Philippe
4 de Diciembre de 1910
L
as calles se habían pintado de blanco bajo la primera nevada del año. El frío manto reflejaba la luz de las farolas confiriéndole al lugar un aspecto mágico y brillante, como salido de un sueño. Philippe solía darse cuenta de esas cosas, le encantaban los pequeños detalles y las sutiles diferencias. Le gustaba memorizar imágenes, inmortalizar recuerdos, buscar contrastes... Si supiera utilizar el lápiz seguramente habría sido un gran pintor pero, como solía recordarse a menudo, tenía el alma de un artista y la destreza de un estibador, aunque sin su fuerza bruta, eso también era evidente de una forma dolorosa.En esa ocasión, la capa nívea solo era molesta nieve que le hacía resbalar. La tarde era demasiado oscura, y hacía mucho frío para que alguien como él, que no acababa de curar el resfriado, se atreviera a salir solo. Pero René había insistido, y si René insistía no quedaba otra que obedecer.
Cada vez que Philippe atravesaba el portal de los Hérault, sentía en su interior un auténtico temporal de sentimientos encontrados. No debería ser así, y él era consciente de eso tanto como lo era de todas las otras deficiencias de su vida, pero al igual que pasaba con su espíritu, su salud o su falta de destreza, poco tenía él que decidir al respecto.
Conocía a René desde hacía años, cuando ambos coincidieron en el conservatorio. Su amigo abandonó las clases al poco tiempo, pero vivían cerca y se habían encontrado después en varios actos sociales. Antes de que se dieran cuenta, ya eran como hermanos. Sin embargo, desde unos meses atrás, cada vez que iba a verle a su casa su corazón se detenía y el estómago amenazaba con trepar a su garganta y lanzarse al vacío.
Nervios, sí. Podría decir que eran nervios. Nervios y cierta ansiedad. Por muy graves que sonaran esas palabras, siempre eran preferibles a la otra, aquella que se resistía a ser pronunciada y cuya simple mención revelaba la existencia de su pequeño problema.
Esto no sucedía cuando era René quien le visitaba en su casa. No, el problema no era René, el problema era su familia, el problema era su hermano mayor.
Didier tenía cinco años más que él y, en teoría, debía hacerse cargo de los negocios de la familia, pero parecía que se había propuesto dilapidar en casinos y burdeles la fortuna que su padre había amasado con esfuerzo y cierta falta de escrúpulos. Él y Philippe nunca habían cruzado más de un par de frases formales, pero en sus breves
encuentros había sentido la intensidad de su mirada y le había robado la respiración con una simple sonrisa.
Philippe fue consciente de su problema cuando descubrió que, al cerrar los ojos, era el cuerpo de Didier el que le hacía las promesas que cumplían sus manos.
Se cuidaba mucho de que no se notara pero su cercanía le convertía en una masa temblorosa y balbuceante. Philippe no era así, pero delante de Didier su ingenio se esfumaba y se convertía en el estúpido amigo de René, el que no era capaz de terminar una frase sin tartamudear. Una vez, incluso René se dio cuenta de que le pasaba algo e hizo un chiste al respecto. En aquella ocasión, Philippe se encendió como la grana y aprovechó la menor oportunidad para irse al lavabo y mojarse el rostro con agua fría.
Su problema... su situación... resultaba ridícula. Ridícula, humillante y dolorosa. Desde entonces, las visitas a casa de su amigo se habían convertido en una especie de dulce calvario y aquella ocasión no era diferente. Atravesó el portal de los Hérault y, con cierta vacilación, pulsó el timbre.
El mayordomo le recibió y recogió su abrigo con gentileza.
—El joven René no está en este momento —le informó mientras guiaba sus pasos a través de la mansión—. Pero me ha encargado que le diga que no piensa demorarse y que, por favor, le espere en el salón. ¿Puedo ofrecerle una taza de té?
—Sí, supongo... —dijo Philippe un poco confundido. René había insistido mucho en que quería hablar con él, ¿y ahora no estaba en casa?—. ¿Está la señora? —La madre de René solía entretenerle con divertidas anécdotas, pero la mayoría de ellas no tenían la menor gracia si no estaba su amigo delante para molestarse.
—No, lo lamento, señor Dulac. La señora también ha salido. En la casa solo está el señorito Didier. Pero el señorito René insistió varias veces en que no le dejara marchar, que no iba a demorarse mucho y que le urgía hablar con usted.
«¡Y tengo que quedarme a solas con Didier!», se asustó. Pero no dijo nada en voz alta. Avanzó, concentrándose en dar cada paso con firmeza, cuidándose de no demostrar el nerviosismo que se infiltraba en cada poro de su piel.
Una doncella hizo una ligera inclinación al verle y siguió limpiando el polvo de la colección de jarrones de la señora. Bernard, el enorme mastín de la familia, cruzó el vestíbulo y se metió en la cocina. Tres generaciones de Hérault le contemplaban desde los elaborados marcos de sus retratos. Philippe notó sus miradas acusadoras como si fueran capaces de ver en su alma. El mayordomo, la criada, el perro y los retratos, todos ellos lo sabían y le juzgaban.
Philippe se sintió enfermar, una pátina de sudor frío cubría su frente y sus pasos vacilaron. Su nerviosismo se acrecentaba conforme se reducía la distancia al salón. El aire se resistía a llenar sus pulmones y su pecho dolía, dolía como si fuera un acerico y las agujas se clavaran en sus costillas.
Entonces lo escuchó.
Era una melodía triste, el sonido melancólico de un piano ejecutando el Claro de Luna. Y cada una de las notas, se metía dentro y desgarraba el alma. ¿Quién estaba tocando? El nerviosismo había desaparecido. Los dulces compases de Beethoven tiraban de él. Era como una rata hechizada por el flautista que, ignorante, se dejaba llevar por la música que guiaba sus pies hacia un destino aciago.
Estaba de espaldas y llevaba el pelo largo y suelto. Había sido testigo de alguna de las discusiones que mantenía con sus progenitores sobre su melena, pero él se negaba a cortarla y se limitaba a recogérsela en una coleta. Ahora, caía como una cortina de azabache sobre sus hombros. Llevaba los tirantes sueltos a ambos lados de su cintura, y las mangas de la camisa remangadas. Un vaso de licor descansaba encima del instrumento, justo al lado del metrónomo que, apagado, era testigo mudo del concierto.
El mayordomo le hizo pasar con un gesto y luego, salió de la habitación cerrando la puerta tras él. Si Didier se había dado cuenta de su presencia, no lo demostró. Philippe se quedó de pie, al lado de la entrada, escuchando en silencio la magnífica ejecución del joven burgués, mientras aguantaba la respiración para no interrumpirle, y sin despojarse de la terrible sensación de que no debía de estar allí, de que ese era un momento íntimo y él no era más que un intruso.
Para su desgracia, le sobrevino un inoportuno ataque de tos y Didier dejó de tocar. —¡Lo siento! —exclamó Philippe, a duras penas, con la voz entrecortada, mientras luchaba por recuperar la respiración, sin dejar de toser.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Didier mirándole de reojo. Philippe asintió con la cabeza, entre estertores. El pianista se levantó y sirvió un vaso de agua de la jarra que estaba en la mesita auxiliar. Se lo tendió sin mediar palabra y Philippe se lo agradeció con la mirada—. ¿Estás mejor?
—Lo siento —dijo de nuevo, ya más calmado—. No es más que un mal resfriado —se excusó con una mueca nerviosa—, no consigo quitármelo de encima. No... no quería interrumpirte, tocas muy bien.
—Ya... —Didier chasqueó la lengua en un gesto de desdén, parecía irritado—. No lo suficiente.
Philippe sacudió la cabeza, no había pretendido molestar a nadie pero era evidente que lo había hecho. Didier dejó el vaso donde lo había encontrado, y se llenó de nuevo el suyo de un licor oscuro, probablemente coñac.
—René me ha dicho que le espere aquí —se explicó con amargura, aunque su interlocutor no parecía hacerle mucho caso—. Pero ya volveré más tarde. De nuevo, siento las molestias.
—¡Espera! —le detuvo una voz firme y suave, como un rugido quedo, grave y profundo. Philippe ya tenía en la mano el pomo de la puerta, pero se giró lentamente,
tragó saliva y contuvo el aliento. Podía escuchar los vigorosos y acelerados latidos de su corazón, tan intensos que hasta Didier podría oírlos solo con prestar un poco de atención. El pianista clavó en él sus ojos oscuros y, de nuevo, como tantas veces antes, Philippe sintió que le desnudaba con la mirada—. No quería pagarlo contigo —dijo, tendiéndole el vaso de coñac que acababa de servirse—. No suelo tocar, lo dejé hace mucho tiempo.
—¿P-por qué? —se atrevió a preguntar, aceptando la copa.
—La vida —respondió Didier con una sonrisa triste y un gesto de hombros cargado de significados que él no entendía—. Tú también tocas, ¿verdad? Te he escuchado alguna vez.
Philippe se ruborizó.
