El estado transitorio de inquietud subjetiva hace referencia al momento de duda en el que entra cualquier sujeto respecto a lo que él o ella es; es decir, es la división subjetiva en la que se moviliza un cambio en el sujeto de forma más consciente y cercana a lo que éste quiere ser. Aunque todavía no sea del todo consciente.
Los deseos son de la parte más íntima en el sujeto; los deberes corresponden a la responsabilidad civil que adjudica la sociedad, es decir, la moral, la cual permea todo sujeto por ser a su vez ser social.
La contrariedad existente entre el deseo y el deber generan conflictos internos si los dos se cargan con alta energía libidinal y si además se registran afecciones de forma directa y consciente en el yo. En el presente apartado se reconoce estas dos cualidades como parte fundamental en la instauración de una transformación subjetiva. La conceptualización se orienta principalmente desde la corriente Lacaniana y Freudiana. Y aunque en los dos existan ciertas diferencias, se ponen a dialogar las teorías con los que la presente investigación resuena.
Para Freud, el deseo es investido por la imagen mnémica de una percepción ya vivida, en cambio para Lacan la falta y el fantasma de la percepción ya vivida es lo que inviste el deseo (Laplanche, J., & Pontalis, J., B. 1996). El deseo se orienta por lo ya vivido, es decir, lo ya percibido, este elemento es para Freud determinante porque sin éste no puede darse de modo real ni de modo alucinatorio el deseo (García, C. 2013). Además, el deseo no hace referencia ni a las necesidades instintivas, ni a los anhelos, ni a las demandas, porque no está ligado a la naturaleza del ser vivo, sino al ser vivo que percibe, lo que anuda la pulsión y el goce. “Es porque hay lenguaje
que hay deseo, cuestión esta de suma importancia al apartar al deseo de lo puramente instintivo y situarlo en el inconsciente” (García, C. 2013).
Esta lógica anuda las apreciaciones de Lacan sobre el deseo, porque precisamente el significante determina el agujero, una falta, esa misma que vincula al goce, goce devenido de una pulsión. Tales cualidades se articulan con la postura de Freud, pues a partir de lo vivido puede experimentarse cierta satisfacción en el cuerpo que generará un deseo. Pero deseo no igual a lo ya vivido, sino de aquello que no se sabe qué es pero que se quiere volver a percibir. Es decir, es esa falta y fantasma del que habla Lacan, instaurado por el significante, el cual se inaugura desde lo ya vivido -Freud-. “Que el sujeto sepa lo que desea no significa que sepa por qué desea lo que desea” (García, C. 2013).
Lacan menciona que el deseo es algo articulado por el lenguaje pero no es articulable, no es decible. Por ejemplo, Laura habla de la siguiente manera para referirse a Carmilla, ese objeto- persona que desea: “ […] no tenía una idea clara acerca de ella, pero tenía conciencia de un amor que se convertía poco a poco en adoración, aunque al mismo tiempo en aborrecimiento” (Lefanu, S. 1872). Al expresar Laura que no tiene una idea clara, evidencia la imposibilidad de poner en palabras lo que es Carmilla para ella y por ende aquello que le provoca amarla, adorarla, desearla.
Y como el deseo anuda al goce en ciertos casos, bien puede generar sentimientos afables como otros de aborrecimiento, tal como le sucede a Laura.
Laura es el personaje que está siendo deborada afuera de su consciencia por la vampiresa Carmilla. Su deseo la lleva a ser lo que es para Carmilla. Carmilla quiere transformarla, y es éste personaje de figura vampírica el que simboliza el goce femenino dentro de la novela. Carmilla introduce a Laura a un nuevo gozar en su feminidad -y por ende más fuerza en su desear-. De ahí se explica que se genere en ella sentimientos afables como otros de aborrecimiento. Así como se
anuncia, el nuevo gozar no llega solo, se anuda el deseo, deseo que impele por transgreder leyes, como parte característica de sí.
