperaba si no se aprovechaba de esta benignidad y prometía seriamente la encomienda viviendo en adelante como verdadero católico”51
de todo su corazón la enmienda que hacía ver en su conducta, el aprecio y veneración que tributa como verdadero católico, a la religión católica y que sentía haber ejecutado lo que ha declarado”52.
- ble del delito de “sortilegio”, considerándolo como relapso, es decir, aquellos
“que habían abjurado por haber invocado al demonio, y con posterioridad eran convictos y confesos de la misma invocación”53. A Muños se le consideró
“hereje convicto que, a pesar de haber sido perdonado y vuelto a admitir en el seno de la Iglesia, recaía de nuevo en el error”54, ya que aun cuando había estado en prisión, o cuando menos ya había recibido una sentencia en 1772, reincidió en el delito de hechicería y superstición, habiendo testigos de por
Por otra parte, es probable que al no recibir sentencia en esta do- cumentación, lo hayan registrado como “relapso presunto” al no haberse encontrado nunca la estatua en cuestión. Es decir, que era sospechoso de herejía y no un hereje “porque el delito no había quedado jurídicamente pro-
Las hogueras,
bado, pero los jueces tenían el convencimiento íntimo de la culpabilidad del reo, por lo que se limitaban a penitenciarlo”55.
La situación de Antonio Muños pudo haber sido uno de los muchos Sin embargo, es probable que sí hubiera sido de la atención de la Inquisición mexicana por la reincidencia de este y por la estatua de un hombre hecha de cera con las partes íntimas expuestas a la vista, con la que pretendía darle muerte a Francisco Guerrero y Torres, ya que Muños había consultado en más de una ocasión a un hechicero para que le hiciera el trabajo.
este asunto un caso herético, en el cual estaban “aparejadas invocaciones en las que se solicitaban la intervención diabólica”, lo que implicaba mayor malicia, siendo el caso más grave cuando “con tales ritos se pretendía esta- blecer un pacto con el demonio, ya fuera expreso o tácito”56. Así pues, no fue casual que cuando Antonio Miras expresó su sorpresa diciendo: ¡Jesús, qué demonio!, al saber el propósito de la escultura, el hechicero Manuel Escobar le respondiera: calle usted, no diga eso, no sea que se enfade la estatua, y no consiga mi intento.
Este tipo de hechicería se conoce desde la Edad Media, sirva de ejemplo el famoso Manual de Múnich, un manuscrito del siglo XV de magia diabólica, ubicado en la Biblioteca Estatal de Baviera57, en cuya páginas hay fórmulas para invocar demonios. Los propósitos de estos rituales eran muy diversos e iban desde hacer enloquecer a una persona a crear un amor apa- sionado58, para lo cual el mago, hechicero o brujo, necesitaba de “imágenes objetos de uso personal”59. Esta magia estuvo penada desde entonces por los Santos Tribunales europeos, ya que mediante aparatosos rituales, se ejercían actos contrarios a los religiosos, desde invocaciones y pactos con el demonio en forma de misas, hasta el uso de la cera, que era considerada sagrada. En nuestro caso concreto consta que las velas se encendieron por el revés y se le dio forma humana y obscena a la imagen.
Por tanto, la estatua de cera adquiere aquí una doble importancia, pues advierte ciertos conocimientos del brujo, que aunque no haya sido le-
Las hogueras, Las hogueras,
La magia en la Edad Media
La magia en la Edad Media, 11.
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
trado, con seguridad estuvo inmerso en este ambiente cultural, posiblmente en su entorno familiar. Por otro lado debe ser considerada la complejidad del rito, que nos advierte de una tradición de procedencia europea, ya que los amate o de masa.
