CAPITULO PRIMERO.
CONSIDERACIONES GENERALES ACERCA DE LA POSICION
¥ DEL ASPECTO FÍSICO DE LA ISLA DE COBA.
OIISERVACIONES ASTRONOMICAS.
LA importancia política de la isla de Cuba rio consiste únicamente en la extension de su su- perficie, aunque es doble mayor que la de Haiti, ni en la admirable fertilidad de su suelo, ni en sus establecimientos de marina militar y la na- turaleza de una población compuesta de tres quintas partes de hombres libres, sino que aun es mas considerable por las ventajas que ofrece la posición geográfica de la Habana. La parte setentrional del mar de las Antillas, conocida
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con el nombre de golío de Méjico, Corma una concha circular de mas de aSo leguas de diáme- tro , una especie de medüerráneo con dos saU- das cuyas costas, desde la punta de la Florida hasta el cabo Catoche de Yucatan, pertenecen exclusivamente en la actualidad á las confedera- ciones de los Estados-Mejicanos, y de la América del Norte. La isla de Cuba, ó por mejor decir su litoral, entre el cabo san Antonio y la ciudad de Matanzas, colocada en el desembocadero del Canal-Viejo, cierra el golfo de Méjico, ai su- deste, no dejando á la corriente oceánica, cono- cida con el nombre de Gulf-Slream , mas aberturas, que hacia el sur, un estrecho entre el cabo san Antonio y el cabo Catoche; hacia el norte el canal de Bahama, entre Bahia-lTonda y los encalladeros de la Florida. Cerca de Ja sa- lida setentrional, precisamente donde se cruzan, por decirlo asi, una multitud de calzadas que sir- ven para el comercio de Jos pueblos, es donde se halla situado el hermoso puerto de la Haba- na, fortificado por la naturaleza y aun mas por el arte. Las flotas que salen de aquel puerto, construidas en parte de cedro y de caoba de Ja isla de Cuba, pueden combatir á la entrada del Mediterráneo mejicano, y amenazar las costas opuestas, lo mismo que las que salen de Cadiz pueden dominar el océano cerca de Ias colura-
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nas de Hércules. El golfo de Méjico, el Canal- Viejo y el canal tie Bahama tienen su comuni- cación por el mediodía de la Habana. La direc- ción opuesta de las corrientes, y las violentas agitaciones de la atmósfera á la entrada del i n - vierno particularmente, dan á estos parages, en el límite extremo de la zona equinoccial, un ca- rácter particular.
No solamente es la isla de Cuba la mayor de las Antillas (casi tan grande como la Inglaterra propiamente dicha, sin comprender el pais de Gales), sino que por su coníiguracion estrecha y larga posee tantas costas, que está contigua al mismo tiempo con Haití, la Jamaica, la provin- cia mas meridional tic los lisiados-Unidos ( la l-'lorida) y la provincia mas oriental de la con- federación mejicana (el Yucatan). Esta circuns- tancia merece ser considerada con la mayor atención; porque unos países, que comunican , con solo una navegación de diez á doce dias, tal como la Jamaica, Haiti, Cuba y las partes meridionales de los Estados-Unidos (desde la L u i - siana hasta la Virginia), cuentan cerca de dos millones ochocientos mil africanos. Desde que Santo-Domingo , las Floridas y la Nueva-España, se han separado de la Metrópoli, la isla de Cu- ba , no se asemeja á los países con quienes con- fina, sino por el culto, la lengua y las costnm-
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bres cjue son las mismas; cuyos países estuvie- r o n , durante muchos siglos, sujetos á las mis- mas leyes.
