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CRISTIANA EDUCACIÓN Y PRIMEROS ESTUDIOS DE BLANCO.—SU VIDA

In document siglo XIX (página 115-125)

NOTAS A PIE DE PÁGINA

I. CRISTIANA EDUCACIÓN Y PRIMEROS ESTUDIOS DE BLANCO.—SU VIDA

EN SEVILLA. SUS POESÍAS. LA ACADEMIA DE LETRAS HUMANAS . INCREDULIDAD DE BLANCO.—II. VIAJE DE BLANCO A MADRID. SUS VICISITUDES DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. EMIGRA A LONDRES, Y PUBLICA ALLÍ EL ESPAÑOL . ABRAZA EL PROTESTANTISMO Y SE ADHIERE A LA IGLESIA OFICIAL ANGLICANA.—III.

VICISITUDES, ESCRITOS Y TRANSFORMACIONES RELIGIOSAS DE BLANCO, DESDE QUE SE AFILIÓ A LA IGLESIA ANGLICANA HASTA SU CONVERSIÓN AL UNITARISMO.—

IV. BLANCO, UNITARIO (1833). SUS ESCRITOS Y OPINIONES. SU MUERTE (1841).—V.

MUÑOZ DE SOTOMAYOR.

I.—CRISTIANA EDUCACIÓN Y PRIMEROS ESTUDIOS DE BLANCO.—SU VIDA

LITERARIA EN SEVILLA.—SUS POESÍAS.—LA ACADEMIA DE LETRAS HUMANAS.—

INCREDULIDAD DE BLANCO.

El personaje de quien voy a escribir ahora es el único español del siglo XIX que, habiendo salido de las vías católicas, ha alcanzado notoriedad y fama fuera de su tierra; el único que ha influído, si bien desastrosamente, en el movimiento religioso de Europa; el único que logra en las sectas disidentes renombre de [p. 174] teólogo y exégeta; el único que, escribiendo en una lengua extraña, ha mostrado cualidades de prosista original y nervioso. Toda creencia, todo capricho de la mente o del deseo se convirtió en él en pasión; y como su fantasía era tan móvil como arrebatado y violento su carácter, fué espejo lastimosísimo de la desorganización moral a que arrastra el predominio de las facultades imaginativas, sueltas a todo galope en medio de una época turbulenta. Católico primero,

enciclopedista después, luego partidario de la iglesia anglicana, y a la postre unitario y apenas

cristiano..., tal fué la vida teológica de Blanco, nunca regida sino por el ídolo del momento y el amor desenfrenado del propio pensar, que con ser adverso a toda solución dogmática, tampoco en el

escepticismo se aquietaba nunca, sino que cabalgaba afanosamente, y por sendas torcidas, en busca de la unidad. De igual manera, su vida política fué agitada por los más contrapuestos vientos y

deshechas tempestades, ya partidario de la independencia española, ya filibustero y abogado oficioso de los insurrectos caraqueños y mejicanos, ya tory y enemigo jurado de la emancipación de los

católicos, ya whig radicalísimo y defensor de la más íntegra libertad religiosa, ya amigo, ya enemigo de la causa de los irlandeses, ya servidor de la iglesia anglicana, ya autor de las más vehementes diatribas contra ella, ora al servicio de Channing, ora protegido por lord Holland, ora aliado con el Arzobispo Whatel, y, ora en intimidad con Newmann y los puseístas, ora ayudando al Dr. Channing en la reorganización de unitarismo o protestantismo liberal moderno.

Así pasó sus trabajosos e infelices días, como nave sin piloto en ruda tempestad, entre continuas

apostasías y cambios de frente, dudando cada día de lo que el anterior afirmaba, renegando hasta de su propio entendimiento, levantándose cada mañana con nuevos apasionamientos que él tomaba por convicciones, y que venían a tierra con la misma facilidad que sus hermanas de la víspera; sincero quizá en el momento de exponerlas, dado que a ellas sacrificaba hasta su propio interés; alma débil, en suma, que vanamente pedía a la ciencia lo que la ciencia no podía darle, la serenidad y templanza de espíritu, que perdió definitivamente desde que el orgullo y la lujuria le hicieron abandonar la benéfica sombra del santuario.

