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CUÁNTA DESIGUALDAD NECESITA LA DEMOCRACIA?*

In document estudios públicos (página 95-114)

Carlos Peña

Universidad Diego Portales / Universidad de Chile

resumen: En las condiciones modernas el problema político, sugiere este ensayo, no consiste en decidir qué concepción de la igualdad es moralmente superior a otra, sino qué concepción, de entre las razo- nables, es socialmente posible. Así la reflexión política debe comen- zar por examinar las características de la sociedad de que se trata, a fin de esclarecer las condiciones de posibilidad de una política orientada hacia la igualdad. Ahora bien, continúa el texto, si bien la igualdad es el principio normativo que subyace a las sociedades mo- dernas, él coexiste con otras orientaciones de la acción, como la pa- sión por el consumo y el deseo de diferenciarse. Es lo que ocurriría en Chile luego de la modernización rápida que ha experimentado. El resultado de todo ello es que en las condiciones modernas el proble- ma parece consistir en trazar una línea que divida las desigualdades merecidas de las inmerecidas, única manera de compatibilizar la pa- sión por la igualdad que detectó Alexis de Tocqueville, con el deseo de diferenciación que es producto de la expansión del consumo y la autonomía.

Palabras Clave: igualdad, desigualdad, diferenciación, autonomía, modernidad, Alexis de Tocqueville.

HOW MUCH INEQUALITY DOES DEMOCRACY NEEDS?

abstraCt: In modern societies the political problem is not to decide which conception of equality is morally superior to another, but which moral conception is socially possible. Thus political reflec- tion must begin by examining the characteristics of the society in question in order to clarify the conditions that would made legiti- mate —in sociological sense— a policy oriented towards equality.

However, the essay continues, although equality is the normative principle underlying modern societies, it coexists with other orien- tations of action such as the passion for consumption and the desire to differentiate. This is what would have happen in Chile after the rapid modernization it has experienced. The result of all this is that in modern conditions the problem seems to be to draw a line dividing the deserved inequalities of the undeserved, the only way to recon- cile the passion for equality that Tocqueville detected with the desire for differentiation that is a product of the expansion of consumption and autonomy.

Keywords: equality, inequality, differentiation, autonomy, modernity, Alexis de Tocqueville.

A

l analizar el problema de la igualdad, o de la desigualdad, es imprescindible adoptar una precaución conceptual. Es necesario distinguir entre la igualdad como un ideal moral y la igualdad como un principio subyacente a una determinada formación social. Según es obvio, ambos planos pueden no coincidir: la igualdad en un sentido es- trictamente moral puede triunfar en la batalla de los conceptos, pero ser incapaz de orientar las relaciones sociales. Y, por la inversa, una con- cepción de la igualdad que no resulta moralmente satisfactoria puede, sin embargo, ser muy eficaz a la hora de orientar la vida cotidiana en el plano de la cultura.

Pues bien, a la hora de reflexionar políticamente sobre el tema de la igualdad es imprescindible mantener esa distinción a la vista. Una re- flexión política no puede consistir sólo en determinar lo que sea moral- mente mejor (averiguado mediante múltiples experimentos mentales o situaciones contrafácticas, las que son tan frecuentes en la filosofía mo- ral de raíz analítica), sino que está obligada a precisar qué concepción, de las que se juzgan moralmente ventajosas, es socialmente posible (es

decir, se aviene mejor con las otras orientaciones de la acción que en un momento determinado inspiran la cultura).

Al reflexionar políticamente acerca de la igualdad no se trata, en- tonces, de escoger entre lo moralmente correcto y lo socialmente posi- ble; la tarea de la reflexión política consiste, más bien, en acercar ambos planos hasta alcanzar una solución que sea legítima desde el punto de vista social. Esto es, por lo demás, lo que sugiere Rawls al definir una sociedad bien ordenada como aquella que está efectivamente regulada por una concepción de la justicia empotrada en las instituciones.1

Sobre la base de esa orientación general, las líneas que siguen ex- ploran el lugar de los ideales de igualdad en la sociedad chilena y los desafíos que ellos plantean.

