Bosques
plantaciones
forestales
Luis Guitián Rivera y Adolfo Cordero Rivera [email protected], [email protected]
BOSQUES
Y PLANTACIONES
FORESTALES
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C A P Í T U L O
1. INTRODUCCIÓN
E
l concepto de bioma se usa en ecología para describir los grandes tipos de vegetación terrestre a escala plane-taria, que se encuentran en equilibrio con el clima, el suelo y, en general, con las condiciones ambientales de la zona. Así podemos reconocer el tipo de vegetación mediterráneo no sólo en la cuenca de dicho mar, sino en otras zonas que comparten un clima muy similar, como el área del Cabo (África del Sur), Chile, California y algu-nas áreas de Australia. Los biomas principales son la tun-dra, los bosques boreales (taiga), los bosques de la zona templada (coníferas, caducifolias), las sabanas y otras praderas, el bosque esclerófilo mediterráneo, los bos-ques tropicales, los desiertos y otros de menor entidad.Galicia está situada entre las latitudes 42 y 44 Norte y, en consecuencia, nuestro territorio se enclava en el área de distribución de los bosques templados domina-dos por árboles del género Quercus. De hecho el paisaje gallego estuvo ocupado por estos bosques hasta la defo-restación masiva que ocurrió con el desarrollo y aumento de las poblaciones humanas (véase el apartado dedicado a la Conservación de los bosques).
La superficie cubierta por bosques en Galicia alcanzó probablemente niveles mínimos a mediados del siglo XVIII y principios del XIX. Durante el siglo XX, ya desde la dictadura de Primo de Rivera, se ejerció una intensa labor repobladora de nuestros montes, pero utili-zando especies equivocadas, seleccionadas con el único
➛Nuestro territorio se enclava en el área
de distribución de los bosques templados dominados por árboles del género Quercus.
(Fotografía: Varela Vilariño)
Figura 1
Distribución mundial del género Quercus, que incluye robles, encinas y alcornoques. Galicia está en el centro del área potencial de los bosques caducifolios templados dominados por estas especies
criterio de maximizar la producción de madera, y en nin-gún momento se intentó la regeneración de los bosques. Por ejemplo, en 1919 el vivero de Areas (Tui, Ponteve-dra) disponía de más de 270.000 plantas, pero casi la mitad de ellas eran especies exóticas, entre las que desta-can 32.000 plántulas de Eucalyptus globulus (véase el capítulo sobre Política forestal, en el volumen XLV de esta misma serie). Las consecuencias ambientales de dicha política han sido nefastas. Después de la Guerra Civil, la dictadura franquista se embarcó en una política forestal aún más productivista, eligiendo sistemática-mente especies de coníferas en el 88% del territorio espa-ñol, y en gran medida eucaliptos en el caso de Galicia. La implantación de estas especies se realizó mediante acuerdos y presiones sobre los ayuntamientos, comuni-dades de vecinos e incluso particulares, que acabaron repentinamente con el modo de vida ganadero de muchas aldeas gallegas, lo que desembocó en la emigra-ción masiva de los años 1950 y 1960 (Rico Boquete, 1995). Los datos oficiales indican que en el período 1941--1980 las repoblaciones llevadas a cabo por el Patrimo-nio Forestal del Estado desde 1941, y posteriormente por el ICONA y otros organismos autonómicos mediante consorcios o convenios con los ayuntamientos o diputa-ciones, alcanzan las 300.000 ha, a las que habría que sumar al menos otras tantas de plantaciones realizadas en montes de propiedad particular (Prada, 1991). Actual-mente los bosques gallegos se encuentran en un estado de degradación acusado, y se estima que poseemos unas 25.000 ha de bosques antiguos, con características primi-genias, muy fragmentados y situados en zonas inaccesi-bles. Esta superficie es probablemente menor del 1% de su área de distribución potencial (Fernández, 1994).
2. LOS BOSQUES
Los bosques son ecosistemas donde la vegetación dominante es de porte arbóreo, y cuya dinámica sigue pautas de regeneración natural. Es decir, los árboles que dan nombre a cada tipo de bosque son las especies que han colonizado de forma natural esa zona (especies autóctonas), y están por consiguiente adaptadas a sus condiciones ambientales. Una fraga, una palabra típica-mente gallega, describe el bosque húmedo atlántico, con Quercus robur como especie dominante, por ejemplo las
Fragas del Eume (véase el capítulo dedicado a este espa-cio natural protegido en el volumen XLVI).
Entendiendo el bosque como un ecosistema, pode-mos caracterizarlo por (Kimmins, 1997):
— Las especies de árboles, que dan nombre al bos-que (robledal, abedular, tejedal, aliseda, etc.).
— El sustrato del que dependen para soporte, nutri-ción y obtennutri-ción de agua.
— Otras plantas con las que interaccionan en térmi-nos competitivos, mutualistas o antagonistas.
— Los animales que se alimentan allí, buscan cobijo o se benefician de alguna forma de las plantas.
— Los microorganismos que ejercen efectos benefi-ciosos o antagonistas de forma directa o indirecta sobre los árboles y los otros organismos allí presentes.
— El clima edáfico y atmosférico, incluyendo la fre-cuencia de incendios y la humedad, que influencian la distribución de todos los organismos del bosque.
Un bosque es, por lo tanto, un sistema biológico y físico donde hay una enorme variedad de interacciones e interdependencia entre las diferentes partes. Debido a su gran complejidad, la mayoría de los eventos y condi-ciones de un bosque están determinados de forma múl-tiple. Es decir, la vegetación dominante es una función del tipo de suelo, del clima, de la topografía, de los her-bívoros presentes, de la frecuencia de incendios y del tiempo evolutivo. Ninguno de estos factores por sepa-rado puede explicar la composición y dinámica de los bosques.
ESTRUCTURA Y COMPOSICIÓN DEL BOSQUE
Los bosques se caracterizan por poseer varios estra-tos de vegetación. En nuestros bosques templados, el estrato arbóreo no suele sobrepasar los 25-30 m, o excepcionalmente hasta 40 m (Costa Tenorio et al., 1998). Bajo este dosel aparecen arbustos de 10-15 m, fundamentalmente Rosáceas (Sorbus, Crataegus, Pyrus, etc.), pero también Ilex, Taxus, Corylus y otros. Los estratos herbáceo y talófito —que incluye plantas que aparecen directamente como costras sobre el sustrato—, como las Hepáticas y las algas, completan la estructura vertical del bosque. No obstante, especialmente en los lugares húmedos, aparecen especies de plantas epífi-tas —es decir, que viven sobre los árboles—, como mus-gos, helechos y líquenes. En los bosques tropicales, este grupo de plantas puede ser muy numeroso y diverso,
incluyendo muchas especies de orquídeas y bromeliá-ceas. Finalmente podemos distinguir un último estrato constituido por las plantas trepadoras y las lianas, que contribuyen a aumentar la complejidad física de los bosques. Existe evidencia de que esta complejidad es crucial para el mantenimiento de la biodiversidad. Por tanto, el manejo forestal ecológicamente sostenible debe favorecer la diversidad estructural de las especies vege-tales, evitando las masas uniformes y coetáneas, típicas de las plantaciones gestionadas de una forma intensiva (véase el capítulo Gestión de Ecosistemas, en el volu-men XLV).
Una clasificación de las plantas muy utilizada en estudios ecológicos es la propuesta por el botánico Raunkjaer en 1934. Se basa en la presencia/ausencia de yemas permanentes y en su situación con respecto al suelo. Así, las plantas de los bosques pueden
caracteri-Figura 2
Esquema de la distribución vertical de la vegetación en un bosque atlántico húmedo
25-40 m 10-15 m ÁRBOLES EPÍFITAS TREPADORAS ARBUSTOS HERBÁCEAS TALÓFITAS
Otoño en las fragas de O Courel (Lugo), una imagen que debería caracterizar el paisaje gallego, con sus texturas, colores, aromas, y que lamentablemente sólo podemos encontrar en menos del 1% de su superficie potencial. Éste es un ejemplo de bosque mixto de robles. (Fotografía: A. Cordero)
zarse por sus formas de vida, que de alguna manera representan la función o nicho ecológico de cada espe-cie en el bosque. Usando esta clasificación se puede comparar la composición de bosques de zonas geográfi-cas distantes, lo que nos da idea de su estructura y fun-cionamiento. Por ejemplo, los fanerófitos son las espe-cies dominantes en la mayor parte de los bosques, pero no en los bosques caducifolios templados, que poseen una amplia presencia de hemicriptófitos y geófitos y muy reducida de caméfitos y terófitos.
