La bipolaridad hace referencia a que las personas no siempre mantienen respecto a la actitud una bipolaridad ni la unidireccionalidad. Morales (1999) comenta que esto es así cuando “las personas tienen referentes criteriales sólo o predominantemente positivos” (p.141) y cuando “niega relevancia a los valores opuestos a fin de proteger mejor a los suyos propios” (p.141).
La consistencia de las actitudes pone de manifiesto que no todas ellas se han adquirido de un conocimiento o una experiencia previa profunda. Por ello, las personas tienen, también actitudes que se han formado con falta de información.
No es difícil encontrara ambivalencia cognitiva y afectiva. La ambivalencia en el componente cognitivo de la actitud se declara cuando las creencias sobre un determinado objeto son ambas inconsistentes, y en el componente afectivo cuando existen sentimientos mezclados. Esto genera inestabilidad en la actitud y pone de manifiesto la importancia del contexto. De ahí la importancia de reducir la disonancia congnitiva, tal y como se ha puesto de manifiesto en los párrafos anteriores.
procesos de atribución, los estereotipos, la conducta de ayuda o las relaciones interpersonales que se establecen entre las personas.
En un elevado número de situaciones aparecen conflictos cognitivos que han sido explicados por los procesos de atribución de la teoría de Heider, o la teoría de las inferencias de Jones y Davis, o el modelo de variación de los esquemas causales de Kelley, entre otras. El estudio de los procesos de atribución pretende aportar concomiendo sobre aquellas conductas que se alejan de un comportamiento adecuado. Los primeros trabajos fueron realizados por Heider indicando la existencia de causas internas y externas y formuló un modelo de itinerario seguido por las personas para asignar la atribución. Jones y Davis se centraron en la causalidad interna y Kelley en la externa. A estas teorías le siguieron, entre las más relevantes dos: la de las diferencias entre actor- observador de Jones y Nisbett. Esta teoría afirma que las heteroatribuciones tienden a ser internas mientras que las autoatribuciones tienen a ser externas. El observador tiende siempre a atribuir la conducta del actor a las características personales, y el actor las atribuye a la situación. La segunda teoría, la de los errores, los sesgos y las funciones declara que una persona al hacer un juicio atributivo incurre en un sesgo cuando por algún motivo lo distorsiona.
Las atribuciones no son sólo un proceso cognitivo sin mayor implicación, tienen profundas implicaciones sociales cuando se refieren a las funciones que desempeñan (Sainz y Sainz, 2015).
La definición de estereotipo ha ido modificándose a lo largo de la historia de la psicología social. Se ha entendido como una creencia individual de las personas sobre un determinado grupo social y como creencia basada en el consenso social.
La teoría de Lippman indica que el estereotipo actúa de filtro en nuestra percepción de la realidad, a la vez que ejerce una función defensiva. Katz y Braly proponen un modelo de investigación empírica a través de listados de adjetivos.
Gordon Allport pone de manifiesto el proceso de categorización y la estrecha relación que tienen los estereotipos con el prejuicio. Campell pone de relieve los factores que contribuyen al estereotipo resaltando la importancia del contexto intergrupal. La contribución de Tajfel ha consistido en insistir en los procesos cognitivos del prejuicio que se asocian al estereotipo.
Las teorías del estereotipo ponen de manifiesto la influencia de los factores individuales vinculados a la personalidad y los factores sociales. Aquellas teorías de corte cognitivo ponen el acento en los procesos cognitivos y en los sesgos que se producen en el procesamiento de la información que o bien mantienen el estereotipo o lo reconfiguran.
Los últimos abordajes del estereotipo se centran en las funciones individuales y sociales que poseen (Sainz y Sainz, 2015).
La conducta de ayuda y el altruismo ha sido una investigación clásica en psicología social y en las actitudes. Cuestiones como cuándo ayudan las personas, cómo lo hacen, o por qué han sido ampliamente estudiadas. Altruismo y conducta de ayuda no es lo mismo. Sólo aquellas conductas de ayuda que buscan el beneficio de otros pueden considerase conductas altruistas. En la conducta de ayuda intervienen factores como la presencia o ausencia de otros observadores y las características de la persona que necesita la ayuda, se entremezclan con variables individuales como la motivación o el costo que supone ayudar o no a una persona. La interacción de factores emocionales con los cognitivos es habitual.
Parece existir un componente biológico en la conducta altruista que a lo largo de la historia de la humanidad ha servido de mecanismo de defensa para ayudar a las personas. Nacer con la tendencia a ayudar a los demás cuando lo necesitan no es un proceso automático. Esa tendencia debe trabajarse y articularse mediante el aprendizaje de normas sociales que propicien la interacción entre las personas.
De la misma manera, tampoco es un proceso automático solicitar ayuda cuando se necesita. Tanto en la persona que recibe la ayuda como en la que la dispensa intervienen factores como que la ayuda sea percibida o no como algo beneficioso para el que la recibe y, que la reacción sea buena o mala va a depender del balance que realice entre el apoyo que suponga y la amenaza a la autoestima (Pulido, Ribes, López y López, 2015).
En resumen se puede indicar que la importancia del estudio de las actitudes reside fundamentalmente según Briñol, Falces y Becerra (2009) en cinco cuestiones:
• “Las actitudes son relevantes a la hora de adquirir nuevos
conocimientos ya que las personas asimilan y relacionan la información que reciben del mundo en torno a dimensiones evaluativas” (p. 458).
• “Las actitudes desempeñan una serie de funciones imprescindibles a la hora de buscar, procesar y responder, no solo a la información sobre el entorno, sino también a la relacionada con uno mismo” (p. 458).
• Las actitudes se vinculan a nuestra conducta, “el mayor y mejor conocimiento de las actitudes permitirá realizar predicciones más exactas sobre la conducta social humana y sobre sus cambios” (p.458).
• Las actitudes ponen en contacto la realidad individual con la social,
“nuestras actitudes reflejan la interiorización de los valores, normas y preferencias que rigen en los grupos y organizaciones a los que pertenecemos” (p. 458).
• Es fundamental el estudio de las actitudes, cómo se adquieren, cómo se modifican, “si las actitudes de un gran número de personas cambian posiblemente las normas sociales puedan cambiar también” (p. 458).