Eugene Hecht El objeto de este primer capítulo es ante todo desmitificar el tema y, al mismo tiempo, subrayar su humanidad intrínseca. Es un ensayo en cuatro partes, que empieza con una comparación entre la ciencia y lo sobrenatural.
El advenimiento reciente de la mentalidad mística, lo irracional en contraposición a lo científico, hace este paseo apropiado. La sección siguiente es un intento de definir la ciencia empírica, en parte examinando tanto sus áreas de interés como los propósitos para hacerlo. La tercera parte es un resumen de los papeles centrales representados por los datos, leyes y teoría en el desarrollo del entendimiento científico.
La última sección comienza con un examen del llamado método científico y termina con un análisis de la cuantificación y la necesidad de las unidades y patrones.
INTRODUCCIÓN
Si ha ido a comprar un billete, o le han ido a vender uno –no importa cual-, el viaje es el mismo, y la recepción, real.
Seamos honrados desde el principio. La física no es especialmente fácil de comprender ni de amar, pero, ¿qué –o también, quién- es? Para la mayoría es una visión nueva, una manera diferente de entendimiento con sus propias escalas, ritmos y formas. Y sin embargo, como ocurre con Macbeth, la Mona Lisa o Lucy en el cielo con diamantes, el viaje vale la pena. Con toda seguridad ya se ha formado un juicio sobre este viaje. Resulta demasiado fácil dividir en comportamientos nuestra experiencia humana: la ciencia, en una caja (cromada, desde luego, con una tapa de plástico negra); música, arte y literatura, en otra caja (esta vez, de madera dorada, forrada de terciopelo violeta).
A la mente occidental le encantan las cajitas pequeñas –la vida es más fácil de analizar cuando está desmembrada en piezas pequeñas dentro de compartimientos pequeños (a eso se le llama especialización)-.
Es nuestra manera tradicional de ver los
árboles sin ver el bosque. La etiqueta de la caja de la física muy a menudo dice:
“Precaución: no es de uso común”, “Con tranquilidad”. Si puede, por favor, arranque la etiqueta y arroje la [se omite la imprecación]
caja o acabaremos, antes o después, aburriéndonos como ostras. No ay nada más tedioso que el debate continuo entre humanistas y científicos sobre quién tiene una opinión más verdadera –la de ambos es menos porque le falta la del otro.
No tiene sentido, por no decir algo peor, separar la física del cuerpo de la albor creativa, arrancarla de la historia, separarla de la filosofía, para presentarla como originalmente pura, omnisciente e infalible.
No sabemos nada de lo que será con certeza absoluta. No hay un solo volumen científico con una verdad inmutable e inexpugnable. Sin embargo, lo poco que sabemos con cierta seguridad es embriagador; revela una estimulante grandeza y una desconcertante belleza.
No existe un comienzo definido de la ciencia;
no brotó de pronto de la mente de la humanidad, sino que nació, después de una larga gestación, del seno de mito y de la magia negra, de los trabajos astrológicos y de los arcanos de la alquimia. Las ideas del mundo científico emergieron lentamente del misticismo, y ni siquiera ahora (ni nunca tal vez) estamos del todo “purificados”. En consecuencia, nos ocuparemos un momento de la magia –no de los juegos de manos, sino de la “seria” hechicería-. La magia realizada con toda seriedad durante siglos por nigromantes y médicos hechiceros, los poderes secretos que tanto fascinaron a Sahkespeare y asolaron Salem, los poderes que aún llenan consultorios de quirománticos desde Denver hasta Delhi. Nuestra intención no es dar crédito a la hechicería, sino distinguirla de la ciencia y, de esta forma, adquirir una compresión del tema que nos traemos entre manos.
La física, seguramente la ciencia más completa, es una aventura creativa maravillosa –poderosa , pero al mismo tiempo elegante y sutil-. ¿Qué sabe la física y qué no llegará a saber nunca? ¿Cómo puede estar rodeada de misterio y al mismo tiempo estar libre de magia? ¿Qué es esta ciencia que
ahora impregna nuestras vidas? Gran parte de este capítulo se propone despejar estos interrogantes y, al mismo tiempo, exponer una idea de lo que la ciencia cree y explicar las reglas del juego.
