DEL FEUDALISMO
3. Las ideas políticas de los di- rigentes de la Reforma y los de las
3. Las ideas políticas de los di-
al margen del profano mediante el afianzamiento en el corazón de éste, de otro, interno...8”
Admitiendo la libre interpretación de la Sa- grada Escritura, la Reforma infunde al hombre la fe en su razón y fundamenta la reivindicación de la libertad de pensamiento. Engels, refiriéndose a esto, dice que, igual que Copérnico, había lanzado un reto a la superstición de la Iglesia9.
En su aspiración para socavar la pretensión de la Iglesia católica a la tutela en todos los aspec- tos, la Reforma comienza por defender la libertad de pensamiento y de conciencia. El asunto de la fe es libre, dice Lutero, y en esto nadie puede obligar.
Sin embargo, el protestantismo, apenas llegó a ser la religión dominante, se valió am- pliamente de la colaboración del Estado en la lucha contra sus enemigos. En 1529 fue ahogado, en el lago de Zurich, Félix Manz, jefe de los ana- baptistas de esa ciudad, y más tarde en 1553, Cal- vino mandó a la hoguera a Miguel Servet, habiendo dado para ello su completa aprobación Melanchton, compañero cercano de Lutero. Teo- doro Beza, colaborador muy próximo de Calvino, en su obra relativa al castigo de los herejes por las autoridades civiles ( D e herecretisis a civili magistratu puniendis, etc), trata de justificar el severo castigo para todos los que se desvían de la doctrina religiosa oficial en los Estados en los que esta nueva religión se había afianzado.
Ni en Alemania, ni en ningún otro país, tra- jo la Reforma la libertad religiosa. Además, al resucitar y destacar con toda fuerza la teoría de Agustín referente a la predestinación, el protes- tantismo se allana el camino para apartarse de las reivindicaciones de la libertad de pensamiento y de conciencia.
Refiriéndose a las relaciones mutuas entre la Iglesia y el Estado, Lutero enseña que éste debe prestar completa colaboración á aquélla, y que los cristianos, a su vez, deben respetar incondicio- nalmente el poder existente. Paciencia y sumi- sión, he aquí lo que le queda al cristiano en caso de que las autoridades cometan abusos. “Sufri- mientos y tormentos, tormentos y sufrimientos, éste es el único derecho del cristiano”, tal es la
8 C. Marx y F. Engels, Obras, ed. rusa, t. m, pág. 615.
9 F. Engels, Dialéctica de la Natu ral e za, Ed. Grijalbo, México.
respuesta que Lutero da a los insubordinados.
Si bien comenzó con la exhortación abierta a atacar a “estos dañinos maestros de la perdición, a los cardenales, papas, obispos y a todo el resto de la jauría de la Sodoma romana, a atacarlos con todas las armas posibles10” y lavarse las manos en su sangre, Lutero insta más tarde al arreglo pacífico de los conflictos, para terminar pidiendo abiertamente la represión despiadada de los cam- pesinos insurrectos, cuando se desencadenó la gran guerra campesina.
Mantiene una actitud hostil frente al movi- miento revolucionario de las masas, y espera de los príncipes el afianzamiento de la nueva reli- gión, cifrando ,en ellos todas sus esperanzas. Re- niega del movimiento popular, y se coloca del lado de los burgueses, nobles y príncipes, convir- tiéndose en el portavoz del programa burgués moderado dentro de la Reforma.
Tampoco fue consecuente en el problema de la delimitación de incumbencias entre la Igle- sia y el Estado. Aunque defiende la necesidad de la separación entre ambos, llega, sin embargo, a conclusiones que, por su esencia, significan la subordinación de la Iglesia al Estado. Como tiene necesidad del apoyo de los príncipes, no es parco en palabras para ensalzar al Estado.
