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A D V E R T E N C I A

| STOS viajes tuvieron lugar en el a ñ o de 1800, con motivo de a c o m p a ñ a r el autor al Ex- c e l e n t í s i m o Sr. Jefe de escuadra, D. Ig- nacio María de Á l a v a , quien deseaba instruirse en lo físico, geográfico y polí- tico de estas Islas.

Hallábase el Sr. Álava en el país desde el 25 de Di- ciembre de 1796, d í a en que e n t r ó en Cavite con la escuadra de su mando, compuesta de tres navios y dos fragatas, y h a b í a sido aquí enviado para, en caso de guerra, tener este punto cubierto con las dichas fuerzas y las de otras tres fragatas que arribaron po- co antes que el Sr. Álava, y que h a b í a n venido para esperarle y r e u n í r s e l e , pues se t e m í a un rompimiento con la Gran B r e t a ñ a , como así s u c e d i ó , por conse- cuencia necesaria de la paz que la E s p a ñ a c o n c l u y ó con la R e p ú b l i c a francesa el a ñ o de 1796.

CAPÍTULO I

( O N Ignacio María de Álava, general de la Escuadra, me habló para que le acompa- ñ a s e á una expedición que q u e r í a hacer para reconocer el volcán de Táal, á fin de que, como práctico en aquella provincia, la dirigiese. Me dijo no podía detenerse en ella m á s que diez días, que eran los m á s que p o d í a n permi- tirle las obligaciones de su empleo, para que, arre- g l á n d o m e á este tiempo, dispusiese las jornadas. Se puede i r á la provincia de Batangas, donde está el pueblo de Táal y su volcán, por tierra, y t a m b i é n se puede i r embarcado por la laguna de Bay hasta el

¿Materias que abraza el capitulo i . — Invitación del general Álava al P. Z ú - fiiga.—Modos de hacer el viaje de Manila á Batangas. — Señálase dia, y reúnense los expedicionarios en la hacienda de Pasay.—Quiénes eran los expedicionarios.—

Particularidades de la hacienda de Pasay.— Sus productos principales: naranjas (tres clases), caña dulce y buyo. — El buyo comestible. — Cultivo del raam-in.—

Cafia dulce: la encarnada y la blanca. — E l azúcar: provecho que deja; cultivo de la caña; los monopolizadores.—Terrazgo, en relación del provecho.—Cesiones del Rey á los conquistadores. — Los chinos: su influjo en la agricultura.—Los expedi- cionarios salen de Pasay.—El camino.—Árboles frutales.— Breves consideraciones acerca de la relación que existe entre el mayor cultivo y la mayor densidad de po- blación.—Algo sobre la holgazanería de los indios.—Rio Tripa de gallina.— El te-

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pueblo de Calamba, a h o r r á n d o s e algunas leguas de camino. Le propuse estos dos medios, y acordamos que fuésemos por el un camino y volviésemos por ei otro. L a primera jornada por tierra era m u y larga;

yo creía que estando á los principios de la e x p e d i c i ó n no sería tan sensible el hacer esta jornada el p r i m e r día, como dejarla para el ú l t i m o á la vuelta, y así de- t e r m i n é que f u é s e m o s por tierra y volviésemos p o r la laguna de Bay. F u é señalado para la e x p e d i c i ó n el día 30 de Diciembre de 1799; pero considerando que al salir de la primera jornada suele tardar m u c h o en juntarse la gente, determinamos dar por p u n t o de r e u n i ó n una hacienda que tenemos los Agustinos en el sitio de Pasay, á una legua de Manila, cerca de la playa de la bahía, por donde era necesario pasar pa- ra hacer nuestro viaje. Se dió orden á todos los que d e b í a n a c o m p a ñ a r , que el día 29 por la noche estu- vieran en aquella hacienda para emprender t e m p r a n o por la m a ñ a n a , al siguiente día, la jornada, que debía ser algo larga, pues d e b í a m o s i r á dormir al pueblo de Tanauan, que e s t á en la provincia de Batangas.