En física, como en toda experiencia humana, las “leyes” suelen ser perecederas, los
“hechos” son normalmente los resultados de la interpretación humana, y la “verdad”, aun en el caso de ser alcanzable, puede ser irreconocible. No obstante, existen cuestiones mucho más sencillas que la naturaleza del cosmos que siguen sin respuesta, y todos deberíamos estar familiarizados con lo ilusorio de la verdad, que se nos escurre como arena por entre los dedos en la vida cotidiana.
¿Estaba Oswald solo? ¿Lo sabía Nixon?
Podemos buscar la verdad absoluta, pero nos contentamos con algo menos que la certeza.
1.1 MAGIA Y MITO
El sur de Francia es una tierra caliza surcada por viejos ríos y horadada por innumerables cuevas. Hace doscientos siglos nuestros antepasados, los hombres de Cro-Magnon, hicieron magia en esas grandes cuevas. Los lugares secretos de ritual están llenos de magníficos murales policromos de hombres y animales. Pintados a la luz de lámparas de piedra alimentadas con grasa, estas imágenes son los restos de los ritos mágicos de caza de la edad de piedra.
James Frazer, en La rama dorada, habla de la llamada ley de la similitud “igual produce igual... un efecto se parece a su causa”.
Cuando el brujo de Cro-Magnon arrojaba su lanza sobre una imagen pintada en la pared, sabía que si la magia del momento no le fallaba, el animal conjurado sería cazado con toda seguridad. Es una “magia simpática”;
presupone “que las cosas actúan unas sobre otras a distancia, a través de una afinidad secreta, trasmitiéndose los impulsos (invisiblemente) de una a otra...”. Parece ser que existe también otra clase de magia simpática, relacionada con la ley del contacto –“las cosas que han estado alguna vez en contacto, continúan actuando entre sí...”-. Un manojo de pelo o un pedacito de uña es todo lo que necesita un brujo para establecer la continuidad y, a partir de ésta, el control.
El deseo de influir en la naturaleza caprichosa, ya sea venciendo al oso de las cavernas o consiguiendo un beneficio difícil, parece bastante humano. “Buena suerte.” “Cruza los dedos.” De cualquier forma, la mafia envolvió al mundo precivilizado, impregno todas las culturas históricas y se mantiene aún en libritos y afrodisíacos en polvo. Busque
“ocultismo” y “astrología” en las páginas amarillas y no se pierda el reestreno de Rosemary’s Baby. Aunque difícilmente podamos evitar una sonrisa, la humanidad del siglo XX tiene sus varitas mágicas y sus adivinos, sus proveedores de pociones, echadores de buenaventura, magos, profetas, brujas, exorcistas, astrólogos, médiums, fabricantes de lluvia, lectores de mentes y mil compulsiones místicas.
A los místicos de este mundo, antes o ahora, no se les puede convencer con una demostración lógica o clara de su error.
Cualquier cosa que pueda ocurrir en una demostración o juicio puede interpretarse siempre en un contexto místico y servir tan sólo para reforzar la creencia. Pero, claro está, se trata de un juego al que jugamos todos – no podemos ver más allá de nuestro sentido de la realidad-. Cuando un mago zulú no puede proteger una aldea del rayo, eso se debe tan sólo a que las medicinas eran malas, a que un brujo poderoso lanzó el rayo, o a que quizás un aldeano violó algún tabú –la magia falla por razones mágicas-. Cuando, en un bonito atardecer de otoño de 1940, la luz central de 853 metros del nuevo puente de Tacoma Narrows, en Washigton, comenzó a temblar en la brisa como si fuera una cinta de seda, para hacerse pedazos sólo pocas horas más tarde, no fue más que un descuido técnico -la ciencia falla por razones científicas- . Quizá Demóstenes (aproximadamente 348 a.
De C.) Tenía razón, después de todo, cuando dijo: “Creemos lo que queremos creer.”
Nuestros modernos “fantasmas” se entremezclan con nociones científicas, ya que ahora tenemos más confianza en la ciencia que en las apariciones. Pero esto no quiere decir que no pueda existir un universo místico más allá de lo tangible. Un fantasma inteligente y decidido a evadir el escrutinio científico podría, sin duda, pasarse una feliz eternidad tan sólo con la compañía de sus creyentes. Téngase en cuenta que nada le
gustaría más a un científico que obtener alguna evidencia “firme” que “confirmara” la existencia de los fantasmas, de la percepción extrasensorial o incluso de pequeñas mujeres verdes.
