CAPÍTULO 1: MARCO TEÓRICO
1.2 El conflicto de pareja
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emergente; de las fuerzas promotoras del cambio y de aquéllas que al verse afectadas lo obstruyen; de las nuevas instituciones que surgen y se consolidan en el proceso de cambio (hibridación cultural). Por ello, en la noción de modernidad se combinan las concepciones de la sociedad en proceso de transformación, de sus fases y del sentido del cambio de los protagonistas (consideradas, según sea el caso, como fuerzas transformadoras o fuerzas obstructoras); y el lugar del saber (en particular la ciencia y la tecnología o las ideologías) en proceso de cambio (Andrade, 1998).
Las acepciones de lo que se entiende por modernidad dependen de la forma de intervención de los grupos promotores de la transformación -los modernizadores-, los grupos ligados al “viejo orden” -los tradicionalistas, conservadores o reaccionarios- y la generación que emerge de la transformación- los modernos (Andrade, 1998).
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1.2.1 Definición, causas y características. En general, al conflicto en la pareja se le asocian connotaciones negativas (Meza, 2010), para Bartos y Wehr (2002) en el conflicto, la emoción más importante es la hostilidad. Coser (1956), afirma que los sentimientos de amor y hostilidad se intensifican con el incremento de la interacción. El conflicto de pareja manifiesta estados de tensión que para liberarse de ellos se ejercen estrategias donde se despliega poder, en donde algunas veces se llega a la violencia.
Así, el conflicto de pareja se tiende a asociar a la violencia (Meza, 2010; Hurtado y cols., 2004; Velarde-Serrano, 2004; INEGI, 2003). De acuerdo con Meza (2010) los despliegues de poder se desarrollan por cada parte con miras a establecer, entre otros, sus deseos, necesidades, gustos, intereses e ideas. Es decir, en el conflicto se usan tácticas, estrategias, o como lo plantea Foucault (1988) acciones sobre la capacidad de actuar posible, actual o futura de la otra persona, lo que remite al ejercicio del poder.
El conflicto de pareja es común y tiene consecuencias individuales y sociales (Meza, 2010). Coser (1956) asevera que las relaciones íntimas que involucran la totalidad de la personalidad de quienes participan, entrañan motivaciones convergentes y divergentes; a relaciones más cercanas, conflictos más intensos. Así, al conflicto en la pareja se le adjudican resultados adversos, al sabotear el bienestar de los individuos e incurrir en altos costos sociales y financieros, ya que los individuos deben redefinir o cambiar de lugar y canalizar buena cantidad de sus energías mentales; mermando invaluables recursos en la comunidad (Green, 2008).
De acuerdo con Meza (2010) el conflicto se entiende como el proceso en que dos o más entidades en desacuerdo defienden los límites que consideran transgredidos en su interacción. Específicamente, en la pareja, el conflicto se desencadena ante tres factores necesarios: (1) lo que subjetivamente se define como un límite transgredido, (2) que causa suficientes emociones incomodas y desequilibrio en la persona o en la relación, que dan paso a (3) ejercer estrategias para controlar la contraparte de modo que se ajuste a los límites propios.
Además, la manera como se encara el conflicto en la pareja tiene una importante repercusión modeladora en su progenie (Martín, 2006), tanto en el plano psicológico como en el cognitivo. A la progenie le llevará a reproducir algunos de éstos patrones en su futura vida de pareja, asimismo le puede generar depresión y comportamientos
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antisociales; autoinculpación y angustia (citado en Meza, 2010). Esto es consistente con la teoría del aprendizaje social de Bandura.
En cuanto a los factores que influyen en las prácticas del conflicto de pareja, Meza (2010) concluye que el comportamiento de las personas en el conflicto está influenciado no sólo por las motivaciones sociales, sino también por las cogniciones sociales.
Aunque las personas pueden responder de manera diversa, el cuándo, el dónde y el porqué deciden expresar a los otros su insatisfacción (u omitirla), ello está fuertemente influenciados por cómo construyen la situación y por el perfil de las personas involucradas.
Sillars y cols. (2000) dicen que en términos generales, el curso del desarrollo del conflicto se da en la interacción de los pensamientos subjetivos y lo que se habla.
Proponen que la percepción es una dinámica central en el conflicto. Aunque hablar puede propiciar la solución de problemas, también puede escalar el conflicto.