El texto sugiere que la igualdad en las sociedades modernas no equivale exactamente a un anhelo de igual distribución de recursos, puesto que la igualdad coexiste en ellas con otras orientaciones de la ac- ción, como la pasión por el consumo y la mejora de estatus. El proble- ma de este tipo de sociedades pareciera ser más bien cómo legitimar las diversas formas de estratificación en vez de empeñarse por suprimirlas.

La sociedad chilena no escaparía a ese destino.

Para alcanzar esa conclusión general, el texto se ordena de la manera que sigue. En primer lugar se examinan las relaciones entre la igualdad y la sociedad moderna a la luz de alguna literatura socioló- gica; en segundo lugar se describe, a grandes trazos, la situación de la desigualdad en Chile; en fin, y en tercer lugar, se discuten los principios normativos que podrían acercar lo que es moralmente correcto a lo que parece socialmente posible, que es, como se dijo al inicio, la principal tarea de la reflexión política.

1 John Rawls, A Theory of Justice (Cambridge: Harvard University Press, 1971), 4-5. Rawls solió ser visto, a partir de algunas críticas de Sandel, como un kantiano que pensaba la justicia para seres descontextualizados. Después de Poli- tical Liberalism, está bastante claro que lo que Rawls perseguía tenía un tinte más hegeliano: explicitar las concepciones subyacentes a la cultura política de una de- mocracia moderna.

1.

En Homenaje a Cataluña (1938), George Orwell muestra, sin iro- nía alguna y con la naturalidad de quien conversa, por qué la igualdad es un ideal a la vez apetecido y controversial.2 En 1937, y en plena guerra civil, en Barcelona parecían haber desaparecido, cuenta, todas las distinciones. La ropa, el trato, el consumo diferenciado y cualquier gesto que pudiera revelar una diferencia o jerarquía; la entrega de una propina, un saludo formal, una distancia, habían sido, de pronto, supri- midos. “Mozos y vendedores miraban al cliente cara a cara y lo trataban como un igual”, cuenta. Por entonces había en las ramblas y calles cata- lanas, dice Orwell, un espíritu de compañerismo y espíritu público, “un estado de cosas por el que valía la pena luchar”; y, sin embargo, dice:

“había en todo esto algo que no comprendía y que en cierto sentido no me gustaba”.3

Es difícil describir mejor la ambivalencia que posee la igualdad, el ideal moderno por antonomasia.

Y es que nunca hubo una época histórica que, como la moderna, abrazara con tanto entusiasmo el ideal de igualdad y que, al mismo tiempo, por su propia dinámica de consumo y de autonomía, sintiera un leve desaliento y confusión a la hora de perseguirlo.

Uno de los primeros que logró advertir hasta qué punto el ideal de igualdad sería uno de los principios de la modernidad y uno de los combustibles de la vida cotidiana surgida a la sombra del capitalismo, el Estado nacional y la mediatización de la cultura, fue Alexis de Toc- queville. Es verdad que la filosofía ya había detectado que la diferencia entre la sociedad tradicional y la moderna radicaba en que en la primera había un orden predispuesto que establecía una jerarquía disímil, en tanto que en la segunda no había telos alguno y en cambio una igual distribución de la autonomía, algo que señalaron, por ejemplo, Kant y Hegel (especialmente este último en su formidable descripción de la

2 La mención a Orwell y el vínculo con la ambivalencia frente a la igualdad fue sugerida por la lectura de Stuart White, Equality (Cambridge: Polity Press, 2007), 2.

3 George Orwell, Homage to Catalonia (Boston: Mariner Books, Kindle Edi- tion), loc. 563.

sociedad moderna);4 pero Tocqueville es el primero que describe el fe- nómeno con imaginación sociológica.5

Alexis de Tocqueville vio en la sociedad moderna un torrente de igualdad social.6 “El desarrollo de la igualdad —dijo— es un hecho providencial”, un fenómeno que disolvería todas las jerarquías prees- tablecidas y hereditarias consagrando para todos los seres humanos la misma posición formal al interior de la comunidad política. Por igual- dad social entendió Tocqueville la carencia de las jerarquías tradiciona- les, la disolución de todos los vínculos que distribuían en proporciones distintas la dignidad y la participación entre los seres humanos. Así, la igualdad social de este autor equivalió más o menos a lo que Kant lla- mó “la igualdad de los seres humanos en tanto súbditos”.7 Para ellos, en Kant y en Tocqueville, esa igualdad social (que casi llega a confundirse con la democracia), es compatible, en principio, con amplias formas de desigualdad como la desigualdad de riqueza.