—Solo son... cancioncillas. Nada serio —dijo, quitándose importancia. «Ocho años de conservatorio pero nada serio, muy bien, Philippe», se reprendió en silencio.
—A mí no me lo parecieron —comentó, y se sentó de nuevo al piano—. Ven — Didier palmeó el banco indicándole que tomara asiento a su lado. Philippe acabó de un par de tragos todo el contenido de su vaso y, todavía con el líquido inflamándole los pulmones, obedeció—. ¿Sabes tocar a cuatro manos?
Él se apresuró a asentir agitando la cabeza con vigor y esperó, con una incipiente excitación, a que Didier colocara una nueva partitura. La conocía, era una Fantasía de Schubert. Tomó aire, y deseó que todo lo que había aprendido en el conservatorio no se hubiera esfumado por los nervios.
No se le daba mal del todo, debía reconocerlo. Tampoco era un virtuoso y no practicaba tan a menudo como para dar un concierto. Además, las cuatro manos siempre tenían un añadido extra. Si a eso le añadía su estado de ánimo... a duras penas conseguía recordar dónde estaba el do.
Didier comenzó con una mano. Apenas unos compases más tarde, Philippe se acopló a la melodía con otra y, poco después, para su sorpresa, las cuatro manos ejecutaban en perfecta sincronía la pieza de Schubert como si lo hubieran hecho mil veces antes.
Philippe cerró los ojos y se dejó llevar. Era fácil hacerlo, Didier le arrastraba marcando el ritmo y la fuerza de la pieza y él solo tenía que seguir su estela. Y era... muy fácil.
Al principio, era como si el piano llorase. Trasmitía dolor, el lamento silencioso del que busca consuelo y teme pedirlo. «¿Acaso no le ven?», se dijo. Se veía en cada nota que deseaba un abrazo y él... él quería dárselo. Quería hacerlo más que nada en el mundo. Pero luego, poco a poco, la melodía cambiaba. Se volvía dura, casi impetuosa. Rígida, terrible y, sin embargo, seguía manteniendo ese fondo necesitado, casi desesperado del que busca, sobre todo, sentirse vivo.
Había algo sensual en la forma que tenía Didier de acariciar las teclas, sus dedos largos se paseaban con suavidad, ejerciendo la presión justa y el sonido surgía como un gemido largo. Esa idea hizo que Philippe se ruborizara y perdiera el ritmo de la pieza. No levantó la mano cuando los dedos de su compañero rozaron accidentalmente los suyos. Apenas fue un contacto fugaz pero detuvo su corazón.
—Lo siento —murmuró con la cabeza gacha, disculpándose por el error, mientras mentalmente maldecía su torpeza por haber estropeado la magia de ese momento.
—Philippe —susurró Didier.
Philippe alzó la mirada y se encontró con unos ojos clavados en los suyos. Y se quedó así, perdido en esos ojos oscuros como pozos sin fondo que le engullían. Le engullían por completo y a él no le importaba.
«Quiero hundirme en ellos», descubrió no sin cierta desesperación. «Quiero perderme por completo».
Y entonces vio algo más. Los ojos de Didier tenían un brillo extraño, un brillo febril. Era... ¿deseo?
Sin previo aviso, el joven sujetó su barbilla y le besó.
Philippe tardó un par de segundos en darse cuenta de lo que estaba pasando, y un par más en decidir que no era un espejismo de su imaginación. ¡Estaba sucediendo!
Sus besos eran cálidos y dulces, tenían el regusto amargo del coñac y de algo más que no conocía, pero que en ese momento no le importaba. Eran sus labios, le estaba besando. Aquello que se había repetido mil veces en su subconsciente, en la intimidad de su habitación, estaba sucediendo de verdad.
«¿Cómo? ¿Por qué?», dijo la molesta voz de la razón infiltrándose en el caótico hilo de sus pensamientos. «Esto está mal, Philippe, se está burlando de ti. ¿Acaso no eres consciente de ello? ¡Te vas a hacer daño!».
Pero no se apartó cuando la presión se intensificó y una lengua inquieta se escurrió dentro de su boca, abrazándose a la suya, dejándole sin aliento. «¡Philippe! ¡No seas idiota! ¡Está jugando contigo!», insistió de nuevo su razón.
«¡Pues que juegue!», le replicó otra voz que no conocía resonando en su interior, haciéndole vibrar como no creía posible. «Que no acabe, por favor, que no acabe porque no sé qué haré cuando acabe».
Pero todo se termina alguna vez y ese beso no fue la excepción. Didier se separó lentamente, dejándole convertido en una masa absurda y temblorosa.
—Philippe —susurró llamándole por su nombre. Y Philippe despertó.
El hechizo se había roto y la vergüenza se cernió sobre él sin piedad. Acosándole, derribándole, recordándole su anormalidad. «¡No!», se negó. «¡Esto no está bien, esto no está bien, esto no está bien...».
Se levantó de golpe, como impulsado por un resorte.
—¡Philippe! —exclamó Didier, con las mejillas arreboladas y el rostro descompuesto. Hizo ademán de intentar detenerle, pero él no le dejó. Retrocedió un paso mientras, en sus entrañas, podía sentir las garras del pánico aferrándose a sus intestinos. Retiró las manos, evitando el contacto y, al hacerlo, golpeó el vaso de licor que se estrelló contra el suelo quebrándose en una infinidad de pequeños fragmentos.
Contempló los restos del vaso y el líquido tostado que los bañaba. Y entonces tuvo una visión; ese era él y se iba a romper. Si no salía de allí se iba a romper en mil pedazos. La presión sobre su pecho se multiplicó por mil, y la garra de sus entrañas tiró de ellas con más saña aún si cabe. Era... miedo. Estaba aterrorizado.
Y salió corriendo.
Corrió ignorando la voz preocupada que le llamaba. Corrió ignorando al mayordomo que le intentaba detener mientras gritaba algo sobre su abrigo. Cruzó la puerta de la calle y corrió sin importarle el frío, el viento o la nieve. Puede que incluso resbalara y cayera, pero se levantó de nuevo y siguió corriendo, esquivando transeúntes y coches de caballos. Y solo cuando llegó a casa y se encerró en su habitación, solo entonces que pudo respirar tranquilo, se preguntó por qué corría.
Philippe apoyó la espalda en la puerta y se dejó caer hasta llegar al suelo. Le dolía el pecho y cada bocanada de aire hacía que se le clavaran mil agujas. El frío del invierno parisino, la carrera... nada de eso favorecía su recuperación. Una pátina de desagradable y pegajoso sudor cubría su frente y resbalaba por su espalda. Se tomó su tiempo para tranquilizarse y meditar sobre lo que acababa de pasar.
Había huido, sí. Pero... ¿de qué? «¿De Didier?», pensó.
Sí, eso tenía cierta lógica. Había huido de Didier. El joven le había atacado por sorpresa y él... había disfrutado y había deseado que no se detuviera. Debería de estar contento, sentirse dichoso. Había soñado con ello tantas veces... ¿Por qué entonces había huido así?
«Porque sabes que está mal».
La ducha le había servido para poner en orden sus ideas. No sabía muy bien lo que había pasado pero tampoco era importante; no volvería a pasar. No volvería a ver a Didier y todo solucionado. No sabía si el hermano de su amigo estaba jugando con él o si... No, no había alternativa.
Philippe miró el reflejo que le devolvía el espejo y, en un gesto infantil, puso la mano encima para no verse. Tenía el cabello lacio, demasiado oscuro para ser rubio, demasiado claro para ser castaño. Rubio ceniza, decía la señora Hérault. Sus ojos eran grises o algo así. Tenían un color indeterminado, demasiado oscuro para ser claros y demasiado grandes, como si no encajaran. El corte de pelo tampoco le favorecía, llevaba el flequillo demasiado largo, al principio pensaba que eso le ayudaba a disimular su aspecto, pero ahora, enmarcaba un rostro pálido de facciones afiladas, casi felinas. Pero, lejos de parecerle atractivas, le daban un molesto aire andrógino.
Antes se consolaba pensando que ya pasaría, que al crecer y madurar sus rasgos se harían más fuertes pero ya casi tenía dieciocho años y nada en su físico parecía tener intenciones de cambiar. Ni siquiera la barba, o la molesta pelusilla porque no se merecía otro nombre, tenía pinta de aparecer. ¿Quién podría ver algo atractivo en alguien como él? Lo único que tenía para ofrecer era una buena posición y con eso no podía seducir a alguien como Didier.
Conforme adquiría consciencia de su realidad, su físico poco atractivo, su constitución enfermiza y su torpeza, más consciente era de lo que había pasado. Todo era una broma. Didier había jugado con él y salir corriendo era lo único sensato que Philippe había hecho esa tarde.
—Señorito—le llamó el mayordomo desde el otro lado de la puerta—. El señor Hérault está aquí. Pide hablar con usted.
«¡Didier ha venido!».
De repente, todas las ideas que había ordenado se vinieron abajo como si fueran un castillo de naipes.
—No... no me encuentro bien —respondió, demasiado asustado para mentir. —El señor Hérault insiste en verle —le transmitió su mayordomo—. Dice que habían quedado esta tarde y que necesita hablar con usted.