También, se ha argumentado desde el feminismo cómo se enmarca el conflicto de pareja, materializado en forma de coacción. Katz y Myhr (2008) señalan que cuando el hombre ejerce coerción sexual sobre la mujer existen patrones verbales más destructivos en el conflicto y mayor pobreza en la satisfacción. La coerción verbal de tipo sexual concurre con otras formas de agresión no física y es una instancia específica de patrones generales mal adaptados del conflicto, caracterizados por la dominancia del hombre, el poder y el control. Bajo el argumento feminista, Kim y Emery (2003) concluyen que existe una correlación positiva entre el conflicto y la violencia en la pareja por la división del trabajo. Además, se señala que este tipo de conflicto tiene una relación con la estructura de poder en el matrimonio y con las normas de consenso (aquellas que definen quien tiene el derecho de decidir). Los autores aseguran que está altamente correlacionada la violencia, del esposo o la esposa, en familias con dominancia del hombre; explican que este, cobijado en la estructura autoritaria, es la cabeza de familia y quien toma las decisiones esenciales, mientras la mujer está obligada a cumplirlas. Si la esposa no satisface el rol, la violencia se justifica.
Los estudios que hablan sobre el conflicto de pareja manifiestan una diversidad de perspectivas de abordarlo y que pueden llegar a resultados a veces contradictorios. Sin embargo; incitan a acercarse al tema estudiando la perspectiva (cualitativa) de los
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diversos sujetos implicados y en su complejidad bajo su contexto específico (Meza, 2010).
El conflicto (desde una visión general) es un fenómeno omnipresente en la vida social y una de las categorías analíticas de mayor aplicación. De acuerdo con Meza (2010) la definición y el interés sobre él dependen, en gran medida, de las diferentes perspectivas teóricas con las que se enfoque. Por ejemplo, la rama de la psicología clínica lo relaciona con factores internos y lo estudia para fines terapéuticos (Hurtado y cols., 2004; Parra, 2007; Valor-Segura y cols., 2010), la bioquímica lo asocia a cuestiones hormonales (Kaiser y Powers, 2006), la educación estudia su proceso y lo usa como medio para el desarrollo cognitivo (Johnson y Johnson, 2009) y la sociología lo ubica en un lugar central, al considerarlo uno de los fenómenos fundamentales de la disciplina, estudiando las conductas conflictivas observables (Álvarez, 2004; Coser, 1956; Darhendorf, 1963; García y cols., 2006; Rex, 1985; Tejerina, 1991).
En este trabajo de investigación se entiende que los conflictos en las relaciones humanas no emergen espontáneamente de la nada, sino que nacen de la complejidad conformada por un conjunto de factores predisponentes. Algunos derivados de las características psicológicas de las personas y de su interacción: y otras de circunstancias facilitadoras exógenas, asociadas a la dinámica del entorno en que se desarrolla la relación (Meza, 2010).
También, se comparte de la idea de que en el conflicto haya agentes socioculturales. Bajo la perspectiva de Kriesberg (1998), se encuentra que entre los factores que influyen la concurrencia del conflicto están: divergencia de ideales, creencias o valores; competencia por la distribución de recursos escasos; divergencia de intereses o metas; características de los adversarios; relación entre los adversarios;
contexto social, relaciones de poder; hostilidad; y finalmente, la estructura social.
La hostilidad se ha señalado como un factor relevante en el conflicto (Meza, 2010). Coser (1956), asevera que una condicionante para que los sentimientos de hostilidad lleven al conflicto, es la inequidad de la distribución de los derechos que se consideran legítimos (frecuentemente de poder, riqueza o estatus).
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De-Dreu y cols. (2008), encuentran que el conflicto aparece en estructuras simétricas y asimétricas. En algunos conflictos existe la parte defensora quien quiere mantener el estado actual, mientras la opositora pretende cambiarlo.
Los conflictos, frecuentemente, se distinguen por la forma como se conducen (negociación, guerra, lucha prolongada o corta) (Meza, 2010). De donde Kriesberg (1998) destaca dos dimensiones; el grado de regulación y el nivel de severidad. La regulación comporta reglas sobre cómo conducir el conflicto y los procedimientos para asentar la disputa, lo que se logra con la institucionalización de las reglas expresadas en las tradiciones o reforzadas por sanciones. Las reglas son bastante efectivas si los participantes están de acuerdo con ellas y las legitiman, de tal manera que si las violaran les harían sentir culpables. El grado de severidad del conflicto está determinado por el grado de maltrato sufrido por las partes involucradas. El maltrato puede ser desigual, prolongado, unidireccional o auto-infringido, se puede extender a quienes no están involucrados en el conflicto y puede ser derivado de coerción violenta o no, física o psicológica. La severidad con que se conducen los conflictos se afecta por el grado de regulación, aunque no la determina. Generalmente, la regulación del conflicto tiende a disminuir su severidad (Meza, 2010).
