ALEXANDRE HAVARD
LA DIETA INTERIOR
Grandeza
Humildad
Sentido moral
EDICIONES RIALP, S.A. MADRID
Título original: Created for greatness. The power of magnanimity © 2012 by ALEXANDRE HAVARD
© 2012 de la versión española, realizada por CRIST INA SÁNCHEZ,
BY EDICIONES RIALP, S.A.
Alcalá, 290 - 28027 Madrid (www.rialp.com)
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ISBN: 978-84-321-4234-5
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR CRÉDITOS
PRÓLOGO DEL AUTOR INTRODUCCIÓN
1. EL IDEAL DE MAGNANIMIDAD
Una afirmación de la dignidad y la grandeza propias
La virtud de la acción
La forma suprema de esperanza humana
La magnanimidad y la humildad van de la mano
Purifica tus intenciones
Magnanimidad no significa megalomanía
La magnanimidad y la autoestima son dos cosas diferentes
La «virtud de la juventud»
Una virtud capaz de abarcar la vida entera
2. EL IDEAL DE HUMILDAD
Hacerse grande descubriendo la grandeza de los demás
El ejemplo de Michelin
La humildad como ideal
3. EL DESARROLLO DE UN SENTIDO MORAL
Escucha atentamente a tu conciencia y obedécela
Trabaja en ti mismo, más que en tus ideas
Trabaja tu carácter más que tu actitud
4. EL DESARROLLO DE LA MAGNANIMIDAD
Busca a una persona, a una persona de verdad
Deja que la belleza se adentre en tu espíritu
Descubre tu vocación y vívela
Sé consciente de tu talento y foméntalo
Concentra tus energías en tu misión
No tengas miedo a equivocarte
Libera tu imaginación
Rechaza el hedonismo
Rechaza toda forma de igualitarismo
Busca la grandeza en la vida ordinaria
5. CRECER EN HUMILDAD
Reconoce tu nada (humildad metafísica)
Reconoce tu debilidad (humildad espiritual)
Reconoce tu dignidad y tu grandeza (humildad ontológica)
Reconoce tus talentos y úsalos (humildad psicológica)
Reconoce la dignidad y la grandeza de otros (humildad
fraterna)
CONCLUSIÓN EPÍLOGO 1 EPÍLOGO 2
PRÓLOGO DEL AUTOR
En 1983 me tomé un descanso de mis estudios de derecho en París y me fui a pasar un mes inolvidable a casa de mi tía abuela en Georgia, Elena, y con su hijo Thamaz. Vivían en Tbilisi, la capital de la República Soviética de Georgia.
Cuando volví allí en 1990, la Unión Soviética estaba al borde del colapso y la tía Elena había fallecido. Me entristeció ver que Thamaz aún no se había recuperado del todo de esta pérdida. Quería a su madre más que a nadie en el mundo. Desde aquel traumático día de 1938 en el que la policía secreta comunista arrestó y fusiló a su padre cuando él solo tenía diez años, nunca se había separado de ella.
Una noche fuimos en coche Thamaz y yo al cementerio a visitar la tumba de la tía Elena. Él era quien estaba al volante de aquel Zhiguli soviético, y según íbamos acercándonos al cementerio, más se emocionaba. Era de noche, había estado lloviendo y además la carretera era mala, una de esas carreteras estrechas y resbaladizas de montaña. De repente, Thamaz se giró hacia mí y me preguntó: «¿Tienes miedo?». Yo, avergonzado de decir lo contrario, respondí: «¡No!», pero en cuanto pisó el acelerador me quedé de piedra.
Apenas tuve tiempo de invocar a mi ángel de la guarda cuando el coche salió disparado hacia un precipicio y cayó al abismo, aterrizando unos segundos después en pleno centro del cementerio que había en la montaña. El parabrisas se hizo añicos y el Zhiguli quedó suspendido en el aire entre dos lápidas. Tuvimos que tener un cuidado extremo para salir del vehículo y conseguir que no se rompiera ese delicado equilibrio porque, además, varios metros más adelante había un barranco que parecía no tener fin. Logramos salir con mucha cautela y bajamos la montaña a pie y en silencio, sin toparnos con ningún vehículo. Finalmente Thamaz dijo: «Qué rabia haber destrozado esas lápidas que no eran nuestras».
Una hora más tarde pudimos por fin hacer señales a un coche, que accedió a llevarnos de vuelta a Tbilisi. Eran las dos de la mañana. Después de aquello me pasé varios días pensando en nuestro accidente. Aunque acabó mal, lo cierto es que podía haber acabado mucho peor. Thamaz me había decepcionado, pero no dije nada. Finalmente comprendí que, hacía mucho tiempo (probablemente a la edad de diez años, cuando la KGB soviética detuvo a su padre) aquel hombre de sesenta años había perdido no solo el sentido de orientación de su vida, sino también su sentido de la vida como tal.
A menudo me acuerdo de Thamaz y de los millones de personas con heridas de uno u otro tipo como consecuencia de los proyectos ideológicos del siglo veinte. Pienso en el vacío y en la devastación que produjeron en los corazones de la gente, y pienso en la
política mundial de hoy en día, que no hace otra cosa que agravar esas heridas cuando en lo único que piensa es en economía. Pienso también en todos aquellos que, a diferencia de Thamaz, han conocido el calor de un hogar gracias a un padre y una madre que los querían y los educaban en la verdad, la libertad y la virtud y que, aun así, pese a todas estas ventajas, aún no han terminado de comprender la amplitud de sus responsabilidades ante Dios y ante los hombres y, o bien le dan la espalda a su vocación, o no intentan descubrir y cumplir su misión en la vida. Es a esos hombres y mujeres, sean jóvenes o no tan jóvenes, a quienes dedico este libro.
INTRODUCCIÓN
En «Perfil del líder: Hacia un liderazgo virtuoso», publicado en Estados Unidos en 2007, expuse mi visión del liderazgo, que puede resumirse en los siguientes puntos:
1) El auténtico liderazgo debe basarse en una verdadera antropología, que englobe a
su vez la aretología o ciencia de las virtudes. La virtud es un hábito de la mente, la
voluntad y el corazón que nos permite alcanzar la excelencia y la eficacia personales. El liderazgo está intrínsecamente ligado a la virtud. Primero porque la virtud fomenta la confianza (condición sine qua non del liderazgo); y también porque la virtud, que viene del latín virtus («fuerza» o «poder»), es una fuerza dinámica que aumenta la capacidad del líder para actuar. La virtud le permite al líder hacer lo que la gente espera de él.
2) La magnanimidad y la humildad, que son principalmente virtudes del corazón,
constituyen la esencia del liderazgo. La magnanimidad es el hábito de luchar por
grandes ideales. Los líderes son magnánimos en sus sueños, sus visiones y su sentido de misión, pero también en su capacidad para desafiarse a sí mismos y a aquellos que les rodean. La humildad es el hábito de servir a los demás, e implica más tirar de ellos que empujarles, enseñar más que ordenar e inspirar más que reprender. Así, en el liderazgo se trata menos de hacer demostraciones de poder que de dar poder a los demás. Practicar la humildad es conseguir acentuar la grandeza que hay en otras personas y darles la capacidad de descubrir su potencial humano. En este sentido, los líderes son siempre profesores o padres, y sus «seguidores» son aquellos a quienes sirven. La magnanimidad y la humildad son virtudes «específicas» de los líderes, y juntas constituyen la «esencia» del liderazgo.
3) Las virtudes de la prudencia (sabiduría práctica), la fortaleza, la templanza y la
justicia, que son principalmente virtudes de la mente y de la voluntad, constituyen la base del liderazgo. La prudencia aumenta la habilidad del líder para tomar las
decisiones adecuadas; la fortaleza le permite no cesar en el empeño y resistir a todo tipo de presiones; la templanza subordina las emociones y las pasiones al espíritu y reconduce su energía vital hacia el cumplimiento de esa misión; y la justicia le impulsa a dar a cada cual lo que se merece. Si estas cuatro virtudes, las llamadas cardinales, no constituyen la esencia del liderazgo, sí son los cimientos. Sin ellas, el liderazgo no sería posible.
4) Los líderes no nacen, se hacen. La virtud es un hábito que se adquiere con la práctica. El liderazgo es una cuestión de carácter (virtud, libertad, desarrollo) y no de
temperamento (biología, condicionamiento, estancamiento). El temperamento puede favorecer el desarrollo de algunas virtudes e impedir el de otras, pero llega un momento en el que el líder impone tanto su carácter a su temperamento que este deja de dominarle. Dicho temperamento no es un obstáculo para el liderazgo, mientras que sí lo es la falta de carácter (esto es, la energía moral que evita que nos convirtamos en esclavos de nuestra biología).
