LA RODA DURANTE LA II REPÚBLICA
10. HACIA LAS ELECCIONES DE FEBRERO DE 1936
Una vez controlados los efectos de la huelga de octubre de 1934, a lo largo de 1935 las derechas iniciaron una amplia campaña en defensa de los valores tradicionales y en contra de la actitud revolucionaria de la izquierda. En La Roda, como en muchos otros municipios, se solicitó el aumento de las fuerzas del orden, pues se había puesto de manifiesto su deficiencia durante el movimiento subversivo. Autoridades y caciques locales celebraron multitud de homenajes, aparte de la suscripción que ya vimos para recaudar fondos y premiar así la fidelidad de la Guardia Civil, contribuyendo a consolidar de esta manera su buena relación. Se- gún Sepúlveda Losa (2003, p. 189), el temor a la radicalización campe- sina y obrera y la preocupación por guardar el orden “reforzaron esta demanda entre los sectores conservadores y de clases medias que regían la mayoría de los consistorios”.
Sin embargo, las relaciones entre los miembros de la coalición gober- nante pronto dejaron de ser buenas: los enfrentamientos entre cedistas y radicales fueron habituales a partir de 1935. A nivel nacional, sus pro- blemas internos culminaron con dos grandes escándalos políticos en el otoño de 1935: el caso del straperlo y el asunto Nombela anticiparon la ruptura de la coalición. Ante la debilidad de los radicales, Gil Robles confió en controlar el Gobierno, pero Alcalá Zamora, dudando de las convicciones democráticas de Robles, entregó al moderado Portela Va- lladares la presidencia del Gobierno. El objetivo de Alcalá Zamora no era otro que conseguir que entrase en el Parlamento una minoría de dipu- tados de centro lo suficientemente amplia como para rebajar la excesiva polarización de posturas, ejerciendo de contrapeso entre la izquierda y la derecha.
Y así es como el viejo Consistorio rodense también fue destituido, creándose uno nuevo el 8 de enero de 1936. Se envió un delegado espe-
cial a La Roda para supervisar el cese de los dieciséis concejales interinos y proceder al nombramiento de los nuevos, según aparecía en el listado de los Oficios del Gobierno Civil Provincial n.º 80 y 81 sobre autori- dad provisional, que fueron: Godofredo Iniesta Avendaño, Diego Moli- na García, Antonio Aranda Ureña, Bernardino castillo, Ricardo Atienza Carrasco, Ramón Madrigal Beltrán, Fernando Martínez, Juan Andrés García Lara, Armando Saiz Calero, Emiliano Rubio Martínez, Antonio de la Peña y Miranda, Pedro Antonio Céspedez Jiménez, Pascual Rodrí- guez, Daniel Castillo Carretero, Eloy Calero Millán y Julio López Cone- jero. Acto seguido y bajo la presidencia de Miguel Servet Díaz Basauri se procedió a la constitución definitiva del Ayuntamiento, formado en exclusiva por republicanos moderados. A continuación se realizó la co- rrespondiente votación para elegir al alcalde, que fue Antonio de la Peña y Miranda.
Uno de los concejales salientes del anterior gobierno derechista, Fran- cisco Diego Berruga Cebrián, dio las gracias a todo el mundo y deseó a los señores que iban a sustituirles, acierto en su gestión, haciéndoles entrega, dijo: de un Ayuntamiento normalizado en su situación econó- mica, tan distinta de aquella en que lo recibieron. Después del tiempo transcurrido, desafortunadamente estas palabras nos siguen resultando familiares. Tras haber estudiado en profundidad todas las actas del pe- riodo observas que la situación económica era tan lamentable durante el primer bienio progresista como en el segundo, más conservador; todo ello sin tener en cuenta la grave crisis económica que afectaba al mundo occidental derivada del crac bursátil de 1929. La coalición de derechas no podría haber recuperado una economía local, o nacional, estructural- mente anquilosada en año y medio de gobierno. Si a alguien se debía pe- dir explicaciones sobre la penosa situación económica del municipio era a las oligarquías que lo habían gestionado desde tiempos inmemoriales.
