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EL DESARROLLO DE LA CRISIS GLOBAL Y EL FUTURO DE LA MONEDA MUNDIAL

In document EN MEDIO DE LA CRISIS MUNDIAL (página 54-72)

Claudio Lara Cortés

La crisis mundial actualmente en curso ha puesto nuevamente sobre el tapete la discusión sobre la moneda mundial y su futuro. Desde los años cuarenta del siglo pasado, el dólar estadounidense es la moneda mundial por excelencia. Pero en las últimas décadas, los persistentes déficits en cuenta corriente y la creciente deuda externa de Estados Unidos hicieron tambalear la confianza en el billete verde. El pesimismo se extendió, y para muchos observadores el destino del dólar quedó sellado con el colapso del mercado estadounidense de la vivienda a mediados de 2007, que desencadenó la peor tempestad financiera desde la Gran Depresión.

Sin embargo, hasta ahora la crisis ha estado lejos de asestar un golpe mortal al dólar; incluso por un tiempo reafirmó su estatura mundial. Aún así, el futuro del dólar sigue generando encendidas polémicas, más aún ante la reciente internacionalización del yuan o renminbi. La opinión de los economistas del establishment es que el dólar seguirá reinando sin contrapeso, mientras que otros sostienen que en el largo plazo entrará nuevamente en declive y quedará definitivamente destronado.

Otros autores estiman un desenlace más ambiguo como el escenario más probable, donde coexisti- rían varias monedas (dólar, euro y yuan) o donde tal vez pueda surgir una nueva moneda resultante de un acuerdo político global (una nueva versión de los Derechos Especiales de Giro-DEG).

Desde nuestra perspectiva, para discutir los posibles escenarios anteriores necesitamos ubicar la crisis de la moneda mundial y sus particulares contradicciones –ya sea como una expresión o como un intento de solución– en el proceso de acumulación desigual del capital a escala planetaria. Este trabajo se propone abordar el futuro de la moneda mundial en el contexto de la crisis global en curso.

Comienza con el análisis del largo declive del dólar, para luego examinar el surgimiento del euro y su extrema fragilidad actual. La sección siguiente discute las visiones contrapuestas que existen en torno a la disputa entre el dólar y el euro. Posteriormente, revisamos la literatura actual sobre la irrupción del renminbi y sus implicancias para el sistema monetario global. El trabajo finaliza con una reflexión crítica sobre distintas visiones marxistas acerca del futuro de la moneda mundial.

El largo declive del dólar

Desde los años 40 del siglo pasado, el dólar norteamericano ha sido la principal moneda de reserva en el mundo. Desde entonces, está siendo profusamente usado como medio de intercambio y uni-

* Economista. Director Magíster en Economía de la Escuela Latinoamericana de Postgrados, Uni- versidad ARCIS. Miembro de la Red de Estudios de Economía Mundial, REDEM. Miembro del Grupo de Trabajo “Economía Mundial, Globalización y Economías Nacionales” de CLACSO y

El desarrollo de la crisis global y el futuro de la moneda mundial

dad de cuenta, y muchas naciones atesoran su riqueza en activos denominados en dólares, como los Bonos del Tesoro. De hecho, la acumulación mundial ha estado centrada en el dólar, y el comercio exterior de gran parte de las mercancías y los servicios es realizado en esta moneda.

El dólar, por ser la moneda de reserva más importante a nivel global, representa ciertos privilegios para el imperio estadounidense. Entre ellos están su acceso a préstamos más baratos que ayudan a mantener una alta demanda por sus bonos y, por tanto, bajas tasas de interés, así como el hecho de emitir dinero mundial que no genera inflación mientras no regrese a su economía. Este último privi- legio, que permite obtener riqueza e influencia en el exterior, es denominado ‘señoraje internacional’.

Es precisamente este privilegio, según Guglielmo Carchedi (2001, p. 103), el que está estrechamente vinculado a la función del dinero como depósito de valor, puesto que solo el dinero que mantiene su valor más o menos constante será usado como reserva. El tamaño del señoreaje estadounidense es significativo, ya que más de la mitad del monto total de dólares circula fuera del país.