5) El líder no lidera gracias a su «potestas» o al poder que le es inherente a su cargo
o a sus funciones, sino gracias a la «auctoritas», que procede del carácter.
Aquellos que hacen uso de la «potestas» para liderar, puesto que carecen de autoridad, son líderes solo de nombre. Se trata de un círculo vicioso: aquel que no tiene autoridad (auctoritas) tiende a abusar de su poder (potestas), lo cual deriva en una erosión de su propia autoridad y termina bloqueándole el camino hacia el auténtico liderazgo. Liderar no tiene nada que ver con el rango, el puesto, o con estar en lo alto de la pirámide. El liderazgo es una manera de ser que cualquiera puede vivir, sea cual sea su lugar en la sociedad o en cualquier organización.
6) Para crecer en la virtud entran en juego el corazón, la voluntad y la mente: con el corazón «contemplamos» la virtud para ser capaces de percibir su belleza intrínseca y desearla ardientemente; con la voluntad desarrollamos el hábito de «actuar» virtuosamente; y con la mente «ponemos en práctica» simultáneamente todas las virtudes, prestando especial atención a la virtud de la prudencia, que es la guía de todas las demás.
7) Al practicar las virtudes, los líderes maduran en sus juicios, sus emociones y su
comportamiento. Los signos de esa madurez son los siguientes: autoconfianza,
coherencia, estabilidad psicológica, alegría, optimismo, naturalidad, libertad y responsabilidad, y paz interior. Los líderes no son ni escépticos ni cínicos, son gente realista. El realismo es la capacidad de considerar las aspiraciones nobles del alma a pesar de nuestras debilidades personales. Las personas realistas no se rinden ante la debilidad, sino que se sobreponen a ella a través de la práctica de las virtudes.
8) Los líderes rechazan cualquier acercamiento utilitarista a la virtud. La virtud no es algo que se adopte con el fin de convertirse en una persona eficaz en lo que hace. Los líderes cultivan la virtud queriendo reconocerse a sí mismos como seres humanos. No buscamos crecer en la virtud para hacernos más eficaces en nuestros quehaceres, si bien esa mejora en la eficacia es una de las muchas consecuencias de la virtud.
9) Los líderes practican una ética de la virtud, y no éticas basadas en reglas. La ética de la virtud no niega la importancia de unas reglas, pero afirma que la esencia de la ética es algo distinto. Las reglas deben servir a la virtud. La ética de la virtud subyace a la creatividad del líder y hace que ésta prospere.
10) La práctica, específicamente, de las virtudes cristianas de la fe, la esperanza y la
elevan, refuerzan y transforman las virtudes naturales de la magnanimidad y la humildad, que son la esencia del liderazgo, y las virtudes naturales de la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza, que constituyen su base. Ningún estudio sobre el liderazgo sería del todo completo si no tuviera en cuenta las virtudes sobrenaturales. El presente libro, escrito en 2011, supone una profundización en el anterior (2007), y juntos constituyen un todo único e indivisible. Me hicieron falta dos años de intensa investigación para comprender que la magnanimidad y la humildad eran las virtudes específicas del líder. Llegué a esta conclusión únicamente después de haber estudiado la vida y el comportamiento de un número considerable de líderes. La verdad es que suena fatal eso de dedicar dos años a dos virtudes. De hecho, habría sido horrible si hubieran sido dos palabras normales y corrientes, pero «magnanimidad» y «humildad» son dos palabras llenas de significado y con un extraordinario poder emocional y existencial; son palabras que van directas al corazón, porque personifican un ideal de vida: el ideal de la grandeza y el servicio.
Descubrí que el liderazgo es un ideal de vida, puesto que las virtudes específicas de
las que se vale —la magnanimidad y la humildad— son en sí mismas ideales de vida.
Descubrir esto me sorprendió y a la vez me llenó de alegría.
Podemos y debemos basar nuestras «acciones» en la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza, pero solo podemos basar nuestra «existencia» en la magnanimidad y la humildad, en el ideal de grandeza y en el ideal de servicio: en otras palabras, en el ideal de liderazgo. La magnanimidad es la voluntad de llevar una vida intensa y plena, y la
humildad el deseo de amar y sacrificarse por los demás. De modo consciente o
inconsciente, el corazón de todo ser humano experimenta este deseo de vivir y de amar, y es en esa realización personal donde la magnanimidad y la humildad son las condiciones sine qua non.
Ambas virtudes están intrínsecamente ligadas y constituyen un solo ideal: el de la dignidad y la grandeza del hombre. La magnanimidad constata nuestra propia dignidad y grandeza como personas, y la humildad verifica la dignidad y la grandeza de los demás. La magnanimidad (esto es, la grandeza de corazón) y la humildad surgen tras apreciar verdaderamente el valor del hombre, mientras que la pusilanimidad (esto es, la miseria del corazón) impide que el hombre se conozca «a sí mismo» y el orgullo, que evita que éste comprenda a «otros», surge de una consideración equivocada del valor del hombre. El liderazgo es un ideal de vida que reconoce, asimila y da a conocer la verdad sobre el hombre.
1. EL IDEAL DE MAGNANIMIDAD
La magnanimidad es un ideal enraizado en la fe en el hombre y en su grandeza inherente. Se trata de la virtud de la acción y es la forma más elevada de esperanza humana. Esta virtud es capaz de marcar la pauta a toda una vida y transformarla, dándole un nuevo significado y posibilitando el perfeccionamiento de la personalidad. Es la primera virtud específica de los líderes.
Llevo ya diez años enseñando a estudiantes de culturas, idiomas y religiones muy diferentes acerca de dicha virtud y, a lo largo de mi experiencia, veo cómo levanta pasiones dondequiera que vaya. He visto cómo la gente cambia por completo cuando considera verdaderamente esta virtud, y he visto también a algunas personas saliendo aterrorizadas de la sala de conferencias ante la sola idea de su significado. La magnanimidad no deja a nadie indiferente.
UNA AFIRMACIÓN DE LA DIGNIDAD Y LA GRANDEZA PROPIAS
Aristóteles fue el primero en elaborar un concepto de magnanimidad (megalopsychia). Para él, la persona magnánima practica la virtud y, como resultado, se considera a sí misma merecedora de «cosas grandes» (refiriéndose a «honores»). Pero, aunque el magnánimo bien pueda merecer estos honores, no los busca. Puede vivir sin ellos porque posee algo aún mejor: la virtud, que es el mayor de los tesoros. Sabe que el universo entero y todo lo que éste contiene tienen un valor inferior al de su virtud. Es consciente de que tiene mucho más valor y de que se merece más pero, comparado con la grandeza de la virtud que posee, todo ello carece de significado.
Artistóteles consideraba a Sócrates el modelo de persona magnánima, aunque nunca lo expresó de manera explícita. La magnanimidad aristotélica es aquella que poseen los filósofos que desprecian el mundo con el fin de ensalzar al hombre. Es la serenidad ante las vicisitudes de la vida, desde la indiferencia hasta la deshonra (a menos que se merezca) y el desprecio por las opiniones de la multitud. No es una cuestión de emprender cosas, sino de afrontarlas con ánimo. Más que desarrollar nuestras habilidades, lo importante es conquistarse a uno mismo y dominar la autonomía y libertad propias. La persona magnánima afirma su dignidad humana y domina a un mundo traidor, al que desprecia.
La magnanimidad aristotélica es una visión exaltada del yo que constata la dignidad y la grandeza propias, una conciencia del valor de uno mismo que advertimos en todos los líderes. De hecho, es ahí donde empieza el liderazgo: sin esta conciencia de la propia dignidad y grandeza no existen ni magnanimidad ni liderazgo.
Tomemos como ejemplo el caso del General de Gaulle. Este general se negó a reconocer la capitulación de Francia a Alemania en 1940. Aunque entonces era un mero general de brigada completamente desconocido entre sus compatriotas, estaba decidido a vengar el honor de Francia llamando a su país a la resistencia, lo cual tuvo lugar en su famoso discurso a la nación francesa a través de las radiofrecuencias de la BBC el 18 de junio de 1940. Pero aquello aún tendría que esperar. La visión que él tenía al respecto venía precedida por una inquebrantable fe en su propia dignidad y en su grandeza. Esto aparece en su volumen «Memorias de Guerra», donde dice: «Pese a mis limitaciones y mi soledad, o precisamente por ello, era necesario llegar a lo más alto y no volver a bajar nunca».
