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Clase y reproducción social

En este estudio, observar los procesos actuales de reproduc- ción de la fuerza de trabajo en el mercado de trabajo frutícola implica apelar a la categoría de clase social. Según plantea Raymond Williams (2000), el desarrollo del concepto “clase”

en su sentido moderno tomó fuerza a partir de fines del Siglo XVIII y se consolidó durante el XIX, en el nuevo contexto de la Revolución Industrial y de los conflictos políticos de las revoluciones norteamericana y francesa. Las diferencias so- ciales que hasta ese momento eran nombradas como “orden”,

“rango”, o “grado”, fueron reemplazadas por la “clase” de la mano de una creciente conciencia de que la posición social se construye y no se hereda. Ya en el siglo XIX se planteaba la discusión central en torno al concepto: su uso como relación económica (proponiendo dos o tres clases fundamentales) o en un su sentido descriptivo (media, alta y baja). Quienes en- tendieron a la clase como relación enfatizaron los elementos invariantes de la instancia económica y la definieron a partir del concepto de “modo de producción”, otros/as focalizan en la formación social, donde por razones históricas se vinculó la conciencia con la organización para enfrentar las desigual- dades (Trpin y Vargas, 2004).

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Al pensar a los/as trabajadores/ras rurales desde esta cate- goría retomo a Edward P. Thompson3 que consideró la clase como un “proceso activo y como relación histórica (…) que debe observarse durante cierto tiempo en tanto patrón de relaciones sociales, instituciones y valores” (Meiksins Wood, 1984: 55).

Esto representó un esfuerzo por alejarme del determinismo

“estructural” a la vez que acercarme a la vivencia de la clase como construcción material y simbólica contextuada.

Para analizar las transformaciones de la relación entre capital y trabajo en el capitalismo actual refiero al libro El nuevo espíritu del capitalismo de los franceses Luc Boltanski y Eve Chiapello (2002). El autor y la autora advirtieron sobre la crisis del modelo de análisis centrado en las clases sociales al modificarse los marcos de referencia “que habían servido para pensar la sociedad en los discursos sobre el mundo social y los análisis científicos” (Ibid.: 398). Es decir, consideraron que la organización del capitalismo del siglo XXI desarma las equivalencias construidas por el esquema anterior.

Asimismo, allí donde habían sido vedadas las diversidades por los efectos homogeneizantes de las equivalencias sociales, ha sido advertida la necesidad que retornen a la superficie, sin que ello derive en análisis sustentados en una yuxtaposición de individualidades que anuncian la desaparición de la sociedad y sus desigualdades. Boltanski y Chiapello consideraron que:

3. E. P. Thompson junto a Pierre Bourdieu y Anthony Giddens pueden considerar- se movilizadores de una visión constructivista de la teoría social. Desde la década de 1970 estos pensadores, a pesar de sus diferentes procedencias teóricas y disciplinares, marcaron una crítica a las visiones estructuralistas y deterministas de la acción social.

Aunque con matices, coincidieron en observar la realidad social en términos de cons- trucciones históricas.

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la formación de los grupos y de las clases implica siempre un trabajo enorme, difícil y conflictivo de equiparación, imprescindible para resaltar, sobre el fondo de una diver- sidad más o menos amplia de condiciones, las propieda- des consideradas juzgadas comunes (...). Pero esta labor equiparativa no borra en absoluto la singularidad de las condiciones (Ibid.: 421).

En este sentido, en dicha investigación las clases sociales son recuperadas para analizar la propia complejidad de situaciones y condiciones en las que los/as diferentes trabajadores/as han establecido relaciones con la patronal, con los agentes del es- tado, con el sindicato y con trabajadores/as de diverso origen.

En la reproducción de la clase trabajadora hablar de “estra- tegias” supuso, según Gabriela Schiavoni (1995), apelar a una noción cuyo uso en ciencias sociales ha sido discutible ya que involucró concepciones que atendieron la dimensión de cálculo racional presente en el proceso de elección, o que observaron el margen real de elección que tienen los/as actores/as. Para Pierre Bourdieu, las estrategias de reproducción social han sido un “conjunto de prácticas, fenomenalmente muy dife- rentes, por medio de las cuales los individuos o las familias tienden, de manera consciente o inconsciente, a conservar o a aumentar su patrimonio, y correlativamente, a mantener o mejorar su posición en la estructura de las relaciones de clase”

(Gutierrez, 1994: 61).

Considero que las prácticas que han desarrollado los/as trabajadores/as rurales para garantizar su permanencia en el mercado de trabajo y de esta manera su reproducción social y familiar, no pueden observarse como resultado de cálculos conscientes o estrategias llevadas a cabo por sujetos/as que de-

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sean alcanzar fines independientes desde acciones meramente instrumentales. Las prácticas de reproducción de la clase no se generan de modo mecánico ante determinadas circunstancias, sino que se experimentan y resignifican colectivamente (Mei- ksins Wood, 1984). Para Thompson el concepto de experiencia permitiría pensar en este sentido, ya que:

los hombres y mujeres retornan como sujetos; no como su- jetos autónomos o “individuos libres”, sino como personas que experimentan las situaciones productivas y las rela- ciones dadas que se encuentran en tanto que necesidades e intereses y en tanto que antagonismos, “elaborando” luego su experiencia dentro de las coordenadas de su conciencia y su cultura (1989: 253).

