EMPAREJAMIENTOS EN LA NUEVA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN
1.3. Dinámicas de pareja en el contexto familiar español
El estudio de las parejas españolas en la actualidad debe contex- tualizarse dentro de los intensos cambios que han experimentado las familias en nuestro país. A pesar del retraso en los procesos de modernización social que han caracterizado a España (Gil Calvo 2015), nuestra democracia tardía, o el lento e inacabado estado del bienestar (Del Pino y Rubio 2016), el cambio que ha vivido la institución familiar a nivel interno y externo ha sido especialmen- te relevante, e incluso sorprendente, en lo referido a su rapidez e intensidad (Alberdi y Escario 2003; Cea D’Ancona 2007; Del Campo y Rodríguez 2008; Meil et al. 2015 o Ayuso 2019). En la actualidad, la tolerancia hacia ciertos comportamientos familiares aproxima más nuestro país a las regiones del norte de Europa que a las del sur (Ayuso 2020), aunque la transformación de algunas de estas prácticas familiares sea más lenta.
Diferentes sociólogos señalan que uno de los cambios más im- portantes que se han producido en la familia española durante los últimos 50 años se refiere a la formación y disolución de la pareja (Campo y Rodríguez 2008; Domínguez 2011).
Aunque aparentemente tengan poca visibilidad, estas trans- formaciones pueden observarse mejor si se compara con lo que ocurría algunas décadas atrás, atendiendo a aspectos como las di- ferentes formas de iniciar las relaciones de pareja, la mayor liber- tad de elección de sus miembros, las uniones entre personas del
Se propone añadir la pre- posición "a"
mismo sexo, los diversos tipos de cohabitación (prematrimonial, posmatrimonial y para toda la vida), las dinámicas más igualita- rias en el interior de las relaciones, o la mayor libertad y rapidez para dar por finalizadas las mismas. Todos estos cambios afectan a comportamientos muy arraigados tradicionalmente en la cultura familiar española pero cuya transformación viene avalada por un amplio consenso social (Ayuso 2020).
A diferencia de otros países como Francia o Estados Unidos, donde los procesos de emparejamientos y rupturas tienen una importante tradición sociológica,3 en España apenas existen es- tudios monográficos sobre este fenómeno con un carácter global y permanentes en el tiempo, más allá a las referencias a los infor- mes FOESSA hasta 1995. Desde la demografía se han hecho inves- tigaciones relevantes a partir de los censos y las encuestas de fe- cundidad (Castro 1999; Delgado 2007; Domínguez 2011); y desde la sociología debe señalarse la investigación pionera de Alberdi, Flaquer e Iglesias de Ussel (1994) sobre «Parejas y matrimonios», basada en la explotación de una encuesta del desaparecido Cen- tro de Investigaciones de la Realidad Social (CIRES) (1990), pero sin continuidad en el tiempo. Sí existen estudios sobre aspectos particulares de la vida en pareja, por ejemplo, el ensayo de Iglesias de Ussel sobre el noviazgo (1987), los diversos trabajos sobre las parejas de hecho (Alabart et al. 1988; Flaquer 1991; Meil 2003;
Domínguez y Castro 2013), el análisis de la nupcialidad y el matri- monio de Martínez Pastor (2009) e Iglesias de Ussel y Mari-Klose (2009), las nuevas formas de parejas (Rivas 2008), el papel de la sexualidad en las familias (Ayuso y García 2014), las investigacio- nes sobre las rupturas y el divorcio (Ruiz Becerril 1998; Solsona 2011), las parejas entre personas mayores (Sánchez Vera 2009,
3 En Francia desde que en 1959 el INED desarrolló la primera investigación a pa- rejas, centrada en matrimonios, esta encuesta se repitió en 1983 y más recientemente en 2014. La publicación de Monzon (2006) sobre La formation des couples resume muy bien estos trabajos. Por su parte en Estados Unidos los estudios se prodigan desde los años sesenta, en 1985 se publica la obra de Blumstein y Schwartz sobre American Couples. Money, Work, and Sex; en 2006 se llevó a cabo la National Coplues Survey, y en la actualidad se está realizando el llamado proyecto Stanford (2017) liderado por Rosen- feld y con varias encuestas sobre los procesos de emparejamientos a través de las TIC (How Couples Meet and Stay Together).