El liderazgo comienza con una visión exaltada del yo. Solo entonces adquiere una imagen de lo que quiere conseguir. Cuando Darwin Smith llegó a Director General de Kimberly-Clark en 1971, su empresa tenía una posición segura en el sector. Sin embargo, Smith estaba persuadido de que dirigir una empresa «respetable» pero compuesta de meros «funcionarios» era algo indigno de él. La visión exaltada que tenía de sí mismo le permitió marcarse un objetivo: llegar a algo grande o morir en el intento. Entonces decidió vender todas las fábricas que hasta entonces habían estado produciendo papel cuché (la fuente principal de ingresos de la empresa) y decidió utilizar los mismos procedimientos para fabricar artículos de papel para el consumo, situando a propósito la compañía en una competencia directa con líderes en el mercado de la talla de Procter & Gamble o Scott Paper. Esta decisión trajo consigo un giro espectacular en la fortuna de la compañía: transformó a Kimberly-Clark en la empresa número uno del mundo en productos de consumo de papel. El concepto que tenía Smith de la valía y la dignidad personal le infundieron un desprecio mal disimulado por las opiniones de la multitud: los analistas de Wall Street y los medios de comunicación del mundo de los negocios se burlaban de su decisión, porque todos estaban seguros de que fracasaría. Al igual que Sócrates, Smith no pidió opinión a las masas.
LA VIRTUD DE LA ACCIÓN
Para santo Tomás de Aquino, el filósofo y teólogo más importante de la Edad Media, la magnanimidad es el apetito insaciable por las cosas grandes (extensio animi ad
magna); la persona magnánima es aquella que pone todo el corazón en conquistar el
mundo y en alcanzar la excelencia personal. La magnanimidad es un deseo de grandeza; un deseo ardiente, una búsqueda sagrada, una aspiración. Magnanimitas, la palabra latina acuñada por Cicerón en el año 44 a.C. para sustituir a la megalopsychia griega, equivale a la magnitudo animi, según observa santo Tomás, y animus implica un poder entusiasta, el instinto necesario para luchar y conquistar. La magnanimidad es la virtud de la agresividad; siempre preparada para atacar y conquistar, para actuar con el ímpetu de un león.
Santo Tomás retoma los planteamientos de Aristóteles, pero les da un significado distinto. Mientras que Aristóteles dice que el hombre magnánimo se considera a sí mismo
merecedor de grandes cosas (grandes honores), santo Tomás cree que éste se considera a sí mismo merecedor de hacer grandes cosas, lo cual él mismo se dispone a hacer dada la grandeza inherente de estas cosas. Al mismo tiempo considera que él ha sido digno de honor sin quererlo, por lo que ahora está en sus manos hacer buen uso de él.
Aristóteles afirma la grandiosidad del hombre al declarar su autonomía del mundo, puesto que teme que el destino intente acabar con él. Santo Tomás, sin embargo, constata el esplendor del hombre al conquistar el mundo porque cree que éste es obra de Dios y, por tanto, es bueno.
La magnanimidad es la conquista de la grandeza. No se conforma con ponerse en marcha, llega hasta el final; no se conforma con aspirar a la grandeza, sino que la logra. Es como el combustible que usan los reactores: es la virtud propulsiva por excelencia. La magnanimidad es la virtud de la acción; hay más energía en ella de la que hay en la mera audacia. La persona magnánima alcanza la autosatisfacción en la acción misma y a través de ella, entregándose a ella con pasión y entusiasmo.
Para el verdadero líder, la acción siempre nace de la autoconciencia. Nunca se trata de un mero activismo, y nunca degenera en una adicción al trabajo. Los líderes siempre emprenden acciones, pero nunca hacen las cosas solo por hacerlas; su acción es siempre una extensión de su ser, una consecuencia de contemplar su propia dignidad y su grandeza. Los que no son líderes actúan exclusivamente para alcanzar los objetivos establecidos y, a menudo, para escapar de sí mismos y, de alguna manera, llenar el vacío de su vida interior.
La excelencia personal es el último propósito de la magnanimidad: el proyecto más ambicioso no tiene ningún sentido si su máximo objetivo es cualquier otra cosa que no sea el desarrollo de la virtud, el carácter y la excelencia personal de todos los que tienen que ver con ello.
Para los líderes, conseguir importantes metas de organización nunca es un fin en sí mismo, sino solo un medio para conseguir la meta de crecimiento más alta para todos. Si Darwin Smith corrió grandes riesgos fue porque sabía que el crecimiento personal que se genera al ser activo sobrepasa los posibles resultados materiales, independientemente de lo brillantes o lucrativos que estos sean. Gestionar es conseguir que las cosas se hagan, pero hacer que la gente crezca es liderazgo. Smith era un gestor excepcional, pero sobre todo fue un líder estupendo, le interesaban más las personas que las cosas. Era completamente consciente de que la excelencia personal (la suya propia y la de la gente a la que dirigía) es un bien mucho más valioso que el éxito material.
LA FORMA SUPREMA DE ESPERANZA HUMANA
La acción es el resultado de la esperanza. Cuanto más fuerte es esta esperanza, más elevada es la meta. La magnanimidad estimula la esperanza, ennobleciéndola y haciéndola atractiva y embriagadora. En junio de 1940, completamente solo y exiliado en Inglaterra, el General de Gaulle dio al mundo una lección ejemplar de esperanza: «Me veía a mí mismo, solo como estaba y privado de todo, como un hombre a la orilla de un
océano, con el propósito de cruzarlo a nado»[1]. Sin embargo, las dificultades objetivas no pudieron frenarle, y se lanzó a la acción sin dudar ni un solo momento de su capacidad de unirse a la resistencia de la nación francesa y de liderarla hacia la victoria.
La esperanza no conoce obstáculos, lucha por el bien supremo sin importarle las dificultades objetivas. Inspirados por la tarea que les ocupa —noble y ardua al mismo tiempo—, el corazón y el alma se comprometen por completo.
En una ocasión, al principio de una carrera, un adversario derribó a Eric Liddell, medalla de oro en los 400 metros en los Juegos Olímpicos de 1924 y uno de los corredores representados en la famosa película «Carros de fuego». Cuando quiso ponerse de nuevo en pie vio que estaba a veinte metros de distancia del pelotón, pero aun así se lanzó hacia adelante, alcanzó al resto y les adelantó justo antes de la línea de meta. Al cruzar la cinta justo por delante de sus contrincantes, se tiró al suelo triunfante y agotado. La esperanza es un entusiasmo alegre. Eric Liddell, hombre de fuertes convicciones religiosas, expresó en parte la cualidad aventurera de la esperanza cuando dijo: «Cuando corro siento Su placer».
La magnanimidad —la esperanza «humana»— es un ideal imbuido de confianza en el hombre. No debe confundirse con la esperanza teologal, que se refiere a la confianza en Dios, según las palabras de san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta»[2].
La magnanimidad es una virtud natural que el hombre es capaz de adquirir y desarrollar gracias a sus propios esfuerzos. La esperanza «sobrenatural» es una virtud infundida por Dios en el alma y que, junto a la fe y la caridad, constituye una de las tres virtudes teologales. Los teólogos cristianos medievales no hacían tal distinción. Lo que ellos llamaban magnanimidad era en realidad la virtud sobrenatural de la esperanza. Para ellos, alguien era magnánimo si era consciente de su propia miseria y buscaba solamente en Dios el poder para sobreponerse al mundo[3].
Es santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, quien, después de leer una traducción fiel de las obras de Aristóteles, restableció el verdadero significado de la magnanimidad. Para él, como para Aristóteles, la magnanimidad es un ideal de grandeza del «hombre» y un ideal de confianza en «el hombre». Santo Tomás diferencia claramente la virtud natural de la magnanimidad de la virtud sobrenatural de la esperanza. Así, esta restitución que hizo del hombre es uno de los mayores logros de la historia del pensamiento cristiano y, de hecho, el humanismo cristiano en toda su amplitud nace de ello.