1.2.2 Tipologías del conflicto. De acuerdo con Gottman (1995), las creencias ortodoxas de que la compatibilidad es indispensable para la felicidad conyugal y la reducción del conflicto es decisiva para salvar un matrimonio, según los estudios citados por este autor, es un mito. Lo que determina el bienestar de una pareja es el balance entre las interacciones emocionales, positivas y negativas; que los buenos momentos sobrepasen los malos; lo que importa es el saldo global.
El autor describe tres tipos de matrimonios según su modalidad de enfrentar los conflictos: convalidante, explosivo y evitador del conflicto. Gottman (1995) alerta sobre 5 formas de negatividad peligrosas en el matrimonio, por su poder destructivo: la crítica, la defensividad, el desdén y el amurallamiento (encierro y aislamiento).
Por otro lado, el conflicto de acuerdo con Meza (2010) se puede clasificar según su origen, resultado y estrategia. Por las estrategias utilizadas, Bartos y Wehr (2002)
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apuntan que los conflictos son coercitivos o no coercitivos. Los coercitivos utilizan violencia física y/o simbólica (infundiendo miedo, vergüenza, culpa, etc.), provocan el debilitamiento del oponente, forzándolo a hacer lo que no quiere. Entre los no coercitivos se encuentra la persuasión, donde se hace ver al oponente las ventajas de tomar la acción deseada: y la recompensa, donde se incrementan las retribuciones del oponente (Meza, 2010).
Por su resultado, el conflicto puede localizarse entre el continuo constructivo- destructivo (Kriesberg, 1998). Los conflictos se conducen destructivamente si son severos, existe daño derivado de la coerción, violencia, hostilidad basada en valores y creencias sobre el enemigo, amenaza la sobrevivencia de los miembros de alguna entidad o perpetúan la pugna. También si imponen resultados unilateralmente, sin miramientos a los intereses o necesidades de la parte a la que se impone: por lo que esa parte se ve como oprimida y despierta sentimientos de revancha. Los conflictos manejados constructivamente se logran con persuasión y/o promesas de beneficios. En ellos, las partes adversarias se reconocen como entidades legítimas y no amenazan la existencia de la otra. Interactúan para resolver el problema que enfrentan bajo un esquema aceptable para ambas. Promueven la relación donde futuros conflictos se resuelven constructivamente. Estas acciones pueden ser llevadas por una o las dos partes y en diferentes grados.
En cuanto a su origen, los conflictos se pueden dividir en realistas y no realistas (Coser, 1956): paralelos a los llamados racionales y no racionales (Bartos y Wehr, 2002). Los realistas surgen de la frustración a demandas específicas dentro de la relación y donde los participantes estiman sus ganancias, buscan resultados específicos que pueden ser permutados por modos alternativos de interacción con la contraparte, si tales alternativas parecen ser más adecuadas para el fin previsto. Los no realistas no son ocasionados por el antagonismo con el rival, sino por la necesidad de liberación de tensión de uno o ambos. Por tanto, no buscan resultados específicos, de modo que el rival puede ser sustituido por cualquiera que sirva como blanco y están ligados a la hostilidad.
Velarde y Serrano (2004) en su investigación señalan otra tipología que tiene que ver con: conflictos asociados con compartir espacios con otras personas, conflictos
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asociados con diferencias socioculturales, conflictos asociados con rasgos de personalidad, conflictos asociados con rasgos de mentalidad y conflictos asociados con intereses, objetivos o proyectos individuales.
Finalmente, otra tipología del conflicto señalada por Restrepo (2005) consiste en varios tipos: interpersonales (por ejemplo, los conflictos de pareja), internacionales, organizacionales e intergrupales.