Se c o n g r e g ó toda la gente la citada noche, y é r a m o s ocho personas, sin-los criados: el Sr. General; D . Isi- doro Postigo, Comandante del Europa; D. V e n t u r a B a r c á i z t e g u i , Comandante de la F a m a ; D. Miguel Sierra, Mayor de ó r d e n e s ; D. Juan Echenique, D . Pe-

rreno de Malibay. L a hacienda que fué del canónigo Sr. Fuente.— Los indios de Malibay.—Los bandidos.—En la cumbre de un monte.—Descúbrese el bello pano- rama de la bahía de Manila.—Montes de San Mateo y de Silang.—Caza de algu- nas aves.—Descúbrese la laguna de Bay.—Otras aves.—El sitio de Mabató.—Otros árboles frutales.—Barrio de Bagumbayan.—Timba, ó aparato de los indios para sacar sin esfuerzo el agua del pozo.— Montinlupa.— Condición de sus naturales.—

Otros tulisanes.—Protección que les prestan los iadigenas.—Medio para aniquilar el bandolerismo. — L a tierra de Montinlupa. — Tunasancillo.— Fechorías de los la- drones.—San Pedro Tunasan.— Los productos de su terreno.—Gusanos de seda.—

Inconvenientes de este negocio. — Las tierras, ¿ e s t á n cansadas?—Cargos á Mr. Le Gentil—Llegada á B i ñ a n g . — S a l e n los principales á recibir á los expedicionarios.

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dro Navarrete, D . Santiago Echaparre, C a s t a ñ ó n y yo. Algunos llegamos algo temprano para disfrutar de aquel delicioso sitio; los m á s no se j u n t a r o n allí hasta d e s p u é s de haber entrado la noche, porque co- mo aquel paraje e s t á cerca de Manila, lo h a b í a n visto muchas veces en los paseos que p o r las tardes h a c í a n á aquel que puede llamarse u n hermoso j a r d í n .

Esta hacienda ocupa menos de media legua en cuadro; está dividida toda ella p o r una especie de ca- nales, que corren de N . á S., y parece que han sido otras tantas madres por donde en otros tiempos iba el r í o de Manila á desaguar á los esteros de P a r a ñ a - que. L a tierra que hay entre estos canales es algo alta y llana, propia á plantar todo g é n e r o de árboles y plantas de esta tierra. En los canales se siembra arroz, por ser la tierra m u y baja y no servir para otra cosa. En los lugares m á s altos hay de todo g é - nero de legumbres, hortalizas, patatas y diferentes á r b o l e s ; pero lo que hace la riqueza de esta tierra son las naranjas, c a ñ a dulce y el buyo. Las naranjas son de tres especies: unas grandes como la cabeza de u n n i ñ o , algo agrias y son conocidas con el nombre de toronjas; las otras son algo m á s p e q u e ñ a s , pero m u y dulces y saludables para cortar la flema, de que se abunda mucho en estos países; las ú l t i m a s naranjas son m á s chicas, y solemos llamarlas naranjitas; se les quita con mucha facilidad la corteza y salen en peda- zos ó gachos, lo que las hace m á s fáciles de comer;

tienen una dulzura extraordinaria, y hacen u n man- jar m u y delicioso. Los árboles de todas estas naran- jas ofrecen una vista m u y hermosa: son bastante al- tos, copudos, e s t á n siempre cubiertos de hojas ver- des, y á veces e s t á n cargados de frutas y flor, lo que les da u n aspecto digno de la atención del que pasa por delante de estos plantíos.

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E l buyo es una enredadera semejante á la pimien- ta, que da unas hojas olorosas y m u y estomacales;

