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LA ESPAÑA PLURAL

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JAIME RODRÍGUEZ-ARANA

II. LA ESPAÑA PLURAL

Al abordar la cuestión de la articulación territo- rial de España, desde los presupuestos que denomi- no del pensamiento abierto, plural, dinámico y com- plementario, es preciso poner en ejercicio las cuali- dades que definen esta forma de aproximarse a la realidad. Aquí, como en otros temas sujetos a con- frontación se pone de manifiesto, mejor que en nin- gún otro sitio, qué significa, desde nuestra perspec- tiva, el pensamiento plural.

En primer lugar, el sentido realista, que exige un es- fuerzo de aproximación a la realidad y de apreciarla en su complejidad. No es que tal aproximación resulte fá-

cil, o que lo encontrado en ella sea indiscutible, pero sin entrar en el debate de fondo sobre las posibilidades del conocimiento humano, digamos que es necesario ese esfuerzo de objetividad, que no puede ser afrontado sin una mentalidad abierta. La mentalidad abierta, la au- sencia de dogmatismos, es necesaria no sólo para com- prender la realidad, sino para comprender también que puede ser entendida por diversos sujetos de formas di- versas, y que esas diversas aproximaciones forman tam- bién parte de la realidad. La complejidad de lo real y su dinamismo deben ser abordados con una actitud ade- cuada, que en ningún caso pretenda negarla, y que inte- gre igualmente su complejidad, viendo como compati- bles todos sus componentes, y su dinamismo.

La realidad plural de España es aceptada por to- dos prácticamente. Ni desde los esquemas más ultramontanos del unitarismo español deja de reco- nocerse, con fórmulas más o menos pintorescas, la realidad diversa de los pueblos y regiones de España.

Pero desde ese planteamiento, tal variedad se aprecia como un adorno, o un accidente, de la unidad esen- cial española, como una entidad superficial, casi folklórica, podríamos decir, que no haría en todo caso más que resaltar el esplendor de lo que tenemos en común, que sería lo verdaderamente importante.

Cuántas veces, en cuántas ocasiones, hemos escucha- do retóricas exaltaciones de las literaturas o de las len- guas llamadas regionales, pongamos por caso, como apéndices o curiosas peculiaridades de una realidad cultural española –de fundamento castellano- supues- tamente sustantiva y a la que aquellas otras se consi- dera subordinadas. Y además, ante esas identidades culturales que se ven como secundarias o subordina- das, se manifiestan a continuación suspicacias contu- maces cuando de ellas se quiere hacer un uso normal en todos los ámbitos de la vida y la actividad pública.

Por eso el acuerdo y mandato constitucional rela- tivo a la defensa de la identidad cultural y política de los pueblos de España, o, por decirlo de un modo más amplio, la estructuración autonómica de España, me parece uno de los aciertos más importantes de nues- tros constituyentes, aunque en su plasmación o en su aplicación puedan haberse producido abusos de uno u otro signo, desviaciones, retrasos, precipitaciones, vacíos... Y también, por eso, porque responde a una realidad, y además una realidad que juzgo positiva, por cuanto realmente –no retóricamente- nos enrique- ce a todos, es por lo que desde el pensamiento plural, no puede caber una actitud que no sea de apoyo y potenciación para esas culturas, lejos de los que sien- ten nostalgia de un integrismo uniformante o de los que propugnan particularismos que consideramos excesivos. Así, por ejemplo, por muy conflictiva o pro- blemática que pueda parecer a muchos la pluralidad cultural de España, en absoluto se puede mirar con nostalgia o como un proyecto de futuro una España culturalmente uniforme, monolingüe, por ejemplo, sino más bien tal cosa debe ser vista como una pérdi- da irreparable, y, expresado positivamente, debemos afirmar que no sólo deseamos sino que apostamos por unas lenguas vasca, catalana, gallega o valenciana, pujantes y vigorosas y conformadoras del sentir de cada uno de las comunidades que la hablan.

Si tal cosa afirmo de las lenguas, lugar sensible donde los haya, por cuanto afecta de modo muy es- pecial, significativo e íntimo, a la identidad no sólo colectiva sino personal, lo mismo afirmamos de los demás componentes diferenciales de la identidad, y por supuesto de la entidad política de cada una de las comunidades autónomas que integran España.

