EU niño es el gran tesoro de la humanidad. Apoderarse de él es apoderarse del porvenir. En un lindo apólogo, el gran poeta fundador del modernismo en México, Gutiérrez Nájera, nos dice el significado real de aquella lucha que sostuvieran dos mujeres delante del sabio Salomón, pretendiendo la entrega de un niño que una a otra se acusaban de haber robado; son la Tradición y la Esperanza, que saben cuánto vale un pequeñuelo vivo: la pri
mera se traiciona a sí misma, consintiendo en que ee.le divida en
treambas; la otra, la verdadera madre, lo quiere todo para sí.
EU problema de la educación y el cuidado dela niñez ha sido, sin duda, el terreno de lucha social, donde la vieja sociedad, fun dada en el privilegio de castas, el prejuicio religioso y la bipocre- sía moral, ha cometido sus peores crímenes y ha tenido al fin que hacer más concesiones contradictorias con sus principios. En la vieja sociedad, que aunque agoniza no muere aún del todo, el hi
jo no nacido de padres unidos conforme a las leyes religiosas y civiles, no tenía derecho al nombre ni a la sucesión de sus autores; era una mancha espantosa para la madre;y naturalmente, en esas desastrosascondiciones que le esperaban al venir al mundo» no era raro que pereciera, aún antes de ver la luz, o, que se le asfixiara, al saludar apenas a una organización social tan errónea con su primer vagido. Si el hijo de la naturaleza, de la libertad y del amor, no era suprimido criminalmente!, crecía en medio de oculta
ciones y vejámenes de toda especie, reprochándosele en muchas<for->
mas una culpa que, de existir, no era en modo alguno suya. La sociedad, entonces, se encontraba ante el hecho cumplido; y venci da en su falso criterio por la realidad, se veía aunque a regaña dientes, en la precisión de establecer asilos, escuelas y fundaciones diversos, separados de los otros, para que se les diese allí alimen tos y educación a los hijos de nadie, en el caso muy frecuente de que los padres, oprimidos por las sanciones públicas, optasen por
abandonar o exponer a ene pequeñuelos, para que lo· cuMasen ma
nos ajenas, sacrificándolosasí a su estúpido orgullo.
Desde el punto de vista a que ha llegado áhora la humanidad, en casi todos los países, parece increíble que este haya sido el criterio con que, durante siglos, se ha confrontado el más trascen
dental y maravilloso de los actos hnmanos : la perpetuación de la especie, por obra del amor de las generaciones; el acto creador y por consiguiente no humano, sino divino, por excelencia, sobré el cual se ha asentado y se asienta, como sobre un ejè ala ves físico y espiritual, la rotacióndeluniverso hacia la eternidad.
El hijo nacido de una unión cualquiera que no fuese la do ble civil y religiosa, impuesta por las leyes, ceremonias caras y difíciles en particular para las clases misérrimas que son la ma
yoría del pueblo, estaba de ese modo destinado a una condición de inferioridad completa, inferioridad moral, legal y económica, si guiéndose casi siempre el abandono de uno de loe padres, o de am
bos, a la presión de la “moralidad” del ambiente. En tales cir
cunstancias, era una verdadera y plausible virtud social rebelarse contra esa moral, substancialmente errada, y crear, paralos niños expósitos, huérfanos o de cualquier modo abandonados, Asilos, Escuelas, Casas de Cuna, o establecimientos de crianza yeducación de cualquier especie, que los recogieran, siquiera fuese en segrega
ción del restó de la sociedad, a la cual habrían estos inocentes de ver siempre como enemiga, en pago del escrúpulo antinatural y del desprecio injusto con que los había acogido.