El cristiano magnánimo lo espera todo de sí mismo como si Dios no existiera (magnanimidad), y lo espera todo de Dios como si él no pudiera hacer nada por sí mismo (esperanza como virtud teologal). Se comporta como un adulto en el plano terrenal, y como un niño en el sobrenatural. Sin embargo, esta infancia sobrenatural no es pasiva: la esperanza sobrenatural, al igual que la esperanza humana, no rehúye la dificultad; más bien al contrario: nace del alma, dirigiéndola hacia la conquista del bien. Existe solo una psicología de la esperanza. En el líder que vive su fe cristiana, la magnanimidad y la esperanza teologal se complementan mutuamente a la perfección. Tomemos esta vez como ejemplo el caso de Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor ruso que recibió el premio Nobel de literatura[4] y cuya esperanza humana estaba fortalecida por la virtud teologal
de la esperanza. Resistió varias décadas de persecución por parte de un régimen totalitario empeñado en destruirle, y dedicó toda su vida y su trabajo a conmemorar los muchos millones de seres humanos que habían perdido la vida bajo el régimen comunista. Aquí hay una oración escrita por él en tiempos de penuria:
«¡Qué sencillo es vivir contigo, Señor! ¡Qué sencillo es creer en ti!
Cuando mi mente anda buscando o cuando flaquea desconcertada;
cuando el más inteligente de nosotros no es capaz de ver más allá de esta misma noche,
sin saber qué hará mañana,
Tú me envías la claridad de saber que existes y cuidarás de
que no se cierren todos los caminos de la bondad»[5].
La vida de Solzhenitsyn muestra que la magnanimidad y la esperanza teologal pueden coexistir armónicamente en el líder que practica su fe cristiana. Este gran líder confiaba plenamente tanto en sí mismo como en Dios. Confiaba en su propia capacidad de acción y en la ayuda de Él.
LA MAGNANIMIDAD Y LA HUMILDAD VAN DE LA MANO
Como hemos visto en la introducción, la humildad es el hábito de servicio. Sin embargo, pueden decirse aún más cosas de ella: es también una conciencia de que el hombre depende por completo de Dios, su Creador. A este aspecto de la virtud lo llamamos «humildad metafísica» para diferenciarla de la «humildad fraterna», que es el hábito de servicio.
Al hablar de magnanimidad necesitamos considerar la «humildad metafísica». Cuanto más nos concienciemos de nuestra grandeza personal, más necesitaremos comprender que la grandeza es un don de Dios. La magnanimidad sin la humildad no es tal en absoluto, sino que se convierte en una traición a uno mismo y puede llevarnos fácilmente a desgracias personales de uno u otro tipo.
La magnanimidad y la humildad van de la mano: particularmente en las empresas humanas, el hombre tiene el derecho y el deber de confiar en sí mismo (magnanimidad) sin perder de vista el hecho de que las capacidades humanas en las que confía provienen de Dios (humildad). El impulso magnánimo de embarcarse en grandes empresas debería estar siempre unido al desprendimiento que surge de la humildad y que nos permite ver a Dios en todas las cosas. La exaltación del hombre siempre debe ir acompañada de un abajamiento ante Dios. «Cuando luchaba contra el régimen comunista —escribió Solzhenitsyn— comprendí que no era yo quien luchaba, que yo no soy más que un insecto, que en medio de esa lucha yo no era más que una herramienta en las manos de Otro»[6]. Puesto que era efectivamente magnánimo, Solzhenitsyn se veía a sí mismo
como una (poderosa) herramienta en las manos de Dios; y como era verdaderamente humilde, reconocía abiertamente que él no era más que eso.
Aquel que es magnánimo y humilde estima «magnánimamente» tanto sus talentos como sus habilidades y se considera digno de cosas grandes, con las que además se compromete. Al mismo tiempo, percibe «humildemente» su condición de criatura y entiende que sus capacidades y sus virtudes, incluso aquellas que ha adquirido gracias a sus esfuerzos personales, son en último término dones de Dios. Esto le llena de gratitud hacia Dios y no hace más que incrementar la fuerza de su esperanza.
La humildad reconoce la fuerza y la grandeza del hombre, y las considera un regalo de Dios. Esto no significa que se niegue la propia grandeza y la fuerza del hombre, sino que se atribuyen humildemente a la bondad de Dios; la humildad las ofrece a Dios y las consagra a Él.
Muchos cristianos creen en Dios, pero pocos creen en sí mismos, en sus talentos y en sus capacidades. Como su concepto de humildad excluye la magnanimidad, estas personas no pueden —ni podrán— ser líderes. Por lo tanto, no puede sorprendernos el hecho de que hoy en día el mundo occidental pocas veces tome a sus líderes políticos de entre los cristianos creyentes. Los líderes más influyentes de los últimos trescientos años no han sido cristianos, y no es porque éstos hayan sido excluidos de la vida social, sino porque hay muchos cristianos que se retiran de ella voluntariamente. Es el caso más asombroso de auto-castración por parte de toda una comunidad en la historia de la humanidad.
Los cristianos deberían tomar ejemplo de Juana de Arco, actualmente menospreciada en Francia, su país natal, y adorada en Inglaterra, la tierra de sus enemigos. Juana era una buena cristiana, completamente magnánima. En palabras de G.K. Chesterton, «Juana de Arco no estaba en ninguna encrucijada, bien por rechazar todos los caminos, como Tolstoi, o por aceptarlos todos, como Nietzsche. Ella escogió un camino y caminó por él como un rayo […]. Tolstoi solo elogiaba al campesino, pero ella era el campesino. Nietzsche solo elogiaba al guerrero, pero ella era el guerrero. Ella derrotó a ambos con sus propios ideales antagonistas; ella era más amable que uno y más violenta que el otro. No obstante, ella fue una persona perfectamente práctica que hizo algo, mientras que los otros eran meros especuladores que no hicieron nada»[7].
Juana se convirtió en comandante en jefe del Ejército francés con solo diecisiete años. Su misión era asegurar la coronación del príncipe heredero y, al mismo tiempo, expulsar a los ingleses de Francia. Tenía una visión ensalzada de sí misma y de su misión, y solía decir con gran satisfacción: «¡He nacido para esto!». Leonard Cohen, el poeta y cantante canadiense, captó parte de su grandeza cuando escribió «Juana de Arco», un diálogo entre Juana y el fuego que la consumía en la hoguera ante los ojos de los soldados ingleses:
«Amo tu soledad, amo tu orgullo […]
La vi estremecerse, la vi llorar, Vi la gloria en sus ojos»[8].
Eran famosas las palabras de Juana: «Ayúdate a ti mismo y Dios te ayudará». Ella confiaba plenamente en Dios y en sí misma. Cuando le preguntaron por qué necesitaba un ejército si era el mismo Dios quien quería echar de Francia a los ingleses, ella respondió: «Los soldados lucharán y Él les otorgará la victoria». «Juana de Arco era un ser tan por encima de la gente corriente —afirmaba Winston Churchill— que no hubo nadie igual en mil años»[9].
La sociedad moderna necesita a hombres y mujeres que crean en el «hombre». San Pablo, el apóstol de la esperanza teologal, también es el apóstol de la «humanidad» de Cristo: él vio en Jesucristo al «hombre perfecto»[10], el hombre que practicaba todas las virtudes «humanas» hasta la perfección, incluyendo la magnanimidad. San Pablo fue probablemente el más magnánimo de los apóstoles. Practicaba la esperanza humana (no solo la teologal) hasta el extremo y su energía humana, fortalecida por la gracia de Dios, le hacía ser probablemente el cristiano más hacendoso de todos los tiempos.
Efectivamente, un cristiano debe ser consciente de sus defectos y buscar en Dios la fuerza para vencer las dificultades del mundo, pero esto no basta. También debe conocer sus propios talentos y aprender a contar con ellos y recurrir a todos los medios humanos. Ésta es una condición previa fundamental para el liderazgo.
PURIFICA TUS INTENCIONES
La vanidad es la búsqueda de una falsa grandeza. Es la búsqueda del honor y la gloria propios, y el hecho de ser conocido y honrado no contribuye a la perfección del hombre. La grandeza está en otra parte: en la virtud y en el logro de la excelencia humana. No hay nada inherentemente malo en el honor y en la gloria, pero la persona magnánima nunca los busca en sí mismos. Si lo hiciera, pondría en peligro la virtud.
La vanidad se instala en nosotros cuando la gloria y el honor se convierten en motivos para actuar, aunque sean secundarios. Nada de lo que hacemos es completamente malo si, al hacerlo, buscamos la virtud en sí misma por su propia belleza, y buscamos el honor y la gloria solo de manera secundaria. La acción sigue siendo en sí misma virtuosa, pero el motivo bueno aparece entremezclado con uno malo: ambas partes se fusionan. Se necesita mucho trabajo durante un largo período de tiempo para destruir esta forma sutil de vanidad y alcanzar la pureza de intención.