No es del caso entrar ahora en las razones histó- ricas más profundas de los fenómenos, cosa sin duda necesaria, si queremos realmente comprenderlos en todas sus dimensiones actuales. Pero considero sim- plemente, que la negación radical de los hechos di- ferenciales que se dan en España, durante toda la época del régimen franquista, que llevó a la persecu- ción injusta de quienes afirmaban su propia identi- dad, simplemente siendo lo que eran, se pone en con- traste con el desarrollo y el fervor autonomista del período democrático.

Pero justamente ahora, cuando parece que se ven cumplidos los techos competenciales, el nacionalis- mo da un paso más en la escalada de sus reivindica- ciones y plantea en su dimensión constitutiva lo que llaman “la cuestión nacional”, que se concreta en la reivindicación del derecho de autodeterminación y la soberanía. Y es también ahora, cuando se empie- zan a oír las voces que recuerdan, reivindican o re- claman la condición de España como Nación. No es casualidad. En cierto modo es lógico que así sea, como reacción natural ante lo que se toma como un

exceso de los nacionalismos. La Constitución en esto no ofrece lugar a dudas, es cierto, pero precisamente los nacionalistas propugnan su reforma.

Bien; la cuestión nacional encierra un debate su- mamente complejo y, a veces, extremadamente sutil.

Viendo las cosas como son, o sea, como están hoy por hoy, no caben desde luego dudas, por razones históri- cas, jurídicas, sociológicas, etc., de que el sujeto sobe- rano es el conjunto del pueblo español. Otra cosa es que haya un proyecto nacionalista para que esto no sea así, pero, hoy por hoy, no deja de ser un proyecto.

Desde el pluralismo se entiende bien la afirma- ción plural y diversa de la realidad española, inclu- so y sobre todo desde la identidad gallega, vasca, catalana, andaluza, o cualquier otra de las que inte- gran España. Constitucionalmente es esto incontes- table, pero es necesario hacer de la propuesta jurídi- ca algo vivo y real. Es necesario reiterar rotundamen- te que la afirmación de la identidad particular de las comunidades de España, en absoluto tiene que su- poner la negación de la realidad integradora de Es- paña, como los nacionalistas –unos con violencia, otros con finura intelectual, no con acierto a nuestro juicio- constantemente afirman. Y también repetir, con la misma rotundidad, que la afirmación de Es- paña no puede ser ocasión para menoscabo alguno de la identidad particular.

La obligación de las instancias públicas de preser- var y promover la cultura de las nacionalidades no es una concesión graciosa del Estado, sino un reconoci- miento constitucional, es decir, constitutivo de nues- tro régimen democrático. Por tanto las instancias pú- blicas no deben ser indiferentes ante los hechos cultu- rales diferenciales. Pero igualmente la interpretación de esa obligación debe hacerse tomando en conside- ración un bien superior que a nuestro entender fun- damenta la construcción constitucional de una Espa- ña plural, que no es otro que el de la libertad. Sólo en una España de libertades cabe una España plural. Pero las libertades son ante todo libertades individuales, de cada uno. Cualquier otra libertad será una libertad formal, o abstracta. Por eso la promoción de la cultura particular no podemos interpretarla sino como la crea- ción de condiciones favorables para que los ciudada- nos, libremente, la desarrollen, nunca como una im- posición, ni como un proceso de incapacitación para el uso libre de los medios que cada uno considere opor- tunos para su expresión.

La solidaridad es otro principio central en la inter- pretación de la realidad plural de España. Pienso que nadie está legitimado en España para hablar de deu- da histórica –aunque obviamente hay desequilibrios, a veces graves-, porque todos somos deudores de to- dos, de ahí la pertinencia de España como proyecto histórico de convivencia, que a todos enriquece. Pero hoy, la solidaridad real exige justamente de los más

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ricos el allegamiento de recursos para atender a las personas y territorios más deficientes en medios, ser- vicios y posibilidades. Sin embargo este planteamien- to no puede hacerse con la pretensión de establecer un régimen permanente de economías subsidiadas.