4 Así en su Filosofía del derecho, § 124.

5 En la tradición sociológica, el tránsito desde la sociedad tradicional a la moderna es descrito, en forma casi unánime (por ejemplo, en Maine, Spencer, Durkheim o Tönnies), como un deslizamiento de las relaciones sociales desde posiciones adscritas o heredadas (estatus, comunidad, solidaridad mecánica) a posiciones sociales establecidas mediante arreglos voluntarios (contrato, sociedad, solidaridad organizada). Tocqueville no escapa a esa regla. Como ha observado P. Manent, en Tocqueville la democracia y la aristocracia operan como conceptos que envuelven la totalidad de la condición humana. Equivalen, pues, a formas de vida más que, estrictamente hablando, a regímenes políticos. Ver Pierre Manent,

“Democratic Man, Aristocratic Man, and Man Simply. Some Remarks on an Equivocation in Tocqueville’s Thought”, en Modern Liberty and its Discontents, editado por Daniel J. Mahoney y Paul Seaton (Lanham, MD: Rowman and Littlefield, 1998), 69.

6 La expresión que Tocqueville emplea es “égalité des conditions” (De la démocratie en Amérique (París: Calmann Lévy Éditeur, 1888), tomo I). Por ella entiende, ante todo, la disolución de las jerarquías y la desaparición del privilegio estamental y hereditario. Como se insistirá luego, el concepto no excluye la des- igualdad económica, pero exige la movilidad. La libertad de los antiguos, sugiere, estaba atada al privilegio de clases. Lo propio de la democracia no es suprimir las clases sino el vínculo entre libertad y privilegio. Véase Alexis de Tocqueville, El antiguo régimen y la revolución (Madrid: Daniel Jorro Editor, 1911), libro II, capí- tulo 11, 146.

7 Immanuel Kant, “On the Common Saying: This May Be True in Theory, but It Does Not Apply in Practice”, en Political Writings (Cambridge University Press, 1992), 75.

A diferencia de Marx, que apreció en la igualdad moderna una cuestión formal negada por el modo de producción,8 Tocqueville fue capaz de observar toda la influencia cultural que llegaría a poseer.

Advirtió que la igualdad moderna no era exactamente una distri- bución pareja de recursos, sino más bien una distribución uniforme de la autonomía y una sustitución progresiva de los vínculos adscritos por vínculos voluntarios, establecidos mediante contratos. La democracia, dijo, no suprime las clases, pero cambia el espíritu y la forma de sus relaciones en la medida que “el maestro y el siervo” se relacionan entre sí mediante un acuerdo voluntario.9 Este acuerdo voluntario puede ser considerado, como afirmaría Marx treinta años después, una ficción le- gal; sin embargo, es a través de esa ficción y de su contenido simbólico, a través de esa igualdad imaginaria, que se constituyen las relaciones sociales en la sociedad moderna. La democracia no suprime, insistió, la relación desigual entre el amo y el criado; pero cambia radicalmente su fundamento, en la medida que la restringe a una prestación que no compromete ni la fidelidad, ni la identidad de las partes. Este punto de vista es subrayado por la sociología posterior. Maine describe la so- ciedad moderna como un tránsito desde el status al contrato; Tönnies explica que el tránsito desde la comunidad a la sociedad supone que al consenso tácito lo sigue un arreglo explícito; y Durkheim arguye que la sociedad moderna descansa en una sociedad diferenciada y mediada también por el contrato. Toda esta literatura subraya el punto de vista de Tocqueville: las relaciones sociales aristocráticas o tradicionales son adscriptivas y comprometen la casi totalidad de la trayectoria vital de sus miembros; las relaciones sociales democráticas o modernas, en cambio, son voluntarias y diferenciadas funcionalmente.