La Florida forma el último eslabón de aquella larga cadena de repúblicas, cuyo extremo seten- trional toca al fondo del rio san Lorenzo, y se extiende desde la region de las palmas á la de los inviernos mas rigurosos. El habitante de la Nueva-Inglaterra considera como un peligro pú- blico para ella el aumento progresivo de los ne- gros, la preponderancia de los estados que los tienen j Slave slates, y la predilección por el cul- tivo de géneros coloniales : desea por consi- guiente que no se pase el estecho de la Florida, que es el límite actual de la gran confederación americana, sino con el objeto de un comercio libre, que se cstcblezca sobre la igualdad de de- rechos, lis cierto que teme cualquier suceso que haga caer la Habana en poder de una potencia europea mas temible que la española ; pero tam- bién lo es, que apetece no menos el que que- den rotos para siempre los vínculos que unian antes la Luisiana, Panzacola y san Agustin de la Florida, á la isla de Cuba.
La vecindad de la Florida ha sido siempre de poca importancia para el comercio de la Habana, á causa de la suma esterilidad del suelo, y la Jaita (le habitantes y de cultivo ; pero no es asi
CONSIDEIIACIONJ'S GP.NEUÀLKS. 'j
rospcclü de las cosias de Mójico que prolongán- dose en semicírculo desde los puertos muy fre- cuentados de Tampico , de Veracruz y de Alva- rado hasta el cabo Catoche, tropiezan casi por la península de Yucatán con la parte occidental de la isla de Cuba. El comercio entre la Habana y el puerto de Campeche es muy activo, y se au- menta á pesar del nuevo gobierno de Méjico, porque el comercio de contrabando, con una cosía mas distante, como la de Caracas ó de Co- lombia, emplea solo un corto número de bu- ques. La provision de carne salada (tasajo) nece- saria para 3a manutención de los esclavos se saca de Jíurnos-Airos y de las llanuras de Mecida en tiempos tan difíciles, con menos peligro, que de las de Cumaná, de Barcelona y de Caracas. Es sabido, que la isla de Cuba y el archipiélago de las Filipinas han tomado durante siglos delas cajas de Nueva-España los auxilios necesarios para la administración interior, para la conser- vación delas fortificaciones, de los arsenales y de los astilleros (situados de atención marítima).
El puerto militar de la Nueva-España ha sido la Habana, según tenemos expuesto en otra obra(]), y recibía anualmente del tesoro de Méjico hasla
1808 mas de un mil y ochocientos mil pesos fucr-
{ 1 ) Ensayo poHlici).
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tos. Durante mucho tiempo estaban acostum- brados en el mismo Madrid, á considerar la isla de Cuba y el archipiélago de las Filipinas como dependencias de Méjico, situadas á distancias bien diferentes, al este y al ueste de Veracruz y de Acapulco; pero unidas á la metrópoli Meji- cana, que entonces era colonia de la Europa, por todos los vínculos de comercio, de asisten- cia mutua y de los mas antiguos afectos. El au- mento de su propia riqueza ha hecho poco á poco no necesarios los auxilios que la isla de Cuba acostumbraba recibir del tesoro de Méjico.
De todas Jas posesiones españolas, ella es la que mas ha prosperado ; y el puerto de la Habana , desde el trastorno de Santo-Domingo, ha subido á la clase de las plazas de primer órden del mun- do comerciante. Una concurrencia feliz de cir- cunstancias políticas, la moderación de los em- pleados del gobierno, la conducta de los habi*
lanles, que son agudos, prudentes y muy ocu- pados de sus intereses, han conservado á la Ha- bana el goze continuado de la libertad de cam- bios con el extrangero. La renta de las aduanas ha crecido tan portentosamente, que la isla de Cuba, no solo puede cubrir sus propios gastos, sino que durante la guerra entre la metrópoli y las colonias del continente, ha suministrado can- i idades considerables á ios. restos del ejército que
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había combatido en Venezuela, á la guarnición de) castillo de san Juan de Ulna y A los arma- mentos marítimos muy costosos, y las mas veces inútiles, que se han hecho.
