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El género en disputa de Judith Butler

ni las mujeres ni la literatura

La segunda razón por la que las teóricas olvidaron la cuestión de las mu- jeres y la escritura fue la influencia de Judith Butler. Apenas un año des- pués de que Kamuf y Miller concluyeran su diálogo un tanto alicaído, casi posfeminista, Butler publicó su inmensamente influyente El género en dis- puta. Impugnando la categoría misma de “mujer”, Butler argumentó que más bien debemos hablar del género. El género, además, era un efecto per- formativo de las estructuras de poder heterosexistas y heteronormativas.

16 “Me parece absolutamente acertado tomar partido en contra de los discursos del esencialismo... Pero estratégicamente no podemos hacerlo. Incluso cuando hablamos de una práctica feminista, o de privi- legiar la práctica por encima de la teoría, estamos universalizando, no sólo generalizando sino univer- salizando”. Gayatri Chakravorty Spivak, “Criticism, Feminism and the Institution: With Elizabeth Gross” (énfasis en el original).

17 Spivak reforzó su crítica al “esencialismo estratégico” en “An Interview with Gayatri Spivak: With Sara Danius and Stefan Jonsson”.

El género en disputa creó un clima intelectual en que el solo hecho de usar las palabras “mujer” y “hombre” era tomado como evidencia conclu- siva de que el desafortunado hablante no había entendido que hay seres humanos en el mundo que no caben en las categorías convencionales este- reotipadas de la feminidad y la masculinidad.18

Al afirmar que el género es performativo, Butler básicamente quiso de- cir que nosotros creamos nuestro propio género al hacer cosas marcadas por el género. Nuestro comportamiento o consolida o subvierte las normas sociales de género. Esta perspectiva tiene mucho en común con “Una no nace mujer: más bien una llega a serlo” de Simone de Beauvoir, dado que Beauvoir también cree que los seres humanos se convierten a sí mismos en lo que son por medio de sus acciones en el mundo. Además, tanto Butler como Beauvoir son antiesencialistas que —de maneras diferentes— creen que el género es producido en la sociedad y que por lo tanto también puede ser cambiado en la sociedad. Por otro lado, Butler y Beauvoir tienen perspec- tivas completamente diferentes acerca de la importancia del cuerpo y sobre el asunto de la agencia: Beauvoir cree que los seres humanos son sujetos encarnados que actúan y toman decisiones; Butler piensa en los cuerpos como un efecto de un “proceso de materialización” discursivo y niega ro- tundamente que haya un “hacedor detrás la acción”.19

No obstante lo diferente que puede ser en otros sentidos, todo este tipo de teorías del género son teorías de los orígenes. Tanto Butler como Beau- voir tratan de responder a la pregunta de cómo se crea el género o cómo emerge. Ninguna conclusión política o ética específica se sigue de estas teo- rías. Las teorías de los orígenes simplemente no nos dicen lo que debemos hacer una vez que ha aparecido el género. Si quiero justificar mi punto de vista sobre la situación de las mujeres en la sociedad o sobre los derechos de los gays y las lesbianas, no puedo hacerlo explicando simplemente cómo han emergido estos fenómenos. Necesito, más bien, exponer mis principios para una sociedad justa y equitativa o acerca de cómo las personas deben tratarse unas a otras, o explicar por qué creo que la libertad es el valor personal y político más alto.

Con El género en disputa la vanguardia de la teoría feminista se despla- zó de la literatura y de la crítica literaria. Butler es una filósofa que, salvo un par de pequeñas excepciones, jamás ha discutido sobre la literatura.

18 En otro lugar he argumentado que es simplemente erróneo creer que la palabra mujer siempre y sin excepción tiene el mismo significado convencional y conservador, sin reparar en quién habla y en qué contexto, pero no voy a decir más al respecto aquí. Vid. Toril Moi, “What is a Woman?”, en Sex, Gender and the Body: The Student Edition of What Is a Woman?

19 Judith Butler, Bodies That Matter: On the Discursive Limits of ‘Sex’, p. 9.

En el transcurso de la década de 1990 las teóricas feministas se mostraron cada vez menos interesadas en la discusión de las cuestiones estéticas. Al mismo tiempo se volvió difícil hablar de “mujeres” salvo entre comillas.