MAGNANIMIDAD NO SIGNIFICA MEGALOMANÍA
Una vez un estudiante me preguntó: «Vladimir Lenin, Adolf Hitler y Margaret Sanger[11] eran malos, pero, al fin y al cabo, ¿no eran magnánimos?». Para ser magnánimos, lo primero que se necesita es tener la virtud de la prudencia o sabiduría práctica. La prudencia es el referente de todas las virtudes, porque revela cómo comportarse virtuosamente en cualquier situación. Si alguien no es prudente no será capaz de distinguir el comportamiento megalomaníaco del magnánimo.
magnanimidad. No tenían ningún interés en la prudencia, puesto que no tenían ningún interés en la bondad. Algunos escritores dicen que Lenin, Hitler y Sanger exhibían un liderazgo sin valores, pero en realidad lo que exhibían no era liderazgo en absoluto, sino manipulación, y de un tipo indudablemente satánico.
El liderazgo solo puede ser virtuoso. De lo contrario, no es liderazgo. Los antiguos griegos entendían esto a la perfección[12], igual que lo entiende la gente moderna que conserva el sentido común.
LA MAGNANIMIDAD Y LA AUTOESTIMA SON DOS COSAS DIFERENTES
No hay que confundir magnanimidad con autoestima. La magnanimidad es una virtud, mientras que la autoestima es un mero sentimiento (lo cual no quiere decir que no sea algo bueno). Una virtud es algo estable y objetivo, y los sentimientos tienden a ser inestables, además de ser siempre subjetivos. Uno puede levantarse por la mañana con mucha autoestima y al irse a la cama por la noche sentirse fatal consigo mismo. La magnanimidad es algo que eres, pero la autoestima es algo que tienes. Alguien puede tener un corazón pequeño y, al mismo tiempo, tener una enorme autoestima, y viceversa: una persona magnánima también podría tener muy poca autoestima.
Que alguien se sienta fenomenal consigo mismo no significa que haya logrado una grandeza personal o que sea capaz de apreciar sus dones y sus talentos. Lo único que se necesita para sentirse bien con uno mismo es la adulación. Mientras que la magnanimidad nace del autoconocimiento, la autoestima depende de cómo otros nos ven.
LA «VIRTUD DE LA JUVENTUD»
Los jóvenes suelen ser más capaces de practicar la magnanimidad que la gente más mayor. Esto es porque la gente joven tiende a poner esperanzas en el futuro y a soñar con hacer grandes cosas. Sin embargo, los mayores suelen pensar más en el pasado y en el modo de asegurar las necesidades vitales que en la necesidad de abrir nuevos caminos[13].
Pero a veces la realidad es más compleja. La magnanimidad no tiene por qué ser una cuestión de edad. Hay gente joven perezosa y sin ninguna ambición, y gente mayor magnánima y llamada a hacer grandes cosas. En otras palabras, hay gente joven que en la práctica es «vieja» y gente mayor que en realidad está llena de juventud. Pese a haber pasado dieciséis años en cárceles soviéticas y en campos de concentración, el ingeniero y escritor ruso Dmitri Panin permaneció joven, con un alma generosa y lleno de esperanza y optimismo hasta su muerte en el exilio, en Francia, en 1987. A finales de los años cuarenta, Panin estuvo en el mismo campo de concentración soviético o «gulag» que Aleksandr Solzhenitsyn, que le retrató como Dmitri Sologdin en su conocida novela «El primer círculo»: «Dmitri Sologdin […] era alguien sin identidad, un esclavo sin derechos. Llevaba allí dentro doce años, pero como le habían condenado por segunda vez, no había manera de saber cuándo iba a terminar su encarcelamiento, si es que iba a terminar. Su mujer había malgastado su juventud esperándole en vano. Para evitar que la
despidieran del trabajo que tenía, como de otros tantos, se había hecho pasar por soltera y había dejado de escribirle. Solodgin nunca había visto a su único hijo, ya que su mujer estaba embarazada cuando le arrestaron. Solodgin había tenido que cruzar los bosques de Cherdynsk [en el norte de los Urales], las minas de Vorkuta (por encima del Círculo Polar Ártico), y había tenido que sufrir dos períodos de investigación: uno de seis meses y otro de un año, atormentado por la falta de sueño, exhausto y consumido. Hace tiempo que su nombre y su futuro se vieron pisoteados en el barro. Todo lo que tenía eran unos pantalones desgastados y parcheados y una chaqueta de trabajo de lona, que hoy en día se conserva en una despensa a la espera de peores tiempos. Le pagaban treinta rublos al mes (como para tres kilos de azúcar), pero no en efectivo, y le dejaban respirar aire puro solo en ciertos momentos, que eran fijados por las autoridades del campo.
Y en su alma había una paz que nada era capaz de destruir. Sus ojos brillaban como los de un hombre joven. Su pecho, descubierto ante el hielo, palpitaba como si estuviera viviendo la vida al máximo»[14].
El alma, los ojos, el pecho; paz, luz, y plenitud de vida… Pocos escritores, desde Aristóteles, han captado la dimensión corporal de la magnanimidad con tal precisión y economía de medios.
Cuando decimos que la magnanimidad es la virtud de la juventud no quiere decir que la gente joven sea magnánima, sino que la gente magnánima sigue teniendo un espíritu joven independientemente de su edad. No obstante, las personas magnánimas que efectivamente tienen pocos años son gente de un nivel más alto: son un don para la humanidad. Nos impresionan. Nos recuerdan constantemente qué es importante y qué no lo es. Nos sacuden de nuestra rutina y nos inspiran para que vivamos la vida plenamente.
En su poema «El loco», Patrick Pearse, el abogado y poeta anglo-irlandés líder del ejército Republicano Irlandés en la Rebelión de Pascua en 1916 (y ejecutado por ello en el Alzamiento), expresó con gran intensidad el radicalismo de la magnanimidad, que le es propio a la juventud:
«He desperdiciado los espléndidos años que el Señor mi Dios me ha dado en mi juventud
para intentar conseguir cosas imposibles,
juzgando que solo por ellas vale la pena el esfuerzo.
¿Ha sido locura o gracia? Ningún hombre podrá juzgarme sino Dios. He echado a perder estos espléndidos años:
Señor, si volviera a tener esos años volvería a desperdiciarlos…
Sí, antes de que pase mi ardiente juventud, hablo a mi pueblo y le digo: sed tan locos como yo lo he sido; desprendeos, no guardéis;
debéis arriesgarlo todo, a menos que perdáis lo que es más que todo…».
Después de unos cuantos encuentros con universitarios dejé mi carrera como abogado y me dediqué a estudiar y a enseñar sobre liderazgo. Daba clase sobre la historia de la integración de Europa y pasaba horas ayudando a la gente joven a penetrar el corazón y la mente de los padres fundadores de la Unión Europea: Robert Schuman, Konrad
Adenauer, Alcide de Gasperi o Jean Monnet. Mis alumnos estaban sorprendidos por su grandeza, y su entusiasmo me pareció contagioso y edificante.
En su magnanimidad, la gente joven me acercó al liderazgo, y si algún día dejo de dar clase a grandes ejecutivos, lo que nunca haré será dejar de enseñar a la gente joven: uno necesita inhalar antes de exhalar y, de modo similar, yo necesito presenciar la esperanza antes de hablar de ella.
UNA VIRTUD CAPAZ DE ABARCAR LA VIDA ENTERA
Según Platón, las principales virtudes humanas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Ambrosio de Milán las llamaba las «virtudes cardinales», porque son la cardines, las «bisagras» en las cuales se apoyan todas las virtudes. Todo acto de virtud requiere (1) prudencia, que nos permite discernir el bien en cualquier situación; (2) justicia, que nos impulsa a lograrlo; (3) fortaleza, que nos da fuerza, resistencia y perseverancia para conseguirlo; y (4) templanza, que impide que las pasiones nos conduzcan al lado opuesto del bien.
Las virtudes cardinales son las «virtudes básicas», lo cual no significa que sean las más importantes. Aristóteles llamaba a la magnanimidad «el ornamento de las virtudes», porque hace que el resto de las virtudes logren la perfección. En este sentido es superior a las virtudes cardinales, y en la práctica les inspira un vigor nuevo y una nueva pasión, llevándolas a la búsqueda del esplendor e impulsándolas a superarse a sí mismas.
