2. AURELIO AGUSTÍN: LA VIDA Y EL RENACER
2.3. Su encuentro con los Maniqueos
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36 dijéramos: toda el agua clara brota de una fuente clara; toda el agua turbia emana de una fuente turbia. Dicha teoría trascenderá en el pensamiento de Agustín, lo anterior se puede constatar en su visión dualista heredada de los platónicos. Parecíame, no ser nosotros los que pecamos, sino otra no sé qué naturaleza que peca en nosotros, y halagaba mi soberbia el estar yo fuera de culpa39, De lo anterior se hizo seguidor y participó del mismo, cuando enseñó retórica en Tagastes y Cártago. Sin embargo sus lecturas lo llevaron a cuestionar sus creencias pasajeras, al punto que terminó por rectificar su imagen del mundo, al tiempo que rectificaba su imagen del hombre, reconociendo el libre albedrío y la personalidad.
Para el otoño del año (383), Agustín decide partir a Roma, donde probaría suerte como maestro, sin embargo las circunstancias no le son del todo favorables y satisfactorias ya que al poco tiempo de su llegada, enfermo, situación que no le impide continuar con sus actividades y es necesario si quiere continuar en Roma. Al poco tiempo descubre un mal hábito entre los jóvenes estudiantes, pues llegada la hora de pagar por sus servicios, éstos deciden cambiar de profesor, poniendo en una situación difícil a nuestro autor. Ya en el 384, obtiene su título oficial de prefecto, y con este inicia su nueva etapa como profesor en Milán donde continúa con sus estudios y lecturas como autodidacta, muchas de ellas por influencia de quien se hiciese su amigo y maestro, San Ambrosio. A quien admiró desde el primer instante que lo escuchó dar su discurso sobre las escrituras, lo bastante versado en las mismas. Fue el mismo San Ambrosio quien le aclaró las dudas que los maniqueos no pudieron resolver de buena manera para Agustín, y así fue mudando su racionalismo al observar que toda la vida humana está fundada en la fe, ya que la sociedad humana se guía por el camino de la creencia.
39Ibid., p. 11.
37 Sus ratos de ocio los aprovecha muy bien con lecturas filosóficas que llegan a sus manos por medio de un amigo, aunque nunca especifica de que amigo habla, casualmente dichas lecturas gozaban de mucha estima entre los círculos intelectuales cristianos de la época. Lecturas que cristianizaban los textos platónicos al tiempo que se platonizaba el cristianismo. Libros que profundamente le impresionaron: las Enéadas de Plotino, de las cuales disfrutó hasta las últimas letras. En tres nombres se resume el platonismo cristiano de Milán: Mario Victorino también conocido como Victorino el africano, (Cartago, 300- 382), San Ambrosio, también conocido como Aurelius Ambrosius Tréveris, (Milán, 340- 397) y el sacerdote Simpliciano, San Simpliciano de Milán (320-401). Agustín aceptó sin mayor problema las similitudes que vislumbraba entre la trinidad neoplatónica y la trinidad cristiana. El uso del Logos en los textos de San Juan y el Logo platónico se reconocían.
Con lo anterior da inicio Agustín a un período de metafísica religiosa así como a la experiencia interior, con un idealismo platónico, y verdad fundamental que no se extinguirá jamás en su interior. Se convence de que existe un reino de la verdad más allá de los caprichos de los hombres, donde la verdad tiene un valor, independiente de nuestro consentimiento. Con el método de la filosofía platónica descubre entonces tres importantes cosas: las verdades eternas, las normas axiológica de todo lo verdadero, lo bello y lo santo; la incorporeidad del espíritu humano, en que residen, como en asiento inmediato, y una verdad ontológica absoluta y Fundamental, última instancia de nuestro conocimiento y juicio de valor40. La filosofía neoplatónica le dio el método de la introspección y de la trascendencia o salto dialéctico a una verdad objetiva.
40De Hipona San Agustín, Introducción general y primeros escritos, t. I, Madrid, B.A.C, 1969, p. 11.
38 Quien conoce la verdad, ése la conoce, y quien la conoce, conoce la eternidad. ¡Oh verdad eterna, oh verdadera caridad, oh cara eternidad!41.
De tal modo que, Agustín vivencia los tres momentos de la introversión neoplatónica; aversio, introversio, conversio. Con esto, el autor distingue muy bien en su experiencia una luz que se ve, un ojo interno con que se ve y una altura o eminencia. Esta última tiene un carácter ontológico. Dicha luz no es como la de los maniqueos (material) sino enteramente espiritual.
La filosofía del espíritu y la mística de todos los tiempos se apoyarán en ese gran principio platónico-agustiniano. En el interior del hombre está el carasol de las evidencias y verdades eternas y de las normas absolutas, el empalme de la eternidad y del tiempo, el título del hombre, ciudadano de dos mundos. No hay que desparramarse fuera, sino escrutar el propio tesoro interior para descubrir la verdad42. […]
Sin embargo, nuevamente se dejó atrapar por la sensualidad del conocimiento, e hinchado en su orgullo, pululaba con una venda en los ojos, con una arrogancia de sabio, ya que el neoplatonismo le dio nuevos argumentos para pensar que la verdad de las cosas casi yacían en él. Convencido estaba Agustín, de no necesitar nada más. Así su egoísmo y elogios ficticios, lo mantenían prendido de su objetivo, más no del camino que debía recorrer para llegar a él. No es de sorprenderse que cometiese errores y tropiezos en el trayecto.
41Ibid., p. 16.
42Ibid., p. 17.
39 Ya que el neoplatonismo plantea la unión con Dios, como condición de dicha perfecta y Agustín tendrá que batirse con este problema. Por lo anterior es que acude a un anciano sacerdote, de la curia episcopal de San Ambrosio, con quien platicará de otras personas que se han convertido y que destacan por ser personas de alto conocimiento, como Simpliciano, versado en filosofía y de mucha experiencia espiritual, de igual forma Mario Victoriano quien fuese orador y gozaba de tener una estatua en el foro de la ciudad de Roma. Dichas pláticas llevaron al autor a replantearse su postura ante una posible adhesión al cristianismo, el cual se presentaba como el lugar en el que iría encontrando las verdades que tanto venia buscando.
Entonces analiza lo que el neoplatonismo le plantea, a diferencia del cristianismo y la primera disimilitud que encuentra es la que apela al esfuerzo del hombre para que se desprenda de lo sensible y se una a su principio, Dios. Por su parte el cristianismo le habla del descenso de Dios a la creatura, entendido como la humildad o humanidad divina que es el principio de la ascensión del hombre, esto último es lo que no podrá encontrar Agustín en los libros de los neoplatónicos. Parecía entonces estar listo, y la vida le reclamaba su participación, como si el tiempo de madurez hubiese llegado al fin, ya está donde tanto añoraba, para lo que se había estado preparando tanto tiempo le reclamaba que se hiciese protagonista de la nueva vida que comenzaba. De tal modo que fueron diversos los agentes que lo llevaron al camino del cristianismo. Su madre, Simpliciano, Ambrosio, San Pablo y Ponticiano, fueron tan solo unos cuantos que le dieron las herramientas para disipar toda duda sobre su fe, sobre su camino en la búsqueda de la verdad.
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