No se puede existir sino en la creencia Ortega y Gasset
En este apartado se reflexiona sobre las perspectivas teóricas en las que Dorra y De Certeau permiten comprender cómo suceden ciertos aspectos elementales de los procesos, una meditación sobre los diferentes modos y grados del creer, enfocando la problemática, en primer lugar, en la relación entre el creer y las creencias; posteriormente, entre creer que y creer en, así como en las diferentes intensidades y grados de los modos de creer transitivos e intransitivos, esto, con relación a ciertas citas recopiladas en el relato vivenciado en la travesía de Abimael;
sus peripecias y conjeturas morales, espirituales, con relación o contraposición con otros sujetos.
La pragmática del creer enfatiza la relación entre el discurso y los actos de los emisores, de los creyentes. En la novela la Palabra del Señor se legitima como el discurso que hace que el que la adopta sea transformado en cada una de sus prácticas otorgando cierta insignia de sabiduría, fidelidad; y por supuesto traza distinción ante todos aquellos que se conformen por discursos contrarios a lo establecido, en la memoria de los fieles, en la Torá.
Por otra parte, Panier sostendrá que, para Certeau, creer no es solo una modalidad de la enunciación de un enunciado, sino también una modalidad del hacer, o la modalización de la relación del sujeto con su propio hacer” (2007:37).
En este sentido, el acto de creer aparece como una práctica del otro. Esta gestión de la alteridad comporta una serie de aspectos, como aquellos que conciernen a la naturaleza y el funcionamiento de la institución del sentido, y que circunscriben, como sus barrios, a la institución del poder. Al examinarla desde este ángulo, la práctica creyente oscila entre dos polos: es simultáneamente (en proporciones variables) instituyente e instituida cómo la relación con el otro que se genera en torno al creer es la base de la constitución de un grupo social.
58 Asimismo, hablar de conversión de las identidades, el significado de ser otro, implica hablar de la experiencia de conversión narrada y vivida desde el presente y, desde este mismo espacio temporal, se construyen las nociones del sentido del futuro. Es en esta intersección donde la conversión es tanto un fenómeno personal como colectivo. El pasado se resignifica según las lógicas del presente, y se dan las claves para pensarlo como un continuo y no como una disrupción tanto temporal como significativa en la biografía de los creyentes:
Sí, Yeoshua, el Nazareno-continuo la llamada Elisabeth –recuérdalo.
Nadie ha sido como él; él era más que un hombre. Debes saber que estaba ungido del Espíritu Santo del Señor y por ello daba vista a los ciegos, consolaba a los afligidos, sanaba a los quebrantados de corazón y andaba entre los pobres llevándoles buenas nuevas. Soy de Cafarnaúm-aclaró Elisabeth- Allá se pudo ver la maravilla porque un profeta encuentra honra cuando está afuera de sus tierra. Si me mira, verás su obra en mí. Allá lo siguió la multitud, aunque tampoco la ciudad tenía merecimiento. Ni mi cuñada Rebeca ni mi hermano su marido pueden testificar porque aquí en Nazaret tienen oídos pero no oyen y tienen ojos pero no ven (TP 1997: 128).
Los recuerdos se presentan como el motor en la vida de Elisabeth. En su presente reconoce la maravilla que el Profeta hizo en ella, la creencia hecha obra. La creencia en Yeoshua y los actos manifestados en los enfermos, procuran día a día, un discurso de credo, de certeza en la transformación que en ella está latente:
testimonio vivo; sin embargo, existe el hecho de porqué unos ven nada.
Por un lado, y abren las fronteras de sus límites espaciales por otro. Esto quiere decir que, al convertirse, los creyentes reducen sus espacios de ocio y entretenimiento que antes les permitían socializarse; ahora en espacios de encuentro, al intentar llevar el mensaje de testimonio desde su propio actuar, es decir, la creencia corporizada en la cotidianidad del creyente en relación con los demás:
Acabas de hablar como sabio es el hombre que reconoce su ignorancia; el que sabe que su ignorancia nunca dejará de crecer. Ya ves, amigo. No pueden saber al mismo tiempo el Creador y la criatura, puesto que lo que es claro para el uno será por fuerza turbio para el otro. Para nosotros es el sufrir y el ignorar. Pero también para nosotros será el Reino. Confiemos, pues, y que el dolor de nuestras vidas no
59 nos sea motivo de desolación, sino, al contrario, de esperanza
(TP1997:286).