Este, según Lutero, es una creación de la razón, y la actividad de un Estado cristiano no puede discrepar de los intereses de una Iglesia cristiana. Dado que la esfera de la religión es la fe, postula la renuncia de la Iglesia a las preten- siones de obtener el poder secular. Apoyándose en los príncipes para su actividad de afianzamien- to de la nueva religión, comenzó en última ins- tancia a aprobar todo el régimen feudal y las normas tal y como existían en aquel entonces en Alemania.
3.— Tomás Münzer (alrededor de 1493- 1525) fue el jefe del partido revolucionario en el movimiento de la Reforma, en Alemania, e ideó- logo de la guerra campesina.
A la edad de quince años fundó una socie- dad secreta dirigida contra el arzobispo de Mag- deburgo y contra la Iglesia católica. En sus años mozos recibió el título de doctor y el puesto de capellán en un monasterio de Halle. Ya entonces
10 F. Engels, La guerra campesina en Alemania, Ed. Problemas, pág. 37.
reveló una actitud escéptica ante los dogmas y la liturgia de la Iglesia y fue atraído por las doctrinas medievales del futuro advenimiento del “reino milenario” sobre la Tierra.
En 1520 se traslada a Zwickau como predi- cador. Allí se había divulgado extensamente la doctrina de los llamados anabaptistas, o rebaptis- tas partidarios del retrobautismo, quienes estima- ban que el hombre debe ser bautizado, no de niño, sino de adulto. Los partidarios de esta doctrina protestaban contra la desigualdad patrimonial, predicaban la idea del comunismo igualitario primitivo y exhortaban a la creación de comuni- dades en las que no hubiera ricos y donde todos fueran igualmente pobres.
Münzer apoyó este movimiento aun cuando jamás compartió plenamente sus ideas. Ya enton- ces vinculó la lucha contra la Iglesia con la lucha revolucionaria general contra el poder existente.
Para ponerse a salvo de las persecuciones, tuvo que dejar Zwickau, e instaló el centro de su acti- vidad primero en Bohemia y luego en Turingia.
Allí, anticipándose a Lutero, suprimió el idioma latino en los oficios del culto y organizó la propa- ganda en las aldeas, incitando a la acción armada contra los curas. Se aparta decididamente del mo- vimiento pequeñoburgués de la Reforma, y de la crítica a la doctrina eclesiástica pasa audazmente a la agitación política, desarrollando un programa próximo al comunismo utópico, que traducía las reivindicaciones de las masas plebeyas.
Desarrolló su prédica en Alstädt, donde, in- vocando los evangelios, instaba a que los gober- nantes ateos y, especialmente los sacerdotes y monjes que denigraban heréticamente el evange- lio, fueran exterminados. Se realizó la ruptura abierta, desde hacía ya mucho tiempo madura, entre él y Lutero, quien lo declaró “instrumento de Satanás” y comenzó a exhortar abiertamente el castigo de los jefes de la oposición revolucionaria.
Münzer llegó a ser jefe de un amplio mo- vimiento popular, y desarrolló su propaganda y actividad organizadora en diversas partes de Alemania. A fines de febrero o principios de mar- zo de 1525 se trasladó a Turingia, en la libre ciu- dad imperial de Mülhausen, donde se había des- encadenado “...el episodio que constituye el punto
culminante de la guerra campesina...11” Fue desti- tuido allí el viejo consejo de patricios y el poder pasó a manos de uno nuevo, “eterno”, encabezado por Münzer.
Los feudales, con el Landgrave de Hessen al frente, lograron unir sus fuerzas y hacerlas marchar contra esa ciudad. Cerca de Frankenhau- sen, donde Münzer fue herido y tomado prisione- ro, quedó rota la resistencia de los insurrectos. Un poco más tarde se rindió también Mülhausen, y Münzer fue sometido a torturas y decapitado.
