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EL EMPLEO DEL FACTOR MILITAR EN EL CONTEXTO DE LA SECURITIZACIÓN. EEUU Y SUS ALIADOS EN EL GOLFO

In document S U M A R I O - Escuela Superior de Guerra (página 184-187)

PÉRSICO

En una entrevista de 1998 se preguntaba a altos oficiales estadouniden- ses cómo explicar a los ciudadanos de su país las intervenciones militares de EEUU en el extranjero. Muchos hablaban en términos abstractos, refirién- dose a las responsabilidades globales de EEUU. Pero la respuesta más firme fue la del general Anthony Zinni, por entonces comandante de las fuerzas estadounidenses en el Golfo Pérsico (es decir, el puesto que tuviera durante la Guerra del Golfo el general Schwarzkopf): “Mi región, Oriente Próximo, evi- dentemente es valiosa para nosotros como fuente de petróleo y gas natural”, dijo. Y como una inestabilidad en esa región podría comprometer el acceso a tales recursos, prosiguió, “procurar que las cosas sigan estables ahí…es de crítica importancia para nuestra economía” (Klare, 2003).

En la actualidad, a su presencia en el Golfo Pérsico, EEUU suma su interés creciente en la cuenca del Caspio, de la misma forma que Rusia lo realiza con las repúblicas ex soviéticas del Cáucaso y el Asia Central. Tanto China, como Rusia y EEUU han tratado de enrolar a los estados de la región en algún tipo de alianzas militares. Esas tentativas comenzaron desde principios de la dé- cada de 1990, tras el colapso de la Unión Soviética, y vienen intensificándose

desde comienzos del siglo en curso (Klare, 2006, p.223).

Las potencias occidentales, lideradas por EEUU, han generado una im- portante ventaja en la política económica mundial a través de su alianza de seguridad militar. Al tener cubierta una parte importante de sus proble- mas estratégicos, esto les permite dedicar sus esfuerzos – en forma indivi- dual o colectiva – con mayor eficiencia. Así pudo EEUU generar y construir la Coalición de 1990, que adquirió la potencia militar y económica-financiera necesaria para llevar adelante la campaña para liberar a Kuwait y degradar seriamente al régimen iraquí (Buzan, 1991).

Como sostiene Klare (2003), la protección del aprovisionamiento ener- gético era cuestión de primer orden para la seguridad nacional de EEUU, aspecto en el que las fuerzas militares pueden tener un papel clave. Los re- cursos necesarios ubicados fuera del propio territorio siempre estuvieron en una ventana de riesgo, en función de la situación inestable – casi permanen- te – de la mayoría de las regiones que los albergan. Esto dio pie a más de una intervención militar, como el desarrollo de la campaña que se analiza.

Y esas intervenciones se dan en el contexto de los demás factores del poder nacional, aunque con predominancia del factor militar, ya que se esgrime la necesidad de proteger físicamente a los recursos.

Otros objetivos económicos son fomentados eficazmente por medio de la diplomacia o de las sanciones económicas, pero solo la fuerza militar ga- rantiza la continuidad de los caudales de crudo y otras materias críticas des- de (o a través de) zonas remotas en tiempos de guerra o crisis. De ahí que las fuerzas armadas (de EEUU) hayan reforzado sistemáticamente su capacidad para proteger los flujos internacionales de materias esenciales, considerada como su contribución exclusiva a la seguridad económica de la nación. (Kla- re, 2003, p.27)

EEUU es la potencia dominante en la región, lo que le permite – además del control directo de las fuentes de recursos para su propio abastecimiento – la regulación del aprovisionamiento energético de otros países importado- res de petróleo. Aquéllos que necesiten de este flujo de gas y petróleo desde la zona Golfo Pérsico/Caspio, quedan supeditados al grado de control que EEUU ejerce sobre la región, a través de sus fuerzas militares. Y esto se trasla- da a la esfera política, lo que quedó de manifiesto en el éxito de las gestiones estadounidenses para la conformación de la Coalición, materializado en el logro de contribuciones de diferentes países, de variados tenores: tropas te- rrestres, medios aéreos y navales, apoyo económico para financiar la guerra, apoyo diplomático, por ejemplo (Klare, 2006).