Abimael encuentra como especie de complicidad la cercanía de Rafa; ésta, gracias a la Palabra, al discurso similar que los focaliza en un escenario acorde a sus viajes, faltos de certezas, tan lejanos, sin embargo, en la creencia es donde se tiende el puente de la esperanza, en los espacios de encuentro.
Es algo que expresa también certeramente William James cuando sostiene que “un organismo social de la clase que sea, grande o pequeño, es lo que es porque cada miembro cumple con su deber confiando que los miembros cumplirán simultáneamente con los suyos. Siempre que un resultado deseado se logra por la cooperación de muchas personas independientes, su existencia como hecho es la pura consecuencia de la fe precursora en cada uno de los que están involucrados en él” (2000:67)
El sujeto que cree encuentra en la realidad un eco a su existencia, bien en los otros sujetos que pueden verse concernidos por la creencia del primero (y sobre todo por su hacer, derivado de esa creencia); bien en la temporalidad de una historia en la que su hacer puede estar relacionado con el de otros a los que nunca conoció o a los que nunca conocerá.
La comunicación social surgida del encuentro de sujetos que actúan en función de unas creencias implica la apertura de un proceso de interpretación; lo que se sustenta en el convencimiento básico de que hay un sentido que es accesible a través de ella. Como dirá Panier, citando a Certeau, “la creencia instaura una poética y una ética, una poética de las interpretaciones abiertas y una ética del deber ser del sentido” (2001: 51).
En el sentido más amplio del término, las autoridades suponen una realidad difícil de determinar, y sin embargo necesaria: el aire que hace a una sociedad respirable. Permiten una comunicación y una creatividad social; ya que aportan, por un lado, las referencias comunes, y por otro, las vías posibles (Panier, 2001:47).
60 Royannais subraya este carácter esencial de la institución, y lo pone también en relación con la creencia al afirmar que el creer articula una relación con lo otro y con los otros a través de la mediación de la institución. Comprendiendo institución como institucionalidad y no como ente.
Las autoridades (o instituciones) preceden, por tanto, al individuo en la creencia y se fundan sobre la afirmación de dos presupuestos. El primero es que hay otros que creen, es decir, que el creyente no está solo: “¿Se puede creer solo en algo o en alguien? No, mientras que es posible ver solo a algo o a alguien. La creencia reposa sobre una anterioridad del otro que tiene por delegado y por manifestación el hecho de una pluralidad de creyentes” (2007:78).
Lo segundo es que hay una garantía de respuesta, que existe algo que da sentido a lo que se cree. Es lo que De Certeau llama lo verosímil, término con el que hace referencia a la forma en que se muestra la realidad en el discurso. Más allá de la realidad tal y como es, inaccesible en su completud al ser humano, lo verosímil es lo real en tanto que es posible que esto sea expresado y conocido en la comunicación, en el lenguaje. Existe cierta cercanía entre esta idea y aquella de Paul Ricoeur acerca de lo “croyable disponible” que, según E. Schillebeeckx, indica
“el conjunto de supuestos, expectativas e ideologías que se aceptan generalmente en una época determinada (2006:110).
De esta forma, la institución del creer sostiene la verosimilitud de la creencia que transmite, y hasta tal punto que, para Certeau, en esta capacidad de dar razón de lo creíble reside una de las principales características definitorias de las instituciones o autoridades. “Por autoridad entiendo todo aquello que tiene (o pretende tener) autoridad —representaciones o personas y se refiere así de una u otra forma, a lo que es recibido como creíble” (2001:48).