La distinción entre los diferentes tipos de bosques no siempre es tarea fácil, ya que la vegetación responde gra-dualmente a las características ambientales, de tal manera que, caminando por un robledal, podemos pasar paulatinamente a un bosque dominado por alisos, sin que nos percatemos de los límites de ambos ecosiste-mas. Estas situaciones, donde dos ecosistemas
diferen-Los bosques se caracterizan por poseer varios estratos de vegetación, claramente visibles en esta fraga de O Courel (Lugo).
El sotobosque de los robledales gallegos es muy diverso, e incluye arbustos como el serbal de cazadores (Sorbus aucuparia), aquí fotografiado en O Courel (Lugo). Los frutos de esta especie son un alimento básico de muchas aves y mamíferos en invierno. (Fotografía: A. Cordero)
tes, con sus comunidades vegetales características, se intercalan, constituyen un ecotono. En los ecotonos el ambiente es favorable a la persistencia de especies de dos ecosistemas diferentes, e incluso existen especies que viven sólo en los ecotonos, aumentando la diversi-dad de estas zonas de contacto. Esto se conoce como efecto de borde. Los ecotonos pueden ser inherentes (permanentes, debidos a cambios bruscos en el ambiente) o inducidos por una catástrofe ambiental (incendios, vulcanismo, inundaciones, etc.) o actividad humana.
Un ecotono especialmente interesante es el que se da en alta montaña, cuando las condiciones ambientales son demasiado adversas para el crecimiento de los árbo-les, que se ven sustituidos por arbustos y, más arriba, por vegetación herbácea. Se trata del ecotono bosque-pra-dera, un límite permanente debido a las bajas
tempera-Los bosques muy húmedos suelen tener una capa de talófitos muy desarrollada, que cubre rocas y suelos. Hepáticas en la laurisilva de Madeira (Portugal). (Fotografía: A. Cordero) Figura 3
Relación entre un índice de diversidad de estratos de la vegetación y la diversidad de aves en bosques deciduos del este de Norteamérica
La diversidad está medida con un índice que tiene en cuenta el número de elementos (especies de aves o estratos de vegetación en este caso) y la frecuencia relativa de cada elemento
Fuente: Smith, 1998
0’0 0’5 1’0
DIVERSIDAD EN ALTURA DE LA VEGETACIÓN
3 2 1 D IVERSIDAD DE AVES
Figura 4
Clasificación de las formas de vida vegetal propuesta por Raunkjaer. Se ha añadido el grupo de las plantas epífitas, no incluidas en la clasificación original
Fuente: Raunkjaer, 1934
Los límites entre dos tipos de bosque, o entre bosques y otros ecosistemas, dan a menudo lugar a zonas de mayor diversidad (ecotonos), por presentar especies típicas de cada uno de los ecosistemas que contactan, y además especies típicas de los ecotonos.
Paisaje de Forcarei (Pontevedra) con bosquetes, prados y bosques de ribera. (Fotografía: A. Cordero)
Las yemas persistentes aparecen en tallos erectos a) Siempreverdes sin protección de las yemas b) Siempreverdes con protección de las yemas c) Deciduas con protección de las yemas d) Menos de 2 m de altura
Las yemas persistentes aparecen en tallos rastreros o muy cerca del suelo
a) Caméfitos subfruticosos que producen tallos anuales, permaneciendo sólo las partes bajas b) Caméfitos pasivos con tallos persistentes rastreros
c) Caméfitos activos con crecimiento activo sobre la horizontal d) Plantas con forma de cojín
Las yemas permanentes aparecen en la superficie del suelo
a) Protohemicriptófitos con tallos aéreos que portan hojas normales, aunque las hojas inferiores están menos desarrolladas b) Plantas parcialmente en roseta, con la mayoría de sus hojas en internodos cerca del suelo
c) Plantas en roseta basal
Las yemas permanentes están bajo la tierra o el agua
a) Geocriptófitos o geófitos, que agrupan formas de vida con: (I) rizomas, (II) bulbos, (III) tallos tuberosos y (IV) tubérculos radicales b) Plantas de marismas (helófitos)
c) Plantas acuáticas (hidrófitos)
Plantas que completan su ciclo y mueren en una estación, o germinan en otoño y florecen y mueren en la primavera siguiente: anuales
Plantas que crecen sobre la superficie de otras plantas
FANERÓFITOS CAMÉFITOS HEMICRIPTÓFITOS CRIPTÓFITOS TERÓFITOS EPÍFITOS
turas, la duración de la temporada de nieves, el efecto de los vientos, y otros factores. Para que el bosque pueda ascender por la ladera de una montaña se requiere que los árboles puedan producir más materia durante la esta-ción de crecimiento (el breve verano) de la que consu-mirán para pasar el período inhóspito del invierno.
FUNCIONAMIENTO DEL BOSQUE
En todo ecosistema existen dos subsistemas que basan su funcionamiento en la energía capturada por las plantas mediante la fotosíntesis (subsistema de los apa-centadores) y en la materia orgánica muerta (subsis-tema de los descomponedores) (Heal & McLean Jr., 1980). Ambos subsistemas se encuentran íntimamente interconectados, de tal manera que el correcto funciona-miento del sistema de descomponedores permite el reci-clado de nutrientes y su utilización por las plantas para la generación de nueva materia orgánica y la transferencia de energía hacia los apacentadores. Además, a medida que ascendemos por los niveles tróficos, la distinción entre ambos subsistemas se diluye, ya que las mismas
especies pueden formar parte de cadenas tróficas basa-das en la energía solar o la descomposición.
La producción primaria neta (PPN) aérea de los principales tipos de bosques del mundo oscila entre 6 y 18 t por hectárea y año. Estos datos excluyen masas ferti-lizadas, plantaciones clonales o especies plantadas fuera de su área de distribución natural (Perry, 1994). Pode-mos observar que existe una gran variabilidad dentro de cada tipo de bosque, lo que depende de variaciones del suelo, elevación, edad de la masa, etc.
Las diferencias de productividad entre los distintos bosques se deben a dos factores principales:
— La superficie foliar que limita la capacidad de cap-turar energía, que por su parte depende de la disponibili-dad de agua y nutrientes.
— La duración del período de crecimiento, es decir, el clima.
Los valores más altos de PPN han sido medidos en los bosques húmedos tropicales y en bosques de Japón (43’7 t/ha/año en una masa de Cryptomeria japonica). Los bosques de coníferas y de caducifolias de la zona templada tienden a tener una PPN muy similar en
pro-Límite del bosque (timberline)
MAR
Límite del bosque (timberline) Figura 5
Ecotono entre bosque y praderas: efectos de la temperatura del verano
A medida que las montañas se sitúan más lejos de la costa, las temperaturas estivales se hacen más extremas, lo que permite a los árboles ascender. El límite del bosque se sitúa por lo tanto a mayor altitud en las montañas de clima continental, comparadas con montañas similares situadas a la misma latitud pero cerca del mar, donde las temperaturas veraniegas se suavizan
Figura 6 a
Diagrama funcional generalizado de un bosque de robles
En el subsistema de los apacentadores, la diversidad de plantas, herbívoros y carnívoros depende de la energía solar incidente. Cuando estos organismos mueren, los restos son mineralizados mediante la acción del subsistema de los descomponedores, que es energéticamente mucho más importante que el basado en la producción primaria. La materia orgánica transformada en nutrientes minerales por la acción de detritívoros y microorganismos es reutilizada por las plantas para generar nueva materia viva. Como puede observarse, muchas de las especies de carnívoros son comunes a los dos subsistemas
Figura 6 b
Modificaciones del funcionamiento en una plantación de eucaliptos en Galicia
El subsistema de apacentadores desaparece casi completamente, ya que no hay herbívoros nativos capaces de alimentarse de las hojas de E. globulus. Al interrumpirse el flujo de energía, toda la biodiversidad de este subsistema se elimina. Las únicas excepciones son insectos australianos introducidos, que se comportan como plagas. El subsistema de los descomponedores se ve simplificado por la incapacidad de muchos detritívoros y microorganismos para descomponer la madera y hojas de eucalipto. Su diversidad se reduce, y, muy probablemente, el número total de niveles tróficos
Fuente: Elaboración propia.
Carnívoros, invertebrados y vertebrados Carnívoros, invertebrados y vertebrados
Carnívoros, invertebrados y vertebrados
Herbívoros, invertebrados y vertebrados Detritívoros Microorganismos
Cuerpos y heces Materia orgánica mineralizada Luz, agua Respiración
Cuerpos y heces Materia orgánica mineralizada Luz, agua Respiración
PRODUCCIÓN PRIMARIA NETA
PRODUCCIÓN PRIMARIA NETA
MATERIA ORGÁNICA MUERTA
MATERIA ORGÁNICA MUERTA
Carnívoros, invertebrados y vertebrados
Carnívoros, invertebrados y vertebrados Plagas Microbívoros Detritívoros Microorganismos Microbívoros APACENTADORES APACENTADORES DESCOMPONEDORES DESCOMPONEDORES
medio, pero los máximos absolutos son mucho mayores para las coníferas. Los valores más bajos de PPN se dan en los bosques boreales, de montaña y de zonas muy secas, debido a la limitación de la estación de creci-miento por bajas temperaturas o sequías. El clima es, por lo tanto, el factor principal que determina la productivi-dad forestal.