[p. 175] Cómo, bajo la pesada atmósfera moral del siglo XVIII, se educó esta genialidad

contradictoria y atormentadora de sí misma, bien claro nos lo han dicho las mismas confesiones o revelaciones íntimas que Blanco escribió en varios períodos de su vida, como ansioso de descargarse del grave peso que le agobiaba la conciencia. [1]

La familia de Blanco (apellido con que en España se tradujo literalmente el de White) era irlandesa y muy católica. Desde el tiempo de Fernando VI se había establecido en Sevilla, dedicándose al

comercio, no con gran fortuna, pero sí con reputación inmaculada de nobleza y honradez. La casa de D. Guillermo White, más que escritorio de comerciante, parecía un monasterio de rígida y primitiva observancia, como si en el alma de aquel virtuoso varón viviese todo el fervor acumulado en los pechos irlandeses por tantos siglos de persecución religiosa. Del cruzamiento de aquella sangre hibérnica con la andaluza había resultado una generación, no sólo devota, sino mística y nacida para el claustro, ya que no podía coger las sangrientas rosas del [p. 176] martirio. Dos hermanas tuvo Blanco, y las dos se hicieron monjas.

La madre de Blanco no era mujer vulgar y sin cultura; su hijo habló siempre de ella con

extraordinaria y simpática admiración. «Trajo a su marido, escribe en las Letters from Spain, un verdadero tesoro de amor y de virtud, que fué sin cesar acrecentándose con los años... Sus talentos naturales eran de la especie más singular. Era viva, animada y graciosísima; un exquisito grado de sensibilidad animaba sus palabras y sus acciones, de tal suerte, que hubiera logrado aplauso, aun en los círculos más elegantes y refinados.»

De tales padres nació Blanco en Sevilla, el 11 de julio de 1775. Aprendió a deletrear en las historias del Antiguo Testamento, en las vidas de los Santos y en los milagros de la Virgen. Los días de fiesta llevábale su padre a visitar los hospitales, y a consolar y asistir a los pobres vergonzantes, curando sus llagas y tanteando su laceria.

Aunque tan severa, la educación de Blanco fué esmerada. Le destinaban al comercio; pero su madre le hizo aprender latín, además del inglés, que usaba como segunda lengua nativa. Enojada la vivísima imaginación del muchacho con la monótona prosa del libro mayor y de las facturas, antojósele un día ser fraile o clérigo, al modo de los que veía festejados en casa de su padre, y esta irreflexiva veleidad de un muchacho de trece años fué tomada por el buen deseo de sus padres como signo de vocación verdadera. Le enviaron, pues, al colegio de los dominicos, donde aprendió muy mal y de mala gana la filosofía escolástica por el Goudin, autor no ciertamente bárbaro, como él dice, sino uno de los

mejores expositores de Santo Tomás, entonces y ahora.

Pero si en la doctrina tomística adelantaba poco (y bien se le conoció en adelante), su vivo y despierto

ingenio encontró fácil ocupación en los estudios amenos, a que le encaminaron varios condiscípulos suyos. Aprendió el italiano sin más fatiga que la de cotejar la Poética, de Luzán, con el libro Della perfetta poesía, de Muratori. Perfeccionóse en el francés, y el Telémaco encantó sus horas, dándole a gustar, aunque de segunda mano, las risueñas ficciones de la Grecia. Trabó amistad con D. Manuel María del Mármol, estudiante de Teología entonces, y luego [p. 177] maestro de Humanidades por medio siglo largo, mediano poeta y aun más mediano tratadista de filosofía, autor de un Succus logicae, extractado del Genuense. Mármol inició a Blanco en el mecanismo de la poesía castellana, y aun en los arcanos de la filosofía experimental, poniéndole en las manos el Novum Organum, de Bacon. Otro de sus íntimos fué Arjona, el luego famoso Penitenciario de Córdoba, mucho más poeta y literato que Mármol y aun que todos los sevillanos de aquella era, incansable propagador del gusto clásico, y fundador de la Academia Horaciana y de la del Sile. «Arjona fué quien desarrolló mis facultades intelectuales, dice Blanco...; la amistad que entablamos, él como maestro y yo como uno de los tres o cuatro jóvenes que por afición instruía casi diariamente, fué de las más íntimas y sinceras que he disfrutado en el mundo.»