Son varias las instituciones de este género que ha habido en México, al través de los tiempos. Mencionaremos la Eecuela In dustrial para Huérfanos como la más importante. Primitivamen
te fue establecida en el Tecpan de Santiago Tlalteiolco, terminán
dose su construcción en 1776. Allí se instaló primero una escuela real parala enseñanza de los pequeñosderaza indígena ymacehüa- lee de eBe barrio, foco inextinguible de la vitalidad azteca. En 1842 el famoso dramaturgo y político, don Manuel Eduardo θο- rostifca, fundó nnaescuela para niños corrigendos, que vino a reem
plazar aquella antigua y ya extinguida institución. La fundación del literato herido en la batalla de Churubusco, fue tomada años después bajo la protección del Ayuntamiento de la capital. En 1880 se estableció una división, creando por un lado la Escuela Correccional, para los pequeños que pór su mala educación e ín-
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fluencia· del ambiente cometen. falta#, graves y delitos, a los cualee se aisló con una más severa disciplina a fin de buscar su enmien da, lo que ahora ae llama “reeducación;” y lo# demás huérfanos y niños abandonados, sin otra culpa que la insensatez de las leyes sociales y la ignorancia de su# familiares, los cuales quedaron, en el asilo propiamente dicho para recibir allí su instrucción. Cons
truyóse entonces un amplio y buen edificip para tales fines, sobre la calzada de. Tlalpam, y se trazó un plan educativo moderno, com prendiendo a la vez que la subsistencia y cuidado de los pequeños', su desarrollo físico, instrucción primaria y el aprendizaje de un arte u oficio.
Otro esfuerzo digno de nota en este sentido, fue el desarro
llado por el señor Francisco Díaz de León, quien estableció un Asilo particular para Mendigos, admitiendo ancianos y niños. Es
te asilo estuvo en la que hoy es calle Sadi-Carnot y comenzó a funcionar en 1879. Muchos millares de niños recibieron educación en esteasilo.
Por último,y paranohacer excesiva* eefereneiaa y rematar, con algo excepcional;hablaremos de le “Escuela Madero,’’.fundada,hace menos de una década en el populoso y mísero barrio de la Bolsa, de la capital mexicana, antro donde tienen refugio junto con. la delincuencia y el vicio; la indigencia humilde y el dolor irreme diable en sus más temerosos aspectos. Un grupo de niños surgido del polvo de las callee que apenas podían balbucir sus instintos y anhelos, y un maestro animosoy de gran corazón, Ag&pito Oro peza, se refugiaron, en unq.de estos inviernos asesino# de la me seta. central, en un caserón, antiguo, abandonado, de esta colpnia de siniestra fama ; y así vino a formarse allí la escuela-hogar de los niños sin familia; de los papeleros, limpiabotas, “moscas,” “ra tas”, de vecindad. Todos trabajaron allí con ternura, devoción e inteligencia, y a partir de 1922 esta escuela fue el milagro vivo del México nuevo «urgido de la Bevolución. En esta escuela, se veía brotar, vibrar al sol, y florecer, la nueva generación que se formaba a sí misma, apenas dirigida por la precedente, en la fra
ternidad y el ejercían del bien común. Eran los niños de la Es
cuela Madero, sus maestros- y discípulos, gerentes y socios, traba
jadores y consumidores mismo*, siendo la institución a un tiempo fundo comunal, cooperativa, banco y aula de aprendizaje, y unien do con calor de madre a varios centenares de desamparados po
se
queñuelos. Ninguna persona de ideales pudo penetrar en esta escuela sin sentir la conmoción profunda de ver surgir una edad nueva, más corial y digna de ser vivida.
A medida que la vieja organización social, con sus dictados legales y morales nacidos de la excepcióny del prejuicio, se hunde fracasada y estrepitosamente en el tiempo, por todas partes y a nuestros ojos, bajo el agobio de las fuerzas demoledoras que la han juzgado y sentenciado ya, la condición de los hijos todos, cua lesquiera que sean las circunstancias en que se haya realteado la unión de los padres, conforme a leyes y hábitos o fuera de ellos, tiende a igualarse tanto por la autoridad de los códigos como por la sanción de las costumbres, en los que ha penetrado ya la con
vicción de que la madre Naturaleza no hace'distingos artificiosos ni melindres casuistas,y serena y justa siempre unge con el idén
tico bautismo de la púrpura materna y declara con la misma elo cuencia de un grito, el supremo triunfo de la vida : el advenimien to de un nuevo ser.