La solidaridad es también una exigencia para el que podríamos considerar beneficiado de ella, pues en su virtud le es exigible un esfuerzo mayor para superar su situación de atraso, asumiendo, desde luego, las limitaciones de sus posibilidades reales.

Esta concepción de la realidad española no es nueva en absoluto, podrá decirse. Efectivamente, nadie podría pretenderlo. Pero se trata de que la so- ciedad haga una asunción real de su significado.

Desde el pensamiento plural lo que se mira es al in- dividuo, en todas las dimensiones de su realidad personal, se afirma el papel de centralidad de la gen- te, de los individuos reales. Desde ese presupuesto se impulsa y promociona la identidad de cada uno, sin imposiciones ni exclusivismos. Es verdad que buena parte de la desestructuración cultural que hoy parecen sufrir las sociedades que presentan rasgos culturales más diferenciados se debe a la presión uniformadora del Estado centralista, que en dema- siadas ocasiones se ha ejercido incluso con violencia.

Pero no es menos cierto que esas mismas entidades han sufrido el acoso general que en todas las partes del mundo sufren las culturas minoritarias, o inclu- so las culturas mayoritarias en determinados ámbi- tos. Pensemos, por ejemplo, las “agresiones” que sufren ciertos aspectos de la cultura hispánica por parte de la anglosajona. Pero no es menos cierto que por otra parte, en el mismo seno de esas sociedades con una cultura diferenciada, algunos no han hecho otra cosa que aprovechar las mejores oportunidades que se ofrecían con la integración en ámbitos de in- tercambio más extensos y protegidos.

Además el compromiso con el pluralismo exige también, una actitud de moderación y de equilibrio.

Se trata de evitar las disyuntivas absolutas y traumáticas que pretenden, sean de un signo o de otro, hacer depender la propia identidad personal y colec- tiva de una opción política extrema, en este caso la que afecta ni más ni menos que a la soberanía. En el inicio del siglo XXI, en una España plural, solidaria y de libertades, en una perspectiva histórica que parece anunciar situaciones inéditas hasta ahora en el discu- rrir de la humanidad sobre el planeta, afirmo que no es de la soberanía de lo que depende la pervivencia cultural y política de ningún grupo, ni de ninguna colectividad, y que el camino de futuro, en una socie- dad globalizada, abierta, multicultural, sólo podrá recorrerse haciendo reales los procesos de integración que se basen en el respeto a la identidad y a la diver- sidad individual y colectiva. España abrió en 1978, con su Pacto Constitucional, un proceso que puede

indicar el camino de semejante integración, camino que sólo podrá hacerse superando el particularismo nacionalista y el imperialismo nacional. La resisten- cia mostrenca del segundo parece haberse superado, la del primero es aún asignatura pendiente. Europa, con otras condiciones iniciales y en otras dimensio- nes, ha emprendido también un difícil camino de in- tegración, que sólo podrá ver el éxito apoyándose en estos mismos presupuestos a que hemos aludido.

Desde el espacio político de centro, esté quien esté en él, se puede contribuir muy eficazmente a esa tarea.

Las fórmulas que conjuguen, en el juego político y constituyente, de manera equilibrada, integración y peculiaridad diferencial, pueden ser muy diversas, y consecuentemente, desde una posición de centro, cualquiera de ellas es aceptable. Ahora bien, la que de hecho tenemos, la que a nosotros mismos nos he- mos dado, es perfectamente válida para conjugar- las, y además me parece la más adecuada precisa- mente por ser la que tenemos. Cabe, es cierto el ejer- cicio intelectual y dialéctico de plantearnos otras fór- mulas constitucionales, y cabe también la estrategia política de formularlas. Pero unos y otra no dejan de ser juegos, en uno o en otro sentido, juegos políticos, intelectuales o verbales. Porque de hecho, lo que te- nemos –y esto es ser realista- es “esta” constitución.

Cierto que ya resuena la cantinela de que esto es sacralizar la Constitución. No, en absoluto. La Cons- titución no es sagrada. Pero es el Pacto en el que se sustenta la vida y el ejercicio político de los españo- les. Es el Pacto de todos, no es cualquier cosa.