Formuló un audaz programa radical. No obstante dar a su teoría una forma religiosa —en el fondo teológica—, hizo una aguda crítica, no sólo de la Iglesia romana, sino también de los dogmas de la religión cristiana. Consideraba que no era correcto contraponer la fe a la razón; su- ponía que la fe no era otra cosa, que el despertar de la razón en el hombre. Renunció a reconocer la creencia en el mundo del más allá, en el infierno, en el diablo, en el valor mágico de la comunión y en la condenación de los pecadores. Cristo, a su juicio, fue un hombre, no un dios; fue simplemen- te un profeta y un maestro. Engels, al destacar el panteísmo de Münzer, dice que la filosofía reli- giosa de éste se aproximaba al ateísmo12.
Consideraba al hombre como parte de la creación mundial divina, y predicaba la unión más completa posible del hombre con el todo divino. Para eso exigía refrenar todas las inclina- ciones personales del hombre y la subordinación de éste a los intereses de la sociedad.
También su programa político fue audaz.
Engels da su caracterización. Después de destacar que su programa político estaba muy próximo al comunismo y que constituía “...la genial anticipa- ción de las condiciones de emancipación del ele- mento proletario que apenas acababa de hacer su aparición entre los plebeyos...”, Engels continúa:
“Este programa exigía el establecimiento inme- diato del reino de dios, de la era milenaria de feli- cidad tantas veces anunciada, por medio de la reducción de la Iglesia a su origen y la supresión de todas las instituciones que se hallasen en con- tradicción con ese cristianismo que se decía pri- mitivo y que en realidad. era sumamente moder-
11 F. Engels, La guerra campesina en Alemania, Ed. Problemas, pág. 23.
12 Ibídem, pág. 46.
no. Pero, según Münzer, este reino de dios no significaba otra cosa que una sociedad sin dife- rencias de clase, sin propiedad privada y sin poder estatal independiente y ajeno frente a los miem- bros de la sociedad. Todos los poderes existentes que no se conformen, sumándose a la revolución, serán destruidos; los trabajos y los bienes serán comunes y se establecerá la igualdad completa13”.
Para llevar a la práctica este programa esti- maba necesario fundar una alianza y suponía que a los príncipes y a los señores había que solicitar- les su adhesión a la misma; en caso de negarse, instaba a atacarlos con las armas en la mano y a abatirlos a todos.
De esta manera, Münzer exhortaba abierta- mente al asalto revolucionario de las posiciones de la clase dominante.
Sin embargo, en las condiciones materiales de vida de aquella sociedad, no existían aún las premisas para realizar la revolución por él esbo- zada. “No sólo aquel movimiento, sino todo aquel siglo, no estaban maduros para la realización de las ideas que el propio Münzer había empezado a imaginar tarde y confusamente. La clase a la que representaba acababa de nacer y no estaba, ni mucho menos, completamente formada ni era capaz de subyugar y transformar a la sociedad entera. El cambio de la estructura social que había imaginado no tenía el menor fundamento en las circunstancias sociales existentes, en las que se gestaba un orden social que iba a ser exactamente contrario al orden que había soñado.14”
La Reforma en Inglaterra, Alemania y en otros países fue acompañada de la confiscación de las tierras de la Iglesia. Trajo consiga el acre- centamiento del poder de los reyes y príncipes — en cuyas manos cayeron inmensas riquezas—, los cuales convirtieron la nueva Iglesia protestante en instrumento para afianzar su ilimitado poder.
La Reforma contribuyó a la consolidación de la teoría burguesa relativa al Estado y el dere- cho. Promovió y comenzó a defender el principio del Estado secular, independiente con respecto de la Iglesia feudal, facilitando el fortalecimiento de los órganos del Estado, a cuyo poder habían pa- sado las riquezas confiscadas a la Iglesia. La Re-
13 F. Engels, La guerra campesina en Alemania, Ed. Problemas, pág. 47.
14 Ibídem, págs. 129-130.
forma favoreció la consolidación de un firme poder estatal centralizado, necesario para el desa- rrollo económico. Preparó también las premisas ideológicas para el desenvolvimiento de las teor- ías burguesas referentes a los derechos inaliena- bles del individuo y la soberanía del pueblo.