Ahora bien, el goce es inconsciente, el deseo a su vez lo es porque se “articula de modo inconsciente que no podemos -según Lacan- hablar de sujeto en términos cartesianos -como substancia pensante- y hemos de utilizar respecto al deseo, la noción de sujeto del inconsciente”
(García, C. 2013). Tal deseo que es inconsciente es representado a su vez por la alegoría de Carmilla al comportar ciertas cualidades instintivas y pulsionales. Recuérdese que ella es vampiro, parte humana y parte animal. Carmilla representa ese deseo inconsciente, porque su parte animal y pulsional obedece a procesos inconscientes.
En relación con la lógica de Schopenhauer mencionada por García, C. (2013), la parte animal de Carmilla, que es su ser vampírico, la lleva a orientar su voluntad al servicio de la vida - supervivencia-. De ahí que su imperativo de alimentarse de sangre de humanos no cese. Sin embargo, los rasgos humanos que le integran orientan su voluntad al servicio de su vida como individuo.
Continuando, en el discurso de Laura dado en su relato escrito -la novela-, puede únicamente interpretarse las “[…] actitudes y tendencias inherentes al deseo, pero no se puede llegar a hacer explícito el relato particular del deseo […]” (García, C. 2013). Porque cuando se habla del objeto o de ese algo deseado, es cuando se intenta dar palabra a algo que de por sí ya está en falta. El deseo es el “ […] fantasma creado por la cadena significante que, lejos de basarse en la necesidad, se encuentra atorado en la falta” (García, C. 2013), falta concretamente en el deseo del Otro.
En este orden de ideas, Carmilla es también la representación de aquella dividida por el deber (imperativo vampírico y orden social) y el deseo (su subjetividad). Es ella la representación
de quien ya pasó en un primer momento por la división subjetiva, ya experimentó su estado transitorio de inquietud. De ahí se explica el antagonismo de Laura, pues es la representación de quien se encuentra en el estado transitorio de inquietud, precisamente aquella que (se) apenas está atravesando el periodo de división subjetiva.
Puede ejemplificarse con palabras de Laura la división subjetiva que se va inaugurando en ella: “Me pregunto si tú te sientes tan extrañamente atraída hacia mí como yo me siento hacia ti”
(LeFanu, S., J. 2014). No es por el hecho de que se sienta atraída por otra persona, y que haya ahí oculto un deseo. La división se inaugura con ese deseo, en especial por ser aquel que lleva a la transgresión de los cánones sociales victorianos - desde la homosexualidad, por ejemplo-. Laura se enamora de una mujer, comienza a desear a Carmilla. Es eso lo prohibido y lo que la lleva a entrar a una nueva forma de gozar. Se da entonces la disociación en la subjetividad devenida del conflicto de la nueva información presentada y sentida por Laura.
En relación con la conceptualización del deber, éste tiene su verbo alemán sollen que significa deber, por lo que ich sollen significa yo debo, como imperativo moral (Rengifo, J. 2006).
El deber que siente el sujeto deviene de su construcción de identidad. Con Aristóteles la identidad de cualquier individuo es orientada por la idea del bien ya que su deber como ser social es relacionarse bien con la ciudad (Rengifo, J. 2006). Es decir, hay ciertos cánones del bien de la ciudad que entran a orientar el accionar de los sujetos. El bien es el deber del sujeto y a su vez su responsabilidad. En este sentido el sujeto tiene el deber, “la obligación del respeto a la ley moral que no se origina en el sujeto sino que viene del exterior. La moral es objetiva y no subjetiva”
(Rengifo, J. 2006). El “debes es la forma pura a priori de todo imperativo moral” (Rengifo, J.
2006).