Como alguien ha señalado, sería una soberana frivolidad política que cada veinte años hubiésemos de plantearnos, desde el principio, las bases de nues- tra convivencia política. Y más cuando las que ahora tenemos han demostrado sus virtualidades y, a lo que parece, no las han agotado. Lo que es de todo punto inadmisible es el razonamiento que algunos hacen:

como la Constitución se puede cambiar –no es sa- grada- cambiémosla. El problema es que no satisface a los nacionalistas. Bien, pero ese motivo no basta tampoco para cambiarla.

Desde el pluralismo, donde se propugnan mar- cos de integración cada vez más amplios, con un res- peto absoluto a las peculiaridades diferenciales en tanto en cuanto no son concebidas como barreras, y por tanto obstáculos para aquella integración de la que nuestras sociedades tantos beneficios pueden obtener, debe buscarse una solución a la reivindica- ción nacionalista: la callada no puede ser la respues- ta. Y decimos que lo que nos diferencia de ellos es que la afirmación de la identidad propia no nos cie- rra celosamente sobre nosotros mismos, sino que desde esa identidad es desde donde tomamos con- ciencia de España, y es en ella, desde su peculiari- dad y con todo lo que representa, como nos suma-

mos ilusionadamente a este proyecto colectivo de alcance que llamamos España. Entendemos que este es uno de los grandes retos a que nos enfrentamos.

Consideramos que si no se produce con un impacto social notable una integración de esta clase la socie- dad española estará abocada a una fractura política difícilmente subsanable.

Alguien podría interpretar que aquí me estoy refi- riendo a que los nacionalistas deben templar sus rei- vindicaciones, y aceptar paladinamente la realidad española y su integración en ella. No afirmo tal cosa.

Pienso que eso sería muy bueno, muy bueno, para la convivencia española, pero cada uno ha de elegir li- bremente su camino. Lo que estoy diciendo es que el efecto negativo que la formulación nacionalista, en sus planteamientos soberanistas de cualquier tipo, pro- duce, se verá paliado, diluido, sino superado, cuando en cada Comunidad se produzca la moderación y el equilibrio, no exentos de radicalidad, de la integra- ción que defiendo. Y no sólo eso, debemos tomar en cuenta igualmente que tal integración no será posi- ble, si en las demás Comunidades no se supera el re- celo, el miedo o la simple antipatía, ante los hechos diferenciales. Admitir una reacción social negativa ante el hecho de que cada uno sea y se manifieste como es, pone en evidencia un respeto precario, o selectivo, por la libertad individual y colectiva.

Cataluña debe ser plenamente Cataluña, y no necesita debilitar su integración en España para lo- grarlo. El País Vasco ha de ser plenamente lo que es, no podría ser de otro modo, pero tal cosa no signifi- ca que deba producirse una “euscaldunización” obli- gada de quienes allí residen, antes bien debe tal pro- ceso –si fuese pertinente- formularse como un pro- yecto ilusionante, abierto, y ante todo libre, sin que incorporarse a él tenga que significar necesariamen- te la aceptación de un criterio político único, el na- cionalista. La potenciación de la propia cultura, obli- gada por nuestra Constitución, no puede interpretarse, ni por unos ni por otros, como un cor- sé que ahogue las libertades políticas. Al final la cues- tión de la pluralidad de España se reconduce a la cuestión central de nuestra libertad, del respeto a nuestras libertades. El de todos a cada Comunidad, para que cada una sea lo que es y como es, o la quie- ran hacer quienes allí viven. Y el de cada Comuni- dad a sus propios ciudadanos para que en nada se vean menoscabadas las libertades individuales y públicas, se acepte su pluralismo interno, sin restrin- girlo exclusivamente al campo nacionalista.

Sólo desde el supuesto, repito, de la libertad y de la solidaridad es posible construir una España plu- ral. O, expresándolo tal vez mejor, la realidad plural de España sólo puede ser aceptada y afirmada auténticamente desde el fundamento irrenunciable de la libertad y la solidaridad.

III. EL NACIONALISMO Y

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