Sánchez Vera y Bote 2007), o las parejas homosexuales (Cortina 2016).
En la actualidad, ¿qué aspectos se deben tener en cuenta a la hora de contextualizar las parejas españolas? Las transformacio- nes de la vida en pareja inciden tanto en su formación como en su dinámica y disolución, alterando la linealidad y homogeneidad de épocas pasadas (Ferrándiz y Verdú 2004). Las parejas asisten a cambios en su entorno que afectan tanto a las normas sociales que las regulaban como a su contexto estructural. A nivel cultu- ral, el intenso proceso de secularización de la vida privada, sobre todo en los jóvenes (Elzo 2006), y el aumento de los niveles edu- cativos medios de la población, junto con la tendencia a valores posmodernos y de igualdad de género, tiene efectos sobre la pri- vatización de las relaciones y la alta tolerancia hacia su pluralidad;
aunque deben tenerse en cuenta las diferencias por generación.
Desde el punto de vista estructural, el mayor nivel de vida me- dio de la población y la expansión del sistema de bienestar, dismi- nuye la presión a las parejas sobre las funciones instrumentales clásicas que debían desempeñar a nivel intergeneracional en fa- vor de elementos de carácter subjetivo, sentimental y emocional.
Todo ello en un contexto cada vez más globalizado, con mayor movilidad geográfica familiar (García Moreno 2021) y con la ex- pansión de nuevas formas de comunicación y sociabilidad que generan nuevos códigos en las relaciones de pareja. No se trata tanto de estar solos o acompañados, sino del sentimiento subjeti- vo de soledad (Klinenberg 2014); ni de quererse mucho o poco, sino de demostrarlo en el día a día (Illouz 2009).
La formación de la pareja se ve influenciada por el alargamien- to de la esperanza de vida. Este fenómeno demográfico altera los ciclos familiares dando lugar a que se difuminen los tradicionales ritos de paso vinculados al emparejamiento y des-emparejamien- to. El proceso de formación, que habitualmente se reservaba casi en exclusiva a la juventud (a excepción de situaciones de causa mayor como el enviudamiento), en la actualidad tiende a alargar- se durante todo el ciclo vital debido a la mayor esperanza de vida y a la mayor probabilidad de rupturas. La posibilidad de romper la relación de pareja crece como consecuencia del aumento de las expectativas de convivir con la misma persona más años. El hecho
de vivir más tiempo con un aceptable nivel de salud contribuye también a que aumenten los deseos de emparejamiento, sobre todo si se da un entorno social apropiado (Ayuso 2018).
La experiencia de relaciones de pareja en los jóvenes comien- za muy pronto. La incorporación al mercado de emparejamientos y al mercado laboral que tradicionalmente se producía casi en pa- ralelo, en la actualidad se diferencia de forma muy significativa debido sobre todo al retraso de la segunda. La juventud como construcción social tiende también a alargarse, con una edad me- dia de emancipación que se aproxima a los 30 años (González Anleo 2021). En nuestro país, y a diferencia de la gran mayoría de países del centro y norte de Europa, esta situación tiene como consecuencia una alta convivencia residencial con los padres, en hogares muy flexibles y tolerantes para estas generaciones en comparación con las del siglo xx (Ayuso 2010). El efecto de esta emancipación tardía sobre las relaciones de pareja es la prolifera- ción de uniones sin convivencia que en otros países se identifican sobre todo con parejas Living Apart Together (LAT), pero que en España se refieren principalmente a noviazgos (Castro et al. 2008;
Ayuso 2012).
La ampliación de los procesos de emparejamiento a lo largo de todo el ciclo vital viene acompañada de un contexto en el que se tiende a diversificar las formas de comenzar y mantener las unio- nes. Se multiplican y difuminan los rituales para encontrar pareja y su formalización. Conceptos como el de noviazgo o pareja tien- den a redefinirse, dependiendo del sentido y de la multiplicidad de acuerdos implícitos a los que lleguen sus miembros. Son sobre todo los miembros de la pareja los que definen el tipo de relación que van a mantener, cuáles van a ser las normas de su privacidad y la existencia o no de líneas rojas en la misma. El tradicional control social existente sobre las relaciones de pareja no desaparece, pero se flexibiliza y disminuye de forma significativa.