¿Habían quedado?
—¡Philippe! ¿Qué demonios te pasa? —gritó una voz desde el primer piso.
—¡René! —suspiró aliviado al reconocer la voz de su amigo—. Dile que me dé un par de minutos —pidió al mayordomo—. Me pongo algo encima y bajo.
Era René, era René, su amigo. No era Didier, era René. Eso era bueno, eso era... normal. Eso era... decepcionante.
Philippe se detuvo un momento a sopesar las sensaciones encontradas que en ese momento libraban una batalla a muerte en su interior. Temía ver a Didier, pero lo deseaba con todas sus fuerzas. Si se concentraba un poquito, solo un poquito, podía recordar el sabor de ese beso y el roce suave de sus dedos sujetando con firme delicadeza su rostro.
—Estoy enfermo —murmuró en voz baja, y no se refería a su resfriado mal curado.
Se puso el pijama y la bata de franela encima del pijama. Todavía no había cenado pero en ese momento lo único que quería era esconderse en la cama. «Sí, cerrar la puerta, esconderte bajo las mantas y pensar con todas tus fuerzas en eso que quieres olvidar».
René le esperaba en el salón curioseando la colección de pequeños suvenires que su padre le traía de sus numerosos viajes. Era una colección muy grande, tantos como los días que había estado solo.
El joven tenía el cabello corto y rizado y los ojos de un color pardo tostado, era extraño, uno pensaría que siendo hermanos él y Didier deberían compartir algo más que el apellido pero no era así. Nadie diría nunca que eran hermanos. Didier tenía la belleza y el porte majestuoso de un gran felino mientras que René inspiraba cariño y simpatía como un pequeño perrito. Por supuesto, si se le ocurriera comentar algo así en voz alta ladraría muy enfadado.
—¿Dónde demonios te metiste? —gruñó su amigo al verle aparecer—. François me ha dicho que saliste corriendo sin dar explicaciones y que ni siquiera te detuviste a coger tu abrigo.
—Empecé a encontrarme mal —se disculpó, y tampoco era exactamente una mentira—. Solo quería volver a casa.
—¿Seguro? —le preguntó con suspicacia. Philippe tragó saliva y asintió con la cabeza—. Pensé que a lo mejor Didier había dicho alguna cosa y te habías enfadado.
—¿P-por qué? —balbuceó, sintiendo como la sangre abandonaba su rostro—. ¿Te ha dicho algo él?
—No, pero cuando llegamos la había emprendido a golpes con el piano y el suelo estaba lleno de cristales. Creo que estaba borracho —explicó sin darle mucha importancia—. Pero como habías salido corriendo, se me ocurrió que a lo mejor le habías visto enloquecido y te habías asustado. Le pregunté por ti, no creas, pero no conseguí ninguna respuesta civilizada. Aunque supongo que es normal.
—¿Normal? ¡Nada de lo que has dicho es normal! —dijo Philippe sorprendido—. Cuando llegué bebía un vaso de coñac, pero no me pareció borracho y estaba tocando el piano, muy bien, por cierto, no parecía tener intención de liarse a golpes con nada.
—Bueno, tan normal como puede ser algo que haga Didier, lo que implica que para el resto del mundo sea algo raro —bromeó René, poniendo los ojos en blanco—. De todas formas, en realidad no importa tanto. Nadie tocaba ese maldito piano excepto él... y
tú, cuando mamá te lo pedía. Tenían que haberlo quemado después de lo que sucedió con el profesor.
—¿Qué pasó con el profesor? —preguntó Philippe al descubrir el brillo travieso en los ojos de su amigo. Estaba deseando contárselo y solo necesitaba un pequeño empujón para hacerlo.
—No puedo contártelo —dijo, con consternación fingida—. Fue un duro golpe para la familia y, si se hiciera público, podría poner en entredicho la reputación de los Hérault. Pero tú eres un buen amigo... y eres casi de la familia.
—No se lo diré a nadie —prometió Philippe, y lo cumpliría, claro que sí, aunque René no lo necesitara. Se moría de ganas por decir lo que sabía. Siempre había sido un desastre guardando secretos.
—Esto pasó hace muchísimo tiempo y yo era demasiado joven e ingenuo para saber a qué se referían —dijo, haciéndose el interesante—. Pero hace unos días, en una fuerte discusión entre mi padre y Didier, salió de nuevo el tema y entonces lo entendí todo.
—Deja de hacerte el interesante —le pidió Philippe dándole un empujón. Su amigo se rio entre dientes y asintió con la cabeza.
—¿Recuerdas cuando nos conocimos?
—En el conservatorio —dijo Philippe—. Teníamos... doce o trece años. No lo recuerdo bien. Eras malísimo, por cierto —bromeó.
—Pero tuve que dejarlo —prosiguió René. —¿Porque eras muy malo? —rio Philippe.
—Idiota —gruñó su amigo, con una sonrisa torcida—. No, tuve que dejarlo por culpa de cierto escándalo que hubo y que afectaba directamente a mi hermano y a cierto conocido profesor. —Philippe dejó de reír en seco. Los nervios se apelotonaban en la boca de su estómago iniciando una danza macabra—. Didier era bastante bueno y mi madre insistió en contratar un profesor particular para que su niño pudiera... agrandar todo su talento.
René empezó a reír, encantado con su juego de palabras. Philippe casi pudo escuchar las comillas que rodeaban la palabra “agrandar” y se sintió caer. ¿Estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo?
—No... no te entiendo —balbuceó.
Y su expresión desencajada hizo que la risa de su amigo arreciara más aún.
—¡Qué inocente eres! —exclamó, entre carcajadas—. Pues que en vez de tocar el piano... Didier tocaba el flautín —dijo. E hizo un gesto inconfundible que en nada se
parecía a tocar un instrumento musical—. Y por lo que pude apreciar en la discusión del otro día, lo sigue tocando.
—No... no lo entiendo —confesó, y antes de que su amigo hiciera otro ingenioso juego de palabras, se apresuró a concretar a qué se refería—. Estamos hablando del mismo Didier, el Didier que paga el alquiler de la mitad de las putas de París.
René asintió con la cabeza.
—De ese mismo. La discusión con mi padre era precisamente sobre eso. Sobre sentar cabeza y responsabilizarse de sus actos. Buscar una buena mujer y... bueno, esas cosas que le preocupan a los padres, y más a los que tienen un imperio financiero que legar. Y Didier empezó a gritar que estaba cansado de ser el hijo que quería que fuera, que estaba cansado de mentir a todo el mundo y de mentirse a sí mismo. Pero... ¿sabes la buena noticia?
¿Buena noticia? Se imaginó a Didier, con voz dolida, diciéndole a su padre que estaba cansado de mentirse a sí mismo y... lo sintió. Lo sintió como si fuera él quien lo dijera. Porque, ¿no era eso mismo lo que hacía cada día? Mentirse a los otros, mentirse a sí mismo, convencerles a todos de que era como ellos.
Cada vez le dolía más el pecho y era difícil respirar. Intentó tragar saliva pero su garganta era como una lija inflamada.
¿Buena noticia? ¿Cómo podía surgir algo bueno de todo eso?
—Adivina quién es el nuevo heredero de las industrias Héroult —dijo René con una amplia sonrisa de suficiencia.
Philippe apretó los dientes y se obligó a sonreír. Su amigo había venido a darle la buena noticia, su repentino ascenso como heredero. Pero él, en vez de alegrarse y celebrarlo, sentía unos deseos enormes de borrarle la sonrisa de un puñetazo. Pero no hizo nada, se quedó allí, sentado y sonriendo con cara de bobalicón. Estaba tan acostumbrado a mentirse a sí mismo que ya le salía sin esfuerzo.
—¿Y Didier? —preguntó con un hilo de voz.
Su pregunta tomó por sorpresa a su amigo. Su sonrisa desapareció y desvió la mirada.
—Nada, Didier nada —respondió con sequedad—. Mi padre le ha dado un generoso fideicomiso, la casa de campo y uno de los pisos de la Avenida Montaigne. No creo que tenga derecho a quejarse. ¿Qué demonios te pasa, Philippe? Pensaba que te alegrarías por mí. Esta tarde quería quedar contigo para celebrarlo pero nos avisaron en el último momento que faltaba arreglar unos papeles. Siento haberte dejado plantado, de verdad. No pensé que tardaríamos tanto.
—Estoy... estoy contento —mintió—. Claro que estoy contento por ti. Eres... ¡eres el heredero! Eso es... ¡genial! Siempre se te han dado mejor los negocios que el arte. Y,
bueno... a tu hermano nunca le ha interesado así que supongo que también es bueno para él, ¿no?
—Eso pensaba yo pero está muy irritable, últimamente. Oye —añadió tras una pequeña pausa—, olvídate de Didier, vamos a celebrarlo. Tú y yo. Vamos a beber y podríamos pasar por el Moulin Rouge y sacarle partido a la noche, a la juventud y a nuestro dinero. ¿Qué me dices? Yo invito.
