u.
Por qué
5CfC llama Antón al bendito San Anto- nio Abad es cuestión que no nos ha sido posible alcanzar a averiguar ni acudiendo a una hagiogra- fía. Se ha dicho que es asi denominado rara dife-
renciarlo de su homóni mo el bienaventurado San •' Antonio de Padua1 pero la explicación no la estima-
mos aceptable, pues llamándosele al uno Abad y de S;1\T ANTONIO ABAD.
Padua al otro la diferenciación queda hecha sin ne-
cesidad: de apocopar el nombre del primero. Tam- 7' "
poco sabemos por donde van tablas en k que tañe
ALBACETE.
a su título de defensor y protector de los animales, entendiendo, por otra parte, que tal patronato me- jor le cuadraría al seráfico San Francisco de Asís, que sentía por los irracionales un amor fraternal,
En cuanto a su decisión de entregarse a la vida ascética, se cuenta que debióse a un fenómeno atmos- férico: la lluvia; pues aconteció que un día de a fines del siglo IV «salió el hidalgo muy galán de su casa a procurarse los divertimientos y despreocupaciones que solía» cuando comenzaron las nubes a arrojar agua en cantidad diluvial. Y por zafarse del remolón adentróse en una iglesia que a mano tenía al tiempo que el sacerdote pronunciaba un sermón: —«Sí quieres ser profeta, ve y vende todo lo que tienes, dato a los po- bres y hallarás un tesoro en el cielo» Tan hondo rebutieron en su ánimo las evangélicas palabras dichas por el predicador que, aplicándose el cuento —como se dice— salióse luego del templo, marchó a su casa, repar- tió sus bienes entre su hermana y los pobres, y vistiendo burdo sayal y provisto de un bordón y una bolsa de cuero retiróse al desierto de Tebaida donde durante más de ochenta años estuvo dedicado a la contem- plación y la penitencia, resistiendo con ánimo indomable las tentaciones del Demonio 1 motivo de inspiración de artistas y literatos. La Iglesia lo elevó a los altares en el siglo IX, Albacete edificaría la ermita en su ho- nor muy a comienzos del XVI, pues en acta municipal de 26 de abril de
11539se dice «que a más de veinte años que se asentó e capituló que por que esta villa tenía (...) comenzada una hermita (de) Sant Antón»...
Se construyó ea un paraje hortense, al norte y extramuros de la villa. A ella se dirigía la calle que lleva el nombre del Santo y que, anteriormente, quizá se llamase de los Mesones. Jaharrada exteriormente, su ca- pilla, abierta al culto, era de poca amplitud y de humildad a tono con la del bienaventurado su titular, despertando en quien la visitaba un profundo sentimiento devoto. Paredaña estaba la llamada casa enco- mienda y próximo a aquella el primer cementerio de la villa inaugurado en 25 de enero de 1806.
Cerrada por algún tiempo la ermita, el atrio de la susodicha casa sirvió de refugio de «trajineros con sus carruajes y caballerías,» A esta casa, acondicionada para asilo, se trasladaron las llamadas Hermanas de Ja Caridad o de los pobres desde una casa de la calle de la Feria. Fue inaugurado el 10 de agosto de 1899, y en él fueron albergados, socorridos y asistidos numerosos ancianos sin hogar.
En el asilo- —fuera parte seis monjitas y el preste que oficiaba en la capilla— había un individuo
que, entre otros menesteres, ejercía de santero. Miñaba con un solo ojo a causa de no tener otro, de cuya
tortedad le vino el remoquete de «El tuerto de San Antón» con que se le conocía. Portando una imagen del
Santo y ostentando tablilla de santero que lo acreditaba, con aire de humilde beatitud, entraba en una casa
si y otra también en súplica de la dádiva de unas monedas. Y era fama que todas las cantidades con que
concurrían las personas piadosas llegaban al asilo sin merina alguna, que no era este santero de aquellos
de quienes dijo Luis Vives que «si alguno considera su vida y vicios (...) se admirará más aún de que haya quien los mire; tan perdido queda lo que se les da!».
Llegado el día 16 de enero, víspera de la festividad , del Santo anacoreta, cuando el astro del día se había ya ocultado, la calle de San Antón era una greguería. A las ocho se encendían las hogueras por -entre cuyas lenguas de fuego saltaban una y otra vez animosos muchachos, mientras multitud de cohetes surcaban el oscuro espacio como fugaces estrellas. Algunos chuscos se entregaban a la incivilidad de lanzar carrei-
¡las contra la gente, que huyendo del zigzagueante explosivo se dispersaba atropelladamente.
No había en la calle casa por humilde que fuese en que no se tuvieran dispuestas botellas de dulce
zurracapote y fuentes de mantecados para obsequiar a sus visitantes, que allí pasaban las horas bailando que se las pelaban agarrado o por seguidillas. Llegada la media noche la calle quedaba desierta, sólo restaban en ella el olor de la pólvora y el humo de las hogueras; pero, en las casas se continuaba bailando a tro-
chemoche.
- A la mañana siguiente, en la ermita, se celebraba la Santa Misa, pronunciándose un sermón ensal- zando los milagros que hizo en vida San Antón y se daba a besar su reliquia, mientras arriba, en la espa- daña, unos chiquillos volteaban su única campani ta, en un lado de la cual había esta inscripción dentro de un recuadro de estrellas: CUESTA - ME FET (Cuesta me hizo).. Por supuesto que el cepillo de la er- mita se colmaba en tal día con las limosnas de la gran concurrencia de devotos.
Romería de San Antón a prtcIpIos de n1 -'tro siglo
Llevados por sus duefios, diversidad de animales daban las consabidas vueltas en derredor de la er- mita, recibiendo la saludable bendición sacerdotal y una estampita con la imagen del Santo.
El popular «Zarza» hacía acto de presencia con su pila, ejecutando con ella lo mismo la Marsellesa que un motete.
Llegada la tarde, la Banda Municipal amenizaba la romería a la que concurrían gentes de toda condi- ción, no faltando en el abigarrado conjunto los aldeanos vecinos trayendo encima lo más vistoso del arca.
En fa plazoleta contigua a !a• ermita se establecían puestos de cascajo, dátiles, cidras, limas, naran- jas, así como mesitas para la venta de bebidas, registrándose —;cómo no!— tal cual caso de suprema sa-
turación alcohólica.
Inaugurado en uno de los primeros años veinte el edificio que todos conocemos para asilo de an- cianos desamparados con su iglesieta aneja bajo la advocaciÓn de San Antón, quedaron clausurados la an-
tigua ermita y asilo. De todo aquello sólo se conservan unas estimables pinturas de tabla que figuran, actual- mente, en el Museo Arqueológico ProvinciaL-
En nuestros días continúa celebrándose esta festividad, pero, sobre todo en su víspera, ya no tiene la gran vibración popular de antaño.
Affierío MATEOS ARCANGEL
In document
CAJA DE AHORROS Y MP DE VALENC11
(página 45-48)