Lo que busca el magnánimo en cada virtud no es el bien que le es específico, sino la grandeza que contiene, el desarrollo de su personalidad y la perfección que adquiere a través de todo ello. De igual modo, de lo que escapa el magnánimo cuando escapa del vicio no es del mal que le es propio, sino de la pequeñez, la disminución de la talla, el declive que lleva implícito. La magnanimidad define un estilo de vida que se centra en hacer progresar la personalidad humana.
[1] Charles de GAULLE, op. cit., p. 81.
[2] Flp 4, 13.
[3] Cf. R. A. GAUT HIER, Magnanimité: l’idéal de grandeur dans la philosophie païenne et dans la théologie
chrétiènne. Paris: Vrin, 1951.
[4] Acerca de A. SOLZHENIT SYN, cf. A. HAVARD, Perfil del líder, Parte I, capítulo 1.
[5] A. SOLZHENIT SYN, Krokhotki (1958-1963). Moskva: EKSMO, 2010.
[6] Ogoniok 1998/4559/24-52-53.
[7] G.K. CHEST ERT ON, Orthodoxy, Capítulo III, The Suicide of Thought. (Traducción propia)
[8] L. COHEN, Songs of Love and Hate, Joan of Arc, 1971. (Traducción propia)
[9] W. CHURCHILL. The Birth of Britain. Capítulo 26. (Traducción propia)
[11] Ver Margaret SANGER en A. HAVARD, Perfil del líder, Parte I, capítulo 3.
[12] Véase, por ejemplo, el Agesilaus de Jenofonte (444-354 a.C.).
[13] Cf. ARIST ÓT ELES, Retórica II, 12, 1389 a 18-32 y 1389 b 25-27.
[14] A. SOLZHENIT SYN, In the First Circle. New York: Harper Perennial, 2009, capítulo 26, p, 171. (Traducción propia)
2. EL IDEAL DE HUMILDAD
Al mismo tiempo que la magnanimidad reafirma nuestra dignidad y nuestra grandeza personales, la humildad reafirma la dignidad y la grandeza de los demás. El liderazgo implica tirar más que empujar, enseñar más que ordenar e inspirar más que reprender. De este modo, el liderazgo se trata menos de demostrar el poder que de dar poder a otros. Practicar la humildad significa descubrir la grandeza que hay en otros y darles la capacidad de poner en práctica su potencial humano. En este sentido, los líderes son siempre profesores y padres o madres. La humildad, que es la segunda virtud propia de los líderes, es el hábito de servir a los demás. Los «seguidores» de un líder son la gente a la que él sirve.
De igual modo que la magnanimidad, la humildad enciende el alma de la persona generosa aunque infunda terror en el corazón de los egoístas. Y, aun así, es más fácil hablar a la gente de magnanimidad que de humildad: muchos quieren ser grandes, pero son pocos los que quieren oír hablar de servicio. El hecho es que uno no puede llegar a ser grande si no está preparado para servir a los demás. Es precisamente sirviendo a los demás cuando uno se convierte en alguien grande.
John Wooden, uno de los entrenadores de baloncesto más reverenciados en Estados Unidos (ganó diez campeonatos nacionales en un período de doce años), solía decir: «La grandeza personal para cualquier líder se mide por su eficacia en poner en escena la grandeza de aquellos a quienes dirige»[1]. Si la magnanimidad da energía al desarrollo de la personalidad, la humildad es la que dirige esta energía.
HACERSE GRANDE DESCUBRIENDO LA GRANDEZA DE LOS DEMÁS
El liderazgo no se ejercita en el individualismo. La magnanimidad excluye el egoísmo, que nos impulsa a negar la importancia de otros para deleitarnos en la nuestra. «La mentira y el mal del egoísmo no consisten en que el egoísta tenga una opinión demasiado buena de sí mismo, o en que se crea que es ilimitadamente importante o tenga una dignidad ilimitada —dice el filósofo ruso Vladimir Soloviev—. En eso tiene razón […]. Todos poseemos un significado y una dignidad absolutos y no sabemos valorarnos lo suficiente […]. La mentira fundamental y el mal del egoísmo no están en esta autoconciencia absoluta y en esta auto-consideración del sujeto; no están en haberse otorgado a uno mismo por derecho una importancia incondicional, sino más bien en haber negado injustamente la importancia de los demás; no están en reconocerse a sí mismo como el centro de la vida, sino más bien en haber relegado a los otros al margen de la existencia y atribuirles solo un valor relativo y superficial»[2].
Al considerar nuestra propia grandeza y dignidad también debemos reconocer las de los demás y servirles. Gracias a su humilde magnanimidad (esto es, orientada hacia el servicio), Darwin Smith supo sacar la grandeza de sus colegas. De modo análogo, Juana de Arco, también con una magnanimidad humilde, extrajo la grandeza de sus soldados y transformó los corazones de millones de sus compatriotas. Siete años después de su muerte, tal y como ella había predicho, los ingleses fueron expulsados de suelo francés. Este acontecimiento tiene una importancia menor si lo comparamos con el renacimiento espiritual que Juana generó en Francia.
EL EJEMPLO DE MICHELIN
François Michelin tenía 28 años cuando tomó el mando de la empresa de neumáticos Michelin en 1954, y desde entonces ha ocupado el despacho de Edouard Michelin, su abuelo y fundador de la empresa. Es un espacio pequeño conocido por su sencillez. Un día, un trabajador que estaba a punto de jubilarse visitó a François para despedirse. El trabajador recordaba que, cuando él tenía dieciséis años, su trabajo en la empresa era el de repartir el correo. Un día le pidieron que llevara personalmente una carta al abuelo de François, Edouard, así que el jovencito de dieciséis años llamó a la puerta de su despacho y la voz de Edouard se oyó desde el otro lado de la puerta: «Por favor, entre y siéntese, monsieur». Esta muestra de respeto por parte del jefe tuvo un gran impacto en el joven trabajador. Las palabras de Edouard y su conducta permanecieron grabadas en el corazón del empleado desde aquel día. El fundador de la empresa había demostrado un profundo respeto por los demás, fuera cual fuera su posición en la vida.
François Michelin ha heredado esta tradición. Es consciente de que «monsieur» es una contracción de «mon seigneur» (mi señor), e implica reconocer a ese ser humano único que posee parte de la verdad que yo no tengo. Cuando François Michelin habla, su lenguaje es simple, accesible, un lenguaje que entienden tanto los trabajadores como los sindicalistas o los jefes: «Si utilizo palabras sencillas cuando hablo es únicamente para asegurarme de que entiendo lo que estoy diciendo». Esto no es meramente una ocurrencia auto-crítica, sino una reflexión fruto de su profundo respeto por la gente a la que se dirige.
En enero de 2010 visité a François Michelin en las oficinas centrales que tiene la empresa en Clermont-Ferrand, en el centro de Francia. La entrevista duró dos horas y media, durante las cuales él respondió a tres llamadas de teléfono importantes. Estas llamadas, según supe después, tenían que ver con una campaña de calumnias que habían levantado contra él en los medios de comunicación. Esto debió haber sido muy desagradable para él, y sin embargo a François no parecía perturbarle o distraerle en absoluto. Estaba completamente concentrado en nuestra conversación. Volvía sonriendo, disculpándose, me miraba directamente a los ojos y retomaba la conversación donde la habíamos dejado. En François Michelin uno es capaz de observar el autodominio, la serenidad y, por encima de todo, el respeto por los demás, por cada persona única e irremplazable, así como un gran deseo de servir.
«Lo que más me llama la atención de François Michelin —dice Carlos Ghosn, director de Renault— es la atención que presta a las personas, su preocupación por impulsar el crecimiento de la gente que le rodea. Tiene una gran ambición por su empresa, una ambición que no destruye a aquellos que están en ella para ayudarle a conseguirlo […]. Su yo interior es incluso más fuerte que su yo como rey de los negocios»[3].