8 Para Marx la sociedad moderna aparece como un “inmenso arsenal de mer- cancías” que circulan mediante el contrato. En esa serie incesante de intercambios, explica Marx, existe una perfecta igualdad entre los partícipes, puesto que cada uno comparece como propietario de una mercancía, y cada contrato se rige, a fin de cuentas, por la ley del valor. Pero ese panorama que la sociedad moderna pone ante los ojos, piensa Marx, equivale sólo a la esfera de lo concreto. Lo abstracto que le subyace muestra la verdadera realidad: la apropiación del plusvalor en la esfera de la producción. Véase de Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, vo- lumen II, sección segunda, capítulo IV (México: FCE, 1973).

9 Tocqueville, De la démocratie, tomo III, tercera parte, capítulo V, 297.

Los miembros de esta sociedad, envueltos en esa trama simbólica, viven animados por la igualdad y, al mismo tiempo, inmersos en una competencia por el estatus; poseídos por la pasión por la igualdad y, al mismo tiempo, por la pasión por el consumo de bienes “estatutarios”, la pasión de la clase media.10 Los miembros de las sociedades modernas, tal como le ocurrió a Orwell mientras observaba la Cataluña de la gue- rra, ven en la igualdad algo que vale la pena; empero, al mismo tiempo algo en ella les incomoda.

Y como suele ocurrir, esa sensación ambivalente que estaría insta- lada en la biografía de los hombres y mujeres modernos suele ser una expresión de una ambivalencia en la estructura en cuyo interior desen- vuelven sus vidas.

Porque en la sociedad moderna conviven, por decirlo así, la pasión por la igualdad con una porfiada estratificación en casi todas las esferas del quehacer humano. Los hombres y mujeres modernos no quieren, pues, ser iguales en todo, anhelan ser iguales en algo. Su acción está movida por un anhelo de igualdad, pero al mismo tiempo está orientada por el deseo de distinguirse y diferenciarse. Lo que más atrae al cora- zón humano, observa Tocqueville, no es la certidumbre de un pequeño éxito, sino la posibilidad de una gran fortuna.11 No es pues la igualdad de resultados la gran pasión moderna, no es lo que pudiera llamarse una igualdad estática lo que los modernos anhelan, sino más bien una igual- dad dinámica, la misma posibilidad de moverse en la estructura social en una competencia por el estatus y por la distinción.12

Pero la vida moderna, según la describe Tocqueville, no es un jue- go de interacción con reglas ordenadas. Por el contrario, suele haber en ella tendencias contradictorias y hasta cierto punto inconsistentes, que son fuente de angustia y, como suele ocurrir, de problemas políticos.

10 Tocqueville, De la démocratie, tomo III, segunda parte, capítulo X, 217.

11 Alexis de Tocqueville, L’Etat social et politique de la France avant et de- puis 1789, en Oeuvres Complètes, edición definitiva publicada bajo la dirección de J.P. Mayer (París: Gallimard, 1952) tomo II, 46 (https://archive.org/stream/oeuvres- papierset00tocquoft/oeuvrespapierset00tocquoft_djvu.txt).

12 Igualdad dinámica en el sentido de un alto nivel, en los hechos, de movili- dad social. Esta idea, por supuesto, implica desigualdad estática (desigual distribu- ción en un momento del tiempo). Véase Jon Elster, Alexis de Tocqueville, the First Social Scientist (Cambridge: Cambridge University Press, 2009), capítulo VII.

Así, si los miembros de la sociedad moderna buscan diferenciarse y distinguirse entre sí, también buscan lo que la sociología va a deno- minar “consistencia de estatus”. Habría, pues, junto a las anteriores, también una tendencia a la igualdad en todo. Esto es lo que explicaría la paradoja consistente en que las sociedades son más inestables y cer- canas a la revolución cuando mejoran su bienestar en alguna esfera de la vida. La mejora en algunas dimensiones de la vida —en el acceso al consumo, por ejemplo— desata expectativas en otras áreas de la vida y eso explicaría que la sociedad se vea más frágil en tanto mejor le va.