En la escala nacional, el nuevo Gobierno de Portela Valladares fue el encargado de proclamar elecciones generales anticipadas para el 16 febrero de 1936. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurriera en la Transición española, en este momento ya no era posible improvisar un partido de centro de la noche a la mañana. Estaba claro que los radica-
les de Lerroux se habían agotado mientras que el partido de Portela no llegaría a nacer. El centro desapareció casi por completo como opción política en las elecciones de febrero de 1936.
Entre otras cosas, estos comicios pusieron encima de la mesa la bipo- larización política de la sociedad española que culminó con el golpe de Estado del 18 de julio. La lucha se estableció entre las derechas, organi- zadas en un Frente Nacional, y las izquierdas, unidas en el Frente Popular.
En palabras de Paul Preston, “aunque el Frente de derechas consiguió buenos resultados, debido en parte a la enorme suma de dinero que gas- taron en propaganda, la victoria recayó sobre las izquierdas”.79 Estas a su vez, desarrollaron una intensa campaña electoral realizando innumera- bles mítines que en La Roda fueron celebrados en la Casa del Pueblo y en el Teatro Cervantes. También influyeron en la orientación del voto femenino hacia las izquierdas, ya que en las últimas elecciones la alta participación femenina, cuya vida transcurría entre el hogar y el altar, había sido clave, entre muchas otras cosas, para el triunfo de la coalición de centro-derecha. Según Santos Juliá (1999, p. 110), “fueron unas elec- ciones apasionadas, con muy elevada participación: desde las monjas de clausura al anarquista apolítico, todo el mundo fue a votar”.
Rosa María Sepúlveda (2003, p. 296) nos dice que en la provincia de Albacete la coalición antirrevolucionaria triunfó en 64 municipios ubi- cados sobre todo en las zonas serranas de Alcaraz y Yeste, y en La Roda, lugares donde también ganó en 1933. El Frente Popular obtuvo sus me- jores resultados en lugares de mayor militancia, especialmente en las zonas urbanas. La excepción del pueblo de La Roda representa un caso paradigmático sin lugar a duda. Aunque se esperaba que las corruptelas electorales fueran desapareciendo, los datos demuestran que, aunque en menor medida, todavía subsistieron durante todo el periodo republica- no. El sistema administrativo de los viejos distritos monárquicos, que se correspondía en general con los partidos judiciales, a estas alturas con-
79 Gil Robles había encargado para la CEDA un completo arsenal de folletos y carteles de propaganda nazi y antimarxista, presentando las elecciones como una lucha a vida o muerte entre el bien y el mal, la supervivencia y la destrucción. Véase en Preston (2010, p. 94).
servaba una notable supervivencia. Las sedes caciquiles de los señores del distrito, como los Acacio Sandoval en Villarrobledo o en La Roda, aunque muy debilitadas, es evidente que todavía no habían desapareci- do.80
Como ya sabemos, la gran reivindicación del Frente Popular en es- tas elecciones fue la petición de la amnistía política y laboral para los represaliados por la revolución de octubre. Esta fue, junto al estricto cumplimiento de su programa político, la primera medida adoptada por
80 Sepúlveda apunta que el porcentaje en el escrutinio a favor de la coalición antirre- volucionaria en La Roda fue de entre el 60 y el 80 %. No disponemos de datos más concretos.
Mujeres votando al Frente Popular (Colección de carteles Estudio fotográfico Paco Paya)
el nuevo Gobierno de Azaña. Los presos salieron de las cárceles y los ayuntamientos reintegraron en sus antiguos puestos a los concejales y funcionarios que los ocupaban en 1934. Así fue como en el Consistorio local, en la sesión extraordinaria urgente de 21 de febrero, se procedió a la lectura del telegrama del Gobierno Civil por el que se restablecía el grupo de gobierno previo a las revoluciones de 1934:
Que cesen todos los concejales interinos dando posesión a los concejales propietarios que fueron suspendidos en el mes de octubre y en los mis- mos cargos que en aquella fecha desempeñaban.
De esta manera pasaron a ocupar sus puestos los tenientes de alcalde Francisco Escudero Díaz y Basilio Donate Jareño; también los siguientes concejales: Miguel Servet Díaz Basauri, Antonio Romero Giner, Fran- cisco Moreno Castillo, Eloy Calero Millán, Antonio Montero Montero y Florentino del Barco Picazo. A la sesión no acudió el anterior alcal- de José Cerdán Pérez ni los concejales Antonio Díez Belda ni Ramiro Huerta Fernández porque ya no vivían en La Roda. Finalmente, la Cor- poración se constituyó con 8 concejales, debiendo tener 18 con arreglo al Estatuto Municipal, al amparo de cuya disposición se había celebrado la elección popular. Dada la ausencia de José Cerdán, fue elegido alcalde provisional Ramón Ferrer Garrido.