Asimismo, la potencia norteamericana se apropia de valor de otras naciones que adoptan, por ejem- plo, la dolarización, oficialmente o no. Una cantidad de valores son exportados a la economía de ese país por un papel que no tiene un valor intrínseco. Si este dinero no es retornado a cambio de bienes o servicios de los Estados Unidos, representa una importación sin costo para dicho país debido al monopolio que posee en la emisión de la moneda mundial. Este es un privilegio o señoreaje muy peculiar: la posibilidad de pagar por valor real con un papel que no tiene valor intrínseco (Carchedi, 2001: 103).

Sin embargo, aquellos ‘privilegios exorbitantes’ de la moneda mundial han enfrentado una serie de problemas en las últimas décadas, especialmente a comienzos de los años setenta y a fines de los ochenta. Es así como, en ese primer lapso, las políticas estadounidenses de récord en los déficits fiscales, crédito barato y lo que Robert Brenner (2001) llamó “bening neglect” (benigna negligen- cia), condujeron a altos niveles de inflación, a nuevos récords en los déficit de cuenta corriente y en 1977-1978 a una corrida del dólar. Esta corrida amenazó su posición como moneda de reserva mundial por primera vez. Aquí aparece un trade-off que resurgirá una y otra vez: los exportadores estadounidenses necesitan una devaluación permanente para mantenerse competitivos, sabiendo que esta devaluación es una amenaza a la posición privilegiada del dólar y de esta forma a los propios beneficios del señoreaje internacional.

Durante gran parte de la década pasada, los Estados Unidos han luchado para mantener el valor del dólar, pero sin grandes éxitos. De hecho, el dólar se depreció en casi 33% entre 2002 y 2009 con respecto a las otras monedas mundiales. Además, la ‘Gran Recesión’ de 2007-2009 reveló de manera dramática las debilidades estructurales del sistema financiero norteamericano, así como de su eco- nomía, cuyo principal motor era el consumo financiado en base a deuda. En sus intentos por superar una crisis que amenazaba con convertirse en una profunda depresión, las autoridades de la Reserva Federal han comprometido trillones de dólares en ‘paquetes de rescate’ y en políticas de ‘relajamien- to cuantitativo’ (recientemente fue aprobada la tercera de estas políticas), por lo que las presiones inflacionarias han vuelto a resurgir y con ellas los temores de una depreciación adicional del dólar.

Antes de la crisis, todos los indicadores parecían señalar un rápido declive relativo del dólar como moneda de reserva mundial, pero en medio de las turbulencias financieras la estatura internacional

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del dólar no fue puesta en cuestión como muchos economistas pensaban. Más bien se reafirmó, de acuerdo a Benjamín J. Cohen (2009: 742). Tras el derrumbe de Lehman Brothers, los capitales globales se volcaron en masa otra vez al dólar en busca de un ‘refugio seguro’. Hacia fines de 2008, la demanda mundial de Bonos del Tesoro estadounidense fue tan intensa que las tasas cayeron por debajo de cero.

No obstante, Cohen, al igual que muchos otros economistas, soslaya el hecho de que dicha maniobra fue más bien una respuesta al fracaso del sistema global de reservas que no era capaz de asegurar en ese momento la suficiente liquidez internacional para llevar a cabo los intercambios de mercancías y los flujos de capitales, debido a la severa escasez de dólares. El acceso a los mercados inter-bancarios globales estaba muy restringido y los costos de acceder a dólares aumentaron enormemente. Las autoridades estadounidenses respondieron a este ‘congelamiento’ recurriendo al canje de dólares (swaps) con otros bancos centrales a escalas sin precedentes, y en montos ilimitados con los prin- cipales de ellos (Lee, 2010: 1). Este acontecimiento tendrá grandes implicancias no sólo para la propagación de la crisis a nivel global, sino además para las estrategias monetarias de países como China y Japón, que también deciden canjear sus monedas con otros bancos centrales, como veremos más adelante.

