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Balance de la década de desarrollo de los sesenta

In document analisis del modelo economico español (página 184-189)

Hablar del desarrollo económico y de los años sesenta se ha convertido en referirse a términos que hoy se asocian casi como equivalentes. La década de los años sesenta se conoce como la gran era del desarrollo económico español, según testimonian —tosca, aunque elocuentemente— las tasas acumulativas de crecimiento anual del PIB en términos reales, situadas en torno al 7 por 100 anual. Un crecimiento económico que España no había registrado anteriormente en el siglo actual ni ha conseguido después de que la guerra del Yom-Kippur fechara, en los días finales de 1973 y comienzos de 1974, la larga y pluriforme crisis que el mundo y España han vivido desde esas fechas.

Esa era del desarrollo en los años sesenta tiene, para cuantos han analizado sus características y para quienes la vivimos, una premisa obligada: el Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, sin cuya presencia nada de lo que ocurrió en la década siguiente puede entenderse. La era del desarrollo de los sesenta fue así un producto de la estabilización de 1959 y no —como parecería presumible— una consecuencia de los Planes de Desarrollo que se inician en 1964. Más aún: un acuerdo amplio de los análisis económicos disponibles más solventes permite afirmar que el verdadero efecto de la planificación del desarrollo económico de los años sesenta en España fue desequilibrar el crecimiento y cercenar importantes oportunidades de expansión económica en la segunda mitad de la década. Por este motivo, quizás el mejor resumen de la década del desarrollo económico español de los años sesenta lo constituya la afirmación, paradójica en apariencia, pero verdadera en el fondo, de que los españoles logramos el desarrollo por un Plan de Estabilización y vimos frenado el crecimiento potencial de nuestra economía por los Planes de Desarrollo. En la explicación de esa paradoja reside el cabal entendimiento de los hechos que registra la economía española en la década de los años sesenta.

Dos grandes cuestiones son las que las opiniones de los economistas han definido al analizar la iniciación de ese proceso de crecimiento singular de los años sesenta:

• Su arranque, que supone confesar y valorar el coste del proceso de estabilización. A ese coste se refería el trabajo de Mariano Rubio de 1968, concretándolo en la caída de las rentas de trabajo por la pérdida de horas extraordinarias, el leve aumento del paro, la caída del consumo privado y el aumento de las existencias acumuladas. Un coste éste que preocupó a los autores del Plan, pero que se saldó en poco más de un año. Como antes se ha indicado, en 1961 se inicia una fase de intenso crecimiento que habría de suponer cambios sociales importantes en España.

• Sus fuerzas explicativas: ¿de dónde provino el impulso para el intenso crecimiento económico de España de los años sesenta? Es esta una pregunta decisiva para la que existen siete respuestas fundamentales que no son incompatibles. Porque el desarrollo de los sesenta se forjó por la coincidencia de las siete fuerzas siguientes:

a) Creo firmemente que la primera fuerza que empujó a la economía española hacia su desarrollo fue el deseo de los españoles por lograrlo. Una fuerza a la que Postan ha imputado el desarrollo europeo de los mismos años: «El fenómeno más insólito de la Europa del desarrollo... fue el espíritu que lo hizo posible. Lo realmente notable (y para algunos autores y científicos sociales, lo inesperado) fue que el crecimiento económico se encontrase tan profundamente arraigado en el sentir popular.» Siguiendo esta tendencia europea, el español estuvo dispuesto a lograr a toda costa en aquellos comienzos de los años sesenta el desarrollo económico, convirtiendo ese deseo en auténtica aventura personal, que a veces le exigió el coste considerable de la emigración interna o el más elevado aún de la emigración exterior, buscando conseguir ese mejor estar económico en una Europa exigente y lejana.

b) El atraso relativo acumulado por el país. Era evidente que los márgenes con los que contaba el desarrollo económico de los años sesenta eran extraordinarios, dado el desnivel entre la técnica disponible y la aplicada a los procesos productivos españoles. El salto hacia delante facilitado por ese atraso relativo explica la aceleración

del crecimiento en los primeros años sesenta.

c) La liberalización de las importaciones desató una fuerza decisiva para explicar el proceso de expansión de los años sesenta, pues su fluido aprovisionamiento consintió que a través de la llegada de bienes de equipo del exterior se difundiese el progreso técnico en la economía española. Esa difusión incorporada por las importaciones de la tecnología sobre nuestra estructura productiva impulsa el desarrollo de la productividad y el proceso de crecimiento de la producción y la renta (la remisión a los trabajos de C. Sebastián y Julio Segura es en este punto obligada).

d) Fuerza destacada e intérprete fundamental del proceso de desarrollo fue el crecimiento de la demanda en todos sus componentes:

consumo familiar, inversión privada y exportaciones. Una población ilusionada con el desarrollo económico cuenta con una crecida fuerza potencial para lograrlo: hacerse presente en los mercados, y ello ocurrió con todos los componentes de la demanda española con un vigor especialmente perceptible en la demanda de bienes de inversión tras de la que estaba el «afán de innovar y cambiar» de la empresa productiva española (lo que Kaldor llama «dinamismo técnico» y que constituye para él la causa eficiente del desarrollo).

e) La apertura al exterior conectó a la economía española con un comercio mundial en plena expansión que habría de tener efectos destacados sobre las exportaciones españolas de bienes y servicios.