las cuales, untadas con un poco de cal fina de con- cha, sirven para envolver una frutilla del t a m a ñ o de una nuez que se cría en un á r b o l de palma que lla- m a n bonga. Á ésta se le quita la cascara y queda una medula dura, la cual se hace pedazos; y envolviendo cada pedazo en su hoja de buyo, se hace lo que pro- piamente se llama buyo en el i d i o m a del p a í s , pues la hoja sola se llama icmio ó mammin; pero los espa- ñoles dan el nombre de buyo al mismo arbusto ó en- redadera que produce la hoja, y al todo ó compuesto que resulta de esta maniobra. Los indios, desde ni- ñ o s , e s t á n acostumbrados á mascar buyo, y muchos e s p a ñ o l e s se acomodan á este uso: hace la saliva en- carnada, y es preciso arrojar el esputo p r i m e r o que resulta de la m a s t i c a c i ó n , porque es m u y fuerte é in- comoda al e s t ó m a g o ; d e s p u é s se puede m u y bien tra- gar la saliva, y aun lo que queda en la boca, que se llama sapa. Es tanta la frecuencia de este uso, que muchos lo están mascando á todas horas: se lleva en la faltriquera, ó bien envuelto en una hoja de p l á t a - no, ó en una cajita de plata: es una gran c o r t e s í a y aun fineza al dar u n buyo á los que se hallan presen- tes: las mujeres suelen convidar con la sapa que ha quedado en la boca d e s p u é s de mascarlo, y muchos no tienen el menor asco en tomarla. Dicen algunos que á veces se ha dado en los buyos el m á s m o r t a l veneno; yo no sé de hecho alguno particular de esta clase, y sólo he oído contar que algunas veces, las mujeres, queriendo dar un filtro amatorio con esta c o r t e s í a , han mezclado alguna hierba que ha hecho volverse loco al incauto que la recibió, pero sin t a m - poco las notas de autenticidad de estos hechos, que siempre los he tenido por fabulosos. El que se acos-

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t u m b r a á comer buyo, siempre anda con los dientes negros, los labios encarnados, la boca sucia y la len- gua tan requemada, que se hace en ella una costra que es difícil de quitar. Á pesar de esto, como dicen que es estomacal y quita el m a l olor de la boca, hay muchos que lo e s t á n mascando continuamente, y los que se tragan el buyo no sé que guarden el ayuno si no se contienen en esta práctica, pues no puede me- nos de sentir poca hambre á pesar de lo poco n u t r i t i - vas que pueden ser la hoja y la bonga, que parece dura y seca como u n palo. E l consumo de este g é - nero es tan abundante en Manila, que hace el princi- pal r e n g l ó n de la hacienda de Pasay, donde se dedi- can los naturales á este plantío m á s de lo que acos- t u m b r a n los de otros pueblos. Los que lo cuidan lo plantan por hileras, tomando u n vastago de otro bu- y o ; j u n t o á cada vastago meten en la tierra una va- rita de m á s de dos varas de largo, y en ella se va en- redando la planta hasta que la cubre; en h a l l á n d o s e en este estado van cogiendo las hojas que e s t á n en sazón, y , p o n i é n d o l a s de 10 en 10 con mucha curiosi- dad, las llevan á vender á Manila. Disfrutan de esta renta por tres ó cuatro a ñ o s , hasta que el buyo se va haciendo viejo y no surta de bastantes hojas para sufragar los gastos que se hacen en cuidarlo; por- que a d e m á s de tenerlo limpio de hierbas, es preciso regarlos todos los d í a s en tiempo de secas y echarle abono de pescado ó camarones podridos, ú otro g é - nero de los que sirven para engrosar la tierra.

E l a z ú c a r , que es otro de los renglones que hacen rico é s t e rincón de tierra, no se da con la fertilidad que en otras partes. E n la Pampanga y provincia de B u l a c á n se siembra la caña colorada, que es la que da mejor a z ú c a r y crece m u y bien, por ser la tierra de aquellas provincias naturalmente gorda y de m u -

ESTADISMO

cha substancia. Esta caña no se puede sembrar en Pasay, porque crece m u y poco y sale sin jugo; es pre- ciso aprovecharse de la caña blanca, que es menos á p r o p ó s i t o para el azúcar, aunque crece con m á s faci- lidad. Esto consiste en que los de Pasay destinan las tierras buenas para buyo, naranjas y otras hortalizas, y la tierra arenisca la dejan para caña dulce, la que siempre queda bastante corta, por m á s abono que le echen, por lo débil de la tierra donde está plantada.