Desde el punto de vista del uso de los nutrientes minerales, los bosques pueden considerarse sistemas altamente eficientes de utilización y reciclado de estos elementos (sólo necesitan en promedio 55 kg/ha de nitrógeno). No obstante, existen entradas de nuevos materiales (por deposición atmosférica seca y húmeda, por arrastre con las aguas de escorrentía, y por trans-porte por los animales), así como pérdidas, principal-mente debidas a la escorrentía superficial, y también a la dispersión de propágulos reproductores (polen, frutos, semillas) fuera del bosque, y la emigración de los anima-les. Una característica muy importante de los ecosistemas forestales es su capacidad para almacenar grandes canti-dades de nutrientes en los árboles. Por término medio, la biomasa de los bosques caducifolios gallegos es de unas 300-350 t/ha, constituida en torno al 75-80% por ramas y troncos de las leñosas, el 16-17% por raíces, y tan sólo el
1-2% por las hojas y otro tanto por el estrato herbáceo, cifras que se ajustan a las existentes en otros bosques similares europeos. La biomasa animal no alcanza ni siquiera el 0’5% del total, siendo el 99% la constituida por la fauna del suelo (Davignaud, 1978).
Figura 7
Producción primaria neta aérea (en peso seco) de los principales tipos de bosques mundiales
Se excluyen las plantaciones
Fuente: Perry, 1994
Figura 8
Esquema del ciclo de nutrientes en un bosque
La mayor parte de los minerales están acumulados en el suelo, y en menor medida en los troncos de los árboles, el mantillo y el sotobosque. El reciclado de los nutrientes se realiza de manera interna en los árboles
Fuente: Cole & Rapp, 1981
Figura 9
Acumulación de nutrientes minerales en bosques
Los bosques de caducifolios de la zona templada acumulan en promedio 150 t por hectárea
Fuente: Cole & Rapp, 1981 50 40 30 20 10 0 350 300 250 200 150 100 50 0
TEMPLADO MÉSICO TEMPLADO SECO TROPICAL BOREAL
Rango de variación Media t/ha/año
Biomasa aérea Biomasa subterránea kg/ha (millares) Reciclaje Reciclaje Absorción Absorción Absorción Escorrentía Pérdidas Pérdidas en hojarasca, escurrido cortical y percolado Entradas Coníferas Bosque boreal Caducifolias Caducifolias Mediterráneo Coníferas ÁRBOL SUELO SOTOBOSQUE MANTILLO Coníferas Frondosas caducifolias Siempreverdes frondosas Mixto
Coníferas Frondosas Húmedo
de baja altitud
Seco
Montano
n= 88 67 22 3 4 7 11 5 5 36
Además, la edad de los árboles influye negativa-mente en su productividad, de manera muy acusada en las coníferas y casi inapreciable en las caducifolias.
FUNCIONES ECOLÓGICAS DEL BOSQUE
Los ecosistemas forestales son predominantes en amplias zonas de la superficie terrestre. Los árboles no sólo dominan el paisaje y le dan nombre (alisedas, ala-medas, robledales, pinares, fresnedas, etc.), sino que además contribuyen de numerosas formas a mantener el funcionamiento de los ecosistemas, incluso fuera del bosque. En el cuadro 1 se presenta un resumen de esas funciones, que han sido utilizadas por un equipo de eco-nomistas para realizar una estimación monetaria de los servicios ecosistémicos (Costanza et al., 1997).
Los bosques son fundamentales en el almacena-miento de nutrientes clave como el carbono, del cual existen reservorios importantes en forma de madera. No obstante, la mayor proporción de carbono es utilizado —y secuestrado— por los ecosistemas marinos, que son cuantitativamente mucho más importantes (véase el capítulo dedicado a los Ciclos de elementos, en este mismo volumen). Debido a la entrada en vigor del proto-colo de Kioto, la política ha incidido sobre este aspecto y
se han desarrollado métodos para valorar el secuestro de CO2por parte de los árboles. Se ha incluso argumentado
que las plantaciones de árboles de rápido crecimiento son cruciales para ese secuestro del CO2y contribuir así a
mitigar el calentamiento global. Esto no es correcto, en primer lugar porque lo importante es el tiempo que el carbono permanece inmovilizado en los tejidos vegeta-les, que es mucho más breve en plantaciones de turno corto (como los eucaliptos) que en las de turno largo (como los robles); el CO2capturado por los árboles de
crecimiento rápido se libera en muy breve tiempo al ambiente. En segundo lugar, porque las plantaciones de rápido crecimiento son muy proclives a ser pasto de las llamas (véase más adelante para el caso de los eucalip-tos), y por ello todo el carbono (C) fijado se pierde en unas horas. Los miles de incendios del verano de 2006 en Galicia han liberado todo el C acumulado durante años por las plantaciones de eucaliptos. No han servido para retener ese C. Y en tercer lugar, porque muchos árboles de rápido crecimiento son también liberadores netos de sustancias terpenoides, especialmente a altas temperaturas, que tienen un efecto similar al CO2en el
calentamiento global (Harley et al., 1999). En resumen, todas las evidencias indican que si se quiere maximizar el efecto de secuestro de carbono por los ecosistemas
Figura 10
Efecto de la edad sobre la eficiencia en producción de madera
Producción de tallos y ramas/producción de hojas
Fuente: O’Neill & DeAngelis, 1981
1 0’9 0’8 0’7 0’6 0’5 0’4 0’3 0’2 0’1 0 0 50 100 150
EDAD(años) EDAD(años)
0 100 200 300 E FICIENCIA EN PRODUCCIÓN DE MADERA 2’5 2 1’5 1 0’5 0 E FICIENCIA EN PRODUCCIÓN DE MADERA
Las plantaciones de eucaliptos son muy vulnerables a los incendios, por lo que no contribuyen al secuestro de carbono a largo plazo. Cada vez que se queman, liberan en sólo unas horas todo el carbono acumulado a lo largo de su crecimiento.
Imagen captada en el valle del río Almofrei (Bora, Pontevedra). (Fotografía: A Cordero)
Los árboles caducifolios de crecimiento lento, como los que constituyen el bosque atlántico gallego, son poco inflamables, como muestra esta imagen captada en el ayuntamiento de Cotobade (Pontevedra). El fuego ha arrasado con los eucaliptos, pero las pequeñas manchas de robles
han conseguido frenar su avance, en parte seguramente porque viven sobre zonas más húmedas. (Fotografía: A Cordero)
0 20 40 60 Fotosíntesis Isopreno 125 100 75 50 25 0 16 12 8 4 0 F LUJO D E ISOPRENO (µmol m -2s -1) F LUJO NETO DE CO 2 (µmol m -2s -1) Figura 11
Efecto de la temperatura ambiental sobre la fotosíntesis neta y la liberación de isopreno por una hoja de eucalipto
Como puede observarse, la tasa de fotosíntesis cae rápidamente con la temperatura, mientras aumenta la liberación de isopreno, un gas con efecto invernadero similar al CO2
forestales, se deben potenciar las especies de creci-miento lento, con turnos largos, que apenas emiten iso-preno y son muy raramente pasto de las llamas.
Otro de los servicios ecosistémicos más importantes de los bosques se refiere a su contribución al manteni-miento de los hábitats para la vida silvestre y, por consi-guiente, al mantenimiento de la biodiversidad. De nuevo, los bosques son muy superiores a las plantacio-nes monoespecíficas a este respecto. Las plantacioplantacio-nes de eucaliptos son notablemente pobres en diversidad bioló-gica (Varela Díaz, 1990; Sousa et al., 1997), debido al efecto combinado de la composición química de estos árboles, y al manejo intensivo de las plantaciones.
Finalmente, también es de destacar la contribución de los ecosistemas forestales a la conservación y mante-nimiento de paisajes, e incluso en la cultura de cada pue-blo. Vivimos en una zona que pertenece al dominio cli-mático de los bosques caducifolios, y nuestra identidad y cultura están relacionadas con ello. La sustitución del área potencial de nuestros bosques por plantaciones de especies exóticas, en aras del rendimiento económico, es tan aberrante como reemplazar la catedral de Santiago por un moderno edificio, que sin duda sería más efi-ciente y funcional. El patrimonio cultural ha sido prote-gido por nuestras leyes. Ahora le toca al turno a nuestro patrimonio natural, antes de que sea demasiado tarde.