La lectura de las obras de Feijóo, que le prestó una amiga de su madre, abrieron a sus ojos un mundo nuevo. [1] «Como si por influjo de la misteriosa lámpara de Aladino, hubiera yo penetrado de repente en los ricos palacios subterráneos, descritos en Las mil y una noches, tal arrobamiento experimenté a vista de los tesoros intelectuales, de que ya me creía poseedor. Por primera vez me encontré en plena posesión de mi facultad de pensar, y apenas puedo concebir que el alma, subiendo después de la muerte a un grado más alto de existencia, pueda disfrutar de sus nuevas facultades con más íntimo deleite. Es verdad que mi conocimiento estaba reducido a unos pocos hechos físicos e históricos; pero había yo aprendido a razonar, a argüir, a dudar. Con sorpresa y alarma de mis allegados, halléme convertido en un escéptico, que, fuera de las cuestiones religiosas, no dejaba pasar ninguna de las opiniones corrientes, sin reducirlas a su justo valor.»

No nos engañemos, sin embargo, sobre el alcance de este escepticismo, por más que Blanco White exagere sus efectos a posteriori. Ni Feijóo ha hecho escéptico a nadie, ni Blanco dejaba de ser a aquellas fechas un muy fiel y sencillo creyente. ¿Y cómo no, si él mismo, en otra parte y con más sinceridad, confiesa que «fué el primero y más ansioso cuidado de sus padres derramar

abundantemente en su ánimo infantil las semillas de la virtud [p. 178] cristiana»..., y que «la instrucción religiosa penetró en su mente con los primeros rudimentos del lenguaje», y que «las

primeras impresiones que formaron su carácter de niño fueron la música y las espléndidas ceremonias de la catedral de Sevilla?» [1]

No fueron ciertamente estas semillas escépticas las que hicieron apostatar a Blanco. Ningún espíritu más dogmático que el suyo, hasta cuando en sus últimos años renegaba de todo dogmatismo. Esta misma negación se trocaba, al pasar por sus labios, en afirmación fanática. Siempre le aquejó la necesidad de creer en algo, siquiera fuese por veinticuatro horas; pero en tan breve plazo creía con pasión, con ardoroso fanatismo; sincero en cada momento de su vida, aunque veleidoso en el total de ella.

Él mismo, que tan chistosamente nos habla del escepticismo de su mocedad (como si en un irlandés injerto en andaluz tuviera tal palabra significación alguna), seguía por entonces con íntima devoción los ejercicios de San Ignacio bajo la disciplina del P. Teodomiro Díaz de la Vega, prepósito del

oratorio de San Felipe Neri de Sevilla, y ahogaba hasta su única inclinacion amorosa juvenil en aras del amor divino.

Así recibió las primeras órdenes, continuando sus estudios de Teología, no en la Universidad de Sevilla, sino en el colegio de Maese Rodrigo, que estaba en mejor opinión entre la gente devota, y recibiendo sus grados en la Universidad de Osuna. Su misticismo era entonces fervoroso; leía sin cesar libros de piedad y devoción, y veíasele a toda hora consultando a su confesor en San Felipe Neri.

Ordenado ya de presbítero Blanco (1800) y Rector del Colegio de Santa María de Jesús, hizo oposiciones a una canonjía de Cádiz, de las cuales salió con mucho lucimiento, y a pocos meses obtuvo (1801), también por oposición, la magistral de la Capilla real de San Fernando de Sevilla, puesto de los más altos a que podía aspirar en aquella metropolitana un mancebo de veintiséis años.

Hallábase entonces en su apogeo la moderna escuela poética sevillana. Unos cuantos estudiantes, alentados y de esperanzas, habían tenido la osadía de sobreponerse a la cenagosa corriente [p. 179]

del mal gusto, a la vez conceptuoso y chabacano, que predominaba allí desde el siglo anterior. De esta noble y bien encaminada resistencia nació la famosa Academia de Letras Humanas, excelente invernadero de poesía académica y refinada, que tuvo a lo menos la ventaja de la nobleza en los asuntos y de la selección en el lenguaje, por más que, como todo grupo que empieza por proclamarse escuela, hiciera correr la neohispalense, que vanamente aspiraba a ser prolongación de la antigua de los Herreras y Riojas, su inspiración por cauce muy estrecho, cayendo a los pocos pasos en la manera y en el formalismo vacío, de que no se libraron ni aun los que de ellos tenían condiciones poéticas más nativas y sinceras, Ariona y Lista, por ejemplo.