Pero volvamos un momento sobre la estatua, que según los autos medía poco más de media vara de alto (entre 42 a 50 cm) y “representaba a un y recortado sobre ellas, encogidas las piernas, y con las pudendas sumamente persona que representaba, pues acompañado de un rito con invocaciones a espíritus malignos, se creía podría conseguir la consubstancialidad, es decir muy similar es lo que el manual de Múnich enseñaba para la magia amorosa, al proclamar durante el hechizo: “como el ciervo anhela la fuente, así ‘X’ debe suspirar por mi amor; como el cuervo anhela los cadáveres, así me debe de- sear; y como esta cera se funde ante el fuego, así debe ella desear mi amor”60. A diferencia de otros casos en donde es común que la estatua o muñeco se otro, en este caso observamos algo muy peculiar, puesto que en el interior, en la zona del cuerpo tenía un bulto redondo con una porción de azafrán, que en cuanto se secara conllevaría la muerte del arquitecto. Aunque no se
a provocar el ambiente místico61.
tipo de personas recurrían a estos hechiceros y no solo ciertas castas. Así, gracias al proceso de don Antonio Muños, hemos tenido noticia de dos brujos, por una parte el indio de Xochimilco llamado Joseph Fuentes Baltasar de los Reyes, quien “fue preso por el dicho Alcalde ordinario no habiéndose justi- Escobar, que también fue preso en Valladolid debido a sus “enredos”.
La magia en la Edad Media, 180.
Relatos populares de la Inquisición novohispana: rito, magia
y otras “supersticiones”, siglos XVII-XVIII -
Obra Antropoló-
Por otro lado, nos indica que, a diferencia de lo que hubiera hecho la Suprema Inquisición española, y a pesar de haber sido apresados tanto al Primer y Segundo Abecedario62 que “contienen diferentes decisiones del Consejo Real y Supremo de la Santa Inquisición” incluso para los casos de magia y hechicería. Esta regulación establecía tres modalidades para la ma- gia: astrología63, brujería y hechicería.
Inquisición hispana, en el cual los hechiceros o hechiceras, a partir de sus conocimientos empíricos de herbolaria y otras técnicas, realizaban todo tipo de brebajes, ungüentos, pócimas, lociones, etcétera. Sus propósitos eran so- lucionar problemas de amor por medio de conjuros amatorios, procurar salud, encontrar cosas o causar daño a alguien, y se llevaban a cabo por medio de un ostentoso ritual que imitaba rústicamente a los religiosos, aprovechándose
Sin embargo, como bien apunta Solange Alberro, la hechicería pue- de causar la muerte, no así el acto mismo, pero sí el hechicero que trabaja individualmente, es activo y busca a los clientes64. En cambio, la brujería es colectiva, pasiva y marginada, sus rituales los protagoniza el demonio a quie- nes adoran, y los pactos son con él, por lo que sus rituales son contrarios a los cristianos o incluso una burla de estos mismos65. Un ejemplo de esto último lo encontramos en la casa ubicada en la población de San Luis Tehuiloyocan, un mural hecho con la técnica del “rejoneado”, en donde se representan si-
Oraciones, ensalmos y conjuros mágicos del Archivo Inquisi- torial de la Nueva España 1600-1630
Abecedario
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Cuadernos de Arquitectura Virreinal
Boletín
antropológico de la sociedad en una época oscura -
Los marginados en el mundo medieval y moderno,
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
mios sonrientes en forma burlona misa (Fig. 5) 66.
Tanto la brujería como la Sobre ellas, el Abecedario esti- pula que al momento de acusar o culpar a una persona de brujería se haga con cautela, ya que puede ser por causas de engaño a per- sonas inocentes. Por ello, para acusar a alguien de este delito, -
delitos, que existan pruebas físi- cas como amuletos, o, en el caso de las brujas, que se demostrara su participación en aquelarres, entre otras cosas.
- probaba un acto de brujería, el Abecedario recomendaba recon- ciliar al acusado, siempre y cuan-
do mostrara arrepentimiento, pudiendo otorgar incluso la absolución ad cau- telam si había una confesión de por medio, sin importar cual fuera el delito.
Esta encomienda que hacía el Abecedario se vio plasmada en la sen- Aparicio como a Antonio Miras, reprendiéndolos de manera agria y severa, pero aceptando el arrepentimiento y afán de enmienda de ambos. Eso sí, advirtiendo que esta benevolencia no sería la misma en caso de reincidir.