Es importante en este punto aclarar que por institución no debe entenderse solo una entidad social claramente delimitada y configurada históricamente de una forma concreta, sino que también pueden entenderse como instituciones las nuevas realidades emergentes que permiten articular las creencias. Por ejemplo, podría decirse que una institución del creer es una iglesia o un partido político, pero
61 también los grupos de liderazgo de los movimientos, de las revueltas o incluso, más en lo cotidiano, de las familias, a través de sus diferentes concreciones en épocas históricas distintas. Las primeras presentan una estructura mucho más acabada, pero no por eso se aseguran una mayor capacidad para atraer hacía sí la fuerza del creer, es decir, para hacer creer. Es institución, por tanto, cualquier entidad capaz de aumentar las posibilidades de expresión de lo real a través de una ampliación, cuantitativa o cualitativa, del lenguaje.
Respecto a la capacidad para hacer creer de estas entidades de cualquier institución, Panier muestra el aspecto crítico de la mirada de Certeau, que pone el acento en la degradación que puede afectar a las instituciones del creer, haciéndolas traicionar su función de nexo entre las personas.
Cuando la institución se extralimita en su voluntad de hacer creer se desvirtúa a sí misma y su tratamiento de la creencia puede llegar a hacer de ésta algo rígido, ya que la institución tiende a fijar lo verosímil. Utilizando la referencia de De Certeau a los refranes y proverbios, Panier muestra la tendencia de la institución, que se opone a la apertura que De Certeau vio en el caso de los primeros. Esta crisis no implica tanto una pérdida o una desaparición de las creencias, como un exilio o un tránsito de éstas desde unas instituciones que han perdido su credibilidad a otras que se han vuelto creíbles como el caso de la cita anterior, La hermandad.
Exilio de las creencias que se muestra en dos fenómenos diferentes pero interesantes ambos para Certeau: de un lado, la permanencia de una estructura institucional, que sigue funcionando de una forma precaria a pesar de haber perdido la capacidad de ser creíble (en el caso del cristianismo De Certeau dirá que se folcloriza); de otro, la existencia de un creer desinstalado y el proceso de establecimiento de nuevas autoridades en las que habrá de reposar la creencia.
Contribución a un proceso de debilitamiento de éstas que las llevará a abandonar sus pretensiones totalizantes, volviendo a su primigenia función unitiva y posibilitadora de la creencia.
Con todo lo anteriormente aludido, que De Certeau argumenta como necesaria la pluralidad de las autoridades para que estas mantengan su credibilidad
62 y reafirma su convicción de que una creencia, en su condición de sostén de una autoridad, “no se reduce a un poder de hecho. Solo existe si es recibida” (2003: 56).
Dirigiéndose a la Iglesia en tanto que institución, De Certeau invita a tomar conciencia de la importancia de este posible desplazamiento de la creencia y a tener presente que sin ésta la institución no es nada.
De este modo, la institución trata las creencias porque busca producir “practicantes”, realizar el tránsito del decir al hacer en determinadas prácticas que ella controla.
Ejerce una “política de lo simbólico” en la que “la convicción se manipula a distancia”:
Mucho tiempo el Meshías estuvo entre los hombres, pero el mundo no lo conoció. Que caminó entre los hombres en busca solamente de los justos.
Y que con los justos fundó una Hermandad de la que fue Maestro de Justicia. Antes de que tú nacieras, antes de que naciera yo antes de que naciera mi padre, hubo un varón justo entre todos a quien Dios señaló y escogió. Así elegido, este justo caminó entre los hombres en busca de otros justos. Celebró un santo banquete en el que bendijo el pan y el vino con ellos. Allí el Maestro de Justicia predicó la pobreza, así como el amor, y la oración. Y para que la Santa Alianza pudiera perpetuarse fundó con ellos la Hermandad de los Hijos de la luz. Has de saber que para integrar esa Hermandad todos se despojaron de sus bienes y lo que fue de uno era de todos, incluso lo que calzaban y vestían, y que esa Hermandad continúa hoy y continuará hasta el último día (TP1997: 217).