Dos veces he estado en la isla, la una tres meses, y la otra mes y medio, y he tenido la íortnna de gozar la confianza de personas que, por sus talentos y por su situación, como admi- nistradores, propietarios ó comerciantes, podían darme noticias acerca del aumento de la pros- peridad pública. Esta confianza era muy légi- tima por la protección particular con que me ha honrado el ministerio español; y me lisongeo también haberla merecido, por la moderación de mis princípios, por una conducta circuns-
pecta y por la clase de mis pacíficas ocupacio- nes. El gobierno español no ha estorbado de treinta años á esta parte, aun en la Habana mis- ma, la publicación de los documentos mas pre- ciosos de estadística sobre eí estado del comer- cio, de la agricultura colonial y de las rentas.
Estos documentos los compulsé entonces; y las relaciones que lio conservado con la América desde m i regreso A Europa, me han proporcio- nado el completar los materiales que yo había recogido en ella. No he recorrido juntamente con llonpland, sino las cercanías de la Habana , el hermoso valle de Cuines, y ta costa entre el
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Batabano y el puerto de la Trinidad. Después que describa sucintamente el aspecto del pais y las modificaciones singulares de un clima tan diverso del de las otras Antilías, examinaré la población general de la isla, su area calculada conforme al diseño mas exacto de las costas, los objetos de comercio, y el estado de las rentas públicas.
La vista de la Habana, á la entrada del puerto, es una de las mas alegres y pintorescas de que puede gozarse en el litoral de la América equinoc- cial, al norte del ecuador. Aquel sitio celebrado por los viageros de todas las naciones, no tiene el lujo de vegetación que hermosea las orillas
del Guayaquil, ni la magestad silvestre de las costas rocallosas del Rio-Janeiro, que son dos puertos del hemisferio austral; pero Ja gracia que en nuestros climas adorna las escenas de la naturaleza cultivada, se mezcla allí con la ma- gestad de las formas vegetales, y con el vigor orgánico característico de la zona tórrida. El europeo que experimenta una mezcla de impre- siones tan alagüeñas, olvida el peligro que le amenaza en medio de las ciudades populosas de las Antillas, trata de comprender los diferentes elementos de un pais tan vasto, y de contem- plai1 aquellas fortalezas que coronan las rocas al este del puerto, aquella concha interior de mar
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rodeada de pueblecillos y de cortijos, aquellas palmeras de una elevación prodigiosa, y aquella ciudad medio cubierta por un bosque de más- tiles y de velas de embarca ciou es. A l entrar en el puerto de la Habana, se pasa por entre el cas- tillo del Morro ( castillo de los Santos Reyes ) , y el fortín de san Salvador de la Punta : la aber- tura solo tiene de 170 á 9.00 toesas de ancho, y le conserva durante tres quintos de milla, sa- liendo de la boca después de dejar al norte el hermoso castillo de San Carlos de la Cabana, y la Casa Blanca, se entra en una concha en forma de trébol, cuyo grande eje dirigiéndose desde cl SSO. al NNE., tiene dos millas y media de larga, y comunica con tres ensenadas, la de Regla, la de Guanavacoa y de Atares, y en esta última hay algunas fuentes de agua dulce. La ciudad de la Habana, rodeada de murallas, for- ma un promontorio que tiene por límite, hacia el sur, el arsenal , y hacia el n ò r t e , el fortín de la Punta. Mas allá de los restos de algunos bu- ques echados áfondo y del encalladero de la luz, no hay mas que de ocho á diez, ó por mejor de- cir de cinco á seis brazas de agua. Los castillos de Santo-Dominyo, de Atares y de San-Carlos del Príncipe, defienden la ciudad por el lado del poniente,, y distan del muro interior por la parte de tierra, el uno 660, y el otro 12/40 toe-