Servicio ecosistémico Función ecosistémica Ejemplos
Regulación de los gases Regulación de la composición atmosférica Balance CO2/O2, ozono, SOx
Regulación del clima Regulación de la temperatura, precipitación Regulación de los gases de efecto invernadero,
y otros procesos formación de nubes
Regulación frente a perturbaciones Homeostasis de la respuesta ecosistémica Protección frente a tornados y temporales,
a las fluctuaciones inundaciones, etc.
Regulación del agua Regulación de los flujos hidrológicos Provisión de agua para actividades agrícolas/industriales Suministro de agua Almacenamiento y retención de agua Provisión de agua por los acuíferos, ríos, etc.
Control de la erosión y retención Retención del suelo en el ecosistema Prevención de pérdidas de suelo por erosión eólica,
de sedimentos hídrica u otros procesos
Formación de suelo Procesos de formación del suelo Edafogénesis
Reciclaje de nutrientes Almacenamiento, reciclaje interno Fijación de nitrógeno, fósforo y otros elementos y adquisición de nutrientes
Tratamiento de residuos Recuperación de nutrientes y retirada Tratamiento de aguas residuales, control de la contaminación,
de contaminantes detoxificación
Polinización Movimiento de los gametos vegetales Provisión de polinizadores para la reproducción de los vegetales
Control biológico Regulación trófico-dinámica de las poblaciones Control de presas por parte de depredadores clave Refugios Proporción de hábitat para los organismos Zonas de reproducción, hábitat para especies
migratorias, zonas de refugio invernal Producción de alimentos Proporción de la producción primaria que puede Producción de peces, caza, frutos, setas
ser explotada por la humanidad como alimento
Materiales Proporción de la producción primaria que puede ser Producción de materiales, energías de origen biológico explotada por la humanidad como recursos naturales
Recursos genéticos Proporción de materiales únicos Medicinas, recursos genéticos, especies ornamentales Recreación Oportunidades para actividades recreativas Ecoturismo, pesca deportiva, fotografía
Recursos culturales Oportunidades para usos culturales Valores de tipo estético, educacional, espiritual o científico
Cuadro 1
Principales servicios derivados del buen funcionamiento de los ecosistemas. Salvo el tratamiento de residuos, la polinización y el control biológico, todos los demás servicios son proporcionados en gran cantidad por los bosques
3. LOS BOSQUES GALLEGOS
A lo largo de las laderas de una montaña de la Gali-cia interior, donde aún se conservan áreas con vegeta-ción autóctona relativamente extensas, es posible obser-var que las especies dominantes cambian según la
alti-tud, las características del suelo, la topografía y, sobre todo, la orientación. Las laderas orientadas al norte son más frías y húmedas, y permiten el desarrollo de vegeta-ción más atlántica. Por el contrario, las laderas expuestas al sur son el hábitat típico de los bosques mediterráneos. Estas dos influencias determinan el tipo de bosques autóctonos de Galicia.
Figura 12
Distribución potencial de los tipos principales de bosques en Galicia
La mayor parte del área de distribución del bosque mixto de robles, que debería ocupar la zona costera de Galicia, ha sido ocupada por plantaciones de eucaliptos y, en menor medida, pinos
Fuente: elaborado a partir de Izco, 1987
BOSQUE VEGETACIÓN
1.— Fraga do Eume Roble y castaño
2.— Fraga das Reigadas Roble y melojo
3.— Fraga do Toxa Roble y melojo
4.— Sobreiral do Arnego Alcornoque
5.— Fraga da Marronda Roble, melojo y haya
6.— Os Cabaniños Roble y castaño
7.— Cabanavella Roble y roble albar
8.— Pintinidoira Haya
Robledal húmedo colino Melojar húmedo montano Encinar Abedular Robledal termófilo Melojar mesófilo Encinar relicto Supraforestal Robledal montano Melojar seco Hayedo BOSQUE VEGETACIÓN
9.— Cruzul (Ousón) Encina
10.— Oribio Roble y abedul
11.— Fonteformosa y Faro Haya
12.— A Rogueira Roble, melojo, haya, abedul y tejo
13.— Mercurín y Cido Encina
14.— Enciña da Lastra Encina
15.— Montederramo Abedul y roble
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15
Los bosques de ribera, con alisos, fresnos, sauces, robles e innumerables especies de helechos, constituyen uno de los hábitats prioritarios a nivel europeo mejor representados en Galicia. Ribera del río Lérez, en Tenorio (Cotobade, Pontevedra). (Fotografía: A Cordero)
A nivel europeo, se pueden distinguir muchos más tipos de bosque, dependiendo de los criterios emplea-dos (forestales, ecológicos, fitosociológicos e incluso cul-turales). Larsson (2001) distingue 33 tipos principales de bosques en Europa. Sólo cinco de esos tipos aparecen en Galicia y en zonas limítrofes.
Se describen a continuación las características de los bosques más significativos de Galicia siguiendo funda-mentalmente la ya clásica síntesis de J. Izco (1987).
ROBLEDALES DE QUERCUS ROBUR
Como ya se ha indicado, la mayor parte de los bos-ques gallegos están dominados por los Quercus. Los robledales o carballeiras del ROBLE CARBALLO(Q. robur) se
desarrollan en las comarcas y exposiciones más húmedas occidentales, siendo sustituidos hacia el interior por melojares o reboleiras de Q. pyrenaica. En condiciones normales se desarrollan sobre suelos ácidos, por lo que junto a los robles suelen aparecer especies acidófilas como el ABEDUL(Betula celtiberica) en el estrato arbóreo;
el PERAL SILVESTRE(Pyrus cordata), el ESPINO ALBARo MAJUELO
(Crataegus monogyna), el AVELLANO(Corylus avellana), el FRESNO(Faxinus excelsior) o el ACEBO(Ilex aquifolium),
en los estratos arborescentes o arbustivos; o Teucrium scorodonia, Euphorbia amygdaloides, Stellaria holostea, Melampyrum pratense y los helechos Blechnum spicant, Pteridium aquillinum, etc., o el RUSCO(Ruscus
aculea-tus), en los inferiores. Una descripción detallada de las especies características de cada tipo de bosque se puede consultar en el capítulo “Bosques y masas arboladas en Galicia” del volumen XLIII.
Sin duda el exponente más visible del tránsito que se produce a través del territorio gallego entre el mundo atlántico eurosiberiano, húmedo y fresco, y el mediterrá-neo, más seco y cálido, es el paso del dominio del carba-llo al del melojo. Esta especie marcescente de transición entre los Quercus caducifolios de las zonas húmedas y los xerófilos de hoja perenne, se comporta en Galicia, y en general en toda la Península Ibérica, como árbol continen-tal, soportando fríos intensos y heladas extemporáneas gracias a su foliación tardía y a su corto ciclo vegetativo. 91. Bosques de la Europa templada
Bosques mixtos de robles. Especies dominantes: Quercus robur, Q. petraea, Betula pubescens, Sorbus aucuparia, Crataegus monogyna, Fraxinus excelsior
9120 Hayedos acidófilos atlánticos con sotobosque de Ilex y a veces de Taxus (Quercion robori-petraeae o Ilici-Fagenion)
9180 * Bosques de laderas, desprendimientos o barrancos del Tilio Acerion 91D0 * Turberas boscosas
91E0 * Bosques aluviales de Alnus glutinosa y Fraxinus excelsior (Alno-Padion, Alnion incanae, Salicion albae) 91F0 Bosques mixtos de Quercus robur, Ulmus laevis, Ulmus minor, Fraxinus excelsior o Fraxinus angustifolia, en
las riberas de los grandes ríos (Ulmenion minoris) 92. Bosques mediterráneos caducifolios
9230 Robledales galaico-portugueses con Quercus robur y Quercus pyrenaica 9260 Bosques de Castanea sativa
93. Bosques esclerófilos mediterráneos 9330 Alcornocales de Quercus suber
9340 Encinares de Quercus ilex y Quercus rotundifolia 9380 Bosques de Ilex aquifolium
95. Bosques de coníferas de montañas mediterráneas y macaronésicas 9580 * Bosques mediterráneos de Taxus baccata
(*) indica hábitats de interés prioritario a nivel europeo
Cuadro 2
Bosques de Galicia (según categorías del Real Decreto 1997/1995 y códigos de la Red Natura 2000)
Los bosques de Quercus robur, predominantes en Galicia, no aparecen reflejados como tales en esta clasificación (estarían bajo el epígrafe 9120: “hayedos”) y se han añadido sin código
MELOJARES
Los melojares o reboleiras ocupan suelos ácidos en territorios interiores del noroeste de la Península Ibérica aunque no son específicamente calcífugos. Curiosa-mente esta especie es también el roble autóctono del Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia.