Pero si hay alguien que haya hecho carambola al billar que haya acertado en el juego de herradura, o siquiera haya arrojado un arpón sin intentar ni una sola vez darle al blanco por deseo expreso de la voluntad, que tire la primera piedra. En cualquier bolera rural puede observarse aciertos hechiceros que intentan desviar las bolas del canal con su magia personal. De todas formas, si llegara a lograr alguna corrección en mitad de la trayectoria, eso no sería sobrenatural; todo lo que pasa es natural, por muy imposible que sea, y la magia que funciona es realidad; el dominio de la ciencia.
De alguna forma, las dos, ciencia y magia, son espíritus de la misma familia. Frazer lo expresó más sucintamente cuando dijo que la magia era “la hermana bastarda de la ciencia”. Después de todo, las raíces de la ciencia se remontan a la numerología, la astrología y la alquimia, a los oscuros rituales ocultos de la antigüedad. De hecho, hubo un extenso periodo de transición que terminó hace sólo unos cientos de años, en que el místico y el científico era una y la misma cosa.
Tanto la ciencia como la magia tienen sus campos de fuerza invisibles, sus “leyes” que gobiernan el universo, y no obstante son diferentes y proceden de distintos puntos de vista. A pesar de su semejanza, las diferencias son fundamentales y contrapuestas. La ciencia ve el universo como algo natural que se desarrolla de acuerdo con relaciones internas que prevalecen entre sus partes constituyentes, sin tener en cuenta los deseos de la humanidad. Podemos descubrir estas relaciones fundamentales, estas pautas de orden que se conocen como leyes y, aunque no podemos cambiar las leyes de la naturaleza, podemos usarlas para alterar el curso de los acontecimientos. La perspectiva alternativa ve un universo que opera bajo la interacción deliberada de las fuerzas del espíritu que puedan optar por responder directamente a los deseos humanos y alterar luego los acontecimientos. La ciencia funciona cuando la voluntad de la humanidad actúa
sobre el universo; la magia funciona cuando la voluntad del universo actúa sobre la humanidad. El brujo busca la intervención, el científico busca la comprensión.
Hay varias distinciones menos filosóficas. Por ejemplo, aunque la ciencia puede realizarse en soledad, en el fondo es una aventura común. La comunidad científica moderna tiene como ojos y oídos las revistas y reuniones de sus diversas sociedades. Nuevos ensayos, confirmaciones, rechazos, ideas, teorías, técnicas, datos, descubrimientos, dispositivos –todo lo que tiene interés se vierte en la literatura, en la arena del escrutinio y el juicio de los demás-. Y como es casi tan divertido desprestigiar una teoría como desarrollarla, los errores no pasan inadvertidos ni se perdonan las concepciones equivocadas ni las observaciones básicas quedan sin comprobar –nada se pasa por alto por compasión hacia el novicio o respeto al maestro-. Es sólo aquí, en esta arena intransigente de constante discusión, donde se acrisola el consenso científico y la comunidad forja sus ideas aceptadas del universo. Por el contrario, la magia, que pasa del brujo al aprendiz, es normalmente reservada y por lo común individualista.
La ciencia se fundamenta en la reproducibilidad de los resultados experimentales –sistemas idénticos idénticamente afectados probablemente se comportan de forma idéntica-. Todos estos
“idénticos” son en realidad una idealización que la ciencia anhela y que probablemente nunca consiga. Muy al contrario, el practicante de lo oculto ve con bastante realismo cada suceso que es en sí mismo diferente; cada hecho es una convergencia de influencias espirituales. Si un ritual no consigue hacer llover hoy, puede que mañana lo consiga, si los espíritus están mejor predispuestos.
Como la reproducibilidad sistemática no es esencial en la magia, sus “leyes” no son susceptibles al rechazo, y en esto se basa otra de las diferencias fundamentales entre la magia y los preceptos de la ciencia. La teoría científica debe formularse siempre de forma que sea vulnerable a la refutación. En otras palabras, las concepciones científicas deben construirse de modo que pueda “probarse” su error o, al menos, puestas en duda, si son
falsas. Esto puede parecer extraño, pero pensemos, por ejemplo, en los dogmas básicos de la religión; son artículos de fe que no pueden ser sometidos a prueba y que están más allá de la refutación humana. Sería impensable incluso presuntuoso, imaginar que se pueden comprobar los cánones fundamentales de la teología. Por supuesto, la diferencia crucial entre ciencia y religión es que una sabe que puede ser falsa y la otra sabe que no puede serlo.
