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No es el paso cauteloso de aquél que, penetrando en la ciudad de los muertos v a de sepulcro en sepulcro evocan- do el recuerdo de los que y a duermen en paz.
Distantes del suelo do yacen las tumbas de nuestro amor y de nuestra amistad,'dejamos pasar l a reminiscen- cia de la memoria por apartadas regiones, y en todas par- tes vaga ijn suspiro que recojer con el religioso respeto que de los vivos piden los muertos.
No-son, empero, las tumbas de l a madre n i del esposo las que han de pedirnos esa remembranza del dolor enlu-
tado; que ellas, en o r a c i ó n perenne, la ven levantarse del corazón que suspiró y lloró con el ¡ay! del huérfano y de la ripda, con l a l á g r i m a de la errante viajera.
L a amistad que fué del alma, a l alma pide su ofrenda perdurable.
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E l silencio de la noche es el poseedor de los misterios que pueblan el universo, y entre las sombras casi siempre se alcanza a leer l a lista cíe los que cruzaron la existencia finita para llegar a la vida infinita de l a eternidad.
Cuando oscurece, la pupila, dilatada entre las sombras de la noche, luce radiante con la luz del cerebro agitado por esa fuerza creadora, que le infundió el dedo de Dios al dotarle del pensamiento.
I I .
Hemos llegado a los umbrales del p a n t e ó n general de Arequipa.
L a Apacheta dista tres millas de l a población, y, ca- mino regular, conduce al viajero por entre ranchos con ar- boleda de constante verdor, con su gallo que canta j con
su buey que rumia, esperando el yugo que en la madruga- da ha de llevarle a la labranza del campo.
Las ruinas del terremoto de Agosto del 68 se manifies- t a n en ese trayecto y en la plazoleta del p a n t e ó n con muestras aterradoras. ,»
Eramos diez paseantes; partimos a l a madrugada so- bre lustrosos corceles que, rápidos, nos llevaron a las puer- tas de fierro, de elegante trabajo, a cuyo dintel nos apea- mos para cruzar el espacio que separaba el recinto de los vivos del de los muertos.
A l otro lado de esas puertas, ¡el silencio, la eterna paz de los sepulcros! Aquí bulla, miserias, envidia, murmura- ción, egoísmo, vanidades; a l l á igualdad, quietud: el mis- mo polvo para el rico que para el pobre, el mismo guzano roedor en el fondo de los a t a ú d e s y en l a humilde t i e r r a el mismo misterioso sueño de l a eterna noche!!
¡Envidiable sueño el de los que se durmieron en el Se- ñor, velados por las sombras de la muerte, quexvasea en- ti'e las tumbas!
I I I .
"Ün a ñ o s o á r b o l de molle cuya fronda convida a l des- canso, es el centinela de las puertas que diariamente se abi'en para recibir a los peregrinos de la tierra que allí en- cuentran el t é r m i n o , de su viaje llegando a la meta en hombros del sepulturero.
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Después se desparraman los monumentos de m á r m o l con que l a vanidad de los vivos ha invadido el recinto de los*muertos. Contamos dieziocho mausuleos de b o n i t a construcción, entre los se que distinguen por su elegancia los que guardan los restos de los señoresl'alcárcel, Osorio, García Calderón y Harmsen. Mas allá, entre ramas de a r r a y á n y ret amas, seis v ó b e d a s que talvez son sepulcros de familia, y sobre la derecha los departamentos acondi- cionados con nidios que llevan lápidas, así de lujo como de modesto recuerdo. Inscripciones p a t é t i c a s y sencillas a l lado de letreros incoherentes y aun disparatados, son las que distingue el ojo investigador que no halla ni una flor ni una p l a n t a a r o m á t i c a , ni un ciprés que haga c o m p a ñ í a a los muertos de esos nichos.
L a carencia de agua mantiene l a aridez de aquel suelo.
E s t á en seguida el campo santo donde van los que cru- zaron el mundo silenciosos, formando lo que se llama el pueblo, ése conjunto de seres, notable en masa y descono- cido su individualidad, que entre el trabajo y la miseria camina a una fosa común, pero sobre cuyas cenizas se al- za el mismo madero en cruz que vela el sepulcro del rico.
Hacia l a izquierda de® la entrada se levanta l a capilla ca- tólica en cuyo centro existe un pobrísimo a l t a r cuadrilá- tero, sobre el cual descansa una hermosa efigie del Señor del Sepulcro a ei^os pies van los vivos a depositar su ora- ción por los muertos.
Recorrimos aquel lugar del eterno descanso, sin pena;
cruzamos indiferentes por entre las tumbas que no guar- daban n i n g ú n ser cuya existencia hubiese sido ligada con nuestros afectos.
¿ P o r q u é no h a b í a alguna t u m b a que nos arrancase el llanto de la pena?
Tristeza sin nombre tiene t a m b i é n el i r andando sin emociones en el corazón, sin recuerdos en el alma!!
I V . Cumplirá un a ñ o .
El 2 de Noviembre, el bullicio de los vivos i r á a turbar- ei silencio de los muertos.
Las verjas de fierro, abriéndose de por en par, convi- d a r á n a los vivientes como diciêndoles: n cu did en tropel,
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en 123í seno acaban las penas y no hay paz comparable con l a pa?, de mis sepulcros, Y los que hablan irán sollo- zantes por entre las turabas de los que callan; porque es el día que la iglesia ha consagrado a la memoria de sus hijos muertos en la materia, pero vivos en el espíritu. .
En el templo se ofrecen sacrificios propiciatorios, entre las tumbas cae el agua lustral como el rocío de la o r a c i ó n que a Dios sube, y el afecto orna de flores la m a n c i ó n de los que fueron.
• M a ñ a n a no vagaremos, como ayer, indiferentes entre esas tumbas. Abrióse temprana sepultura para las que llamamos amigas, cuya amistad fué nuestra.—MARÍA KO- DRÍGUEZ DE IBÁÑEZ, CARLOTA IBÁÑEZ DE ARELLANO—Ya duermen en paz y nosotras, que les hemos sobrevivido, lle- varemos, t a m b i é n , entre las tumbas las siempre vivas de nuestro recuerdo!