El melojar constituye la mayor parte de los bosques actuales de las sierras orientales, ocupando desde el fondo de los valles más bajos, como los del Sil o el Navia (entre los 300 y 400 m de altitud), hasta los 1.300 m. En los robledales húmedos noroccidentales de baja altitud se hace notar la presencia del castaño en el estrato arbó-reo y de helechos como Blechnum spicant o diversas especies del género Dryopteris; en los sectores más cáli-dos, normalmente próximos a la costa, se incorporan elementos relictos de los bosques terciarios de carácter tropical, como el laurel, o los helechos Culcita macro-carpa, Davallia canariensis, Woodwardia radicans, etc.
El incremento de la influencia mediterránea hacia el sur de Galicia permite la aparición de especies termófilas y con un cierto grado de xerofilia, de manera que los robledales meridionales incorporan elementos submedi-terráneos, como el ALCORNOQUE(Q. suber), Rubia
pere-grina, Ruscus aculeatus, Daphne gnidium, Osyris alba, etc., pudiendo algunos de ellos alcanzar proporciones importantes en condiciones topográficas favorables, como en solanas fuertemente insoladas, caso del propio
alcornoque, hasta llegar a formar verdaderos alcornoca-les, o como ocurre en muchas ocasiones con el RUSCO
(Ruscus aculeatus).
Estos elementos termófilos desaparecen de los roble-dales montanos a medida que las temperaturas van des-cendiendo hacia el interior y como consecuencia de la altitud. La presencia del CERQUIÑOoREBOLLO(Quercus
pyre-naica) se generaliza mientras en el sotobosque prolifera el arándano con coberturas que pueden superar el 50%.
ROBLEDALES DE QUERCUS ALBAR
El ROBLE ALBAR(Quercus petraea) tan sólo aparece
formando bosques en las sierras orientales de Os Anca-res y O Courel y en altitudes que normalmente superan los 1.000 m, en donde también se encuentran los escasos hayedos gallegos y los abedulares climácicos. Forman en la práctica un bosque mixto con gran abundancia de acebo, abedul, arce, fresno, avellano o serbal; y Erica arborea, arándano, lúzula, etc., en los estratos inferiores.
HAYEDOS
El HAYA(Fagus sylvatica) es una especie característica
del dominio eurosiberiano occidental que en el sur de Europa se comporta como planta de montaña. En Gali-cia, donde se encuentra el límite occidental de su área, se
Ejemplar de Blechnum spicant, un helecho característico de los robledales atlánticos. (Cotobade, Pontevedra). (Fotografía: A. Cordero)
instala preferentemente en estaciones de altitud, umbrías de pronunciadas pendientes de las montañas interiores, donde soporta bajas temperaturas y elevadas precipita-ciones invernales, así como una alta humedad ambiental a lo largo del año. Los hayedos tienen alto índice foliar, que puede alcanzar las 10 ha/ha, lo que significa que los millones de hojas que contiene una hectárea de hayedo ocupan una superficie diez veces mayor. Poseen un denso estrato arbóreo con enorme predominio de las hayas, a veces casi exclusivas, y presencia irregular de abedules, acebos, serbales, fresnos o arces, que en con-junto reúnen el 99% de la biomasa del bosque. Bajo esta tupida cubierta, que apenas permite el paso de la luz hacia niveles inferiores, se desarrolla un manto herbáceo dominado por hemicriptófitos y rara vez estratos inter-medios; cuando lo hacen, se trata de caméfitos como Vaccinium myrtillus, Daphne laureola o plantas de haya jóvenes.
Algunos hayedos actuales del territorio gallego se desarrollan sobre suelos muy ácidos procedentes de cuarcitas o esquistos, por lo que su cortejo florístico está dominado por plantas acidófilas como el propio ARÁN -DANO (Vaccinium myrtillus), Galium rotundifolium,
Euphorbia dulcis, Deschampsia flexuosa, Luzula sylva-tica, Blechnum spicant, u otros indiferentes (Euphorbia hyberna, Euphorbia amigdaloides, Anemona
nemo-rosa); sobre materiales calizos muy lavados los suelos son ligeramente ácidos o a lo sumo neutros, incorpo-rando en este caso al cortejo florístico del hayedo ele-mentos basófilos del tipo Daphne laureola, Helleborus foetidus, Mercurialis perennis o Euphorbis dulcis. Por otra parte, frente a los hayedos orientales cantábricos o pirenaicos, el carácter finícola de los hayedos gallegos queda de manifiesto por la presencia de especies como Saxifraga spathularis, Luzula sylvatica subsp. henri-quesii y Omphalodes nitida, elementos típicos del contin-gente occidental ibérico y, en este caso concreto, endé-micos noroccidentales (Izco, 1987). La mayor parte de las veces este tipo de bosque se mezcla con los abedulares de altitud que en ocasiones los sustituyen, y entran en contacto con avellanedas, robledales o melojares.
AVELLANEDAS
Las avellanedas se introducen y sustituyen o despla-zan a los hayedos en vaguadas con suelos húmedos y profundos formando bosquetes de escasa altura en donde los múltiples renuevos de los avellanos configu-ran un dosel bajo muy denso del que sólo sobresalen algunos acompañantes de porte arborescente o arbóreo, como Acer pseudoplatanus, Betula celtiberica, Sorbus aucuparia o Ilex aquifollium. Por debajo, la escasa
lumi-Los hayedos, un tipo de bosque relicto en Galicia, poseen una elevadísima densidad de hojas (hasta 10 m2 de hoja por m2 de suelo), por lo que son
ambientes muy umbríos. (Fotografía: A. Cordero)
nosidad interna de las avellanedas y su elevada hume-dad sólo permiten la presencia de especies claramente esciófilas, hemicriptófitas y geófitas de distribución esen-cialmente nemoral, y abundantes helechos, como Blech-num spicant.
ABEDULARES
Los abedulares climácicos ocupan el tramo altitudi-nal superior (montano alto) de las montañas gallegas, por lo que sólo están presentes en las sierras más eleva-das. Son formaciones eurosiberianas que se desarrollan bajo condiciones húmedas o hiperhúmedas en suelos muy ácidos, siendo muy pobres desde el punto de vista florístico. En estos ambientes los abedules típicos se acompañan de AVELLANOS(Corylus avellana),ACEBOS(Ilex
aquifolium),SERBALES(Sorbus aucuparia),ARCES(Acer
pseudoplatanus), incorporando en las comunidades supramediterráneas más meridionales un elemento tan característico como Quercus pyrenaica, y en niveles inferiores algún nanofanerófito, como el PIORNO DE ALTI -TUDGenista florida o caméfitos como el ARÁNDANO
(Vac-cinium myrtillus).
El resto de los abedulares gallegos del territorio cli-mácico de los robledales húmedos montanos descritos anteriormente, propios de niveles altitudinales inferiores, son formaciones seriales, es decir, de sustitución por degradación de aquéllos. En el piso bioclimático inferior (colino), el abedul suele formar bosques ripícolas mixtos con ALISOS(Alnus glutinosa),FRESNOS(Fraxinus excelsior)
o, más al sur, Fraxinus angustifolia, fiel exponente del ambiente mediterráneo.
ENCINARES
En los sectores interiores con temperaturas altas en verano y escasas precipitaciones, la sequía estival es favo-rable para el desarrollo de las especies mediterráneas, lo que permite la presencia de encinares de Quercus ballota en el valle del Sil y sus afluentes (Lor, Bibei, etc.), en los que no faltan Tamus communis, Rubia peregrina o Rubus aculeatus o, en su caso, de alcornocales con
MADROÑO(Arbutus unedo) cuando a la aridez estival se
une una humedad ambiental considerable, como ocurre a lo largo de la costa de las Rías Bajas y los valles de sus ríos. Un caso especial lo constituyen los encinares relictos que se mantienen entre los 600 y 1.400 m de altitud en
ambientes eurosiberianos, como ocurre con los encinares de Cruzul en Becerreá, o los de O Courel, situados siem-pre sobre solanas calizas en las que la pendiente y la falta de suelo corrigen el exceso de precipitaciones.
La transición del mundo atlántico al íbero-mediterrá-neo se manifiesta igualmente en el paso del dominio del tojal-brezal genuinamente oceánico de Ulex europaeus o Ulex galli, con Erica cinerea, Erica umbellata, o los más higrófilos de Erica ciliaris, los septentrionales de la endémica Erica mackaiana, etc., a los más continentales de Erica australis, Genistella tridentata y Halimium alys-soides, y a los mediterráneos de Cistus ladanifer. En general las etapas intermedias de las sucesiones vegeta-les constituidas por las retamas y piornos son peores indicadoras en este aspecto por su mayor ambivalencia ecológica.