—Suena bien pero... —«No sé si me apetece menos pasarme la noche de putas o festejar contigo la destrucción de tu hermano»— no me encuentro bien. Ya te lo he dicho, he tenido que salir corriendo porque estaba mal y ahora estoy hablando contigo pero se me va la cabeza.
No era mentira, al menos, no del todo. Era cierto, el pecho le dolía, la garganta le dolía y un ejército de tambores desfilaba tras sus sienes. No debía ser difícil que René le creyera. El joven le miró con seriedad y asintió, decepcionado.
—Tienes mala cara —dijo. —Lo siento —murmuró Philippe.
—No, tranquilo —dijo René encogiéndose de hombros. Parecía muy desilusionado y él se sentía como el peor amigo del mundo—. ¿Qué vas a hacer? —le preguntó.
—Meterme en la cama y confiar en que mañana ya esté mejor —dijo con un largo suspiro—. Podríamos dejar la celebración para entonces.
—Esta me la debes —le recordó, amenazándole con el dedo. Philippe asintió con una sonrisa, mientras se cubría la boca con un pañuelo para mitigar un nuevo ataque de tos. René le miró preocupado—. Eso no suena nada bien. ¿Ya te ha visto un médico?
—Estoy bien —insistió Philippe—. Solo es un mal resfriado. —¿Y tu padre?
—En Hamburgo o en Frankfurt, no estoy seguro —dijo sin darle importancia. Hacía tiempo que había asumido que era un tipo retorcido de huérfano—. No te preocupes —añadió al ver la expresión de su amigo—. Louis lleva años cuidando de mí. Estaré bien. Dame un par de días y estaré listo para vaciarte los bolsillos y sacarle partido a la noche.
René no parecía muy convencido cuando se marchó, tras prometer que volvería al día siguiente para ver cómo estaba. Philippe suspiró aliviado al verle partir, sus pensamientos volvían una y otra vez a Didier. Didier tocando el piano, Didier destrozando el piano, Didier y su profesor de piano. No, no quería pensar en eso ahora. No quería pensar en nada. Podía notar la molesta sensación de la fiebre afectando a sus articulaciones y solo quería meterse en la cama y olvidarse un poco del mundo en el que vivía, y de su problema, y de las mentiras.
La cama le acogió con los brazos abiertos y el sueño le cubrió como una manta. Philippe se refugió en el cálido lecho de la inconsciencia. Mañana estaría mejor, mañana podría pensar y decidir, fuera lo que fuera lo que tuviera que decidir porque en ese momento no era capaz de saber si algo de lo que le sucedía dependía de él. Solo quería dormir, descansar, olvidar... por suerte, el sueño no se hizo esperar.
7 de Diciembre de 1910
P
asó los siguientes días en la cama con brotes de fiebre esporádicos, temblores y sudor frío. Pero al tercero, su salud empezó a mejorar y Philippe pudo abandonar su habitación. Era un poco prematuro para salir a la calle, pero ahora no tenía que estar encerrado con sus recuerdos, sus mentiras y sus miedos.Había tenido tiempo de pensar, demasiado tiempo, sin embargo, no había llegado a una conclusión.
Sus pasos le llevaron a la sala de música, allí un piano de cola le invitaba, sugerente, a acariciarlo. Se sentó y descubrió el teclado, rozó las teclas recordando la partitura de Schubert. No sonaba igual. Faltaba otro par de manos para que la pieza tuviera sentido. Él se sentía como esa melodía incompleta, también necesitaba a alguien para sonar bien.
—El rey de las cursiladas —se reprendió con una sonrisa triste.
—Señor —le interrumpió Louis con educación—. Ha venido a verle el señor Hérault.
—Hazle pasar —dijo, sin alzar la vista ni dejar de tocar el piano. Bufó un poco y se imaginó lo que diría si René le escuchaba tocar eso. Siempre tenía algún comentario desagradable sobre su sensiblería, así que cambió de melodía y empezó a tocar algo más alegre, una canción de vaudeville.
—Así que es cierto; solo tocas cancioncillas.
Philippe dejó de tocar casi al instante. Un escalofrío recorrió su espalda al reconocer esa voz, suave y grave como un ronroneo, que le erizaba la piel con el susurro de una caricia. Tragó saliva y se giró, lentamente, para ver a Didier, todavía con su abrigo puesto y el sombrero en la mano.
Sin mediar palabra y procurando no mirarle, Philippe se levantó y cerró la puerta, dejando a Louis al otro lado. Tenía que hablar con Didier y no quería oídos indiscretos, ni siquiera los de su mayordomo de confianza.
—No se me da muy bien el piano —confesó—. Carezco de talento para él. Lo que sé tocar es por insistencia. Mucha, mucha insistencia. Mi padre me animaba a que siguiera intentándolo pero le volvían loco mis ensayos continuos, podía ser muy desesperante. Así que me construyó está habitación, completamente insonorizada.
Notó la fuerza de una mirada oscura que le atravesaba e hizo acopio de voluntad para no ponerse a temblar como un chiquillo demasiado asustado para ser coherente. Didier asintió con la cabeza comprendiendo lo que quería decirle. «Puedes hablar con libertad, nadie puede oírte».
Didier llevaba el cabello recogido en una coleta. El abrigo, de paño negro y largo hasta las rodillas, estaba empapado pero aun así, no se había desprendido de él así que no pensaba quedarse mucho tiempo.
—Mi hermano me contó que estabas enfermo —dijo, rompiendo el silencio incómodo que se había asentado en el pequeño cuarto de música.
Philippe asintió, sin alzar la mirada.
—El resfriado mal curado —dijo, y esbozó una efímera sonrisa.
—Ya... —Didier carraspeó antes de continuar. Jugueteaba con su chistera y estaba visiblemente nervioso. Eso le pareció curioso. El saber que no era el único afectado por lo que pasó entre ellos le daba cierto consuelo—. He estado pensando formas de justificar mi comportamiento, pero no he encontrado ninguna —confesó con una mueca—. Así que lo mejor es que aceptes mis disculpas, con la seguridad de que no se volverá a repetir.
«¡No se volverá a repetir!». El corazón de Philippe se detuvo.
—¿Por qué? —preguntó en un hilo de voz antes de ser consciente de que estaba hablando.
—¿Por qué? —repitió Didier con un gañido histérico—. Esta es buena. Pues... no sé. Supongo que había bebido y...
—No estabas borracho —recordó Philippe. No había recriminación alguna en su tono voz, alto y firme, como si hubieran invertido los papeles. «Debo de tener fiebre otra vez», se dijo. «Yo sí que debo de estar borracho o delirando».
—No, no estaba borracho —admitió Didier—. Philippe, no tengo ninguna excusa. Ninguna. Te besé porque quería hacerlo.
—¿Pensabas en tu profesor de piano? —preguntó. «¿Por qué le haces esa pregunta? ¿Te estás volviendo loco? ¿Qué es lo que pretendes?»
—En mi... —Didier reprimió una maldición. Sacudió la cabeza en un gesto de desdén—. Voy a matar a mi hermano—masculló—. ¿Te sentirías mejor si te digo que era así? ¿Es mejor pensar que besé a un antiguo amante antes que a ti?
—¡No! —protestó Philippe, herido por su comentario—. Solo quiero saber la verdad —añadió en voz baja—, eso es todo.
Didier le miró, jugueteó un rato más con su chistera y se sentó en la butaca del piano que hasta hacía unos minutos había ocupado él mismo. Philippe se había quedado apoyado en la puerta, tras cerrarla, como si temiera que en cualquier momento fuera a abrirse.
—La verdad es que no era un buen día —dijo—. Era uno de esos días horribles que hacen que cualquier otro merezca la pena. Si has hablado con René sabrás que no soy lo que la gente suele considerar... normal y aquel día acababa de discutir con mi padre sobre
eso. Supongo que pensé que las cosas no podían ir a peor así que... decidí arriesgarme. Te había visto otras veces, con mi hermano, y me había parecido percibir ciertas... señales. No te escandalices —añadió, como si él hubiera dicho algo, pero Philippe no se había movido. Seguía allí, escuchándole, sin perder coba de sus palabras, memorizando todos sus gestos—. No digo que esas señales existieran, supongo que sencillamente quería verlas.
Si antes el corazón de Philippe se había detenido, ahora amenazaba con reventar su pecho en cada nuevo latido. Las sístoles resonaban poniendo una banda sonora de percusión, rompiendo la calma tensa que se había condensado en el ambiente. Tenía la sensación de que, si se movía, crearía ondas. Ondas que viajarían y se estrellarían contra las paredes fragmentándose en ruido inconsistente.
Y aun así habló.
—¿Por qué? —preguntó de nuevo.
—¿Nunca tienes bastante? —masculló Didier—. Ya te he dicho que lo siento, te he pedido disculpas y te he prometido que no volverá a suceder. ¿No puedes conformarte con eso? ¿Necesitas que me humille más?