Una de las características más relevantes en la formación de parejas en la actualidad es la llamada revolución de los mercados de emparejamientos como consecuencia del desarrollo de las TIC. La forma de conocer gente nueva y de relacionarse a través de redes sociales digitales y aplicaciones en línea da lugar a que convivan los tradicionales mercados de emparejamiento cara a cara con los
nuevos espacios digitales. Esta nueva ventana de posibilidades per- mite que se pueda acceder a conocer a mucha más gente a través de estos canales de forma rápida y sencilla. Conocer personas por Internet tradicionalmente ha estado condicionado por la brecha de edad y un sesgo de estigmatización social; sin embargo, el peso de ambos factores tiende a disminuir (Lasén y Casado 2014). El acceso de todas las generaciones a las TIC es cada vez mayor, tam- bién para las personas de más edad (McWilliams y Barrett 2014), lo que permite asimismo aumentar la sociabilidad a residentes en contextos más aislados y de todas las clases sociales.
Este crecimiento de las oportunidades de sociabilidad no se traduce automáticamente en nuevas parejas en el sentido tradi- cional, pero sí multiplica la diversidad y tipologías de empare- jamientos (Rosenfeld 2017). El hecho de tener acceso a nuevas formas de interacción y establecer contactos con más personas trae consigo el llamado coste de oportunidad, es decir, el decidirse a empezar una relación con una persona supone tener que des- cartar otras y eso crea la incertidumbre y ansiedad propias de la sociedad posmoderna al tener que elegir. Las relaciones se hacen más fluidas, líquidas y frágiles, redefiniéndose incluso el concepto de monogamia (Castrillo 2016). Surgen nuevas formas de cortejo exclusivamente virtuales, que conviven con las presenciales y una mezcla de ambas (Levitin 2020). Paradójicamente, esta explosión de interacciones dificulta la estabilidad de las uniones, dando lu- gar a lo que Fisher (2011) denomina el «amor lento», interpreta- do como que existan múltiples precauciones y se quiera conocer a fondo a la futura pareja antes de dar un paso hacia una relación más formal. La Encuesta de Fecundidad (INE 2018) señala como a una de cada cuatro mujeres mayores de 35 años sin hijos les gus- taría tenerlos, pero no lo hacen por no encontrar pareja estable, porcentaje que asciende hasta el 50% en hombres de entre 40 y 55 años (Esteve y Treviño 2019; Castro et al. 2020).
Otro de los rasgos que debe advertirse se refiere a la cultura del amor, en relación al ideario común compartido que legitima la formación y dinámica de la pareja. La imagen clásica de amor romántico enfatiza la idea comunitaria de las relaciones, la exis- tencia de un sentimiento mágico-religioso que conseguía la com- plementariedad de las dos personas de forma omnipotente e in-
destructible (Fisher 2007). En la sociedad actual, donde prima la exteriorización de los afectos y la importancia de todo lo emocio- nal, esta idea sigue estando muy presente —la llamada «utopía del amor romántico» (Illouz 2009)—, pero coexistiendo con otros tipos de amor, desde el amor individualista (Giddens 1995), has- ta el amor digital (Kaufmann 2013) e incluso el llamado fastlove, que tiende a identificar más el amor como un objeto de consumo (Illouz 2009). La investigación llevada a cabo en nuestro país por Castrillo (2016) entre jóvenes de 25 a 35 años desvela la impor- tancia que sigue teniendo el amor como construcción identitaria, pero con reticencias a una alta implicación emocional, a la prio- rización del yo y la tendencia a buscar fórmulas alternativas a la pareja monógama tradicional.
De forma paralela, la sociedad española también ha experi- mentado profundos cambios en las formas de vivir la sexualidad, entre ellos, la erotización de la vida cotidiana, interpretada como una mayor presencia de información, imágenes y mensajes de ca- rácter erótico-sexual, está cada vez más presente en una sociedad que busca continuamente nuevas formas de estímulo y atracción.
La sociedad española presenta una alta tolerancia a la existencia de relaciones sexuales sin compromiso, al respeto a la forma que tiene cada persona de vivir su vida sexual, y a la liberación de la sexualidad de la procreación (Ayuso y García 2014). El hecho de experimentar y acumular experiencias sexuales es percibido de forma positiva tanto en el caso de los hombres como de las mu- jeres. El desarrollo de las TIC posibilita la aparición de nuevas prácticas en línea como el cibersexo, el sexting, etc.