Para servir a los demás, antes tienes que saber cómo escucharles. «Mira mis orejas — decía Michelin—. Están abiertas, a la escucha. Es el diploma que yo más valoro». Para él, ayudar a que una persona logre ser lo que es está por encima de todo. Fue precisamente este espíritu el que permitió que Marius Mignol, un trabajador sin ninguna educación formal, inventara el neumático radial que revolucionó esta industria. Cuando le contrataron, Mignol iba a trabajar en la imprenta de la compañía, pero Edouard Michelin le dijo al jefe de personal: «No juzgues por las apariencias. Recuerda que uno debe romper la piedra para encontrar el diamante que hay escondido dentro». A Mignol le reasignaron entonces a una parte estrictamente comercial del negocio, relacionada con los mercados internacionales. Un día, Edouard Michelin se dio cuenta de que en su mesa de trabajo había una extraña regla de cálculo, que resultó ser un aparato que había inventado Mignol para hacer rápidamente las conversiones de monedas extranjeras. Edouard quedó impresionado por la ingenuidad de aquello, y comprendió que Mignol era un genio. Al poco tiempo le trasladaron al departamento de investigación en un momento crítico para la empresa. El neumático convencional de aquella época había llegado al límite de su utilidad dada su tendencia a calentarse a velocidades elevadas y, para estudiar las variaciones de temperatura dentro del neumático convencional, Mignol inventó un cage à mouche o red metálica, un neumático cuyos laterales se sustituían por cables radiales con un espacio suficiente entre ellos. El «neumático radial» resultante resultó ser revolucionario.
Fue gracias a Edouard Michelin, que se interesaba por la gente y por su crecimiento personal y profesional, que Marius Mignol fue capaz de descubrir sus talentos y de ponerlos al servicio de los demás.
El respeto de François Michelin por la gente y su deseo de servir es una manifestación de su humildad, pero también es un asunto de sentido común. «A menudo se dice que los hechos son tozudos, pero en realidad somos nosotros los que somos tozudos —dice —. Nos negamos a aceptar los hechos; nos negamos a aceptar la verdad sobre el hombre. Fijamos la vista en las cosas cuando el motor más poderoso de cualquier empresa es la energía “humana”».
La humildad, lejos de ser un obstáculo para el crecimiento y el desarrollo de una empresa, es lo más importante para su éxito: la empresa de neumáticos Michelin ha crecido y actualmente es la número uno en su sector.
LA HUMILDAD COMO IDEAL
Fue el Cristianismo, no la filosofía antigua, quien hizo conocer al mundo grecolatino el ideal de humildad fraterna —esto es, el espíritu de servicio—. Como dijo Jesucristo, «El
Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir […]. Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve»[4]. Cristo resumió la humildad en su mandamiento de que sirviéramos los unos a los otros: «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor»[5].
Para comprender el significado de la humildad, primero es necesario comprender quién es Dios, porque Dios, en sí mismo, es una familia, y cada miembro de esta familia es un modelo perfecto de humildad. Las tres Personas divinas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— están en comunión entre sí de una manera tan completa que cada una de ellas existe únicamente para las otras. En Dios, ser una Persona quiere decir ser un «regalo» para los demás, e igual ocurre en el caso del hombre. Sin esta humildad es imposible realizarse como persona[6].
Servimos a los demás cuando nos damos cuenta de sus necesidades, tanto materiales como espirituales, y el modo más exaltado de servir es extraer la grandeza del otro. Cristo sirvió a sus discípulos enseñándoles continuamente, corrigiéndoles y desafiándoles. Les sirvió haciendo que brillara la grandeza personal de cada uno.
La humildad fraterna es uno de los frutos del amor verdadero. Amamos a las personas de verdad cuando las ayudamos a crecer como seres humanos, como personas, como hijos de Dios; cuando las ayudamos a cumplir con el mandamiento de Dios de «sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»[7]. La perfección, la excelencia y la santidad son todos sinónimos de grandeza.
La humildad, como la magnanimidad, es una fuente de alegría. Al servir a los demás con su corazón, su mente y su voluntad, el líder descubre el significado y el valor de su propia vida; experimenta la grandeza de la dignidad humana y el vínculo místico que une a la humanidad entera. El orgullo y el egoísmo, al igual que la pusilanimidad, son sin embargo fuentes de tristeza, resentimiento y pesimismo.
[1] J. WOODEN y S. JAMISON, Wooden on Leadership. New York: McGraw-Hill, 2007, p. 179 (Traducción propia).
[2] V. SOLOVIEV, The Meaning of Love 2-III. (Traducción propia).
[3] Michelin: son histoire, ses champions, les herós du quotidien, La Montagne, numéro hors série (nov. 2007). (Traducción propia).
[4] Mc 10, 45 (Mt 20, 28) y Lc 22, 27.
[5] Mt 20, 26.
[6] Cf. Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris Dignitatem (Sobre la Dignidad y la Vocación de las Mujeres), 15.08.1988, 7.
3. EL DESARROLLO DE UN SENTIDO MORAL
Hemos señalado algunos de los aspectos clave de la magnanimidad y la humildad, las virtudes propias del líder. Nos queda considerar cómo los líderes son capaces de desarrollar esas virtudes, que es el sentido último de la vida y el de este libro. Sin embargo, antes de llegar a ese punto nos corresponde echar un vistazo a cómo desarrollar el sentido moral, que es la condición previa para crecer en la virtud.
ESCUCHA ATENTAMENTE A TU CONCIENCIA Y OBEDÉCELA
Para desarrollar un sentido moral se necesita, más que otra cosa, escuchar a la propia conciencia y vivir de acuerdo a ella. Vera Gangart, la heroína ficticia de Aleksandr Solzhenitsyn en su «Pabellón del cáncer», murió en la primavera de 2007 en Helsinki. Sin embargo, había sido la doctora Irina Meyke quien había muerto en realidad, puesto que había sido ella en quien Solzhenitsyn había basado su invención literaria. Yo conocí a Irina personalmente apenas varios meses antes de su muerte y me contó su extraordinaria historia. Irina estaba trabajando como oncóloga en Tashkent, capital de la República Socialista Soviética de Uzbekistán, cuando en enero de 1954 se fijó por primera vez en Solzhenitsyn. Entonces él era un oficial del Ejército Rojo de treinta y cinco años; un aspirante a escritor que, con años a sus espaldas como llevaba de cárceles y campos de trabajo, ahora padecía de cáncer de abdomen. «Nadie podía sobrevivir a los campos y además a un cáncer, pero él lo consiguió y yo tenía que ayudarle, ¡tenía que vivir!». Irina dedicó toda su habilidad profesional y sus energías para curar a este superviviente del gulag, a este «enemigo del pueblo». Diez años más tarde, Solzhenitsyn le enviaría una copia de su primer libro, «Un día en la vida de Iván Denísovich», con una dedicatoria: «A la doctora que me salvó la vida». Para Solzhenitsyn comenzó una nueva vida después de su curación; una vida que, en sus propias palabras, «no me pertenecía, [era más bien] una vida subordinada a un objetivo». Fue no en vano gracias a Irina que vería la luz la determinante e inigualable obra «Archipiélago Gulag». Irina Meyke era una de esas almas generosas —y había más como ella de lo que parece— que, aunque han crecido bajo un ateísmo militante, siguieron escuchando fielmente y con atención la voz de su conciencia durante toda su vida. El pastor ortodoxo que presidió el funeral de Irina exclamó: «Escuchar la propia conciencia y vivir de acuerdo a ella durante toda una vida vivida bajo el Comunismo: ¡eso es heroísmo!». Escuchar nuestra conciencia y vivir de acuerdo a ella es siempre heroico: no dejes que la infidelidad de cualquier tipo reprima tu conciencia, bien sea la búsqueda de comodidades o un deseo cobarde de coger el camino que requiera menos esfuerzo. Vivir de acuerdo a nuestra conciencia es duro, pero es
fundamental para vivir de manera virtuosa y para liderar.
En este sentido recuerdo a una joven mujer latvia que participó en un seminario sobre liderazgo que yo impartía en la Universidad de Riga. Con poca ropa y muy bien dotada (una especie de Marilyn Monroe latvia), se sentó en primera fila junto a su novio. Yo abrí la sesión con la siguiente pregunta: «¿Qué es el liderazgo?». Ella levantó rápidamente la mano y soltó: «¡El liderazgo es PODER!».
Un año después volví a impartir el mismo seminario. Tuvo lugar en el mismo aula y con participantes completamente distintos, a excepción de la Marilyn Monroe latvia del año anterior. Había vuelto, aunque su aspecto había sufrido una metamorfosis a mucho mejor. Su nuevo look recordaba a la elegancia y el recato de Audrey Hepburn. Se acercó a mí antes de que comenzara la sesión y me preguntó si podía tener ella la primera palabra. Dijo que quería explicar a los que allí estaban que ese seminario podía cambiar sus vidas del mismo modo que había cambiado la suya; que el liderazgo es una cuestión de carácter y que para cambiarse a sí mismo hace falta un esfuerzo profundo; que aquello merecía la pena porque la alegría de lograr esa transformación es una alegría inmensa.