No siempre se llega a la revolución yendo de mal en peor.13 En El an- tiguo régimen y la revolución Tocqueville observa que la desigualdad de derechos y el resentimiento que produce son más intensos cuando hay igualdad y bienestar en las otras esferas de la vida, y viceversa. La pulsión por la igualdad en todas las esferas, el movimiento hacia la con- sistencia de estatus parece inevitable, y conduciría, agrega, a uno de dos caminos: la democracia, donde el poder lo tienen todos por igual, o el despotismo, donde nadie lo tiene salvo uno.14

Pero no es sólo la pasión por la igualdad coexistiendo con el de- seo de diferenciarse y moverse en la estratificación o la consistencia de estatus lo que hace problemática la situación de la igualdad en las sociedades modernas. La diferenciación funcional de las sociedades, la pulsión por el reconocimiento (otro de los varios combustibles de la acción) y los efectos dispares que produce la desigualdad hacen difícil que la pasión que detectó Tocqueville pueda alcanzar un momento de sosiego.

En el caso de las sociedades funcionalmente diferenciadas —tan distinto de lo que ocurre en las sociedades segmentarias o estratifica- das, enseña la teoría de sistemas— no existe una regulación uniforme de la exclusión o de la inclusión. Este tipo de sociedades, entre las que

13 Tocqueville, El antiguo régimen, libro III, capítulo IV, 208.

14 Un ejemplo histórico de esas afirmaciones de Tocqueville se encuentra, dicho sea de paso, en el caso de Chile. Como alguna vez sugirió Aníbal Pinto, el Chile de 1970 poseía igualdad formal (como consecuencia de un sistema político expansivo), pero un sistema productivo incapaz de satisfacer las expectativas de igualdad en otras esferas de la vida. La salida era, insinuó, una de dos: o se cambia- ba el sistema productivo (permitiendo que la igualdad se expandiera) o se cerraba el sistema político (inhibiendo así la fuente de la pasión por la igualdad).

se cuenta el Estado de bienestar,15 no pueden tomar las precauciones necesarias para que los individuos pertenezcan como personas a algu- nos de los subsistemas.16 Esto porque las relaciones entre los sistemas

—económico, familiar, científico— no pueden ser ya determinadas para el conjunto de la sociedad (la participación en el sistema económico se regula por medio de la propiedad, la relevancia política por el voto, et- cétera, y los efectos en cada uno de esos subsistemas son imprevisibles para los demás). El resultado de todo esto es que desde el punto de vista de la inclusión las sociedades funcionalmente diferenciadas son muy poco integradas. Desde el punto de vista de la exclusión, en cambio, las sociedades funcionalmente diferenciadas están plenamente integradas porque “la exclusión de un sistema funcional comporta, casi automáti- camente, la exclusión de otros”.17

Honneth, por su parte, ha mostrado de qué forma cuando se con- cibe la vida social como una búsqueda de reconocimiento, la igualdad tampoco es del todo posible en todas las esferas; porque una cosa es el reconocimiento en la esfera del amor; otra en la esfera del Estado; otra en la esfera del mercado.18

En fin, todavía se encuentran los efectos de la desigualdad.19 El efecto mecánico (una desigualdad en el ingreso o la riqueza causa una desigualdad en un determinado bien) es el más obvio; sin embargo, la desigualdad también tiene efectos relacionales (en este caso el ingreso puede no variar pero sí la disposición a invertir en un determinado bien, y así la desigualdad intensificarse o aminorarse); contextuales (cuando entre el ingreso y un determinado efecto no es lineal, una misma inver- sión puede mejorar más a pobres que a ricos); y personales (como con- secuencia de las externalidades, por ejemplo, los sentimientos de depri- vación pueden ser más intensos en un contexto de alta desigualdad).

15 Niklas Luhmann, Political Theory in the Welfare State (Berlín - Nueva York: Walter de Gruyter, 1990), 35.

16 Niklas Luhmann, Complejidad y modernidad. De la unidad a la diferencia (Madrid: Trotta, 1998), 189.

17 Ibídem, 190.

18 Axel Honneth, The Struggle for Recognition. The Moral Grammar of Social Conflicts (Cambridge: Polity Press, 1995).

19 Para lo que sigue, véase W.N. Evans et al., “Assessing the Effect of Eco- nomic Inequality”, en Social Inequality, editado por K.M. Neckerman (Nueva York:

Russell Sage, 2004), 933-936.

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