El crecimiento de la exportación figura, en efecto —pese a las limitaciones de la política arancelaria— entre los cambios destacados de la década de los sesenta, como ha reconocido J. B. Donges. Por otra parte, y sobre todo, el crecimiento espectacular de la partida de turismo revolucionó la exportación de servicios, mientras que el éxodo a Europa de los españoles que no encontraban ocupación en el país sumaba las transferencias de nuestros emigrantes al activo de la balanza de pagos, que completaba sus aportaciones con las inversiones extranjeras. Abrirse al mundo en las condiciones económicas que éste vivía en los años sesenta era así una apuesta

sin riesgo para el desarrollo económico, pues éste habría de recibir el efecto beneficioso e impulsor de un comercio exterior en plena expansión (visible en la exportación de servicios, en la llegada de las transferencias y las inversiones exteriores).

f) Finalmente, España contó con los recursos productivos necesarios para crecer. Contó en primer lugar con los recursos financieros que ofreció el ahorro interno (derivado del crecimiento de la renta) y exterior (materializado en la importante elevación de las inversiones exteriores) y contó con un excedente de mano de obra no utilizada, cuya movilización en los sesenta constituye una causa explicativa importante del crecimiento de la economía española. Esas reservas demográficas españolas estaban en la agricultura y en la población femenina.

Las aportaciones de la agricultura al proceso de desarrollo económico español se han concretado —como probarían los análisis de José Luis Leal en 1972 y los de Leal, Leguina, Naredo y Terrafeta en 1975— en tres grandes partidas: el suministro de mercancías para el abastecimiento de la población, la oferta de ahorro que capitalizó el crecimiento industrial y la oferta de trabajo.

Esta última es la que cobra especial importancia en la década de los sesenta. Las reservas de mano de obra existentes en el campo español prácticamente garantizaban lo que Lewis llamaría un crecimiento económico logrado «con una oferta ilimitada de trabajo», que está también detrás del crecimiento previo de la Europa de los años cincuenta, en opinión de Kindleberger. El intenso éxodo rural que domina la escena española en los sesenta tiene tras de sí el deseo social del desarrollo, con todo lo que ese deseo implica y no sólo en términos económicos. Es esa fuerza social incontenible de la población por ganar unas nuevas formas de vida la que provoca la estampida del campo y la presencia de cohortes crecientes de población que demandan trabajo en la industria y los servicios en los medios urbanos, un acontecimiento social trascendente que cuenta con explicaciones sociológicas y éticas que hay que situar por encima de las estrictamente económicas. La deificación de los valores de una

sociedad industrial y el rechazo de las formas de vida campesinas constituyen hechos probados por la investigación sociológica española (obligado es citar aquí a Víctor Pérez Díaz). Ese éxodo rural es el que fuerza la crisis de la agricultura tradicional (como ya advirtiera en 1965 el profesor Rojo) y amplía el mercado agrario de productos industriales para mecanizar las faenas rurales y sustituir las menores dotaciones de trabajo. La intensidad de este proceso en la España de los sesenta fue en verdad extraordinaria. En poco más de tres lustros, la población activa agraria pasaría del 40 por 100 al 20 por 100, un cambio poblacional que Francia realizaría a lo largo de medio siglo, como ha recordado en alguna ocasión el profesor García Delgado.

El otro gran vivero demográfico del país se encontraba en la población pasiva femenina que habría de incorporarse más lentamente a las tareas económicas en un proceso abierto en los sesenta y que continúa en nuestro tiempo. Con todo, el aumento del empleo femenino entre 1960-1970 se cifra en algo más de un millón de trabajadoras, cifra que supera el importe estimado del éxodo rural en la misma década: 1.990.559 trabajadores.

g) El desarrollo económico de los sesenta construido por los factores que se han expuesto y que liberó el Plan Nacional de Estabilización de 1959, habría de contar también con el viento favorable de la fortuna.

Un viento que pudo beneficiar en su favor la economía española merced a la apertura externa de 1959. En efecto, toda la década de los sesenta registra la ganancia relativa en los precios de los productos industriales (hacia cuya producción nos llevaba el desarrollo) respecto de los precios de los alimentos, materias primas y energía (que iba abandonando la oferta productiva interna y que debíamos importar). Esa ganancia en la relación real de intercambio puede cifrarse en un 20-25 por 100, conseguida a lo largo de la década de los sesenta, lo que mejoró nuestra renta real en la medida que España desarrollaba su industria y el comercio derivado de sus producciones.

Esos siete factores son los que explican el desarrollo español de los

años sesenta, y en todos ellos está presente la decisiva acción liberalizadora de 1959.

El desarrollo de los años sesenta no puede explicarse sin la presencia de esas siete fuerzas impulsoras desatadas por el Plan Nacional de Estabilización Económica. No cabe, pues, duda alguna de que el Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959 nos desarrolló en los sesenta. ¿De qué manera? ¿Cuál fue, en otros términos, la estructura a la que respondió el desarrollo español de esos años?

4.1 La estructura productiva española de los años sesenta:

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