«Audrey» no tenía nada en común con «Marilyn»: ni la ropa, ni la manera de andar, ni la expresión de la cara, ni la sonrisa, ni el modo de hablar. Esta transformación radical (tanto física como espiritual) es el fruto de una metanoia, una conversión del corazón, de la mente y de la voluntad. Pero, sobre todo, es el resultado de escuchar con atención la voz de la propia conciencia. De no ser así no podemos desarrollar un sentido moral. Escuchar para obedecer, porque si no vivimos como pensamos, acabaremos pensando como vivimos; acabaremos justificando hasta las acciones más viles. Como dijo una vez Joseph Brodsky, poeta soviético de origen judío y premio Nobel de literatura (1987), «negar a Dios es ceguera, pero la mayoría de las veces es una porquería». Uno niega las realidades más señaladas porque es más fácil vivir de esa manera: como un puerco.
TRABAJA EN TI MISMO, MÁS QUE EN TUS IDEAS
El bien es intrínseco al hombre, pero también el mal. La filosofía ilustrada, al negar el mal del hombre y centrarse casi exclusivamente en la reforma social, le hizo un flaco favor a la humanidad. Creó gente en gran parte desprovista de los conceptos de desarrollo personal y perfección moral, gente que pone sus esperanzas únicamente en el progreso social y en la política.
Tal y como lo expresa el filósofo ruso Sergei Bulgakov: «Rousseau, y con él toda la Ilustración, pensaba que […] el pecado original es un mito supersticioso que no se corresponde con la experiencia moral […]. El mal se explica como un desorden externo de la sociedad humana y, por tanto, la tarea de la organización social es vencer este desorden externo. No existe ni la culpa ni la responsabilidad personales, y toda la tarea de la organización social consiste en vencer tal desorden externo mediante, por supuesto, reformas externas»[1].
personaje principal de la novela de Iván Turgeniev “Padres e Hijos”—. Las enfermedades morales son el fruto […] de un estado deplorable de la sociedad […]. Mejora la sociedad y no existirán dichas enfermedades […]. Cuando la sociedad está bien organizada, ya no importará si una persona es inteligente o estúpida, buena o mala»[2].
Con esta visión mecánica y amoral del ser humano, la filosofía ilustrada ha creado un «hombre horizontal», un «hombre de masas», esto es, un zombi incapaz de concebir el crecimiento personal porque hace mucho que ha perdido el sentido de su individualidad y su dignidad.
Un buen ejemplo de este «hombre horizontal» es Javert, el inspector de policía en «Los miserables», de Víctor Hugo. Javert cumple las leyes de un modo obsesivo; la ley y el orden son sus dioses. Javert no cree en el hombre ni en su capacidad de cambio. Cree en el sistema, una rueda de la cual él es un diente más. Javert apenas parece una persona, y de hecho no parece tener un nombre de pila. Además, cuando Jean Valjean — gracias a su virtud— derrota al sistema, Javert se arroja al río Sena y se ahoga.
En el siglo XIX, escritores como Nikolai Gogol o Anton Chekhov eran perfectamente conscientes del drama que había provocado esta nueva concepción del hombre y de la sociedad. Lo más impresionante de la vida de estos gigantes de la literatura mundial no es su crítica «verbal» a la filosofía ilustrada, sino la pasión con la que «vivieron» de acuerdo a principios diametralmente opuestos.
Gogol no se conformaba solo con «afirmar» que el cambio social es inútil si la gente no lucha por transformar su yo interior, sino que pasó de la palabra a la acción: «Sigo construyendo y desarrollando mi carácter —le escribió a un amigo—. En concreto, ahora estoy llevando a cabo una fuerte transformación de mi yo interior»[3].
Chekhov hace algo más que afirmar su intención de cambiar: trabaja duro en su yo interior. Como él mismo dijo: «Me entreno todo lo posible»[4]. A ojos del poeta Kornei Chukovsky: «Chekhov consiguió dominar su temperamento impulsivo arrancando de raíz todo aquello que era malo y vulgar y adquiriendo una delicadeza y una dulzura que no ha conseguido ningún otro escritor de su generación […]. Pero el carácter noble de Chekhov no le vino caído del cielo. Sus atractivas cualidades espirituales eran el resultado de una dolorosa lucha interior, un trofeo ganado gracias al trabajo duro […]. La excepcional independencia de todos sus gustos y sus opiniones, así como su osado desprecio hacia los anquilosados ideales y los eslóganes de la intelligentsia de su época, asustaban a los críticos liberales que exigían opresivamente que sometiera toda su obra a los cánones sectarios. Había que ser un hombre de fuerte carácter para lidiar con aquello»[5].
En lugar de poner nuestras esperanzas en el progreso social y en la ideología, debemos fortalecer nuestro carácter y desarrollar nuestras virtudes. Se trata de una cuestión de principios, y dice mucho acerca de la madurez de aquellos que se adhieren a ello, y también acerca de la inmadurez de aquellos que, consciente o inconscientemente, no lo hacen.
TRABAJA TU CARÁCTER MÁS QUE TU ACTITUD
Recuerdo un caso en el que trabajé en mis primeros años como abogado. Se trataba de una madre, un padre y su hijo bebé. Un día, cansados del incesante llanto del bebé, le metieron en la nevera. Murió y los padres fueron a la cárcel. Era gente corriente: tenían una casa, un coche, una televisión, un perro… y un bebé. Al igual que esta pareja tan extremadamente negligente, nosotros también podemos ser atractivos, hablar correctamente y ser bien educados. Difícilmente cometeríamos un crimen tan atroz pero, ¿es nuestro corazón más puro? ¿Está nuestro sentido moral más desarrollado?
Mucha gente se esfuerza por mejorar su aspecto y la manera en que se presentan ante los demás, pero se niegan a trabajar su carácter y por tanto son incapaces de desarrollar un sentido moral. Catalina la Grande (1762-1796) se ajusta a este modelo. El eminente historiador ruso Vasily Klyuchevsky hace el siguiente retrato: «Catalina logró desarrollar atributos de gran valor en la vida cotidiana […]. Su continuo auto-examen la mantenía en un estado de alerta constante […]. Demostraba una incomparable habilidad para escuchar pacientemente todo tipo de bobadas, y ayudaba prudentemente a los interlocutores con dificultades a encontrar la palabra correcta. Con esto se ganaba a la gente y hacía que se abrieran a ella, inspirándoles confianza […]. Poseía además un dominio magistral de lo que podría llamarse poder de sugestión: no tenía que dar una orden sino expresar un deseo y éste renacería después en una mente impresionable, como si fuera su propia idea, y la persona la llevaría después a cabo con entusiasmo […]. Pero Catalina desarrolló el hábito de trabajar su actitud más que sus sentimientos […]. La insuficiencia de su formación moral la apartó del camino correcto de su desarrollo, en el que se hallaba gracias a su naturaleza alegre […]. Percibió en sí misma la debilidad sin ningún tipo de remordimiento de conciencia, sin ningún impulso de pena o arrepentimiento […]. Si le privamos del sentido moral, el árbol del autoconocimiento da el fruto enfermizo de la vanidad […]. Como criatura del intelecto que no daba cuartel al corazón, las acciones de Catalina tenían una superficie de brillantez, pero rara vez lograban ser grandes o demostraban algo de creatividad»[6].
Merece la pena reflexionar acerca de este retrato de Catalina, e incluso podría servirnos como una especie de examen de conciencia. Es éste un retrato de la mediocridad disfrazada de «grandeza», y es también el retrato de todos aquellos que, careciendo de un sentido moral, son incapaces de crecer en virtudes y se encuentran a sí mismos que solo son capaces de dirigir no por carácter (que no lo poseen), sino por técnicas de relaciones humanas que suelen degenerar en manipulación. Y el resultado es siempre el mismo: mucho hablar para no decir nada, pero poca grandeza y creatividad. Podría decirse que es una falta de auténtico liderazgo.
Es notable que Catalina, apodada «la Grande», hubiera detenido, torturado y enviado al exilio a algunas personas de su generación que eran genuinamente grandes, tales como Nikolai Novikov o Alexander Radishchev, escritores y filántropos rusos que criticaban públicamente la servidumbre y se proponían mejorar el nivel educativo y cultural del pueblo ruso. Novikov y Radishchev eran hombres de carácter. La historia les recuerda por su magnanimidad, mientras que a Catalina la recuerda por su egoísmo.