La moral instaura la división en el sujeto por tener que operar a la par con los significantes del susodicho. Es decir, tal como Rengifo, J. (2006) menciona en relación con Lacan, el sujeto es dividido porque debe pasar de un “sujeto del enunciado al sujeto de la enunciación”. El sujeto está dividido porque ya debe negociar entre su subjetividad y la demanda social que es el deber. En ese orden de ideas la Ley moral se implica en las construcciones subjetivas, porque la ley del deber le impela una resposabilidad al sujeto.
Ahora bien, desde el psicoanálisis “la responsabilidad del sujeto no es idéntica a la responsabilidad civil; […] la responsabilidad civil busca hacer del acto responsable un producto heterogéneo, común al colectivo, válido para todos” (Rengifo, J. 2006 parafraseando a Lacan), en cambio la responsabilidad de un sujeto está en su relación con las causas del inconsciente. El sujeto se le obliga a ser responsable de sus actos en sociedad por ser resultante de todos sus procesos psíquicos, incluyendo su inconsciente.
La división radical en el sujeto se da precisamente porque el inconsciente introduce el conflicto entre el sujeto de deseo y el sujeto de ley. El deseo es determinante en la fenomenología del sujeto porque le puede implicar sublevarse ante la moral para conseguir aquello deseado. Lo anterior puede complementarse con las palabras de Rengifo, J. (2006), quien a su vez argumenta desde Lacan refiriéndose de la siguiente manera:
“Al contrario, la responsabilidad del sujeto supone un extrañamiento, un acto de subversión, de “desobediencia civil” frente al imperativo categórico de una ley enunciada. La dialéctica del deseo implica una subversión del sujeto. Y es esta subversión lo que instala un imperativo categórico del goce”
Por esta razón la ética es determinante en el desarrollo del sujeto, porque le interroga su posición en relación con lo real, donde no únicamente existe él, sino también la sociedad con quien
debe negociar. Rengifo, J. (2006) introduce el postulado del psicoanálisis para decir que la ética es importante, “no solamente a nivel de la moral, sino también a nivel de la relación del sujeto con el objeto de deseo”. Un ejemplo es Laura, que lleva su deseo hasta las últimas consecuencias, incluso al precio de la muerte, pues no renuncia a Carmilla aún cuando ésta se implicaba en la sospechando de la razón de su languidez.
Laura comienza a descubrir nuevas formas de gozar y desear, la posiciona en un periodo de exploración de su libertad. En la tesis de Sade se propone la institución de pocas leyes para que el sujeto pueda realizar su libertad y por ende un nuevo nivel de goce en sí (Rengifo, J. 2006). El deseo de Laura por sus nuevos modos de explorar son generados, como ya se ha mencionado, por la presencia de Carmilla; se puede justificar de la siguiente forma en palabras de Laura: “pero la curiosidad es una pasión inquieta y sin escrúpulos. Y ninguna niña la soporta con paciencia, ni aguanta que su natural curiosidad encuentre rechazo por parte de otra” (LeFanu, S., J. 2014).
Carmilla es precisamente “el motor que estimula al deseo, el cual se basa en esa ficción que le impele a la búsqueda de esa -supuesta- satisfacción originaria que el sujeto imagina posible”
(Rengifo, J. 2006).
Carmilla es el personaje de terror por ser una vampiresa que puede poseer a un sujeto hasta llevarle a la muerte, hasta convertirlo en vampiro o por lo menos, dejarlo en una terrible enfermedad si antes se descubre sus visitas. Es precisamente el elemento del terror, y en específico terror al ser poseído, unas de las herramientas más asertivas en la literatura para comunicar y hacer sentir al lector lo que es estar poseído más allá del cuerpo, desde el espíritu. Quiere decir que si se es poseído en el espíritu, el ser que es poseído cambia, se convierte en un nuevo yo. Y es precisamente a eso a lo que muchos tienen temor: a la transformación -por ser lo desconocido-.
