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Construcción de la tinaja

3. La tinaja y su entorno

3.1. Construcción de la tinaja

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Pilón de la actual fábrica de J. Gimena. (Fot. García Gómez).

movilizado, aumentando su elasticidad y coherencia —«para que no se caiga»—. La realizan dos hombres, pisando el barro en la era e incorpo- rando los bordes que sobresalen al centro continuamente, para que reciba el efecto del pisado de forma homogénea.

Ya dispuesto, se lleva al cuarto de obrador, en cantidad suficiente para un día de trabajo. Esta cantidad, o pella, se entrapa o cubre, con sacos o arpilleras húmedas que mantendrán su nivel de humedad durante el tiempo de su utilización.

Dos pilones de barro exigían el trabajo de dos hombres durante una hora: para hacer una tinaja de 400 a 500 arrobas de capacidad, se debían preparar de 10 a 12 pilones de barro.

3. LA TINAJA Y SU ENTORNO

Soportes empleados en la construcción de las piezas y en su colocación en el horno:

bolo, rulajas y jarrones. Fot. García Gómez.

cónica y medio metro de altura, aproximadamente— cubiertos con la tapa, pieza cuadrada de madera, futuro soporte de la construcción de la pieza, esperando, estos bolos alineados en varias filas en un orden medido y capaz, las tinajas que habrían de construirse en una temporada. En un extremo, las pellas entrapadas y cerca de ellas, la mesa de sobar. En ella, el tinajero que ha desgajado con la mano el trozo de barro que necesita, sobará de nuevo, esta vez con las manos, ese barro, dándole forma de rollo, huso cilíndrico grueso, de 70 cm. a 1 m. de longitud, con el que se acercará a un bolo de empiezo y comenzará su trabajo.

La técnica o urdido empleada para la construcción de estas piezas es la tradicional, de superposición de rollos o tiras de barro que se unen entre sí por la presión de las manos.

Sobre la tapa, que tiene una fina capa de ceniza para que no se pegue el culo —base del primer tramo de construcción— el tinajero va tirando del rollo que tiene sobre la espalda, ayudándose de la mano izquierda y superponiendo y emparejando con la mano derecha. En las primeras vueltas, trás la formación del empiezo o base, este rollo es más fino, y puede manejarlo con las manos, pero conforme la ascensión obligue a más

cantidad de barro para cubrir el diámetro de cada vuelta, el rollo es más largo y grueso, por lo que el tinajero lo coloca sobre el cuello, a modo de collera, dejando caer la parte más larga sobre el lado izquierdo, para facilitar el movimiento cuando rodeando la tinaja avanza de espaldas a la misma.

Este gran rollo, con el que se rodea, dará a toda su ropa e incluso a su piel, un tono amarillento, que distinguía al gremio como nota característica.

Las paredes de este primer tramo de tinaja, o empiezo, exceden en espesor al de las paredes de la misma, pues es fácil que en el transporte hasta el horno, debido a las irregularidades del suelo y a la dificultad de moverla fácilmente, se erosionase y perdiese algo de barro. El espesor de esta base podía ser de unos 10 cm. y los bordes exteriores, o encías, estaban como decimos, con frecuencia, erosionados.

Si en la fabricación intervenían varios tinajeros haciendo muchas tina- jas al mismo tiempo, los empiezos eran simultáneos y exigían la coloca- ción de varios bolos o jarrones: pero en muchos casos, cuando se tenía construída la base, se bajaba ésta con su tapa al suelo y en el mismo bolo, podían comenzar la base de otra, mientras dejaban que se endureciese el tramo hecho, continuando con otra ya oreada; de todas formas, no había que esperar mucho para seguir ascendiendo en el trabajo, pues la consis- tencia del barro ya lo permitía.

Describe A. Sandoval la fuerza de la figura del tinajero en este momen- to: «Toma el tinajero un rollo del barro antes amasado que resbala sobre sus hombros como una gran serpiente, y con ágiles y diestras manos va poniendo la masa alrededor de la base... »

Esta primera fase de la construcción es idéntica para las tinajas cóni- cas y cilíndricas y sólo la futura capacidad de las mismas modificará su tamaño.

En la superposición de cada vuelta, antes de apoyar el rollo que lleva en su hombro sobre los bordes recién hechos o rostros, —aristas descubier- tas de las vueltas del barro que va colocando— con un peine metálico o arañaera, peina el barro tierno, haciendo unas incisiones sobre las que se introduce más facilmente y se traba mejor el barro que va colocando, que introduce haciendo presión con los dedos y palmeteando con la paleta y el mazo, para darle al rollo recién superpuesto el espesor necesario que en tinajas grandes suele ser alrededor de 8 cm. aunque este espesor de la pared queda reducido a 5 ó 6 cm., una vez cocida la tinaja por la pérdida de agua.

El palmeteado de las paredes se hacía con las dos manos manteniendo

Andamios

Andamios y listones de la fábrica de J. Gimena. Al fondo incluido en la pared un piloto. (Fot. García Gómez).

ueda- la paleta con la mano izquierda en el exterior y el mazo con la derecha en la parte interna. La finalidad es la de afinar las paredes de la tinaja, trabajo que en conjunto recibe del tinajero el nombre de labrar, y los distintos acabados y tramos van recibiendo sus nombres específicos: para hacer el rostro fino, intenta precisamente, lograr el mejor emparejado y finura de las paredes; con darle gracia, lograr superar el tramo medio

—caño o tubo— de la construción. Ascender 30 ó 40 cm. de altura —que necesitaba dos rollos de barro— suponía echarle una labor.