1.2.3 Modelos del conflicto. Kriesberg (1982) concibe el conflicto como un proceso cuyas etapas son: (1) Emergencia, cuando los posibles adversarios llegan a creer que lo son porque desean metas incompatibles; (2) escalamiento, donde las partes comienzan a perseguir sus metas (incompatibles), se caracteriza por el incremento de la intensidad del conflicto frecuentemente con coerción; (3) de-escalamiento, es una transición a una reducción del antagonismo; (4) asentamiento, aquí pueden aparecer intermediarios para negociar constructivamente, donde se pueden originar nuevas formas de interactuar.
Las respuestas ante el conflicto también se han modelado. Kammrath y Dweek (2006) resuelven que las respuestas al conflicto son: (1) negligencia; con respuestas de enojo indirecto. (2) Abandono; amenazando o dejando la relación. (3) Lealtad: con aceptación, perdón y cesión. (4) Expresión: comporta encarar directamente el problema, discutiendo sentimientos y soluciones posibles. Los autores afirman que los patrones de respuesta a los conflictos tienen implicaciones en el futuro de la pareja. Similar al modelo anterior, De-Dreu y cols. (2008), se apegan a las siguientes tácticas de solución del conflicto: (1) competencia, consiste en enfocarse en imponer a la otra parte el deseo propio: con amenazas, engaños, argumentos persuasivos e imponiendo obligaciones. (2) Evitación, se intenta reducir la importancia del asunto y pensar en él. (3) Cesión es una táctica orientada a aceptar e incorporar el deseo de la otra parte, involucra concesiones, promesas unidireccionales y ofrecer ayuda. (4) Solución de problemas, concierne a satisfacer lo más posible, tanto las aspiraciones propias como las de la otra parte, involucra intercambio de información de prioridades y preferencias, mostrando entendimiento y compensando entre cuestiones importantes y no.
37 1.2.4 Conflicto de pareja y pobreza.
“Las parejas donde tienen lugar (o se reconoce) un mayor número de actos de violencia pertenecen al sector popular, el maltrato a los hijos/as también es más acentuado en los sectores populares (García-Oliveira, 2006).”
Durante los años 60´s y principios de los 70´s la discusión sobre la pobreza estuvo centrada en la marginalidad. Esta perspectiva enfatizaba cómo las limitaciones macro estructurales al desarrollo imponían dicho resultado social. La expresión “clase marginada” fue utilizada por primera vez en 1963, para señalar los peligros de la desindustrialización que llevaría, probablemente, a que grandes sectores de la población quedaran desempleados y sin posibilidad alguna de reubicarse en el mercado de trabajo.
Tal cosa sucedería no por deficiencias morales de esos sectores, sino lisa y llanamente por la falta de oportunidades de empleo para quienes lo necesitaran y los buscaran. Y no sería la consecuencia, tampoco, del fracaso de la ética del trabajo en su intento por estimular a la población; sería la derrota de la sociedad en general para garantizar a todos una vida acorde con los preceptos de aquella ética (Bauman, 2000). Se pueden detectar a su vez, dos vertientes dentro de la perspectiva de la pobreza centrada en la marginalidad. Una, relacionada con diversas acepciones de la teoría marxista, centraba su análisis en los procesos de dependencia y en cómo los mismos generaban desigualdades intra e inter nacionales en la región. Desde esta perspectiva, la incorporación dependiente de las economías latinoamericanas, caracterizada por un creciente deterioro de los términos de intercambio, producía una división del trabajo internacional que generaba una posición de desventaja para la región (Zaremberg, 2005).
Con distintos matices y de acuerdo con los procesos regionales de modernización de las relaciones del trabajo (Rocchietti, 2000), las situaciones de pobreza en el continente americano pueden ser distribuidas en tres categorías: pobreza integrada, pobres en condiciones de vulnerabilidad y pobres desafiliados o marginales (Castels, 1997). En la primera categoría están los que poseen trabajo estable y desenvuelven vínculos sociales sostenidos o pertenecen a comunidades rurales donde prevalecen los lazos de parentesco; los pobres vulnerables son aquéllos que se mueven dentro de condiciones de empleo precario y relaciones familiares sociales frágiles y los pobres
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marginalizados no tienen trabajo ni relaciones sociales que les brinden soporte. En esta última situación, señala Castels (1997), se encuentran los vagabundos, los ex presidiarios, los enfermos mentales, personas en drogadicción, etc. Castels (1997) puntualiza que la marginalidad es el efecto final de un proceso que corresponde a una forma de existencia de grupos y de individuos expulsados del círculo ordinario de los intercambios sociales. Según Rocchietti (2000), los expulsados del trabajo en la ciudad tienen un potencial anómico que sólo es compensado (y no siempre) por el trabajo de otros miembros de la familia, especialmente el trabajo femenino. Castels (1997) señala que emerge, en nuestros días, una nueva marginalidad derivada de las nuevas condiciones del aparato productivo, de la fragilización de la estructura familiar y de la crisis de la cultura obrera. Los nuevos como los viejos marginales están amenazados por la descalificación, la pauperización y el poco acceso a la cultura o deculturación (Castels, 1997). Desde esta clasificación y para esta investigación se toma en cuenta la pobreza integrada y los pobres en condiciones de vulnerabilidad.