Los juicios sobre la identidad personal se articulan fuertemente con la continuidad de la moral. Por eso cuando las personas están bajo cambios socio-morales significantes, el resultado puede ser fácilmente el peor; es por eso que los traumas, trastornos y enfermedades no llevan al sujeto a mejorar su funcionamiento social sino en cambio a restringirlos (Jung, C., 1981). Pero la languidez en Laura, por ejemplo, no pudo incluso detenerla de seguir relacionándose con Carmilla y con los otros. Su deseo fue muy fuerte, tal como ella menciona, como para ceder a las fuerzas de su enfermedad. Y es desde ese punto con que su transformación puede germinar e iniciarse.
En Laura se evidenca una noción de acto, porque algo de toda la experiencia que ella relata sobre su relación con Carmilla muestra cambios trascendentales en su vida. Recuérdese que Lacan (1971, p. 57), citado por Muñoz, P. (2016), sitúa al discurso como el medio por el cual se formaliza el acto. La noción de acto es importante en el psicoanálisis, pues el acto tiene un valor que no permite al sujeto seguir siendo el mismo después de ese momento de la caída de la escena del Otro como objeto, el mismo que abre al sujeto la posición deseante. Es el pasaje al acto estructural el que muestra los movimientos en la constitución subjetiva. El sujeto pasa a un “soy”, es decir, el acto deviene desde su inconsciente que al verse develado le muestra su posición que ya no encuentra como propia, de allí el cambio, de allí la cualidad de acto, al dejar de ser lo que viene siendo. Ya no puede ser el mismo tras un acto.
Con todo lo anterior, Carmilla es la representación de aquella -o aquel- que no se queda satisfecha con la primera cosa o persona que le genera cierto placer. Ningún placer es pleno, solo llena alguna parte. Sin embargo hay algunos que o solo dejan muy vacío, o medio llenan. Es a esa razón que Carmilla es de las representaciones más espléndidas, por mostrar en múltiples formas la fenomenología de la femenidad -siempre tan insaciable- desde su forma particular como sujeto. Es
aquella en que la división subjetiva se ha dado y se viene dando. Aquella que tiene un nuevo modo de gozar, porque prioriza su responsabilidad subjetiva ante la responsabilidad civil.
Es por tanto Carmilla en su alegoría del arquetipo vampírico -de la transgresión- la representación del goce femenino, porque es insaciable, siempre buscando aquello que no hay.
Aunque sus atisbos sean dados precisamente desde la movilidad que le da ese no saber, esa inexistencia de aquello que se quiere sin saber qué es en propiedad. Pero es el lenguaje el que permite articular lo que se quiere. Sin embargo aunque se articule sigue siendo inarticulable. No se puede decir lo que se quiere salvo algunas claves que procuran la movilización del sujeto para que no se estanque. Aquella que entra en un nuevo modo de gozar es porque trasgrede las prohibiciones, usualmente establecidas por la moral, las leyes de la responsabilidad civil. Aquella que tiene un nuevo modo de gozar es porque sigue su deseo, se orienta por él, aunque su deseo sea en principio inconsciente. Hay una huella mnémica que bulle por ser nuevamente percibida, aunque no esté.
Parece en ese orden que uno de los deseos más profundos del ser de Carmilla es el ansia de la transformación, no solo en sí misma sino de propiciarla en el otro. Carmilla encuentra en Laura un potencial transformativo de sí, un potencial en Laura que le permitirá a ella develar más capas de lo que ella es, y no quedarse con la que le ha revestido la sociedad. Carmilla transgrede lo que Laura es implantando la duda en ella desde el modo más natural, más cercano a su naturaleza como animal y como sujeto hablante: la atracción sexual e intelectual. Carmilla enamora a Laura, se da desde una atracción compartida entre las dos. Carmilla por el ansia insaciable -su goce femenino- de transformar aquello que quiere por no ser pleno en su forma para ella.
Presagio del mito vampírico: sobre la emancipación femenina
Las mujeres han sido oprimidas a lo largo de toda la historia en el sentido de que el hombre ha abarcado en su gran parte, el poder sobre la humanidad. Los discursos de las mujeres solo después de finales del siglo XVIII comenzaron a pronunciarse aún cuando la muerte era su castigo.