Para finales de la década, el fundamento mismo para desarrollar una teo- ría acerca de las mujeres y la escritura había desaparecido.

La actualidad

En 2008, algunas críticas literarias brillantes todavía trabajan sobre mu- jeres escritoras. El nivel intelectual de los libros en el campo es alto y los logros en el campo son reconocidos en la academia en general. En 2006, por ejemplo, el voluminoso libro de Paula Backscheider acerca de las poe- tas británicas del siglo xviii ganó el premio James Russell Lowell de la Modern Language Association (mla).20 Además, desde la década de 1980 ha surgido toda una nueva generación de escritoras y muchas críticas li- terarias sienten que es tarea urgente crear un espacio intelectual para la discusión de su lucha por ser tomadas en serio. En Figuring the Woman Author in Contemporary Fiction, Mary Eagleton recalca que el feminismo siempre se ha preocupado por la lucha de las mujeres por la autoría y la autoridad. Ella demuestra que la figura de la artista o la escritora ha seguido siendo profundamente importante en la escritura de mujeres en lengua inglesa desde la década de 1970. Mary Eagleton también ha cofun- dado una nueva revista, Contemporary Women’s Writing, dedicada a la literatura de mujeres posterior a 1975.

Hoy en día, entonces, la teoría y la práctica parecen estar tan fuera de sintonía como lo estaban a finales de la década de 1980. El resultado es un tipo de esquizofrenia intelectual en la que una mitad del cerebro pro- sigue con la lectura de mujeres escritoras mientras que la otra continúa pensando que el autor ha muerto y que la misma palabra misma mujer es teóricamente sospechosa. No debe sorprender, entonces, que tantos libros y ensayos sobre las mujeres escritoras empiecen con una serie de disculpas. Usualmente, la autora inicia asegurándonos que realmente no tiene nada en contra de Barthes o de Foucault; o que realmente no está escribiendo sobre autoras reales, vivas, sino sobre la figura de la autora en el texto literario; o que cuando escribe mujer, realmente quiere decir

“mujer” y así por el estilo. Tales formulaciones son síntomas de un males-

20 Paula Backscheider, Eighteenth-Century Women Poets and Their Poetry: Inventing Agency, Inventing Genre.

tar teórico. En lugar de apoyar a las mujeres interesadas en investigar la escritura de mujeres, parece ser que nuestras teorías actuales las hacen sentir culpables o, peor aún, las ahuyentan completamente de trabajar sobre las mujeres y la escritura. Ésta es una de las raras situaciones hoy en día en las que argumentaría que de hecho se necesita de más teoría (o de más filosofía, si se prefiere). Realmente necesitamos ser capaces de justificar teóricamente un tipo de trabajo que muchas mujeres y hombres claramente piensan que es importante y que no tiene problema alguno en justificarse políticamente.

No soy mujer escritora:

el dilema de Simone de Beauvoir

Al inicio de El segundo sexo, Beauvoir demuestra que en una sociedad sexista, el hombre es el universal y la mujer lo particular; él es el Uno, ella el Otro. Esta es la definición del sexismo de Beauvoir y apuntala todo lo que escribe en El segundo sexo. Este análisis es tan simple que es fácil que pase desapercibido lo brillante que es y lo mucho que aún hará por nosotras. Beauvoir llega a esta conclusión al relatar la historia de una conversación:

A veces en el curso de alguna conversación abstracta, me ha irritado oír que los hombres me decían: “Usted piensa tal cosa porque es mujer”. Pero yo sa- bía que mi única defensa consistía en replicar: “Lo pienso así porque es ver- dad”, eliminando de ese modo mi subjetividad. No era cosa de contestar: “Y usted piensa lo contrario porque es hombre”, ya que se entiende que el hecho de ser hombre no es una singularidad; un hombre está en su derecho de serlo;

es la mujer la que está en la sinrazón. Prácticamente, lo mismo que para los antiguos había una vertical absoluta con relación a la cual se definía la obli- cua, así también hay un tipo humano absoluto que es el tipo masculino. La mujer tiene ovarios, un útero; he ahí condiciones singulares que la encierran en su subjetividad; se dice tranquilamente que piensa con sus glándulas. El hombre se olvida olímpicamente de que su anatomía comporta también hor- monas, testículos. Considera su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo que él cree aprehender en su objetividad, mientras considera el cuerpo de la mujer como apesadumbrado por todo cuanto lo especifica: un obstáculo, una cárcel.21