Llegados a cierta altura, es necesaria la construcción de un andamiaje, para poder trabajar el tinajero en la altura que exige la construción. El tinajero, con el rollo sobre su cuello y hombros, trabaja de espaldas a la obra hecha, ayudándose para su equilibrio con el propio mazo y la paleta.

Si la tinaja es grande, el andamiaje, hecho con muletas y listones, irá ascendiendo al ir subiendo la tinaja en la construcción. Las grandes tina- jas de 500 arrobas (u 88 Hls) se terminaban en 18 vueltas, y su tamaño hacía que en algunos cuartos de obrador, —no pensados en los comienzos de la fabricación de tinajas menos monumentales— el tinajero diera con la cabeza en el techo y trabajara encogido, por el poco espacio que queda-

ba. Su estabilidad se aseguraba durante el proceso de fabricación —al igual que en los patios al regarlas— con tejas y petos (trozos de tinajas rotas), pues su base era muy pequeña para el tamaño y peso que tenían.

Los espacios entre las incisiones que en la parte central de la tinaja la rodean en número variable, reciben el nombre de tercios, solían tener unos 0,30 cm. de altura y no era ningún adorno sino punto de orientación, pues en las tinajas de gran tamaño era difícil ir calculando la altura al ir ascendiendo su construcción. Su ejecución, con finas cuerdas de esparto sobre el barro todavía tierno, no requería ninguna técnica. La información que Lizarazu de Mesa da sobre la función de estas cuerdas como contene- doras del borde de la tinaja recién trabajada para evitar que se deforme, no nos fue comentada, a pesar de nuestra insistencia sobre el uso de estas cuerdas, por ningún tinajero.

Y ya, llegado el momento de cerrar la tinaja, de nuevo se ponía a prueba la pericia del tinajero, pues a la dificultad de movimiento y equili- brio que suponía estar en la parte más alta del andamio, y la de dar muchas veces en las fábricas con menos altura en el obrador, con los hombros y la cabeza en el techo, se unía la dificultad en el trabajo dada la distancia desde la parte más ancha de la tinaja —bombo— hacia el centro de la misma, para el cerramiento y colocación del pequeño rollo exvasado de la boca. Este momento de aboquicerrarlas exigía trabajar muy inclina- do y sin rozar el barro para no deformarlo o quebrarlo y ponía a prueba, como decimos, la destreza y habilidad del tinajero.

La boca o borde superior de la tinaja, con forma de collar engrosado, se alisaba y redondeaba con trapo empapado en agua, «para darle lustre», o con la alpañata, trozo de cuero viejo.

Es importante recordar que el proceso de construcción duraba varios meses, conforme lo permitía la metereología sobre todo, pues el secado de cada tramo estaba en función del grado de humedad o sequedad que hubiera. Por eso, la ascensión de todas las tinajas de un cuarto, era semejante, y su acabado ya próximo a la fecha de cocción.

Queremos hacer referencia a un juego del que han participado todos los niños que vivían en el barrio tinajero y que recuerdan muchas perso- nas que tuvieron sus primeros juegos allí: para rellenar los huecos o salvar sus defectos del empiezo, así como para darle el espesor necesario, se hacían «cirotes», pequeños rulos de barro semejantes a los rollos gran- des, que liaban los chicos en las mesas de los cuartos de obrador, ocupa- ción que suponemos festiva, por ser difícil imaginar a niños que no les guste entrar las manos en el barro y en el agua.

A lo largo del invierno, se van terminando las tinajas, alineadas en los cuartos de obrador, cuidadas con mimo para que el secado natural se haga en las mejores condiciones y, a mediados de la primavera, o finales de ella, en el mes de mayo y primeros de junio, empiezan a prepararse los hornos.

Estos cuidados en el secado exigen una vigilancia constante; por una parte, el trabajo en los meses duros del invierno se interrumpía con frecuencia 2, 3, 8 días, incluso, puede llegar a un mes el tiempo de ocio si las heladas y los fríos no permien moldear el barro, restándole elasticidad.

En esos días igualmente se encienden hogueras en los cuartos de obrador, para elevar la temperatura y que no se forme hielo en la tinaja que pueda agrietarla; se tapan las escasas entradas de aire a los cuartos con sacos y paja, y por último, ese tiempo de inactividad es el que permitía a los tinajeros «darse una vuelta» por los cuartos de obrador restantes y tantear si había alguna tinaja mejor hecha, «más bonica» que la suya. Estas visitas eran una norma en esos meses de invierno y raro era el tinajero que se hallaba en su propio cuarto durante esos días de inactividad.

Las tinajas debían estar acabadas en junio, y durante este mes y el de julio se producía el secaje total. Era tradición en muchos hornos, empezar a cocer el día de San Antonio. Algunas veces al sacarlas de los cuartos de obrador y antes de entrarlas al horno, se dejaban uno, dos o tres días a la intemperie, para que se soleasen, aunque con mucho miedo y vigilancia, pues una lluvia accidental podía estropear toda la obra hecha.