Otra de las herramientas de securitización para exagerar las amenazas militares a través del lenguaje es exaltar, por demás, las capacidades del enemigo. Esta sobreestimación de la verdadera habilidad del agresor ira- quí para oponerse a los planes de la Coalición es parte del proceso de se- curitización. La generación de la fuerza necesaria debe ser justificada; y ser suficiente para poder eliminar la amenaza y – a continuación – asegurar el control de la situación en la región. La consideración por demás positiva de las capacidades militares de las fuerzas de Saddam Hussein fue una de las herramientas securitizadoras más relevantes, utilizada también en el ámbi-

to político y diplomático, en el mensaje hacia el público interno así como a la comunidad internacional, respectivamente. Diferentes autores realzaron la maniobra operacional con la que Irak conquista Kuwait, llamándola muy pretenciosamente una “Blitzkrieg de manual” (Citino, 2015). De la misma for- ma, se resaltó de manera continua la fortaleza de las armas iraquíes. Con- ceptos como que era el cuarto ejército del mundo, veterano y aguerrido lue- go de su guerra con Irán de tantos años, equipado con la última tecnología de varios países, transmitieron un mensaje de urgencia para la defensa de la seguridad internacional. “Se trataba de una fuerza enorme…representaba una clara amenaza para los grandes pozos petrolíferos de Arabia oriental y prácticamente forzó a Occidente – encabezado por EEUU – a reaccionar”

(Citino, 2015, p.386). “Esta exageración de la amenaza demuestra la excepcio- nalidad de la amenaza, que – a su vez – requiere respuestas urgentes y ex- traordinarias” (Eroukhmanoff, 2017, 109). Así se fue conformando la respuesta militar de la Coalición liderada por EEUU.

Por otro lado, se necesitaba justificar el desarrollo de años de una po- derosa maquinaria militar. Era la época de resurgimiento de unas fuerzas armadas que salieron – por lo menos en la opinión pública nacional e inter- nacional – derrotadas de su experiencia en Vietnam. Una campaña exitosa contra un adversario poderoso sería la reconciliación de las fuerzas armadas estadounidenses consigo mismas, con la nación y con su pueblo.

Por su parte, el presidente Bush se pasó meses, después de producida la invasión iraquí de Kuwait en agosto, tratando de encontrar los motivos que fundamentaran la guerra con Saddam Hussein. Una vez finalizada la guerra, esos motivos parecen claros; y son:

• Asegurarse petróleo barato.

• Ayudar a las monarquías amigas.

• El objetivo estratégico de Washington para prevenir el surgimiento de un poder hegemónico hostil a sus intereses en Medio Oriente.

Así, en función de dichos intereses, la guerra puede considerarse exito- sa: para EEUU y sus aliados, se logró un mundo seguro, en relación con el estatus quo ante bellum. Por su parte, tanto Arabia Saudita como Kuwait siguieron siendo reinos autocráticos, con las libertades civiles individuales limitadas (Atkinson, 1995).

Saddam Hussein, que después de la extensa guerra con Irán estaba de- cidido a recuperar el potencial económico y militar de su país, no pudo salir de su propia trampa de ambición y poderío. Con el petróleo como la base de su economía, intentó desarrollarse en otras áreas, con mayores dificultades.

“Sus inversiones en ciencia y tecnología eran importantes, habiendo alcan- zado (con asistencia extranjera) un notable desarrollo nuclear y la formación y consolidación de una incipiente pero avanzada industria bélica” (Baretto, 2013). La guerra impidió ese desarrollo; Irak no despegó más. Los objetivos de EEUU de 1990-1991 se cumplieron.

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