Dicha situación se reflejará en la posición internacional del dólar. En efecto, en el último trimestre de 2008 el dólar explicaba el 64,1% del valor total mundial de las monedas de reserva, cayendo en 2,7 puntos porcentuales a fines de 2010. Esta importante caída del dólar fue más pronunciada en el valor total de las monedas de reserva de los países desarrollados. Igual situación ocurre en términos de cantidad (Bagnall, 2011). Estos bruscos cambios, que aparecen de forma cada vez más recurrente, provocan que el futuro del dólar siga generando encendidas polémicas (Helleiner and Kirshner, 2009: 6-7), más aún ante la evolución del euro o la emergencia de otras monedas.

El euro tambalea con la crisis mundial

Es sabido que el euro fue introducido en 1999 con la clara pretensión de transformarlo en el verdade- ro retador del dólar después de los intentos fallidos del yen en los años ochenta. El euro es resultado de una alianza de Estados y su puesta en marcha suponía al menos tres cuestiones básicas: “primero, un Banco Central independiente con plenas atribuciones sobre la política monetaria y presidiendo a un mercado monetario homogéneo para los bancos; segundo, rigurosidad fiscal severa impuesta a través del Pacto de Estabilidad y Crecimiento; tercero, presión implacable sobre los salarios de los trabajadores y condiciones para asegurar la competitividad del capital europeo” (Costas Lapavitsas y otros, 2010: 36-37).

Por su parte, Carchedi (2001: 158) sostenía que “. . . una moneda única debería incentivar la com- petitividad y acelerar la integración de los mercados financieros europeos ahora liberalizados, ha- ciéndolos más profundos y líquidos y, de este modo, deberían potencialmente fortalecer el peso monetario de Europa en el mercado mundial”.

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diversas funciones que exige adquirir el rol de moneda mundial. Estos avances se apoyaban en el poder económico que tiene la zona europea, que incluye a los países del área euro y a aquellos que usan o fijan/coordinan sus tipos de cambio con el euro. La zona está compuesta por 27 países, cuyo PIB suma alrededor de 15 trillones de dólares en 2008, alcanzando un tamaño similar al producto de la economía de Estados Unidos. Por su parte, el área euro es el principal exportador global y sus mercados financieros han adquirido mayor profundidad y liquidez desde la introducción del euro.

Dado este tamaño y profundidad financiera, la zona euro ha creado una moneda capaz de ejecutar y actuar como unidad de cuenta para las transacciones internacionales, desafiando así al dólar.

Por lo mismo, al inicio de la ‘Gran Recesión’ el euro era la moneda más transada en los mercados mundiales después del dólar y el correspondiente mercado para los bonos denominados en euro estaba aproximándose en profundidad y liquidez a los bonos denominados en dólares (Galati and Wooldridge, 2009: 2). Desde su introducción, el euro incrementó su participación en el total de las reservas de divisas desde un 18,1% a 26,4% en 2008. De esta forma, la UE comenzó a aumentar su participación en los beneficios del señoraje internacional. Los ingresos por este concepto son, a su vez, compartidos entre los promotores de la moneda única de acuerdo con la participación de capital respectiva en el Banco Central Europeo (BCE).

Según The Economist, con la introducción del euro emergió un rival del dólar en todos los indicado- res económicos necesarios para convertirse en la nueva moneda mundial. Sin embargo, a pesar del tamaño de la economía que lo respalda y de las proyecciones de algunos entusiastas del euro, después de poco más de diez años la moneda única no ha podido alcanzar dicho sitial. Por ello, para muchos resulta un misterio la lentitud con que han ocurrido los cambios en las posiciones de las monedas mundiales.