Esta caña, que en otras partes da poca y mala azú- car, produce en Pasay una cosecha regular por el be- neficio que hacen los naturales á los plantios, y da la mejor azúcar que se coge en todas las Islas Filipinas, por el cuidado sin duda con que los PP. Agustinos la benefician, a c o m o d á n d o s e al uso de la Nueva Espa- ñ a , de donde han traído el m é t o d o de beneficiar en los trapiches ó ingenios de aquel reino, y porque la limpieza es preciso sea mayor en sus camarines de piedra que no en los de caña y ñipa de que se valen los indios. Los PP. Agustinos han hecho unos sober- bios camarines, tienen molinos y calderos para cocer la tuba ó zumo que sale de la caña, mantienen cara- baos, compran la leña y pagan á los trabajadores que se ocupan en la maniobra del azúcar. En des- cuento de estos gastos perciben la mitad del a z ú c a r , que se reduce cuando m á s á 1.500 pesos, deducidas las expensas, suma bien poco considerable compa- rada con los enormes gastos que han hecho en la fá- brica de camarines y con el grande cuidado que debe tener el lego que tienen allí de administrador mien- tras dura la molienda, en cuyo tiempo no puede dor- m i r fuera del trapiche, so pena de que le robaran mucho si tiene el menor descuido. Todo el tiempo que ha durado la guerra, la cosecha de a z ú c a r ha sido m u y corta; porque como todas las cosas han

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encarecido mucho con motivo de la Escuadra y los muchos soldados que había en Manila, los indios que tenían m á s utilidad en sembrar camotes, tomates y otros g é n e r o s de hortaliza, se han dedicado m á s á estas siembras que no al ramo del azúcar, que les dejaba poca utilidad. Este renglón se va disminuyen- do considerablemente en esta hacienda, y no t a r d a r á mucho en acabarse enteramente; porque los indios que se han establecido en ella se van aumentando mucho, y cada uno ocupa un solar donde pone su casa y tiene huerta de plátanos, naranjas, buyos y otras hortalizas de las que se consumen diariamente en Manila, que le dan su sustento cuotidiano, y no puede quedarles lugar para el azúcar, que tarda m u - cho m á s tiempo en surtirlo de su producto. En esta tierra no se emplean las cañas de azúcar para sem- brar; se corta de su punta un pedazo de un palmo de largo, y éste es el que se planta; y de sus nudos salen muchas cañas, que, llegando á su ú l t i m o crecimiento en el espacio de u n a ñ o , están en disposición de mo- lerse. Antes de sembrar es preciso que la tierra esté bien preparada por el arado; luego se plantan los pe- dacitos de caña, se les echa un poco de agua, y con este beneficio solo está segura la cosecha, á no ser que venga una plaga de langostas que la destruya.

En Pasay se abona a d e m á s de esto la tierra, que es arenisca, para que produzca bien; pero los indios que tienen este trabajo se recompensan m u y bien, porque venden su azúcar m á s cara que los d e m á s , no sólo porque es mejor, sino t a m b i é n porque están cerca de Manila, y la tienen guardada hasta que llega lo sumo de su precio; entonces la sacan y se valen de la oca- sión, que es m u y favorable en esta tierra, donde las cosas suben y bajan de valor con una variación extra- ordinaria y á veces casi m o m e n t á n e a . Esto consiste

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en que, tanto los comerciantes como los cosecheros, son todos monopolistas que ocultan cuanto pueden sus efectos, y no los venden mientras no tienen un subido precio, ó temen que se les pudran; y en este caso procuran todos vender en u n instante, lo que hace que las cosas abaraten y encarezcan repentina- mente. No se ve a q u í como en otras partes llevar los comestibles al mercado y exponerlos á la vista de los compradores: se tienen ocultos en las bodegas, y se sacan poco á poco para aparentar escasez y hacer que suba su precio. Esta práctica reprensible la usan, no sólo en los g é n e r o s que sirven para el lujo, sino tam- bién en los de primera necesidad, como el arroz, que es el sustento cuotidiano de la multitud, sin hacer m u c h o caso de las maldiciones que dice el E s p í r i t u Santo en los Proverbios: — « E c h a r á n los pueblos á estos logreros codiciosos».

E l terrazgo que pagan los indios á los Padres de San Agustín, propietarios de la hacienda, no asciende á 1.500 pesos, y el producto que sacan de ella los i n - quilinos, según nos aseguraron, es de cerca de 70.000 pesos. Esta enorme cantidad pareció á todos exorbi- tante, y nadie q u e r í a creer que u n terreno tan peque- ñ o produjese una suma tan considerable; pero yo, que h a b í a oído de antemano á los naturales esta especie y que había reflexionado sobre ella, no tuve dificul- tad en creerla y hacerla conocer á todos. Se mantie- nen en esta hacienda 800 tributos, que componen 4.000 almas; la mitad de ellos son mestizos de san- gley, gente m á s acomodada que los indios, y que gas- ta m á s , tanto en la comida como en el vestido, juego, tabaco, vino y otros vicios; no tienen casi otra parte de donde les venga el dinero m á s que la tierra, por- que es m u y corto su comercio y ningunas sus manu- facturas. Examinemos ahora si 4.000 almas bastante

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bien acomodadas necesitan los 70.000 pesos para su sustento anual, y hallándolos necesarios, no tendre- mos reparo en conceder que los sacan de la hacienda..