EL ORIGEN DE LOS BOSQUES ACTUALES
Los climas de la Tierra se han modificado a lo largo de la historia geológica. Estas transformaciones se pro-ducen de forma natural como resultado de cambios pla-netarios globales de diverso tipo, como el desarrollo de ciclos de las manchas solares, modificaciones en la incli-nación del eje de la tierra o de la órbita terrestre, conta-minación natural a través de erupciones volcánicas y descenso de la radiación incidente, etc. Como conse-cuencia, el paisaje vegetal no permanece inmutable en el tiempo.
A mediados del Terciario (Mioceno, dos millones de años) Galicia soportaba un clima cálido y húmedo bajo el que se desarrolló una vegetación de tipo tropical com-parable a la actual laurisilva canaria, produciéndose pos-teriormente un descenso gradual de las temperaturas hasta los momentos iniciales del Cuaternario. En térmi-nos generales, se caracteriza por la alternancia de perío-dos fríos y secos o glaciaciones, en los que los hielos cubrieron gran parte del continente europeo despla-zando los taxones mesófilos y xerófilos y las zonas de vegetación hacia las latitudes meridionales y las zonas de baja altitud, y otros cálidos y más húmedos, los inter-glaciares, en los que el proceso se invertía, es decir, se producía un reflujo de dichos elementos hacia el norte. Estos ciclos de duración variable, en torno a los 100.000 años, se desarrollaron al menos una veintena de veces desde el comienzo del período hasta hace unos 10.000 años (cuando comienza el Holoceno).
La mayor parte de las especies paleotropicales que poblaban el territorio europeo continental o norocciden-tal de la Península no fueron capaces de sobrevivir soportando las bajas temperaturas de los períodos glacia-res y desaparecieron definitivamente de su territorio. Sin embargo, los autores actuales reconocen la existencia de refugios de especies termófilas en territorios de baja y media altitud tanto a escala europea o peninsular como en la propia Galicia (Costa Tenorio et al., 1998; Ramil Rego et al., 2002), lo que explicaría la presencia en nues-tra región de relictos paleotropicales o mediterráneos. Uno de esos relictos es la libélula Macromia splendens, incluida en el Catálogo nacional de especies amenazadas como “En peligro de extinción” (Cordero Rivera, 2000), cuya distribución en Galicia coincide en gran medida con la del madroño. En contraposición, las montañas actuarían como reservorios de frío en los momentos interglaciares, permitiendo la pervivencia de elementos ártico-alpinos o boreales llegados a Galicia durante la expansión glaciar previa.
Esquemáticamente, la oscilación glaciar-interglaciar provoca la alternancia de formaciones abiertas desarbo-ladas con predominio de gramíneas, del tipo tundra, en los períodos fríos, frente a otras arbóreas densas de espe-cies mesófilas o termófilas, en los de clima menos rigu-roso. El paso de las formaciones herbáceas correspon-dientes a los períodos fríos a las arbóreas de los tem-plado-cálidos se produce según la siguiente secuencia:
Fase subártica de transición, con predominio de las plantas herbáceas y escasos árboles, como Betula nana o Pinus sylvestris. A medida que el clima se atem-pera y los suelos comienzan a desarrollarse, los árboles se adueñan del paisaje (período anatérmico). Apare-cen las caducifolias formando bosques mixtos de Quer-cus, Tilia, Alnus, etc. (óptimo climático); por último, el paso hacia el nuevo período de hielos se caracteriza por la desaparición de las termófilas y la vuelta a las condi-ciones subárticas (período catatérmico) en concordan-cia con el clima frío dominante.
En contraste con lo ocurrido en los territorios centro-europeos —en los cuales está perfectamente documen-tada la presencia de restos de al menos las últimas gran-des glaciaciones cuaternarias (Gunz, Mindel, Riss y Wurm)—, en Galicia tan sólo se ha constatado la existen-cia de este tipo de secuenexisten-cia térmica en momentos correspondientes a los últimos estadios e interestadios wurmienses, desde hace 40.000 años hasta la actualidad,
localizándose el último máximo glaciar (pleniglaciar final wurmiense) hace 18.000 años, a partir del cual comienza el recalentamiento y la deglaciación actual (Ramil Rego, 1992 y Ramil Rego, et al., 2002).
Esto permite que en el Holoceno (hace 10.000 años) se configuren las condiciones ecológicas actuales. Ini-cialmente se produce la expansión de especies de origen continental europeo como Pinus sylvestris y Betula sp. y, ya a partir de hace 8.000 años, gracias al aumento sensi-ble de las temperaturas y la reconstrucción del suelo, la aparición de los taxones de carácter atlántico, como el
ROBLE(Quercus robur) o el AVELLANO(Corylus avellana),
procedentes de sus refugios glaciares. Los bosques cadu-cifolios atlánticos alcanzan su máxima expansión, preci-samente en el momento en el que aparece la agricultura y el hombre comienza a alterar de forma significativa su distribución y composición. En concreto, en Galicia se detectan los primeros indicios del cultivo hace unos 5.500 años, aunque la influencia humana en el paisaje puede reconocerse en los análisis polínicos al menos desde el milenio anterior a través de indicadores de incendios recurrentes atribuidos a prácticas ganaderas (Pérez Alberti & Ramil Rego, 1996).
Igualmente la expansión de algunas especies termó-filas de carácter mediterráneo como Quercus suber o Arbutus unedo pudo producirse en este momento desde territorios meridionales, siguiendo la vía migratoria lusi-tana a lo largo de la costa portuguesa y remontando los valles de la vertiente atlántica hacia el interior (Izco, 2001). En contraste, otros elementos mediterráneos como Quercus ilex llegan a Galicia desde El Bierzo a tra-vés de los valles de los ríos Sil, Bibei, etc., formando bos-ques sobre todo tipo de suelos. Los encinares que aún hoy se mantienen en zonas interiores de montaña, en altitudes que superan los 1.000 m, en entornos eurosibe-rianos, proceden sin duda de momentos anteriores al último máximo glaciar, incluso terciarios, habiendo sobrevivido en refugios desde donde conquistarían hace unos 5.000 años sus estaciones actuales, constituyendo por ello elementos relictos. El hecho de que el encinar de Cruzul (Becerreá, Lugo), el más occidental de todos ellos, se instale en suelos desarrollados sobre materiales periglaciares, es decir, constituidos después del último máximo glaciar (hace 18.000 años), es buena prueba de ello (Guitián, 1990).
Finalmente, desde hace 5.000 años, el clima se vuelve algo más fresco y húmedo, favoreciendo la
expansión del haya a través de los Pirineos y la cordillera Cantábrica (vía orocantábrica) hasta Galicia —a donde llegaría en época histórica—. Pero, de igual manera que había ocurrido con otras especies, parte de las poblacio-nes de haya procederían de refugios florísticos que en los momentos de clima más suave habrían actuado como focos de irradiación de especies mesófilas o termófilas (Rodríguez Guitián et al., 1996).
En definitiva, la distribución de la vegetación natural que se establece en Galicia desde mediados del Holo-ceno es el resultado del juego de influencias oceánico--continentales y atlántico-mediterráneas desarrolladas en su territorio, pero también de la capacidad de acceso que han tenido plantas de procedencia corológica diversa. Como resultado, mientras el sector septentrional gallego posee florísticamente características que lo incluyen den-tro de la región Eurosiberiana, húmeda y fresca y con predominio de elementos de origen boreal, centroeuro-peo o atlántico, el sudoriental pertenece al mundo coro-lógico mediterráneo, caracterizado desde el punto de vista del clima por el elevado déficit hídrico estival y flo-rísticamente por la presencia de plantas de distribución meridional mediterránea.
LA DEFORESTACIÓN DE GALICIA
De acuerdo con lo visto en el apartado anterior, antes de que el hombre hubiera modificado de forma sensible el paisaje natural los robledales cubrían la mayor parte de Galicia. El Pinus sylvestris, en franca regresión como con-secuencia del incremento de las temperaturas y de la humedad que había favorecido la expansión de los Quercus, subsistía en zonas insoladas de las sierras inte-riores, mientras el haya ocupaba las umbrías que garanti-zaban la persistencia de gran humedad ambiental todo el año. Los bosques con especies de carácter mediterráneo, que habían alcanzado su máxima expansión en los momentos más cálidos y secos del Holoceno, ocupaban sectores favorables de gran aridez en solanas, sobre todo calizas en el caso de la encina, o los valles bajos de los ríos atlánticos o los interiores del Sil y sus afluentes fun-damentalmente en el caso de los alcornocales.