Desempleo o inestabilidad laboral, además del bajo nivel de ingreso, produce efectos en los vínculos de pareja, y en la familia monoparental (muchas veces) se encuentra normalmente la madre sola quien sufre de fuertes presiones emocionales que repercuten en la crianza de los hijos; bajo nivel educativo de los padres, asociado a limitaciones en las aspiraciones sobre el futuro del hijo; alta densidad familiar y vivienda inadecuada, que reduce el nivel de calidad de vida; calidad del vecindario de alto riesgo social con situaciones de violencia, drogadicción, alcoholismo y exclusión social ya que hay imposibilidad de acceso a situaciones enriquecedoras para el desarrollo intelectual (Anzola, 2008).
Barrig (1982) señala que un ambiente de precariedad económica conlleva a la frustración (antesala de la agresión) siendo esto una constante. El resultado sobre la persona será una pérdida de la autoestima y una baja valoración de sí misma, así como un constante estado de ansiedad. La madre de familia, sometida a muchas tensiones, transmitirá a sus hijos sentimientos de ansiedad permanente que, a su vez, originarán en el niño inseguridad y sensación de desamparo; unido a la madre por lazos de dependencia, el niño estará incapacitado para responder a la frustración que la conducta materna le ocasiona y expresará su agresividad con su cónyuge cuando llegue a la edad
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adulta (Rotondo, 1980). En la mujer cohabitante está siempre presente el riesgo de abandono del marido, generalmente el principal proveedor económico de la familia. En el hombre, en cambio, se manifiesta una gran dosis de inseguridad personal que lo hace restringir constantemente las actividades de su esposa fuera de la casa o del barrio (Barrig, 1982).
Para Barrig (1982) el padre para los hijos de una familia en situación de pobreza tiene pocos contactos emocionales con sus hijos, la comunicación que se establece entre ellos se traduce generalmente en órdenes que el padre imparte. Socializado en que ocuparse de la casa y los hijos es “cosa de mujeres”, el marido no suele preocuparse por el desarrollo psíquico o intelectual del hijo; su crianza depende casi exclusivamente de la mujer. El fenómeno del “padre ausente”, identificado por Lewis (1961) como uno de los rasgos de la cultura de la pobreza, se refiere no sólo a ausencia física sino psicológica del hombre dentro de su hogar y estos casos se suelen presentar en las familias en situación de pobreza (Barrig, 1982).
Barrig (1982) señala que las circunstancias sociales que parecen naturales en un ambiente de clase media o alta como salidas al cine, comidas fuera de casa, visitas a amistades, etc., casi no tienen equivalente en una familia en situación de pobreza. Barrig (1982) podría asegurar que ahí no existen canales de “oxigenación” para las relaciones interfamiliares, tanto más necesaria en un ambiente de necesidades insatisfechas, de frustraciones y tensión por la frecuencia de enfermedades, riñas y escasez. Finalmente Barrig (1982) remata señalando que una situación de pobreza es la desventaja más grande en el mantenimiento de la armonía conyugal, origen de la mayoría de las peleas y discusiones.
Finalmente, Barrig (1982) argumenta que una situación de pobreza es la desventaja más grande en el mantenimiento de la armonía conyugal, origen de la mayoría de las peleas y discusiones. Por eso, para Barrig (1982) lo que está en la base de la inestabilidad de las relaciones conyugales, cuando ésta se presenta, además de la edad temprana es la pobreza. Pero afirma que no cualquier pobreza sino aquella de los migrantes con mayores dificultades para integrarse al mercado capitalista de trabajo como un trabajador manual y sobreviven oficios que encubren el desempleo; aquéllos para quienes el desarraigo cultural y la pérdida de su identidad social con su comunidad