Por su parte, Paul Willis ha realizado desde la etnografía una importante contribución al analizar la constitución y repro- ducción de las clases, considerando la idea de producción cultural para observar “el uso creativo de los discursos, los significados, los materiales, las prácticas y los procesos de grupo, para explorar, comprender y ocupar creativamente posiciones particulares en los conjuntos de posibilidades ma- teriales que se hallan disponibles” (1993: 449). Dichos aportes permiten desestructurar la noción de reproducción social y observar el sentido de las prácticas sociales según las sienten y las conciben los/as sujetos/as, que, en el caso abordado, se han incorporado en un mercado de trabajo flexible y precarizado.

La reproducción de las clases desde esta perspectiva, es ana- lizada atendiendo a actores/as “sometidos” a las limitaciones que impone lo heredado y como producto de las posibilidades

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de acción de clase en un contexto particular. Tal como señaló Kristi Anne Stolen, se ha atendido a un/a sujeto/a activo/a,

con la capacidad de procesar la experiencia social e inventar modos de enfrentar la vida, incluso bajo formas extremas de restricción; independientemente de que un actor parti- cular sea considerado “poderoso” o “sin poder”. Dentro de los límites de su contexto sociocultural, los actores inten- tan resolver problemas, aprender cómo intervenir en los acontecimientos sociales y controlar sus propias acciones, así como observar el modo en que otros reaccionan a su comportamiento (2004: 35).

Esta mirada en torno a las propias relaciones sociales desiguales en términos de clase, abrió la posibilidad de indagar los modos en que trabajadores/as de diverso origen desarrollaban prácticas de confrontación o de alianza con otros/as trabajadores/as, de conflicto con la propia patronal, repercutiendo estas prácticas en la propia construcción como trabajadores/as.

Algunas de las inquietudes que orientaron el trabajo de campo giraron en torno a observar cómo han significado los/

as propios/as actores/as su situación laboral y la complejidad de su condición de trabajadores/as ante patronales diversas y con las que no negocian exclusivamente “cara a cara” y cómo se relacionan los/as trabajadores/as de distintos orígenes na- cionales y regionales y con el sindicato que los/as representa.

Estas indagaciones permitieron dejar de observar a los

“objetos de estudio” sólo como sujetos/as económicos/as determinados por su situación de clase, sino pensarlos/as como portadores/as de una identidad en la que se dirimían la

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pertenencia de clase, de género y sus orígenes migratorios, a veces traducidos en adscripciones étnicas.

Observar que los/as trabajadores/as rurales no representan un homogéneo, sino que son varones y mujeres efectivos/as y temporarios/as, formalizados/as o no formalizados/as, y que la propia patronal posee diferentes características según la integración productiva que presenta, permitió atender las diversas experiencias, representaciones y conflictos que atra- viesan las relaciones sociales dentro de las chacras.

Las acciones de confrontación y resistencia de los/as traba- jadores/as reflejan sus propias nociones de clase y su cotidiana producción cultural, en los términos de Willis, que van desde

“esperar al patrón en la tranquera para pedir aumento”, “ir al sindicato para que los citen a charlar” o “ir al paro” y “cambiar de trabajo si a uno no le gusta”.

Estas formas de confrontación fueron pensadas desde James Scott (1997) como resistencias cotidianas. Asimismo, las acciones basadas en la clase fueron complejizadas por las jerarquizaciones laborales presentes en las chacras y en el sin- dicato, espacios en los que los temporarios y los “nativos”, los varones y las mujeres son presentados y se construyen como trabajadores/as diferenciados/as.

Dentro de la antropología son varios/as los/as investigadores/

as que recuperaron el uso de la categoría clase social para pen- sarla en relación con otras clasificaciones como género y etnia (Smith, 1984; Wallman, 1979; Fenton y Bradley, 2002; Grimson, 2004, Ortner, 1991). Esta perspectiva permitió analizar cómo se constituyen sistemas combinados que definen identidades y relaciones de desigualdad enmarcados históricamente, dado que las clasificaciones no se conciben como categorías per se, sino como punto de partida para rastrear “la mutabilidad de

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las estructuras ideológicas de dominación que se construyen a partir de estas distinciones” (Briones, 1998: 41).

La antropología se abrió a la observación de la conformación de las clases desde la perspectiva etnográfica, atendiendo esa

sensuous human praxis”, “con sus luchas y contradicciones implícitas” (Fonseca: 2005: 133), involucrando la interlocución de una variedad de actores sociales, tal como describe Servolo de Medeiros (2001)4. Esta mirada en torno a lo que la gente hace para reproducir y confrontar las relaciones sociales en las que se insertan posibilitó indagar sobre los modos en que los/as trabajadores/as se organizan, desarrollan prácticas conflicti- vas, optan por “arreglos” y experimentan los cambios de las condiciones en las que venden su fuerza de trabajo.