—No... —tragó saliva, y pensó en ondas que se rompían, en ruido, en patrones establecidos que se desdibujaban, en límites que se confundían—. No soy muy listo — confesó, avergonzado—. Sacaba buenas notas en la academia porque me pasaba estudiando días enteros. No soy brillante. Es... como con el piano, como con todo. No soy bueno, solo... tenaz. No actúes como si lo supiera, por favor. Esto es nuevo, solo... explícamelo.
—No te entiendo —negó Didier—. ¿Qué se supone que tengo que explicarte? —Quiero que me expliques por qué me duele tanto que me digas que no volverá a suceder si yo sé que es lo correcto. ¿Por qué me duele, Didier? —dijo, empezando a desesperar—. Me duele el pecho como si se fuera a partir. Quizá sea el resfriado — bromeó con una mueca histérica.
—Philippe... —Didier parecía sorprendido ante su confesión. Él mismo se sentía sorprendido, aterrorizado y escandalizado. ¿Qué estaba haciendo?
—Está mal —murmuró apartando la vista del joven. Su mirada le abrasaba—. Sé que está mal, lo sé. No debe ser así, no es... no es natural. Pero... no lo siento como algo malo. No hay forma de actuar o de escoger sin que haya remordimientos. No hay una elección buena. No... no es justo.
Una mano detuvo el deambular histérico que había iniciado, moviéndose sin parar, girando una vez y otra, con la mirada fija en el suelo como si allí estuviera la respuesta. Didier le sujetó. Philippe se detuvo, parpadeó confuso y descubrió unos dedos agarrados en su brazo. Alzó el rostro y se encontró con unos ojos se de clavaban en los suyos, con unos labios que le sonreían con amabilidad.
—Respira —le sugirió Didier con voz suave, alzando su barbilla con el índice—. Te estás ahogando.
Tenía razón. El molesto resfriado seguía sin curarse y tapaba sus pulmones, el aire silbaba cuando abandonaba su boca y a él, en efecto, le empezaba a faltar. Se tomó un par de segundos en centrarse en su respiración. Inspirar, expirar. Tomar aire, expulsarlo...
—Ahora, ¿quieres que te bese otra vez? —De nuevo, la voz de Didier fue como un ronroneo, una caricia que le producía escalofríos.
«¿Estás loco?», se alarmó su conciencia. Philippe cerró los ojos y asintió.
Ya no apreciaba el sabor del coñac en sus labios pero seguía teniendo ese punto amargo que no era capaz de reconocer. Una amargura dulce que colapsaba sus sentidos y borraba el mundo a su alrededor. Había dulzura en ese beso, la delicada paciencia de quien no quiere que el otro salga huyendo. Dedicación. Caricias, control, maestría... y un montón de promesas.
«¿Qué estás haciendo, Philippe?», le reprendió su conciencia. «¡Te estás volviendo loco!».
«Hablar, conversar, decir la verdad... No es suficiente». Necesitaba sentir esas promesas, necesitaba llenarse de ellas. Había probado los besos y sabía que no se iba saciar con ellos, quería más. Pero... ¿cómo podía decírselo a Didier?
—¿Cómo están tus dudas ahora? —le preguntó este, separándose apenas dos centímetros de sus labios—. ¿Ya tienes tu elección?
Philippe resollaba sin aliento cuando apoyó su frente en la de Didier y le miró a los ojos y, por primera vez, no se sintió cohibido ante ellos. Quizá porque siempre había sentido que su mirada le desnudaba y en ese momento era lo que deseaba.
Didier le miró extrañado pero esbozó una sonrisa traviesa cuando empezó a dilucidar lo que pretendía el joven.
—¿Necesitas más... argumentos?
Philippe asintió con nerviosismo, sin apartar su mirada de los pozos negros que amenazaban con engullirle.
—Nada me gustaría más que darte los argumentos que necesitas —dijo Didier relamiéndose los labios—, pero si con un beso saliste corriendo, si sigo adelante me odiarás de por vida.
—Ya te odio —murmuró Philippe—. Aunque no me toques, aunque no vuelvas a mirarme... Tu existencia ha puesto patas arriba mi mundo. Te has metido dentro de mi piel. Si cierro los ojos te veo.
—Philippe. —Didier se había puesto pálido de repente, parecía asustado. Retrocedió unos pasos. Al ver su expresión, Philippe no pudo reprimir una risa histérica mientras sentía que algo se moría dentro de él.
«¿Asustado? No tienes derecho a estar asustado. Te alejas, me rechazas».
—Ha sonado mal, ¿verdad? —dijo, apartándose a su vez—. Lo sabía, estoy haciendo el ridículo.
—No es eso —empezó a decir Didier.
—Es solo que estoy cansado de mentir a todo el mundo, de guardar lo que siento dentro de mí, con miedo a decir algo, o hacer algo y que alguien me descubra. Solo quería, ser sincero por una vez. Probar a decir lo que siento sin tapujos. Pero te he asustado y me he puesto en evidencia. Sabía que no debía...
Sin darse cuenta, había retomado su deambular histérico. Tampoco variaba tanto de la masa nerviosa que solía ser delante de Didier. Un flan de gelatina, trémulo e inestable, así era él. Que a Didier le gustaran los hombres no quería decir que le gustara él. Un beso no significaba nada y, conforme pensaba en la situación, más improbable le parecía. Tenía que pedir disculpas y desaparecer, volver a encerrarse en su habitación y esperar a que el mundo acabara.
Entonces, un sonido burbujeante detuvo el hilo de sus pensamientos. «Ondas que se rompen, patrones desdibujados, límites que se difuminan...»
Didier estaba riendo, probablemente se reía de él pero si su risa tenía algún matiz cruel él no podía apreciarlo.
—¿Intentas decirme que estás enamorado de mí? —preguntó entre risas. Philippe se detuvo al escuchar su pregunta.
—Puede que «enamorado» sea una palabra demasiado fuerte —gruñó.
—Como quieras —aceptó Didier sin dejar de reír. Su sonrisa resultaba tranquilizadora y excitante al mismo tiempo.
—¿Por qué te ríes? —le preguntó con sincera curiosidad.
—Sabes cómo es mi casa, ¿verdad? —le preguntó—. Sabes dónde está el salón en el que te quedas cuando visitas a René, un poco apartado. No tienes que pasar por él a no
ser que quieras, y cuando tú estabas yo siempre buscaba una excusa para pasar por allí, aunque fuera una estupidez. Solo quería verte. Me encanta tu cara de duende travieso.
—¿Duende travieso? —repitió, sintiendo como la sangre se agolpaba en sus mejillas.
—Adoro cuando te ruborizas —continuó Didier, y con cada palabra, la distancia entre ellos se hacía más corta—. No sé cuándo esa atracción física pasó a ser algo más pero, el otro día, cuando saliste corriendo, me dejaste destrozado —Las palabras de René acudieron a su memoria. «Estaba borracho, y la había emprendido a golpes con el piano»—. Entonces me di cuenta de que no eras solo una cara bonita, que mi estúpido gesto te había apartado de mi casa y de que no volvería a verte más. Han pasado tres días y hasta hoy no he conseguido reunir el valor para pedirte disculpas y recuperar un poco de lo que perdí. Solo... quería que volvieras al salón.
—Siento haber huido —murmuró—, tenía miedo. Sigo teniendo muchísimo miedo.
—¿De mí?
Philippe negó con la cabeza.
—No, de mí. De lo que siento y de lo que soy. Pero no quiero mentir más, Didier. —Miénteles a todos —espetó Didier con voz dura—. Miénteles, engáñales, no dejes que te descubran o te destruirán con palabras amables llenas de buenas intenciones.
—Pero...
—Pero no te mientas a ti mismo; no me mientas a mí. —¡Jamás! —exclamó rayando la desesperación.
Didier se rio de nuevo y, con una parsimonia que le enloquecía, se tomó su tiempo en quitarse el abrigo y dejarlo bien doblado encima de la butaca. Al abrigo le siguió la chaqueta de su exquisito traje, mientras dirigía miradas esquivas cargadas de significado y de promesas silenciosas a un joven que ya de por sí estaba muy nervioso.
—¿Dices que esta habitación está insonorizada? —preguntó en voz baja, arrastrando las palabras con susurros lascivos.
—Completamente —aseguró Philippe.
—¿Y qué creerá tu mayordomo que estamos haciendo?
—¿Tocar el piano? —aventuró encogiéndose de hombros, no le importaba lo que se imaginara Louis. No en ese momento, al menos.
Didier se rio ante su ocurrencia. En un arrebato, le cogió por la cintura y le alzó para sentarle sobre la tapa del piano. Philippe era de constitución menuda y la
enfermedad de los últimos días había acentuado esa característica, aun así, se sorprendió de la facilidad con la que Didier le izó y se echó a reír.
Pero la risa se perdió en algún rincón cuando se descubrió ahogándose en sus ojos negros, perdiéndose en el aura de deseo que parecía emanar. Sintió una punzada de vanidad al pensar que eso era por él. Nunca se había considerado guapo, ni listo, ni con talento y, sin embargo, allí estaba Didier y le miraba como si fuera lo único importante en el mundo. Atesoró ese sentimiento de satisfacción y lo hizo suyo, y se prometió a sí mismo que no le decepcionaría. Haría todo lo posible para conservar esa mirada.