Los discursos de justicia, pobreza, amor y oración, fijaron certezas en los creyentes, al ser reconocidos por sus obras como los hijos de la luz; identidad que se fue construyendo bajo las palabras del Maestro, legitimando su Santa Alianza en la Hermandad manteniéndose de generación en generación con la Esperanza de la salvación, lucha en la que tanto perduraron.
De esta forma el “tratamiento institucional de la creencia” (2008: 55) realiza un cambio en el decir, controla y restringe la enunciación; y al mismo tiempo modifica lo dicho seleccionando y organizando lo enunciado en función de un patrón de coherencia social que permita su articulación en prácticas. Al ser separadas progresivamente del “se dice” común para ser más coherentes, es decir, social e intelectualmente conformes al grupo que las sostiene, las creencias institucionales
63 pierden su fuerza, se alejan de lo creíble. Poco a poco llegan a convertirse en ideologías que ya no son creídas.
El creer nos permite romper con el presente (simultáneo) y aprender a vivir los tres momentos del tiempo: a) lo que ya no es, pero fue; b) lo que es, pero está dejando de ser, y c) lo que aún no es, pero espero que sea. Dirá De Certeau: “el presente no es todo”. La sociedad debe entender que también existe por los que ya no están y que es responsable de las generaciones futuras.
Se nota una de las categorías centrales para el análisis cultural de La tierra del profeta. Las creencias como parte fundamental de la vida cotidiana, como registro clave de la urdimbre de significaciones que se van presentando en el peregrinaje de Abimael. Cabe aclarar que dicho concepto en este trabajo no se ciñe a la idea de creencias meramente religiosas; sino desde la premisa del autor Michel De Certeau (1966) como modalidades en que se instituye la vida social.
Luego, (y esta es la idea central de la dimensión social del creer en la propuesta antropológica Certeauniana), la creencia implica el establecimiento de una comunicación y, al mismo tiempo, la exigencia de que esa comunicación pueda ser entendida. La importancia que De Certeau otorga a las instituciones y que surge de esta clara percepción de la existencia de una matriz social del creer. Para él, las instituciones (o autoridades) son las bases para el desarrollo de una sociedad, sobre todo porque cumplen la función de mostrar que lo propuesto como objeto de creencia ya es creído por otros, con lo que establece un puente entre el sujeto creyente y sus otros, y entre éste y la realidad misma:
-Yeoshua de Nazareth, el profeta- debió contestar de todos modos, siempre alzando la voz- ¿Es que no lo habéis conocido?
Recorrió Galilea y aun fue allá para anunciar el Reino y para obrar prodigios. Ocurrió hace ya tiempo. Sabed que no faltó quien lo siguiera como a un profeta. Yaquim detuvo un instante su cabalgadura. - ¿De Nazareth? Ahora creo recordar. -En aquel tiempo lo conocí hasta vi sus obras, puesto que el tal Yeoshua era un notable curador. Pero profeta… Hay muchos que dijeron ser profetas y que así fueron escuchados. Después la multitud se apartaba de ellos porque sufría decepción. También conocí a Yohanan, a quien apodaban el Bautista. Él sí lo era ¿Tú lo crees, amigo? –Empezaban a subir. La pendiente era suave, pero de cualquier modo resultado inevitable que la burra de Abimael se
64 rezagase. En la pendiente, casi ocultas por los asfódelos. El
caballo de Yaquim pisó una piedra y la piedra rodó para desaparecer de inmediato como tragada por la hierba. –Tú lo has dicho, Yoás. Yo también pienso así del Bautista, aunque no me detuve demasiado a escuchar sus predicaciones. Pero a mi entender era un profeta-Y tanto lo fue, tanto fuego encendía en la multitud de Herodes Antipas lo echó en el calabozo y más tarde lo condeno a ser degollado (TP1997:200).