Entre ellos figuró Blanco como estrella menor y de luz más dudosa, pues aunque fuera notoria injusticia negar que en su alma ardentísima llegó a germinar con el tiempo el estro lírico, que le inspiró en sus últimos años algunos versos delicados y exquisitos, así ingleses como castellanos, libres enteramente del fárrago convencional de la escuela sevillana, también es cierto que sus

primeros versos impresos hacia 1797, ya en un cuaderno suelto (con otros de Lista y Reinoso), ya en el Correo literario de Sevilla, [1] por ninguna cualidad superior ni por rasgo alguno de estilo propio se distinguen de las demás odas palabreras y pomposas que hacían Roldán, Castro, Núñez y los demás poetas secundarios de la escuela. Ni Blanco ni ellos pasan nunca de expresar, con medianía elegante, pensamientos comunísimos. Quintana admiraba mucho la oda de Blanco Al triunfo de la beneficencia, recitada en la Sociedad Económica de Sevilla el 23 de noviembre de 1803. Leída hoy, nos parece una declamación ampulosa, inferior en mucho a los tersos y cándidos versos que el mismo asunto inspiró a Lista. Lista, al cabo, en su esfera de luz sosegada y apacible, era poeta, y Blanco, en aquella fecha, aún no pasaba de retórico altisonante y versificador fácil. La segunda parte de la oda es mejor que la primera, y la factura de algunas estrofas intachable.

[p. 180] ... Tú rompiste

Los lazos de la nada, y de otros seres La muchedumbre densa

Por ti nació a la luz y a los placeres.

En el Ser soberano

La fuente de la vida abrió tu mano.

...

¿Quién sino tú, consoladora Diosa, Fecundó de la tierra el seno rudo?

¿Quién sino tú, del piélago insondable, De montes con fortísima cadena

La furia enfrenar pudo?

¿Quién sino tú, vistió la faz amena Del prado con verdura,

Y dió a la opaca selva su espesura?

Del hombre eternamente enamorada, Tú fuiste quien de pompa y de riqueza Cubrió su felicísima morada.

...

Aun no giraba el sol sobre eje de oro, Ni de su ardiente rostro derramaba La hermosa luz del día,

Y ya al mortal tu amor le preparaba, De su autor en el seno,

De riqueza y placer un mundo lleno.

Versos tan elegantes y felizmente construídos como éstos, se hallarán asimismo en las correctas odas de Blanco A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, A Carlos III, restablecedor de las

ciencias en España, A Licio y a las Musas. Pero la obra de Blanco más celebrada por sus compañeros de Academia fué un poema didáctico sobre la Belleza, de que hoy no resta más que la memoria. [1]

Quizá se encuentre alguna reminiscencia de él en la oda sobre Los placeres del entusiasmo, una de las mejores composiciones de la primera manera de Blanco.

Mejores que sus versos originales son los traducidos. El conocimiento que Blanco tenía de la lengua inglesa y su familiaridad con los poetas del tiempo de la reina Ana, clásicos a la latina o a la francesa, puso de moda el nombre y los escritos de Pope entre los poetas sevillanos. Lista imitó la Dunciada en el Imperio [p. 181] de la Estupidez; Blanco tradujo en versos sueltos de gran hermosura la égloga de El Mesías:

Tiempo dichoso en que, a la fresca sombra Del álamo, sentado el pastor mire

Cubrirse el yermo prado de azucenas, Y convidado del murmullo grato De las sonoras fuentes, sus cristales Mire brotar del árido desierto.

El tigre, de su furia ya olvidado, Será, entre alegres tropas de garzones, Con lazadas de flores conducido;

Y el pequeñuelo infante, acariciando La víbora y la sierpe, sus colores Celebrará con inocente risa.

Jerusalén, Jerusalén divina, Levanta la cabeza coronada

De esplendor celestial. Mira cubierto Tu suelo en derredor, y de tus hijos Admira la gloriosa muchedumbre;

Mira cual de los últimos confines A ti vienen los pueblos prosternados, De tu serena lumbre conducidos.

El incienso quemado en tus altares Sube en ondosas nubes. Por ti sola Llora el arbusto en la floresta umbría Sus perfumes; por ti el Ofir luciente Esconde el oro en sus entrañas ricas.