Dudó un momento, y se inclinó sobre él buscando encontrarse con sus labios. Didier le sujetó el rostro y le besó, pero no con la suavidad de antes. Esta vez no había cuidado, esta vez no había dulzura, esta vez sus labios quemaban como presos del fuego que amenazaba con extenderse y consumirle en cenizas. Y él deseaba con toda su alma el ser consumido.
Didier se colocó entre sus piernas y le ayudó a deshacerse del pesado batín deslizándolo tras sus hombros. Luego le empujó con firme delicadeza y le obligó a echarse. La tapa del piano crujió bajo su cuerpo cuando apoyó su espalda en él. ¿Cuánto peso podría aguantar? La pregunta se formó y desapareció en un suspiro, justo cuando la lengua de Didier se abrió camino bajo la camisa del pijama. Philippe ahogó un gemido al sentir la húmeda caricia recorriendo su esternón, trazando caminos de besos que abrían senderos en su piel. Le devoraba con un hambre insaciable y él se sentía como uno de esos pastelillos de la novela de Carroll que decían «¡cómeme!» en letras bien grandes.
«¡Cómeme, bébeme, hazme tuyo!», pensó, mientras luchaba por encontrar los hilos de la coherencia entre el ovillo desmadejado de sus pensamientos. Buscó un lugar para asirse, un punto de apoyo. Sus uñas resbalaron en la superficie barnizada del piano.
Didier se alzó en toda su altura y le contempló desde arriba. Philippe abrió los ojos y no desvió la mirada. Fuego... hambre... podía ver todo eso en el fondo de los pozos negros y no le importaba en absoluto. Lo deseaba. Deseaba hundirse, deseaba arder, deseaba ser devorado.
En contra de lo que esperaba, Didier sonrió con dulzura, se inclinó y le besó con suavidad.
—Por fin he visto los rayos —susurró a su oído, dejándole completamente desubicado.
Pero no tuvo tiempo de preguntar ni de preocuparse demasiado, Didier agarró la cinturilla de su pantalón y tiró con brusquedad, liberándolo por completo en un par de gestos. Jadeó al notar sus manos acariciando su miembro más que dispuesto. Se sentía torpe e inseguro, no sabía cómo moverse o qué tenía que hacer, pero Didier no parecía muy preocupado. Los dedos del músico subían y bajaban arrancándole una melodía de gemidos con la misma maestría con la que tocaba el piano.
Su grito de sorpresa prolongó su agonía cuando notó cómo una húmeda cavidad le rodeaba. Sin darse cuenta, había enredado sus dedos en el oscuro cabello de Didier. El lazo
que lo recogía se había perdido en algún momento y ahora, la melena de azabache cubría su vientre. Desde su posición no tenía perspectiva pero la cabeza subía y bajaba y él acompañaba sus movimientos con sus manos y jadeos. Casi sin darse cuenta, respondía, impaciente y enloquecido, alzando los glúteos, yendo en su búsqueda.
Dio un respingo cuando notó un dedo abrirse camino hacia su interior, pero Didier le calmó con un simple gesto de sus manos. Philippe intentó recuperar su respiración, todavía le dolía el pecho, pero era difícil conservar el aliento siendo consciente de la vigorosa intrusión a la que le sometían. Poco a poco, sus músculos se fueron relajando y la tensión inicial fue substituida por algo muy diferente, mientras el fuego se gestaba en su bajo vientre y amenazaba con desbocarse sin remedio.
—Didier —gimió, cuando sus fuerzas amenazaban con abandonarle.
—Shhhh —le tranquilizó el músico abandonando su presa—. Aguanta un poco, Puck, esto no ha hecho nada más que empezar.
—¿Puck? —preguntó extrañado.
Una carcajada interrumpió el hilo de sus pensamientos. Didier se estaba riendo como si hubiera recordado el mejor chiste del mundo. Apoyó la cabeza sobre su regazo, le besó el ombligo y se rio de nuevo.
—¿Sabes? —dijo, con la barbilla rozando su vientre. Una llama de divertida lujuria brillaba en sus ojos—. Estaba pensando en lo excitante y apropiado que era follarte encima del piano y no me he dado cuenta de que eso implica ciertos inconvenientes anatómicos. ¿Crees que la tapa nos aguantará a los dos?
Philippe contempló a Didier y comprendió a qué se refería. Estaba tendido en una superficie más elevada que una mesa al uso y, por lo tanto, muy alejada de la entrepierna de su amante. Sin darse cuenta, él también comenzó a reír.
—¡No lo pruebes! —exclamó entre risas—. Sería muy difícil de explicar. Sí, Louis —dijo con solemnidad fingida—. Nos subimos al piano para forzar la resistencia del aparato.
—Espera un momento —dijo Didier. Le dio un beso en la barriga y desapareció de su campo de visión. Philippe se incorporó sobre los codos y le vio peleándose con la butaca del piano.
—También puedo bajarme —sugirió, sin moverse realmente. —¡Ni hablar! Tú... quédate ahí y no te enfríes.
El mueble era un asiento sin respaldo en el que cabrían dos personas con comodidad. Estaba hecho de madera maciza y tenía pinta de ser muy pesado. Didier lo arrastró hasta situarlo a sus pies y luego se subió encima. Philippe se había sentado para esperarle y ahora el músico estaba entre sus muslos y le miraba desde arriba.
—Ahora es perfecto —susurró contra sus labios, rozándole con su aliento antes de besarle con renovada pasión.
Philippe se echó hacia atrás acompañando el cuerpo de su amante, abrazándole con las piernas. Podía notar la dureza de su entrepierna incluso tras la tela del pantalón. Gritaba en silencio pidiendo libertad y él movió las manos, buscando el cierre del cinturón, para concederle lo que clamaba con tanto anhelo. Mientras tanto, Didier le regalaba besos y caricias que se perdían por su cuerpo, incapaz de discernir dónde le tocaba, sintiéndose envuelto en un halo desatado de frenesí. En algún momento le pareció notar unos dientes, pero si hubo dolor, este quedó ahogado en un mar de sensaciones.
No fue realmente consciente del momento exacto en el que Didier encontró la entrada y se abrió paso, introduciéndose en sus entrañas. Se quedaron inmóviles. El músico le miró de nuevo y le abrazó con fuerza, reduciendo, más aún, la distancia que los separaba. Philippe cerró los ojos y se concentró en la respiración. Podía notarlo palpitar en su interior, pero la incomodidad solo duró unos segundos. Pasado ese tiempo, Didier empezó a moverse despertando en su interior sensaciones que habría creído imposibles.
Apretó los párpados y se aferró con más fuerza a la espalda de su amante, alzó las nalgas para favorecer las vigorosas embestidas. Una mano se escurrió entre los cuerpos y se agarró a su miembro, Didier le besó de nuevo y, sin dejar de jugar con su lengua, acopló con maestría los movimientos de su mano y las acometidas de sus caderas. Philippe perdió el aliento y ahogó un gemido en la boca de su amante cuando sus defensas cedieron y su simiente se derramó sobre su vientre. Didier siguió besándole y le embistió un par de veces más antes de dejarse arrastrar por las contracciones de su orgasmo.
Solo entonces le dejó recuperar la respiración. —¿Todo bien? —le preguntó.
Philippe asintió con la cabeza, Didier todavía estaba en su interior cuando le hizo esa pregunta. Con suavidad, con una dulzura que no conocía en él. No dejaba de mirarle a los ojos, siempre, en todo momento había buscado su mirada. Ahora lo hacía de nuevo, mientras le colocaba el cabello detrás de las orejas. Entonces, le beso la nariz y se apartó de él.
Sintió frío.
Bajó la cabeza y vio la sustancia que se extendía por su vientre. Miró a su alrededor, localizó la bata de franela y rebuscó en sus bolsillos hasta dar con uno de sus inseparables pañuelos. Se limpió de cualquier forma antes de empezar a vestirse. Didier lo tenía más fácil, él solo se había bajado los pantalones y, en ese momento, se abrochaba el cinturón.
Un fuerte desasosiego se hizo presa en su interior al ver cómo se colocaba bien la camisa y se ponía la chaqueta, como si nada hubiera pasado.
—Ha estado bien —murmuró, con una sonrisa tímida—. ¿No? —añadió, algo inseguro.
Didier sonrió ampliamente sin dejar de vestirse.
—Sí —dijo, moviendo su melena al afirmar con la cabeza—. Desde luego; ha estado bien.
Sus palabras, la expresión de su rostro... Philippe se quitó un peso de encima, uno que no sabía que llevaba. Incluso le pareció sentir cómo el aire encontraba con más facilidad el camino a sus pulmones.
—Tengo que irme.
—¿Por qué? —preguntó, antes de ser consciente de lo estaba diciendo. —Pues... porque no vivo aquí, para empezar.
Eso tenía sentido.