La cita muestra como los legados testimoniales, predicaciones o milagros, forjan discursos, creencias; que suelen afectar las realidades de los sujetos. Se observa que el acto de acercarse a un personaje con cualidades apegadas a lo sobrenatural o lo concerniente a lo sacro, puede traspasar esas fronteras y manifestarse en las cotidianidades de los creyentes con la esperanza de lograr cambios sociales, espirituales, morales etc, provocando incomodidades, disputas y actos violentos;
cuando los discursos impuestos por sujetos en el poder se sienten en peligro ante la posición privilegiada. Como el ejemplo presente en Profeta sin honra:
Sabemos también, a través de diversas fuentes, que el acto que cortó la carrera del procurador Poncio Pilato fue una matanza de samaritanos que habían sido provocados por otro sedicente profeta el cual había prometido desenterraría los vasos sagrados de Moisés para iniciar con ese hecho la transformación final de los tiempos. Así, pues, nada tiene extraño que Jesús se haya dejado llamar –e incluso que se haya llamado asimismo- profeta, pues ese título describe bien su actividad, su personalidad carismática, su proyecto transformador, y el sentimiento que inspiraba su paso entre los hombres (PH1994:86).
Es necesario hacer mención de que para el autor la creencia será visualizada en una vertiente sociológica y práctica, y otra epistemológica; ya que esto me permitirá dialogar con el proceso mismo de la significación nutrida de divisiones o relaciones desde la cotidianidad de los personajes, de los actores sociales, pues, esto es una consecuencia necesaria de la consideración del creer como un acto que implica una relación en dos niveles: del sujeto con la realidad en general y del sujeto con otros sujetos.
Aunado a ello, tomaré en cuenta los tres momentos que Calveiro alude sobre la relación de los sujetos mediante el testimonio como ruptura del silencio, la memoria como trama de los relatos de la resistencia y la historia como texto estructurador de alguna verdad, sea o no oficial, han estado presentes en el proceso
65 de revisión de las atrocidades por personajes en el poder que se han logrado exhibir y denunciar —porque hay otras que permanecen ocultas e impunes por muchísimo tiempo—. En dicho proceso, una de las discusiones decisivas es qué lugar deben ocupar: 1) la experiencia personal transmitida por los testigos y 2) la social procesada en los ejercicios de memoria, dentro del relato “verdadero”; en otros términos, cuál es la “verdad” del testimonio y la memoria y, en consecuencia, hasta qué punto permear la construcción de los sujetos (2006:68).
En lo concerniente a esta primera dimensión, al vínculo que se establece con los demás seres humanos al creer, se resaltan dos de las ideas centrales de la antropología del creer de Certeau; primero, que el creer inunda todo el entramado social, mostrándose como una práctica de la diferencia; y segundo, la consideración de las instituciones del creer como figuras esenciales de la sociedad relevancia que tiene para De Certeau esta convicción de la presencia social de la creencia es el motor esencial de la comunicación, ya que está presente cada vez que alguien emite una palabra o se dirige a otro, algo que no haría si no confiara en que hay alguien, un interlocutor, que puede responder.
Es fundamental aludir que en el proceso de la significación y para la creación de prácticas o estilos de vida de los sujetos, los discursos creados juegan un papel clave, ya que son éstos que al ser “aceptados”, rechazados, subvertidos o sedimentados, forjan las prácticas de los sujetos, su manera de hacer, decir, de ser.
Y en este proceso disputable, suele imperar el discurso que se institucionalice, desechando todo aquello que no sea conforme a los requisitos que éste impone, relegando la diversidad de sentidos ante la realidad.
Es por ello, que el discurso, como la cultura toda, “toma cuerpo en una acción”, por lo que el estudio de la acción adquiere una nueva y vital relevancia. Las prácticas de las personas y de la relación que éstas tienen con sus creencias, aunadas a la forma de entender las prácticas creyentes:
-Como hijo del hombre y varón de dolores. Has de saber tú que aquel Maestro sufrió persecución a causa de su justicia. Que fue encarnecido, vilipendiado, desoído. Que su sangre fue derramada hasta caer sobre las cabezas de aquellos que con iniquidad profanaron su inocencia, y que los amorosamente iban tras él debieron dispersarse con dolor de la carne y