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sas. Jil terreno intermedio lo ocupan los arra- bales de Horcón , de Jesns-Maria, de Guadalupe y Señor de la Salud, que cada año van estre- chando mas el Campo de Marte. Los grandes edificios de la Habana, á saber la catedral, la
Casa del Gobieiwo, la del comandante, de la marina, el arsenal, la casa de correos y la fó- bi-ica de tabacos, son menos notables por su hermosura, que por lo sólido de su construc- ción. Las calles son estrechas en lo general, y las mas aun no están empredradas. Como las pie- dras las llevan de Veracruz, y el trasportarlas es muy costoso, habían tenido, poco antes de m i viage, la rara idea de suplir el empedrado por medio de la reunion de grandes troncos de ár- boles, como se hace en Alemania y en Rusia, cuando se construyen diques para atravesar parages pantanosos. Bien pronto abandonaron este proyecto, y los viageros que llegaban de nuevo, veian con sorpresa los mas hermosos troncos de caoba sepultados en los barrancos de- la Habana. Durante m i mansion en la América española, pocas ciudades de ella presentaban un aspecto mas asqueroso que la Habana, por falta de una buena policía; porque se andaba en el barro hasta la rodilla; y la muchedumbre de
calesas ó vo/antasqae son los carruages carac- loi'isücos de la Habana; los carros cargados de
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caj.is cío azúcar, y los conductores quo ciaban co- dazos á los transeuntes, hacían enfadosa y hu- imllnnte la situación de los de á pie. El olor de la carne salada ó del tasajo apestaba muchas veces las casas y aun las calles poco ventiladas.
Se asegura que la policía ha remediado estos i n - convenientes y que ha hecho en estos i'dtimos tiempos mejoras muy conocidas en ía limpieza de las calles. Las casas están mas ventiladas y la calle de los mercaderes presenta una hermosa vista. Allí como en nuestras ciudades mas anti- guas de Europa, un plan de calles mal hecho no puede enmendarse sino muy lentamente.
ITay dos paseos muy buenos', el uno (la Ale- nieda) entro el hospicio do Paula y el teatro, y el otro entre el castillo de la Punta y la Puerta de la Muralla: el primero fue hermoseado en su interior con mucho gusto por Peruani artista italiano en i8o3, y el segundo llamado también paseo extramuros, goza de una frescura deli- ciosa, y después do puesto el sol, concurren á él muchos coches; le comenzó el marques de la Torre que entre todos los gobernadores de la isla fue quien dió el primer y mas feliz impulso á la mejora de la policía y del régimen munici- pal. Don Luis de' las Casas, cuya memoria es igualmente estimada de los habilnnles de la Ha- bana, y el conde de Santa-Clara han aumentado
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estos plantíos. Cerca del Campo de Marte está el jardín botánico , que es digno de llamar la aten-
ción del gobierno, y otro objeto, cuya vista aflige y choca al mismo tiempo, son las barracas delante de las que se ponen en venta los infelices esclavos. Después de m i vuelta á Europa, se ha puesto en el paseo extramuros una estatua de mármol .de Carlos I I I . Aquel sitio habia sido des- tinado al principio para u n monumento de Cris- toba! Colon, cuyas cenizas se trageron á la isla de Cuba, después de la cesión de la parte es- pañola de Santo-Domingo. Habiéndose trasla- dado las de Hernán Cortes en el mismo año de una iglesia de Méjico á otra; ocurrió el dar de nuevo sepultura, en una misma época al fin del siglo décimo octavo, á los dos hombres mas grandes que ilustraron la conquista de la Amé- rica.
Una palma de las mas magestuosas de aquella' tribu, la Palma real, da al pais, en las cerca- nías de la Habana, un carácter particular, y es la Oreodoxa regia en mi descripción de los pal- meros americanos ( i ) : su tronco langaruto, pero un poco abultado hacia el medio tiene sesenta ú ochenta pies de elevación, la parte superior, I uciente por un verde fresco y formado de nuevo
( i ) Nwa Genera el Sj>cc. ¡rfanl. ecquin-, tom, t, p. 3o5.