—¿Quieres que...? —«¿... volvamos a vernos?», quiso decir pero las palabras murieron en su garganta antes de ser pronunciadas—. Ha estado bien —dijo de nuevo—. Ha sido... una gran experiencia. Gracias.
Didier dejó de abotonarse el abrigo y le miró con el ceño fruncido. —¿Gracias?
—Por... todo —dijo Philippe, sintiendo que se ruborizaba. ¿Por qué estaba actuando así si hacía un momento le estaba declarando su amor? «Bueno, amor no». De nuevo su vergüenza, su miedo al ridículo, la terrible consciencia de que tenía muy poco que ofrecer. Didier le había dado tanto... No tenía ningún derecho a intentar retenerlo con un encaprichamiento infantil. Él no se merecía que le angustiaran así.
—Philippe —dijo Didier—. Miente a todo el mundo, es la única forma de sobrevivir, pero nunca, nunca más, te mientas a ti mismo. Ni a mí. Dime la verdad, dime lo que quieres decirme.
—Quiero volver a verte —espetó sin dudar—. Es decir... —añadió, agachando la cabeza—. Si tú quieres. Si no quieres no pasa nada, yo... puedo aceptarlo.
Didier sonrió satisfecho y se caló el sombrero. Philippe seguía medio desnudo, sentado en la tapa del piano, cuando se acercó a él y le dio un beso dulce, casi casto, en los labios.
—No te prometo amor eterno —le dijo en un susurro—, pero por ahora no pienso renunciar a mi precioso Puck.
—Puck —repitió con una sonrisa boba—. ¿Cómo el de Shakespeare? —Exactamente, mi querido duende.
—¿No eres un poco vanidoso al creerte Oberón? —replicó Philippe.
—No lo sé —Didier se encogió de hombros—. Dímelo tú, ¿lo soy? —Philippe no contestó, se limitó a sonreír. Los últimos minutos habían puesto su vida patas arriba y no le importaba, por primera vez se sentía bien.
—Mentiré a todo el mundo —dijo—, menos a ti. Y a mí mismo.
—Encontraré la forma de que nos veamos —le dijo antes de abrir la puerta—, estate atento a mi señal.
—La estaré esperando —suspiró despidiéndole con la mano.
Al quedarse solo, Philippe buscó las piezas de su pijama y acabó de vestirse. En todo ese tiempo, no borró ni un instante la sonrisa de sus labios.
—Puck, Puck —repitió, encantado ante su mote. «¿No eres un poco vanidoso al creerte Oberón?». Philippe pensó un momento el significado de su frase y su posible respuesta, y decidió que era demasiado pronto para decirla en voz alta.
10 de Diciembre de 1910
L
as luces de la taberna empezaban a difuminarse con el contorno. Llevaba ya... ¿siete? vasos de mal vino cortesía del Hérault pequeño. René no había tenido piedad y en cuanto dio señales de haberse recuperado, organizó su fiesta de coronación. Malditas las ganas que tenía él de estar allí, pero su amigo no aceptaba un no por respuesta y recordaba vagamente algo sobre una promesa.Una camarera en busca de propina se sentó en su regazo dejando sus generosos senos al alcance de su boca. Philippe gruñó, improvisó una disculpa y la apartó con una mezcla desigual de educación e impaciencia.
—¿Demasiado para ti, Dulac? —se burló uno de los nuevos amigos de René. En los cinco días que él había estado enfermo, coincidiendo más o menos con su nueva posición dentro de la empresa familiar, a René le habían aparecido amigos de todos los rincones. Y desde que invitaba a todas las rondas, aún había más.
Una colección de damas de la calle rondaba su mesa buscando las atenciones del rico heredero, alguna se había acercado a él pero no tardaron en darse cuenta de que no eran su tipo.
—¿Te pasa algo, Philippe? —le preguntó René, acercando su cabeza para hablar en confidencia.
—He bebido demasiado —respondió con voz pastosa, restándole importancia. —Sí, has bebido demasiado porque no haces más que tragar —le gruñó su amigo—. Te quedas ahí, callado y mustio y bebes, bebes y bebes. ¿Por qué no participas de la fiesta?
Philippe movió la cabeza con pesadez, no tenía ganas de dar explicaciones. Porque... ¿qué iba a decirle? ¿Que echaba de menos a Didier? ¿Que contaba los días esperando su señal y que se desesperaba cuando llegaba la noche y no había sucedido? ¿Que celebrar su caída le apetecía tanto como tragarse cristales rotos?
—Si soy tan aburrido, ¿por qué insististe tanto en que viniera? —masculló—. Ahora te sobran los amigos.
—Eres un capullo —gruñó René con un chasquido de lengua—. Y estás borracho, pero sigues siendo mi mejor amigo. Anda, escoge a una de esas bellas damas y benefíciatela a mi salud. Sube arriba, pásalo bien y duerme la mona.
—¿Tras las rondas de vino van las de putas? —replicó con acritud—. ¡Qué generoso, Señor Hérault! Sois todo bondad.
—Mañana te recordaré esta conversación y te morirás de vergüenza, lo sabes, ¿verdad?
—Le he dado fiesta a la vergüenza —corroboró con una enorme sonrisa tras llenarse el enésimo vaso, brindando a la salud de su amigo.
—Y a la inteligencia también —apuntó René.
Rechinaba los dientes, pero a Philippe le quedaba el consuelo de que seis años de amistad prevalecieran más que esa estúpida discusión. «¿Aguantaría también si supiera que me he follado... (o me ha follado, lo que sea) a su hermano?». Por fortuna, todavía no estaba lo suficientemente borracho como para plantearse la pregunta en voz alta.
—Miénteles, miénteles a todos —murmuró entre dientes.
Desde un rincón, una bella jovencita le hacía gestos. Philippe giró la cabeza en un signo de negación, pero la joven insistía.
—Creo que a esa le gustas —le dijo René al oído—. Y... aquí viene.
Era cierto, la joven se había cansado de hacerle señales desde la esquina y avanzaba hacia él con paso decidido. Philippe suspiró mientras intentaba encontrar una mejor excusa que un “no, gracias” que su amigo comenzaba a encontrar muy sospechoso.
—¡Oh, mi buen Puck! —declamó la muchacha teatralmente dirigiéndose a él con una reverencia—. ¿Haríais el favor de acompañarme a bailar bajo el claro de luna?
—¿Cómo te llamas, bella hada? —bromeó René siguiéndole el juego. —Baya de Oro, mi señor —dijo, con una sonrisa seductora.
—Si el buen Puck no te acompaña, a lo mejor te interesaría buscar otro caballero para bailar bajo la luna. —Su amigo se relamió y se mordió el labio inferior mientras estudiaba a la joven.
—En otro momento quizá. —Philippe se levantó de su silla y le tendió la mano a la mujer que la cogió con una reverencia—. Esta bella hada me ha invitado a bailar bajo el claro de luna y no puedo negarme, ¿verdad? No es necesario que me esperéis —añadió.
René rio entre dientes y brindó a su salud mientras él se alejaba escoltado por la muchacha. Lo último que escuchó, mientras subía las escaleras que le llevaban a la planta de las habitaciones, fue cómo su amigo invitaba a una nueva ronda.
—¿Puck? —preguntó a la mujer, amparado por el bullicio de la sala.
—Eso me dijo él —respondió la joven con una sonrisa traviesa—. Tráeme al chico con cara de duende, me dijo. Dile algo de Shakespeare y te seguirá. No sé nada de Shakespeare —confesó con una risita—, pero me has entendido, ¿verdad? Te espera en la habitación del fondo. Por casualidad, ¿no querréis compañía? —dijo, mientras deslizaba su dedo índice por la abertura de su camisa—. Os he visto a los dos y no me importaría participar, si entiendes lo que quiero decirte...
—En otro momento quizá —respondió él, mucho más cohibido de lo que quería aparentar. Pero los nervios habían aparecido de nuevo y se habían instalado en su estómago ante la inminencia de su encuentro con Didier y de algo más; del miedo. Su encuentro había sucedido en la soledad de su casa, en la intimidad de una habitación insonorizada. Ahora, estaban rodeados de extraños, y su amigo, que por casualidad de la vida era el hermano de su amante, estaba tan solo a unos metros de ellos—. ¿T-te ha dicho por qué quiere verme? Yo... —miénteles a todos, había dicho Didier, pero él no había mentido—. ¿Qué... qué harás tú? —preguntó temeroso de que le delataran. Si la mujer bajaba dos minutos más tarde de haber subido con él, René subiría a buscarle, de eso no le cabía la menor duda.
—Me han pagado para que me tome la noche libre, cielo. No es la primera vez que hago un servicio así, ¿sabes? Aunque viendo tu cara, debe de ser bastante nuevo para ti. Hay más como tú de los que crees. Algunos, incluso, pagan bien por ello. Mira —dijo, poniéndose a su altura y señalando a un muchacho que no debía tener más de quince o dieciséis años y que estaba apoyado en la barra hablando con otro hombre, mucho más alto que él. No tardaron en desaparecer en un rincón oscuro—. La mayoría de las noches, él gana más que yo —susurró a su oído—. Está en la habitación del fondo. Si os apetece probar cosas nuevas... mi oferta sigue en pie.
