“La identidad es, por encima de todo, un dilema. Un dilema entre la singularidad de uno/a mismo/a y la similitud con nuestros congéneres, entre la especificidad de la propia persona y la semejanza con los/as otros, ente la peculiaridad de nuestra forma de ser o sentir y la homogeneidad del comportamiento, entre lo uno y lo múltiple” (Iñiguez, 2001: 1)
El tema de las identidades es muy amplio y presenta diversas aristas difíciles de manejar, de hecho, en los noventa, la comunidad científica de México ponía en duda la utilidad del concepto36. A pesar de ello, la identidad continua siendo un objeto de estudio, que cobra relevancia a la luz de los cambios sociales y culturales recientes.
Uno de los aspectos que dificulta la delimitación del concepto de identidad es que sus fuentes conceptuales provienen de diferentes disciplinas, por lo que se trata de un objeto de estudio transdisciplinario. Además, hay distintos enfoques para estudiar las identidades; cada uno de los cuales enfatiza más unas dimensiones y problemáticas que otras.
Junto a las dudas que suscita la polisemia del concepto sobre su utilidad y sí la variedad de sus aplicaciones destruye al concepto mismo, como se pregunta Dubet (1989), hay otros puntos de vista que han puesto en duda la pertinencia del concepto de identidad por el debilitamiento de lo social. En esta
36 Véase Dubet (1989).
línea de pensamiento se encuentran las ideas de Maffesoli (2000), que considera como un rasgo fundamental de la modernidad al tiempo condensado: el aquí y el ahora. Así, desde el tiempo de la vida cotidiana, define a la sociabilidad como el espacio de interacción de la persona, que tiene un rol, representa a un carácter y se identifica con sus simultáneos o sucesivos roles. Mientras que lo característico de lo social es el individuo, que desempeña una función en la sociedad, como parte de una asociación o un grupo estable.
Para Maffesoli (2000), la noción de identidad corresponde al orden de lo social, que descansa en asociaciones racionales de los individuos, por lo que es una noción cerrada; en cambio, propone una noción más abierta que es la identificación, en la que recupera a la persona, que se identifica con sus simultáneas o sucesivas máscaras, sin agotarse en ellas37.
En su preocupación por comprender a las sociedades contemporáneas, Giddens (1991) también pone el acento en la rapidez en que se desestiman usos y costumbres tradicionales hoy en día, afectando la naturaleza de la vida social cotidiana y los aspectos personales de la experiencia. Por ello, le interesa estudiar los nuevos mecanismos en la construcción de la identidad del yo, pues considera que la actividad reflexiva, que surge de la necesidad de adaptarse continuamente a nuevas circunstancias, es un rasgo característico de la modernidad, y la continua necesidad de reconstrucción de la identidad del yo forma parte de este carácter reflexivo de la modernidad.
La reflexividad38 de la sociedad contemporánea es la respuesta en la dimensión personal e institucional a la incertidumbre y el riesgo presentes en el mundo de hoy; ante los procesos de cambios vertiginosos en las relaciones sociales, en los contenidos y naturaleza de la vida social cotidiana y ante la ausencia de narrativas de estructuración económica, social y política, se requiere una continua revisión de los posibles cursos de acción. Para este autor, la modernidad reciente implica riesgos que otras generaciones no afrontaban, los cuales tienen que ver con la compresión del mundo, con la interconexión de los acontecimientos remotos con sucesos próximos.
Este enfoque pone el acento en la dimensión reflexiva de la construcción de lo personal: la identidad del yo implica un ejercicio de interpretación de la biografía personal, ya que para poder tener un sentimiento de quiénes somos, se requiere de la elaboración de una trayectoria de nuestra existencia, de una historia personal que articule de manera coherente los hechos de nuestra experiencia (Giddens,1991).
Los planteamientos de Giddens (1991) se encuentran estrechamente relacionados con una concepción de la identidad como ‘trabajo sobre sí’. De esta manera, la identidad vista como ‘trabajo para sí’ es el puente entre el estudio de la identidad y el estudio del sujeto y de las subjetividades, pues el actor
37 Atendiendo a estos planteamientos en este trabajo se utiliza la noción de procesos de identificación en el trabajo.
38 Entendida como una capacidad para aprender, para discernir entre diversos cursos de acción, entre distintos mundos posibles.
se concibe como administrador y organizador de las distintas dimensiones de su experiencia social y sus identificaciones (Dubet, 1989).
Lo anterior significó un cambio metodológico en las investigaciones sobre la identidad, pues de ser reconstruidas deductivamente, comienzan a desarrollarse estudios de carácter inductivo, que complejizan la cuestión de las identidades sociales, ya que parten del reconocimiento de que “... la identidad nunca es solamente «para los otros», sino también «para uno mismo». Según este planteamiento, la identidad «no nos es dada» de una vez y para siempre, sino que es «construida» a lo largo de la vida” (Dubar, 2001:8).
Por otra parte, uno de las influencias más notorias y que ha enriquecido el bagaje teórico sobre el tema es el interaccionismo simbólico, que introduce la discusión sobre la identidad y el yo. La principal influencia ha sido la teoría de Mead (1934), que propone que la mente y el yo se forman en la interacción social y la actividad comunicativa entre grupos de personas. Otro elemento relevante que introduce este autor es que entiende al lenguaje como un sistema de significación que opera independientemente de los individuos considerados como entidades singulares, de tal manera que hace de mediación entre el individuo y su actividad social.