Aún en la sociedad victoriana -siglo XIX en donde se sitúa la novela- se seguía cohibiendo a las mujeres por medio de la opresión, de la imposición de moralismos muy rígidos, en especial para ellas. En la novela Carmilla se evidencia un gran ejemplo de la época y de la crítica a ésta. Uno de sus elementos es la enunciación de la germinación de la emancipación femenina, cualidad de transformaciones sociales que resalta la presente investigación.
Los moralismos no afectaron únicamente las voluntades y las conductas de las mujeres en especial, sino que calaron hasta las profundidades de su subjetividad. Fueron afectadas por la presión ejercida sobre ellas. Incluso el efecto todavía es latente en la sociedad actual, aún con los cambios presentados en la política y la posición social de la mujer. La configuración de la psique de las mujeres ha sido a lo largo de su historia tan oprimida, que difícilmente se puede zafar de sus raíces en dos siglos y medio, aproximadamente.
En la actualidad puede verse que aún con todas las leyes que respaldan a las mujeres, algunas de éstas todavía insisten en permanecer supeditadas a la palabra del hombre o de la familia.
Persisten por orientarse con la Ley del corazón, esta que excluye de la relación con el objeto amado, la voluntad propia (Gallo, H., Jaramillo, B, A, M., Darío, L, R., & Ramirez, O, M, E.
2010). Esto quiere decir que los cambios que deben darse respecto a las opresiones, ya no deben darse únicamente en las políticas sociales, sino en el sujeto como tal. Porque es allí donde se ha enraizado la afección, y es desde donde todos los días en muchas mujeres se cultiva y se promueve inconscientemente la posición de sumusión.
Las mujeres han sido muchas veces la esposa infante -palabra que del griego significa no poseer palabra-. Es decir, son aquellas a las que se les ha retirado el estatuto de sujeto de pleno derecho, para pasar a ser sujeto al servicio del otro -la familia o el esposo-. En la época victoriana era de tal modo, y todavía en la actualidad existe, llamándose coloquialmente a este tipo de familias como machistas. Pero, en pleno siglo XXI, con todas las leyes de protección a la mujer, ¿por qué sigue existiendo este fenómeno? Hay que tener presente que los mecanismos psíquicos no son iguales a los mecanismos sociales ni mucho menos los legislativos, que una vez en letra, ya se dan por hecho.
Retomando la obra, el personaje Carmilla es cobijada por Laura y su papá en el castillo principalmente por la razón de la moralidad religiosa de su época, referida al brindar cobijo a quien lo necesitase. Las mujeres eran las que se encargaban de la casa, quienes solían arreglarla o si en su defecto eran de carácter aristocrático-burgués, se dedicaban a dirigir las acciones de sus sirvientes. Se escargaban de brindar comodidad a sus húspedes, por ejemplo. Carmilla era una invitada; Madame Perrodone en lugar de la madre de Laura ya fallecida, era entonces quien se encargaba del castillo. En la actualidad sigue aconteciendo algo similar: las personas que hacen el aseo, preparan el alimento y se encargan de las labores de casa son en su mayoría, mujeres.
Para entender porqué continúa cierta lógica desde la época victoriana hasta la actualidad y desde dónde se genera, conviene revisar aspectos psicológicos que revisten a los sujetos, en especial a las mujeres. Los fenómenos psíquicos que acontinuación se nombran permiten entender la situación y naturaleza de un sujeto, y además faculta una mejor orientación en intervención.
Los autores Gallo, H., Jaramillo, B, A, M., Darío, L, R., & Ramirez, O, M, E. (2010) mecionan que la mujer aspira a asegurarse la insignia del varón y del amor puesto que tienen un valor fálico y por ende, hacen a la persona admirable y merecedora de amor. El valor fálico refiere