Se despidió con un beso en la mejilla dejando su aroma flotando en el aire como una nube de placer. Philippe atravesó esa nube con impaciencia, una necesidad urgente comenzaba a gestarse en su bajo vientre. Era él, iba a verle, ¡iba a verle! Y sabía exactamente lo que iba a pasar y lo deseaba, lo deseaba tanto...
Y, sin embargo, dudó antes de llamar a la puerta.
La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la luz de las farolas de la calle que se filtraba, furtiva, por los cristales de la ventana. A duras penas distinguió la silueta de una cama sucia y estrecha. No había nadie dentro. O nadie que él pudiera ver.
Abrió la puerta y metió un pie en la pequeña estancia, un pie y luego otro, pasos cautelosos que le adentraban en la penumbra.
—¿Didier? —preguntó en un susurro, temeroso de alzar la voz.
La puerta se cerró con un golpe que hizo temblar las paredes. Philippe dio un salto involuntario y ahogó un grito al sentir unas manos que le sujetaban por la espalda y le empujaban contra la pared.
—¿Didier? —preguntó de nuevo. Su rostro golpeó contra la pared desconchada. El olor de la humedad y el polvo, del sudor y el sexo que se había infiltrado en el encalado, llenaba ahora sus fosas nasales. Podía sentir su respiración entrecortada en la nuca. Cerró los ojos para sentir mejor esa caricia que le erizaba el vello.
—¿Me has echado de menos? —siseó la inconfundible voz a su oído, la misma voz que escuchaba cuando cerraba los ojos.
—No quiero hablar, Puck, ahora no. Ahora necesito hacer algo que llevo demasiado tiempo aguantando. Necesito... —Podía notar la firme amenaza que golpeaba sus glúteos y que despertaba su propio deseo.
—Pues hazlo, ¿a qué esperas? —le espetó, asombrado por su propia respuesta. —Tú permiso, supongo, aún somos personas civilizadas. Aunque cada vez es más difícil ser educado. Ahora mismo... me es difícil hasta ser persona.
—¿Y qué sugieres entonces, que nos comportemos como animales? —masculló entre dientes.
Maldijo en silencio los efectos del vino. Todo daba vueltas a su alrededor. ¿Antes se movía todo? Empezaba a sospechar que a lo mejor el alcohol no era el único responsable de su enajenación, y en vez de hacer caso a las molestas advertencias de su conciencia sobre pudor y no sé qué chorradas más, decidió amordazarla y mandarla a dormir la mona mientras él disfrutaba de sus instintos encendidos. Era Puck y no Philippe, era el duende travieso que complacía a su señor.
Apoyó las manos en la pared y echó el cuerpo hacia atrás, separando las piernas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo: ofrecerse. Y no le importaba. Él era Puck y servía a su señor.
—¿Estás seguro? —dijo Didier con suavidad, casi con preocupación. Su tono ya no tenía el ronco sonido del deseo. Philippe sonrió, cerró los ojos y asintió con la cabeza, con renovada confianza. Las dudas que pudiera haber tenido desaparecieron al instante al escuchar esa pregunta y apreciar su entonación.
Se quedó allí, expuesto, mientras Didier le bajaba los pantalones y rodeaba su miembro con sus dedos de pianista. Philippe notó un ronco calambrazo de placer extenderse por su cuerpo y se abandonó completamente al desenfreno. Apenas apreció el rumor de la ropa al caer al suelo, ciego como estaba en sus propias sensaciones, pero esta vez sí fue consciente de la violenta irrupción.
Dolía, pero no mucho. Era un dolor soportable, casi cálido. Un dolor que cambiaba de forma y de color y adquiría las tonalidades del placer. Ese placer extraño e irracional que sentía cada vez que pensaba que ya no había distancia entre Didier y él, que estaban unidos, como piezas de un puzle. Y encajaban como si no hubiera ninguna más.
Echó la cabeza hacia atrás para recibir el orgasmo que llegó sin avisar, rugiendo, como una explosión. Cerró los ojos y emitió un jadeo de tenor que acompañó toda la descarga y se prorrogó incluso más, hasta que los últimos embates del cálido mar se alejaron, sumiéndole en una plácida debilidad.
Apenas fue consciente de cuánto tardó Didier en emularle, pero no debió ser mucho más. Se dejó caer sobre su espalda, jadeando, llenando de sudor y saliva la camisa que no se había quitado.
—¿Crees que la próxima vez podremos usar una cama? —le preguntó con una sonrisa tonta, imposible de borrar.
—Sí, claro —dijo Didier. Buscó sus labios, y los unió en un húmedo beso que se prolongó durante un instante que se le antojó eterno y, sin embargo, demasiado breve para disfrutarlo en plenitud—. ¿En diez minutos te iría bien?
—¿Diez minutos? —repitió sin entender.
Didier le señaló y empezó a quitarse la ropa hasta quedar completamente desnudo. Philippe reprimió un jadeo al ver su cuerpo. Nunca había podido verle así, tan... perfecto. Se metió en la cama con un teatral salto y golpeó el espacio que quedaba a su lado.
Philippe sonrió y se apresuró a desvestirse él también. —Con cinco tengo de sobra.
Las primera luces del alba teñían de azul pálido la vieja habitación. Afuera, en la calle, algún borracho cantaba una serenata mientras intentaba recordar el camino a casa. Philippe estaba acurrucado junto a Didier, con la cabeza apoyada en su pecho. Ninguno de los dos decía nada, pero ninguno de los dos dormía. Ambos compartían el silencio del amanecer.
—No quiero que esto se acabe —murmuró.
—Bueno, todavía quedan un par de horas hasta que alguien venga a echarnos. Hay tiempo de sobra para dormir o hacer otras cosas, si quieres —dijo Didier, mientras jugueteaba con su cabello.
—No, no me refiero a esta noche. Me refiero a todas las noches —dijo con voz cansada—. Tonterías mías, no te preocupes.
—Cuando me mude, todo será más fácil.
—¿Te mudas? —preguntó, con una pizca de sorpresa.
—Mis padres me han dejado un piso y un fideicomiso —explicó con amargura. Philippe no dijo nada, aunque recordaba que René ya se lo había dicho—. Creo que mi padre pensaba que lo alquilaría para conseguir una renta mayor pero estoy cansado de tener que justificar todo lo que hago y de ver su mirada de decepción. Y de René, estoy muy harto de tu querido amigo.
—Bueno, no todo en él es malo. Uno de sus amigos, el que tiene cara de duende, tiene un culito pequeño y prieto y es insaciable en la cama —bromeó, arrancándole una carcajada—. De verdad, lo verías y nunca dirías lo pasional que puede llegar a ser, o la fuerza que tiene en su interior. Verías sus ojos grises y oscuros, como una nube de tormenta y, si le pillas en el momento adecuado, hasta puedes ver cómo los rayos lo iluminan todo.
—No creo que sea para tanto —murmuró, sintiendo que comenzaba a ruborizarse. —Oh, sí que lo es —prosiguió Didier. Era evidente que estaba disfrutando con esa conversación—. Y es divertido, muy divertido. Tan pronto puede estar aullando cual perro en celo, como se ruboriza igual que un niño pillado en falta si se lo recuerdas. Y es tierno, y romántico...
—Tal y como lo describes, parece un buen chico —dijo, mucho más emocionado de lo que podía aparentar. Las lágrimas se apelotonaban en su garganta, pero, a pesar de eso, su voz sonó firme—. Ya me lo presentarás algún día.
—No sé si podré, siempre le veía cuando venía a casa para ver a René. Y ahora no viviré allí. La única forma sería que él quisiera venir a verme a mi casa. Pero entonces te avisaré —añadió—. No sea que coincidamos los tres, podría ser muy incómodo.
—¿Y cómo vas a presentármelo si yo no estoy? —se rio Philippe. La conversación era completamente absurda, pero le llenaba como si fuera la más trascendental del mundo.
—Cierto, es una suerte que no tengamos ese problema —dijo y le besó con dulzura, jugando a rozarle con la nariz.
Philippe buscó sus ojos, esos increíbles pozos negros donde podía reflejarse. «No te mientas a ti mismo, y no me mientas a mí».
—Didier... ¿me vas a hacer daño?
Didier ensombreció el semblante y dudó antes de responder.
—No quiero hacerte daño —dijo—. Pero, a veces, parece inevitable herir a quien te importa. —Desvió la mirada cuando contestó, quizá hablaba por propia experiencia— ¿Y tú, Philippe? ¿Me vas a hacer daño?
—¡No! —se apresuró a decir, pero entonces vio la expresión en el rostro de su amante, ¿y si este estaba tan perdido como él mismo?—. No, no lo creo —dijo en voz baja—. Incluso si fuera inevitable... yo no quiero hacerlo.
Didier asintió, satisfecho con su respuesta. Philippe sonrió y se acurrucó de nuevo sobre su pecho. Apoyó la oreja y cerró los ojos para escuchar mejor el rítmico sonido de su corazón.