En la sesión extraordinaria urgente de 24 de febrero se nombraron el resto de los concejales, según otro oficio del Gobierno Civil:
En uso de las facultades que me competen y con el fin de completar el número de concejales de que consta esa Corporación y poder atender al mantenimiento del orden, he acordado nombrar concejales interinos a José López Ballesteros, Lamberto Pérez Martínez, Antonio Montero Montero, Diego Sánchez Lozano, Juan Carretero Lillo, Clodoaldo Ortiz Chumillas, Abel Amar Pardo, José Fraile Moreno, José María Gómez Pé- rez, Gregorio Arenas Martínez, Diego Ortiz, Sebastián Collado Fernán- dez y Julián González Simarro.
Posteriormente votaron por la alcaldía, que fue representada por José López Ballesteros, quedando constituida de esta manera la nueva Cor- poración municipal.
Con respecto al funcionamiento del sistema electoral de la II Repúbli- ca debemos hacer un inciso. Como vimos, las primeras elecciones mu- nicipales celebradas en 1931 revestían claros vestigios de caciquismo al proclamarse los concejales monárquicos tras la aplicación del artículo 29. Sin embargo, los políticos republicanos, en su lucha contra la co- rrupción, a través de los gobernadores civiles paradójicamente acabaron cesando a aquellos ayuntamientos que no sintonizaban con el gobierno de la nación. Esto sucedió en La Roda tras la revolución de octubre de 1934 y volvía a suceder ahora, tras la victoria de la coalición derechista en las elecciones de febrero de 1936.
Manuel Requena (2015, p. 215) destaca que, aparte de las rupturas que se produjeron con respecto al sistema electoral de la Restauración, esta anomalía responde a un claro elemento continuista. El consistorio derechista que se formó en mayo de 1934 fue constituido por orden gu- bernativa, al igual que el de enero de 1936, sin una votación popular previa. Sin embargo, en febrero de 1936, a pesar de la existencia de unas elecciones municipales que dieron la victoria a la coalición de derechas, independientemente de que hubieran sido más o menos corruptas (pues nos consta que lo fueron), el gobernador civil intervino nuevamente im- pidiendo la formación de un Ayuntamiento conservador y ordenando, por el contrario, la constitución de un gobierno formado por socialis- tas y republicanos de izquierdas. Efectivamente se trata de un llamativo componente de continuidad que en ningún caso eximía a las autoridades republicanas de responsabilidad, tras expresar con ahínco su deseo de acabar con las viejas corruptelas electorales que, al final, censuraban o aprobaban a conveniencia. Es evidente que con independencia del signo político, la práctica democrática todavía estaba lejos de ser una realidad normalizada a la altura de febrero de 1936.
Unos días después de la constitución del definitiva del Ayuntamiento, el personal funcionario, especialmente la guardia municipal, que tam- bién había sido destituida en octubre de 1934, era restituida nuevamente en sus puestos. Se alegó que como ya había pasado el periodo electoral:
Han desaparecido los motivos existentes para el aumento de la guardia municipal y por ello y para evitar gastos a la corporación la guardia mu- nicipal debe reducirse a su verdadera plantilla.
Se procedió por tanto a la destitución de todos los guardias municipa- les, vigilantes nocturnos y guardas del campo que habían sido nombra- dos en octubre de 1934, siendo restituidos en sus puestos todos los que en aquella fecha fueron destituidos. A continuación, se recordó que nin- gún cargo interino debía estar cubierto por más de seis meses, por lo que teniendo casi todos los guardias municipales, vigilantes y guardas del campo un nombramiento interino, se acordó sacar las plazas menciona- das para su provisión en propiedad. Los guardias que fueron destituidos y ahora repuestos fueron los siguientes: el Inspector Jefe de la Policía Urbana y Rural, Restituto Gaitano García, el cabo Juan Tébar Cuchillo y el resto de los guardias, Serapio Fraile Griñán, Gabriel Sánchez Lozano, Pedro Córdoba González, Julián Pérez Collado, Juan Fraile Escudero, José Escudero Serrano, Eduardo Martínez Cabañero, Juan Pérez Gaspar y Juan Carrilero Bautista.