De hecho, conviene señalar que, descontando las transacciones dentro del área euro, “en la actividad privada el euro no ha logrado mucho más que defender la posición de las monedas que reemplazó”, en particular del marco alemán que ya se había ubicado como la segunda moneda más importante del mundo. Tras un avance inicial rápido, desde mediados de los 2000 el uso del euro como moneda de reserva a nivel global prácticamente se estancó en torno al 26%. “Además, su crecimiento fue desigual: más intenso en la emisión de títulos de deuda pero apenas detectable en las operaciones de cambio” (Cohen, 2009: 748).

Tampoco el euro ha tenido éxito como ‘medio de intercambio’ (‘vehicle currency’) en el comercio mundial. Los países del bloque europeo usan el euro solo para el 30% de sus transacciones interna- cionales. En contraste, el 95% de los intercambios de Estados Unidos es realizado en dólares (Fields and Vernengo, 2011: 9).

Si bien la posición internacional del euro no se deterioró entre fines de 2008 y fines de 2010 (su participación en el valor total mundial de las monedas de reserva cayó apenas una décima en dicho lapso, de 26,4% a 26,3%), sufrió duramente los embates de la primera fase de la crisis global. Entre varias razones, destacamos la alta exposición de los bancos europeos a la titulación de los créditos hipotecarios y de otros activos que provocaron el colapso del sistema financiero norteamericano.

Como consecuencia, en el bloque europeo aumentó rápidamente el diferencial entre los bonos so-

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beranos de Alemania, tomados como referentes, y aquellos de los países de la periferia, con funestas consecuencias para estos últimos.

De esta forma, “el euro ha actuado como el mediador de la crisis mundial en Europa. Desde una perspectiva marxista, esto no es una gran sorpresa puesto que el euro es una forma de dinero mun- dial y no solo una moneda corriente” (Costas Lapavitsas y otros, 2011: 12). Pero el euro no está dise- ñado sólo para actuar como medio de pago y de atesoramiento en el mercado mundial (o como una moneda de reserva), sino además “sirve los intereses de los estados más poderosos que lo comandan así como a las grandes empresas financieras e industriales que lo desplegaron internacionalmente”

(Costas Lapavitsas y otros, 2011: 14).

En ese sentido, Alemania aparece como el gran ganador, la estabilidad del euro y su amplia adopción por las principales economías europeas facilitó la continuación de las exportaciones masivas alema- nas, no solo al resto de Europa sino también a los ascendentes países de Asia y América Latina. Claro que el éxito de la competitividad alemana descansa sobre todo en la ‘moderación salarial’, tal cual reconoce la propia Merkel. No podía ser de otra forma, puesto que con la adopción del euro, durante los períodos de crisis y de bajas rentabilidades, la manipulación monetaria (inflación, devaluación) está descartada, al igual que el ajuste de las tasas de interés para ganar ventajas competitivas para sus propios sectores empresariales.

En términos más generales, esto explica la constante presión sobre los salarios de los trabajadores y sus condiciones laborales para asegurar la competitividad del capital europeo en la economía mun- dial. Esta presión ha sido más intensa en los países centrales, generando excedentes en el norte y déficit en el sur. Eso no es todo, la flexibilidad laboral, los ataques a las pensiones, la desregulación de las profesiones y la privatización de los servicios públicos, han pasado a ocupar un lugar clave en los programas de austeridad impuestos a la mayoría de los países de la zona europea.

Tales soluciones ortodoxas han fracasado estrepitosamente, hundiendo a la UE en la crisis más grave y dramática de su historia. Durante el año 2012 ha entrado definitivamente a una nueva recesión, incluso antes de alcanzar el nivel máximo del Producto Interno Bruto (PIB) de hace cuatro años atrás. Hasta ahora, la defensa del euro se ha convertido en el principal objetivo de quienes defienden la integración europea a toda costa, incluso contra la propia democracia y los derechos ciudadanos.

Ya no se escucha el discurso de la irreversibilidad del euro, sino el rumor de una Europa sin euro, al menos tal cual existe hasta ahora.