Los 70.000 pesos, repartidos entre las 4.000 personas, les tocan una con otra á menos de 18 pesos, cantidad m u y corta para el gasto anual que deben hacer unas, gentes que viven con la comodidad que disfrutan los habitantes de Pasay. Compárese ahora esta suma con la que pagan á los propietarios, y se hallará que es casi nada respecto á lo que se paga en otros paí- ses. Es verdad que esta porción de tierra fructifica mucho por la industria de los inquilinos, que apro- vechan toda la tierra y la siembran en todas las oca- siones que puede producir alguna cosa; pero por m á s consideraciones que se hagan, siempre v e n d r e m o s . á parar en que el terrazgo es muy p e q u e ñ o . Lo que de- pende de estas haciendas son unas mercedes que con- cedió el Rey á los primeros conquistadores de las tie- rras, que no labraban los indios que encontraron en las Islas; y como á los principios los naturales eran m u y pocos, y tenían sus tierras particulares, no ha- llaban (los conquistadores) quien se las trabajase, y para poder sacar de ellas alguna cosa fueron arren- dándoselas á los indios que q u e r í a n establecerse en ellas, con una p e n s i ó n m u y moderada, correspon- diente á la utilidad que p r o d u c í a n en aquellos tiem- pos. Empezaron los chinos á establecerse en Filipi- nas ; se avecindaron algunos de ellos en estas hacien- das; fuéronseles agregando algunos indios, que deja- ban sus pueblos por gozar la comodidad que las ha- ciendas les ofrecían por medio de u n pequeño reco- nocimiento que daban á los hacenderos; y como los efectos fueran subiendo de precio en Manila, no que- dó la p r o p o r c i ó n que debía haber entre lo que se pa- ga de terrazgo y el gran producto que da la tierra.

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En estas reflexiones pasamos aquella noche hasta que se hizo hora de retirarnos, que fué temprano, p,orque t e n í a m o s ^ q u e madrugar para hacer nuestra larga jornada con menos trabajo é incomodidad. A l día siguiente, antes del amanecer ya e s t á b a m o s todos á> caballo y dispuestos para caminar. Con la luz que nos daba el alba, que iba ya rayando, salimos p o r aquellas hermosas calzadas, considerando la fertili- dad de esta tierra, la frescura de sus plantas, que es- t á n todo el a ñ o verdes, y la industria de los natura- les, que tienen sus huertas bien cercadas de tierras y

^rbustos que, al paso que las defienden de los anima- les, dan grande hermosura al camino con las muchas enredaderas que suben por ellos, de las cuales unas cjan ciertas vainillas como fríjoles que les sirven de sustento, y otras, deliciosas flores cuyo olor nos re- creaba por ser la hora en que se perciben mejor en e^ta tierra—que está en la zona t ó r r i d a — l a s exhala- ciones olorosas, que por el día están disipadas por la violencia y ardor del sol. En estas cercas había plan- tados muchos árboles silvestres, que dan algunas frutas poco gustosas que sólo comen los muchachos ó las gentes infelices, como el mabolo, camachile, lomboy, ciruelas y otros árboles diferentes; en el i n - terior estaban los naranjos, plantados con mucha si- m e t r í a ; aquí v e í a m o s una tabla de caña dulce dis- puesta ya á entrar en el molino; allí un terreno de buyo y un indio regándolo con el agua que sacaba de u n pozo, y en otras partes veíamos eras de ca- motes, r á b a n o s , tomates y otras hortalizas, y todo nos daba una grande idea de la fertilidad de la tierra y la industria de sus moradores.

No había quien no creyese que estos indios eran diferentes de los d e m á s y que estaban destituidos de la pereza, que parece ingénita á los asiáticos. É s t e es

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