Mientras se acepte la vulnerabilidad a la refutación, es fácil construir una teoría física de algún fenómeno a la que todas las observaciones deben ajustarse, una teoría tan maravillosamente amplia que acepte cualquier posibilidad. Tal formulación no sólo será irrefutable, sino que ni siquiera podrá considerarse científica. Si yo mantengo, como hizo Santo Tomás de Aquino, que ángeles invisibles mueven los planetas en sus órbitas, podría explicar todo el movimiento planetario sin correr el riesgo de ser refutado. Eso no es ciencia. Una teoría en que todo sea inteligible y no corra el riesgo de ser refutada no proporcionará ninguna comparación.
La mitopoética
Otro aspecto de nuestra relación con el mundo es nuestra mitología, en parte personal y en parte universal. Virilidad juventud y felicidad pueden encontrarse todavía en las contraportadas de una docena de revistas, entre los anuncios de “conciencia cósmica”, dispositivos para agrandar los senos y máquinas para fabricar flores de plástico en casa. “El presidente es un consumado político.” “La naturaleza aborrece el vacío.
“Los empleados deben lavarse las manos antes de salir.” “Todo lo que sube debe bajar.”
Y había algo más sobre la cocina y es lugar de la mujer, pero lo he olvidado. Los mitos ayudan a suavizar el caos diario de la vida.
Nos ofrecen comodidad, y eso es más atractivo que la duda mortificante. Hace unos 35 000 años, el hombre de Neandertal enterraba alimentos y utensilios con el muerto, probablemente para que pudiera hacer el viaje con más comodidades más allá de la finalidad incomprensible de la muerte.
Quizá fuera éste el Mitos uno.
La misma naturaleza de la magia sugiere los poderes del espíritu que ejercen el extraordinario control del hechicero. La idea de las fuerza cósmicas, combinada con los rituales de mito) un cuento tradicional que explica algún fenómeno), provee las bases de la magia, el sustrato de la religión e incluso imita la estructura de la ciencia. Las dos últimas, la ciencia y la religión, han ido estrechamente cogidas de la mano; de hecho, algunos sugieren que durante siglos se habían estado echando las manos al cuello. Pero ése fue “sólo” un momento de definición del enjambre intelectual.(“Para usted, los valores humanos, piedad, moralidad y amor; para nosotros , todas las cosas físicas, y ambos podemos trazar la línea por el medio de la cosmología.” No quiero decir que esta feliz armonía se hubiera generado sin problemas.
La ciencia puede presentar también profetas martirizados, como aquel extraño individuo, Bruno, quemado en el poste la Inquisición (véase sec.2.3.). En la actualidad, aunque “el progreso de la ciencia”, como Alfred Whitehead decía, “debe traducirse en una codificación incesante del pensamiento religioso”, las dos funcionan en forma muy parecida a un matrimonio que lleva casado demasiado tiempo –ambos se entienden e intentan no interferirse en el camino del otro.
La ciencia, hecha por la mano del hombre, no está libre de sus propios mitos, ya que los científicos no son ajenos a construirles: Las leyes del universo son constantes y las mismas en toda la amplitud del universo. La naturaleza favorece la simplicidad. Se prefieren las teorías hermosas. El mundo físico siente afecto por la simetría. Y así sucesivamente. Cuando creemos estas cosas sin cuestionarlas, dejan de ser hipotéticas y quedamos, sin duda, desarmados.
1.2 CIENCIA INTERÉS Y PROPÓSITO A manera de definición –aunque yo por mi parte nunca he visto una definición satisfactoria de ciencia-, examinemos primero sus áreas de interés y propósitos.
Toda actividad humana creativa se parece en que el cambio es una cualidad esencial. Como definir es formalizar un lenguaje, las definiciones están condenadas bien por su
exclusividad o por su excesiva vaguedad. Una definición contemporánea de arte debe incluir con tanta normalidad la Mona Lisa, de Leonardo, como el orinal a medida de Duchamp, La Fountain. ¿Sería aceptable tal definición para una mente renacentista?
¿Habrían sido música para Mozart los chirriantes gemidos electrónicos del rock duro? Los mismo sucede con la ciencia –la vamos redefiniendo a medida que avanza, varía su énfasis y cambia su contenido.
La “ciencia” de Galileo no es la “ciencia” de Einstein, y el camino hasta el “ahora” está sembrado de las definiciones rechazadas del ayer.