La disputa entre el dólar y el euro. Visiones contrapuestas

Para la opinión ortodoxa el dominio del dólar continuará en el largo plazo debido a su fortaleza (Carbaugh and Hedrick, 2009). Lo más importante, es el poder de incumbencia de que disfruta el dólar, ya que como moneda de reserva hegemónica a nivel global posee una inercia considerable, posibilitada por las extensas economías en red. Además, los mercados financieros del dólar todavía poseen ventajas significativas sobre los mercados financieros del euro en términos de tamaño, cali-

El desarrollo de la crisis global y el futuro de la moneda mundial

Esta visión está sustentada en una comprensión del dinero como un simple activo que reduce los costos de transacción y que permite un eficiente funcionamiento de la economía de mercado. Se reconoce la necesidad de cualidades objetivas para que un activo pueda hacer las veces de dinero (divisibilidad, etc.), pero en última instancia para esta visión el dinero depende de la aceptación subjetiva de los participantes del mercado. Una vez que un activo particular se convierte en el medio de cambio dominante, la inercia conduce al mercado a adoptarlo como moneda de reserva y como unidad de cuenta, por lo cual la confianza de los actores del mercado es esencial, pero no así la san- ción del Estado, que sólo podría ayudar a su adopción masiva. Más bien, debe evitarse que el Estado en general –no se reconocen diferencias entre Estados– controle directamente la oferta monetaria, pues la presión política de los grupos de poder podría provocar emisión excesiva y la depreciación de la moneda.

Este planteamiento –denominado por Charles A.E. Goodhart (1998) el enfoque ‘metalista’– tiene como referencia una ‘economía nacional’, pero se hace extensivo en casi los mismos términos a la

‘economía internacional’. Así, el rol fundamental de una ‘moneda vehículo’ en el comercio inter- nacional es reducir los costos de transacción (Krugman, 1979). Con base en la confianza, su uso es acumulativo y la inercia conduce a que tenga una importancia creciente en la composición de las reservas extranjeras. Por lógica, una pérdida de confianza en la moneda dominante puede conducir a su substitución por otro activo alternativo, provocando una crisis monetaria.

Por el contrario, otras visiones ponen más el acento en el rol del poder económico y político para explicar la situación de una moneda. En este enfoque –denominado por el mismo Goodhart (1998) Cartalist o Chartalist– el dinero, en términos de sus funciones, es esencialmente una unidad de cuenta que permite que tengan lugar los cálculos, y de esta característica pueden adquirirse las otras funciones. Claro que este papel del dinero como unidad de cuenta sería justamente el reflejo del poder político para establecer un activo particular como la moneda en un sistema económico. En otras palabras, el dinero es resultado de relaciones sociales que están determinadas históricamente, y en la actualidad es en esencia ‘dinero estatal’. Importa más el poder del Estado que la confianza en los mercados para reconocer a un activo como dinero.

También en este enfoque encontramos la dicotomía entre ‘economía nacional’ y ‘economía interna- cional’, ya que si la existencia del dinero como unidad de cuenta resulta del poder político, lo mis- mo ocurre para el caso de la unidad de cuenta internacional. Como demuestra Jonathan Kirshner (1997), el Estado central o hegemónico manipula los mercados monetarios internacionales, controla los tipos de cambio o interrumpe el funcionamiento de los mercados financieros para supeditar a los países más débiles de la periferia. Además, al igual que en los mercados domésticos, el país hegemónico puede proporcionar créditos sobre una base internacional para promover la expansión de la demanda global. El definitiva, el hegemón no es sólo fuente de estabilidad global, actuando como prestamista de última instancia, sino también una fuente crucial de demanda global (Fields and Vernengo, 2011: 6).

En síntesis, más allá de las diferencias entre estas visiones, una apoyándose en la confianza y cre- dibilidad que tiene en el mercado y la otra en el poder que posee Estados Unidos como ‘hegemón monetario’, ambas apuntan a proyectar el dominio del dólar en el largo plazo. Con el desarrollo de la crisis actual, la estabilidad monetaria en la economía global no estaría en cuestión.

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