El predominio del bosque sólo se rompería en encla-ves locales en los que existen condiciones edáficas excepcionales —exceso de humedad, concentración de metales pesados, carencia de suelo— en áreas litorales o de montaña expuestas a vientos constantes e intensos,
En el Terciario, Galicia poseía un clima cálido que permitió el desarrollo de bosques de tipo laurisilva. Algunas especies de aquellos bosques han permanecido en refugios durante las glaciaciones, como esta libélula
Macromia splendens, fotografiada en Avión (Ourense). (Fotografía: A. Cordero)
en ciertas áreas sometidas a perturbaciones como incen-dios naturales y pérdidas de suelo, o episoincen-dios catastrófi-cos de diverso tipo.
La deforestación antrópica se inicia de forma signifi-cativa en el período Atlántico 5.500 A. P. (años antes del presente) y se incrementa hasta los años centrales del siglo XIX. Basándonos en los datos de los análisis de polen y sedimentológicos, y los procesos socioeconómi-cos que se desarrollan en cada momento histórico, cono-cidos fundamentalmente a través de documentación escrita, se han reconocido con carácter general para toda Galicia tres grandes etapas de avance de los cultivos como resultado del crecimiento demográfico y econó-mico, con la consiguiente disminución del bosque, que se corresponden respectivamente con el período cas-treño y de ocupación romana (500 a. de C.-400 d. de C.); la expansión agrícola medieval (750-1300 d. de C.), en especial los siglos XII y XIII; y la Edad Moderna (1450-1850 d. de C.). Están separadas por dos períodos de crisis en los que se produce un fuerte descenso de la presión humana sobre el territorio y que se corresponde con los siglos iniciales y finales de la Edad Media (400-750 d. de C. y 1300-1450 d. de C. respectivamente) (Guitián, 2002).
A partir de los años centrales del XIX el incremento de la superficie arbolada no se detiene hasta la actuali-dad, pero en su mayor parte se debe a plantaciones o cultivos forestales. Sólo en las últimas décadas se pro-duce también una apreciable expansión de los bosques autóctonos como resultado del éxodo rural, el abandono agrícola y la disminución de la presión sobre el monte.
Una idea general de la importancia y las características que adquiere la deforestación en cada una de las fases descritas puede extraerse de algunos análisis de polen, como el realizado por Tornqvist (1986) o los numerosos de Van Mourick (1986), cuyos datos, por otra parte, mues-tran una gran coherencia con lo que se deduce de las fuentes escritas o de otro tipo y corroboran las secuencias o períodos señalados; o puede también elaborarse a partir del estudio de las actividades que a lo largo de la historia han contribuido a la destrucción de los bosques.
EL CONSUMO HABITUAL DE MADERA
La madera se ha utilizado desde la prehistoria como fuente de energía o material de construcción. Hasta momentos muy recientes fue indispensable como ener-gía en los hornos de las casas, por lo que su consumo
puede considerarse proporcional al tamaño de la pobla-ción en cada momento. Se ha calculado que en algunos países europeos el consumo de madera durante la Edad Moderna rondaba la tonelada por persona y año en las ciudades y algo menos en el mundo rural (Braudel, 1967; Woronoff, 1990). Conocido el tamaño de la población en la época a través del trabajo de los historiadores (Saave-dra, 1998), se puede establecer una cifra de referencia sobre el consumo total de madera en Galicia: rondaría las 700.000 t anuales a finales del siglo XVI o el doble a finales del XVIII, lo que supone respectivamente la des-trucción anual de 15.000 y 30.000 hectáreas de bosque joven (20 años), o una tercera parte en el caso de bos-ques maduros de más de cien años ya que, como es sabido, la producción se reduce en estados de madurez.
LA EXPORTACIÓN DE MADERA
Y EL CONSUMO INDUSTRIAL
Frente a este consumo generalizado, otro tipo de actividades mucho más localizadas en el tiempo o en el espacio contribuyeron notablemente a la destrucción de los bosques. Probablemente el consumo de madera en actividades realizadas desde la prehistoria, como la ela-boración de elementos constructivos, instrumentos, ape-ros de trabajo, la fabricación del hierro, etc., tuvo durante mucho tiempo consecuencias limitadas en el paisaje. Pero a partir de la Edad Media las necesidades de la población que crecía aceleradamente generaron nuevas formas de producción protoindustriales mucho más exi-gentes en energía y mucho más agresivas con el bosque. Así, mientras que hasta finales del siglo XVI Galicia mantuvo una intensa actividad exportadora de madera hacia otras regiones españolas (Andalucía fundamental-mente), hacia Portugal o países del norte de Europa, esta relación comercial pierde importancia en el siglo siguiente y finalmente no sólo desaparece sino que ya desde comienzos del XVIII gran parte de la madera con-sumida en Galicia debe ser importada de otras regiones del norte de la Península (Asturias, Santander o País Vasco) y de los países escandinavos y bálticos, y no sólo para las obras de gran envergadura, como podían ser las que se realizaban en el astillero de Ferrol, cuyos navíos fueron construidos casi en su totalidad con maderas extrarregionales, sino para otras de mucho menor porte, como la construcción de casas, la reparación de iglesias,
etc., e incluso para la fabricación de pipas, barricas o envases de pescado (Guitián, 2002).
Aunque muchos establecimientos metalúrgicos galle-gos tienen origen medieval, alcanzan su apogeo a partir del último tercio del XVIII y entran en decadencia en el segundo cuarto del siguiente siglo. En ese tiempo consu-mieron ingentes cantidades de madera, cuestión fácil de entender si se considera que la fabricación de un kilo de carbón necesitaba otros treinta de madera. Sin embargo, la influencia de las ferrerías en la destrucción de los bos-ques gallegos fue limitada porque la mayor parte de ellas se concentraban en el entorno del río Sil y sus afluentes (Cabe, Lor, Selmo y Soldón), donde, como es lógico, sus efectos sí fueron demoledores, hasta el punto de que casi todas ellas dejaron de funcionar precisamente por falta de combustible.
Otras industrias se distribuyeron territorialmente de manera más equilibrada, pero su papel en la deforesta-ción es difícil de evaluar, como ocurre con los numero-sos hornos de cerámica o de teja que existieron en toda Galicia, grandes consumidores de energía, o con las tenerías de curtir el cuero, por ejemplo.
En este caso, en el proceso de curtido de las pieles para fabricar el cuero de los zapatos y otros elementos de la vestimenta se utilizaban grandes cantidades de cor-teza de roble cuyos taninos eran empleados como cur-tientes. La extracción de corteza de los árboles facilita el ataque de los hongos y parásitos de todo tipo a sus teji-dos internos, e incluso llega a provocar su muerte, hasta el punto de que a lo largo de la Edad Moderna numero-sos escritos acusan a las fábricas de curtidos de la deca-dencia del bosque en Galicia.
LAS PRÁCTICAS AGRÍCOLAS
Sin embargo, como hemos destacado en discursos de trabajos anteriores que retomaremos aquí (Guitián, 2000 y 2002), la destrucción y el deterioro de los bosques galle-gos es esencialmente una consecuencia de las prácticas agrícolas tradicionales; las actividades comerciales o pro-toindustriales han tenido en este aspecto una influencia tardía y mucho más limitada, a escala local o comarcal.
La superficie de terreno de cultivo permanente en Galicia no superó nunca la tercera parte de su territorio. Se calcula que en el siglo XVI podía situarse en torno al 10%, incrementándose desde entonces hasta alcanzar a mediados del siglo XIX el 24% y en torno al 30% en
algu-nos momentos del siglo XX. El resto estaba constituido por el “monte” en cualquiera de sus formas. Exclusivo en el paisaje preantrópico, su superficie se fue reduciendo a lo largo de la historia a medida que se incrementaba el cultivo pero sin rebasar nunca unos determinados lími-tes, pues el monte era un elemento imprescindible para mantener la forma de vida y el sistema agrícola tradicio-nal. No sólo se utilizaba para el pastoreo, la producción de leña o madera, o el abono de los campos de cultivo permanente, sino que constituía además el espacio en el que se realizaban las rozas.
El cultivo de rozas constituyó la primera de las for-mas de cultivo en la prehistoria y pervivió en Galicia a lo largo del tiempo hasta la década de 1970, en la que era ya algo residual. El sistema de rozas o estivadas es un cultivo itinerante de cereal en parcelas de monte basado en una gran aportación de trabajo y sobre todo en la uti-lización del fuego. La quema de la vegetación y la incor-poración de las cenizas al suelo producía un apreciable incremento de su pH y contenidos en calcio, potasio y fósforo, realizándose en un instante la mineralización de la materia orgánica o, lo que es lo mismo, la transforma-ción instantánea de los elementos orgánicos del suelo en formas minerales asimilables por las plantas, proceso que en la naturaleza se produce de forma lenta a través de la humificación. El incremento inmediato de la fertili-dad permitía realizar una o varias cosechas de cereales en años sucesivos sobre la misma parcela en suelos potencialmente poco productivos. Solía efectuarse una siembra de trigo o centeno durante uno o dos años suce-sivos para abandonarse a continuación otros doce, veinte o treinta, dependiendo de la calidad del suelo o de las disponibilidades de espacio, aunque podían utili-zarse rotaciones más complejas.