Como ya vimos, en La Roda la revolución de octubre no tuvo el im- pacto que tuvo en otros pueblos de la provincia como en Tarazona o Villarrobledo. Sin embargo, sabemos que la Casa del Pueblo fue clausu- rada y que se produjeron detenciones y búsquedas, como la de Antonio Gómez Irimia. También tenemos indicios de que en La Roda hubo una salida de presos políticos y delincuentes comunes de las cárceles des- pués de la victoria del Frente Popular. Esto significa que aparte de la depuración de personal funcionario, también muchos otros individuos complicados en los sucesos de octubre debieron pasar por la cárcel. Efec- tivamente, una vez acabada la Guerra Civil, en el juicio sumarísimo con- tra José Antonio Sevilla Argudo, se dice que este se hallaba en la cárcel cumpliendo condena por un crimen pasional y que, dado su componente socialista, tras las elecciones de febrero de 1936 fue sacado de la misma por Deusdedio del Campo. De este dato podemos extraer interesantes conclusiones. La primera, como decíamos, que en La Roda hubo una ex- carcelación de presos. Aunque sólo dispongamos del testimonio de una persona, podemos intuir que más de uno fue liberado. En segundo lugar, que Deusdedio del Campo ya gozaba de un significativo prestigio den- tro del socialismo rodense de la época. No había sido concejal de 1931 a 1933, y tampoco lo será ahora, tras la victoria del Frente Popular; sin
embargo, sus implicaciones políticas, liderazgo y autoridad debieron ser notorias cuando aparece liderando la liberación de presos de las cárceles.
Algunos han querido justificar el incremento de la violencia que se vive en la primavera de 1936 en función de esta excarcelación de presos.
Si bien es cierto que de la cárcel salieron también multitud de delincuen- tes comunes, no creemos que, aun pudiendo influir, fuera esta la causa de aquella conflictiva primavera. Se trata de otra de las innumerables aberraciones históricas diseñadas por la historiografía franquista para justificar el alzamiento militar. Lo que sí es cierto es que nos hallamos frente a un ambiente sociopolítico inestable y totalmente polarizado, con especial protagonismo en las calles de una juventud muy radicalizada.
Las secciones juveniles de la CEDA y Falange llevaban tiempo conven- cidas de la necesidad de asegurar por la violencia lo que no era posible obtener mediante la palabra o las urnas. Esto significó que, en adelante, la derecha iba a preocuparse más todavía si cabe, por destruir la Repúbli- ca que de asumir el mando. A modo de ejemplo, en un pleno del mes de marzo, la Sociedad de Obreros Labradores El Campo enviaba un comu- nicado al Consistorio pidiendo, entre otras cosas, que desde el mismo se hiciera lo posible por detener el rearme de las derechas. Por su parte, las Juventudes Socialistas también radicalizaron sus posturas, creando en marzo de 1936, las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), tras su unión con las Juventudes Comunistas.
Y así es como tras el triunfo del Frente Popular se inició un proceso ascendente de inestabilidad social y una escalada de violencia, promovi- da especialmente por la derecha, militares, falangistas y monárquicos, y por un sector de la izquierda, el más radical de los socialistas. No obstan- te, como indican Aróstegui (2006), Preston (2010) o Viñas (2019) entre otros, las fuerzas de derechas y muy especialmente los militares golpistas, fueron los que promovieron las gestiones para consumar la insurrección armada incluso antes de la constitución del Gobierno del Frente Popular.
Durante los meses de febrero y principios de marzo de 1936, Franco ya había iniciado contactos subversivos con Fanjul, Goded, Galarza o Mola, siendo Sanjurjo (protagonista del golpe de estado fallido de agosto de 1932), el presidente de la Junta creada en tal efecto. Los encuentros man-
tenidos por los rebeldes con la Italia fascista de Benito Mussolini, uno de los grandes paradigmas del mal en el siglo XX, también fueron decisivos en la preparación y financiación del golpe. A finales de abril, el general Mola comenzaba a perfilarse como posible líder de la sublevación.
11. MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES. LA PRIMAVERA