¿Qué es lo que ocurre en el interior de las relaciones de pare- ja? En la contextualización de las parejas españolas actuales tam- bién deben advertirse los cambios que se producen en esta esfe- ra, sobre todo si se analizan a nivel intergeneracional. Las nuevas parejas tienden a residir en hogares con un menor número de personas, aunque cerca de familiares por la importancia de las redes de apoyo (Requena 2011), y con un mayor equipamiento tecnológico. Se trata de hogares más liberalizados del peso de la tradición, donde a pesar de la propia socialización y cultura de sus miembros, tiende a primar su independencia y el desarrollo de una cultura de pareja propia a partir del llamado pacto conyugal
entre los mismos (Roussel 1989). Este pacto se refiere a cómo se asignan funciones y roles domésticos, a la comunicación en el seno de la pareja, a cómo se negocia la intimidad, y a cómo se ge- neran expectativas en la pareja a nivel interno y externo.
A pesar de que existen importantes diferencias por género en- tre hombres y mujeres en la participación doméstica y la corres- ponsabilidad en los cuidados, y que la mujer sigue siendo la que más implicación y tiempo dedica a estas labores, la tendencia es a un mayor igualitarismo, sobre todo entre las parejas más jóve- nes (Ayuso 2019). Las causas deben buscarse principalmente en el menor número de hijos, en la integración de nuevas tecnologías en el hogar y en la mayor incorporación de la mujer al trabajo extradoméstico (Ajenjo y García 2014). A pesar del incremento de la desigualdad con la llegada del primer hijo, la implicación masculina es clave en la decisión de aumentar la descendencia (González y Jurado 2015). En la actualidad, tienden a redefinirse las imágenes y la construcción social de la maternidad y la paterni- dad y esta es una cuestión que se realiza sobre todo en la interac- ción y el interior de la vida en pareja, emergiendo por primera vez la figura de padres intensos y corresponsables (Alberdi y Escario 2007).
Por último, otro factor que no debe pasar desapercibido y en el que se contextualizan las dinámicas de pareja se refiere a las rupturas. Históricamente, el proyecto de vida en común se asen- taba en la estabilidad alrededor de la economía, la unión de dos familias y los hijos. En España, en comparación con lo que ocurría en la década de los años ochenta, donde las rupturas de pareja eran escasas y sancionadas socialmente, en la actualidad, la socie- dad española es muy tolerante a la aceptación del divorcio con unos niveles similares a la media europea (Ayuso 2020). Las pa- rejas actuales apoyan sus relaciones sobre arenas movedizas mucho más flexibles, al basarse estas principalmente en los sentimientos y las emociones, convirtiéndose en uniones mucho más frágiles que las existentes en otras épocas. Por ejemplo, la probabilidad de la existencia de infidelidades aumenta con la multiplicación de la sociabilidad de ambos miembros de la pareja, lo que puede dar lugar a nuevos enamoramientos con terceras personas (Sahni y Jain 2018).
Muchas relaciones que comienzan de forma muy intensa aca- ban igualmente rápido, apareciendo el desamor e incluso las «re- laciones negativas» (Illouz 2020); en otras ocasiones, es el desgas- te de las uniones, las infidelidades, la pérdida de ilusión e incluso el deterioro del proyecto compartido, lo que perjudica a las pare- jas, de modo que la ruptura es una opción real durante todo el ciclo de vida. Un hecho característico de esta época es la mayor socialización de las nuevas generaciones en la ruptura; se trata de experiencias cada vez más habituales que experimentan tanto los padres o madres como los hijos, e incluso los abuelos, y que hacen que esta situación se viva de forma cada vez más normal y habitual. El efecto de la posibilidad de ruptura da lugar a un amor más líquido (Bauman 2005), en el que es muy importante cómo se sientan ambos miembros de la pareja, saber gestionar, sobre todo, los desacuerdos y estar preparados para un desencuentro emocional. Las parejas en el contexto actual, basadas casi exclu- sivamente en el amor, son más conscientes de la probabilidad de que pueda aparecer el desamor. Esta es una cuestión que se tiene presente desde el inicio de las relaciones y afecta durante todo su desarrollo, diferenciándose de forma significativa respecto al pasado.