21 Simone de Beauvoir, The Second Sex, pp. xxi-xxii (traducción enmendada). El texto original se en- cuentra en S. de Beauvoir, Le deuxième sexe (París, Gallimard, 1986, pp. 14-15). Discuto este pasaje extensamente en mi ensayo “‘I Am a Woman’: The Personal and the Philosophical”, en Gender and the Body, particularmente pp. 201-26.

Notamos que Beauvoir se siente obligada a eliminar su subjetividad en respuesta a un comentario hostil. También notamos que Beauvoir erige un contraste crucial entre la eliminación forzada de su subjetividad de género y su aprisionamiento forzado en ella. Para Beauvoir, esta es la esencia filosófica del sexismo.

Aquí hay un ejemplo de la vida contemporánea que muestra que esta lógica sexista aún opera. En febrero de 2007, Drew Faust fue nombrada como la primera presidenta de Harvard en la historia. En los medios, el énfasis en su género fue tan intenso que era fácil quedar con la impresión de que ésta fue la razón principal por lo que obtuvo el puesto:

El domingo, la Universidad de Harvard nombró a Faust la primera presiden- ta mujer en los 371 años de historia de la escuela.

“Espero que mi propio nombramiento pueda ser un símbolo de que se es- tán abriendo oportunidades que habrían sido inconcebibles incluso hace una generación”, dijo Faust. Pero también añadió, “No soy la mujer que preside Harvard, soy quien preside Harvard”.22

Creo que Faust manejó la situación tan bien como le fue posible: recono- ció que era mujer e insistió en la importancia de ese hecho, antes de recalcar que no quería que se le percibiera como la mujer presidente de Harvard.

Pero no debió haber hecho esto. A ningún presidente varón de Harvard se le ha colocado en una situación en la que ha tenido que negar que es el presidente masculino de Harvard.

Para comprender lo que está ocurriendo aquí, es de utilidad considerar el tipo de acto de habla que realmente es “No soy una mujer escritora”.23 En primer lugar, cuando una mujer se percata de que debe decir “No soy una mujer escritora” o “No soy la mujer presidente de Harvard”, jamás es una ase- veración general, nunca una máxima filosófica. (Si lo fuese, el enunciado sería patentemente absurdo). Siempre se dice en respuesta a una provoca- ción, usualmente en respuesta a alguien que ha tratado de usar el sexo o el género de la mujer en su contra. Este tipo de enunciados, en pocas palabras, son un tipo específico de acto de habla defensivo: por lo tanto, cuando escuche- mos palabras como éstas, debemos buscar la provocación.

No hace mucho tiempo escuché un programa de radio en que un ra- dioescucha aseveró que toda la conversación acerca de la raza y el géne-

22 Associated Press, “Harvard Names First Female President”.

23 John L. Austin llama a esto preguntar acerca de la fuerza de la expresión, en otras palabras, “cómo...

debe ser entendida”. J. L. Austin, How To Do Things With Words, p. 73.

ro en las elecciones primarias del Partido Demócrata era absolutamente irrelevante: “Estamos eligiendo a un presidente”, dijo él, “no a una raza o un género”. La lección que debemos aprender de Beauvoir es que en una sociedad sexista (o racista), el resultado de tales aseveraciones bien intencionadas es forzar a las mujeres, a los negros y las negras y a otras minorías raciales, a “eliminar” su subjetividad de género o racializada o, en otras palabras, a hacerse pasar por algún tipo de ser humano genérico universal de formas que devalúan sus experiencias reales en tanto seres humanos encarnados en el mundo. La opción, que es postularse como el candidato “negro” o la candidata “mujer”, los separaría de lo que Beauvoir llama el “universal”, la categoría general, y por lo tanto los aprisionaría en su género (o raza).

