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Las alquerías en altura

In document LA ALQUERÍA ANDALUSÍ (página 145-153)

6. EL POBLAMIENTO RURAL: LAS ALQUERÍAS

6.2. Las alquerías en altura

Una variante de estas alquerías son las que se sitúan en altura; se trata de asentamientos de pequeño tamaño pues no llegan a las 10 casas y una extensión que ronda los 1.000 a 2.000 m². Están ubicadas en las laderas de pequeños cerros que apenas cuentan con defensas naturales o artificia- les, aparte de la escasa pendiente de la elevación y, ocasionalmente, con una cumbre, habitualmente reducida y sin señales de ocupación, que pudo haber servido de refugio aunque no existen evidencias (muros, torres o al- jibes) que lo confirmen. Ni siquiera el dominio estratégico que podría de- rivarse de su ubicación en alto justifica su emplazamiento, pues en algunos casos quedan sus campos visuales ocultos por elevaciones próximas o se abren a espacios sin mayor interés.

No parece que estemos ante un tipo de asentamiento exclusivo de la región que venimos analizando dado que también al estudiar la comarca de Gúdar-Javalambre (Teruel) se identificó -junto a los establecimientos con caseríos abiertos sin especial interés por la defensa que podríamos identi- ficar con nuestras alquerías en llano-, otro grupo, “cuya localización sólo puede explicarse por una decidida voluntad de maximizar la defensa de sus habitantes, encaramados sobre elevaciones alejadas de los campos de cultivo, en especial reversos de cuestas poco prominentes”258, características

258 Ortega y Villargordo, 2020, p. 181.

similares a las de las alquerías en altura que hemos descrito en el Corredor de Almansa.

Un ejemplo claro de este tipo sería el asentamiento de Los Casti- llicos (Higueruela)259, una alquería ubicada en las laderas superiores de un cerro finalizado en una pequeña meseta y que sólo parece haber estado pre- viamente ocupado en algún momento de la Edad del Bronce, en el II milenio a. C. Se encuentra defendida naturalmente por las pendientes de las laderas y por dos barranqueras que la flanquean por sendos lados hasta su punto de unión (Fig. 58). Sin embargo, presenta un fácil acceso por su vertiente

259 Jiménez y Simón, 2017, pp. 227-229. El paraje también se conoce por los topónimos de La Rambla, en referencia al cauce; Mingo García (el caserío) y Los Castillicos (el yacimiento).

Fig. 58.- Ortofoto y plano de la alquería de Los Castillicos (Higueruela). TT.

septentrional, en donde se une al resto del macizo montañoso de Higuerue- la y más concretamente a la punta de Giravalencia. En la parte superior del cerro se distinguen dos alineaciones de casas con corral, adosadas las unas a las otras y dispuestas de forma escalonada en la ladera oriental, protegidas de los vientos dominantes por el farallón rocoso de la cumbre. En este caso, el conjunto parece que quedaba delimitado por un muro que efectuaría las funciones de cerca, dispuesto sobre el afloramiento rocoso que remata la parte alta de las laderas. Está situada en un área muy montuosa y alejada de las tierras de cultivo; sin embargo, la zona de la serranía de Higueruela se ve cruzada por veredas en dirección norte-sur, por lo que quizás la ubica- ción del poblado esté relacionada con la actividad ganadera. El conjunto de materiales constatado hasta la fecha a nivel de prospección, es muy similar al de otras alquerías de la zona, mayoritariamente ollas de cuerpo globular y cuello estriado, cocción reductora, base plana o ligeramente cóncava, dos asas de cinta entre el borde y el hombro y un tratamiento de las superficies espatulado que deja ver la huella de los desgrasantes minerales. En menor medida, hay también fragmentos de cerámica de almacenaje y de jarras y ja- rritas que por su insuficiente conservación no es posible clasificar con pre- cisión. Dentro de la escasez del conjunto de materiales, hay que hacer notar la ausencia de indicios que cabría esperar en unas producciones tardoanda- lusíes como, por ejemplo, los acabados vidriados en el interior de las piezas de cocina; teniendo en cuenta lo cual, así como las similitudes que presenta con el ajuar que hemos estudiado con detalle en La Graja, nos inclinamos por adelantar la hipótesis de que el asentamiento estuvo en uso durante el siglo XI, a falta de excavaciones que proporcionen más información.

En este grupo habría que incluir igualmente un enclave de exten- sión sensiblemente mayor como el Castellar de Meca en su fase islámica, despoblado que alcanzaba la considerable extensión de 13 ha en donde se incluyen tanto las viviendas como los corrales y las amplias zonas vacías en- tre las casas. Efectivamente, la densidad del tejido urbano era muy baja, por lo que seguramente se puede considerar como una gran alquería, aunque ciertamente el hallazgo de algunos pequeños hornos para la fabricación de cerámica acredita la categoría de este asentamiento (Fig. 59). No sólo apro- vechaba un solar habitado en época ibérica, sino también sus murallas ci- clópeas; si bien desarrollaba el caserío por la ladera septentrional de forma más intensa que lo estuvo en época protohistórica. También reutilizaba la acrópolis, el oppidum occidental y muy posiblemente algunas de las estruc- turas defensivas de la ladera septentrional.