COSSIUF.RAClÜlVr-S Olí¡NIGUALES. l 3
por \í\ union y dilatación de los pedículos liace contraste con lo demás que es blanquizno y hen- dido y forma c ó m o d o s columnas que se sobre- pujan. La Palma real de la isla de Cuba tiene hojas matizadas que suben derechas y no se en- corvan sino hacia !a punia. La traza de este ve- getal me recordaba el palmero P'adgiai que cu- bre las rocas en las cataratas del Orinoco y vibra sus largas puntas sobre una niebla de es- puma. Allí, como en todas partes, se minora la vegetación donde la población se concentra.
Aquellos palmeros que me deleitaban alrededor de la Habana en el anfiteatro de Regla, desapa- recen anualmente; y los sitios pantanosos que yo veía cubiertos de cañaberalos tic mam bu es, se cultivan y se secan. La civilización hace pro- gresos, y se asegura que en la tierra mas desnuda de vegetales, apenas se ven algunos restos de su abundancia silvestre. Desde la Punta hasta San Lázaro, desde la Cabana á líegla, y desde aqui á Atares, todo está lleno de casas, y las que ro- dean la bahía son de una construcción ligera y elegante. Se forma el plan de ellas y \i\sjriden á Jos Estados-Unidos, como se encarga un mueble cualquiera. Mientras que hay fiebre amarilla en la Habana se retiran los habitantes á dichas casas de campo y á las colinas, entre Regla y Guana- vacoa donde se respira un aire mas puro. Con la
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frescura de la noche, cuando los barcos atravie- san le bahía y dejan tras sí por la fosforescencia del agua rastros nmy largos de luz, los habitantes que huyen de una ciudad populosa, encuentran en aquellos sitios agrestes un retiro encantador y pacífico. Los viageros para juzgar con acierto de los progresos del cultivo, deben reconocer las pequeñas chácaras de maiz y de otras plantas alimenticias, los ananas puestos en illa en los campos de la Cruz de Piedra, y el jardín del obispo (quinfa del obispo), que se ha hecho un parage delicioso en estos últimos tiempos.
La ciudad de la Habana propiamente dicha, está rodeada de murallas, y solo tiene 900 toesas de largo y 5oo de ancho; pero sin embargo están amontonadas en un recinto tan corto, mas de 4/1,000 almas, de las cuales 36,000 son negros y mulatos. Una población casi igual se ha refu- giado á los dos grandes arrabales de Jesús-Marta y do la Salud; pero este último no merece el hermoso nombre que tiene, pues aunque la temperatura del aire es en él menos elevada que en la ciudad, las calles hubieran podido ser mas anchas y mejor trazadas. Los ingenieros españo- les, de treinta años á esta parte, hacen la guerra
¡i los habitantes de los arrabales, probando al gobierno que las casas están demasiado cerca de las fortificaciones, y que podria alojarse el ene-
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miíío inipunemonte en ellas. No hay firmeza para demoler los arrabales, y arrojar de ellos una población de 28,000 habitantes reunidos en solo el de la Salud. Es.te barrio se ha aumentado considerablemente desde el gran incendio de 1802 , pues aunque al principio se construyeron barracas, estas se convirtieronpoco á poco en casas. Los habitantes de los arrabales han pre- sentado muchos proyectos al rey, según los cua- les podrían comprenderse aquellos en la línea de fortificaciones de la Habana, y consolidar su posesión, que hasta ahora solo se funda en un consentimiento tácito. Hay deseos de que se haga un foso ancho desde el Puente de Chaves, cerra del Matadero, hasta San-Lázaro, y (pie resulte ser la Habana una isla. La distancia es con corla diferencia de laoo toesas, y ya la ba- hía se termina entre el arsenal y el castillo de Atares en un canal natural, cuyas orillas están llenas de Manglieros y de Gocolloba. De este modo, la ciudad tendría hacia el ueste, por el i ado de tierra, una triple fila de fortificaciones, primero las obras de Atares y del Príncipe por el exterior, colocadas sobre eminencias, después el foso proyectado, y por último la muralla y el antiguo camino cubierto del conde de Santa- Clara, que costó -700,000 pesos fuertes. La de- fensa de la Habana hacia el nrslc es de la mayor