JOSE
MARIA GONZALEZ ARRATIAComo un abanico apaisado pueden verse desde un avión que se remonte lo bastante, los tres Valles de México, Puebla y Tolu
ca, separados por varillasde cordilleras. Laciudad deToluca enel tercero de esos valles, no tiene ante sí, como la vieja Tenochtitlán y la ciudad de los Angeles, lasopuestas caras de los grandes vol canes, pero muestra a su flanco el Nevado de su mismo nombre, variado y bello como cumbre alpina y tendido a mirar los espa
cios estelares con las dos lagunas que duermen en su cráter, bau
tizadas por la fantasía indígena en honor del sol y de la luna.
La ciudad de Toluca tiene atractivos bastantes para ser ama da, y lo ha sidocon pasión. El gran poeta JoséMaría Heredia, el cubano autorde la “Oda al Niágara,” que vivió y murió en México, hizo de ella su sede habitual. Humboldt ascendió el Nevado en 1803. Y en Toluca nació en 1783 José María González Arratia, un mexicano que iba a repetir en su patria chica los prodigios de esfuerzo y desinterés que glorificaron a don José de La Borda, en Taxco y Cuernavaca.
González Arratia hizo estudios en el colegio local de su urbe, dedicándose después a la agricultura y formando una grue sa fortuna. Los espíritus vulgares son víctimas de la fortuna ma terial, porque no piensan sino en acrecentarla siempre: pocas ve ces les sirve la riqueza para beneficio propio, y casi nunca para realizar buenas y bellas cosas en provecho general. De la injus
ticia inicial en la repartición de las riquezas y del sórdido egoís
mo de que han hecho casi siempre gala los potentados, es que ha nacido en la época presente el ansia visible en el mundo de cam biar hacia bases económicas más racionales y por tanto menos expuestas al predominio del egoísmo individual. Pero aún dentro óel sistema individualista y capitalista, muchos espíritus superio
res sehan adelantado a su época, empleando sus grandes acumula ciones de bienes en obras de uso público y adelanto general. Gon zález Arratia tiene derecho a ser contado entre los últimos.
El antiguo colegial, convertido en opulento productor de ce reales y demás cosechas del fructífero Valle, dedicóse a dotar a su ciudad natal de los servicios y obras públicas que le hacían fal ta para sanearsey hermosearse, emprendiendoy costeando en gran escala trabajos como los de los espaciosos Portales en que se co mercia con las manufacturas y frutos de la región, el Teatro, la Plazuela de Alva, el Puente del Carmen, la Alameda y varios edi
ficios de los más importantes que tiene Toluca. Dirigió la cons
trucción de la Presa del Jaral, por medio de la cual se hace la división de las aguas que riegan las haciendae del Valle, adelantán dose así a comprender una de las grandee necesidades de México:
el regadío de las tierras para aumentar la producción agrícola y bastarse el país a sí mismo. Organizó también la distribución de aguas en la ciudad de Toluca y dotó de bebida potable a la p»
blación cercana de Almolonga.
González Arratia fue un “tolteca,” un constructor, que no se sepultó en la tumba como los egoístas con la pirámide de bienes materiales que había acaparado y que siempre son simplemente el fruto del trabajo ajeno: sino que supo emplear en obras sociales de utilidad esos bienes, mereciendo que al morir, en 1852, su me moria haya quedado en la crónica local como la de un gran ciu
dadano. Y así como Taxco y Cuernavaca no pueden olvidar al gambusino francés que las dotara de magníficos templos, jardines, palacios y dones, menos Toluca olvidará al agricultor favorecido, porque la colmó de mejoras, menos suntuosas, pero más útilee que las que el minero legara a las suyas.