Si trato de imaginarme una situación en la que un hombre diga “Soy un escritor, no un hombre escritor”, sólo puedo hacerlo como una respuesta a algún tipo de provocación por parte de una feminista. Incluso cuando tra- bajan en una profesión dominada por las mujeres, los hombres no parecen sentirse compelidos a negar su sexo o su género. En los Estados Unidos, he descubierto que a un hombre entrenado en enfermería se le conoce como un “enfermero varón”. Incluso existe una publicación Web llamada Male Nurse Magazine [Revista del enfermero varón].24 A juzgar por su sitio web, los enfermeros parecen bastante tranquilos con respecto a su acceso al universal: hablan de sí mismos como enfermeros, hombres enfermeros u hombres en la enfermería sin ningún dejo de tensión, incluso cuando se quejan de que los enfermeros sufren discriminación por parte de las en- fermeras. No parece haber ninguna situación en la que un enfermero se sienta obligado a decir: “No soy un hombre enfermero, sino un enfermero”.

Esto demuestra que en una sociedad sexista una no puede menospreciar a un hombre recordándole su género. (Hasta ahora, ésta es una hipótesis).

El varón o lo masculino sigue siendo la norma, lo femenino o lo relativo a la mujer sigue siendo la desviación.

Para las escritoras que son mujeres puede ser increíblemente frustrante que les digan que deben escribir como mujer o como una mujer. Pero ¿exac- tamente qué quiere decirse con esto? ¿Que ella debe ajustarse a alguna norma estereotipada de escritura femenina? Esto es seguramente lo que piensa Sarraute y el motivo por el cual se vuelve más bien agresiva ante la idea misma de la écriture féminine. Por otro lado, puede ser igualmente frustrante para una mujer escritora sentir que debe escribir como un ser

24 Vid. <www.malenursemagazine.com>.

humano genérico, ya que esto abre una escisión alienante entre su género y su humanidad. Debo señalar que éste es el lado del dilema que Sarraute jamás menciona. Pero incluso cuando una escritora como Sarraute prospe- ra en la impersonalidad, no se colige que cualquier otra mujer escritora se sienta de la misma manera.

No hay una solución correcta a este dilema. Lo único que podemos hacer es tener la esperanza de que poseamos la atención necesaria para buscar la provocación, para mostrar a otros que hubo una provocación, lo que significa señalar que acabamos de ser colocadas en un dilema sexista por excelencia, y luego —en la medida de lo posible— rehusarnos a elegir entre dos alternativas igualmente sin esperanzas, que es precisamente lo que Drew Faust hizo.25

En este punto alguien podría querer exclamar: “Pero ¿qué pasa con la performatividad? ¿Acaso no estoy dando completamente por sentada la ca- tegoría de «mujer»? ¿Cómo puedo estar segura de que sé quién es una mujer escritora y quién no lo es?”. Pero esto sería perder de vista lo fundamental.

El análisis que hace Beauvoir del sexismo sólo es aplicable una vez que alguien ha sido tomada por mujer. Nada tiene que decirnos acerca de la epistemología o la verdad o las esencias. En el tipo de situación que aquí discuto, las teorías de cómo se produce, construye o performa el género, en resumen, las teorías de cómo emerge el género, son irrelevantes. La mujer en mi ejemplo bien podría ser transexual o intersexuada, una lesbiana o un hombre tomado por mujer. Este argumento no nos impide que creamos que nosotras “hacemos nuestro género”, ya sea en el sentido que Beauvoir le hubiera dado a esa oración o en el sentido que le hubiese dado Butler. Lo único que se requiere para que se eche a andar el dilema de Beauvoir es que la persona en cuestión sea tomada por mujer por parte de alguien más.

25 Las consecuencias de este análisis para el debate feminista acerca de la relación entre igualdad y diferencia tendrán que ser desarrolladas en otro lugar.

Associated Press, “Harvard Names First Female President”, en The Washington Post.

Washington, 12 de febrero, 2017. [En línea.] <http://www.washingtonpost.com/wp- dyn/content/article/2007/02/12/AR2007021200075.html>. [Consulta: 28 de enero, 2018.]

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