México no actuó en contra de ellos, ni siquiera en contra de Antonio Muños, quien deseaba, a partir de los hechizos, la muerte del arquitecto. Y es que según lo compendios para inquisidores ubicados en el Archivo General de la Nación de México, sólo se reconocería como delito de hechicería cuando
La Guarida del Diablo.
hubiese una invocación al demonio, haciéndose un pacto con él de manera directa o indirecta, y cuando se emplearan objetos sagrados o benditos, como por ejemplo, santos óleos, aras consagradas, vestiduras litúrgicas, cálices benditos, agua o cera bendita.
Por otra parte, estos mismos compendios también indicaban que - mica aprovechándose de la ignorancia de la gente67, ofreciendo únicamente supersticiones —las cuales han pervivido incluso hasta en la actualidad—, y consideraba reminiscencias de antiguas tradiciones mezcladas con la fe católica68. Este fue el caso de los polvos que Antonio Muños quería obtener para buscar el amor de Ana Josefa Durán. Los demás elementos nombrados, es decir, la piedra imán, el gato negro y la baraja picada, perseguían la misma estos actos no se realizaron y hubo confesión y arrepentimiento, por lo que no hubo mayores motivos para considerar a los involucrados como herejes.
Además, la estatua de cera que pudo haber servido como prueba de apostasía, nunca fue encontrada.
4. Conclusiones
Este documento contenido en el ramo “Inquisición” del Archivo General de la en sus complicaciones para enfrentar casos de brujería y hechicería, y en las diferentes declaraciones que debían tomar en cuenta, escuchando la denuncia e indagando si en verdad existió un acto de herejía.
Cada acto del Tribunal, dependía de las pruebas aportadas, del siste- ma de castas y, sobre todo, de las declaraciones de los implicados y testigos, ya fueran españoles, mestizos, criollos, indios, lobos o mulatos, quienes para el siglo XVIII habitaban en todo el territorio de Nueva España y estaban en plena convivencia, con todo lo positivo y negativo que implica una sociedad archivos del Santo Tribunal arrojan clara luz sobre este calvario del híbrido
Oraciones, ensalmos y conjuros, 31.
El arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres... | Édgar Antonio Mejía Ortiz
sin ventura, es él quien llena las páginas más dolorosas en que está inscrito el proceso dinámico de la aculturación, maridaje de las culturas, en que unas veces es América la que predomina, otras Europa o África; pero nunca una
69.
Pero además, podemos observar la pervivencia de estos ritos aún en el último tercio del siglo XVIII. La necesidad de cambiar materialmente la rea- lidad no era exclusivo de los naturales o de las castas, incluso los españoles, ya fueran venidos de España o nacidos en Nueva España, tenían esa misma necesidad. Es por lo anterior que descubrimos, a través de estas líneas, una interesante aportación a la historia cultural y social novohispana mediante aspectos psicológicos, morales y éticos, racionales y naturales, así como las creencias de algunos de sus componentes. Por último, se demuestra que este tipo de prácticas mágicas fueron, en comparación con la gran empresa de conversión y evangelización que realizaron los frailes, totalmente aceptadas, adaptadas y practicadas desde el inicio después de la conquista.
Los actos de magia, brujería y hechicería, se mantuvieron casi in- tactos en sus prácticas, es decir casi de manera original a como lo dictaba la tradición medieval. Solo variaron algunos elementos que, o bien no se en- contraban en territorio americano o eran de difícil acceso. Al mismo tiempo, incrementaron su presencia con los ritos prehispánicos ya que muchos indí- genas, aún después de casi tres siglos, encontraron en la magia una manera de seguir llevando a cabo sus ritos, costumbres y tradiciones.
Bibliografía
FUENTES DOCUMENTALES
Archivo General de la Nación (AGN), México. Ramo Inquisición.
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
Aguirre Beltrán, Gonzalo. Medicina y Magia. El proceso de aculturación en la estructura colonial. México: Instituto Nacional Indigenista, 1973.
Obra Antropológica. Medicina y Magia VIII. México: Fondo de Cultura Económica. 1992.
Medicina y Magia,