Fig. 59.- Vista y plano de El Castellar de Meca (Broncano y Alfaro, 1997).

Las estructuras de la meseta son en su mayoría de época islámica.

Las viviendas andalusíes del Castellar, en cualquier caso, eran simi- lares a las del resto de las alquerías que venimos comentando: las de me- nor tamaño compuestas por una sola nave o crujía rectangular con el vano abierto hacia el sur o sureste, aparentemente sin compartimentaciones in- teriores; y otras de mayor tamaño configuradas por una planta rectangular que comprendía una crujía de dos o tres estancias con vanos abiertos a un gran corral o patio. La trama urbana, o mejor dicho la disposición de los edificios, parece adaptarse a la orografía del terreno, si bien no se puede precisar mucho más dado que el objetivo de la excavación que allí se efec- tuó fue, esencialmente, la documentación del camino ibérico260. Las cons- trucciones constatadas en la llanura superior a través de la fotografía aérea parecen contar con plantas sensiblemente mayores por lo que, hasta que sean excavadas, es imposible atribuirlos a un periodo histórico concreto.

De un modo u otro, los numerosos aljibes labrados en la roca pudieron ser utilizados en época islámica, a diferencia del camino tallado en la misma que quedó inutilizado por el aterrazamiento del lugar. Sobre este se cons- truyen casas, silos y corrales.

Como materiales representativos para datar el yacimiento tenemos, además de las consabidas ollas levantinas sin cubierta vítrea, algunos frag- mentos de verde y manganeso y al menos dos buenos ataifores decorados con cuerda seca total; todo lo cual, unido a la ausencia de producciones tar- doandalusíes, nos permite suponer que el abandono de este asentamiento pudo tener lugar a comienzos de época almorávide, tal y como parece haber sucedido en La Graja, en los Castillicos y en otras alquerías, según iremos explicando. En cualquier caso, esta hipótesis deberá confirmarse en futuros estudios sobre el Castellar.

Además de los enclaves en altura descritos, que parecen haberse abandonado en el s. XI, hay otros que pervivieron al menos hasta la con- quista cristiana de mediados del s. XIII. No en todos los casos podemos afirmar que estemos ante alquerías; de hecho, algunos de estos yacimientos como Mompichel no parece que lo fueran. Uno de estos ejemplos es una al- quería análoga a los Castillicos: la Morra de la Cueva de la Paja en Aguaza, en el término de Corral-Rubio, en donde se documenta con claridad una ocupación en la parte alta y en la ladera meridional del cerro, en donde ya la hubo durante la Edad del Bronce, para posteriormente trasladarse al llano en época bajomedieval. Los materiales cerámicos recogidos en superficie remiten a una ocupación entre finales del siglo XII y el siglo XIII.

260 Broncano y Alfaro, 1997.

En el Cerro Fino de Alatoz existió un pequeño asentamiento de naturaleza indeterminada, situado en la cima de un cerrete muy próximo al pueblo actual, a unos 500 m. No se conservan restos constructivos y la superficie del asentamiento parece demasiado reducida como para que es- temos ante un refugio temporal de los habitantes de la zona, de manera que quizás podría tratarse de algún tipo de atalaya o almenara. Al igual que en Aguaza, la ocupación se dio a finales de época andalusí.

De la misma manera que en la comarca de Gúdar-Javalambre se ha detectado una serie de establecimientos en altura, a veces pequeñas me- sas rocosas que a las ventajas defensivas de su enriscada topografía añaden obras bastante sumarias como algún paño amurallado; también en el terri- torio que nosotros estudiamos hemos documentado, al menos, un ejemplo de ese tipo de asentamiento: Mompichel. Se trata de un cerro testigo, ais- lado y amesetado, en el que la ocupación se remonta al Calcolítico y debió de ser muy intensa en épocas íbera, romana y andalusí, al menos desde los

Fig. 60.- Cerro de Mompichel o Cerro de las Tinajas (Chinchilla), JLS

siglos X-XI hasta la conquista castellana (Figs. 60; 89). Las evidencias, no obstante, se limitan a los abundantes materiales cerámicos que se pueden recoger en la cima del cerro y en las laderas procedentes de los arrastres y desprendimientos de la parte superior, pues no parece haber existido más ocupación que la de la cumbre. En esta sólo se constata la presencia de tres aljibes excavados en la roca, uno de ellos con restos de la bóveda de ladrillo que lo cubría y parte de un muro perimetral de argamasa con mampostería, utilizado claramente en época islámica; los otros dos son de menor tamaño y origen más incierto. No se aprecia la existencia de lienzos murarios; pue- den haberse desprendido, aunque las defensas orográficas casi los hacían innecesarios. Dada la escasa extensión de la meseta de la cima, que apenas alcanza los 1.600 m² de superficie, así como la ausencia de restos al pie de la elevación, creemos que para época andalusí solo se puede interpretar como un emplazamiento militar del estado o como un refugio temporal habili- tado por los campesinos que moraban en las proximidades, en el cual, en momentos puntuales de necesidad, podrían encontrar la protección que sus alquerías, en llano y sin murallas, no les ofrecían. No tenemos evidencias seguras de que fuera propiamente una alquería pues no se aprecian restos de viviendas o de cualquier otro elemento que permitan acreditar actividad agropecuaria en la fase que nos ocupa.

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