Numerosas fuentes de información hablan de la enorme extensión superficial de las rozas o estivadas y de su importancia en el mantenimiento de los brezales como elemento básico del paisaje gallego desde la Edad Media (Guitián, 1999). Basta con considerar que si, como era frecuente, los turnos de retorno del cultivo a una par-cela eran de 20 años, al menos otras 19 sembradas en los años anteriores no dispondrían de bosques.
Existen datos numéricos recogidos por P. Saavedra (1985) sobre territorios de la cuenca del Eo, en el noreste de Galicia, en el período 1595-1665, según los cuales las estivadas constituían en ese momento el 31’1% de la superficie cultivada. Esto quiere decir que aunque ésta
no superase el 10% del total del territorio productivo, y considerando un período medio de retorno de las estiva-das de 20 años, sería necesaria una superficie equiva-lente al 60% para que el sistema pudiera funcionar. O, dicho de otro modo, y sumándole el terreno cultivado permanentemente, como mínimo el 67% del espacio tenía que estar desprovisto de bosque, al menos de bos-que maduro. Podemos concluir bos-que, en el mejor de los casos, considerando simplemente la superficie necesaria para la realización de las rozas, en esta comarca los bos-ques no podrían cubrir más del 30% del espacio produc-tivo. Pero también es cierto que en otros territorios se realizaban dos cosechas seguidas y los ciclos podían ser más cortos.
Aunque la práctica de las rozas estaba ya en retro-ceso en parte de Galicia desde el siglo XVI, las parcelas de monte cultivadas que entonces se abandonan no fue-ron recolonizadas por el bosque porque, como ha seña-lado Bouhier (1979), las rozas se abandonan precisa-mente para producir matorral con el que elaborar el abono necesario para atender las necesidades de las cre-cientes tierras de labradío permanente.
Éste ha sido siempre uno de los problemas esencia-les de la agricultura gallega. Dada la pobreza de los sue-los y su explotación continuada, el sistema agrícola tradi-cional sólo podía mantenerse con un intenso abonado de las tierras de cultivo mediante la incorporación de estiércol. Con un aprovechamiento racional de la super-ficie de matorral mediante turnos de corta con diferentes secuencias, el campesino se abastecía de leña, comple-mentaba en el establo la alimentación del ganado y, sobre todo, disponía de abundantes cantidades de esquilmo para elaborar el estiércol. Éste se realizaba fun-damentalmente con el TOJO MACHO(Ulex europaeus) una
vez descompuesto y mezclado con las deyecciones del ganado al que servía como lecho en los establos.
Este tipo de aprovechamiento del tojo, aún vigente en muchos lugares de Galicia, se desarrolla al menos desde los siglos medievales, convirtiéndose a lo largo del tiempo en un verdadero cultivo. Se tiene constancia de que en el siglo XVIII las semillas de Ulex europaeus llega-ron a ser objeto de un activo comercio, lo que contribuyó a la selección y difusión de las mejores razas de esta legu-minosa y al incremento de su presencia en el paisaje.
El mismo papel que el tojo en la Galicia occidental lo desempeñaban otras leguminosas como Cytisus scopa-rius o Cytisus striatus o, sobre todo en las sierras, Cytisus
multiflorus o Genista florida subsp. polygaliphylla, que recolonizaban las parcelas abandonadas temporal o defi-nitivamente. En estos casos recibían tratamientos de con-trol y aclareo para facilitar su desarrollo o incluso trans-formarlos en pastizales adehesados que tenían garanti-zada la producción de hierba como consecuencia de los aportes de nitrógeno de las leguminosas y los excremen-tos del ganado que los pastoreaba. Con distinexcremen-tos ciclos de corta este tratamiento permitía un aprovechamiento simultáneo de leñas y esquilmos para lecho del ganado y estercolado de las tierras de cultivo, o como combustible de los hornos, cumpliendo en definitiva funciones seme-jantes a las de los tojales atlánticos. Otras veces las xestei-ras o piornales constituían formaciones densas y regula-res y, en ocasiones, cerradas con sebes, o cercas tempora-les de ramas, pudiendo considerarse en esos casos ver-daderos cultivos.
De acuerdo con los cálculos de Bouhier, cada hectá-rea de labradío necesitaba, en el mejor de los casos, de otro tanto al doble del espacio dedicado a la producción de tojo para garantizar su fertilidad y, con frecuencia, la superficie de tojales tenía incluso que cuadruplicar o quintuplicar la de labradío, lo que en estos últimos supuestos significaría que su extensión no podría bajar del 70 u 85% del espacio total disponible (Bouhier, 1979), extensión que lógicamente carecería de bosque.
Imposible de cuantificar, pero no menos importante en la configuración de los paisajes históricos y actuales de Galicia, en cuanto al mantenimiento del matorral como formación dominante en los espacios de monte, es la utilización del fuego. Los incendios del monte se pro-ducían con diferentes finalidades, aunque los de mayor trascendencia fueron los utilizados para regenerar los pastos del ganado. En este caso, los tojales o brezales se incendiaban periódicamente —cada seis o diez años— para eliminar los elementos leñosos de la vegetación y producir un pastizal joven, lo que impedía la recupera-ción del bosque porque mantenía siempre la vegetarecupera-ción en etapas preforestales.
Los incendios recurrentes fueron seleccionando las especies capaces de adaptarse al fuego, favoreciendo el desarrollo de plantas que rebrotan a partir de rizomas, bulbos o raíces profundas, como en el caso de las gramí-neas vivaces Agrostis curtisii, Festuca rubra, Arrhenathe-rum elatius, de muchas liliáceas bulbosas como Aspho-delus albus o Simethis mattiazzi, de la rosácea Potentilla erecta, del helecho Pteridium aquilinum, etc., que
caracterizan las primeras fases de recolonización. Vacci-nium myrtillus, Genistella tridentata, Erica australis, Halimium alyssoides, Ulex europaeus, etc., disponen de un vigoroso rebrote de cepa y tienen un papel funda-mental en la segunda etapa, pudiendo incluirse en este grupo algunas arbóreas, como es el caso de Quercus pyrenaica. Por otra parte, el aumento de las temperatu-ras del suelo producido por el paso del fuego favorece la germinación de las semillas de muchas plantas, lo que les permite incorporarse con relativa rapidez o incre-mentar su presencia en estas comunidades secundarias post-fuego, como ocurre con las cistáceas Halimium alyssoides o Cistus psilosepalus, la leguminosa Ulex euro-paeus o la ericácea Calluna vulgaris.
En definitiva, se genera un proceso de retroalimenta-ción positiva que puede ajustarse a las siguientes fases:
— Desarrollo del incendio con destrucción total o parcial de la cubierta vegetal.
— Incremento de la erosión y degradación de la estructura del suelo por ruptura de los agregados, obtu-ración de los poros..., bajo los efectos de la acción directa de la lluvia.
— Disminución de la infiltración y aumento propor-cional de la escorrentía que a su vez incrementa la ero-sión y la pérdida de suelo.
— Aumento de la aridez edáfica que favorece el desarrollo de las especies xerófilas —normalmente piró-fitas—, creando condiciones aún más favorables para los incendios.
Por otro lado, una gran parte de las ericáceas que forman estos brezales (Erica australis, Calluna vulgaris, etc.) segregan sustancias que inhiben la germinación o crecimiento de otras plantas (alelopatía), lo que contri-buye a perpetuar el dominio del brezal en el monte.
En conclusión, como resultado de la pervivencia desde la Edad Media de muchos de los rasgos del sis-tema agrícola tradicional, cuyo mantenimiento dependía de la disponibilidad de grandes extensiones de matorra-les y pastizamatorra-les, el monte ocupó hasta épocas recientes un lugar fundamental en el paisaje gallego, predomi-nando desde hace siglos las formaciones no arbóreas frente a los bosques, al menos hasta que se generalizan las repoblaciones de pinos y eucaliptos y se desarticula el sistema agrícola tradicional.
Los incendios recurrentes fueron seleccionando las especies capaces de adaptarse al fuego, favoreciendo el desarrollo de plantas que rebrotan a partir de rizomas, bulbos o raíces profundas. Fornelos de Montes, Pontevedra. (Fotografía: Varela Vilariño)