Con igual acierto, pero no directamente del original alemán, sino de una traducción francesa, puso en castellano Blanco la Canción de la alborada, de Gessner. Ya entonces despuntaban en él las

condiciones de traductor eximio, que luego brillaron tanto en su insuperable versión del monólogo de Hamlet y de otros trozos de Shakespeare. [1]

Fieles los poetas sevillanos a la ridícula costumbre arcádica, eligieron cada cual un nombre poético.

Blanco se llamó Albino, y así se le encuentra designado en las numerosas odas Ad sodales, que mutuamente se dirigían él y Lista y Reinoso El segundo, sobre todo, sintió por Blanco amistad tiernísima, que no [p. 182] amenguaron ni los años, ni los errores de su amigo, ni la variedad de sus fortunas. Todavía en 1837 dedicaba a Albino la colección de sus versos con este soneto, reproducido en todas las ediciones:

La ilusión dulce de mi edad primera, Del crudo desengaño la amargura, La sagrada amistad, la virtud pura, Canté con voz ya blanda ya severa.

No de Helicón la rama lisonjera.

Mi humilde genio conquistar procura:

Memorias de mi mal y desventura Robar al triste olvido sólo espera.

A nadie sino a ti, querido Albino, Debe mi tierno pecho y amoroso De sus afectos consagrar la historia.

Tú a sentir me enseñaste, tú el divino Canto y el pensamiento generoso:

Tuyos mis versos son, y esa es mi gloria. [1]

Ninguna escuela o grupo literario abusó tanto y tan cándidamente del elogio mutuo como la escuela sevillana. Tiene algo de simpático, por lo infantil, este afán de enguirnaldarse unos a otros aquellos escogidos de Apolo, con las marchitas o contrahechas flores del Parnaso, que si fueron olorosas y lozanas en el siglo del Renacimiento, habían perdido ya toda frescura y aroma, a fuerza de ser

rústicamente ajadas por todas manos. Era un verdadero diluvio de frases hechas, azote de toda poesía:

Tú del sacro Helicón, mi dulce Albino, Ascendiste a la cumbre soberana,

Y fuiste en ella honor del almo coro;

Para ti su divino Mirto, Venus ufana

Cultivó entre los nácares y el oro.

Así esclamaba Lista en loor de su amigo; y aún con más afectación en otra oda, cuyas retumbancias, alusiones y perífrasis, no serían indignas del mismo Martín Scriblero:

[p. 183] Tú de Minerva las sagradas aras Pisas insomne, y de Cupido y Baco

La dulce llama que al mortal recrea Pródigo huyes.

Y de Sileno la pampínea enseña Y de Acidalia los nevados cisnes Dejas, y al ave de la noche augusta Sigues callado.

Ya en negra tabla los certeros signos Copias de Hipatia, del divino Euclides Ya las figuras que la inmensa tierra Miden y el orbe.

Nuevo Keplero, a los etéreos astros Dictarás leyes, mientras yo modesto Y más felice, las de Filis bella

Tierno recibo.

Toda esta fraseología quiere decir que Blanco se dedicaba entonces al estudio de las matemáticas.

Pero otras lecturas no tan inocentes le preocupaban más, y el mismo Blanco lo ha confesado sin rebozo en su despedida a los americanos: «Al año de haber obtenido la magistralía, me ocurrieron las dudas más vehementes sobre la religión católica... Mi fe vino a tierra...; hasta el nombre de religión se me hizo odioso... Leía sin cesar cuantos libros ha producido Francia en defensa del deísmo y del ateísmo. [1]

El Sistema de la Naturaleza, del barón de Holbach, publicado con nombre de Mirabeaud, fué de los que le hicieron más impresión. La muerte de una hermana suya, y el haberse encerrado la otra en un convento, [2] acabó de quitarle todo freno. Prosiguió sin descanso en sus insanas lecturas, se hizo materialista y ateo, y pensó formalmente emigrar a los Estados Unidos, en busca de libertad religiosa.

[p. 184] II.-VIAJE DE BLANCO A MADRID.-SUS VICISITUDES DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.-EMIGRA A LONDRES Y PUBLICA ALLÍ «EL ESPAÑOL».-ABRAZA EL PROTESTANTISMO Y SE ADHIERE A LA IGLESIA OFICIAL ANGLICANA.

In document siglo XIX (página 115-125)