Estas ideas tienen un gran impacto en las ciencias sociales, pues se reconoce que la producción del significado social es una condición necesaria para el funcionamiento de las prácticas sociales; por ende, la cultura entendida como el conjunto de valores y actitudes que se encuentran subsumidas en toda actividad individual e institucional -y que sirven de cimiento para la producción de significados individuales-, se torna en un eje central del análisis sociológico e implica un importante cambio epistemológico (De Guy, 1996).
Según Guadarrama (1998), el nuevo enfoque en el estudio de las identidades y la cultura laboral se constituye en la respuesta ante los cambios en los grandes paradigmas teóricos de las ciencias sociales basados en esquemas deterministas y estructuralistas que perdieron capacidad explicativa, dando cabida a visiones centradas en la vida cotidiana y la acción reflexiva de los actores sociales, así como en la consideración de una relación más dinámica entre el mundo dentro y fuera del trabajo. Así, en la sociología del trabajo, los estudios se mueven del ámbito técnico-productivo al simbólico-expresivo, en los que éste último trata además de dar cuenta de la diversidad de sujetos que participan en los mundos de trabajo.
En otro trabajo, la autora señala que dentro de esta perspectiva renovada de la cultura laboral, se reconoce los múltiples campos identitarios de los sujetos laborales, de tal suerte que las identidades obreras se conforman a partir de “… las múltiples y zigzagueantes trayectorias biográfico-laborales, por las redes sociales que entrecruzan el espacio de trabajo y los espacios sociales más amplios, por la acumulación y sedimentación de valores y estrategias que guían la acción espontánea y organizada, por el
conflicto entre las culturas corporativas y las subculturas ocupacionales, de género, étnicas, etcétera. En suma por los múltiples significados construidos y engarzados en los espacios de socialización sociolaboral, expresados en los cursos biográficos-laborales, en los estilos discursivos de la cooperación y de la diferenciación y en las prácticas de control y resistencia obrero-patronales” (Guadarrama, 1995: 7).
De manera complementaria, Dubar (2001) hace énfasis en la construcción de identidades laborales en la interacción cotidiana en el lugar de trabajo; a partir “... de considerar el propio trabajo y considerarse -o no- como «actor» en las organizaciones, estas identidades dependen sobre todo de las relaciones que mantienen con los otros actores (jefes, colegas, clientes) de este «trabajo vivenciado»; es decir, de una situación construida y definida subjetivamente” (Dubar 2001:9).
Asimismo, esta propuesta de análisis de las identidades laborales implica concebir que las relaciones con los otros se elaboran como relaciones de poder, entendiendo como poder a la capacidad de influir sobre las decisiones de los otros y de participar en estrategias de actor, por lo que se pueden adoptar distintas actitudes frente a las situaciones: “miembro activo”, “agente pasivo”, “colaborador leal”,
“opositor anónimo”, etcétera (Dubar, 2001).
Dichas identidades, “de negociación, “de afinidades” o “de retiro”, constituyen lo que Dubar (2001) llama «formas de enfrentar el poder» o «formas identitarias», las cuales dependen tanto de los contextos de inserción fuera del trabajo, como del lugar que se ocupa en el trabajo, de los valores, creencias y representaciones que se emplean en la actividad profesional. Se construyen así “...
«concepciones de sí en el trabajo» que ponen en juego las relaciones entre identidad personal e identidades colectivas” (Ibid, 2001: 9).
Es importante considerar también que el llamado “giro ling istico” en las ciencias sociales permitió identificar el origen discursivo y narrativo de las identidades (Vila,1996). De tal manera que las identidades sociales comienzan a estudiarse como tramas argumentales. La narrativa es pensada como una categoría epistemológica, ya que “... permite la comprensión del mundo que nos rodea de manera tal que las acciones humanas se entrelazan de acuerdo a su efecto en la consecución de metas y deseos ... la narrativa sería la única forma cognitiva con que contamos para entender la causalidad en relación a las acciones de los agentes sociales” (Vila, 1996:1).
Y la idea de estudiar identidades narrativas implica entender a las identidades sociales como “...
una continua lucha discursiva acerca del sentido que define a las relaciones sociales y posiciones en una sociedad y tiempo determinados. Uno de los resultados de esta lucha discursiva es que los nombres y rótulos que definen a las diversas relaciones y posiciones sociales entran a formar parte del sentido común impregnados con connotaciones propuestas por los «ganadores» de esta batalla de sentido” (Vila, 1996:10).
En términos metodológicos se requiere entonces recurrir al enfoque cualitativo o biográfico, puesto que interesa analizar biografías laborales y vitales como formas narrativas en las que es posible develar una estructura interna y acceder a los significados de un “universo de sentido” (San Miguel, 2000). Asimismo, esta perspectiva implica cambiar el foco de atención hacia la construcción de las identidades personales y a través de ellas develar la dimensión social de la identidad, pues los mundos personales se encuentran atravesados por procesos socio-históricos, se encuentran ligados a espacios de interacción social y son afectados por procesos de cambio socioculturales, tales como el desempleo, la migración, las rupturas en la familia, entre otros (Vasilachis, 2003).
Por otra parte, como se ha mencionado, Dubar (2005) distingue entre la identidad ‘para uno mismo’ (biográfica) y la identidad ‘para el otro’ (relacional); además la articulación de estas dimensiones identitarias se da en un proceso complejo de negociación, entre la identidad atribuida por y para otro y la identidad pretendida para uno mismo. En los siguientes apartados se desarrollan estas ideas con más detalle.